Una Alianza Lujuriosa II Seguir história

eneidawolf Eneida Wolf

II SERIE IDILIOS DE TEMPORADA Londres, 1815 La reputación de juerguista perpetuo, seductor inigualable y jugador empedernido predecía a Christian Bradford en todo Londres y, probablemente, en el resto de Inglaterra. Las madres evitaban a toda costa que sus hijas se acercasen a él, los padres rezaban para que nunca pidiese su mano y la mayoría de ellas suspiraban por Chistian. Pero una mala mano hizo que perdiera gran parte de su herencia y tuviera que sentar la cabeza, empezando con trabajar de verdad y terminando con zanjar ciertos asuntos turbulentos con un hombre peligroso. Elena Connynham empieza su temporada sin ninguna intención más que seguir viviendo entre sus libros resignada a no encontrar a nadie digna de ella. Hasta que tropiece con Christian.


Romance Histórico Para maiores de 18 apenas.

#piratas #amor #atracción #regencia
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Conocerás a un alto, moreno y atractivo desconocido


Debían ser las diez de la noche cuando Elena Connynham se bebió la tercera copa de champán en lo que iba de la velada. Sus pies la estaban matando, se le había ocurrido ponerse los zapatos nuevos y ahora le rozaban la parte del tobillo. Se sentía ridícula con el peinado que Myrna, la nueva doncella, había insistido en hacerle, ya de normal odiaba llevar el cabello recogido, le gustaba que su larga melena ondulase salvajemente mostrando los rizos propios de las Connynham. A nadie parecía importarle que ella estuviese allí, salvo a su hermana y su nuevo y flamante marido, por supuesto.

Físicamente eran parecidas, salvo por el hecho de que su hermana era un poco más alta y ella se había quedado con la altura de las muchachas que tenían trece años. La nariz menuda y chata, la boca fina y descarada y la tez emblanquecida. Por lo demás, su hermana había salido a su difunta madre, con unos ojos azulados que impactaban a todo aquél que los mirase y el cabello marrón oscuro mientras que ella decían que se parecía a su padre, de cabellos muy rubios y ojos negros como la noche.

Había bailado con Franklyn, era un buen tipo, perfecto para Wendoline y es que su hermana era una rebelde sin causa, una paria de la sociedad. Haberse casado con el hombre más decente de Londres resultaba demasiado irónico. También había bailado con alguna otra alma caritativa, cuyos nombres no recordaba. No eran lo suficientemente atractivos como para haberse sentido tentada y a todos les había encontrado notables defectos.

Era su pequeña maldición, no había nadie con quien se hubiese cruzado a quien hubiese considerado digno de su amor, ni siquiera un poco de su aprecio. Quizás tenia un concepto demasiado alto de sí misma, quizás un gusto exquisito para los hombres o, simple y llanamente, el amor no había llamado a su puerta.

Estaba aburriéndose igual que una ostra en el fondo del mar, y, en general cualquier tipo de molusco existente en él. No, nadie la echaría de menos sí, con disimulo, abandonaba el salón y se dirigía a su habitación. Sabía que no era correcto, que su hermana había hecho la fiesta expresamente para que así socializase, conociese a sus amistades ya que, esta era su primera temporada. Así que, cogiendo la última copa, caminó decidida hasta la puerta y, al ver que nadie miraba, se escabulló de allí.

Subió las escaleras como alma que lleva al diablo, con el corazón latiéndole a trompicones. Abrió la puerta de su habitación y entró, sintiéndose a salvo.

No se percató de que no estaba sola. Ni siquiera pensó que alguien se hubiese atrevido a subir hasta allí, eran sus aposentos privados en los que, raras veces entraba alguien que no fuese ella, incluso Myrna se guardaba de llamar siempre cuando lo hacía. Era su refugio, su templo, más que una habitación aquello parecía el estudio de un intelectual.

Eso mismo pensó Christian Bradford cuando había entrado en ella hacía poco más de diez minutos. Sus apariciones en los eventos eran escuetos, pero a veces no podía negarse ante la insistencia de su hermana Jane. Simplemente no era de los que les gustase seguir las normas a rajatabla, la hipocresía de la gente lo ponía nervioso y odiaba hablar por hablar. Era el ser más escueto en cuanto a conversaciones aburridas y tediosas se trataba. Sólo aparecía para, de vez en cuando, divertirse. Le gustaba sobretodo hablar con Beatriz de Velarde, cierta duquesa y condesa hilarante sin pelos en la lengua, medio española y medio inglesa que no hacía mucho que había aterrizado en Londres tras la muerte de su padre.

Solía decirle que era una lástima que su hermana no les hubiese presentado antes, pues entonces probablemente no se hubiese casado con el Duque de Rutland y habría caído rendida a sus pies, o eso era lo que él pensaba. Era muy atractiva, exótica y habladora, pero por desgracia también muy fiel a su marido. Se habían convertido en amigos después de haberle vendido su parte en la sociedad, un negocio muy lucrativo que había ido extendiendo hasta abrir una casa de apuestas y juego conectada con el prostíbulo.

El Red House se estaba convirtiendo en un lugar donde los aristócratas y burgueses se sentían cómodos, se divertían, jugaban y se acostaban con mujeres bonitas. Era un lugar con clase, el personal era discreto y ahí erradicaba su éxito.

Había acudido a esta velada a regañadientes, pero una vez allí se había dejado arrastrar por cierta dama encantadora y, tras cierto coqueteo, le había susurrado al oído que la esperaba dentro de la primera habitación a la derecha subiendo las escaleras. Así que allí estaba, esperando a que la dama subiera para poder meterle algo de mano y, si había suerte algo más. No pensó que la habitación en cuestión fuese tan peculiar. Estaba casi rodeado de estanterías, llenas a rebosar de libros. Sólo la cama y el armario le decían que era una habitación, pues el resto de muebles, incluido el escritorio con la silla, no encajaban. Al oír que la puerta se abría, imaginó que la descarada y provocativa lady Penélope habría llegado, pero no era ella así que se escondió detrás del diván.

Desde luego, esa mujer no era Penélope. Mucho más baja, joven y bonita, era la muchacha que había entrado. Parecía aliviada por algo, y pronto se dio cuenta de que debía ser la dueña de tal habitación, pues con ligereza se quitó las horquillas de la cabeza dejando suelto su cabello casi blanco de lo rubio que era, largo hasta media cintura y ondulado. Con aquellos rasgos parecía un ser de otro mundo, y más cuando se dio cuenta de los oscuros que eran sus ojos.

Pronto vio que la chica no se contentaba con dejar suelta su melena, sino que se quitaba los guantes blancos y también se desabrochaba el lazo del vestido de detrás quitándoselo, y quedándose sólo con una camisola y, por encima un corsé de medio cuerpo. Tragó saliva con dificultad al darse cuenta de lo que esa menuda criatura escondía bajo el vestido. Unos abundantes y firmes pechos se asomaban por el escote. Desde luego, con el cambio había salido ganando.

—Debería cerciorarse de estar a solas completamente antes de desnudarse.

Salió de detrás del diván y, abalanzándose hasta ella le tapó la boca con la mano para evitar que gritase, pero aún así no lo hizo.

Elena al principió se asustó, pero al ver que el hombre era un completo desconocido y que lo había pillado por sorpresa, pensó con rapidez. ¿Qué estaría haciendo allí? Esperar a alguien, y ese alguien no era ella.

Estaba esperando a su amante, por supuesto.

Lo miró, escrutó su rostro para ver quién era ese crápula y se sobresaltó. No por el hecho de que fuese un allanador de habitaciones y, posiblemente un seductor, si no porque ese seductor tenía la cara de un dios griego bajado directamente del Olimpo. Era el mismo Apolo, sí, estaba segura de que el Dios debía de tener ese rostro de facciones elegantes, esos ojos grandes y azules casi transparentes, las pestañas oscuras y alargadas y el cabello negro, muy oscuro. El corazón empezó a palpitarle desbocadamente, careciendo de sentido. Abrió los ojos desmesuradamente ante tal descubrimiento, no era posible, no, era imposible. Debía de tener algún defecto. Su nariz, era un poco más grande que la media, pero eso lo hacía parecer más interesante. Quizás si hubiese sido menos fornido, o no tan alto...

—Voy a quitarle la mano, pero no grite.

Elena asintió, pero cuando recobró el sentido, se dio cuenta de que no iba a dejar que se fuera de rositas, por muy atractivo que fuera.

—Es usted un indecente, colándose en habitaciones ajenas. Váyase inmediatamente —dijo, tal altiva como siempre, poniendo los brazos en jarra.

—Tranquila, no había venido a por vos. Aunque está claro que, viéndoos, no voy a despreciaros.

Recorrió el cuerpo de aquella chica desde los pies hasta cruzarse con su mirada brillante y oscura. Esos dos ónix que tenían por ojos lo observaban igual que si le robasen el alma, así se sentía, flaqueando ante la mirada de sólo una chiquilla.

—Es usted pervertido, un depravado, un vicioso sin remedio.

Lejos de sentirse insultado, las palabras que salían de su boca no hacían más que alimentar ese desde que se había instalado en él desde que la había visto.

—¿Os sabeis más sinónimos? Escúpelos, si así os sentís mejor.

—Lo único que me va a hacer sentir mejor es veros salir de aquí.

Dejó ir un suspiro junto con una débil risa mientras la cogía de la cintura acercándola a su cuerpo. Elena quiso detenerlo, zafarse de ese abrazo pero se quedó paralizada ante tal atrevimiento y el olor a champán y a bosque húmedo y lluvioso la golpeó. ¿Por qué demonios olía así ese hombre?

—"Negros como cuervos son sus ojos, enlutados porque esos artificios con falsedad difaman lo creado". Ha sido ver tus ojos y recordar ese soneto.

Le costó respirar después de oírle. ¿Pero no se suponía que era un hombre dado a la mala vida, al mal comportamiento, a la mala reputación? ¿Qué hacía recitando sonetos?

—Muy inspirador, pero lárguese.

—Antes quiero saber a qué sabe una ninfa.

No le dio tiempo a decirle que si quería averiguarlo, que se fuera a buscar una y suerte con ello ya que son un ser mitológico y fantástico, pero notó que no podía hablar debido a que sus labios se habían posado sobre los suyos devorándolos lenta y deliciosamente.

Estaban dándole su primer beso. Con un nerviosismo impropio de ella y demasiado nerviosa, no pudo más que abrir la boca y seguir moviendo sus labios al ritmo de los de él, quedándose demasiado petrificada por el hecho de que le estuviese gustando.

Algo inesperado ocurrió con la dulce presión de los labios de aquella muchacha, pues sintió un terrible dolor apretando, oprimiendo y empujando su corazón, hasta que la pared que lo envolvía se resquebrajó, y el calor se coló en él. Nunca había saboreado unos labios tan excitantes, y no, no eran dulces sino más bien salados, delirantes. La sensación de gozo llegó con demasiada violencia, demasiado rápida, Elena quedó congelada, sin saber dónde poner sus manos.

Elena, te está besando un desconocido y sin tu permiso, ¡haz algo!

Reaccionó y apartó de ella a empujones el cuerpo de ese hombre, y añadió una sonora bofetada a su mejilla. Sin dejar de mirarlo azarosamente, con enfado y crispada, se fue hasta la otra punta de la habitación.

—Váyase —dijo en una voz más floja que con anterioridad.

A Christian se le removió todo y la culpabilidad lo inundó. Estuvo tentado de decirle que había sido un impulso, que él era así pero no quería causarle ningún perjuicio ni daño. Pero no lo hizo, simplemente caminó hasta la puerta y salió de allí diciéndose a sí mismo que aquello no había pasado.

Pero era absurdo, sí había pasado y la visión de la chica que parecía una ninfa no se le iba de la cabeza, así como su atracción y su chispeante personalidad. Maldijo en silencio ese beso que le había robado, pues había desatado algo en él que creía que no existía. Era absurdo, completamente absurdo que la muchacha que apenas había visto hubiese logrado despertar en él sensaciones inauditas, nuevas y poderosas.

Elena, aún con el cuerpo temblando y los ojos desorbitados, se sentó en su cama sin poder creer que, apenas unos minutos antes, le hubieran dado un beso. Podría haber sido una visión, un sueño. Sí, a lo mejor se había quedado dormida y ahora despertaría y todo habría sido irreal. Pero no despertaba, no, aquello era la vida real y un desconocido demasiado atractivo y que recitaba sonetos de Shakesperare la había besado, y, sorprendentemente, le había gustado.




NOTA DE AUTOR: 

Primer capítulo ^^ es intensito, sep, lo sé, pero es lo hago para engancharos Muajajajaj

En los siguientes habrá más info de los personajes y de su argumento porque en él hay... ¡piratas! Bueno no, un tesoro pirata :)



2 de Setembro de 2018 às 14:50 12 Denunciar Insira 50
Leia o próximo capítulo Un bribón

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George Little George Little
He aquí una de las mejores escritoras de primera mano en Inkspired y una de las más populares que llevan cautivas a muchas lectoras. Pasen por una de mis obras... Tal vez les guste la novela de romanse con NORAH PORTER NEW YORK.
5 de Outubro de 2018 às 23:46

  • Eneida Wolf Eneida Wolf
    Agradecería que no hagas spam en mis novelas, en serio, me repatea mucho. Yo no lo hago con la de los demás, así que borra el comentario ;) 20 de Outubro de 2018 às 07:59
Stephania Puntiel Stephania Puntiel
enamorada
1 de Outubro de 2018 às 09:01
Nieves Rincon Nieves Rincon
Pues lo consigues 😉
29 de Setembro de 2018 às 00:32
ines longueira ines longueira
jijiji vaya beso!!! ufffffffffff
20 de Setembro de 2018 às 09:27
Zurisaday Ortiz Zurisaday Ortiz
me esta empezando a gustar esta novela . eres muy buena escritora😋
3 de Setembro de 2018 às 14:11

  • Eneida Wolf Eneida Wolf
    Mil gracias cielo ♥️ 3 de Setembro de 2018 às 14:15
Haruka 25 Haruka 25
Bueno acá estoy, no puedo perderme esta historia ;-)
3 de Setembro de 2018 às 07:56

DO Dana O
Me he pasado de plataforma, todo sea por seguir leyendote ❤
2 de Setembro de 2018 às 11:28

  • Eneida Wolf Eneida Wolf
    ♥️mil gracias guapii 3 de Setembro de 2018 às 08:20
~

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