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El fin

"Ella era capaz de hablar de amor y muerte en el mismo aliento"

Amable, digna.

Los demonios temían de su pureza, los nobles temían de su honestidad y yo...yo temía de su amor

Sin que lo quisiera, con un simple suspiro o un segundo de su mirada se había convertido en mi perdición, mi locura, mis latidos.

Juro que el mundo se detuvo un instante cuando la observe de reojo, su cabello blanco como rejas encerró mi corazón y con mi sangre escribió su nombre.

Me convirtió en su siervo, su pilar, su perro. Fui como un pañuelo descartable, pero ese que no importa el uso que tenga, siempre lo guardas en el bolsillo de tu chaqueta favorita.

Me volví su comodín, siempre siento lo que ella quería, lo que ella necesitaba, lo que ella no podía hacer, amar.

Con el tiempo esa se convirtió en mi tarea, amarla como ella no me podía amar a mí, obligándome a recoger las cenizas de mi incinerado corazón cada vez que desviaba la mirada. Pero no importaba las veces que eso pasar, yo la amo, la amaba.

Sus ojos como dos rayos inmersos en la tormenta azotan la oscuridad de mi mundo con su luz fugaz, me engañaron y esposaron con cadenas de soledad, sus labios rectos, sin el asomo de una mísera curva me postraron con derrota en el suelo, bese sus pies con rendimiento, haciendo contrastar su blanca piel con la mía, sucia de maldad. El remordimiento fluyo como la sangre en mi cuerpo, apretando más las cadenas.

Me retorcí en la fría tierra que hace tiempo había sido olvidada, mi lucidez era casi nula, pero de un momento a otro la calidez conocida de su mano se apoyo en mi cabeza, con gentileza acaricio mi mejilla, entonces la soledad, la malicia fueron sustituidos por pureza.

Ella lo había hecho de nuevo, tragaba mi dolor convirtiéndolo en el suyo, nuevamente la deuda regresaba, nuevamente era suyo. No puedo dejar de pensar, ¿No se aburre de salvarme?

Los muros negros otra vez se pintaron de blanco, las ramas secas de los arboles abandonados por el sol se llenaron de flores. Sutilmente las cadenas fueron reemplazadas por unos delgados brazos que pedían a gritos ahogados por las lagrimas un poco de cariño.

El vestido ya se había manchado y sus ojos se habían oscurecido, mi pequeño ángel sufría nuevamente; por mi culpa.

la frágil figura de piel pálida se apretó más a mi evitando que el impacto de sus rodillas contra el suelo fuera tan duro, otra vez la desesperación recorría su mirada. Los gritos roncos desgarraban su garganta, otra vez el ciclo se cumplía, otra pluma se caía de sus alas.

2 de Outubro de 2018 às 21:26 0 Denunciar Insira 1
Fim

Conheça o autor

Camila Navenik Hola, mi nombre es Camila, soy Argentina pero vivo en Chile, adoro escribir con mi vida y espero que mis locuras sean de su agrado

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