mavi-govoy Mavi Govoy

A veces, la mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todos.


Ficção científica Futurista Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#laciudaddelcielocuantico
Conto
5
984 VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

Más allá de la realidad


Casilda se hizo a un lado para dejar salir del montacargas a una nueva remesa de turistas ataviados con pantalones cortos, calcetines, deportivas o sandalias, gorra, camiseta de colorido estridente y gafas con cámara de fotos incorporada.

Era sorprendente lo poco que había evolucionado la estética del turista desde el siglo XX. Ahora casi todos llevaban gafas “inteligentes”, con navegador, traductor y demás aplicaciones consideradas imprescindibles para la vida moderna, y solían pagar aplicando su huella sobre el dactífono, pero su indumentaria era casi la misma de dos siglos atrás, aunque en la actualidad los tejidos eran, en su mayoría, biogenerados en laboratorio, forma elegante de reconocer que eran 100 % sintéticos.

Un par de turistas la miraban con insistente descaro. En las ciudades aéreas había dos clases sociales bien diferenciadas, los poderosos y los operarios. En la primera década del siglo XXII se transformó en norma social que los primeros vistieran con tonos claros y los segundos llevasen rastas y ponchos abigarrados. Casilda era una operaria, y para los turistas terranos su atuendo era exótico.

En cuanto pudo se escurrió dentro del montacargas que la bajaría a la superficie, donde discurría su jornada de trabajo. Las ciudades aéreas, poco más de treinta en todo el mundo, eran un exitazo turístico y gracias a ello mejoraba la modesta economía de los operarios, pero aunque consideradas un prodigio tecnológico, dichas ciudades no podían ser demasiado extensas, no más de tres kilómetros de circunferencia, y tampoco podían elevarse mucho sobre la superficie. Eran monumentales, eso sí, edificios hermosos con frisos y cornisas, balcones y tejados adornados con gárgolas, calles peatonales, plazas con arbolado y zonas ajardinadas.

Vivir en una de ellas era sinónimo de estatus y riqueza, todos los prebostes mundiales poseían una o más residencias en alguna ciudad flotante… y también una legión de criados y operarios que hacían que todo funcionase.

Pero las infraestructuras eran complejas. El alcantarillado era una pesadilla, el cableado eléctrico y la red de tuberías eran demenciales y los depósitos de agua y biocombustible un dolor de cabeza. Lo que pocos sabían es que a ras de suelo, por cada ciudad flotante había una planta de tratamiento de desechos biológicos.

El trabajo de Casilda era controlar el correcto trasvase de la materia combustible, eufemismo para indicar que se ocupaba de conectar las largas mangueras de vaciado del alcantarillado de la ciudad aérea al depósito de la central de biocombustible que había debajo.

Había tareas peores, como resolver las averías en el alcantarillado. Ella solo tenía que vigilar el flujo de mierda y el llenado del depósito de la central. La ciudad producía muchos desechos, pero la central era insaciable y en el depósito siempre había cabida para más de lo que entraba, se transformaba y se devolvía a la ciudad convertido en la energía que la mantenía ingrávida y en la electricidad que alimentaba sus sistemas.

Como todos los días, Casilda comprobó las mangueras dos veces, se cercioró de que los desechos fluían sin atascos y que la capacidad disponible en el depósito casi duplicaba la masa total que la computadora central de la ciudad había calculado que entregarían ese día. Las cifras de capacidad y masa total oscilaban de un día para otro, pero variaban poco. Después se acomodó en el habitáculo del depósito, donde estaba ubicado el cuadro de mando que permitía seguir el ritmo de llenado.

Unas semanas antes, Casilda había descubierto que el cuadro de mando no solo daba información sobre el depósito y las mangueras, también permitía acceder a datos de generación de combustible y energía. Y el día anterior había visto información de consumo sobre un plano de la ciudad flotante. Le resultaba entretenido averiguar qué zonas y edificios de la ciudad eran los que más consumían y viceversa. No fue sorprendente descubrir que los centros oficiales eran los más consumistas, mientras que en dónde menos consumo se realizaba era en la barriada donde se amontonaban los operarios que no vivían como internos en las residencias de los poderosos.

Pero había un punto en el plano con un consumo disparatado, quintuplicaba el del segundo lugar de demanda de energía de la ciudad, que era nada menos que el motor de suspensión. Y lo más desconcertante fue que no era un error. Casilda examinó las gráficas de energía producida y consumida de los dos últimos años, y la única manera de que las cuentas cuadraran era teniendo en cuenta el enorme consumo de aquel minúsculo punto del plano perdido en uno de los parquecillos de la ciudad.

En cuanto acabase su turno de trabajo, arrastraría a Vega a ese parque.



En sus planes, Casilda no contaba con Tomás ni con Ozzi, pero allí estaban los cuatro.

Vega, su gran amiga, era una cocinera excelente y una gran persona, pero también era difícil de contentar, tenía facilidad para ligar y aún mayor para desligar, ninguna relación le duraba más de un par de semana. Con Tomás ya llevaba doce días, lo que se aproximaba a la definición de prodigio, aunque algo ayudaba el hecho de que Tomás fuese bombero y estuviese de muy buen ver. Y Ozzi era el último animalito descarriado rescatado por Vega.

Era un gato… más o menos. Maullaba, pero tenía manitas habilosas de monito. Sin duda, era fruto de algún experimento genético, y casi seguro que se hubiese fugado de un laboratorio.

Los cuatro estaban en el parque, plantados ante el obelisco que se alzaba justo en el puntito del mapa señalado como el gran consumidor de energía de la central.

—¿Qué es lo que buscamos? —preguntó Tomás, sobre cuyos hombros se recostaba Ozzi.

—¡Cómo que esto consume energía! —exclamó Vega casi a la vez—. No suena música, no habla, no tiene luces, no se mueve, no saca fotos, no te da helados, no hace nada que requiera energía, solo es una roca cubierta de simbolitos raros.

—Me parece que se llaman pictogramas —aportó Tomás.

Casilda no estaba dispuesta a rendirse sin batallar.

—Quizá tenga un compartimento secreto que se abre si se presiona en el lugar correcto —sugirió. Y empezó a palpar los pictogramas.

Nadie aportó una idea mejor, y poco después todos, incluso Ozzi, manoseaban la vetusta y polvorienta mole de roca.

Los alertó un maullido de aprensión. Con la cola convertida en plumero y el lomo erizado, Ozzi saltó para esconderse en los acogedores brazos de Vega. Ellos tres tardaron aún un poco en percibir el sonido y un instante más en advertir que el obelisco temblaba. De repente los pictogramas empezaron a desplazarse, subían, bajaban, se corrían a la derecha o a la izquierda. Y se desdibujaban. Con una rapidez pasmosa, el obelisco entero se volvió de cristal transparente para, a continuación, recuperar la apariencia de piedra en algunas zonas, no en todas.

En donde volvía a haber piedra, los pictogramas parpadeaban; las zonas transparentes permitían ver que el interior del pináculo contenía una maqueta tridimensional del universo, o quizá una película, porque la escena se desplazaba.

—¿Qué es esto? —bisbiseó Vega.

Calsilda no tenía ni idea, pero vio claro que tenía que actuar ya si no quería dejarse apartar del descubrimiento, fuese lo que fuese, porque aunque no había mucha gente en el parque, algunos paseantes se habían dado cuenta y se aproximaban, y entre ellos había dos con espectaculares trajes blancos.

—Tomás, retén a la gente. Di que puede ser peligroso —musitó. Y quiso la suerte que él no discutiese, sino que se aplicase con entusiasmo a hacer lo solicitado.

Vega y ella, con sus rastas y sus ponchos, solo hubiesen despertado la condescendencia de los trajeados, Tomás también lucía rastas en el pelo, pero su ropa azul tormenta lo identificaba como bombero.

Despejado un perímetro de seguridad alrededor del obelisco, Casilda y Vega se miraron entre ellas.

—¿Ahora qué?

La respuesta tenía que estar en los pictogramas. Casilda apoyó la manos sobre uno cualquiera… y el movimiento del universo encerrado se aceleró, atravesaron una nebulosa, esquivaron meteoritos, entraron en un sistema planetario alrededor de dos soles, dejaron atrás un par de planetas gaseosos y penetraron en la atmósfera de un tercero.

—¡Guau! —fue todo lo que pudo decir Vega, que pocas veces se quedaba sin palabras.

Sin pensarlo, ella presionó sobre otro pictograma.

De inmediato, el movimiento descendente por entre las capas gaseosas del planeta se detuvo para a continuación salir despedido de vuelta al espacio. La imagen abandonó el planeta, el sistema de dos soles y posiblemente recorrió media galaxia espiral hasta acercarse a un nuevo sistema planetario.

—Es como un montacargas, ¿no? Solo que a otro nivel —dedujo Vega—. Aquí no pulsas el botón de la planta a la que quieres ir, sino del planeta al que quieres llegar.

La imagen dentro del obelisco atravesaba la atmósfera azul de un planeta y se acercaba a una selva de hojas naranjas y amarillas.

—Una puerta estelar, me parece que te refieres a una puerta estelar —dijo Casilda.

Tras ellas, los curiosos no dejaban de sacar fotos, grabar vídeos y pasarlos a sus conocidos.

—Y ¿por qué nadie sabía de su existencia?

—Quizá porque el científico que diseñó la primera ciudad aérea murió antes de poder contarlo, sus ayudantes continuaron adelante con el piloto, pero había cosas en él que nadie entendía. De todas formas…

—¿Qué? Si maquinas algo más, hazlo pronto, cada vez hay más curiosos y Tomás no va a poder retenerlos indefinidamente.

Casilda recorría los pictogramas con la mirada. Si estaba ante una puerta, tenía que haber una forma de abrirla.

Algunos pictogramas todavía se desplazaban, algunos emitían un brillo suave, otros parpadeaban.

La imagen mostrada por el obelisco penetró en la selva y cambió su movimiento descendente por otro lateral. Iba muy rápido, apenas daba tiempo a apreciar el paisaje. Llegó a un río; cerca de la orilla, dentro del cauce, había un banco de arena. La imagen se detuvo sobre él.

Entonces, uno de los pictogramas se iluminó en verde.

Casilda detuvo su mano junto antes de posarla encima, pero si algo caracterizaba a Vega era la impaciencia. Empujó la mano de su amiga sobre el pictograma.

El cristal transparente desapareció y el sonido, el olor y el viento de un mundo desconocido se precipitó fuera del obelisco.

Y Ozzi se lanzó dentro.

Iba con correa, como imponía la normativa de mascotas, así que Vega tiró y lo sacó, pero no antes de que Ozzi metiese las manos en el agua. Trajo consigo unas piedras de río y una caracola hexagonal. Pero eso lo descubrieron más tarde. En ese momento, lo único que querían era dejar el monolito como antes.

Por suerte, los pictogramas eran bastante intuitivos. Uno de ellos se había mantenido estable en el mismo sitio pese a los casi incesantes cambios de lugar de todos los demás. Casilda intuyó que los pictogramas se ordenaban una y otra vez en función de la probabilidad de que fuesen necesarios en cada situación, de modo que los que previsiblemente serían más usados estuviesen más próximos al usuario del visor espacial o puerta estelar.

El símbolo que se mantenía imperturbablemente a su alcance representaba una cabeza que hablaba junto a un receptor de sonido. No se perdía nada por probar.

Lo presionó y dio la orden.

—¡Cierra la puerta! ¡Cierra el acceso!

Funcionó.

Después ordenó al obelisco que volviese al estado de reposo. Y también funcionó, aunque no de forma inmediata, en esta ocasión una voz etérea le pidió que concretase en qué nivel de reposo debía quedar. Y eso forzó a Casilda a averiguar cuántos niveles de reposo tenía programados y qué implicaba cada uno de ellos.

Para entonces el parque estaba lleno de curiosos. Los operarios eran los más abundantes, pero cada vez llegaba más y más gente importante con sus impolutas vestiduras blancas y sus aires de ordeno y mando.

Eso les favoreció. Se apartaron poco a poco y se alejaron sin que nadie los detuviese, los poderosos con frecuencia parecían incapaces de distinguir a un operario de otro. Pero al día siguiente todos las redes sociales y de noticias mostraban imágenes del monolito y de ellos tres. Incluso de Ozzi.

El alcalde los llamó a su despacho. Por el camino hubo más fotos y también intentos de que hiciesen declaraciones para tal o cual medio.

En las ciudades aéreas la gente pudiente se desplazaba sobre pequeñas plataformas voladoras, los demás iban a pie. Casilda, Vega y Tomás intentaban abrirse paso entre el mar de curiosos cuando apareció lo que parecía una flota entera de voladoras de lujo que apartaron a la muchedumbre y rodearon a los tres amigos.

La voladora más grande, una semiesfera blanca y opaca, se abrió y de ella salió una mujer de porte regio que sobre su impecable ropa clara lucía el collar del colegio de abogados.

—Doña Casilda Muñoz, doña Vega de Castro, don Tomás Valverde, soy Regina Alcañiz, su abogada. Por favor, suban a la voladora.

—¿De qué abogada me habla usted? —soltó Vega, impulsiva como siempre.

La mujer sonrió.

—De la que viene incluida con la herencia multimillonaria del difunto señor Bórnez.

—¿De quién? Yo no conozco a ningún…

Casilda dio un codazo a Vega.

—El inventor de las ciudades aéreas, el mismo que diseño el obelisco —le explicó.

—Pues lo que yo decía, nunca le conocí.

Regina se acercó más a ellos y bajó la voz.

—Ni él a ustedes, pero en su testamento dejó ordenado que todos sus bienes fuesen a parar a quién activase su último juguete, la puerta a otros mundos.

Hubo un momento de estupor, que Regina aprovechó para empujarlos hacia la voladora.

—No sabemos quién ni cómo activó el obelisco —objetó Casilda en un conato de resistencia.

—Yo sí —dijo, rotunda, la abogada.

—Pues díganoslo —pidió Tomás, que ya se había acomodado dentro de la máquina.

Regina cerró la puerta antes de volver a hablar.

—Fue el gato-mico ese que tienen ustedes quien lo hizo. Pero será más simple si ese pequeño detalle no trasciende. Oficialmente ustedes tres son los herederos. Y ahora iremos a ver al alcalde y aclararemos la situación, porque hay pocas cosas que el dinero y una buena abogada no puedan resolver.

8 de Abril de 2024 às 13:19 0 Denunciar Insira Seguir história
5
Fim

Conheça o autor

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

Comente algo

Publique!
Nenhum comentário ainda. Seja o primeiro a dizer alguma coisa!
~