La princesa Daiana Seguir história

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Daiana no es una princesa común. Lucha contra dragones, gigantes, monstruos marinos, y rescata a príncipes en apuros.


Fantasia Épico Todo o público.

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La princesa Daiana

La princesa se protegía tras una pared de tántalo. El gran dragón escupefuego expulsaba bocanadas de llamas ardientes, que le bloqueaban el paso y amenazaban con quemarla viva. Pero no iba a rendirse ahora, no después de haber cruzado el Valle de los Gigantes, navegado por el Mar de las Sirenas y atravesado el Desierto de las Esfinges; no, nunca había cedido ante ningún contratiempo, y esta no iba a ser la excepción.

En el castillo, que se encontraba detrás del dragón, estaba su hado, su futuro, el Príncipe Durmiente, quien había sido hechizado por la bruja Wicca, y sólo un beso de amor verdadero podría despertarlo. Daiana se había preparado toda su vida para este momento. Y, con el escudo de vibranio que le obsequió su maestro, y la espada Narsa, una réplica exacta del sable de Atila, pretendía llegar hasta el final de su odisea.

La bestia expelía fuego durante treinta segundos, y tenía que descansar por diez. Daiana esperó a que su oponente terminara su ciclo treinteno, y saltó por encima de la pared, corriendo a través de la lumbre. La atmósfera alcanzaba los 1000 grados centígrados, pero a Daiana no le preocupaba eso, ya que estaba entrenada para soportar temperaturas inclusive más altas. 

Daiana corrió hacia las llamaradas carmesí, y pasó a través de ellas, protegiéndose con su pavés. Al traspasar al otro lado, pudo ver a la criatura: era magnífica, colosal, tal como se la habían descrito sus instructores; poseía la misma altura que las torres del castillo; era de tonalidad granate; tenía dos grandes alas que salían de su lomo, un alargado cuerpo que formaba una especie de S, y una extensa cola con una punta de lanza en su extremo.

Ambos se miraron a los ojos. Daiana vio cómo el otro ser inhalaba aire con fuerza: iba a lanzarle su aliento abrasador. La infanta se agachó, y colocó su escudo frente a ella, en forma de protección; pero, justo antes de cubrirse por completo, pudo ver una especia de esfera que ascendía a través del cuello de la bestia. «Una bola de fuego», intuyó.

Corrió hacia la derecha, en dirección a la alcazaba, y pudo ver el bólido encendido que expulsó el animal, y que amenazaba con incinerarla en un instante. Logró esquivarlo con un largo salto, y, detrás de ella, el suelo hizo explosión; fragmentos de piedra y barro la golpearon, y el estallido la lanzó a varios metros de distancia, hasta el muro del castillo.

Llegó a pensar que ese iba a ser su fin. ¿Cómo iba a poder derrotar a tan terrible adversario? Miró hacia arriba, y vio la gran atalaya, que se desplegaba erguida, firme como una secuoya. Entonces, tuvo una insólita idea, pero que podría funcionar.

El dragón tomó aire de nuevo, y el mismo abultamiento ascendía desde dentro de su dermis. Daiana se preparó; tomó impulsó, y esperó a que su rival lanzara el proyectil. Vio el pedrusco flameante salir del hocico del animal, y corrió hacia su diestra. La roca golpeó justo en la base de la torre, haciéndola perder el balance y caer diagonalmente, golpeando la cabeza del dragón. 

El fuerte impacto aturdió a Dragmir, tal como Daiana había calculado, y ella no desaprovechó ni un momento. Se apresuró hacia Dragmir, y se deslizó por debajo de él, cruzando entre sus patas. Sabía que sólo tenía una oportunidad, y debía acertar su sable en el único punto débil del dragón: un pequeño espacio en su andorga, donde la piel era más blanda; «búscalo con tus ojos —le había indicado su maestro—, es la parte más clara del vientre».

Daiana se colocó debajo de Dragmir, y pasó a Narsa a través de una pequeña área alargada, color lacre, en el centro del reptil, causándole una profunda herida, y ocasionándole un incesante sangrado.

El dragón pataleaba, perturbado por el corte, y hacía movimientos bruscos intentando aplastar a la princesa. Ella pudo apenas salir de debajo de la bestia, girando por el suelo hasta ponerse a salvo, fuera del alcance del Gran Dragón Escarlata, como se le conocía en aquel entonces. La sangre bermeja brillante brotaba a cántaros de la herida, y Dragmir, lastimado como estaba, y estupefacto por la habilidad de la guerrera, retrocedió hasta llegar casi al borde del acantilado.

La criatura miró a Daiana con rabia; a pesar de medir diez veces su tamaño, se sentía intimidado ante la destreza de la luchadora. Aquella no era una doncella común, como las otras que habían intentado llegar al castillo, y que Dragmir tanto disfrutaba degollando y devorando sus huesos. No, esa era una verdadera combatiente, una digna rival, que él, por error, había subestimado.

La bestia batió sus alas, intentando alejar a Daiana con la corriente de viento, pero ella no retrocedió. Por el contrario, se precipitó hacia su enemigo, le clavó su espada en la pata derecha y la retiró con rapidez. Dragmir levantó su extremidad lesionada, bramando de dolor, y caminó más hacia atrás. Intentó golpearla con su cola, pero ella la esquivó agachándose, y clavó con premura la espada en su otro miembro delantero. Sus patas traseras estaban al borde del precipicio, y sus delanteras malheridas, y la princesa avanzaba con paso lento pero firme hacia él, empuñando sus armas.

Dragmir había perdido mucho de su fluido vital, y, si continuaba luchando, corría el riesgo de morir desangrado. Así que, no quedándole otra opción, se arrastró hacia atrás, y se dejó caer al precipicio. Abajo lo esperaba el lago de lava ardiente, que rodeaba la pequeña isla sobre la cual se había construido la fortaleza.

Daiana suspiró, aliviada. Había herido de gravedad al dragón, pero no lo suficiente como para matarlo. Él iba a tardar un tiempo en recobrarse, aún con ayuda del magma, el cual regeneraría sus tejidos y músculos. Vio en el suelo algo resplandeciente: una escama de dragón. La recogió y la guardó en uno de los bolsillos de su armadura, «esto será útil en el camino de regreso». Bañó su espada con la sangre de Dragmir, para darle vigor; enfundó a Narsa, acomodó el escudo en su espalda, y caminó a través del umbral del reino. 

Dentro, divisó la Torre Central: hecha de mármol y granito fundido, era el torreón más alto que ella había visto en toda su vida, y en su cima descansaba el joven hechizado, esperando un ósculo de amor, aquel que lo despertaría de la maldición en la cual lo había sumido Wicca, la Hechicera del Sueño, al no corresponderle la pasión que ella sentía por él.

Daiana subió por las prolongadas escaleras en forma de caracol de la Torre, hasta colocarse justo enfrente de la puerta de la recámara del príncipe. La abrió con facilidad, empujándola hacia delante (no estaba trancada), y pudo ver, en el otro extremo de la habitación, una cama cubierta de girasoles y jazmines, y sobre ella, un apuesto joven, con su mente nadando en otra realidad. Se acercó despacio, con un temor infundado, que más bien provenía de su corazón. Ella había combatido contra cíclopes, gigantes, monstruos de arena, quimeras de nieve, y ahora dragones, pero nada la había preparado para lo que estaba a punto de enfrentar: el amor.
Su corazón amenazaba con salirse del pecho, y sus piernas flaqueaban con cada pisada. A duras penas, llegó hasta colocarse frente al joven yacente, tendido sobre el colchón de rosas, y lo observó con detenimiento: tenía el cabello castaño, y los ojos cerrados; vestía un fino traje de seda, con una camisa del tinte de las nubes, y pantalones pardos; sus manos reposaban sobre su abdomen, y sobre el pelo llevaba una corona de diamantes. Todo el cuarto olía a fragancia de ababol, adornada de gomorresina y rocío de la mañana.

Ella sabía lo que debía hacer, había recibido directrices claras: «un beso, sólo eso»; pero no era un mimo cualquiera: ese sería su primer beso. Se inclinó hacia el embrujado, y llevó sus labios hacia los de él. Al contacto, en un instante, sus miedos desaparecieron. Su máquina de latidos fue bajando el ritmo, hasta llegar casi a un nivel normal. La calidez de los labios del joven se fusionó con el ardor de los suyos, hasta ponerse a la misma temperatura. Se separó del muchacho, y fue alejando su rostro despaciosamente. El príncipe abrió los párpados, y pestañeó con reiteración, encandilado por la luz que entraba a través de la ventana.

Daiana se replegó, asustada, y reculó dos trancos. El mozo se levantó hasta sentarse, y miró la belleza a los ojos: era de cabellera blonda, con sutiles brazos y piernas, revestida con una armadura marrón, y con las mejillas ruborizadas.

— Muchas gracias, me has rescatado de la maldición —agradeció el mancebo.

— Yo…, para eso venía… —tartamudeó ella. Entonces, ambos escucharon un tenue rugido, que resonaba vagamente por todo el alcáza—. Aún está vivo.

— ¿Quién?

— El dragón. Está herido, pero no podemos confiarnos. Debemos irnos de aquí ahora.

Sin pensarlo, Daiana tomó al príncipe de la mano, y ambos corrieron hacia la salida del castillo.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó mientras bajaban las gradas con velocidad.

— Daiana, ¿y tú?

— Yo soy el príncipe Edel, heredero de la Tierra de los Cantos, en el sur del continente.

— Bien, Edel, espero llegar a conocer tu tierra, si salimos vivos de esto.

Partieron del palacio y cruzaron la pasarela que separaba la ínsula del resto del mundo. Daiana desató su fiel corcel, que la esperaba atado a uno de los postes que sostenía el puente hamaca por el que acababan de pasar, y treparon sobre su montura, con Daiana al frente.

— ¡Vamos, Etherion! —ordenó a su caballo, mientras movía las cuerdas para cabalgar a toda velocidad.

A partir de aquí, podría engañar al lector, contándole que los enamorados escaparon fácilmente de todos los peligros, que llegaron al Reino de Therabon, donde moraba Daiana, se casaron y, con la bendición de su padre, el rey, vivieron felices para siempre. Sin embargo, me temo que no puedo afirmar eso, ya que éste no es un cuento de hadas. Aún deberían vadear los mismos peligrosos terrenos por los que Daiana pasó para llegar al castillo, y el dragón, que no tardaría en recuperarse, sin duda alguna iba a seguirles el rastro, buscando venganza. Así que nuestros héroes aún deberían pasar por muchas más dificultades, antes de poder completar su destino.


FIN



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*La portada la hice en el sitio web www.canva.com*

3 de Outubro de 2018 às 19:24 3 Denunciar Insira 1
Fim

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Nochan Gomez Nochan Gomez
Me encanta como está escrito. El estilo es genial.
8 de Outubro de 2018 às 08:07

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