Estoy dentro de tus ojos Seguir história

voiceofkoto Pedro Levy

El, o ella, tiene el don de transportar su consciencia a los cuerpos de los demás, pero lo ha hecho durante tanto tiempo que olvidó quien era en verdad, habiendo dejado su cuerpo original muriendo en alguna parte.


Paranormal Para maiores de 18 apenas.

#paranormal #sobrenatural #343 #347 #336 #bodyswaping
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Puedo cambiar de cuerpo

Era la única persona que podía ver los patrones lumínicos a la distancia.

Al menos, cada vez que esa persona cambiaba de cuerpo, dichos patrones se hacían visibles.

Desde hacía tiempo, no recordaba cuál era su sexo original. Había cambiado demasiadas veces, transformando a los origines de su vida en un recuerdo difuminado.

Esa noche en particular, la persona ya había olvidado completamente donde fuera que su cuerpo original había quedado. Probablemente estuviese siendo devorado, o ya había sido devorado, por cualquier insecto o animal con suficiente inteligencia para percatarse de que ya no había (ni volvería a haber) ninguna consciencia habitándolo.

No reconocía la plaza donde se encontraba. No sabía siquiera si llamarle plaza; el muro alto de ladrillos a su izquierda, donde tantos jóvenes sentados apoyaban su espalda, se extendía incansablemente, llegando más allá de donde sus ojos podían ver, aunque parecía culminar en aquel espacio de arena con juegos para chicos, oxidado y abandonado. La zona en si era más bosque y árboles que otra cosa, volviendo invisibles a los edificios de Capital Federal.

El cielo estaba desfilando un millar de estrellas, luminosas y poderosas, y el viento había tenido el suficiente ánimo para levantar las hojas y pétalos de flores que estaban acostadas en el pasto, y asi hacerlas pasear por el aire.

Delante de si, tenía las diversas luces artificiales producidas por celulares y parlantes de música. Dicha música, sonoramente monocromática, estaba demasiado alta, hasta el punto de ser ruidosa y molesta. A sus costados, sentía el humo y el hedor placentero del tabaco, así como la excitación dispersándose en el aire, provocada por la acumulación de sudor y sexo que no paraba de apilarse en los alrededores.

Antes de que pudiera recordar en que cuerpo se encontraba, una mano tocó su espalda. Al darse vuelta, vio a un chico de anteojos.

-May, ojo… No vayas para allá- Advirtió el chico, señalando el espacio que se encontraba del otro lado del muro de ladrillos, al cual se podía acceder por pocos lugares.

Lo recordó; actualmente era Mayra, la estudiante de medicina, rubiecita de pelo corto y camisa, quien había ido a aquella reunión para ver si estaba la chica que le gustaba, quien resultaba ser la hermana de aquel chico con anteojos que le estaba hablando. ¡Ah!, si… aquel chico se llamaba Hernán.

-¿Por qué no?- Preguntó Mayra.

El vaciló un poco, tragó saliva y contestó –Dicen que a Gus le están haciendo un trabajo de magia negra.

No recordaba quien era Gus, si es que debía hacerlo.

-¿Y porque le están haciendo un trabajo de magia negra?- Repreguntó, intrigada.

-Porque lo encontraron haciendo algo terrible.

Apenas terminó de hablar, la persona abandonó el cuerpo de Mayra, sin siquiera preguntarse qué sentiría ella cuando regresara al mismo.

De repente, sus alrededores eran diferentes; estaba del otro lado del muro.

Ahora, era Gus. Gus, el flácido de la camisa desabotonada y el ojo izquierdo desviado, cuyos moretones en el cuerpo todavía ardían como los siete círculos del infierno, y aun sentía su sexo aullando de dolor por lo que había pasado hacia algunos momentos.

¿Eh? ¿Qué había pasado hacia unos momentos? Siendo ahora Gus, revisó sus recuerdos más recientes.

La joven vestida de negro, con el pelo castaño corto hasta el cuello, había llegado a la reunión hacia poco más de una hora, acompañada por el chico de pelo plateado, quien se rehusaba a dejarla sola, sin importar lo que ella dijera. Gus sabia esto porque la había estado observando desde su llegada pero, por más fuerzas que pusiera en ello, simplemente no podía recordar cuál era su nombre. Ni siquiera estaba seguro si realmente lo sabía, o si la había visto alguna vez antes de esa noche.

Siendo que todo el mundo lo estaba ignorando, pudo acercársele disimuladamente y escuchar cómo ella, alzando el tono de la voz y utilizando palabras secas, le informaba al chico de pelo plateado que se apartaría un segundo de la muchedumbre juvenil para fumarse un cigarrillo mentolado. Quejoso, el chico aceptó.

La siguió hasta que estuvieron completamente solos, aunque procurando tener la distancia necesaria entre ambos para que ella no sospechase nada. En el momento en que la música ya no era más que un susurro extraño a la distancia, y las luces se habían reducido considerablemente, la chica se detuvo, y él se sentó silencioso a verla.

Cuando quitó el cigarrillo Philip Morris, los ojos de Gus se expandieron en emoción. Al llevarse el filtro a la boca, él se lamió los labios. Cuando inhaló y exhaló, el comenzó a apretarse los muslos, mientras sentía su respiración agitarse.

Al principio, la chica no se percató de que él había empezado a provocarse placer penetrándola con la mirada pero, cuando lo hizo, se limitó a revelar una ventana de tristeza en sus ojos; ventana que se rompió bastante rápido, dejando fluir las lágrimas. Esto simplemente hizo que Gus se provocara placer más rápidamente.

El chico de pelo plateado los encontró a ambos a la brevedad. Luego de reventarle la nuca a Gus contra el piso, le dirigió varios puños a la nuez de su cuello, antes de aplastarle el sexo repetidas veces con la suela de la zapatilla. Adolorido, el gimió y gimió de forma ahorcada, pero no para pedir ayuda, sino porque se había fascinado con el sonido que ahora salía de su boca, debido a los golpes.

La piba vestida de negro no hacía más que seguir llorando en silencio con las manos tapándose el rostro. El chico de pelo plateado la tomó del brazo y comenzaron a alejarse de forma apresurada.

La persona decidió que había visto suficiente de Gus y sus recuerdos, por lo que decidió, nuevamente, cambiar de cuerpo.

Cuando se convirtió en Lujan, asimiló toda su historia y emociones de forma instantánea, como si siempre hubiera sido ella.

Se encontró a si misma abandonando la improvisada fiesta con el chico de pelo plateado, quien resultaba llamarse Adrián, todavía jalándola del brazo.

-Tengo un amigo que se está encargando- La calmó.

Ella arrugó la cara, conforme el brazo empezaba a dolerle -¿Encargando de qué?

-Del repugnante ese. Se va a asegurar de que no le vuelva a hacer eso a ninguna otra mina, nunca más.

Bajó la mirada, y sus ojos se tornaron preocupados -¿Y cómo se va a encargar?

-Hay… formas alternativas, pongamosle así. Se habla de la magia negra como algo de la villa, como algo de las clases bajas, hasta que te pasa a vos, o hasta que lo ves funcionar. No es algo con lo que hay joder; es real como la vida misma.

Luego de que sus ojos se cerraran, los sollozos se le escaparon, por lo que se llevó la mano restante a la cara, tapándosela, sintiendo un inmenso dolor y tristeza acumulándose dentro de ella.

No sabía si Gus estaba consciente de su propia condición, o de si su familia estaba al tanto, o si realmente se podía hacer algo por él. De hecho, hasta hacía poco, ni siquiera sabía que existía una enfermedad capaz de hacerle perder la memoria a alguien.
Volvió a su infancia, cuando ambos eran chiquititos, castos, y nadie les había arrancado la inocencia. Pensó en como todo eso estaba condenado a romperse.

Lo odió, con todas sus fuerzas. Le deseó lo peor; que perdiera la cabeza, que su enfermedad no tenga cura, y que se muera atormentado por la soledad. No lo odió por lo que le había hecho, sino porque se había olvidado de ella. Lo odio incluso por olvidarse de su nombre.

La persona abandonó el cuerpo de Lujan.

De repente, el cielo estrellado pareció un gigantesco muro a la distancia, y las estrellas que lo estaban adornando se veían más poderosas que en cualquier otro sector de aquel parque, plaza, o lo que fuera. Vio su torso y piernas; llevaba puesta una camisa gris, parcialmente desabotonada, pantalones negros apretados y ningún calzado. Exploró su cabeza; portaba un aro en forma de argolla en el lóbulo izquierdo, una nariz pequeña, y sus mechones eran lo suficientemente largos para dejarle saber que su nuevo cabello era negro. Ahora no era un ella, era un él pero, por alguna razón, no pudo enterarse de su nuevo nombre. Era la primera vez que a la persona le pasaba esto.

No estaba solo; tenía un “ella”, acostada al lado, a pocos centímetros. A esta “ella” le decían Sil, por llamarse Silvia. Sus frescas memorias le sirvieron para descubrir que la había conocido esa misma noche, hacia pocas horas. Sil tenia pelo morocho al igual que el (aunque un poco más claro) y llevaba puesto un vestido azul corto, unos zapatos gigantescos, y una cruz cristiana colgándole del cuello. Allí, donde estaban, era casi puro pasto, exceptuando los árboles que los rodeaban en semi-círculo, los cuales descansaban quietos a la distancia, moviéndose esporádicamente a causa del viento.

El chico, o la persona dentro del chico, todavía sin nombre, movió el rostro en dirección a Sil, y ella hizo lo mismo. Paseó su dedo índice por sus tobillos, muslos, estómago, brevemente por los pechos y finalmente llegó a la mejilla derecha, en la cual se reposó para comenzar a acariciarla. Ella lo asesinó con sus ojos azules, conforme las pecas anaranjadas de su cara parecían hacerse más visibles.

Sentía como si se estuvieran besando con las miradas, con las sonrisas que nacían en sus bocas, con las pacíficas líneas que ambos se trazaban mutuamente utilizando las manos, y con el silencio convirtiéndose en una banda sonora. Tenía más deseos de mirarla a Sil para siempre que de arrancarle las prendas para meterse dentro de ella.

“Un segundo.”, pensó, “La conozco… la conocemos solo hace algunas horas. ¿Qué es esto? ¿Cómo se le llama a esto? ¿Se le puede nombrar como a un color o a un sonido?”

El beso metafórico se volvió literal; los labios chocaron y se entrelazaron, a la vez que las lenguas parecían volverse una dentro de sus bocas. La saliva que derramaron se asemejaba más al agua bendita que a algo desagradable, y la forma casi violenta en la que los torsos de ambos se apretaron y refregaron mutuamente fue más placentera que el mismísimo placer.

“Realmente ¿soy la única persona que puede ver esas luces a la distancia”?

Su sentido del tacto desapareció, así como las caricias del viento y de Silvia, y su propio peso y respiración. Sus ojos no vieron más, y tampoco pudo continuar recibiendo ningún sonido de los alrededores, ni siquiera los gemidos de ella. Perdió la mismísima consciencia de que estaba vivo, y no muerto.
Las luces de la distancia lo apresaron, tornando todo en un infierno de blancura y silencio. De repente, la persona empezó a recordar cosas.

Como si fueran fotografías, pudo visitar, al menos por una brevedad, algunos de los escenarios de su vida temprana; el parque sarmiento, el fin del camino arboleado que culminaba en la ruta, la plaza con juegos para chicos en medio del trayecto a avenida Cabildo, justo al lado de su primaria, y otros mementos protegidos por el pasado. Frenéticamente, el sexo de su verdadero cuerpo comenzó a regresar a su memoria.

¿O aquello era esa silueta que se acercaba lentamente, acompañándolo en el infierno blanco en donde se encontraba?

Su actual cuerpo comenzó a dispersarse en cenizas. De un momento a otro, no sabía si estaba mirando algo, a alguien, o si se estaba mirando a sí mismo.

“¿Estoy dentro de tus ojos, o dentro de los míos?”, pensó.

La silueta, su cuerpo original, resultaba ser la de un joven que no alcanzaba ni los dieciocho años y, ahora la tenía delante.

-Pablo, hola. Nos saludo- Pronunció.

Al momento que terminó de hablar, recordó perfectamente que esa era su voz original.

-Sí, nos saludo- Se contestó a sí mismo.

-Nos perdimos un poco en el camino, ¿no Pablo?

La inseguridad de no saber que o a quien estaba mirando realmente se volvió aún más asfixiante.

-Jamás quise… jamás quisimos trazar un camino fijo en esta vida. ¿Es esa la verdad?

-Si es así, no mereces estar acá.

-Por ende, vos tampoco.

Pablo, la persona, había dejado atrás cual cuerpo fuera que estaba ocupando.

-¿Con quién estás hablando, Pablo?

-Estoy hablando con nosotros.

-¿Estás seguro? Le estas tocando la puerta a la muerte en este momento. ¿No tendría más sentido que estuvieses hablando con dios? ¿O vas a hablar con dios? ¿O ya hablaste con dios? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Pablo?

Desde hacía ya algunos segundos que había dejado de comprender lo que estaba ocurriendo. La persona había vuelto a ser Pablo, y estaba ocupando su cuerpo original, pero no comprendía porque seguía atorado en el infierno blanco. Parecía como si se hubiese vuelto una parte más de él.

Si realmente era dios la persona con la que estaba hablando, no tenía la más mínima idea de porqué lucían y sonaban exactamente iguales, ni porque había decidido platicar con el dentro de su cabeza, o en sus sueños, o donde fuera que la persona, ahora Pablo nuevamente, se encontraba. Fue un momento acertado para pensar en sueños, o en dormir, porque en ese mismo momento le pasó algo muy cercano a quedarse dormido, aunque no soñó absolutamente nada.

.

Al abrir los ojos, despierto o dormido, vivo o muerto, Pablo estaba inseguro de si realmente había salido del infierno blanco. No comprendía bien sus alrededores. Habían reaparecido unas luces a la distancia, aunque estas tenían otro color, pero todos estos detalles cobraban cada vez menos relevancia con el avanzar de los segundos, pues ahora él se sentía pleno y completo, y había perdido todo el temor que alguna vez le había tenido a lo que el futuro guardaba para él.
El cuerpo y la consciencia habían vuelto a ser uno solo, regresando al principio de todas las cosas.

22 de Janeiro de 2019 às 22:45 0 Denunciar Insira 1
Fim

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Pedro Levy Busco la belleza dentro de lo oscuro.

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