mavi-govoy Mavi Govoy

Iba a ser una excursión de un par de semanas, pero se transformó en algo más.


Fantasia Épico Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Sobre las nubes


Diario de senderismo. Día 1

4 de septiembre de 2023.

Punto de partida: el valle de Las Batuecas

Objetivo: alcanzar todas las cumbres de la sierra de Francia y la sierra de Béjar.

Somos cinco montañeros experimentados y tenemos dos semanas por delante para conseguir el mejor reportaje fotográfico de la fauna y flora del parque natural de Las Batuecas.

Emprendemos la marcha antes de las 8:00 horas por un camino forestal que pronto deviene en cortafuegos entre robles, hayas y pinos. La señalización brilla por su ausencia, no es una ruta para inexpertos, estamos en una reserva de la biosfera, zona de nidificación de la cigüeña negra, el águila imperial y real y el buitre leonado, entre otras, y no se dan facilidades para acceder y deambular por la zona.

Tiempo seco y soleado, viento racheado de oeste a este de intensidad moderada. Vistas espléndidas del valle.

Sin incidencias dignas de mención.

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Diario de senderismo. Día 2

Amanecemos antes de las 6:00 cuando una familia de garduñas intenta robarnos las provisiones. Espectacular reportaje fotográfico de una de ellas saboreando los calzoncillos de Ginés.

El tiempo se mantiene estable, seco y soleado. Las rachas de viento son ocasionalmente fuertes.

Avanzamos por caminos de montaña, señalizados con hitos de piedra y estacas. En general todo el recorrido es escarpado, sin tramos en los que dar descanso a las piernas. No hay carteles ni avisos y algunos trechos discurren por terreno poco firme, con riesgo de desprendimientos.

Ginés ha sufrido una caída desde cierta altura, por suerte sin otra consecuencia que unos cuantos moratones.

Además de las garduñas, hemos conseguido filmar tejones, corzos, mangostas, alimoches, buitres y jabalíes. Los más abundantes son los cuervos.

A medida que ascendemos el paisaje se hace inmenso.

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Diario de senderismo. Día 3

Tiempo nublado, viento moderado, temperaturas en descenso.

Hoy descendimos uno de los picos hasta el collado de la Portilla Bejarana.

Por el camino tropezamos con dos machos cabríos, dos genuinos cabrones que nos obligaron a refugiarnos en lo alto de un peñasco y quedarnos lo más quietos y mudos que nos fue posible. Los cuervos, que nos siguen para saciarse con nuestros desperdicios, boicotearon nuestro intento de pasar desapercibidos.

No sé qué hubiésemos hecho si los cabrones hubiesen decidido escalar hasta nuestra posición, por suerte se aburrieron, se cagaron bajo nuestras narices y se marcharon. Las imágenes de ellos que hemos obtenido, impresionantes.

El paisaje que nos rodea también espectacular: a un lado la sierra de Béjar, la del Castillo, la cuenca del río Alagón, el embalse de Gabriel y Galán y las llanuras cacereñas, al otro lado la sierra de Francia y las Batuecas.

Hemos estado en La Orconera, un mirador fascinante con un nombre un poco raro, quizá el mal genio de las cabras montesas dio a los lugareños la idea de tal nombre.

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Diario de senderismo. Día 4

Más nublado que ayer, menos viento.

La niebla serpea por el bosque de robles, hayas y castaños y crea figuras fantasmagóricas. El aroma y los sonidos han cambiado. Se escuchan cucos, mirlos, petirrojos y búhos, y también berreos y graznidos, pero además el viento silba y a ratos se diría que canta, tiene cadencia.

Hemos descubierto algunas tallas toscas en los enormes pináculos de piedra granítica que adornan el paisaje, y un par de acumulaciones de rocas de apenas un metro de alto en forma de iglú. Los alisos que las cubrían las hacían casi indistinguibles, son como casitas de juguete, con chimenea y todo.

Miguel nos ha amenizado el día con su insistencia de que ha visto a un par de hombrecillos diminutos montados a horcajadas sobre un verraco.

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Diario de senderismo. Día 5

Hemos sobrepasado la cota de las nubes, que se extienden a nuestros pies como una alfombra blanca.

Me tiembla la mano al escribir, espero que la letra sea legible.

Esta vez no ha sido solo Miguel, todos lo hemos visto. Una enorme culebra peluda de cabeza cornuda aparecía y desaparecía entre las nubes. Boni insiste en que era un dragón; un estornino no era, eso seguro. Y una cigüeña negra, tampoco. Jorge opina que debe ser alguna campaña publicitaria, pero ¿aquí? ¿perdida en mitad de la nada? Y Gines se decanta por una expedición secreta de extraterrestres. Fuera lo que fuera, era algo grande.

Avanzamos más rápido ahora que estamos sobre las nubes y ha vuelto el sol y la luz.

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Diario de senderismo. Día 6

7:15 de la mañana. Madrugón como cada día para filmar los alrededores. Hoy vamos a explorar unas cuevas.

19:40 horas. Estamos vivos, los cinco, aunque Boni tiene raspones por todo el cuerpo y Jorge ha perdido casi todo la melena…

Será mejor que lo cuente desde el principio y con todo el detalle necesario, aunque me exceda más de lo usual en un diario de montañismo.

Esta mañana nos metimos en una cueva. Está muy bien escondida, se abre en el suelo, bajo una gran roca y defendida por zarzas que tuvimos que apartar para abrirnos paso, dudo de la hubiésemos encontrado de no ser por nuestros amigos los cuervos.

Como tantas cuevas, parecía que solo iba a ser un pasillo largo y de no más de un metro de ancho, aunque decorada con pinturas y grabados, no las típicas tonterías de Menganita corazón Fulano, sino escenas de caza y tal que nos hicieron pensar que eran realmente antiguas.

Tras un estrechamiento en el que Boni se quedó atascado un par de veces (está a régimen, pero aún no se le nota) y tuvimos que arrastrarlo a empellones y tirones, desembocamos en una gruta amplia de esas en las que la luz del móvil no alcanza a la pared opuesta y los sonidos rebotan y levantan ecos.

La gruta parece un lugar encantado. Tiene estalactitas y estalagmitas y las paredes son azules, veteadas, desde vetas tasi blancas a otras casi negras. Nos desperdigamos, felices de la vida, para ver y palpar todos los rincones. Incluso Boni se olvidó de los raspones causados al desatascarlo y se lanzó a la aventura.

Entonces empezaron a pasar cosas.

No he contado que desperdigadas por el suelo de la gruta había unas cuantas rocas blanquecinas y grandes como autocaravanas. Pues de improviso, en una de las rocas se encendieron los faros, es decir, abrió los ojos, rojos y brillantes. Jorge fue el primero en advertirlo, los demás de lo que nos dimos cuenta es de que empezó a soplar algo.

«Fuosss, fuoossss, fuoosss» sonaba a nuestro alrededor, desde arriba, desde abajo, desde todos lados.

Y también percibíamos sombras saltarinas que escapaban del alcance de nuestras luces.

«Fuosss, fuoossss, fuoosss».

La gran piedra de ojos rojos se elevó sobre cuatro patas recias como columnas, se sacudió de encima unas cuantas estalagmitas que crecían sobre su lomo y abrió una bocaza mucho más grande que un buzón de correos.

«GGGGGGRRRRRRRRRRR», bostezó y embistió hacia delante, sin sortear obstáculos, dudo que los viera, pero no importaba, a su paso las estalactitas más largas y las estalagmitas sucumbían rotas y aplastadas.

Naturalmente salimos en desbandada y el ruido de nuestra carrera se sumó al «fuosss, fuoossss, fuoosss» que sonaba por delante y por detrás de nosotros, sobre todo por detrás. Me avergüenza decirlo, pero corrimos de un lado a otro como pollo sin cabeza, no sé cuántas vueltas dimos, yo solo quería escapar, pero Miguel y Ginés tomaron algunas fotos y el barullo provocó que más de aquellos mastodontes de roca se removiesen.

Para colmo de males empezaron a llover avellanas y bellotas sobre nosotros. Y cada golpe dolía un montón. La parte buena fue que casi todos los mastodontes se decantaron por las bellotas y así conseguimos alcanzar la pared y seguirla hasta localizar el pasadizo estrecho.

Es decir, Boni dio con él y volvió a quedarse atascado. A continuación llegamos los demás y embestimos contra él para hacerle avanzar. El último fue Jorge. La mole blanca de ojos rojos estaba a un paso cuando se metió por la raja. No le dejó sin cabeza de chiripa, pero le dejó sin melena. La tenía bastante larga, era, lo que se dice, un melenudo; ahora podría aprovechar el corte de pelo para hacer la mili.

No paramos de correr, a trompicones, hasta salir de la cueva, que fue el momento en que nos dimos cuenta de que no salimos al mismo lugar en el que entramos un rato antes.

Comenté antes que nuestra cueva, la que nos descubrieron los cuervos, se abría en el suelo. El agujero por el que salimos ahora daba a una cornisa en la ladera de un monte. Miguel, que había adelantado a Boni en cuanto el pasillo se ensanchó un poco, casi se despeña y baja rodando hasta un valle cubierto de flores amarillas en el que pastaba una manada de unicornios de un blanco deslumbrante.

¡Unicornios, sí!

Y eso no fue todo. En la ladera del monte, bien cerca del agujero por el que surgimos en tromba, se alzaban cientos de hongos de sombrero rojo y pie blanco en los que destacaba como un puñetazo la presencia de puertas, ventanas y chimeneas. Y había enanitos, de esos de gorro rojo y barbas largas, que se apresuraron a meterse en sus casitas hongo y atrancar las puertas desde dentro.

En cambio, los trasgos, si eso eran, no se escondieron, sino que salieron de la cueva detrás de nosotros y nos rodearon. Eran verdes, flacos y solo nos llegaban a las rodillas, pero tenían cara de dolor de muelas, es decir, de franca mala leche. Y nos superaban en número en cantidad apabullante. Algunos de ellos manejaban hondas que hacían girar sobre sus cabezas. Sonaba «fuosss, fuoossss, fuoosss». Y llevaban bolsitas con piñones, avellanas y bellotas,

Nos echaron un broncazo tal que todavía me duelen las orejas.

Tienen una voz chirriante, al principio no les entendimos nada, pero poco a poco les fuimos cogiendo el tono, sobre todo Jorge, que tiene facilidad para los idiomas y se ha convertido en nuestro traductor.

Resulta que los trasgos son algo así como la brigada defensora del valle encantado. Lo normal es que nada ni nadie dé con la cueva que conduce hasta el valle, pero si alguien la localiza, solo ve un pasillo estrecho, nadie había llegado antes a la gruta de los mastodontes de piedra por el simple hecho de que los trasgos, que los pastorean, los reparten estratégicamente para tapar el acceso a la gruta y también los otros pasillos que parten de la gruta y llevan al valle perdido.

Y, por lo visto, los mastodontes suelen dormir durante varios lustros sin moverse. Pero en esta ocasión uno de ellos se cambió de lugar sin que los trasgos se percatasen y así nosotros llegamos adonde no tendríamos que haber llegado y vimos lo que no tendríamos que haber visto y ahora sabemos de la existencia de lo que no deberíamos saber que existe.

Y ahora nos tienen retenidos mientras deciden qué hacer con nosotros. Nos han encerrado en una casita, desde la ventana se ven árboles de hojas rosas que silban y agitan las ramas como si fuesen brazos, y bandadas de hadas pequeñitas como gorriones. Por cierto, la casita dónde nos han encerrado es de chocolate, turrón y caramelo. Boni ha mandado el régimen a paseo, y los demás colaboramos con él desinteresadamente y de mil amores. Todo está buenísimo, los muebles, los cuadros, las cortinas… Y además nos han dejado un licor (de bellotas).

Brindo a la salud de estos duendes.

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Diario de senderismo. Día XXX

Por la mañana. Hora supuesta, sobre las 10:00 (No sé qué ha sido de mi reloj).

Supongo que fue el puñetero licor.

Ni siquiera recuerdo haberme dormido. Los demás tampoco.

Escribo mientras mis compañeros recogen lo que se pueda salvar.

Nos hemos despertado en un paraje desconocido. No había casita de chocolate, ni árboles silbadores, ni prado de flores de oro, ni unicornios, enanitos, hadas o trasgos, era un paisaje normal con arbustos normales y piedras corrientes.

Nuestro equipaje estaba revuelto y desperdigado. Y deteriorado, muy deteriorado. Cuando emprendimos esta aventura tuvimos en cuenta la necesidad de transportar un pequeño generador eléctrico que nos permitiera recargar los móviles y las cámaras de vídeo, pero se ha agotado el combustible, lo que es raro, porque quedaba más de la mitad, el generador está oxidado y roto como si tuviese cien años, lo que tampoco entiendo, los móviles sin batería y sin cobertura…

Adelantamos el retorno a la civilización, regresamos ya mismo, tenemos una historia alucinante que contar.

26 de abril de 2067. Por la noche.

Alucinante, desde luego, pero los que hemos alucinado somos nosotros.

Retomo este diario de viaje por última vez.

Estamos en el año 2067. Han pasado casi cuarenta y cuatro años desde que iniciamos nuestra expedición de solo un par de semanas. Nosotros seguimos siendo jóvenes, no hemos envejecido, pero el mundo ha cambiado, nuestras familias y nuestros conocidos han cambiado.

Hemos regresado a un mundo que nos es casi tan extraño y tan ajeno como el que descubrimos cuando ascendimos sobre las nubes y decidimos entrar en aquella cueva.

15 de Maio de 2024 às 19:20 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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