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holliedeschanel Hollie A. Deschanel

Dante acaba de salir de la cárcel después de cuatro años encerrado, y ha decidido instalarse en San Francisco para empezar una nueva vida. Trabaja de camarero en un pub, tiene una banda de rock y se rodea siempre de chicas fáciles. No quiere complicarse la vida después del infierno en el que estuvo. Solo quiere vivir su vida sin ser encontrado por las personas que alguna vez formaron parte de su pasado. América es una chica que estudia su primer año de universidad y acaba de romper con su novio tras descubrir que ha violado a una de sus compañeras de la residencia donde vive. Una noche decide emborracharse y termina en el pub donde conoce al cantante de una banda capaz de estremecerla con sus letras. Y pese a que se acerca a él con la intención de hacerle saber lo mucho que la emociona, él la trata como si fuese una aventura de una noche. Solo puede aceptarlo o dejarle en paz. Lejos de ofenderse, América siente un enorme poder de atracción hacia Dante. Porque cuando encuentras a una persona tan especial por el mundo, es imposible alejarse. Aunque sea lo más conveniente.


Romance Contemporâneo Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#amor #juvenil #música #sensual #dante #258 #newadult
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El cantante

—¿Estás segura que quieres entrar ahí?

América observó la fachada de aquel pub donde se congregaba bastante gente para ser un jueves por la noche. Al parecer, en aquella ciudad estaba bien visto beber sin importar el día de la semana que fuera. Y ella necesitaba con urgencia una buena cantidad de alcohol que le ayudase a calmar la marea de pensamientos que la inundaban en las últimas horas.

Miró a su amiga Naiara y asintió con la cabeza. Lamentaba haberla traído con ella, porque no solía trasnochar. Era una buena estudiante que se permitía sus fiestas de vez en cuando y nada más. En los dos meses de universidad que llevaban juntas nunca la había visto borracha, a diferencia de ella, quien abusaba demasiado de darle a la botella. Pero eso era agua pasada ahora que las cosas cambiaron de forma tan drástica. Estaba claro que su madre tenía razón cuando decía que la vida iba más rápido que las necesidades de las personas. O que los deseos y los sueños.

—Vamos —indicó Naiara con las manos dentro de su chaqueta de cuero negro, intentando no dejarse llevar por la primera impresión causada al ver el cartel del dichoso bar.

Juntas caminaron al interior del local con la sensación de estar adentrándose en una dimensión diferente. Solo con cruzar la puerta se percataron de los acordes de una guitarra que tocaba un chico sobre el pequeño escenario ubicado a la izquierda, al otro lado de la barra, aunque no había nadie más con él. Solo instrumentos rodeándole y un micrófono en medio. América se sentó en un taburete, con la espalda recta y la trenza apoyada en su hombro, y pidió lo de siempre. El camarero era un chico joven con el cabello desordenado y negro, un pitillo entre los labios y una mueca un tanto burlona que resaltaba la expresión de su rostro. Se quedaron unos segundos mirándose el uno al otro antes que América girase la cabeza con expresión avergonzada.

—¿Estás bien? —Su amiga, junto a ella, posó la mano sobre su hombro—. No sé si es buena idea que hagas esto. De verdad que hay otras formas de sobrellevar lo de...

América la miró con fijeza unos segundos antes de morderse el labio inferior y sacudir la cabeza.

—Lo necesito, de verdad. Es una urgencia.

No podía explicar con palabras lo que sentía en esos instantes. Dolor y decepción se mezclaban con la rabia por haber sido tan ciega con respecto a la persona que dormía a su lado varias noches a la semana. Nunca se terminaba de conocer bien a las personas, y eran esas mismas, las que hacían tanto daño, las que al final convertían a los demás en seres desconfiados. América no quería encerrarse en una cúpula de cristal por su culpa, pero sabía que después de ese día ya nada sería igual. Iría con pies de plomo para no estamparse contra la cruel realidad como le pasó con Jace.

Cuando pensaba en él, un escalofrío bajaba por su espalda. La reacción normal al escuchar el nombre de un violador. Porque eso es lo que era su ahora ex novio: un violento ser que dañó a una chica inocente en una fiesta. Solo de recordar cómo estalló todo esa misma mañana le entraban unas náuseas inaguantables. El estómago se le cerraba y el corazón se le encogía. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Es que pasó las señales por alto? Con ella siempre fue amable y gentil, el novio perfecto aunque con defectos que pasaba por algo porque le quería. Y ahora no era más que un pobre diablo detenido por atentar contra la libertad de otra persona.

—Aquí tienes —el camarero la interrumpió al colocar la copa frente a ella—. Son cuatro dólares.

América sacó la cartera de su pequeño bolso, uno pequeño que simulaba ser la cabeza de un gato, con sus dos orejas incluidas. Siempre le habían gustado esas cosas. Pagó al joven y se llevó el vaso a los labios a fin de saborear el amargo alcohol deslizándose por su garganta. Si tan solo eso le pudiera ayudar a sacar a Jace de su vida, mente y corazón, le iría mucho mejor.

—América... Vas a tener que sacarlo en algún momento. No es bueno que te contengas.

Naiara era una buena amiga. Se conocían de siempre y ambas habían partido a la misma ciudad y misma universidad en busca de aventuras. O, más bien, alejarse de unos padres que las convertían en personas que no eran. Crecer dentro de la élite y ser conocidos por todos no era tan agradable como muchos creían. En realidad se parecía más a vivir una pesadilla. Por suerte, siempre se tuvieron la una a la otra, como en esos duros momentos donde América se estrelló contra la pared sin darse cuenta que se dirigía hacia allí sin los frenos puestos.

—No quiero hablar de ello. No hoy —le pidió a su mejor amiga con una expresión de culpabilidad muy marcada en el rostro—. Es mejor si... lo dejamos para otro momento.

Exhaló un suspiro ante su petición y accedió sin poder hacer nada más. América desvió su atención hacia el camarero, quien acababa de salir de detrás de la barra y se alborotaba los cabellos con una mano mientras se dirigía al escenario. En cuestión de minutos éste se había llenado de personas. Al menos cuatro chicos no mayor de veinticinco años se habían colocado en cada instrumento correspondiente y esperaban al último integrante: quien servía copas en aquel pub.

Un grupo de chicas se habían apostado a los pies de aquella tarima con una sonrisita boba en la cara. América rodó los ojos en sus órbitas. Estaba claro que habían entrado en una noche donde alguna banda de poca monta tocaba sus canciones y deleitaba a los demás con música sin mucha calidad, mientras las chicas solo miraban el físico de los integrantes. Conocía eso muy bien ya que estuvo un tiempo obsesionada con el cantante de un grupo de rock que había empezado en su pueblo, aunque no duraron mucho allí, debido a que apenas se llenaban los locales donde tocaban.

Se giró mejor en el taburete, apoyando la espalda en la barra y sujetando la copa con una mano, y contempló con cierto interés al chico de sonrisa burlona que se había colocado detrás del micrófono. Así que canta, qué interesante. Relamió sus labios con ganas de escuchar su repertorio y ver qué se escondía tras aquellos ojos de color gris.

—Buenas noches, San Francisco —saludó con voz grave el camarero—. Somos Resistence y hoy vamos a tocar nuestra mierda para vosotros.

La mayoría de personas que se encontraban en el local aplaudieron con emoción. Pues sí que tienen público, pensó América. Las bandas como esas no solían triunfar porque existían demasiadas por el mundo y solo unas pocas encendían la chispa de la fama, pero se veía que Resistence poseía magnetismo con los jóvenes —y no tan jóvenes—, porque no dejaban de agitarse a la espera de una canción.

El guitarrista rasgó los acordes de su guitarra antes que le siguieran el resto de su grupo y el camarero, quien con la mirada clavada en un punto inexacto del pub, comenzó a cantar.

Su voz le erizó el vello de la nuca a los pocos segundos. Era ronca y sexy, justo como le gustaban. Y las letras... Dios, las letras. Lo que contaba bien podría estar describiendo su vida últimamente. Pasaban los minutos, y canción tras canción dejaba más tocada a América. Era como si de pronto el mundo hubiera dejado de girar a su alrededor y solo percibiese los movimientos de aquella banda mientras llenaban de su música el ambiente. Como si la cantasen para ella y su corazón roto.

Vuelvo a estar vacío esta noche, querida.

La cama se queda grande mientras tú dejas las huellas

de tu pintalabios en cualquier piel que no es la mía.

Diría que me importa, pero mentiría.

Hay algo en tu forma de comportarte, querida, que me

lleva a seguir detrás de ti.

No es tu perfume, ni tu boca mil veces mancillada.

Eres tú, siempre has sido tú.

La vertiginosa curva de tu espalda cuando está pegada a mi cuerpo.

Cuando parece que eres mía y lo serás siempre.

Tus mentiras me siguen gustando, querida, pero esta noche el

frío me perfora el corazón.

Dime que vendrás a darme de tu calor cuando tu pintalabios se desgaste.

Cuando nadie más te quiera en su habitación.

América cerró los ojos para dejarse llevar por completo. Solo alguien que había vivido tantas cosas podía transmitir a través de una canción lo que sentía, y regalarlo al mundo como si fuese un dardo acertando en el centro de la diana. Y ella era un blanco fácil. Quizás por lo mal que se sentía, por la herida de su corazón o porque aquel chico era una de esas personas que valían la pena. Los que tenían una magia especial que solo unos pocos sabían ver. Un don con la música, con la capacidad de transportar a la gente a cualquier cosa que entonase su voz.

Se regodeó en el resto de canciones —apenas fueron seis— y cuando todo terminó, se quedó moviendo suavemente el pie, recreando lo que acababa de vivir. Nunca pensó que entrar en ese pub le llevaría a ser testigo de una experiencia tan magnífica como esa. Tan llena de sensaciones que todavía se arremolinaba en su interior.

Y eso que ella era más de ir a conciertos y darlo todo entre miles de personas, sin que nadie se fijase en ella. No le gustaban los grupos de garaje, pero en cambio Resistence acababa de darle una lección. Existían diamantes ocultos que poca gente tenía el placer de encontrar.

—Las tías no dejan de babearle encima —comentó Naiara con una risita junto a ella.

América abrió los ojos de golpe a tiempo de ver cómo una pelirroja se presionaba contra el camarero para susurrarle algo en el oído. Él lucía aburrido de pronto. Seguramente no le interesaba en absoluto nada de lo que estuviera diciéndole. Tras unos segundos la apartó con suavidad y bordeó a un grupo más de mujeres antes de colarse tras la barra para seguir con su trabajo de verdad. ¿Cómo lograba pasar de ser el cantante de Resistence a un simple camarero que servía copas? Se le antojó que era como un superhéroe que se quitaba la capa y el disfraz antes de volver a la realidad.

—¿Quieres algo, guapa? —Le preguntó a América al percatarse de cómo le miraba, pensando que ya había acabado su trago y necesitaba otro.

Ella se cohibió de pronto y asintió con la cabeza. Le dejó la copa vacía sobre la superficie de la barra y el camarero sonrió de lado.

—Otro vodka, por favor. Si puede ser doble...

—Marchando.

Le dio la espalda cuando fue a buscar la botella y ella aprovechó esos segundos para deleitarse con el trasero apretado en sus pantalones. Joder, llevaba mucho tiempo sin darse el lujo de comerse con la mirada a alguien que no fuese Jace. Y ese tipo era caliente. Pero lo que más le atraía era su magnetismo y su voz. La podría escuchar durante horas. El físico solo era un plus en ese combo de cantante rockero que tanto empezaba a gustarle.

—¿Llevas mucho tiempo cantando? —Preguntó cuando le sirvió la copa y le pagó.

—Lo siento, querida, pero no hablo de mi vida privada en horas de servicio.

Y con eso, se marchó al otro de la barra para seguir sirviendo a los demás clientes. Con el rostro aún enrojecido, América se tomó aquella copa doble del tirón. Le molestaba un poco la falta de interés que demostraba con respecto a alguien que quería conocer mejor su grupo. ¿Trataría así a todos? ¿Tan desapasionado era? Le estás dando demasiadas vueltas, meditó, inspirando hondo. Es normal que esté cansado de gruppies pesadas en sus horas de trabajo.

—América... ¿Estás mirándole el culo al camarero?

La voz de Naiara la sobresaltó de golpe. No se había dado cuenta que estaba comiéndose con la mirada al desconocido descortés, de nuevo.

—Joder —masculló, pellizcándose el puente de la nariz con los dedos—. Es que mírale.

—Si no digo que no esté bueno, solo que llevas como cinco minutos en modo autista mientras babeas por él. Y me extraña viniendo de ti.

Bueno, sí, ella tenía razón. No estaba en su naturaleza mirar tan descaradamente a un tío, siempre había sido alguien más bien sutil cuando le gustaba alguien. Pero ese era diferente, ya que no le atraía de ese modo, solo le parecía interesante y guapo. Y el alcohol se le empezaba a subir a la cabeza. No pensaba con claridad. Demonios, pensó.

—Es un camarero, Naiara. Nada más. Para un día que podemos deleitarnos con las vistas —le sonrió con diversión solo para que no se preocupase de más. Cuanto más se distrajera esa noche, más fácil lo tendría para evadirse de la historia con Jace.

—Si tú lo dices —rodó los ojos, apoyando un brazo sobre la barra para mirar mejor a su alrededor—. A mí este lugar no me gusta demasiado.

—Pero si el concierto ha estado genial.

—No cantan mal. Lo que más curiosidad me causa es que nadie le haya tirado unas bragas a la cara.

América soltó una carcajada.

—No seas bruta, nadie haría eso. No a una banda pequeña.

Su amiga enarcó una ceja al mirarla.

—Lo dice quien le lanzó un sujetador al cantante de Green Day cuando fue a su concierto, ¿no?

Las mejillas de América se tiñeron de rojo. Esa era una de las anécdotas de su adolescencia. Dos años atrás la habían llevado al concierto de una de sus bandas favoritas y, empujada por la emoción y la euforia, se quitó el sujetador en pleno concierto y se lo lanzó al cantante. Aunque en su defensa siempre añadía que no fue la única. Hubo muchas como ella.

—Eso fue algo puntual, no es lo mismo.

Naiara sacudió la cabeza y le hizo señas al camarero para que apareciera por allí a repartir otra ronda. Y esa ronda le siguió a otra. Para cuando llevaban la quinta copa, ninguna de las dos podía dejar de reír por cualquier tontería que recordasen de la infancia y la adolescencia que habían compartido en su ciudad natal. Todo resultaba divertido bajo el velo del alcohol. Tanto, que se olvidó por un rato de lo ocurrido con Jace.

Lo único que no lograba sacarse de la cabeza es que quería hablar con el camarero. Decirle lo que sus canciones le habían hecho sentir, ya que él no parecía dispuesto a contarle nada de su vida personal.

Con la excusa de que Naiara se había ido al baño, medio tambaleándose, América se quedó allí unos segundos antes de seguir al camarero hacia la parte de atrás del local. El chico fue a sacar la basura antes de que cerraran y le parecía la oportunidad perfecta para soltar todo lo que rondaba su cabeza. Con suerte mañana no iba a recordar eso, y si lo hacía le echaría la culpa al alcohol que recorría su sistema.

—Hola —saludó, apoyada en el marco de la puerta puesto que las piernas le temblaban mucho.

El chico se giró un poco sorprendido por aquella interrupción. Ya que estaba allí fuera, se había encendido un cigarro y no quería que su jefa le descubriese. Siempre le echaba la bronca por dejar el pub solo unos minutos por culpa de su adicción.

—¿Quieres algo?

—Sí, decirte que tus canciones me han gustado mucho.

A él le aburrió escuchar aquello. Muchas tías le decían lo mismo, solo porque querían acostarse con él. Repasó con la mirada a la chica y le gustó lo que vio. Tenía el cabello castaño claro, los ojos dorados tirando a marrón, y los labios carnosos. Llevaba unos leggins negros que estilizaban sus piernas y realzaba sus caderas. La chaqueta le impedía ver si tenía buenas tetas o no, aunque para un rato poco le importaba eso.

—Ah, bien.

América se mordisqueó el labio inferior, indecisa sobre si seguir, pero el alcohol influía en ella a tal punto que necesitaba vomitar cada palabra sin importar las consecuencias.

—Estoy pasando por una época difícil y vine a emborracharme, pero escuchar tu voz y tus letras me hicieron sentir mejor. Transmites mucho, y no sé si alguna vez te lo han dicho, pero consigues tocar algo dentro de la gente. Al menos es lo que ha pasado conmigo. Solo quería que lo supieras, por si te sirve de algo. —Habló muy rápido y muchas palabras no se entendían del todo.

Él apretó los labios para sujetar el cigarro y caminó hacia ella. No iba a mentir, sus palabras le habían cogido por sorpresa. Eso no se lo decía nadie. La mayoría de tías hablaba más bien de que les gustaba cómo cantaba y era muy atractivo. Lo demás se convertía en historias donde por su cama pasaban mujeres que luego olvidaba. No siempre, pero de vez en cuando se daba el lujo de dejarse llevar por la lujuria.

—Qué curioso, no pareces de las que pasan mucho por sitios así.

—Es la primera vez que vengo. Aunque tampoco llevo mucho en San Francisco, solo unas semanas —explicó en voz baja.

—¿Eres de fuera? —La chica asintió una sola vez con la cabeza, y él aprovechó esos momentos para coger unos cuantos mechones de su cabello y engancharlos detrás de su oreja. Notó que temblaba ante su contacto, y sus pupilas se movían con nerviosismo sobre su rostro—. No lo parece por tu falta de acento.

América no sabía qué decir ante su cercanía. Solo sentía que su cuerpo reaccionaba con rapidez a su contacto y su corazón se aceleraba cada vez más.

—¿Te gustaría venir conmigo cuando salga del trabajo? Podría enseñarte algunas canciones privadas —comentó con un tono que implicaba muchas cosas.

Ella cerró los ojos al ceder por completo a las extrañas sensaciones que la embargaban. No solo era el alcohol, era ese chico con gran magnetismo que la estaba desquiciando sin saber por qué.

—Yo... No... —Su voz se escuchaba en un tono demasiado bajo—. Acabo de salir de una relación y...

—Bueno, guapa, entonces tú te lo pierdes —se apartó de ella de golpe, y América extrañó la calidez de su roce sobre el rostro—. Pero si cambias de opinión... —Sacó un rotulador negro del bolsillo trasero del pantalón, donde también llevaba la pequeña libreta de camarero, y le cogió la mano para garabatearle unos números en la palma—. Llámame.

Aturdida, tardó unos segundos en que toda la información llegase a su cabeza. Y envalentonada por el alcohol se giró hacia él al ver que ya se iba, y se cruzó de brazos.

—¿Por qué crees que te llamaré para acostarme contigo?

Él se detuvo un momento y la miró por encima del hombro.

—Porque no obtendrás ninguna otra cosa de mí.

Y con esas palabras se marchó, dejándola allí sola y más confusa que nunca.

13 de Setembro de 2018 às 11:32 0 Denunciar Insira 1
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