Calma Perdida Seguir história

caro-blanca Caro Blanca

Leonardo es un artesano de 43 años al que le han arrebatado sus oportunidades de amar. Paola es una muchacha de 20 años por quien nadie da un peso, pero considerada simpática y trabajadora. Sus vidas nunca de han cruzado hasta el día en que, siguiendo la pista de unos cuatreros, Paola decide quedarse en casa del artesano para vigilarlos. El bosque que los rodea será testigo del inmenso amor que surgirá entre ellos y por el que tendrán que luchar, primero contra sí mismos y luego, contra la sociedad.


Romance Impróprio para crianças menores de 13 anos. © Todos los derechos reservados

#CalmaPerdida #CaroBlanca
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Atrapado


Nació en Coyhaique, una ciudad al sur de Chile donde las lluvias son torrenciales, los inviernos fríos y los veranos (a últimas fechas) calurosos. Una ciudad enclavada en las faldas de una montaña, previo paso por una extensa llanura de pastos que parecieran un mar verde o amarillo al ser mecidos por el viento.

Al ser una ciudad de interior, Coyhaique tiene tres salidas posibles: Hacia la costa por un camino sinuoso bordeado en parte por un caudaloso río, que atraviesa una montaña por un túnel rumbo a Puerto Aysén. Hacia el sur, donde está la capital regional, se interna en las gloriosas postales de Cerro Castillo y sus picos afilados apuntando al cielo. Hacia el norte, rumbo a Chaitén, es el tramo más apreciado para quienes van de paso, pues el camino se sumerge en medio de lo que queda del colosal bosque del sur, frondoso y exuberante, protegido por guardaparques y por Conaf.

En ese lugar creció Leonardo Ramírez, el mayor de cinco hermanos: Daniel, Isabel, Álex y Rafael, e hijo de Pedro y Aurelia. Su padre era profesor de historia y su madre, costurera y dueña de casa. Desde pequeño se dio cuenta de que tenía aficiones diferentes a las de los demás. Le gustaba observar los árboles, el río, salir a caminar a la pradera y explorar las bellezas del privilegiado sitio donde vivía. Nunca le atrajo la capital, tan distante y llamativa para sus hermanos menores, pero tampoco la vida de la ciudad era lo suyo. Los ruidos lo perturbaban y prefería la quietud. Era un joven sencillo, con sueños sencillos. Quería una casita escondida en el bosque, donde cuidaría la naturaleza que lo circundara, y donde trabajaría con lo que ella le obsequiara: Cuando encontraba pedazos de tronco, los tallaba y daba formas, de animales y fantasías.

Guardaba celosamente en una caja estos trabajos. Amaba a sus padres y para sus cumpleaños solía regalarles su pequeño arte. Ellos lo mimaban de vuelta y guardaban las ofrendas, pensando que quizá, se le pasaría al crecer, ocupados en otras cosas, como la crianza, los gastos. Entonces pedían a Leonardo su ayuda en los quehaceres: Ir de compras, cuidar de los niños, vigilar el fuego del horno.

Leonardo era dócil y tranquilo. Obedecía sin dar muestras de rebeldía y seguía en su plácido mundo creativo. A los quince años sobrepasó el metro ochenta y su estatura le daba la seguridad de ser respetado por sus pares y hermanos. Aprendió a amasar la greda, la arcilla y a hacer figuritas con ella. La tierra le daba la materia prima para su creación.

Su padre se resignó a que el mayor de sus hijos no sería profesor y lo alentó a perfeccionar sus técnicas. Leonardo tuvo la oportunidad de aprender de otro artesano afamado de la zona, pero declinó la oferta. Le gustaba aprender solo y en las muestras de la escuela su trabajo siempre era el más aclamado. Quería mejorar su estilo y representar la belleza del mundo que lo rodeaba y del amor que podía sentir por su familia. Con esta idea talló una tabla en bruto hasta conseguir que emergiera de entre las astillas una foto de los siete que la componían, que siempre estaría en el comedor de su hogar de origen.

De anchos hombros huesudos que sin duda se harían más fuertes y protegidos por músculo en unos cuantos años, era un gigante amable de inmensos ojos negros que hablaba muy poco, los labios entreabiertos en lo que parecía una eterna mueca de asombro y el cabello ondulado, largo y revuelto, ocupado en ideas más que de su aspecto personal. Para las chicas resultaba atractivo, pero él, caballero, no las alentaba ni sacaba ventaja de los sentimientos que les inspiraba. El amor no lo apuraba, el sexo menos. En esa plácida sabiduría que tenía, sabía que eran cosas que llegarían con el tiempo. Su padre no lo había presionado, por ende, no pensaba presionarse él.

Tras salir de cuarto medio tenía decidido trabajar como inspector del colegio de su padre y por las tardes ocuparse de su pasión. Soñaba con ofrecer sus creaciones en las ferias costumbristas primero, y tener un negocio después. No era interesado al dinero, pero comprendía que sólo de ese modo podría dedicarse con tranquilidad a lo que le gustaba.

Desgraciadamente para él, Angelina Díaz, su compañera de curso, no pensaba lo mismo.

Leonardo le gustaba, y mucho, pues con su porte y hombría a pesar de su corta edad, era el único hombre que consideraba, a su nivel. Ella no podía estar con otro. Egoísta y siempre en busca de la diversión, lo llamó aparte, durante la fiesta de egreso de todos ellos, y allá le ofreció una bebida. Tenía algo que lo adormeció lo suficiente como para ir con ella, pero no tanto como para no responderle.

Leonardo sintió el cuerpo femenino sobre él, restregándose contra su miembro erecto bajo el pantalón que su madre había cosido especialmente para ese día. Era agradable y Angelina una chica bonita y bien proporcionada. Algo en él le dijo que eso no estaba bien y dudó cuando ella se quitó la ropa interior y empezó a lidiar con su ropa, sin lograr entender del todo lo que estaba pasando, pero luego se dejó llevar. Era su primera vez y le dolió un poco. Angelina arremetería una segunda ocasión y con eso lo elevó al placer.

Nunca supo cómo llegó al dormitorio de ella, sólo que despertó cuando Marcelo, su hermano mayor, los descubrió desnudos durmiendo bajo las frazadas. Lo sacó a golpes de la casa, montó un escándalo y contó a sus padres lo sucedido. Don Pedro y doña Aurelia también se enteraron y en primera instancia se sintieron profundamente decepcionados de su hijo. Leonardo intentó explicarse, pero al final calló al comprender que nadie lo entendía y la situación empeoró cuando Angelina se reportó embarazada un mes después. El brillo de aquellos ojos inmensos como dos luceros negros se apagó cuando firmó el acta civil de matrimonio, obligado por todos, escuchado por nadie.

Angelina no estaba mejor, pues nunca esperó que su arrebato desembocara en tal cosa. Tuvo un niño llamado Osvaldo y sólo entonces Leonardo comenzó a hablarle de nuevo, aún enojado por la emboscada que le había tendido. Para Leonardo su hijo lo era todo, y se decía, por él podía soportar las horas detrás de un mesón de la ferretería del padre de Angelina, vendiendo cosas. Cuando tenía tiempo le tallaba caballitos.

Osvaldo nació con problemas de asma y por eso, Angelina empezó a sobreprotegerlo y a apartarlo de Leonardo, que quería llevarlo al mar, a la cascada, al río, al bosque, para que viera el hermoso mundo como era. Osvaldo creció pegado a las faldas de su madre y Leonardo, mirándolos, en más de una ocasión se preguntó qué hacía él en esa casa. Con su mujer no tenía intimidad y Osvaldo casi no le hablaba. A veces le parecía que Osvaldo era más esposo de Angelina que él mismo.

El día que Osvaldo cumplió dieciocho años, Leonardo tomó sus cosas y se marchó, sin dar mayores explicaciones. Unos días después, Angelina recibió una demanda de divorcio. Se sintió aliviada, tampoco había sido feliz en ese matrimonio y por lo mismo había buscado desahogo en otros brazos, sin embargo, le dio rabia ser ella la que era despreciada y no al revés. Negó su firma, pero Leonardo, paciente, no se hizo problema por eso. Asesorado por un amigo abogado, declaró la fecha de su salida de casa y tres años después el divorcio salió. Fue libre de nuevo con treinta y nueve años.

Su cuerpo se había robustecido y bajo sus ojos se pintaban algunas arrugas y ojeras que los desvelos propios de un padre le dejaron. Había vivido años viviendo la vida que los demás querían, en los términos que ellos decidieron y no la suya. Volvió a tallar, a amasar y a crear, pero su alma estaba fragmentada porque las personas habían dado por sentado que todas aquellas cosas que le pasaron le daban igual, que su condena había sido merecida, que los hombres no necesitaban del amor de una familia, que sólo querían los muslos blancos de una esposa y la cena en la mesa. Que su deber era trabajar y proteger.

Leonardo no creía esas cosas. Él quería amor. Ser abrazado por su bosque, y que alguna vez, un niño corriera hacia él y jugara sin temer a que él "lo enfermara" como Angelina decía. Y quería una mujer que comprendiera que a veces estaba cansado y no quería hablar, sólo estar en silencio con otra persona, comunicándose con sus miradas, con un cariño, con su compañía.

En los años que siguieron consiguió su cabaña en un lugar alejado, y un permiso especial para usar la madera de aquellos árboles que en el bosque habían caído, muertos, con el fin de darles vida. A lo cuarenta y un años uno de sus trabajos fue colocado en medio de una plaza, una réplica a tamaño natural de un majestuoso huemul con su hijo, e incluso un programa de televisión llegó a hacerle un reportaje. Eso le aportó fama y más pedidos, a los que él se dedicaba. Casi no salía de su taller, creció su cabello y su barba la recortaba. A veces lo visitaban sus padres, hermanos e incluso su hijo, por cortesía. A Angelina no la volvió a ver.

Cumplió cuarenta y tres años mirando las estrellas, junto a su horno de barro, cociendo sus artesanías mientras tallaba un perro. Amaba la vida que tenía junto a su río y sabía que eso no lo transaría jamás.





Paola García estaba hasta la coronilla. Otra vaquilla de su abuelo había desaparecido y peor aún, sospechaba firmemente que aquellos huesos que encontró por ahí cerca le pertenecían al animal.

Los robos perpetrados por cuatreros aumentaban dramáticamente cerca de fechas importantes como Año Nuevo o Fiestas Patrias, como ahora que estaba por comenzar septiembre. Siempre había oído hablar de ello y nunca había pensado a su abuelo, con sus dos vacas y sus dos vaquillas como candidatas de hurto, pero así había sido. Y le daba rabia, porque su abuelo se esforzaba cada día en darles de beber, de cuidarlas en el prado y tenerlas tranquilas para poder obtener leche, y hacer queso y otras delicias que vendía en su cafetería.

Paola vivía con su abuelo en las afueras de la ciudad y tenían un pequeño campo colindando con el camino principal y este ya era el segundo robo que sufrían en menos de un mes. En el primero confió en la justicia e hizo la denuncia en carabineros, como correspondía, tras intentar encontrar al animal por sus propios medios. Tal como ahora, sólo dio con los huesos y la sangre medio absorbida por el suelo. Tenía pena, porque sabía que esas vaquitas habían muerto de una manera brutal, posiblemente ni siquiera las habían adormecido para faenarlas y eso la llenaba de un hondo pesar. Sólo les quitaron su carne, para venderla por ahí a los carniceros inescrupulosos que compraban sin preguntar la procedencia.

Y mientras, su abuelo, perdía parte importante de su pequeño ganado.

Llamó a Pitate, su caballo, para que reuniera con ella. No había nada más que hacer y no quería permanecer ahí. Tras montar al animal, miró en torno, constatando que estaba muy cerca de donde encontró los restos la primera vez.

Era un lugar donde la frondosa vegetación escondía lo que sucedía a un lado del camino. Era perfecto para una camioneta, por ejemplo, y para que esos sin corazón faenaran un animal y se llevaran sus restos con ellos.

No tenía ganas de llegar a su casa y darle la noticia a abuelo, por lo que se fue a paso lento, desanimada. Aunque encontraran a los culpables, ¿quién le devolvería la vida a sus vaquitas? ¿Lo invertido en ellas a su abuelito? Paola recordó el día que nacieron las vaquitas, una de ella con dificultades y tuvo que tirar de ella para ayudar a la vaca a parir. Se le hizo un nudo en la garganta.

En vez de tomar el camino principal optó por un sendero que apenas se veía y al llegar a un alto divisó la cabaña. "La casa del artesano", pensó. Se preguntó si él habría escuchado algo de lo que pasó por ahí. En un lugar tan tranquilo se podían escuchar los ruidos desde lejos. Encaminó a Pitate hacia allá, aunque al estar junto a la casa le entró el miedo. Dudaba que el artesano la tomara en cuenta.

En realidad, era un fundamento aprendido. Le parecía que nadie lo hacía.

Leonardo salió al sentir los cascos del caballo. Había estado poniendo un poco de orden a su lugar, porque su padre había anunciado visita. Quería que su viejo lo viera presentable.

—Buenas tardes —saludó a la recién llegada.

—Buenas tardes —saludó Paola, bajándose del caballo como cortesía. De inmediato se arrepintió, al notar lo alto que era, pero no lo dijo —. Encontré restos de un animal faenado allí, junto al camino. Quería saber si usted había escuchado algo.

—Nada. Perdone, pero vengo llegando de Puerto Cisne. Estuve fuera una semana. ¿Dónde dice que están los restos?

Paola le dio las indicaciones, un tanto extrañada. Era la primera vez que hablaba con ese hombre y pensó que sería más huraño, incluso que la molestaría como solían hacer los hombres del sector antes sus preguntas. El artesano no parecía tener ganas de bromear ni de mostrarse superior ante ella.

—¿Avisó a carabineros? No debería estar rastreando usted sola. Es muy solo por aquí.

Sí, lo sabía, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

—Salí a buscar una vaquilla. No esperaba encontrar otra cosa.

—Entiendo. No puedo ayudarla. Lo siento.

—Está bien. Bueno, caballero, me voy.

Leonardo observó a Paola subir al caballo con gracia y agilidad, producto de la costumbre. Le pareció muy joven y no pensó demasiado en ello. Regresó a su cabaña cuando ella se fue.

Paola, por otro lado, seguía con la cabeza metida en el asunto de los cuatreros.

Se fue a la ciudad y de ahí a carabineros, a acusar lo sucedido. De su vaquilla sólo quedaban las vértebras. ¿Qué podían ellos hacer?

—Necesitamos que nos traiga los nombres de las personas o sus características para empezar a investigar.

—¡Pero si sucedió en la noche! ¡La sacaron de nuestro campo! ¡Es obvio que no tengo nada de eso!

—En ese caso, sólo podemos tomar conocimiento de la situación e investigar cuando un hecho similar nos aporte más datos.

Paola volvió a montar a Pitate y se fue, furiosa a su hogar.

Mariano sirvió con manos temblorosas un poco de café a su hijo Martín. Amaba sus visitas y solían conversar en un apartado de la cafetería que el mayor regentaba. Martín era guardaparques de la Reserva Nacional de Coyhaique y ese su día libre. Le gustaba dedicárselo a su padre y a sus hijos.

Se enteró del asunto de la vaquita y no le gustó nada.

—¿Y dónde está Paola? —preguntó.

—Dijo que iba a rastrear a ver si la encontraba, pero ese asunto está malo. Yo creo que ya la perdí. Anda mucho cuatrero.

Paola apareció por la puerta, con el cabello mal tomado en una trenza después de cabalgar toda la tarde. Traía una manta de lana cubriendo desde su nariz a su pecho.

—¡Estos pacos de porquería no sirven para nada! —entró reclamando, y pareció pararse en seco cuando vio a Martín, sus ojos iluminándose—. ¡Hola, tío!

—Hola, mi pequeña. Me contaba tu abuelo que te las estabas dando de detective.

—Pero es que no tenía de otra, pues tío. Estos pacos de miércale no hacen nada. Pura estadística. Quieren que les de prácticamente la dirección de los cuatreros para recién empezar a moverse. ¿Pa' qué les pagan?

Los hombres la miraron con indulgencia mientras reclamaba y les contaba por dónde había andado. Paola era una mujer joven, de veinte años, que no pasaba el metro sesenta y a quien, prácticamente, habían criado entre ambos.

Mariano y Martín parecían cargar una maldición. Ambos sufrieron la pérdida de sus esposas y más tarde, de sus únicas hijas. Sólo varones componían la familia, donde Paola era la excepción.

El padre de Paola abandonó a su madre al saber del embarazo y ésta último falleció tras darla a luz. Por eso Mariano y su esposa se hicieron cargo de la pequeña, y el resto de los varones del clan familiar, como el mismo Martín y su hijo mayor, Ignacio. Éste último siempre fue muy atento hacia las necesidades de la menor, la sacaba de paseo, la mimaba y jugaba con ella. El problema fueron los doce años de diferencia que se llevaban, por lo que Ignacio decidió marchar a los dieciocho años a Puerto Montt para estudiar veterinaria. Paola, de seis, quedó desconsolada.

No había conocido el amor de sus padres biológicos y por ende no los extrañaba, pero cuando Ignacio se fue, lloró sin parar varias semanas. Desde luego, para las vacaciones y fechas importantes Ignacio volvía y Paola era la imagen misma de la felicidad, buscándolo y quedándose siempre a su lado. Él siempre le traía dulces o pequeños regalos, porque también la tenía en sus pensamientos.

Conforme creció Paola, idealizó a Ignacio como el hombre perfecto. Aquel que siempre la amaría, el más valiente, el más confiable. El atractivo físico también ayudó a instalarlo, en definitiva, en las fantasías de la joven, pues su cabello claro y sus ojos verdes vivían colándose en sus sueños. Ignacio era un muchacho tranquilo y reservado, que nunca llegó con una novia a la casa, por lo que Paola soñaba en secreto que era porque esperaba que ella acabara de crecer. No le importaba que fuera su primo, el amor siempre podía sobreponerse a ese tipo de parentescos y ella sería su mujer. Así debía ser.

Con esas ideas esperaba con ansias el día en que cumpliera su mayoría de edad. Ignacio terminó sus estudios y regresó a su ciudad natal a buscar trabajo en una clínica y a hacerse cargo de las vacas del abuelo y del caballo. Una mañana, con quince años, Paola lo miraba inyectar a Estrella, la yegua que tenían entonces, cuando Mariano se acercó a ella.

"Es un gran muchacho Ignacio. Quiera Dios que la mujer que le toque sea buena también, trabajadora y, sobre todo, educada. No hay nada que enamore más que una mujer inteligente."

Ese comentario, hecho con inocencia y buenos deseos, fue un certero golpe para la autoestima de Paola. En la escuela tenía dificultades colosales y, de hecho, había pensado seriamente llegar hasta octavo y no estudiar más. En ese momento cursaba séptimo básico, en circunstancias en que la mayoría de los niños pasaba por esa etapa a los doce años. Había repetido en tres ocasiones cursos anteriores.

"Son las letras. Son las malditas letras", se decía. No las comprendía, le costaba entender el modo en que se enlazaban y formaban una palabra, un concepto. Por eso fallaba en todos los ramos, por eso sus profesores la calificaban mal.

Sus primos y tíos solían burlarse de esta falla en ella, sin detenerse a pensar en que podía haber algún trastorno detrás. Una profesora le prestó atención a Paola cuando tenía once años y la derivó a un especialista para que la evaluara, pero Paola nunca fue a esa cita, porque su abuela falleció justo ese día y luego, nadie tuvo cabeza para preocuparse de ella. Ni siquiera ella misma.

Por eso a los quince años supo perdido el amor de Ignacio, pero no por eso dejó de amarlo y de soñarlo. No perdía nada si insistía, si le mostraba sus mejores virtudes. Dejó de intentarlo en la escuela y le dio al abuelo, ya jubilado y aburrido de la vida, la idea de la cafetería para ofrecer a los turistas las tartas que sabía hacer. Servían leche con chocolate, té, café y deliciosos sándwiches. Paola se ocupaba del aseo, de servir las mesas, de pintar, de hacer pequeños arreglos, de cuidar las vacas, de arreglar los cercos, de limpiar la casa.

Tenía mucho trabajo y era diligente en todo. Liberada de los estudios se sentía más contenta y libre de ir y venir, siempre con una sonrisa, siempre animada. Los primos seguían llamándola "porra", dándole a entender que era una tonta para los estudios, y ella lo aceptaba sin cuestionar, pues consideraba que eso era como decir que el cielo era azul. No se daba cuenta, así como los demás, que había sido juzgada sólo por ser incapaz de "cumplir" en un aspecto de su vida y no notaba que tenía bastante sentido común, una sensibilidad especial para conectar con los demás, una memoria excelente para recordar lo que le decían y una inteligencia especial para resolver los problemas cotidianos con eficacia e inmediatez. Era ingeniosa, divertida, podía interpretar el clima con sólo mirar el cielo, seguir un rastro y saber de qué animal era y anticiparse. Los animales se daban bastante con ella y por eso cuando las vacas se perdían su abuelo la mandaba a ella a buscarlas, porque sabía que a su llamado dejarían de correr a donde quiera que fueran y volverían a casa.

Así y todo, seguía siendo la prima tonta que no pasó de octavo. Todos recordaban su "fracaso", pero nadie reconocía ni uno solo de sus aciertos, aunque por lo menos, la querían bastante y la cuidaban mucho.

—¿Ignacio no vino con usted, tío? —dijo Paola quitándose la manta ante el calor del interior.

—No, mi chiquilla. Se quedó atendiendo un parto medio complicado ahí donde el Gutiérrez chico. Parece que la cría viene atravesada.

—Pero todo salió bien —dijo Ignacio, contento, entrando a la cafetería. Los ojos de Paola se iluminaron y lo saludó con un prolongado abrazo. Luego de un día como ese, necesitaba algo que la hiciera feliz e Ignacio era el indicado. Muy a su pesar lo soltó para que saludara a los demás.

Un par de turistas entraron a la cafetería, atraídos por la leche con chocolate que se ofrecía y Paola los atendió. Cuando regresó con los hombres, Ignacio la miraba, severo.

—No debiste ir a buscar la vaquilla tú sola allá, tan lejos. Te pudo haber pasado algo y nosotros sin enterarnos.

—Si no había nadie, no más ese caballero artesano que vive por ahí.

—¿Te topaste con Leonardo? —preguntó Martín.

—No sé. No le pregunté el nombre. Era un señor grandote —dijo Paola, haciendo un gesto con la mano elevada por sobre ella—, pero dijo que no había visto nada porque andaba en otro lado. ¿Usted lo conoce?

—Claro que lo conozco. Es el hermano mayor de Rafael, mi yerno.

Ignacio asintió. También conocía a Leonardo y a su hermano Rafael. El hombre que se casó con su hermana y que enviudó al poco tiempo. De la pena, se había ido a instalar a Santiago.

Pero bueno, esa es otra historia.

Paola regresó junto a los clientes para llevarles otro pedazo de tarta de manzana y luego, para su desconsuelo, vio a Ignacio y a Martín preparándose para irse. Corrió hacia ellos.

—¿Ya se van?

—Sí, mi chiquilla. Mañana tengo que estar temprano en el trabajo.

—Pero tío, los árboles van a seguir ahí mismo donde están, y el río. Nadie se los va a robar.

Martín rió con la ocurrencia. Hombre delgado, de rostro curtido por las inclemencias del tiempo y de los sufrimientos, amaba su trabajo y la soledad que lo rodeaba. Tal vez, por eso, simpatizaba con Leonardo. En realidad, lo hubiera preferido a él de yerno en vez de Rafael, aunque estaba casado entonces.

—Ignacio, tú acabas de llegar. ¿No quieres un té?

—Voy a encaminar a mi papá, no más. Luego volveré, porque tengo que hablar con el abuelo.

Paola se quedó a solas con Mariano cuando hasta los clientes se fueron y le contó con más detalles lo que había visto y las conclusiones que había sacado. El recuerdo sólo volvió a enfurecerla.

—Déjalo como está. Nada puede hacerse.

—¿Cómo que nada? Nos robaron dos vaquillas. ¡Dos! Las desollaron vivas, usted ya sabe cómo trabajan esos infelices.

—Pero, aunque los encuentres, no nos las van a devolver y tú puedes exponerte a un gran peligro. Paola, los que andan robando están dispuestos a todo. Deja esto hasta aquí. Si lo que quieren es carne, nuestras vacas ya están viejas, no les servirán.

—Esos ya saben que de aquí pueden sacar animales y no les importará volver. Deberíamos guardar las vacas en el establo, mejor.

El sol ya se había ocultado y hacía frío, pero resuelta, Paola salió a la oscuridad para buscarlas. Llevaba una linterna y dio con las dos que tenían. Las encerró, les dejó forraje y regresó a la casa. Ignacio estaba allí, hablando con el abuelo.

—... por eso he pensado que podría arreglar el ala de la casa que ya no se ocupa e instalar ahí una clínica. ¿Qué piensa? Obviamente le pagaré el arriendo.

Paola escuchó claramente, y entendió otra cosa.

—¿Vas a vivir aquí?

Ignacio la miró con esa bondad que siempre le mostraba.

—Sí.

La felicidad de la joven se disparó, saltando por toda la cafetería. Mariano la observó un rato y sonrió.

—Creo que, si digo que no, esa chiquilla me va a matar. Por supuesto que puedes instalar aquí tu clínica. Ya vas a ver que tendrás muchos clientes y ese tonto del Salomón se arrepentirá de haberte echado de la suya.





Paola se levantó temprano como siempre, hizo algunas labores y al mediodía paró, para rehacer su trenza. Se sentó al sol y cepilló su cabello castaño, abundante y liso, que le llegaba a la cintura.

—No entiendo por qué insistes en trenzarlo si es tan bonito —dijo Ignacio al pasar con un tablón para hacer una reparación. Llevaba tres días allí, adecuando el espacio para su clínica y Paola era absolutamente feliz con él en casa. Sus palabras le parecieron un perfecto piropo y se sonrojó. Se tomó el cabello y lo siguió.

—Ignacio, dime, ¿por qué con treinta y dos años sigues soltero?

Ignacio se detuvo brevemente y siguió con su quehacer.

—Tal vez porque no ha llegado la indicada.

—¿Y qué debe tener la indicada?

—Pues... —pensó un poco mientras clavaba la tabla a la pared—... debe ser una mujer valiente. Sí. Muy valiente, que no tenga miedo a nada, dispuesta a enfrentar lo que sea si ella cree que está en lo correcto.

Durante sus años de estudios, Ignacio había conocido el amor en Puerto Montt, pero la mujer a la que quería no se atrevió a amarlo. Por eso para él el valor era una cualidad esencial.

—Una vez el abuelo dijo que debía ser una mujer educada la que fuera tu señora.

—No importa lo que sepa si no sabe querer —repuso Ignacio, distraído, dando de martillazos. Paola sintió que esa ilusión que siempre había tenido estaba a punto de materializarse.

Mariano la llamó a la cocina y tuvo que dejarlo. Por la noche fue a encerrar a sus vacas y les deseó dulces sueños. A la mañana siguiente fue su vecina, doña Chepa, quien reportó la pérdida de un novillo.

Doña Chepa vivía al lado de ella y tenía una hija que era la mejor amiga de Paola. Con Blanca, Paola conversaba y se divertían cuando tenían tiempo. Blanca estudiaba en un instituto de la ciudad para ser contadora y Paola la admiraba por entender los números y esas cosas. El novillo que tenían lo habían vendido a una familia que lo faenaría para Fiestas Patrias y el dinero lo habían gastado en la educación de Blanca. La señora estaba desconsolada.

Paola montó su caballo a pelo y cabalgó hasta el lugar donde suponía, encontraría los restos, y no se equivocó, aunque le costó un poco más dar con ellos. Su furia se elevó a límites insospechados.

Se iba a retirar cuando vio una camioneta entrar al sendero. Una Chevrolet Silverado de finales de los noventas, traía un trozo de tronco en la parte de atrás y debía pesar lo suyo por cómo se cargaba en la cola. Le enterró los tobillos a Pitate en las costillas para plantarse delante del vehículo, por lo que Leonardo tuvo que frenar abruptamente y se bajó muy enojado.

—¡Qué le pasa, señorita! ¡No ve que los pude haber atropellado!

Llevaba una vieja gorra de béisbol, de la que sobresalía su cabello ensortijado, y la barba crecida Chaqueta gruesa café, jeans gastados y sucios, y zapatones, de esos con punta de fierro. Paola lo miró despectiva desde la altura que le daba su caballo.

—¿Y usted? ¿Me va a decir que tampoco estaba aquí anoche?

—No, pues. ¿Y qué le tengo que estar dando explicaciones?

—Pues sí que me las tiene que dar, porque anoche mataron a otro animal aquí, cerca de su casa y usted que ni se entera.

Leonardo no entendía nada, sólo que estaba agotado tras lidiar todo el día anterior, la noche y esa mañana con un inmenso árbol que cayó sobre el río, sólo para lograr traer un pedazo. Necesitaba comer algo antes de volver a por el resto.

—Aunque hubiera estado aquí, no puedo controlar lo que sucede a un kilómetro y medio de mi casa, pué. En vez de reclamarme a mí, vaya a carabineros y a mí deje de molestarme.

—Ese animal era de doña Chepa y ahora, por culpa de los ladrones ella está endeudada y no puede pagar el costo del novillo.

—Bueno, lo lamento harto, pero ese no es mi problema.

—¡Claro que debería serlo!

Leonardo, tan pacífico, empezó a perder la paciencia.

—¿Sabe qué? Nunca he sido muy amigo del alambrado, pero si sigue metiéndose, así como así en mi propiedad, voy a terminar cercando aquí para no verla más.

Paola lo miró con odio.

—Usted es un completo inútil.

Se dio la media vuelta y se marchó. Fue a la comisaría a reclamar y a exigir protección, pero al salir sintió que no la habían tomado en cuenta. Una vez más la policía le pidió más datos, a pesar de que ella le dio las señas del lugar donde habían faenado a los novillos para que fueran a investigar. Al final regresó a su casa triste, y buscando una solución para lo de su vecina, que ya había empezado a vender otros animales que tenía, como cerdos y pollos para hacer la suma de lo que le habían pagado por el novillo.

Se quedó pensando en Leonardo. Vivía cerca de donde se perpetraban los crímenes y no hacía nada por evitarlos o por identificar a los culpables. Eso de que había salido no se la creía, porque si había algo que había escuchado del artesano era que solía ser muy solitario, un ermitaño que no salía de allí. ¿Y si estaba coludido con los cuatreros? Quizá tenía por ahí, en su refrigerador, alguna pierna, quién sabía.

Al día siguiente le habló de esas cosas a su abuelo y a Ignacio, quienes le pidieron que no se involucrara más en el asunto, pero Paola no podía. Se habían metido, de manera indirecta, con su mejor amiga y eso no podía dejarlo pasar. Las recomendaciones de los varones sólo aumentaron su malestar.

—¿Saben qué más? Si ustedes se piensan quedar de brazos cruzados es su asunto, pero no mío. Voy a encontrar a esos tipos y llevaré todos sus datos a la policía, les voy a hacer el trabajo si es necesario para que esto termine de una vez.

En un descanso tomó a su caballo y tras cuarenta minutos de trote, llegó a la cabaña de Leonardo. Éste amasaba arcilla, porque tenía ganas de hacer unas vasijas, cuando la vio venir.

Elevó los ojos al cielo y se preguntó qué querría. Paola se bajó del caballo esta vez, tras saludarle.

—Le vengo a pedir perdón por lo de ayer y le vengo a pedir un favor.

—Usted dirá.

—Quiero que me deje acampar en su propiedad. Quiero atrapar a los delincuentes y...

—Oiga, oiga, oiga, ¿acaso usted está loca? Esos tipos le pueden hacer algo...

—No me harán nada, porque no me verán. Me esconderé, les sacaré fotos, o algo, y llevaré esas pruebas a los pacos. No hay otra opción y sé que pronto vendrán de nuevo, así que tengo que estar aquí.

—Pero acampar afuera es un suicidio. Hace mucho frío y se puede enfermar.

—Dicen que las carpas aíslan el frío...

—Eso es hasta por ahí no más. Señorita, mejor váyase a su casa. Usted no tiene una idea de lo que es que a uno le caiga una helada encima.

—¡No! Me quedaré y si no me quiere dar permiso, no me importa. Se lo pediré a su vecino...

Leonardo pensó en Vicente. No era una buena idea pedirle cosas a él. Estaba loco... y le gustaban jovencitas.

—Va a ser lo mismo. Donde instale la carpa va a pasar frío.

—Entonces déjeme dormir en su casa —dijo Paola decidida.

—¿En mi casa? Ah, no, pué. No es lugar para una mujer.

—Probemos, entonces. Déjeme quedar unos días con sus noches, después no volverá a saber de mí.

—Pero...

—Le puedo traer tartas, de esas que hace mi abuelo, son las mejores.

—Señorita...

—Además soy muy hacendosa. Estoy segura de que manejaré muy limpio su cuchitril.

—¿Cuchitril? Oiga, no ofenda.

—Entonces en eso quedamos. Vendré esta misma noche a quedarme.

Leonardo vio, con desespero, como esa situación se le salía de las manos.

—Oiga, pero si no puede.

—Claro que puedo, si usted todavía no me ha dicho que no.

Eso era razonable. Leonardo la iba a mandar a freír espárragos cuando Paola se subió al caballo y se marchó, en su cara brillando la pura felicidad. Quiso pensar que se trataba de una broma de mal gusto, quizá quería asustarlo por la rabia de lo sucedido a los animales. De verdad quiso pensar en eso, pero, dos horas después, Paola llegó con un bolso para quedarse, tras una colosal pelea con Mariano e Ignacio que, lógicamente, no la quisieron dejar ir.

De hecho, Paola llegó con Mariano en una camioneta, quien quiso hablar con Leonardo para presentarle sus respetos y luego pedirle disculpas por lo metida que resultó su nieta. Y por lo insolente, autoritaria y bruta.

Finalmente, tras hablar los tres durante un largo rato, resolvieron que Paola se quedaría, pero sólo dos semanas. Eso, porque Leonardo tendría que asistir a una feria costumbrista de Villa O'Higgins y no quería dejar sola a Paola allí. Acordaron eso.

—Entonces, ¿dónde dormiré? —dijo ella al quedarse a solas con él. Habiéndose criado entre hombres, le pareció natural instalarse allí con él. Leonardo se rascó la cabeza, aún con el delantal manchado de arcilla encima.

—Ehh... vivo solo y entenderá que no tengo cuarto de invitados. Venga. Sígame.

Paola entró a la cabaña, descubriendo que era sumamente sencilla. En un espacio estaba una mesa para comer, una cocinilla y un refrigerador, además de otros muebles. Del otro lado había una cama de plaza y media. Todo estaba mucho más ordenado de cómo lo imaginó, pero, en efecto, no había un sitio donde ella pudiera dormir. Ni siquiera un televisor.

—No importa. Me acomodaré. Traeré mi cama, por último.

En la cabaña había un altillo con una ventana enorme por donde se filtraba el sol. Leonardo recordó que tenía algunas colchonetas en la bodega y ropa de cama.

—Ahí podría dormir —señaló. Paola apreció el espacio, pero estaba a dos metros del suelo.

—¿Y si me caigo?

Suspirando, Leonardo salió y volvió con cuatro trozos de madera y una escalera, y sin decir nada, improvisó una baranda. Dejó la escalera en su sitio y Paola miró su nuevo lugar. No podía creer su suerte y, considerando que había molestado demasiado, se ofreció ella a hacerse cargo de eso para que Leonardo retomara su trabajo.

Puso las colchonetas, la ropa de cama tras ventilarla y dejó su bolso de ropa a los pies. Amó la ventana, porque pensó, podría ver desde allí todo lo que pasaba en la dirección precisa de los cuatreros. Era cierto que el lugar estaba a un kilómetro y medio, pero si ponían luces o llegaban en vehículos, ella podría darse cuenta.

Mientras, Leonardo trabajaba afuera, bajo su galpón. Dos semanas. Sólo dos semanas y se libraría de esa pequeña bruja. Terminó sus vasijas y preparó el horno para cocerlas. Luego de un rato encendiendo el fuego respiró de esa paz que tenía su lugar. ¿Qué podía salir mal?

No contaba con que Paola ya tenía bastante de esa paz y quería conversar.





Fin capítulo 1.

Notas de autora:

Hola. Sólo aclarar algunos modismos que tuve que poner, sí o sí, porque la historia se ambienta en Chile.

Acá nuestra policía se llama Carabineros, es largo y las personas, de manera coloquial o grosera, decimos "pacos"

"Miércale" es una forma de decir Mierda, para que no suene tan fuerte.

La muletilla de Leonardo, "pué", es una forma abreviada del "pues".

Gracias por leer.

26 de Julho de 2018 às 01:34 0 Denunciar Insira 0
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