La paradoja de Gabrielle Seguir história

vladstrange01 Vlad Strange

Es conocimiento general que en Escocia suceden cosas muy extrañas, desde viajeros del pasado aterrizando en jardines ajenos, mejores amigos convirtiéndose en serpientes, leyendas sobre kelpies y guardianes de lagos haciéndose realidad, hermanos gemelos desapareciendo de la nada y almas gemelas condenadas a estar separadas. Mientras una serie de acontecimientos fantásticos sucede alrededor de Gabrielle, ella tendrá que luchar contra su propia maldición, lidiar con sus sentimientos prohibidos hacia el misterioso Nicholas —el viajero del tiempo—, con la insistencia de Max —su mejor amigo—, y resolver el misterio de la desaparición de Johan —su hermano gemelo—, quien parece haberse desvanecido del universo.


Fantasia Viagem no tempo Todo o público.

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AON

Una noche antes del día de mi cumpleaños número veintiuno hubo una tormenta eléctrica. Desde mi ventana podía ver cómo la oscuridad libraba una fuerte batalla contra la luz, quien, por momentos, lograba tomar ventaja e iluminar las calles por milésimas de segundos antes de regresar al estado natural de la noche.

Nunca había visto una tormenta de tal magnitud; el agua caía a cántaros, como si nos encontráramos debajo de una enorme cascada. El sonido que hacían las gotas al estrellarse contra el cristal del ventanal era estremecedor, se mezclaba armónicamente con el fuerte murmullo del viento y los golpeteos de las ramas de los árboles, que chocaban entre sí como si aplaudieran miles de veces al mismo tiempo. Era una tremenda melodía clásica parecida a Tocata y Fuga de Bach interpretada por los mismísimos elementos de la naturaleza.

Dentro de mi segura y cálida guarida solo estaba prendida la tenue luz de la lámpara del escritorio, y la luminosidad de los rayos lograba llegar hasta los rincones más recónditos del cuarto, cosa que el pobre foco de luz amarilla, tan potente como una vela, no podía hacer ni con méritos.

Yo me había quedado escuchando y viendo atentamente cómo se desarrollaba el majestuoso espectáculo natural tras leer un capítulo más de la novela en turno —algo sobre una joven que se aventuraba a entrar en un valle peligroso, que era resguardo por un imponente león que tenía la costumbre de desmembrar a aquel sujeto que intentara traspasar las murallas de sus terrenos—. Había demasiado silencio dentro de la casa, aparte de la soledad en la que me encontraba. Lauren y Jessica habían ido a una reunión con el club de bolos al que pertenecían y lo más seguro era que no regresaran hasta la mañana siguiente. Era en esos momentos en que realmente empezaba a considerar la opción de conseguir una mascota.

No tenía miedo, por supuesto que no. No era la primera vez que me quedaba sola en la enorme casa que compartía con mis amigas. No tenía por qué temer.

Decidí regresar a la lectura y avanzar otro capítulo antes de dormir. Abrí el libro en la hoja en que me había quedado, bajé la vista y respiré profundo mientras intentaba recordar las últimas palabras que había leído antes de hacer esa pequeña pausa para escuchar la tormenta.

Entonces, un rayo cayó muy cerca de mí, justo en el patio trasero. Estaba segura de que, al día siguiente, encontraría un círculo de pasto completamente rostizado por el impacto eléctrico. El relámpago fue el más brillante de la noche, recuerdo como iluminó tanto mi habitación como lo harían dos pares de lámparas de luz blanca, y el sonido fue un impactante estruendo, una gran explosión, tan fuerte como si hubiese sido un meteorito el que había impactado en mi jardín. Fue tan poderoso que creí que algo había caído ahí con el objetivo de romper la Tierra en dos, justo por la mitad, y había elegido mi propiedad para ello.

Y luego, justo cuando la luz blanca azulada desapareció, se llevó consigo la corriente eléctrica y me dejó en medio de la densa oscuridad.

«Perfecto», pensé, «creo que eso significa que es hora de dormir».

A ciegas, logré dejar mi libro sobre la mesita de noche y me volví a meter entre las cobijas calentitas. Cerré los ojos y, dos segundos después, los abrí de golpe ante un horrible sonido que, juraría, vino el jardín. Fue un grito de dolor; la voz parecía masculina, pero no podía afirmarlo a ciencia cierta. Luego jadeó, golpeó contra algo y tiró cosas que parecían ser de metal, tosió y jadeó de nuevo. Gruñidos, quejidos, horribles gritos ahogados. Quizá alguien se había lastimado.

¡¿Qué tal si ese rayo cayó sobre alguien?!

También cabía la posibilidad de que ese relámpago haya sido mi salvador, a lo mejor esa persona era un ladrón o un asesino y planeaba meterse a la casa cuando yo estaba sola… Quizá me había vigilado por meses y supo que esta noche era la correcta, no podía dejar pasar la oportunidad, tenía que ejecutar sus perversos planes hoy mismo.

¡Lástima que había caído un rayo en su cabeza!

No importaba la situación, tenía que ir a ver. Aunque fuera un criminal, no podía dejarlo morir.

Lancé las cobijas de una patada, tomé mi celular y encendí la lámpara, me metí en mi infame chamarra impermeable, tomé el bate —que una vez había usado cuando pertenecía al equipo de beisbol de la preparatoria—, y bajé cual alma que lleva el diablo.

Antes de aventurarme a la planta baja, me aseguré de que el primer piso estuviese libre de intrusos, pisé por los escalones con mucha cautela mientras alumbraba alternativamente el piso y a mí alrededor; no podía ver mucho, pero no escuchaba pasos ni respiraciones adicionales. El corazón me latía como loco, me sentía como en esas películas de terror en las que la estúpida rubia va voluntariamente hacia una muerte segura, pero yo no era rubia ni estúpida, creo, aparte estaba armada. O eso me gustaba pensar.

Tras dar una vuelta por la sala, el comedor y la cocina, decidí afrontar mi destino; salí al patio trasero sin apuntar la luz directa al frente, sino al piso. Necesitaba ver por donde pisaba, no quería resbalarme ante un peligro inminente. Entonces lo volví a escuchar, ahora muy cerca de mí. El sujeto estaba a menos de tres metros, lo sabía, lo sentía. Él gimió, jadeó con esfuerzo y luego intentó decir algo, pero su voz salió lastimera. Inmediatamente alumbré en dirección de la voz. El asador estaba en el piso y se había desarmado con la caída, también una maceta había sufrido daños, parecía que algo muy pesado había caído sobre ella por la forma en que estaba partida. Un poco más allá del desastre había un bulto que se movía lentamente, temblaba y se sacudía de dolor. Pude ver como intentaba levantarse, pero la fuerza le había abandonado y, tras hacer un esfuerzo, se dejaba caer de nuevo sobre el césped.

Sabía que debía llamar a la ambulancia sin perder más tiempo, pero me encontraba completamente pasmada, el pánico me mantenía atada al suelo con la lámpara del celular alumbrando al sujeto herido y sin saber qué hacer. Tras unos segundos de observación y auto convencimiento, logré soltar el bate y acercarme.

La lluvia seguía tan fuerte como si nos encontráramos debajo del grifo del lavabo. Aparte, el aire era frío y los rayos seguían cayendo a diestra y siniestra. No era una buena idea quedarse afuera por mucho tiempo.

Aunque llamara a la policía y a la ambulancia, debía meter al sujeto a la casa o pecaría de imprudente.

—¿Está herido?

Vaya, por esa pregunta iba a ganarme un Nobel.

El gimió de nuevo, intentando levantarse, entonces, pude ver que era un hombre grande, con músculos desarrollados y manos toscas. Yo corrí hacia él y me detuve justo a su lado. Su cabello era largo y rizado, aunque no quedaba mucho de ello gracias al agua que lo hacía ver lacio como baba. Una vez más hizo el intento de luchar por incorporarse, pero fue en vano.

—Shhh, tranquilo… —Me arrodillé a su lado y, con mucha cautela, coloqué mi mano sobre su hombro para ganar un poco de confianza. Sabía bien que, aún herido, este hombre podría derribarme y matarme ahí mismo si eso era lo que quería.

La ropa se le había pegado al cuerpo, pero era tan delgada que parecía piel de cebolla mojada. Llevaba una simple camisa blanca y unos pantalones oscuros —tan estrechos y anticuados que daban pena—, aparte de unas botas largas que le llegaban hasta las rodillas —que me recordaban a las del gato con botas.

Él se sacudió con fuerza ante mi tacto, como queriendo huir de mí, como si yo fuese a hacerle daño. No me ofendí porque entendía perfectamente su posición.

—No podemos quedarnos aquí afuera, debemos entrar. Una vez adentro llamaré a una ambulancia y le llevará al hospital, ¿de acuerdo?

—No, yo… —dijo con esfuerzo y luego pujó para volver a levantarse—. Debo regresar…

—Quizá, pero algo me dice que en estas condiciones no le será posible. —Suspiré y me eché el cabello mojado hacia atrás para que no me impidiera la vista—. ¿O acaso puede levantarse por sí mismo y caminar?

Él levantó la vista por primera vez y me vio como si acabara de soltar una maldición contra él. No podía ver bien su expresión porque el cabello le caía sobre la cara, aparte, el ambiente estaba demasiado oscuro y ruidoso para poder recibir imágenes completamente nítidas de lo que pasaba en ese momento. No me gustaba esto, yo solo intentaba ayudarle y él se comportaba de este modo.

—Disculpe si lo he ofendido, señor —dije después de gruñir por la frustración—, pero está lloviendo, tengo frío y usted está en mi propiedad. Solo hay una forma de solucionar esta situación sin tener que recurrir a medidas drásticas. Usted y yo entramos en la casa, llamaré a la ambulancia y lo atenderán en el hospital o lo dejo aquí bajo la lluvia y llamaré a la policía, y créame que no me importará si le cae otro rayo en la espera.

Guardó silencio, realmente lo estaba pensando. Creo que ese era un buen momento para empezar a ofenderme.

—En… —respondió con un sonido gutural—. Entraré con usted.

Bien, eso es lo que quería escuchar. La verdad no me veía dejándolo ahí, tirado bajo la lluvia, mientras venía la policía y yo lo acusaba de allanamiento.

—Perfecto. Sujétese de mí.

El hombre asintió en silencio, alzó un brazo e intentó alcanzar mis hombros, pero falló. Volvió a intentarlo, ahora recargó la mano en mi pierna y arrastró su cuerpo más cerca del mío, logrando flexionar las piernas para apoyar las rodillas. Luego, pasó su fornido brazo por mis hombros y luchó por cargar con su propio peso para no dejarme toda la carga a mí, cosa que le agradecí a sobremanera. Con mucho esfuerzo, me levanté con él recargado a mí. Ahora que estaba incorporado, me di cuenta de que era muy pesado y alto, un sujeto enorme a comparación de la pequeñez de mi cuerpo.

Di el primer paso y esperé a que él se moviera, lo hizo torpemente, como si las piernas no le respondieran. Quizá se había roto algún hueso con la caída, o estaba muy malherido. La verdad es que, en ese momento, apenas podía ver al sujeto que estaba por meter a mi casa. La oscuridad era abrumadora, y aunque ya comenzaba a acostumbrarme, no me era posible encontrar a simple vista las heridas del hombre.

—Tenga cuidado, el piso es resbaloso —le advertí cuando terminó el área de pasto, después de saltar los pedazos de la maceta rota y las piezas esparcidas del asador.

Caminamos con mucho cuidado, sobre todo porque no quería resbalarme y caer sobre alguien que podía tener un serio daño cervical. Él trastabilló ligeramente, pero logró recuperar un poco del equilibrio antes de que me jalara con él al suelo.

—Lo... lo siento —dijo en casi un susurro que, por un momento, me pareció un ronroneo.

—Sí, cuidado con el escalón.

Subí primero e hice fuerza para cargar la masa del hombre hasta que ambos nos encontramos en el interior de la casa, cerré la puerta con la mano que tenía libre y llevé al sujeto de cabello largo hasta el sillón. Ahí se dejó caer.

—Encenderé una vela e iré por una manta, permítame un momento. —Abrí el primer cajón de la despensa y saqué el paquete de velas que mamá siempre guardaba para las emergencias. Ella era una mujer muy provisoria, apostaría a que tiene un paquete idéntico en la casa en la que vive ahora, justo en el mismo cajón—. Espero que no tarde mucho la ambulancia… como estamos un poco alejados del pueblo, temo que no llegue tan rápido como la necesitamos. Por mientras tiene que entrar en calor o se enfriará y enfermará…

—Disculpe, ¿puedo hablarle con sinceridad? —habló desde la sala, su voz era masculina y grave, pero suave y dulce a la vez, aunque podía oír el dolor que intentaba contener.

—¿Ha venido a robarme? ¿O peor, matarme?

—¡No! ¡Claro que no! —Se levantó de golpe, pero inmediatamente se dejó caer de nuevo, agonizando en dolor—. Y aunque ese hubiese sido mi motivo principal, ahora que me ha ayudado, estoy en deuda con usted…

—¿Entonces su motivo era matarme? —le pregunté con la sangre, obviamente, helada.

—No, señorita. Yo… no sé cómo llegué a este lugar —me contestó, luego esperó a que yo me acercara con la vela y la manta para proseguir—. Le juro, señorita, que yo iba cabalgando por el bosque con dirección a mi morada cuando escuché un sonido muy particular. Era como el zumbido de una abeja, pero amplificado y luego alguien dijo mi nombre o lo gritó, no sabría distinguirlo. Pero entonces sentí como si algo me jalara por todas partes: hacia abajo, hacia el cielo y a los lados; estoy seguro de que me han dislocado la pierna en ese tironeo tan violento, y luego vino un golpe fuerte, extraño, como el rugido de un cañón al ser disparado. En eso, caí sobre aquella cosa que está ahí afuera y sobre sus…

Mierda, no lo dije en voz alta por educación, pero estuve a punto.

El tipo llevaba ropa anticuada y el calzado del gato con botas, el cabello largo y ese acento limpio y adornado que había conocido con Jane Austen. Bien podría ser un estafador o un psicópata que quería hacerme creer que era un tipo del pasado que había viajado mágicamente en el tiempo para que, cuando ya me tuviera bien engatusada, pudiera matarme con provecho.

Ya era momento de que me volvieran a atacar los nervios, pero, simplemente, estaban demasiado pasivos para reaccionar, creo que no entendían del todo la situación en la que estábamos.

¿En dónde estaba mi secreción de adrenalina cuando la necesitaba?

—¿Me está sugiriendo que viene del pasado?

El me miró confundido entre los mechones mojados de cabello, ahora podía distinguir que eran claros, quizá verdes o azules… o grises.

—No señorita, eso no es posible —dijo con mucha seriedad—. Acepto que este lugar me parece desconocido y aterrador, pero no podemos estar en otro año más que en 1803, porque lo estamos… ¿cierto?

¿1803? Dios mío…

¿O se habrá golpeado la cabeza?

—Señor, estamos en el año 2016… ¿Se encuentra bien? ¿No tendrá alguna contusión?

—¿Contusión? ¿2016? —Entornó los ojos, creo que él no la estaba pasando muy bien o era buen actor—. Soy yo quien debe preguntar si usted se encuentra bien. No habré caído en un manicomio, ¿o sí?

—Señor, no estoy loca, en este caso soy yo la que debe dudar de usted.

Él se recostó de nuevo y miró al techo, luego se tapó la cara con ambas manos, sus músculos se tensaron ante el movimiento y sufrieron espasmos a causa del estrés.

—Pruebas —soltó después de unos segundos—. Lo he pensado seriamente y creo que no es imposible el hecho de que usted esté en lo correcto, ya que yo mismo he experimentado un acontecimiento que, ciertamente, no podría explicar bajo términos normales. Yo creo que he sido víctima de la brujería y, en ese caso, es posible que haya viajado en el tiempo. Así que, por favor, muéstreme evidencia de que usted me dice la verdad.

—¿Y yo cómo sabré que usted no está actuando? —pregunté, mostrándome con recelo al igual que él.

Ahora que lo pensaba con detenimiento, me daba cuenta de que esto podía ser real; había una posibilidad, remota por lo menos, de que este hombre fuese del pasado y, que, de alguna forma, había logrado tomar el expreso al futuro. O quizá se había subido al D´Lorian de Volver al Futuro sin darse cuenta.

Ok, sí. Eso sonaba demasiado patético y fantasioso.

—Yo le mostraré pruebas, si es necesario, señorita —me dijo, entonces, yo saqué el celular que había guardado tras prender las velas y le mostré la pantalla de inicio. En ese mismo instante, el hombre dio un salto monumental y casi se encoje del terror.

—Es un celular, señor —expliqué—. No hace daño… ¿Puede ver aquí al centro? Es la fecha de hoy: 26 de julio de 2016… ¡Oh! Es mi cumpleaños.

Ante mi penosa revelación, el hombre se quedó callado y confundido, claramente no sabía cómo responder a ello. Hasta eso, fue divertido.

—Es una caja de luz… tan… ¿es obra del diablo?

—Espero que no. —Casi suelto una carcajada con su reacción. Actuación o no, esa última fue buena—. Bueno, ahora le toca demostrarme su verdad.

Entonces él se revolcó en el sillón y, tras una pelea contra su propio cuerpo, sacó un anillo de oro y cobre, lo observó unos segundos con un afecto especial y me lo dio con cierta desconfianza. Mientras el artefacto estaba en mis manos, él no apartó su atención de él.

—Sé que no puedo probarlo. Sería tonto al pensar que usted me creería solo con ver un anillo, pero le doy mi palabra de que, lo que le he contado es puramente verdad. No he añadido ni he sustraído información a mi relato, señorita, se lo juro. Espero que me crea y le confiaré esta alianza, la cual es el objeto más preciado que tengo, como símbolo de mi palabra.

¿Debería creerle? Bien pudo haberme dado un anillo equis para soltarme todo este choro mareador o… ¿Era verdad?

Ok, en todo caso le seguiré la corriente.

—Entonces, ¿qué es una ambulancia, señorita? —me preguntó de nuevo—. Solo quiero saber qué es lo que me espera y deseo estar preparado si es la muerte lo que viene en seguida.

—Es un transporte, como una carroza, en la que llevan a personas heridas hasta el hospital…el lugar en que pueden ayudarlo.

—¿Hay médicos ahí?

—Sí, señor, los hay.

—Gracias por informarme, señorita. —Suspiró con un alivio sincero. No sé si yo estaba volviéndome loca o por qué empezaba a creerle todo ese numerito—. Mi nombre es Nicholas Fraser, encantado de conocerle.

—Mucho gusto, Señor Fraser. —Hice un esfuerzo por sonreír—. Yo soy Gabrielle Heughan.

—¿Usted es la señora de esta casa? —me preguntó.

—Ese término ya no se usa mucho, pero creo que no. O no sé. La casa es de mis padres y se la rentan a dos amigas mías.

La ambulancia… debía llamarla ahora.

Pero, si este hombre era quien decía ser, entonces no convenía que estuviera en un hospital. Quién sabe qué podría decir y causar un alboroto en el pueblo, hasta podría aparecer en un periódico sensacionalista.

¿Me estaba volviendo loca? ¿De verdad quería seguir teniendo a este posible loco en mi casa cuando estaba yo sola?

En ese momento no era yo misma, me había abandonado todo lo que me quedaba de cordura y de sentido de preservación.

—Cambio de planes, Señor Fraser —dije, intentando hacerlo con convicción—. ¿Cree que pueda subir las escaleras?

—No entiendo, ¿por qué el cambio de planes?

—Creo que el hospital no sería una buena idea para usted, esto si es quien dice ser. Si es necesario, yo cuidaré de usted hasta que pueda volver por sí mismo al lugar que pertenece.

—No pretendo ser una molestia, Miss Heughan.

—No lo será, se lo aseguro.

Dios mío… ¿Qué jodidos estaba haciendo?

Esa tormenta me había afectado el cerebro, en serio.


15 de Setembro de 2018 às 04:29 0 Denunciar Insira 6
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