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juliocesarginocchio Julio César Ginocchio

Hardin, Fernanda y otros amigos más viven refugiados en el bosque tratando de sobrevivir en su día a día, luchando contra los "untoters" que son parásitos dentro de un cuerpo humano.


Suspense/Mistério Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#misterio #245 #invasión
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¿Qué es lo que ocultas? F*cking Eszett.

Licht, 25 de enero de 2462





El clima aquí, en mi ciudad, es relativamente moderado, algunas veces soleado, pero sin llegar a sofocar, y otras, nublado. Somos pocos pobladores, con muchos bosques aledaños, el Estado alemán no pone mucha atención en nosotros, tampoco es que la necesitemos, debido a que tenemos todo natural: el agua de un río perfectamente cuidado, los alimentos que provenían principalmente del vacuno y el ovino; la luz del sol, que nos da radiantes mañanas y preciosos atardeceres, la bella luz de luna, que aunque sea relativamente escasa, nos ilumina lo suficiente para ver la complejidad y hermosura de nuestras estrellas. Amaba mi ciudad, pasé diecisiete divertidos veranos en aquel lugar, aunque de los cuales solo recuerdo como doce. Pronto, muy pronto en realidad, todo estaría por cambiar.

El mismo día de mi cumpleaños número dieciocho, mi padre enfermó. Él trabajaba cerca de la Zona Eszett, una instalación del Gobierno de Alemania que por razones desconocidas colocó una sucursal cerca de Licht. Juan, mi padre, todas las veces que volvía de su trabajo se le veía mucho más pálido, además de desmotivado y no es, por ninguna razón, debido al trabajo que él tenía sino que por alguna extraña razón, según los comentarios de mi padre, Eszett tendría la culpa.

—¿Qué dices? Padre, eso no es posible, creo que el trabajo ya te afectó demasiado —repliqué con total incredulidad.

—Fernanda, hija, por favor —tartamudeó.

—¿Por favor qué? —interrumpí— Papá, deberías descansar ya.

—No pienses que quiero arruinar tu cumpleaños mi cielo y tienes razón, me iré a descansar, buenas noches —respondió mi padre, con un tono quebradizo, como cuando estás a punto de romper en llanto mientras hablas.

A pesar de todas las locuras que me dijo mi padre esa noche, yo lo amo, y mucho. A la mañana siguiente, él empeoró y como cualquier hija, no quería perderlo. Mi padre es todo lo que anhelo y lo único que me queda. Así que, sin tiempo que perder, encendí el auto y nos dirigimos hacía el hospital más cercano. Papá descansaba y yo no dejaba de lloriquear. No quería otra desgracia en mi vida.

Tiempo atrás, cuando solo tenía siete años, perdí a una de las personas que más amaba en este mundo: mi madre. El dolor que sentía era realmente complicado de soportar. Estaba junto a ella en una autopista, mi madre me sostenía de la mano y yo jugaba con una pelotita dándole botes, me creía una leyenda del baloncesto cada vez que hacía eso, pero, en un mal calculo, no logré tomar la pelota cuando se dirigía a mi mano. Esta rodó y rodó por la autopista, solté la mano de mi madre y fui corriendo en busca del objeto. Cerré los ojos cuando escuché el primer grito que se mezclaba con los derrapes y sumándose otros gritos aún más desesperados.

—Ahora yo seré todo tu mundo, seré tu padre y tu madre a la vez. Yo te protegeré siempre de todo lo que haga falta, serás mi reina, mi consentida y desde ahora, la única mujer en mi vida —me dijo mi padre mientras me sostenía de ambas manos y me miraba fijamente.

Desde la primera noche, me imaginaba que hubiese pasado si no le soltaba la mano a mi madre, o que la pelota no se me haya escapado... Crecí con la culpa desde entonces. «No te quiero perder no... A ti no, por favor... Eres todo lo que me queda y si tú te vas, ¿qué será de mí?», pensaba mientras tenía un duelo conmigo misma: no quería aceptar la maldita realidad. Las horas pasaban volando, el recuerdo de mi madre sumado al que mi padre se encontraba fatal de salud, hacían que en mí, recaiga un estado de ansiedad que jamás había experimentado.

En el hospital, en la habitación, en la camilla, ahí, tomando su brazo que tenía colocada la intravenosa.

—Estaremos bien papá, ¿verdad? —le dije mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas.

—Estoy bien hija, solo es una simple fiebre.

—Pronto ya estaremos de vuelta en nuestra casa junto al campo, allá en Licht, ya lo verás.

—Sinceramente, ya no quiero volver a trabajar en el campo —me respondió agitado, como si le tuviese miedo a algo—. Hija, por favor créeme Eszett oculta algo ¿por qué uno de los lugares con más secretos en el mundo pondría una sucursal cerca de una ciudad sencilla e humilde como Licht? ¿Tenemos algo que les interesa, o qué es lo que quieren?

—Probablemente sí, pero por ahora es mejor que descanses.

En realidad nadie sabía la gran verdad del porqué dicha zona estaba ahí, aledaño a nuestra ciudad. Habían oído tantas hipótesis de los vecinos, pero todas salidas de tono. Krach, la otra ciudad que quedaba cruzando el inmenso bosque que lo separaba de Licht, no se exceptuaba del tema, y también su gente tenían sus propias hipótesis, la cosa parecía no parar.

Ya era la mañana siguiente en el hospital, donde a mi padre le darían de alta para poder irnos a casa. Él amaneció literalmente brillando.

—Oye padre, como que hoy estás radiante —le dije mientras soltaba algunas risas.

—Fernanda llama al doctor, no me siento bien.

Fui rápido a donde se encontraba el doctor y las enfermeras, les avisé de la situación y ellos vinieron junto a mi, corriendo. No me dejaron volver a pasar a la habitación. Pasaron horas. Y horas. La luz del sol se fue.

—Señorita Fernanda —dijo el doctor, en un tono muy serio.

—¿Todo bien doctor, que le pasó a papá?

—No lo sabemos en realid...

—¿Cómo que no lo saben? —interrumpí, alterada, gritando— Ustedes son los profesionales en esto, deberían saber perfectamente lo que hacen.

—Entendemos señorita, pero vinimos a decirle que lamentablemente no pudimos hacer más por su querido padre —dijo el doctor, de manera lenta y tratando de no ser tan rudo con sus palabras.

—¿Pero cómo? ¡él estaba completamente bien! —grité.

Me sentía destrozada completamente, todas mis pesadillas se habían vuelto realidad. Papá ya no estaba más a mi lado.

—Doctor, el paciente se está moviendo —dijo la enfermera.

—Eso es imposible, ahora iré a revisarlo.

Sentí que la vida volvió a mí también, aún no sabía lo que estaba pasando, no sabía nada, ni quería hacerlo, simplemente quería estar en los brazos de mi padre. No se tardó en escuchar gritos en la habitación, junto con un destello de luz realmente aturdidor para la vista. Varios médicos y enfermos entraron en la habitación. Ninguno volvió a salir.


20 de Março de 2019 às 03:50 0 Denunciar Insira 0
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Conheça o autor

Julio César Ginocchio ¡Hola! Mi nombre es Julio César. Me encanta hacer reír a mis compañeros y me considero muy divertido. Sígueme en YouTube: https://www.youtube.com/c/C%C3%A9sarGinocchio

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