Diosas de sangre Seguir história

leonore-usher1540131713 Leonore Usher

Las guerreras de la organización Génesis trabajan al margen de la ley para llevar la justicia allá donde se necesite. Son letales, sensuales y poderosas. Viven sus vidas modificadas genéticamente para ser la elite y están por encima de las capacidades humanas. Sei es una de estas diosas, pero a diferencia de sus compañeras, su pasado es incierto. No lo recuerda del todo y su vida es una constante lucha por encontrar su lugar. Trabaja sola. No necesita de nadie. Todo cambia cuando le asignan a una compañera. La hermosa y novata Kaori acaba de unirse a la organización, y aunque apenas tiene 17 años, es una combatiente de cualidades sobresalientes. Es todo lo opuesto a Sei, y ahora, ambas deberán de trabajar juntas para descubrir los orígenes de las diosas, y cuál será su destino. Esto, sin olvidar que Kaori está allí para vigilar que Sei no se salga de sus principios, o de lo contrario, le espera la muerte.


Ficção adolescente Para maiores de 18 apenas.

#accion #guerra #guerreras #armas #lesbico #soldados #pistolas #persecucion #balas #tiroteos
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Diosa de sangre


Ya era tarde, y la luna nueva ofrecía un manto de negrura la contaminada ciudad de Tokio. La media noche estaba cerca, pero en una metrópolis tan avanzada como esa, las calles nunca estaban deshabitadas. Los japoneses no dormían. Era un caos de comercios, karaokes y bares que celebraban un espectáculo de luces y anuncios que opacaban a las estrellas.

Había un callejón escondido en los barrios marginados de los distritos menos vigilados. En medio de la penumbra, hombres vestidos como sujetos de negocios, estaban conversando con una voz apenas audible para el oído poco entrenado. Aprovechaban el cobijo de la hora y la ignorancia de la gente.

—¿Cuándo llegará el cargamento desde China? —preguntó Hansou. 

Uno de los caballeros, aquel que había recibido las palabras urgentes del jefe mafioso, se encogió como un perro con el rabo entre las patas. Intentó sonar desafiante, pero ante uno de los líderes más poderosos de los clanes dominantes de Japón, hacer eso era una labor titánica.

—Le ruego que nos espere un poco más. Hemos tenido problemas con la aduana. Los hombres a los que sobornamos...

—¿De qué estás hablando? —Hansou posó su mano enguantada sobre la pistola que llevaba en la cintura—. Ya te hemos esperado suficiente. Esos órganos humanos se venderán a un buen precio. No puedo dejar mal a mis clientes.

—Es más difícil que eso, señor. Los secuestros no son nuestro negocio. Debe comprender que hay un riesgo inherente.

—Dijiste que podrías hacerlo. ¿Sabes cuánto vale un corazón en el mercado actual? Tal vez deba vender el tuyo.

—Dos días. Deme dos días, y tendrá los órganos que pidió.

—O quizá podría eliminar a toda tu gente y entregar sus cuerpos ¿no es así? ¿Te gustaría eso, Akira?

—No. Desde luego que no, señor Hanso.

Adoraba provocar miedo entre sus víctimas. 

No lejos de ellos, en el tejado de una bodega, las palabras de Hansou estaban bailando dentro de los oídos de Sei. Cada sílaba había sido escuchada con una atención quirúrgica, y ya había comparado su registro sonoro con el de la base de datos de su PDA. Lo que ella menos quería era equivocarse de blanco. Eso estaría mal para alguien que estaba acostumbrada a cumplir cada una de las misiones que le encomendaban. 

Sus jefes confiaban en ella. Confiaban en una de las Diosas de la sangre.

Sei se estremeció. El tráfico de órganos era una de los crímenes más aberrantes a los que podía llegar un ser humano. Hombres como Hansou no deberían de estar vivos. Merecían ser crucificados y desangrados hasta la muerte.

Su malestar se transmitió a sus palabras y viajó hacia el micrófono que estaba adherido a su cuello.

—Aquí Ángel-1. Tengo al Hansou a la vista. Está con otros tres sujetos.

—No dejes rastro para la policía. Esta noche, tú eres su verdugo.

—Lo haré rápido. Todavía tengo que llegar a casa y alimentar a mi gato.

—No olvides pasar a la tienda por comida para mi tortuga.

Cortó la comunicación y volvió a ajustar su mirada azul dentro de la mirilla telescópica de su rifle. Tomó una profunda bocanada de aire. Centró en la retícula la cabeza de su víctima, y tiró del gatillo. Lo hizo una fracción de segundo antes de que uno de los hombres que acompañaba al traficante se metiera en su campo visual.

Sei se dio cuenta, incluso antes de que la bala hiciera contacto, que había fallado el tiro.

La cara de Hansou se tiñó de la sangre y de los sesos de su guardaespaldas. Reaccionó con una rapidez que sólo podía ser objeto de la paranoia, y agachándose, corrió hacia la seguridad del callejón. Tras él, sus guardias cayeron con los cráneos reventados.

Sei dejó el rifle en el tejado. Oprimió uno de los botones de su guantelete y el exotraje que llevaba puesto se endureció para cubrir su caída. Ángel-1 saltó a través de una altura de cinco metros y cayó indemne contra el piso. Corrió hacia su motocicleta y salió en persecución de Hansou a la velocidad de una exhalación.

—No dejes que se escape, Sei.

—Lo tengo —replicó al molesto audífono que sonaba dentro de su oreja.

El traficante jadeaba. Maldijo mil veces a sus hombres por haber dejado los vehículos tan lejos. Necesitaba abandonar ese sitio cuanto antes, reagruparse e investigar quién lo había traicionado. La policía no era lo suficientemente buena como para dar con él. Tampoco creía que se tratase del ejército.

Alguien más estaba tras su vida.

Sei lo interceptó en una esquina. Salió de repente con su moto rugiendo igual que una bestia infernal. Levantó la pistola y apuntó hacia su presa.

La última imagen que Hansou vio, fue el semblante inexpresivo de una mujer tan hermosa como una sirena. Advirtió el cabello negro, la piel muy clara y los ojos más azules que había visto en toda su vida.

—¡Espera! ¡No me mates! ¡Te daré todo el dinero que...!

Su súplica fue enmudecida por el estallido de la pólvora. Sei guardó su pistola cuando el cuerpo sin vida del traficante cayó sobre la calle polvorienta.

—Trabajo terminado. Hansou está muerto.

—¿Sufrió?

—Se orinó en los pantalones.

—Vuelve al sótano, diosa de sangre.


***

Sei entró al bar Mala Muerte y lo primero que le hizo enojar fue el excesivo ruido de la música, las luces estroboscópicas y las clientas semidesnudas que bailaban agitando sus obscenidades para sus parejas. En algún punto del pasado, Tokio había sido una ciudad mojigata, pero el paso del tiempo había deteriorado a la sociedad, y el auge de las drogas sexuales y los inhibidores de la ebriedad consiguieron que los japoneses se entregaran al desenfreno y la promiscuidad.

La asesina vio a varias chicas besarse con una cachondez impropia para su joven edad. Eran estudiantes de preparatoria, y vestían sus uniformes cortos, con sus blusas abiertas para exponer el color fluorescente de sus sujetadores. Sei se dio cuenta de que estaban drogadas.

No lejos de ella, un par de prostitutas intentaban encandilar a unos posibles clientes. Eran empresarios y burócratas que estaban allí para disfrutar de los excesos que les brindaba el dinero.

Despreciables. Cínicos. Eran un cáncer para la sociedad.

—¡Sei!

El oído potenciado de la asesina filtró el sonido de la voz por entre el caos de la música. Se hizo a un lado antes de que los brazos de otra chica la envolvieran y le tronaran la columna vertebral.

—Henrrieta.

—¡Jo! ¿Por qué siempre me evitas? —chilló la muchacha con una depresión fingida y absurda—. Sabes que te quiero un montón ¿verdad?

—La última vez que me abrazaste así, Youko perdió el control y me dio unos buenos puñetazos.

—Estaba ebria. Es adicta al sake, y lo sabes. No toma inhibidores. Le gusta sentirse borracha.

Sei hizo una mueca que distantemente podría considerarse una sonrisa. Miró a Henrrietta y alargó una mano para acariciarle los labios. Al igual que ella, Henrrietta era una diosa de la muerte. Una herramienta fabricada para servir al margen de la justicia e impartir el caos a sus enemigos.

Y también, era jodidamente guapa. A Sei le gustaba en más de un sentido. A diferencia de ella, que había pasado por tratamientos para esconder un poco las cicatrices de su vida contra el crimen, Henrrietta jamás salía herida de sus enfrentamientos. Era la chica más rápida de la organización. Podía desenfundar y matar en menos de un segundo.

La habían hecho así, y sus encantos también parecían haber sido forjados apropósito.

Henrrietta sonrió al sentir el contacto y besó las yemas de los dedos de Sei. Esta miró a su alrededor para saber si Youko estaba cerca. Si lo estaba, sería cuestión de tiempo para que apareciera y buscara pelea.

—Tengo que irme. Hansou está muerto.

—¡¿Quéeee?! Pero si yo iba a matarlo en caso de que fallaras.

—Pues nunca he fallado.

De repente, Sei divisó a Youko saliendo del baño de mujeres. Tragó saliva. Se dio media vuelta sin despedirse de Henrrietta y marchó en dirección al sótano.

***

Renzo levantó sus ojos hundidos en cuanto vio entrar a Sei a su despacho. Atizó su larga barba blanca y le dio una profunda bocanada a su cigarrillo.

—Parece que has cumplido con tu trabajo.

—Todo fue tal y como se planeó.

—El traficante ya no nos dará problemas. Si sigues así, pronto encontrarás lo que estás buscando. El legado de tu madre, Dahlia, todavía te espera al final de tu camino, diosa de sangre.

Sei evitó poner una expresión melancólica e hizo una reverencia ante el comandante de la legión japonesa.

—Le agradezco.

—Ya he depositado el pago correspondiente a tu cuenta bancaria. ¿Segura de que quieres todo en la cuenta de ahorro?

—No tengo nada que hacer con mi dinero, señor Renzo. Usted me conoce. Estoy más sola que un hikikomori.

Alguien se rio con un ronquido. Sei abrió mucho los ojos y sintió frío en la espalda. Desenfundó su pistola y apuntó a la oscuridad del rincón.

—¡Calma! —un par de ojos del color de la sangre brillaron sobre una silueta oculta—. No soy malo.

—No me di cuenta de que estabas allí. ¿Quién eres?

Pero el individuo no contestó, ni salió de la oscuridad. Renzo intervino por él.

—Es un pariente mío, Sei. No tienes que ser hostil con él.

—Oh, abuelo —dijo el desconocido—. Me sorprende que una de las mejores agentes de Génesis no haya podido detectarme. ¿No escuchaste los latidos de mi corazón?

Sei guardó su pistola y se giró hacia Renzo.

—¿Me puedo retirar? 

—¿Otra prostituta?

—Bueno... sí.

—Cubrir tu dolor con placer no siempre es la solución, Sei. No te apresures en encontrar tus objetivos. Recuerda que rápido no significa ir a prisas, sino ir despacio, pero sin detenerse.

—Tomaré en cuenta sus consejos, señor Renzo.

Hizo otra reverencia y se dispuso a salir. Se tomó un par de segundos para ver al hombre que seguía oculto por la oscuridad. Le pareció que los ojos carmesí le sonreían. Sei lo ignoró, consciente de que no era tan distinto a ella. Quizá también fuera un nuevo agente encargado de la protección del anciano.


***


A Sei le encantaban las prostitutas. Su moral se quebraba cuando se enfrentaba a la difícil decisión de qué mujer elegir del catálogo. Los había para todos los gustos, todas las cosas sexuales que pudiera disfrutar.

La víctima del día, era una chica americana llamada Candy. Su sobrenombre hacía justicia a su personalidad, pues era tierna a tal punto de que a Sei le daba miedo lastimarla.

Estaba entre sus piernas y bebiendo los néctares que mojaban sus pliegues sonrosados. Tiraba de ellos para después, hundir su lengua en la raja de Candy y saborear la miel blanquecina que surgía de allí. Candy estaba totalmente depilada, por lo que no sólo resultaba deliciosa de chupar, sino que era una agradable sensación en la boca. la piel lisa como una baldosa recién pulida. Los gemidos de Candy entraban en los oídos potenciados de Sei y la hacían esforzarse cada vez más con tal de hacerla gritar.

Besó la parte interna de sus piernas y estiró la mano para tomar el vibrador que tenía más cerca. Lo encendió, y cuando el falo de plástico empezó a moverse, ella lo introdujo lenta y dolorosamente en el ano de Candy. Se aseguró de que se quedara dentro, que no saliera. Después, subió a horcajadas sobre la prostituta y colocó su sexo a la altura de su boca.

Candy separó la vagina de la diosa de la muerte y bebió la abundante cantidad de jugos que brotaban como una fuente. A su vez, Sei se acarició los pechos y cerró los ojos. Su mente viajó a un universo donde sólo existía el placer salvaje, sucio y duradero. Era la mejor forma que ella conocía para alejarse de su misma realidad. No le importaba nada que no fuera la mujer a la que estaba poseyendo en ese momento.

La prostituta la tomó de las nalgas y la separó de ella. Sei se acomodó sobre las almohadas y con las piernas muy separadas. A continuación, Candy, guiñándole un ojo, dilató a Sei con sus dedos flacuchos. Escupió dentro de su sexo. Observó la forma en la que su saliva formaba una pegajosa mezcla con los de la asesina, y cuando hubo la suficiente cantidad de humedad, se lanzó por ella.

La diosa la sujetó del cabello con fuerza. Esto hizo que Candy jadeara y redoblara sus esfuerzos. Sei se dio la vuelta, exponiendo ahora su culo para la muchacha. Esta atacó el espacio entre sus nalgas y, a pesar de que era una joven que le tenía miedo a las cucarachas, logró sacar un grito de placer de la garganta de una mujer que estaba acostumbraba a las matanzas, a la muerte, a la soledad.

Sei sonrió al tiempo que apoyaba su frente contra el respaldo de la cama y dejaba que el orgasmo la invadiera como una corriente eléctrica muy poderosa. Su trasero se estremeció, y cuando Candy se alejó de ella, la diosa se quedó quieta.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz se oyó como un trueno.

—¿Qué, señorita?

—¿Por qué paras? —la miró por encima del hombro. La cara de Sei estaba fruncida, insatisfecha, e incluso, furiosa. Una furia gélida.

—Es que pensé que usted...

Se acercó a Candy. La tomó de los hombros y la arrojó contra la cama. Sei levantó una fusta y golpeó a la muchacha en las nalgas. Candy, riendo y gimiendo de placer y dolor, se acomodó a gatas y se entregó por completo a las exigencias de la diosa de la sangre. 

28 de Janeiro de 2019 às 22:57 1 Denunciar Insira 30
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Eric Grosvenor Eric Grosvenor
No es mal comienzo
1 de Junho de 2019 às 06:22
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