Deseos, confusiones Seguir história

urilnsc Uriel Sánchez

El protagonista despierta y nota que el día es aquel que ya había vivido incontables veces. Repitiendo una y otra vez sus acciones, atravesando una silenciosa agonía y con un futuro más imperfecto de lo que creía acechándolo, su sufrimiento finalmente acabará.


Conto Todo o público. © Deseos, confusiones - CC by-nc 4.0 - Uriel Sánchez

#paranormal #relato #terror #ficción #psicológico #corto
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“Deseos, confusiones”, por Uriel Sánchez

Era una blanca mañana, igual que todas las demás. Mi desayuno era simple: una taza de café y un trozo de pan. Decidí vestir mis zapatos marrones, jean oscuro, remera blanca y chaqueta de cuero también marrón. Me lavé la cara, cepillé mis dientes. Como siempre. 

Antes de salir, me aseguré de que todas las ventanas y puertas estuvieran cerradas: las de mi habitación, las de la cocina, alacenas, estantes, incluso de la mesa de noche y todos los cajones. Todas las luces debían estar apagadas. Revisé si mi cama había quedado medianamente acomodada con lo poco que la había arreglado y volví a mirar que no hubiera nada debajo. Algo, cualquier cosa que hiciera el día diferente, pero no había nada. Qué raro, ¿no? A este punto ya me parecía ridículo, pero continué con mi día. Cuando terminé de revisar todo mi departamento, miré la hora y debían ser las 9:29. Así era. Estaba preparado, pues sabía que en cualquier momento sonaría mi alarma para partir de casa. 

Esta vez, fue un poco diferente. La alarma de las nueve y media no sonó apenas cerré la puerta con llave, sino cuando se cerraron las puertas del ascensor; estuve ansioso hasta que volvieron a abrirse. 

Salí del edificio y, nuevamente, me saludó el muchacho de pelo alocado que atiende el kiosco que está en la esquina. La edificación donde yo residía estaba a mitad de cuadra, por lo que era bastante raro verlo por ahí. Luego, cuando lo vi cruzando la calle y casi siendo atropellado por una camioneta negra, recordé que ahí trabajaba una señorita de la cual él se había enamorado. Todos estos pensamientos ya los había tenido. Sólo se estaban repitiendo, igual que el día y las acciones. 

Todavía no podía creer lo que veía. ¡Siempre lo mismo! ¡Todos los días! Ese día se cumplía una semana desde el primer doce de diciembre de ese año. Una, y otra, y otra vez. Me estaba volviendo completamente loco. Quería ya que todo terminara. 

Ahí, con la “señal” de aquel sujeto saltando desde su terraza sin llegar a ser salvado, comenzaría mi cuenta regresiva. 

Antes de darme cuenta, ya había caminado hasta mi trabajo. Ya estaba acostumbrado a que la puerta giratoria me golpeara de lleno en el rostro. Con mi típico pésimo humor y nerviosismo producto de la repetición constante, me senté en mi silla, me acomodé frente a la computadora y me puse a trabajar. Allí pasé las horas de mi turno. 

Después de volver a pasar por exactamente el mismo día otra vez (y casi sin esperanzas a que algo cambiase), la vida pasó de abofetearme un par de veces a, literalmente, apuñalarme por la espalda. 

La camioneta negra que había visto al salir de casa estaba ahí, estacionada. A esa hora ya no había nadie, no es un país muy seguro. Todos estaban encerrados cenando, viendo televisión, charlando, siendo felices. Creí que el único condenado al que se le ocurriría andar por la calle sería yo, y así había sido los otros doce de diciembre. No entendía qué estaba pasando. ¿Finalmente había conseguido pasar de ese asqueroso y repetitivo día? Estaba siendo un idiota optimista y lo sabía, pero la mera idea de alejarme de esa situación valía más que mi propia vida. “Que se termine todo de una vez”, pensaba. Tal y como lo deseé, todo terminó. 

Volando en mis pensamientos, no me había percatado de la dama que había salido de la camioneta. Me estaba siguiendo, pero era la novia del muchacho del kiosco así que pensé que estaba dirigiéndose a su hogar. Habiendo frenado en una esquina para cruzar con cuidado, porque siempre hay algún loco dando vueltas por la ciudad, ella terminó al lado mío. Me alejé lo más rápido que pude. Me había rendido en tratar de esconder mi desconfianza. 

No era el tipo más atlético del mundo, y esa noche quedó más que claro. 

Se abalanzó sobre mí y, en un movimiento tan rápido que no llegué a captar, el cuchillo había atravesado por completo mis costillas. No sentía las piernas, los hombros ni los brazos. El dolor era insoportable. 

Después de ver mi vida entera pasar frente a mis ojos y recostado en un charco de sangre mientras daba mis últimas bocanadas de aire, me di cuenta de que mi deseo se había cumplido. Realmente llegó el final de aquella tortura… pero no de la manera que esperaba.

26 de Agosto de 2018 às 08:20 2 Denunciar Insira 6
Fim

Conheça o autor

Uriel Sánchez 18 años. Artista. Estudiante de Filosofía.

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Corak Cárdenas Corak Cárdenas
Esta historia es muy buena e interesante eres muy bueno
26 de Agosto de 2018 às 11:47

~