El hombre del Cielo Seguir história

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Miguel León


Un anciano maestro recibe el encargo de un dios, el de su propia creación. Pero, ¿Cómo se crea a un dios?


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Preludio

En la antigüedad, el tiempo se contabilizaba de una forma distinta. El inicio del calendario se establecía en base a la fecha de nacimiento de un profeta, o a la que un dios había creado la Tierra.

Pero eso era en la antigüedad.

Llegó el momento en que los humanos tuvieron los conocimientos y la capacidad de encender un sol. A partir de ese momento, los hombres decidieron que tenían el poder de un Dios, y que ese día sería el día desde el que se contaría el tiempo.

En cambio, en el Planeta Sirena, los dioses se manifestaron ante los hombres, y éstos volvieron a creer en ellos. Por eso, en Sirena, el tiempo se contabiliza desde el día en que cada dios se manifestó a su pueblo.

Preludio.

Edvar Devanderer. Jardines de la Ciudad Dorada, Planeta Sirena. Febrero de 417 d.i. (después de la ignición), año 99 d.h.c. (Después del Hombre del Cielo)

El Maestro paseaba sin rumbo fijo por los jardines de la Ciudad Dorada, dejando que sus pies entonaran los acordes de una música de ritmo cansino sobre el camino de gravilla. Se ayudaba en su caminar con un cayado tan anciano, tan alto y tan delgado como sólo el propio Maestro podía serlo, y se cubría con una gastada túnica gris que bailaba acompasadamente al ritmo de sus cansados pasos.

A su alrededor, grandes robles y florecidas mimosas daban sombra y color a aquel frondoso jardín oculto bajo una gran cúpula de vidrio que tamizaba los rayos del rojizo sol del sistema Sirena. Con la claridad de la mañana, el colorido jardín compensaba la grisácea palidez que reflejaba el frágil y enfermo Maestro, quien esperaba rodeado de aquello que había visto crecer durante décadas el momento en que los dioses le reclamaran para otros menesteres.

Sus pupilas, enmarcadas en unos iris de un gris tan claro que casi se fundía con el blanco de sus ajados ojos, habían perdido la fuerza y la vitalidad necesaria para perseguir el vuelo de las doradas abejas sin aguijón que revoloteaban con su caótico orden por cada rincón de los jardines. Sin embargo, tras aquellos ojos, la privilegiada mente del Maestro seguía calculando y analizando las trayectorias de sus vuelos y desenmascarando el secreto plan que hacía que cada una de las pequeñas partes de la inteligencia colectiva de la colmena agitara sus frágiles alas y moviera su dorado y rechoncho cuerpecito hacia una flor determinada. El anciano se entristecía al pensar que bajo la agrietada piel de su calva cabeza, su mente, prisionera en una frágil y enferma envoltura, seguía analizando, calculando y realizando infinidad de complejas previsiones sobre la influencia que tendrían, en el devenir futuro de los acontecimientos, las acciones de todas las cosas que se introducían en el cada vez más pequeño universo que le ofrecían sus envejecidos sentidos. En tiempos había analizado las acciones y realizado predicciones sobre el futuro de poderosos hombres, grandes ejércitos y temibles e impredecibles dioses. Ahora tan solo predecía el destino del vuelo de las abejas.

Hacía muchos años que el Maestro se retiró de sus funciones como consejero del Rey. Desde entonces, vivía en aquella pequeña ciudad de piedra amarillenta rodeada de altas cumbres nevadas, y sus días los dedicaba a contar cuentos a los niños que algún día serían ciudadanos. Según la tradición, que los ancianos contaran cuentos a los más jóvenes era parte de la formación de los futuros hombres y mujeres de la ciudad, y el pueblo había decidido que fuera él, el más sabio de los hombres vivos, quien se encargara de la educación de los más pequeños. Como siempre en su vida, aceptó agradecido su misión y la cumplía con la pulcra eficacia que caracterizaba todo lo que hacía. Meditó durante unos segundos sobre cuantos cuentos habría contado, y realizó el cálculo con su acostumbrada facilidad: Había contado, en los últimos cuarenta y dos años, treinta y nueve mil doscientas diecisiete historias, todas ellas basadas en hechos reales, a nueve mil cuatrocientos veintidós niños. La mayoría de los ciudadanos de aquella pequeña ciudad habían aprendido de él la historia del planeta Sirena, la naturaleza del universo, la física de los viajes espaciales y los orígenes del hombre en la lejana Tierra. También habían recibido lecciones de ética o de estrategia militar, o habían sido orientados hacia sus respectivas profesiones gracias a sus enseñanzas.

En tiempos de guerra, había narrado cuentos destinados a consolar a los niños, a alejarlos de la muerte y la destrucción que les rodeaba. En tiempos de paz, como el actual, una de sus obligaciones era corromper con la visión de la sangre, la traición y la muerte las inocentes mentes que aún no habían conocido la barbarie. El mal estaba ahí afuera, tras las poderosas pantallas deflectoras que protegían la ciudad, y muchos de los que ahora eran niños, matarían y morirían dentro de unos años sobre el campo de batalla, guiados por la inexplicable voluntad de los dioses. Conocer la maldad del planeta Sirena era el primer paso para la victoria en el juego al que los dioses jugaban con los humanos, y una de las principales funciones del Maestro era preparar a los niños para ser los eficientes peones de esa victoria.

Al llegar al prado que circundaba el estanque central, el anciano sintió de nuevo aquella sensación. Pese a la agradable temperatura que siempre recibía a los visitantes de los jardines de la Ciudad Dorada, sintió un intenso frío en su interior. Esta vez, al estremecedor frío lo acompañó el silencio. No era un silencio absoluto, como el que se siente flotando en el espacio, sino tan solo la sensación de silencio. Seguía escuchando el canto de los pájaros, el suave rumor de las hojas de los árboles al moverse por la ligera brisa, el sutil zumbido de las abejas, el sonido de su respiración… todos aquellos sonidos no habían desaparecido sino que, simplemente, habían dejado de tener importancia. Había sentido el intenso frío varias veces durante los últimos meses, pero la sensación de silencio que acababa de sentir por vez primera requería un análisis adicional. Ya era más que evidente que se acercaba el final.

Meditó unos segundos sobre el tiempo que le quedaba y las cosas que podría hacer en ese escaso periodo de tiempo. Al fin, tras analizar todas las posibilidades, decidió que jugaría su última partida de ajedrez. La plaza de los juegos se encontraba tan solo a unos metros, y allí podría sentarse y jugar una partida contra sí mismo, como venía haciendo desde hacía muchos años. El resto de cosas que se le ocurría hacer requería de más medios, y, sobre todo de más tiempo, así que resignado, se encogió de hombros y siguió caminando hacia la plaza.

Tardó un par de minutos en llegar a un amplio y diáfano espacio pavimentado con grandes baldosas de piedra blanca, en uno de cuyos extremos se encontraban las mesas de ajedrez. Se arremangó un poco la túnica y se dejó caer pesadamente sobre uno de los asientos de piedra. Con una mano temblorosa, deformada por la artrosis hasta casi parecer la garra de un animal, pulsó la superficie táctil de la mesa. Jugaría al ajedrez contra sí mismo por última vez.

—Marca dos jugadores, Maestro Edvar.

El anciano alzó la vista del tablero y sonrió. No podía reconocer con sus cansados ojos al extraño que se había sentado frente a él envuelto en una amplia túnica ocre, bajo cuya capucha, pese a la claridad de la mañana, reinaba la más absoluta oscuridad, permitiendo tan sólo a un tenue reflejo dorado surgir de esa oscuridad y reflejarse sobre la brillante superficie del tablero de ajedrez. Sin embargo, pese a los años transcurridos desde que escuchó por última vez una voz como aquella, reconoció claramente a un viejo camarada.

—Hace unos minutos sentí que llegaba mi hora, y por lo que veo aquella sensación no era errónea.

—¿Blancas? —le ofreció su oponente con voz amable.

—¿Un dios retando a un talento? Parece que será una partida digna de recordar…, aunque hubiera preferido que me retara una diosa más bella que tú, como, por ejemplo, la Hija de la Colina—. Replicó el anciano, divertido con la situación.

—También podría haber sido peor, Edvar. La Gran Paridora estaba interesada en contar con tus servicios y quería venir a verte—. Contestó su contrincante con una voz alegre—. Aunque creo que no le gusta el ajedrez. Al parecer, con esos grandes y amorfos tentáculos no puede agarrar bien las piezas.

—Veo que los dioses conserváis el sentido del humor intacto. Es un punto importante a tener en cuenta para los pobres mortales.

—Bueno anciano, céntrate. ¿Recuerdas cómo se juega contra otra persona?

—Claro, aunque no sé si los dioses jugáis de un modo distinto.

—Pues más o menos igual, aunque habitualmente hacemos trampas, y es mucho menos emocionante, pues conocemos el resultado antes de jugar―. Le contestó el dios con un tono burlón― Maestro Edvar, abres con blancas.

El anciano Maestro esperó a que se materializaran las fichas sobre el tablero, las tocó con sus temblorosas manos y avanzó el peón de dama. Su contrincante avanzó igualmente el peón de dama. Siguieron moviendo las piezas siguiendo los patrones de una apertura y una defensa jugadas y estudiadas un millón de veces, y tras el quinto movimiento, tuvo dos cosas sobre las que recapacitar. La primera era que los dioses usan una imprevisible variante de una defensa poco conocida jugando con negras ante un gambito de dama. La segunda era qué resultaría de su extraña y última conversación.

Se moría. Eso hasta cierto punto, era perfectamente normal. Tenía ciento treinta y un años, había sido capitán de un navío estelar, comandante de poderosos ejércitos, consejero de tres reyes y maestro de miles de niños. Eso le hacía pensar que había tenido una vida plena y satisfactoria, y no le preocupaba morir. Lo que le turbaban eran las consecuencias que tendría estar sentado durante los últimos instantes de su vida frente a un dios, jugando una partida de ajedrez.

El Maestro Edvar era lo que en la lejana Tierra se denominaba un talento, un ser de base humana, fabricado en pequeñas series, con un cerebro que había sido diseñado gen a gen para analizar datos y alcanzar conclusiones. Su inteligencia y memoria no tenían parangón entre los humanos y aun así hacía años que desistió de analizar nada de lo que hicieran los dioses. Era absurdo prever lo que haría un ser que no tenía línea temporal. Para los ellos, el tiempo y el espacio carecían de sentido, podían estar en todos los lugares del universo en todos los momentos de la infinita línea del tiempo. Jugaban al ajedrez y celebraban su victoria al mismo tiempo, hacían una pregunta y recibían la respuesta simultáneamente, buscaban un objeto perdido sabiendo con exactitud cuando y donde lo encontrarían... ¿Cómo analizar el futuro comportamiento de un ser que no solo conoce, sino que vive en su futuro? ¿Cómo predecir sus reacciones ante acontecimientos que no solo conocen sino que ya han vivido?

Pese a ello, el anciano tenía la expectativa, o más bien la remota esperanza, de que cuando muriera lo llamarían a su servicio. La tradición contaba que muchos mortales habían sido escogidos por los dioses para realizar ciertas funciones tras sus muertes. Algunos cuidaban de los coloridos bosques de hongos autóctonos del planeta, otros vigilaban el cumplimiento de las leyes que los dioses dictaban, otros observaban a los humanos y relataban su vida al oído de los dioses... Por sus especiales características había especulado, sin mucho afán, sobre los trabajos que podrían ofrecerle los dioses en caso de que se acordaran de él, pero al final, se imponía la razón y concluía que a un dios no se le podía proponer un trabajo, puesto que conocía el puesto que ocuparías y si ejecutarías bien tu trabajo antes de ofrecértelo. Ante esta incertidumbre, y con la temeridad propia de un anciano cercano a su fin, decidió preguntar directamente a su oponente las intenciones con las que había venido a visitarle. Así que alzó la vista del tablero, miró fijamente a su viejo conocido y le preguntó sin rodeos:

—Hombre del Cielo… ¿Necesitas algo de mí, aparte de ser tu contrincante en esta partida de ajedrez?

El encapuchado hizo retroceder su dama sobre el tablero dando lugar al audaz, aunque de dudoso sentido estratégico, sacrificio de uno de sus peones centrales, se relajó en su asiento y levantó la cabeza. En lugar de mostrar su rostro, el resplandor dorado que lo envolvía se concentró en torno a dos ojos amarillos, flotando en la inescrutable oscuridad que envolvía los rasgos del dios que se escondía bajo la capucha.

—Claro que sí, Edvar. Necesito que me crees.


-Miguel León, 2014-

www.elfabricantedefabulas.wordpress.com

15 de Janeiro de 2016 às 00:00 0 Denunciar Insira 0
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