© Sombras Tenebrosas. Seguir história

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Gaara, el hijo menor de la adinerada y respetuosa familia Collins, se vera envuelto en una serie de eventos trágicos, luego de haber vivido los primeros años de su vida en felicidad. Seres malignos intentaran destruirlo, atacando a su familia y al único amor de su vida. ¿Logrará este noble pelirrojo salvarlos? Naruto, universo alterno. GaaShiji (Gaara y Shijima) Especial Halloween. Historia corta inspirada en la creación de Dan Curtis y la película dirigida por Tim Burton "Sombras Tenebrosas"


Fanfiction Anime/Mangá Todo o público.

#gaashiji #amor #anime #brujas #sobrenatural #vampiros #naruto #gaara
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Capitulo 1: El Comienzo.

SOMBRAS TENEBROSAS.

Los Collins, una respetada familia de clase media, de ascendencia inglesa, viajó al nuevo mundo, al que todos llamaban "América", abordando en el puerto de Liverpool en 1770.

*~*~*~*

Éramos una familia de cinco, bueno seis, si contamos al risueño tío Yashamaru, que decidió quedarse en Gran Bretaña.

Mi padre, Rasa Collins, era un gran hombre de negocios. Por él abandonamos nuestra natal Inglaterra, de la cual, siendo sincero, no recuerdo mucho, ya que solo tenía cinco años cuando nos mudamos. Vendió su tienda de comerciante, aludiendo que "América" era el sueño y la oportunidad que nosotros los Collins habíamos estado esperando durante generaciones. No era un hombre malo, más si era bastante codicioso, estricto y cuidaba celosamente de su familia, mi madre, mis hermanos y yo.

Aún recuerdo cuando mi tierna madre me tomó en brazos, en la cubierta del barco que nos transportaba y me dejaba observar, esa tierra a la distancia, que sería nuestro nuevo hogar.

Nuestra familia empezó con una pequeña compañía pesquera, aprovechando el puerto marítimo que teníamos en frente. Eran épocas bastante sufridas, ya que este "nuevo mundo" no contaba con médicos, puestos sanitarios o colegiatura. Haciendo que nuestra madre se convirtiese en nuestra maestra y enfermera, mientras nuestro padre dedicaba sus 24 horas del día al puerto pesquero que había fundado. En ese tiempo no lo había notado, pero el llegó a ser como un sol en la oscuridad para los pobladores de ese puerto abandonado a cientos de kilómetros de un estado americano civilizado, que ni nombre tenia, y estaba sumergido en la miseria y pestes.

Pero el esfuerzo de todos tuvo su recompensa. O como dirían los creyentes griegos, "Poseidón" fue amable con nuestro puerto, el cual se volvió fructífero con el pasar de los años, trayendo bonanza a aquel pueblo que los demás habían ignorado y ahora envidiaban por sus riquezas.

El pueblo conocido como "Collinsport".

Nombre que fue elegido en la primera reunión democrática del lugar, donde se votó para elegir al alcalde, y nombre de nuestro Edén. Los habitantes querían hacer a mi progenitor su líder, pero este se negó, alegando que ahora que estaba viejo, quería guardarse exclusivamente para su familia. Ya que esta había sido su razón de sacrificio desde un principio.

"La familia es la mayor de las riquezas"

Esa era su frase favorita, aquella que le había otorgado confianza en todos esos lúgubres años de sacrificio.

Obviamente, mi familia fue una de las mayores beneficiadas de aquellos años de bonanza. Mi padre no se apretó en recursos, compró unas bastas hectáreas en la colina y serranías de Collinsport, a un par de kilómetros del pueblo, y construyo la mansión más hermosa que mis ojos conocieron. Tenía más de 200 habitaciones, dos jardines gigantes, uno adelante y otro atrás del lugar, las cerámicas fueron traídas desde la mismísima Inglaterra, junto con otro materiales costosos. La entrada era un enorme salón, el cual estaba decorado con cientos de retratos de nuestra familia. Aún recuerdo las tortuosas 22 horas que tuvimos que estar posando de forma inerte, para que los pintores europeos tomasen nuestros mejores ángulos. Las cortinas de todas las ventanas, incluyendo las de los baños, estaban fabricadas artesanalmente y los cuales, sus hilos fueron traídos del mismo Egipto, donde se encontraba la seda más exquisita.

Una hermosa escalera blanca, echa del más fino mármol, unía el primer piso con el segundo, donde moraba mi familia.

Cuando la mansión fue completada en su totalidad, yo acababa de cumplir 22 años. Mis padres disfrutaban sus días de retiro en los jardines de nuestro hogar, mientras mis hermanos mayores, Temari y Kankurō se encargaban del negocio familiar.

Así que fue en mi cumpleaños número 22, donde ofrecieron una ostentosa fiesta, la cual recuerdo haberme negado rotundamente en celebrar, ya que detestaba ser el centro de atención, mas no pude evitar que se efectuase. Según las costumbres de los nobles, debía ser presentado en sociedad, para así tener más posibilidades de contraer matrimonio, con una dama elegante y de buena familia.

Eso último me producía cierta aflicción. Hasta ese momento, solo conocía el amor que una cálida y amorosa familia podría brindar. Más, no aquel que vivían un hombre y una mujer juntos.

Pero, no me malentiendan, eso no me convertía en un mojigato o un niño ingenuo. Ya había perdido mi inocencia un par de años atrás a manos de algunas sirvientas de la mansión ¿o ellas me habrían profanado gracias a la poca resistencia que poseo y mis deseos de la carne propios de la edad? Lo único de lo que estaba seguro, es que tales sucesos me producían cierta vergüenza y hasta asco, luego de que los consumaba. Por suerte, las veces que habían sucedido, podía contarlas con las manos, sobrándome varios dedos.

―Estas tardando mucho en arreglar ese simple moño.

Las manos de mi tierna madre, arreglando el moño de mi traje, me sacaron de mis penosos pensamientos.

―Ciertamente, eres el joven más hermoso que habrá de haber en este lugar ―siguió hablando, mi progenitora, quien se encontraba arreglada para la ocasión con un hermoso vestido, digno de una reina, con un peinado elegante, dejando delante de su rostro caer un par de mechones rubios. A pesar de sus avanzados años, su rostro aun poseía una hermosura tierna, parecida a la de los ángeles que dibujaban los artistas en sus lienzos―. Si lo que te aflige es el hecho de que no puedas atraer a alguna pretendiente, no tienes por qué sentirte así ―sonrió, mientras posaba sus cálidas manos maternales en mis mejillas, para luego pellizcármelas con delicadeza―. De todos tus hermanos, eres el único que heredo la exótica belleza de tu padre, no sabes a cuantas mujeres tuve que golpear para que dejasen de posar sus sucios e indecorosos ojos en mi amado Rasa, pero eso es otra historia. Hoy, hasta siento un poco de celos, al saber que tengo que casarte con una niña.

―Mamá... por favor, no exageres, vas hacer que me apene más de lo que estoy ahora ―le respondí, mientras el resto de mi cabeza igualaba el color de mi cabello.

Ella sonrió de nuevo, para luego darme unas palmadas en mis hombros y empujarme hacia la salida de la habitación, con rumbo al salón principal, donde se habían congregado cientos de familias pudientes y nobles, no solo del Collinsport, sino también de las ciudades cercanas e incluso algunas de Inglaterra, según me entere más tarde.

La ceremonia de presentación, estuvo llena de modismos de la época. Me colocaron en la cima de las escaleras de mármol, mientras a mis espaldas, me resguardaban mis padres y hermanos. Para luego ser presentado ante la multitud que observaba desde el primer piso, con ojos parecidos a los de los felinos cazadores, a la espera de una presa ratonil.

Luego tuve que bajar las escaleras, las cuales nunca antes me habían parecido tan eternas. Por suerte, mi madre me acompañó en el descenso, mientras abrazaba su brazo con el mío. Nunca se lo dije, pero me sentí agradecido en ese momento, al brindarme su apoyo protector.

Eso me recuerda, que mi padre varias veces le decía que era bastante "sobreprotectora" conmigo. Y tenía razón, pero yo era feliz con ello, y parecía que ella lo sabía y era también.

La música de un hermoso vals empezó a sonar, bailé con ella por varios minutos, a los ojos de todos.

― Admito que bailas casi tan bien como yo, pero vengo a pedirte la mano de esta hermosa dama, para el siguiente vals ―expresó mi padre, mientras extendía una de sus manos, para que mi madre la tomase.

―Oh, será un placer, apuesto señor ―le respondió ella, mientras soltaba mis manos y se aferraba en las de él―, pero le advierto que no se atreva a enamorarse de mí, yo ya estoy casada y mi esposo tiene los celos equivalentes a los de diez hombres ―terminó diciendo con gracia.

― Si, muy graciosa, Karura ―dijo mi padre, mientras le salía una vena de molestia en la frente, sabiendo que su esposa se burlaba de su nuevo aspecto. Y es que él se había dejado crecer un mostacho, dando una apariencia muy diferente.

Gire la cabeza, para intentar buscar a mi siguiente compañera de baile, pero una rubia se me adelantó, para llevarme a la pista de nuevo.

―Temari, hermana, controlas tus fuerzas, casi me arrancas el cuello ―recuerdo que le dije, mientras intentaba seguirle el paso, ya que ella tendía a bailar más rápido de lo común.

― Debería ser yo quien se queje, al ver que estabas a punto de hacer tu segundo baile en sociedad y no elegirme al ser tu hermana ―me respondió con atrevimiento mientras me pisaba los pies a propósito, de rato en rato.

―Oh, perdona... es que todo esto...

―Está bien, sé que debes estar confundido con todo lo que está sucediendo, te recuerdo que yo pase por esto, hace cinco años atrás ―me explicó, mientras alentaba el paso.

―Sí, no lo he olvidado...

¿Y cómo podría hacerlo? Ella y Kankurō cambiaron bastante luego de que cada uno tuvo su propia presentación y escogieron a sus compañeros de vida. Siguieron conservando sus personalidades extrovertidas, pero... se veían más maduros en su actuar. Ahora eran todos unos señores, con sus propios hijos, y todo.

Y en parte, eso ero lo que me preocupaba, ellos a comparación mía, eran personas de las que cualquiera fácilmente se haría amigos o llegarían a amarlos. En cambio yo... no era alguien de muchas palabras. Era muy introvertido y las únicas personas en la que confiaba era mi familia cercana y el tío Yashamaru, quien logré ver por ahí, en mi fiesta, prendido a la mesa del banquete. Siempre me pregunte si yo había heredado su personalidad, ya que el tampoco parecía alguien interesado en esas cosas del amor, y había decidido pasar el resto de su vida en soledad, a costillas de su hermana mayor...

― Temari ―murmuré―. ¿Tú me mantendrías si llego a ser un viejo solo sin tener donde caerse muerto?

― Creo que ver al tío Yashamaru te está dando ideas muy extrañas ―me respondió al instante, mi rubia hermana, con cara de astucia―. Aunque... siendo sincera, al igual que mamá, quiero que seas feliz, así sea que decidas tener o no, una familia. Siempre tendrás un lugar en la mía o en la del tonto de Kankurō ―dijo, sorprendiéndome―. Pero, antes de decidir eso, ve he intenta dejar que tu corazón sea robado por alguna buena chica, al grado de querer pasar el resto de tu vida a lado de ella.

― ¿Cómo sabré que es la indicada? ―le pregunté con angustia.

― Lo sabrás cuando la conozcas, confía en lo que te dicte tu corazón, puede que ella se encuentre aquí, o puede que no, tu solo inténtalo ―me respondió con alegría, para luego soltarme y empujarme hacia la multitud.

El vals que bailamos justo término.

Mi hermana desapareció de mi vista y fui rodeado de decenas de damas jóvenes, la mayoría de mi edad.

Estaban vestidas casi a la perfección, parecían esas hadas de los cuentos para niños y las faldas de sus vestidos, parecían flores, en su mayoría como rosas, volcadas hacia el suelo, con abanicos finos en sus manos, cubiertas de guantes de seda y sus rostros sonrientes, llenos de maquillaje, demasiado excesivos para mi gusto, en algunos casos. Sus corsés, estaban tan ajustados, que en algunas ocasiones, pude observar que les faltaba la respiración.

Me concentré en tratar de dar una buena impresión, cambiando hasta tres veces, de pareja de baile en cada vals, para darles una oportunidad a todas, para que tratasen de robar mi atención.

Más fue una decepción tras otra.

Ninguna me habló de ella misma, y todas se centraban en halagar la fortuna y éxito de mi familia y de lo bien parecido que yo era a sus ojos. Ninguna, pero absolutamente ninguna quiso acompañarme al bufet de la fiesta, alegando que una dama siempre está a dieta. Lo único que si querían compartir conmigo, era un vaso de alguna bebida alcohólica, para que me fuese más fácil dejarme seducir.

Incluso hubo una que se atrevió a tocarme un glúteo con disimulo, mientras bailábamos, para luego susurrarme al oído, que si la llevaba a mi alcoba, descubriría más de mil razones para desposarla.

No pude evitar reaccionar con repugnancia ante su insinuación descarada, aunque ahora que mi memoria se agudiza, esa sinvergüenza llevaba el rostro cubierto con un antifaz, y desapareció al instante, luego de mi rechazo.

Recuerdo que baile más o menos una hora más.

Ya ni escuchaba los adulos de mis compañeras momentáneas, siempre era lo mismo. Ninguna se dignó a preguntar o mencionarme por mi nombre, todas eran "señorito Collins esto" "señorito Collins aquello".

Cansado de tanta interacción vacía, aproveche la cercanía de mis padres, que al parecer notaron la molestia en mi rostro, para centrar la atención de ellos y escapar del lugar aunque sea por unos minutos.

Me escabullí por la inmensa cocina que teníamos en el primer piso, en la cual los chefs estaban viviendo en un constante ajetreo, debido a la fiesta, y no notaron mi presencia. Tomé la escalera de servició y llegué al segundo piso de nuestra mansión, para resguardarme en una de las tantas habitaciones deshabitadas, saliendo al balcón que tenía esta, para tomar aire y observar el cielo nocturno.

Era una agradable noche de luna llena.

Pero mi tranquilidad fue quebrantada por unos ruidos provenientes del balcón de la habitación vecina.

―Oh cielos ¡que comida tan exquisita! ―dijo fascinada la voz femenina de alguien, quien solo lograba ver su espalda, ya que estaba parada en su balcón, con vista al otro lado.

― Me alegra saber que existen mujeres, aparte de mi madre y hermana, que disfrutan del buen comer, y no se privan de ello para tener una apariencia esquelética.

La mujer se petrifico, al parecer por mis palabras.

Volteo lentamente, para poder verme de frente.

Tenía la boca llena de comida, al parecer se había metido una dona de un solo mordisco. Y en una de sus manos, llevaba una bandeja llena de estas.

―Pues, perdona por tener hambre y preferir comer a morir de inanición, soy mujer, pero primeramente soy humana ―recuerdo que me contesto, aun con la boca llena.

Iba a reírme de su respuesta, pero la muy tonta se atragantó, perdiendo el equilibrio, parecía que moriría asfixiada.

No pude evitar asustarme, tomé impulso y salté ese poco más de un metro que separaba su balcón de mío.

Por suerte, en su balcón tenía una mesa, con bebida en ella. Se la ofrecí antes de que empeorara, mientras la levantaba del suelo.

Tardó varios minutos en recuperar la compostura.

―Oye... gracias, sentí que de verdad moriría ―me dijo con un tono más tranquilo―. ¿Te imaginas lo trágico y patético de los titulares de periódico? "Muerte por tragona" ―extendió sus manos en la nada, como si fuese el editor del periódico.

Me pareció gracioso, pero a la vez un tanto perturbante la forma en la que había bromeado con su tragedia de hace segundos. Aunque...

―Creo que te debo una disculpa, si no te hubiese hablado de la nada, no te hubieras exaltado y por consecuente, no la hubiese expuesto a que casi muriese por asfixia, señorita... ―recuerdo que le dije, mientras le ayudaba a levantarse completamente.

―Shijima, me llamo Hoki Shijima ―me respondió con calidez en su voz, mientras se acomodaba los lentes de marco grueso que llevaba en sus ojos, lo cual era una pena, ya que estos eran de un verde oscuro, resaltando su rostro blanco y terso, y hacían juego con su cabello suelto de color oscuro como la noche―, si, no se preocupe, aunque no lo parezca, soy un tanto torpe al veces ―agregó―. ¿Y usted es?

Yo me había quedado hipnotizado de su apariencia singular, en términos estéticos de la época, ella era muy simple de aspecto. Su vestido no era llamativo como el de las demás damas de su edad, tampoco llevaba un exceso de joyas, de hecho, no llevaba ninguna, y su rostro carecía de maquillaje.

Estaba tan absorto en verla, que no le respondí.

― Disculpa... pero, ¿será que puedo saber el nombre del muchacho agradable que acabo de conocer? ―me insistió, trayéndome de vuelta a la realidad.

―Oh, mil disculpas ―le respondí, mientras agachaba un poco mi rostro, para luego volver a verla a los ojos―. Mi nombre es... ―recuerdo que titubee en ese momento, temiendo que su actitud cambiase al saber con quién hablaba, más decidí arriesgarme―. Mi nombre es Gaara... Collins... yo vivo aquí...

Ella no tardó en responderme. Al parecer, sin comprender que esa ostentosa celebración que se estaba realizando adentro, era en mí nombre.

― Oh, un placer conocerlo, Gaara ―se sentó en una de las sillas que había, junto la mesita de té de su balcón―. Yo, soy la nueva maestra del hijo de Madame Temari, así que soy nueva en este lugar ―me explicó―. Me gustaría seguir hablando, pero me muero de hambre, y lo único que pude encontrar, sin tener que bajar al primer piso, donde parece los señores están de fiesta, son estas donas ―me extendió la bandeja, para que tomase una―. ¿Por qué no se sienta y me acompaña mientras come una también?

Estoy casi seguro que mi expresión en ese momento se debió de ver graciosa y con algo de asombro, ya que ella bromeo enseguida conmigo.

― ¿Qué pasa? ¿Es que acaso un señorito no puede comer donas? ¿No son dignas de tu paladar? ―expresó con tono de desafío.

Me sentí humillado y burlado por esas palabras, nadie nunca me había faltado tanto el respeto.

Pero, irónicamente, tenía razón con su burla. No me gustaban las donas. Eran como comer pan con más grasa y azúcar de lo necesario. Y encima le ponían esas chispitas de colores y las bañaban en chocolate, yo DETESTABA el chocolate...

―Venga, lo he dicho en broma, no creo que exista una persona tan tonta en este mundo como para que no le gusten las donas, ten mira, justo quedo una de las mejores, bañada en chocolate con chispas de arcoíris... ―la tomó ella misma y me la lanzó a mis manos.

Sé que no era su intensión, pero había vuelto a ofenderme, diciéndome indirectamente tonto. Recuerdo que casi exploté de furia, mas algo de mi pudo más, haciendo que me controle y me siente en la silla vacía que había a su lado, mientras le daba un buen mordisco a ese pan engordador al que llamaban dona.

― Pues sí, me gustan las donas, como cualquier persona normal ―vociferé mientras masticaba exageradamente, muy cerca de ella, para que se espantase.

Pero ella hizo lo mismo y el espantado terminé siendo yo.

Recuerdo que lo máximo que pude meter dentro de mi boca fueron dos de esos curvilíneos panes grasosos. Ella terminó por comerse la bandeja completa.

―Es una buena noche, como para comer donas mientras tienes la luna como luz ¿verdad? ―expresó ella mientras me extendía un vaso del jugo que había en la mesa―. Tómalo, te ayudará a quitar el mal sabor que te quedó...

―... ¿Cómo lo supo? Pensé que no se había dado cuenta... ―recuerdo que le dije con asombro.

Ella rio por lo bajo.

―Supe que le desagradan, desde el momento que llegó a mi balcón y vio la bandeja llena, sus ojos parecían que gritaban del espanto ―explicó.

― Y sabiendo eso, fingió todo lo demás ¿Por qué lo hizo? ―le pregunté indignado.

― Al principio quería espantarlo, sé que es de usted la fiesta que se está celebrando abajo, y no quería que nadie quebrantase mi tranquilidad, pensé que al asustarlo se iría corriendo en busca de ayuda y no lo volvería a ver, pero nunca pensé que se lanzaría de forma suicida, de un balcón a otro, por una extraña.

Sus palabras me dejaron estupefacto, y un tanto apenado por eso último.

― Pero al notar que no me libraría de usted, me propuse a ver cuánto aguantaba su orgullo de niño rico, al tratar con alguien molesto. Debo admitir que aguanto más que la mayoría de los que conocí... ―refutó mientras me miraba con una expresión de satisfacción.

― ¡Yo no soy un niño rico! ―recuerdo que le respondí molesto, sus palabras me habían herido como nunca antes alguien lo había hecho.

― Eso dicen todos los niños ricos, niegan lo que son ―dictaminó la de lentes, mientras se me acercaba y apoyaba su dedo índice a un lado de mi pecho, mientras me miraba de forma seria―. ¿Qué clase de persona normal, aparte de un niño rico, necesita que su familia le haga una fiesta para conseguir alguien para casarse? Por favor, respóndame.

― ¡Que maestra más grosera! ―respondí de forma inmadura, usando la división de clases a mi favor―. Le diré a mi hermana que la despida, no es un buen ejemplo para su hijo...

Sé que tal vez me había pasado con la amenaza, pero pensé que era la única forma que tenía para poder acallarla, más paso todo lo contrario.

― ¡Adelante niño rico! Ve llorando a las faldas de tu hermana a quejarte, ya que tal parece no puedes defenderte tú mismo ―me dijo con voz retadora, mientras me agarraba del cuello de mi traje y me arrastraba hacia ella, quien portaba una expresión fiera y temible en su rostro.

― ¿Hay... hay alguna manera de resarcir esta situación, en la que yo no tenga que correr hacia mis familiares y usted no tenga que golpearme? ―objeté, temeroso de mi vida.

― Quizás... ¿sabes qué hacer cuando le faltas el respeto a tus mayores? ―espetó aun con molestia.

― Perdóneme señora, no controle mi lengua al hablar, no volverá a pasar, por favor, suélteme ―respondí con angustia, usando las mismas palabras de la vez en que yo y mis hermanos, de niños, habíamos hecho enojar a nuestra madre y esta nos agarró a golpes con el cucharon con el que servía la sopa.

Shijima me soltó, para luego invitarme a que me fuese, ya que irrumpía su tranquilidad. Mas yo no podía irme, su habitación sería la única en la que no me buscarían, para luego arrastrarme a esa horrible celebración que se estaba dando. Ya había conocido a todas las chicas y todas me habían decepcionado esa noche.

Bueno, todas exceptuando a la temperamental maestra que tenía a lado.

― ¿Puedo quedarme acá, hasta que toda esa multitud se vaya? ―recuerdo que le pregunté un tanto apenado.

― Esta bien, pero no me inundes de preguntas sobre de dónde vengo.

Creo que fue ese el momento donde me di cuenta que, mi rostro a pesar de carecer de cejas, era bastante expresivo, eso o... esta mujer sabía leer mis semblantes, luego descubriría que era lo segundo.

―Está bien, pero si es una pregunta que me incomoda no la responderé ―objetó ella, a mi favor.

No solía ser una persona curiosa e interesada en los demás, pero eso cambió al conocer a Shijima, quien había hecho que olvidase el mal gusto de aquella fiesta, y me hizo sentir cosas que desconocía que se pudiesen sentir tan rápidamente por alguien.

― Dices que eres nueva en esto lugares ¿Dónde vivías, o mejor dicho, de dónde vienes?

― He vivido toda mi vida en Nueva York,

― ¿Por qué una neoyorquina viene a pasar los mejores años de su vida a un pueblo tan alejado como este? ¿No le gusta el alboroto de la gran ciudad?

―Yo también pensé que pasaría el resto de mi vida ahí, hasta hace poco, donde mi familia decidió volver a sus raíces, Collinsport, aunque antes se decía que no tenía nombre este lugar...

―Sí, yo tenía más o menos 10 años cuando eso sucedió...

No recuerdo todas las preguntas que le hice esa noche, solo sé que estuvimos hablando hasta casi el amanecer.

Ella era una persona muy culta, su profesión de maestra le había hecho que aprendiese de todo un poco. Había recorrido toda América y parte de Europa. Tenía tanto mundo. La forma en que explicaba las cosas hizo que desease ser como ella. Vivir lo que ella vivió.

Supuse que su vida era parecida a la mía, sus padres y antepasados eran investigadores, lo cual hizo que ella se formase en ese punto. Mi familia, desde los antecesores británicos que tuvimos, siempre fueron comerciantes, tal vez por eso mis hermanos y yo no ostentábamos algo más allá de una vida que no sea el comercio, en este caso, marítimo.

Pasaron varios meses desde aquella charla agradable a la luz de la luna. Siempre buscaba la manera de escabullirme de mis citas concertadas con mis huecas pretendientes, para ir a verla, como enseñaba a Shikadai, el hijo único de mi hermana mayor, quien por desagracia, había heredado los flojos hábitos de su padre, un tal Nara, el cual solo había sido aceptado por mi padre por su talento en las finanzas y que su padre de este, era el banquero del pueblo.

Recuerdo que, si no estaba con ella, observándola a la distancia, me encontraba con mis padres, hablándoles sobre la interesante persona que era Shijima a mis ojos.

―Pues sí, es una dama bien educada, pero su familia se me hace un tanto rara, siempre andan con esos artilugios raros, explicando sus teorías sobre que el mundo es redondo, medidas de peso existentes aparte del KG, entre otras cosas que prefiero no saber ―decía mi padre con un tanto de desconfianza.

― Pero todos esos estudios son importantes padre ―objeté con entusiasmo―. Shijima me contó, que, si el avance científico sigue así, en unos años los humanos podríamos crear nuevos y más eficientes tipos de transporte, aparte de las carrozas y los barcos... transporte que no necesiten de caballos o carbón para funcionar, y que sean decenas de veces más veloces.

―Pues eso sería favorable para nuestra industria, así podríamos vender nuestros productos en lugares impensados, como Rusia, India, entre otros ―a mi padre parecía agradarle la idea.

― ¿Y cuándo piensas declarártele a esa dama? ―agregó mi madre―. Nos hablas tanto de ella, que estoy segura que ya ha cautivado tu corazón...

Me quedé sin palabras ante el pensar de mi progenitora.

Ciertamente admiraba a Shijima, no... sabía que era algo más que eso. Si no, no me hubiese molestado tanto, cada vez que otro hombre intentaba acercársele sutilmente. Ya me había encargado de alejar a todos los chefs que trataban de seducirla con su sazón, también los jardineros e incluso de la joven ama de llaves de mi hermana, quien parecía tener una fijación un tanto retorcida hacia las demás mujeres, pueden tratarme de loco, pero estoy seguro de lo que vi. A ella le gustaban las chicas y había puesto sus profanos ojos en mi preciada Shijima.

― Ah... eso explica por qué nos hablas tanto de ella ―recuerdo que dijo un tanto asombrado mi padre, mientras se llevaba una mano al mentón, como si analizase la situación―. Bueno, si tu hubieses sido el mayor de tus hermanos, te hubiera exigido a que te casases con alguien que pudiese favorecer a nuestros negocios, pero no lo eres, y Temari y Kankurō han encabezado muy bien el negocio familiar. Y, aun me siento culpable de que casi te nos murieses por la peste, cuando recién llegamos a estos puertos. Así que, adelante... puedes casarte con esa joven maestra que ha robado tu interés, siempre y cuando ella te acepte. Los Collins nunca han comprado u obligado a alguien a casarse con ellos, y jamás lo harán, es parte de nuestro de orgullo, recuérdalo jovencito.

Me sentí abrumado pero a la vez agradecido por las palabras de mi padre.

Y ya me había decidido, le pediría a Shijima que se casase conmigo, ya que no soportaba vivir un día más sin ella a mi lado.

Tenía la ligera sospecha de que ella no se ilusionaba conmigo, ni me hacía caso, por el hecho de las clases sociales. Y posiblemente porque era tres años mayor a mí.

Cosa que pude confirmar cuando le declare mi amor, el cual acepto, aun sin mencionarle que teníamos la aprobación de mi familia.

*~*~*~*

La felicidad envolvía nuestras vidas.

Yo contaba impacientemente los días que faltaban para nuestra boda.

Todo parecía perfecto, pero hay algo que os he olvidado mencionar.

La parte oscura de la historia, aquella donde entran los antiguos habitantes del lugar, antes de que se llamase Collinsport, que observaron a mi familia desde sus comienzos hasta su bonanza, mientras se retorcían de la envidia, y los cuales esperaban el momento justo para destruirnos.

Y no me refería a personas normales. Sino a seres mucho más malignos y difíciles de derrotar, entre ellos, brujas, hombres lobos y vampiros, que habían sido los antiguos dueños de aquellos puertos, antes de la llegada Collins a América.

CONTINUARÁ... 

22 de Setembro de 2018 às 20:17 0 Denunciar Insira 0
Leia o próximo capítulo Capitulo 2: Tragedias, parte 1

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