Gruta en el Cerro Seguir história

jgrauleder1757 Joel Grauleder

La corta narración de un fotógrafo y su experiencia con una habitación que parece extraída y lejana de las ataduras de la realidad.


Horror Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#paranormal #terror #bodyhorror #suspenso
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A los reunidos escuchando mi relato, aclarado quede primero. No me detendré, ni en consideración de los muy escépticos para tomárselo en serio, ni en la de los que se descubran demasiado blandos para terminarlo. Ahora, con eso en mente, ¿Qué se puede decir de la labor de un fotógrafo? ser un buen fotógrafo significa hacer lo que sea para seguir siendo uno, aunque a veces eso signifique hacer de conserje, un buen fotógrafo sigue siéndolo mientras cargue su réflex donde quiera que valla. Ese día era otro día como fotógrafo, me contrataron para hacer enfermería en un destartalado asilo al lado del cerro Benedictino. La única credencial que exigían era un tapabocas, guantes de látex y pocos escrúpulos, ¿qué tan pocos? Menos de los que aún me quedaban, pero algo debía de comer, y para comer en algo debía trabajar, inclusive si después de este trabajo no me bajaría comida por el esófago en una semana entera, además, tenía como siempre, la esperanza de encontrar algo que recompensara mi tiempo de manera más cuantiosa una vez me pudiese encerrar en el cuarto de revelado. Mi primera impresión fue que allí no encontraría nada que justificara un disparo de mi lente, salas comunes y corredores abarrotados de rostros arrugados, aguardaban pacientemente el momento en que no tuvieran más momentos, ninguna pasión, ninguna sonrisa, la belleza se había escapado entre la silenciosa resignación y la melancolía.

El trabajo fue exactamente lo que me esperaba, formé una pequeña brigada con otros dos desconocidos y visitamos las habitaciones de los ancianos encargándonos de asearlos uno por vez. Recoger la basura, remplazar las sábanas pegajosas, darles un baño y llenar una forma escrita sobre su condición general. Dependiendo del nivel de autonomía que conservase cada viejo, podía tornarse en una tarea increíblemente nauseabunda, algunos aprovechaban la visita principalmente para hablar cuanto podían de sus vidas en los diez minutos que tardábamos en llenar la forma, mientras que otros, se limitaban a yacer a merced de su incapacidad para seguir existiendo humanamente, estas brigadas no eran un procedimiento de todos los días, la acumulación de residuos en algunas habitaciones podían tornar la atmósfera en un vapor de irrespirable pestilencia. Deslicé la cámara fuera de mi mochila y disparé una rápida ráfaga de fotografías a la habitación de un anciano en estado especialmente catastrófico, la iluminación, sin embargo, parecía nada menos que inmaculada. Siempre existía la posibilidad de que alguien se interesara por ese tipo de imágenes, la miseria humana termina con frecuencia encontrando hordas de voraces espectadores.

Después de un día entero cumpliendo el desagradable oficio, empecé a respirar con mayor tranquilidad, estábamos cerca de terminar, y por suerte, la mayoría de las habitaciones restantes estaban desocupadas, una inspección rápida y sacudir el polvo, acabaría otra penosa jornada de mi vida, otro cheque calcinado por mil deudas, otra fotografía para conservar el título que protege lo restante de mi dignidad, el de fotógrafo, la pequeña barrera distanciándome de un futuro sin alma, ese diagnosticado en la curvatura de mi espalda, cada vez más similar a cualquiera de las que me pasé frotando apresuradamente durante ese día.

El sol empezaba a descender tras el cerro, nos aproximamos a la última alcoba de la lista, en el piso superior del edificio, separada de las otras por un larguísimo corredor sin ventana o puerta alguna en sus costados. La iluminación del estrecho pasillo se limitaba a una línea de débiles focos que apenas alumbraban. Alcanzamos la puerta de la habitación, entrecerré mis ojos para protegerlos del cambio repentino en la luz, me hallé con una amplia recámara inundada por un ruido mecánico que se repetía en bucles constantes, el estado de este dormitorio incitó inmediatamente mi curiosidad. Los rostros de mis compañeros parecieron no inmutarse por el contraste y continuaron limpiando sin prestar ninguna atención, ¿qué limpiaban? No tengo idea, el piso de mármol estaba encerado y reluciente, las superficies de los cajoneros de pino sólido eran mantenidas sin una partícula visible de polvo, lámparas de brazos largos y estilizados sostenían brillantes bombillas que bañaban las blanquísimas paredes con una cálida luz amarilla. Una habitación bajo tan meticuloso cuidado me pareció más la intersección con otra dimensión que se había extraviado dentro de este, un edificio cuyas paredes, a causa de la corrosiva humedad, se descascaraban con el menor contacto. Pero allí existía ese espacio enrarecido donde un solo paciente, una mujer se postraba con infinita serenidad en el medio de todo, sobre una cama de refinadas molduras y suaves sedas abullonadas con fragancias frutales, sin ninguna pista del mecanismo que continuaba produciendo el misterioso sonido, en la habitación no había absolutamente nada con aspecto de equipamiento hospitalario.

No me di siquiera cuenta del momento en que los otros dos hombres abandonaron el cuarto, creí escuchar que me llamaban para que los siguiera, los ignoré, completamente absorto en la irrealidad de mi entorno, los creí locos por omitir tranquilamente el desmesurado misterio en la existencia de ese lugar. Me concentraba fijamente en el rostro de la mujer, la única parte expuesta de su cuerpo, llamarla atractiva sería cuando menos generoso, aunque se veía joven, su pálida tez carecía completamente de vitalidad bajo la densa base intentando cubrir las imperfecciones de su superficie. El rojo en sus labios era un carmín incapaz de disimular las grietas en sus comisuras, las cejas estaban cuidadosamente delineadas, pero carecían del volumen para distinguirse de un dibujo preparado por manos hábiles, inclusive sus pestañas, largas y femeninas, un esfuerzo postizo por encubrir las reales. De sobre su frente se extendía una larga cabellera marrón que alcanzaba a caer por el borde de la cama, tenía un brillo, color y textura reminiscente al de la mejor de las muñecas, y como el de sus contrapartes, daba una impresión igualmente artificial.

Tras unos minutos de admirarla, sin argumentos para discernir la zozobra que su presencia me evocaba, caí en la cuenta de que, si bien su pecho se movía ampliamente, su rostro permanecía perfectamente estático con cada compresión de su diafragma. Cada hebra de mi sensatez gritaba que me largara, que ya había visto suficiente de lo que fuera esto y que mi curiosidad me llevaría de allí a la ruina en un instante, pero soy un fotógrafo, y si alguien se lo pregunta, uno bueno.

Empecé a halar el cobertor, para descubrir el torso del misterioso ser posado ante mí, este estaba cubierto con una larga bata rosa con cintas decorativas blancas, la distancia entre sus hombros era angosta, apenas más ancha que su cabeza. Su pecho parecía carecer de cualquier estructura, todo su tórax parecía desinflarse e inflarse al ritmo de una bomba neumática, debía ser una construcción humana, utilería para un set de filmación o el hobby de un loco adinerado, negaba la posibilidad que bajo toda esa tela existiese lo remanente de una persona real, desempaqué mi cámara, con el ojo en el visor y un dedo en el disparador, algo me detuvo.

Observé a la mujer algunos minutos con la cámara fotográfica colgando de mi cuello, dudando si debería presionar el botón del obturador, las manos de la mujer me detenían con una fuerza inexplicable, observaba aquellas manos tendidas apaciblemente a sus costados, eran unas manos perfectamente humanas, manchadas por el sol, arrugadas por el tiempo y debilitadas por la enfermedad, ¿qué historia contaría una fotografía de aquella dama? Sería sin dudarlo, la historia de un perturbado interrumpiendo el tranquilo sueño de una desdichada convaleciente, quise culpar al cansancio por un pequeño lapsus de psicosis, igual no pude evitar el sentirme despreciable.

Me acerqué a la indefensa señora y, retirándome los guantes de látex, tomé su mano derecha con un suave apretón, estaba congelada, su respuesta fue una suave exhalación que emitió un hálito poco agradable, nada extraño en un cuerpo enfermo. Pensé que después de todo era muy afortunada, ser cuidada con tanto esmero a pesar de su estado, tal vez estaba oculta para evitar la envidia de los otros, menos favorecidos. Ya había importunado suficiente a la desconocida con mi presencia, la arropé con el cobertor que antes le había arrebatado y me despedí excusándome por molestarla, no se había amainado completamente ese extraño sentimiento de inquietud que la escena me inspiraba, solo fui sobrepasado por sensibilidades que consideré, de momento, más importantes. Todavía debía cruzar el largo corredor y bajar varios pisos, me apresuré temiendo que la oficina del director ya hubiera cerrado, irme sin la paga por ese aborrecible trabajo, “eso si es terror verdadero” le dije a mis adentros.

No fue mucho antes de estar allí nuevamente, en el mismo asilo, uniéndome a la brigada de salubridad, aquella ocasión, acompañado de un punzante dolor en la cadera, un mal paso al descender una banqueta ¿Así de frágil me estaba haciendo? fueron tres semanas desde la última visita, las fotografías del anciano en estado de abandono se usaron para un artículo del periódico local, una denuncia que apenas si causó polémica, un par de billetes que me alivianaron el ánimo por un par de días.

Cómo era de esperarse, otro día terrible empeorado por una cadera acalambrada, más espaldas sucias y arrugas que estregar, lo único rescatable de la jornada fue un frasco de naproxeno en pastillas, la reserva personal de un veterano bastante conversador que se resolvió a regalármelas tras verme cojeando. Las habitaciones asignadas a mi nuevo grupo se encontraron todas en los pisos inferiores, sobra decir que no tendría que volver a encontrarme con el misterioso cuarto, de alguna manera lo lamenté, el pensamiento fue recurrente en el transcurso de esas semanas, la mujer en la habitación, ¿era impactante de manera auténtica o simplemente me dejé llevar por un delirio? Necesitaría volver para poder comprobarlo. Debí abandonar la idea, sin el trabajo como excusa sería aún más vergonzoso el andar husmeando en la privacidad de la dama enferma.

No me aguantaba más la cadera, finalizamos el papeleo para el último de los ancianos y Cobré el cheque, solo restaba largarme de allí. Planeaba bajarme el naproxeno con un buen trago de whisky, eso seguro me espantaría el dolor. Cuando alcancé la escalera no pude sino titubear, la duda presionaba con más fuerza que las terribles punzadas que parecían ya adueñarse de todo mi costado derecho. Sé mejor que nadie, la necesidad toma con frecuencia decisiones propias, eso no cambiaba el hecho de que evitaría volver a ese asilo como si evitara la plaga misma, era un trabajo que se hacía una vez y se odiaba por el resto de la vida, ya había excedido mi cuota con regresar una vez más, era potencialmente mi última oportunidad, deshacerme de la duda o soportarla indefinidamente, la decisión pareció sencilla, solo aplazaría la idea del whisky unos cuantos minutos, me baje un par de pastillas en seco y comencé mi camino hasta el piso de arriba.

Creía recordar bien el pasillo que conducía a la habitación, supuse que solo había empeorado con la conciencia de que yo, probablemente, no debería estar allí. Las paredes más estrechas, el trayecto más largo, la iluminación más tenue, pero no me había torturado subiendo cuatro pisos para regresarme sin una respuesta, camine recto y sin vacilar hasta alcanzar el cerrojo, afortunadamente estaba sin asegurar, golpeé un par de veces en caso que hubiese alguien dentro, sin ninguna respuesta, empujé lentamente, adentrándome a una sensación espeluznantemente familiar, no podía ser solo la obvia discrepancia de este lugar con el mundo a su rededor, existía algo más, algo inexplicable, no era el sonido, ni el lujo, ni la limpieza, ni la iluminación, ni él aroma, ni siquiera la mujer, que puesta en medio de un pabellón hospitalario especializado no era más que otro paciente. Era el conjunto completo, un todo que simplemente no podía existir en ningún espacio de la realidad, sentí el peso de la incertidumbre aplastándome, lo único que esperaba era desmentir mis impresiones anteriores y continuar con lo tranquilo de mi existencia, en este punto no deseaba ni mirar nuevamente la figura postrada en el centro, solo quise descansar unos minutos antes de convencerme que sin importar qué, esa sensación me acompañaría sin nunca disiparse. Di algunos pasos rodeando la cama y resolví sentarme en la esquina más alejada de la mujer, dándole la espalda, ni bien me descargué por completo en el suave colchón, pude escuchar un fuerte clic, algún tipo de mecanismo había iniciado su marcha accionado por mi peso.

Un rápido salto, presa del pánico, acabé sentado en el suelo a un par de metros de la cama, esta vibraba con un intenso chirrido de engranajes, me petrifiqué, lo que había en la cama se estaba moviendo, empezó por desprenderse de su cabellera, la larga melena permaneció en su lugar como si fuera otro adorno de la sábana, el rostro simplemente comenzó a elevarse, el cubrecama caía al frente separándose del torso en ascenso, no un ascenso como el de una persona que se levanta, la cabeza se erguía con una velocidad y aumento de inclinación constante. El vestido que cubría desde el cuello se abrió con el crujido del velcro, exponiendo una garganta agostada que oscurecía de tonos en su descenso hasta terminar en los negros remanentes de dos clavículas, sostenidas en su sitio por la simple armazón tubular de soporte que ya se dilucidaba.

Bajo las clavículas apareció un saco ovoide de cuero curtido, con una válvula de paso en su parte inferior y diferentes conexiones cableadas distribuidas simétricamente y concentradas a un punto común central en la sección frontal. Me revolvía el intestino, el aire circulaba a través del bofe artificial, hinchándolo, hasta que un chiflido repugnante lo desinflaba, contrayéndose a una fracción de su tamaño alrededor del largo poste de metal corroído que continuaba sosteniéndolo en su recorrido hacia arriba. El espacio que aquello abría con su elevación, lo ocupó gradualmente un objeto esférico negro emergiendo del colchón, en este convergían los innumerables conductos y cables que en su otro extremo se enterraban en la parte posterior de aquella carcasa humana.

Un seco impacto y las luces parpadearon, la carcasa se detuvo, el alto poste ligeramente curvado que la erigía pareció dejar de moverse unos grados antes de alcanzar la verticalidad. Restaba una última cosa, una que mis ojos se obstinaban a reconocer, balanceándose como un péndulo, conectadas a la juntura entre las clavículas y el saco de cuero por un largo manojo de manguerillas, dos manos muy humanas iban y venían, tan humanas que se movían intentando asirse de algo a pesar de estar recortadas a la mitad del antebrazo, unas manos que antes me habían convencido de mantener aquel horror enterrado, en ese momento, solo me encolerizaban porque lo habían hecho con un engaño. ¿Qué hice después? Lo mismo que cualquier otro, cualquier buen fotógrafo está claro, grité como un loco, y entre cada grito, sacaba una fotografía. La cámara se movía tanto que, de todas las imágenes, solo una o dos fueron distinguibles tras el revelado.

Cuando se me acabó la película y de paso el aire en los pulmones, pude escuchar los intentos de esa cosa por hablar “V-visita, hoy n-no día visita” su voz era un grave susurro casi masculino, tragué saliva y me acerqué un poco, detallando con repulsión lo intrincado del mecanismo que parecía animar el movimiento de esa abominación. “¿¡Qué es esto!?” exclamé con el más genuino asco, “Quién, no c-cosa”. No tengo idea de mis acciones si eso no hubiera respondido, si tan solo se hubiera callado y permanecido allí inmóvil como algún pertrecho bizarro al que odiar en silencio, pero sus palabras me llenaron de una resolución que sobrepasaba cualquier duda, disolviendo todo rastro del miedo con una claridad absoluta.

Puse con cuidado la cámara de vuelta en su estuche, todo en la habitación misteriosa del piso más alto en el asilo junto al cerro Benedictino me dejó de intrigar, no emití un sonido más, sostuve ambas manos, aquellas manchadas por el sol, arrugadas por el tiempo y recortadas a la altura antebrazo, esperé con paciencia a que la inercia de su balanceo y la intranquilidad de sus movimientos se detuvieran completamente antes de soltarlas. Alcancé el cortaplumas de mi bolsillo, sabía que algo tan complejo sería extremadamente fácil de sabotear. 

24 de Junho de 2018 às 03:35 0 Denunciar Insira 0
Fim

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