Ave de mal agüero Seguir história

soyaugustg1539197395 Augusto Gómez

Aranza está cansada de ver en la cocina los cuerpos mutilados de animales, y el hecho de saber que debajo del sofá hay algo, no es fácil, y más, cuando un jueves por la tarde los cuervos aparecieron.


Conto Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#muerte #sangre #295 #402 #cuervos
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Ave de mal agüero

Aranza recostada en el suelo escucha el goteo del grifo, la luz de la casa aledaña ilumina un par de ventanas de la cocina, y sin dejar de contar las gotas al caer mira en la ventana menos iluminada, en ésta aparece la silueta de un pájaro que quiere entrar, sin embargo una figura aparece detrás del ave y luego desaparecen. Aranza hace lo mismo, mientras un gruñido se escucha en la oscuridad de la casa y una mujer sentada en un sofá acaricia la cabeza del huésped que nadie quisiera tener.

Aranza está cansada de ver en la cocina los cuerpos mutilados de animales, quiere creer que con el tiempo podrá haberse acostumbrado a la rutina de su huésped; pero no ha sido así. Saber que debajo del sofá hay algo, no es fácil, y más, cuando un jueves por la tarde los cuervos aparecieron.

 Si bien le ha dicho que no deje sucia la cocina, él no hace caso. “La sangre es difícil de limpiar” Aranza dice reprimiéndole, aun así él deja gran parte del animal sobre la mesa y luego desaparece sin ninguna intención de ayudar. Al haberse mudado hace diez años, la casera no le advirtió nada, sólo le señaló las deficiencias en la cañería y que le obsequiaba el sofá que está en la sala. Aranza aceptó con tal de que la cantidad a pagar fuese menos. Durante los primeros cinco años fue complicado verlo, su aspecto le arrebató en diversas ocasiones el apetito, y es que, la palidez, la falta de pelaje, ojos, fosas nasales, orejas, y sus extremidades más largas que su torso lo hacía repulsivo. Al principio, la comunicación era complicada, gruñidos, y más gruñidos, odiaba escucharlo gruñir, aunque llegó a pensar que un perro sería capaz de hablar antes de saber qué quería su compañero de casa.

Pasaron los meses y ambos se acostumbraron a la presencia del otro, pues ella no tenía más a dónde ir. La primera vez que Aranza halló una parte de una bestia en la cocina se aterró y éste desapareció una temporada. Una noche ella al entrar a la casa observó una línea rojiza en el suelo, y con precaución, observó las cabezas de cuervos desprendidas, su pareja de aquel entonces, no había observado nada; sin embargo, Aranza presentía que su huésped se mofaba de ella tras haber regresado tras su breve ausencia.

Durante el trayecto de un jueves vio reuniéndose en el jardín una parvada de cuervos parados en el tendedero, patio y la mayoría, en el techo. Estas aves se mantenían en vilo aleteando moviéndose de un lado a otro. Aranza sintió ser observada causándole recelo, pues nunca había visto tal cantidad de pájaros reunidos, pensó en salir para calmar la ansiedad de estar rodeada, agarró su bolso, reservó en un restaurant y se fue por varias horas. En tanto, su visitante gruñía para repeler la presencia de los pájaros, pero no lograba mucho, pues las puertas y ventanas están cerradas y aún no podía salir. Con la noche asomándose, y sin Aranza en la casa, decidió dejar la oscuridad del sofá para esconderse en la espesura que cubre los pasillos. La palidez de su cuerpo se distingue tenuemente como una sombra inútil de ocultar. Las falanges no evitan tocar el suelo y las uñas de los pies dejan huecos en los pasos que da al acercarse a la puerta del traspatio. El graznar de los cuervos aumenta y ensordece la quietud del jueves.

͙ ͙ ͙

 

Aranza está en un restaurant, ha ordenado un tazón de sopa y una cerveza para acompañar. Tomó el asiento con vista a la calle, en la espera, veía como la lluvia comenzó a cubrir la avenida y ahuyentar a la gente. El frío de la hora provocó que se empañara los cristales. Aranza, con una servilleta de papel limpia un fragmento para apreciar a los autos pasar uno tras otro. La lluvia no aminora, no trae sombrilla y lamenta que el estacionamiento esté del otro lado de la cinta asfáltica. La mesera, sin ningún rasgo peculiar, aparece con el tazón de comida, Aranza en el instante que agradece el servicio nota que el rostro de la mujer era idéntico a la aberración que está en su hogar, pero pensó en que debía estar hastiada de su presencia. Por un momento no quiso probar la comida así que continúo mirando hacía la calle cuando una sombra blancuzca interrumpió las ganas de comer. Abandonó su asiento y salió para comprobar que no ha perdido la razón. Volteó en toda dirección y se calmó. La mesera parada detrás de ella le pregunta si regresará, y Aranza, retorna para cubrir la cuenta e irse.

Al haber perdido el hambre piensa si es prudente regresar, en tanto Aranza tras ver que no hay ningún vehículo aproximándose pasa la avenida, del otro lado un grupo de cuervos están mirándola en una banca oxidada. Desde el restaurant no los había visto, pues las plumas de éstas son un buen camuflaje para cualquier hora de la noche. Entra a la cabina del encargado y paga la cuota. Su auto está a la mitad del aparcamiento, fue el único lugar que encontró al llegar, y ahora, que se retira, sólo están dos camionetas con cristales polarizados. Los cuervos vuelvan hacia una de las camionetas, y a pesar de la constante lluvia, el aleteo se logra escuchar.

Aranza busca las llaves en su bolso, no las localiza y a través del reflejo que genera la luz de las lámparas aparece la silueta del huésped. Aranza lo mira en las gotas que se acumulan y caen sobre la ventanilla. No quiere voltear, su cadera no responde, incluso, si quisiera voltear. El tintineo de las llaves en las manos la despabila y abre la puerta. En el interior enciende la radio pero hay interferencia y no puede poner una estación, deja caer la sien en el volante y cierra los ojos. El claxon de los autos aparece, y tras un respiro, el grajear de un cuervo provoca que encienda el auto y salga del estacionamiento. Al tomar camino la radio comenzó a sintonizar una estación de música pop. No la cambió y permitió que las canciones disminuyeran la angustia de los cinco minutos que vivió en la lluvia. Aranza está empapada, su cabello rizado se convirtió en una madeja de agua, el maquillaje corrido muestra las cuencas de las lágrimas, su ropa moja el asiento y se siente pesada; no desea regresar a casa; no quiere encontrarse con el cadáver de alguna bestia en la cocina y toparse con él en la oscuridad; no quiere ver abierta sus fauces y perderse en el espiral de la dentadura agrietada. No quiere encontrarse con la noche de una casa que odia.

Aranza se detiene cerca de un parque, enciende un cigarrillo y trata de generar calor al frotarse las palmas de las manos. El agua se filtra por una rendija de la ventanilla, salpica en la parte superior de la puerta y los residuos alcanzan su mejilla, ésta voltea para averiguar de dónde proviene, al voltear un cuervo está observándola. El vacío de los ojos del ave la estremeció, de inmediato encendió el auto y al prender los faros frontales tenía delante a quien no quería toparse, éste tiene los dedos larguiruchos sobre el cofre, y aunque los mueve con lentitud, forma delgados rallones. No tuvo más opción que acelerar y llevarse por delante al otro habitante de la casa.

En el camino revisa en cada espejo con la esperanza de que no esté, busca una razón para creer que la falta de comida le está generando alucinaciones; sin embargo tuvo que detenerse en una intersección. Espera la transición de rojo a verde, trata de cambiar de estación y de nueva cuenta la señal es interrumpida. Los cuatro semáforos dejaron de funcionar y las luces de los edificios aledaños también les sucedió lo mismo. No veía a nadie más. Parecía un desierto de concreto. El centellar de un relámpago reactivó las luces que se habían apagado y la lluvia comenzó a desvanecerse al tiempo que el semáforo dio luz verde. Aranza creía que sólo era un pésimo día.

͙ ͙ ͙

 

Aranza se estaciona frente a su casa. La oscuridad cubría hasta la última habitación. No vio a la parvada de cuervos en el techo, así que imaginó que el jueves había concluido. Descendió del auto y abrió la puerta. En el interior no existía nada fuera de lo común, no había en la cocina el trozo de algún cadáver sobre la mesa y el sofá se mantenía en el mismo lugar. Presionó el interruptor; pero éste no funcionó. A su espalda escucha el respirar seco de su visitante. Ésta voltea sin enseñar el miedo que la corroe, saluda como cualquier otra noche en que se topan en la cocina. Él, tiene plumas en el hocico y el costillar emana dos líneas de un líquido seboso y no hace otro movimiento que el inflar su tórax de manera pausada. Aranza no ha logrado mover un solo músculo desde que está parada ante él, y éste mueve el cráneo hacia la derecha y el  movimiento de su respiración se acelera, razón por la cual Aranza trata de localizar la puerta más cerca, incluso, el cuchillo que usa para filetear la carne que su huésped deja cada viernes en la madrugada. Aranza al mover un pie tenía ya la testa de su huésped tan cerca que podía sentir la suavidad de las plumas que aún no se había engullido.

En el tiempo de compartir la misma casa nunca se aproximó a Aranza, se mantenía a una distancia y no existía la necesidad de tener contacto físico. Sentir lo graso de la piel indujo en ella una sensación de repulsión, pues debajo del aceite que emana, la callosidad de la misma le rae la propia. Cuando más se acerca pudo notar ocho minúsculos orificios que, a la cadencia de la respiración, se abrían. Por primera vez había visto los ojos de aquello que la ha acompañado desde hace tanto tiempo. Tras calmarse en la profundidad de estos agujeros, la mano de éste cubrió la boca de su anfitriona que, sin temor, lo permitió.

Los cuervos comenzaron a picotear los cristales, se podría confundir con el granizar en verano. Los vidrios se cuartearon y la parvada se arremolinaba en las cornisas. Sin la existencia de luz en las habitaciones, Aranza y su acompañante, buscan resguardarse en una de éstas, no obstante los pájaros habían invadido el lugar y se escucha el perforar de los picos en la madera, así que él la llevó al sofá, se detuvo frente a éste y, con movimientos de su cráneo veía a la mujer, y la obligó a esconderse debajo, Aranza le recrimina el no poder entrar en ese lugar, lo confrontó, pero no pudo con la fuerza de su huésped, sin más las extremidades de él la envolvieron forzándola a colocarse en cuclillas y meterse en aquella cerrazón polvorienta del mueble.

Aranza tiene la mitad del cuerpo dentro del mueble, siente lo poroso de las manos de su visitante, sin embargo, dejó de percibirlo cuando sus piernas habían entrado por completo. En el interior sentía la oscuridad seca que no le permitía inhalar aire con comodidad, posteriormente comenzó a acostumbrarse y se calmó por un instante. Al acostumbrarse a la oscuridad notó la firmeza del suelo, las paredes con hendiduras que traspiraban un líquido grueso e inodoro. Después de unos minutos se topó con una puerta la cual empujó para abrirla. Al entrar visualizó una habitación de la dimensión de la casa. En el interior tenía retratos de personas desconocidas para ella, las observó detenidamente, hasta que, en un rincón la imagen, de colores sepia, se veía a una mujer joven con pelo recogido, vestido hasta la rodilla y anteojos, Aranza se le hizo familiar, pues era la misma que le vendió la casa.

Durante el tiempo que estuvo en el cuarto logra escuchar los gruñidos de su visitante y el graznar de los cuervos. Quitó la imagen de la pared y la revisó, detrás de la fotografía la pluma de las aves que la han invadido, aunque viejas no perdían el color esmeralda y jade. Revisó los demás retratos, hasta que en una de éstas esconde un hueco en la pared. En el interior está el cuerpo momificado de un cuervo sin su plumaje. Aranza agarra el animal y en el fondo del oficio vio la moldura de un cuadro, así que estiró el brazo y lo saca de ahí. Las cejas de levantaron al ver enmarcado su rostro, dio un paso retrocediendo por la impresión de verse en ese sitio, pero se topa con el cuerpo de su huésped que está detrás de ella con el hocico atiborrado de plumas y sangre, entre las sombras a la falta de luz, voltea y aprecia la palidez del engendro que tienen como visitante que, con movimientos del cráneo hacia la ambos lados, la revisa con esmero. Ella, oculta el cuadro y se coloca pegada a la pared para ocultar el orificio que encontró. La respiración de uno y otro se sincroniza. El aire se vuelve denso al pasar de los minutos.

Aranza lo empuja y éste abre sus fauces enseñándole las cabezas cercenadas de varios pájaros. Nerviosa por la actitud de él le agradece por haberse encargado de los molestos animales que la mantenían inquieta y le pedía regresar a su casa, pero éste levantó una de sus extremidades y señaló las fotografías que están en la habitación. Ella no separa su espalda de la pared pues no sabe cómo reaccionará al ver que encontró el hueco con su retrato. Los gruñidos se acentuaban cada vez que señala las imágenes. Aranza, le vuelve a pedir que la regrese, no obstante él le dice que no, con un bufido ensordecedor. Atemorizada enseña el retrato que tiene tras ella y él coloca su cuerpo desnudo sobre el pecho de ella y pasa su brazo a un lado introduciéndolo en el hueco para extraer el animal que Aranza descubrió. Cuando ella creía que le haría daño de su hocico sacó la imagen de otra persona, regurgitó el cuerpo de otro pájaro y lo puso en el mismo lugar. Sin fuerza en las piernas, Aranza se deslizó por la pared y él le arrebató el cuadro que poseía. Se alejó de ella con lentitud. La pieza de madera la refregó en su pecho, para luego colocarla en la pared a un lado de la fotografía amarillenta de aquella mujer.

Aranza, veía las cavidades ceñidas a la columna dorsal y a los omoplatos de su delgada figura. Las uñas no se hunden en el suelo, y con la palma de la mano ubica el retrato en la pared. En el suelo Aranza pensaba en huir, sin embargo no sabe por dónde escapar. El único que sabe cómo hacerlo es aquello que está frente a ella. Posteriormente de haberlo puesto, voltea, estira su brazo y la agarra de la cabeza con la fuerza necesaria para que ésta no pudiese escapar, la arrastra por el pasillo por el cual llegó, y sin oponerse, misma que permite introducir una falange por su boca. Por varios minutos fue remolcada hasta que de un solo jalón es devuelta a la sala de su casa. De inmediato Aranza trata de conseguir alguna herramienta para protegerse de él, no obstante atrás de ella no había nada.

La casa está quieta como si jamás hubiese existido confrontación, tranquila como al inicio antes de comenzar a habitarla. Las paredes vacías, la cocina sin refrigerador, el dormitorio sin cama y la sala sin muebles que había adquirido, pero con el sofá por el cual sufrió y que jamás quiso tener.

25 de Outubro de 2018 às 22:06 0 Denunciar Insira 0
Fim

Conheça o autor

Augusto Gómez Vago estudiante de la vida. Narrador de ficciones y realidades. Fumador de héxamina y caladas de vacío. Y si no me creen, no he dicho nada.

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