La maldición de Pureco Seguir história

maximo Oscar Ornelas

Cuando la familia Ramírez se muda al desconocido pueblo de los Pinos en busca de un nuevo cambio después de la muerte de su tercera hija; lo que se convierte en un sueño hecho realidad, se trastorna en una pesadilla para todos, cuando el padre de familia, Tómas Ramírez, lo cierne una esquizofrenia absoluta, sin embargo él duda de sus aflicciones. Pronto descubrirá que una secta antiquísima rodea su hogar en los bosques.


Suspense/Mistério Todo o público.

#terror #misterio #dioses
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Lobo solitario

Prólogo

Lobo Solitario

¡Pum!

La patada hizo estremecer la puerta y hacerla crujir.

-¡Abre la maldita puerta!

¡Pum!

El hombre arremetía cada vez más fuerte la entrada, pero esta no cedía. Lanzó otra patada con tanta fuerza que el tobillo dentro de su bota se dobló y un dolor mudo recorrió todo su muslo.

-¿Por qué haces esto? –La voz de una mujer se escuchó del otro lado, con angustia e inundada en sollozos-. Tú no eres así –y una ronda de lágrimas la invadió de nuevo, sacando moco por la nariz que se juntaban con las gotas que recorrían sus mejillas.

Del otro lado de la puerta, el hombre siguió azotando la entrada con la intención de abrirla (más bien de romperla). Ya no utilizaba su pierna derecha sino todo el cuerpo, como el torrente de un río que empuja los peñascos. Retrocedió hasta tocar la pared opuesta con la nuca de su cabeza, y salió disparado con todas sus fuerzas al umbral de madera como jugador de futbol americano poniendo su hombro derecho como ariete.

¡Pum!

Se escuchó otro crujido en la composición pero no cedió, era demasiada resistente. Un ardor en la unión del hueso del hombro con la clavícula empezó a escocerle, pero eso no fue impedimento para dar unos pasos atrás y arremeter otra vez.

¡Pum!

Su corazón latía tan fuerte y tan rápido que inclusive escuchaba en sus oídos el retumbar de sus contracciones. Quería atravesar la puerta costara lo que costara y nadie podía disuadirlo. Se le notaba en su mirada. Una mirada encerada y obtusa, llena de furia ciega y maldad. Apretaba los dientes intensamente por la resignación de no poder entrar que hasta le dolían los músculos de la quijada. Por la fisura debajo de la puerta escapaban unos gemidos, lamentos, y lloriqueos cargados de verdadero terror.

La segunda embestida tampoco dio resultados; eso hizo contraer su entrecejo y dilatar sus pupilas. Daría una tercera y si esta tampoco funcionaba, utilizaría el arma que cargaba; pudo haberla utilizado desde un principio pero su furia quería romper la puerta a golpes con su propia fuerza humana.

Se preparó, inclinó su cuerpo sin apartar la vista de la puerta configurada por madera como si un rival estuviera a punto para atacarlo, y corrió los pocos metros hacia ella con el hombro adolorido de frente.

¡Pum!

Nada.

Desesperado, tomó la escopeta por sus dos manos y la recargó, ocasionando que escupiera un cartucho rojizo que rodó por el piso. Recargó el mango en su hombro que quemaba como el diablo, y apuntó a la chapa. Dio un disparo que resonó por toda la habitación e hizo ensordecerlo y desorientarlo pero eso no le importó porque la furia y la voz dentro de su cabeza poseían sus convicciones, poseían sus acciones. La madera se resquebrajó por fin en un estallido de aserrín que voló como arena. Gritos y gimoteos se escucharon del otro lado, tan fuertes como el disparo de la escopeta. Atizó un empellón a la puerta y fácilmente se abrió sin ninguna complicación. Entró al cuarto de baño y una mujer de cabello negro se acurrucaba en la bañera como un gato en una pequeña casa. Temblaba profusamente y su rostro brillaba por las lágrimas que mojaron su cutis. Se cubría su cara con las manos con la esperanza mágica de que un escudo fantástico la protegiera del depredador que se erguía en el umbral recortando su figura por la luz que se hallaba detrás de él, como los niños que creen que un monstruo de garras afiladas y dientes puntiagudos se le imposibilitara matarlos por estar debajo de la sábana.

-¡¿Dónde la dejaste?! –le gritó alterado y furioso. La mujer solo lloraba, y no abría sus ojos temblorosos y acuosos para imaginar que se encontraba en otro lugar- ¡Dímelo maldita perra!

El hombre recargó su arma soltando un cartucho humeante, y caminó a pasos lentos pero decididos a través del humo expelido por la explosión de la pólvora.

-¡Dímelo! –vociferó de nuevo y disparó una bala encima de la cabeza de la mujer.

Los azulejos del baño reventaron como si una bomba escondida detrás de ellos hubiera explotado. Los pedazos más grandes golpearon contundentemente a la mujer sobre su coronilla; y los más pequeños hicieron laceraciones en su oreja y partes de su cuello, algunos se enredaron en su melena.

Ella gritó de terror sin abrir los ojos, pero no pudo oírse más que en su cabeza. El estruendo de la detonación bramó por todo el baño haciendo ecos, y generando que sus orejas expulsaran un diminuto río de sangre.

Al fin abrió sus párpados, dejando ver los iris tan dilatados como una moneda, y contempló a su marido a un metro de ella.

-¡¿Dónde está?! –gritó su enajenado marido. Al hablar, abría desmesuradamente su boca mostrando su campanilla que vacilaba por los rugidos salidos de su esófago- ¿Quieres que te meta un tiro en tu linda cabecita, mujer? ¿Quieres?

Ahora el hombre le apuntó a su cabeza, enseñando el funesto agujero negro, humeante como la colilla de un cigarrillo. La mujer quería hablar pero el terror le apretaba los pulmones. En un superviviente esfuerzo tomó aire y musitó:

-Tú te la llevaste –un espasmo contrajo su pecho. El miedo la estaba ahogando. Se quedaba sin aire.

-¡La escondiste tú, no me mientas puta! –y recargó la escopeta jalando el martillo. Por tercera ocasión un cartucho ardiente voló por el retrete, extinguiéndose en el agua del excusado.

-Me la arrebataste tú –murmuró ella con los últimos resoplidos-. Dijiste que la esconderías. Oh Dios, espero que no la hayas matado. Dios, dios, dios…

-Cuando la encuentre haré de ella lo que voy a hacer contigo –amenazó su esposo con el tono perverso en su voz.

Ella supo lo que su esposo proponía, era algo ineludible como el tiempo. No quería que su hija tuviera el mismo destino que ella. Desconocía el paradero de Susie porque era cierto, él se la llevó para esconderla, quizá porque sabía que pronto sucedería eso. La mujer aspiró las últimas partículas de oxígeno que entrarían por su nariz, e intentó gritar.

-¡No le hagas… -la mitad de su cabeza explotó en una nube escarlata salpicando todo los azulejos del baño con gotas de sangre viscosa y tibia. La lengua se dejó ver como una culebra rojiza y exangüe. El rostro de su asesino se humedeció de sangre, y el opaco color del metal de su arma se bañó con puntos rojos. El tercer estruendo del arma resonó por el baño y resquebrajó el espejo encima del lavabo. Los peces inamovibles de las cortinas presenciaron la muerte de la mujer con ojos de orgullo a lo que el hombre pudo ver.

El homicida echó el martillo atrás, y desanduvo sus pasos para regresar a la habitación. Bajó las escaleras para salir al exterior, pero inconscientemente giró su mirada hacia el cuarto de juegos, encima de la mesa de billar. Una persona escondida en la oscuridad de una esquina dejaba ver su vestimenta. Un albornoz rojo como las llamas del infierno sobresalía por entre la penumbra pero el rostro no se dejaba ver, solo un par de rubíes fulgurantes brillaban a pesar de la negrura envolvente.

El hombre se acercó junto a él, al lado de la mesa de billar. El recelo se contrapuso a la furia, y el miedo a la maldad.

-La voy a encontrar –le dijo resuelto al desconocido sujeto postrado en la esquina-.¡No! Te prometo que lo haré. Sé dónde buscar… ¿Qué?... P-p-pero… ¡NO! –unas imprevistas lágrimas rezumaron entre sus cuencas-. ¡No, por favor! Sé dónde está, te lo prometo… en verdad… no…

El homicida se apoyó en la moldura de la mesa cansinamente, alarmado, y bajó su cabeza para sacudirla como si estuviera decepcionado de sí mismo. Luego de un momento de reflexión, la alzó quedamente.

-Lo siento, no sé cómo resolverlo – inesperadamente volteó el cañón de su escopeta para apuntarse, y sin previo aviso apretó el gatillo. Al igual que su esposa, sus sesos se pegaron a las paredes y al techo. Un chorro de sangre voló por el aire, humedeciendo el suelo y parte de la alfombra. Bruscamente su cuerpo se precipitó, y de su cuello mutilado no pararía de salir sangre como fuente hasta minutos después.

29 de Julho de 2018 às 22:28 0 Denunciar Insira 0
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