San Apocalipsis Seguir história

nathivo Martin Tous

Igor está enamorado perdidamente de Zenda, para poder estar con ella debe pedirle la mano a su suegro, pero éste a su vez le pidió un acto de valía, de hombría, antes de ceder a su hija. Igor debe salir en medio del apocalipsis zombie y traer un trofeo, una parte de un zombie que sea el símbolo del amor que hay entre ellos. En medio de un apocalipsis, todavía hay tiempo para el amor y la esperanza. Igor dará cuenta de ello.


Conto Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#amor #zombies #apocalipsis # #humor-negro #humornegro
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San Apocalipsis

Igor después de haber cumplido con el pedido del padre de su amada Zenda, traía el paquete con el resultado de su valía, de su hombría, de su gran hazaña para demostrarle a su futuro suegro que tan comprometido estaba con él y que tanto amaba a Zenda.

El pedido fue simple, Otto había sido muy claro con Igor.

—Hijo —comenzó Otto severamente—. Si lo que buscas es el amor de mi querida hija, y mi consentimiento por la mano de ella, debes demostrar que estás dispuesto a hacer lo que sea por Zenda en primer lugar —dijo Otto señalando a su hija sentada al lado de él—, y luego por esta familia que pasará a ser tu familia muy pronto…

El padre de Zenda tomó aire y se quedó mirando seriamente a Igor en espera de una repuesta.

—¡Señor, si Señor! ¡Haré lo que sea, porque amo a su hija y ella me ama a mí! ¡Y entre los dos nos mamamos mucho!, digo…perdón, nos amamos mucho, ¡Señor, si Señor! —Igor era un buen chico, pero sin duda Otto lo intimidaba, y queriendo ser simpático con su futuro suegro, no encontró mejor forma de contestarle que en ese tono militar, como si estaría hablando un subalterno a un oficial de rango superior. Nunca le había hablado así, pero evidentemente los nervios le pasaban una mala jugada al pobre Igor.

Si las miradas desprendieran fuego, Igor hubiera sido incinerado instantáneamente con la mirada que le clavó el padre de la novia. Otto pensó (mientras apretaba inconscientemente el cuchillo que tenía en su mano, presto a cortar un trozo de carne), que quizás lo mejor sería directamente pegarle un tiro entre los ojos al muchacho y evitarse así el sufrimiento de tener un yerno tan idiota. Indra, la madre de Zenda, si notó como apretaba el cuchillo y suavemente posó su mano sobre la de su esposo conteniendo la tensión. Otto miró con suplica a su hija, como pidiéndole permiso para matar al idiota. Zenda miró a su padre con desaprobación. Igor también había notado el rojo furioso en el rostro de su futuro suegro, pero inocentemente pensó que era consecuencia de haber contenido una gran carcajada de aprobación por su tonto chiste.

—Hijo —continuó con parsimonia Otto—, como sabrás estamos en medio del maldito Apocalipsis Zombie, y casualmente cerca de San Valentín, mi pedido es sencillo: debes salir de la zona segura en la que estamos, buscar un zombie cualquiera, puedes elegir a gusto, bajo, alto, chino, negro, blanco, médico como los que andan con batas, o el que sea. Debes matar al bastardo y arrancarle del carcomido cuerpo lo más preciado para mi hija, lo que la llevó a estar contigo, lo que la enamoró de ti…—tomó aliento, le costaba internalizar que su hija se hubiera enamorado de tremendo pacato y cerró su idea—. Así de simple, luego me lo traes en un lindo paquete con forma de corazón y lo abriremos aquí mismo delante de toda la familia. Eso demostrará tu valía y compromiso con ella y con esta familia. Allí daré mi aprobación y podrás finalmente casarte mi preciada Zenda.

—¡Señor, si Señor! —dijo Igor, levantándose súbitamente de la mesa, pero con tanta brusquedad y mala suerte que con las rodillas le pegó al borde de la mesa, donde cenaban a la luz de la velas y el plato de guiso hirviendo que comía Otto fue a parar a su entrepierna, antes de poder gritar del dolor por la quemadura genital, una de la velas le dio en un ojo chamuscándole las pestañas e irritándoselo severamente— ¡Perdón Señor, si…

Zenda no dejó terminar la estúpida frase a su novio. Mientras su padre se agarraba la entrepierna con una mano y con la otra se tapaba el ojo herido al grito de: “¡Voy a matar al idiota!”; llevó a su novio del brazo brusca y rápidamente fuera de la casa para evitar una tragedia más. Con el Apocalipsis exterior ya era suficiente.

 

Igor había corrido hasta el pañol de la zona segura donde iba a solicitar algunas armas y equipamiento especial para poder cumplir su misión. Una vez llegó al lugar, flexionó las piernas, el torso y apoyó sus manos sobre las rodillas tratando de tomar aire, la carrera había sido dura hasta allí, quizás no estaba en tan buen estado como él pensaba después de todo.

El lugar era como una gran feria artesanal con varios puestos: algunos de víveres, otros de medicamentos, otros de armas y equipamiento como el pañol, otro de bebidas y así sucesivamente cubriendo una gran gama de rubros primordiales dedicados a mejorar un poco la vida dentro de la zona segura. El puesto del pañol contaba con una gran abertura de un metro y medio de ancho por otro metro más de alto, cubierta con un gran postigo de gruesa madera.

Igor comenzó a golpear insistentemente el postigo para que alguien lo atendiera, si bien era algo tarde, esos puestos estaban para cubrir necesidades de un sobreviviente cuando fuera solicitada. De mala gana, dejando a un lado su rica cena, el Negro Goma (tal era el apodo del encargado del pañol, un hombretón de un metro noventa, de piel morena y fuertes brazos), se acercó hasta su puesto y en un rápido y hábil movimiento calzó el palo que levantaba el postigo, lo elevó en un santiamén, y tras un raro ruido seco que se escuchó durante la acción, calzó el palo en el mostrador. No había nadie. Con asombro que comenzaba a tornarse en fastidio y enojo miró hacia ambos lados desde su puesto. Lo primero que pensó es en los malditos mocosos que siempre andan molestando a la gente, aunque le pareció escuchar algo afuera. Apoyó sus fuertes brazos sobre el mostrador improvisado y se acercó hacia la abertura como para mirar al pie del puesto. Allí estaba Igor, tirado en el piso, todo ensangrentado.

Igor, pensando que no había nadie, había apoyado su oreja en el postigo para escuchar algún movimiento adentro. Justo cuando el Negro Goma abrió de sopetón el puesto, Igor no se había retirado del todo y su pera quedó expuesta. El “raro ruido seco” había sido la gruesa madera pegando de lleno en la pera de Igor. El golpe lo levantó en el aire unos centímetros y cayó de espaldas al piso. La pera comenzó a sangrarle raudamente.

—¡Eh! Amigo, ¿está bien? —articuló el Negro Goma toscamente, era un hombre de pocas palabras.

—Eh… sí, sí, gracias estoy bien, creo que tropecé con algo acá en el piso —mintió Igor intentado taparse el chorro de sangre que salían de su pera—. ¿Tendrá un pañuelo por casualidad? —francamente pensaba que se desangraría por esa maldita herida en su pera, le dolía sobremanera.

—Aja. —Contestó secamente el Negro Goma, mientras sacaba un trapo de abajo de la madera que le servía de mostrador improvisado, con restos de grasa, tierra y algo más oscuro y duro pegoteado. Igor lo tomó con la punta de los dedos como si fuera venenoso y no le quedó otra que usarlo o desangrarse. Lo apoyó en la herida y presionó el trapo contra la misma haciendo “tripa corazón”. El olor que manaba ese asqueroso trozo de tela era una mezcla de orina de viejo prostático, vómito de borracho y humedad mohosa acumulada. Luego de una arcada involuntaria, intentó solicitar al pañolero finalmente su pedido.

—Bien, ando necesitando algunas cositas, tengo que salir a cazar zombies ¿vió? —comenzó simpáticamente Igor—. Necesito, a ver…un rifle automático, con mira réflex nocturna obviamente y muchas balas; un equipo de keblar antidisturbios, con casco y todo, por si me muerden claro; ¡Ah! también un cuchillo tipo de caza, de treinta centímetros de hoja estaría bien, por si atacan de cerca; y por último un bolso fuerte para llevar todo ¿vió?; vaya tranquilo que yo lo espero acá nomás don Negro Goma…

—Aja. —Balbuceó el Negro Goma, mientras con cara de hartazgo se dirigía hacia adentro en busca de lo solicitado y pensaba de que psiquiátrico habría escapado el chico.

En menos de cinco minutos ya estaba de regreso el pañolero con un bulto envuelto en una tela floreada bajo del brazo. Igor lo miraba llegar y el bulto era bastante pequeño, pensó que quizás habría algún arma nueva compacta y automática que no conocía y se la estaba trayendo justo a él para probarla. Le gustó la idea.

Dentro de la tela floreada había: una visera de “Mc. Donals” vieja y roída, un cortaplumas con una hojilla de unos siete centímetros de largo que también traía adosado un destapa-botellas, un delantal de cocina floreado muy viejo y rotoso (la tela que envolvía todo) y una réplica en madera de una pistola.

—Ehh…—la cara de Igor era pura confusión, el pañolero le explicó, haciendo un extremo esfuerzo, la funcionalidad de lo que se llevaba.

—Mirá pibe, justo hoy temprano salieron en campaña “mata-zombies”. Sólo me quedó ésto pero antes de que te vayas, te explico un poquito…—el Negro Goma con gesto adusto comenzó a enumerar y explicar cada arma al muchacho—. Casco no tenemos pero con esta visera, no te va a enceguecer el sol mientras matas muertos-vivos, una gran ventaja en días soleados; cuchillos no me quedan, pero te traje esta navaja, con esto pibe…no queda zombie con cabeza corta como loco, ah y encima te trae un destapador, para festejar con una cervecita tibia y la cabeza del zombie de recuerdo; traje de keblar, bueno de esos ni siquiera tenemos acá, te la debo, pero este delantal es una fiera deteniendo sesos y sangre, si te salpican olvídate con ésto estás cien por cien cubierto; y bueno, por ahí sí, esta es medio chota, la pistolita de madera, pero si te cruzás con gente mala ¡Ahh, si!, mostrala y vas a ver como salen corriendo, no hay diferencia entre ésta y una de “en serio”, te va a salvar de muchas ésta, acordate; Bueno tomá pibe y andá tranquilo que hoy hacés desastres…

—Muchas gracias señor…—Igor se despidió del Negro Goma y pensó que quizás era muy mala idea salir en este momento, pero ya estaba comprometido, y su amor por Zenda era más fuerte.

 

Igor pasó muchas penurias pero logró su objetivo estaba herido, maltrecho y muy cansado, así se presentó en la puerta de la casa de su suegro al otro día de haber salido corriendo de allí mismo, con el resultado de su aventura. Todos se sentaron alrededor de la mesa con expectativa. Otto, fue el primero en abrir la caja de corazón, miró a su hija (con un solo ojo el otro lo tenía tapado por la quemadura de la noche anterior) y vio amor en la mirada de ella, miró a su esposa y vio esperanza. Quizás Igor no era tan mala elección después de todo. Miró su escopeta apoyada a un lado de la mesa, más tranquilo pensó que ya no la necesitaría. Ante todos, abrió la caja de corazón con el regalo de San Valentín que tanto anhelaba. Mientras desataba el paquete pensaba en que encontraría un lindo corazón agusanado, o quizás habría un bello par de ojos grises sin vida, que expectativa, que sería lo que Igor sabía que había enamorado a su hija. Otto rebosaba de contento.

Hasta que abrió el paquete…

Instantáneamente el suegro agarró la escopeta que tenía a su lado, levantó el cañón, apuntó a la cabeza del yerno y disparó. Luego del estruendoso ruido y de que los sesos de Igor quedaran desparramados por las paredes y pisos de la casa, ante la absorta mirada de su esposa e hija, les arrojó la caja de San Valentín sobre la mesa, como para que vieran el contenido.

Dentro de la caja, adornado con un lindo moño rojo, había un enorme pene, negro, agusanado y con una tarjetita a nombre de Zenda, que en letras doradas decía: “¿Te gusta mamita, no?”.

 

FIN

3 de Dezembro de 2018 às 23:29 0 Denunciar Insira 2
Fim

Conheça o autor

Martin Tous ¡Hola! Soy Martín, de Buenos Aires, Argentina. Hace poco comencé a escribir, cuentos mayormente, me encanta leer y más me gusta escribir. Lo mío: terror, misterio, paranormal, aventura, fantasía, acción y algo de humor. Pónganse cómodos en su sillón de lectura y pasen, la función esta por comenzar.

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