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"Café con leche cósmico "




Me encontraba viajando al pasado. Daba vueltas y era como si una mano gigantesca me hiciera cosquillas. Es como cuando te ríes, te ríes mucho, demasiado, pierdes la noción de todo a tu alrededor, cierras los ojos, las lágrimas de risa te nublan la vista, pequeños flashes y centellas atacan tus pupilas y cuando finalmente el colapso nervioso comienza a ceder, te encuentras en el año 2019. Japón ganó la Séptima Guerra Mundial, un jueves, bien temprano. Después de muchos años negociando la paz, cuando la tuvieron en sus narices, no supieron que hacer con ella. El mundo era un desastre, patético y abrumador, los amolodianos eran gente decente, el resultado de una simbiosis más que menos deprimente, así como lo estoy demostrando, esos japorrusos hablaban rimando. Ufff, yo odiaba mucho que se me pegara su acento. Odiaba a Amolodia, la Capital del Mundo y odiaba a José, por haberse marchado. Lo conocí en los albores del 2467, yo era apenas una jovencita y estudiaba en la Academia Militar. Mi sueño siempre había sido ser escritora, conocía al dedillo las culturas extintas de poetas malditos y cantores, de novelistas y ensayistas, mi ídolo era Samuel Blanco, quien había ganado el último Premio Nobel de la historia, por su novela “Café con Leche Cósmico”, aquella fatídica noche de premiaciones cuando el mundo comenzó a arder justo por la Sala de Conciertos en Estocolmo. No sé si era la bomba en su cabeza lo que lo había hecho célebre ante mis ojos (eso decían mis compañeros de Academia), o si era su novela maravillosa que encontré un día en una antiquísima librería y que, para mayor cliché, intentamos comprar José y yo a la misma vez. Ahí comenzó nuestra historia de amor, perdidos en las líneas de la Historia Antigüa, de cómo eran los hombres antes de la guerra, antes de la tecnología, antes del famoso discurso de Trump en la Isla Libertad, antes de que terminara su mundo y se formara el mío, antes, cuando eran felices y no lo sabían. El sueño de José (que se llamaba así porque su abuelo y el abuelo de este, eran tan soñadores cómo él) era vivir en el 2019, el año más glorioso que ha conoció el Planeta Tierra jamás. Estaba obsesionado con todos los sucesos desde abril hasta diciembre, y aunque era muy común que todos pudiéramos viajar al año que quisiéramos en el pasado, estaba estrictamente prohibido quedarse. La ley era extremadamente severa con esto, viajabas con tu agente de seguridad, no podías hacerlo hasta la mayoría de edad y debías pasar un curso bastante profundo que consistía en una serie de medidas para jamás alterar la línea temporal. Muchos de los que intentaron detener la guerra fueron ejecutados ahí mismo en algún lugar entre el 2020 y su vida actual y luego el instructor con las manos ensangrentadas todavía al estilo Azteca, lo traía a morir al presente para evitar errores futuros. Pero José encontró la manera. José siempre encontraba la manera, pero no estaba dispuesto a arriesgar mi vida para probar su hipótesis. Así que sólo me dejó una nota, a la orilla de mi cámara, con una tostada de desayuno al estilo Truman Capote. Yo confiaba en él ciegamente pero no dejaba de reconocer que estaba loco, siempre lo estuvo, lo suficiente para bailar bajo la lluvia, aunque ya no hubiera. La nota decía claramente : “Reúnete conmigo a las 3 en el parque de la calle 7”. Y así lo hice y ahora siento que una mano gigante me hace cosquillas y no me río por miedo. Sólo se que si el plan de José funciona, lo primero que haré será cambiarme este feo nombre amolodiano, y llamarme Lucía, como toda la que sacrifica su vida por sus ideales. Llegó la hora y aunque es irónico que venga del futuro y cononozca los maravillosos sucesos de ese año de memoria, el amor posee el arte, de volverlo todo incierto. Se abre la puerta, mi instructor está muerto en el suelo, 2019, quí voy. 


CONTINUARÁ……

8 de Janeiro de 2019 às 17:35 0 Denunciar Insira 0
Continua…

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