scotophobin Bruno Viturro

Dos amigos de toda la vida con ganas de probar cosas nuevas. Una chica lo bastante ingenua para pensar que la muerte es lo peor que pueda ocurrirle y algo a punto de ser invocado.


Horror Literatura monstro Para maiores de 18 apenas.
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Carroñero

Creía que conocía a mi amigo Julen.

Creía. Es obvio que no lo hago. Ni lo he hecho nunca. Es obvio que no conoces a alguien hasta que pasa algo como esto.

Yo creía que estaba de coña. Es que Julen es así. Que nunca sabes por dónde te va a salir.

Y hoy salió con pentagramas, sangre y chicas.

Mi reacción no fue distinta a otras veces. A veces Julen sale con cosas así para provocarme.

Lo cierto es que nunca he podido entender del todo cómo funciona su cableado. Y como siempre parece que todo lo que te dice carece de importancia o lisa y llanamente es una condición normal del planeta que todos-malditos ignorantes-deberíamos saber,

pues te pilla con la guardia baja. Y entonces…entonces estás perdido.

Es como yo. Que ni estudia ni trabaja. Solo que él lo hace con un arte y estilo muy particulares.

Siempre haciendo algún cursillo que deviene en cualquier cosa menos en empleo.

No sé cómo se lo monta. Es un artista de la inconcreción. Un cursillista de tomo y lomo.

Aglutina diplomas, títulos, conocidos, sitios…Pero siempre está a las colas del paro.

Así que trabaja lo justo y vuelve a holgazanear.

El no lo llama así. Lo llama ver el mundo desde fuera.

Desde la elevada atalaya del cóndor.

Trabajar ofusca y le impide ver el puzle completo desde fuera.

El mundo laboral narcotiza la mente y la aleja de la verdadera naturaleza de sus estudios.

Dice que tiene no seque patología que le impide adaptarse. Cooperar con otros. Estar en sociedad.

Joder, ¿Y quién no tiene alguna hoy en día?

Yo sin ir más lejos soy amigo de este tío.

Su vida es una sucesión de feas mazorcas de hormigón gris donde se imparten talleres. La mitad de ella. La otra mitad la conformó el mismo. Llenándola con su absurda cosmogonía de libros raros y páginas web de dudosa legalidad.

Cuando se trata de Julen, la palabra absurdo alcanza profundidades imposibles.

Supongo que solo trato de excusarme por haberme dejado arrastrar de nuevo a su absurdo.

No es que esta vez tuviera que hacer gran cosa. Yo nunca tengo que hacer gran cosa.

Parece que la inmensa mayoría del tiempo basta con escucharlo y no oponerse. No poner trabas a su pensamiento errático. Una autopista de la demencia sin resaltos, badenes ni controles de ningún tipo.

Bregar a través de su caos. Puede que ese sea el verdadero motor de la amistad. Puede que el verdadero loco sea yo y no el.

Dice que ha descubierto el lenguaje secreto de los grillos y las ranas. El los llama sus liturgias lunares.

Le pregunte que decían. Atraído por el magnetismo de una premisa tan descabellada. Y dijo que era un puto vago de mierda.

Que aquello era un abuso de nuestra asociación. La palabra amistad no entra en su diccionario.

Supongo que le parece demasiado vulgar y anodina.

Me dijo que todo el mundo quiere el conocimiento sin pagar el peaje de los trámites necesarios para adquirir dicha sabiduría.

Sabiduría. Hablaba del chirrido de los grillos y el croar de las ranas. Y aunque aquello hubiera tenido que despertarme como poco una sonrisa, vosotros no lo teníais de frente con esos ojos brillantes como teas. Aquellos ojos daban la impresión de quemar como unos agujeros en la pantalla de una chimenea. Antes de dejaros arrobar por la connatural ridiculez de todo el asunto, imaginad que vuestro amigo, un niño de 30 años ha estado yendo por las noches a los pantanos con un impermeable, una linterna y un micro de alto alcance. Acuclillado entre los juncos. Escuchando a las cigarras y las ranas por horas y horas como quien agudiza el oído en la plaza de un país extranjero. A aquella locura, añadirle que la luna en lo alto (así lo aseguró el) parecía removerse con ademanes sinuosos y desasosegantes. Como un calcetín sucio hinchado de gusanos por dentro. Al borde de la eventración.

Pasado un tiempo, llego a comprender el lenguaje de la propia luna. Las ranas y los grillos tienen tratos con la ella.

Grandes tratos. Importantes tratos. Y, lisa y llanamente el ser humano está fuera de ellos. Los anfibios son potentados que para no llamar la atención se recubren de lodo en lugar de caros esmóquines.

Pero en realidad odian el barro. Lo detestan. Les gustan el lujo y las joyas. Sobre todo unas buenas sortijas en sus dedos palmeados.

Dice que cuando la Luna y las ranas consumen el trato, se erguirán del lodo y heredarán la tierra. Julen no es muy buen dibujante, y eso de alguna manera dota de una ambigüedad turbia a sus esbozos. A medio camino entre pinturas rupestres y lo que dibujaría el recluso de un penal psiquiátrico.

¿Cuánto mostró Julen de aquellos dibujos? Suficiente. Y cuando se trata de Julen, suficiente es demasiado.

Sospecho que los peores siguen inéditos en un cajón.

El que me enseñó mostraba a un sapo trajeado hundiendo las manos en la marquesina de una cuna de bebe. La cara de la madre era una cosa demudada en la que la boca y los ojos eran grietas negras de angustia. En el segundo dibujo el sapo levanta la criatura por encima de la cabeza como si fuese un trofeo o una bota de vino al tiempo que abre la boca desmesuradamente.

Y luego hay un tercer dibujo.

Y un cuarto.

En el quinto los patucos del bebé patalean como piececillos fetales de ratón en en el buche de una serpiente.

Y entre dibujos y escuchas secretas en la húmeda oscuridad de los pantanos es como Julen encuentra el aliño que le falta a su vida.

Ese lunático y yo vamos juntos desde primaria. Pero nada de lo vivido durante estos años habría podido prepararme para algo así.

Dijo que era hora de echar una canita al aire.

Lanzarle un globo sonda a todas esas zorras que nos miraban por encima del hombro. Un mensaje.

Yo repliqué que para lanzar una canita al aire hace falta la aquiescencia de la chica y que eso (como bien sabía él) nos dejaba a ambos automáticamente fuera de la ecuación.

El sonrió de un modo que no me gusto nada, impropio de él, y me dijo que no me preocupara por eso. Que el permiso era para los mediocres y eso se había acabado para nosotros.

El papel de tarado inofensivo no había sido más que una vieja piel de serpiente que había llevado por demasiado tiempo. Y era hora de una mudanza.

Dijo que la chica seria de las que cooperarían. Que ahí residía el gran secreto sobre las chicas: Que todas eran de cooperar. Solo había que cerciorarse de hacerles una oferta que no podían rechazar.

Y que dicha oferta no tenía nada que ver con dinero, fama o yates.

Que llegada la hora de la verdad no solo eran todas de cooperar sino también bastante conformistas. Aun si ellas se consideraban todo lo contrario.

Eran bellas durmientes andantes. Y nosotros la ventana abierta que arrojaba un frío vendaval contra sus cuerpos destapados. La noche heladora devolviéndolas a la realidad.

Yo le mire, renuente. En mi carnet de identidad y en el del propio Julen venia algo bien distinto. Más anodino. Pero estaba harto de ser anodino y no tener efecto en nadie ni en nada así que le seguí el juego. Convencido de que, como todos, tendría la mecha muy corta.

Julen dijo que bastaba con amenazarlas con quitarle aquello que tan arrogantemente daban por sentado. Podía ser cualquier cosa:

Un dedo. Una teta. Un ojo. Incluso una oreja y ¡Voila! Adiós toda ambición.

Bromeaba, claro. Debía estar bromeando. Nunca le habíamos hecho daño a nadie.

— ¡Atento!—Me dijo

Regla número uno de un tiburón de las ventas:

Hazles una oferta que no puedan rechazar.

Y dicha oferta no podía hacerse en la calle.

Todas las ofertas que hiciésemos en vivo y a la vista de todos serian rechazadas.

Primero tenías que asustar a la persona. Matarla de miedo hasta anular todo lo demás.

Acojonarlas hasta hacerles olvidar su puto nombre.

Así que íbamos a tener que escoger a alguien de nuestra elección (alguien a quien no conociéramos de nada) y llevárnosla a alguna parte. Un lugar donde estuviera más dispuesta a…cooperar.

Siempre he estado convencido de que Julen es un enfermo. Pero no la clase de enfermo que lastima a otros. ¿Cómo iba a ser un asesino en potencia el pringado del chubasquero y el micrófono?

Que equivocado estaba. Equivocado del todo…

Una chica de nuestra elección.

Por eso no secuestramos un adefesio ni alguien con mal aspecto. Tenía que tener adherencia a la vida. Si encima de que su vida era un asco la hacíamos pasar por quirófano, todos los inconvenientes de los impuestos de estar viva estarían más claros que nunca y pediría que la matásemos a las primeras de cambio.

Y hasta ahí la democracia.

Una vez la metimos en la casa y Julen se atrincheró con ella en la habitación de matrimonio de sus padres…la democracia se fue a tomar por saco.

Decidir a quién llevarnos fue la última cosa en la que yo tuve voz y voto.

Lo otro fue lisa y llana buena suerte. Buena para él. Mala para mí.

Nos dijo que lo echaríamos a cara o cruz y fue la única parte del juego (de su juego) en el que decidió correr riesgos.

Cara, empezaba el con la chica. Cruz, empezaba yo.

¿Que mayor parangón de democracia que ese? Lanzar una puta monedita al aire. Al fin y al cabo, la chica era guapa a rabiar y ambos queríamos ser el primero en quitarle el precinto. Pero la cosa no salió como esperaba.

No salió como esperaba en absoluto.

Para mí era una cuestión de sexo. Tal vez por aquel entonces ya había hecho las paces con la noción de que rebasaría la línea. Pero yo no tenía ni pajolera idea de las líneas que se rebasarían ahí dentro.

Para Julen era algo esencialmente distinto. Para mí la chica era un fin en sí mismo. Para Julen el medio para un fin.

Sinceramente bien podríamos habernos llevado a la mujer elefante si su intención era desde el principio estropearla de esa manera.

Hace tiempo que no he vuelto a entrar en la habitación. Y no creo que vuelva a hacerlo jamás.

Solo necesito reponerme lo suficiente de lo que acabo de ver para salir por esa puerta y cortar lazos con Julen para siempre.

No me engaño respecto a lo que soy. O respecto a lo que he estado a punto de convertirme. Tal vez Julen me ha hecho un último favor. Pero enfrentémoslo: Soy tan escoria como él.

Y ahora me siento como el padre que no tiene agallas a entrar en el quirófano y ver dar a luz a su mujer. Solo que esa de ahí dentro no es mi mujer. Ni la de Julen. Ni la de nadie.

De hecho ya ni siquiera parece una mujer.

Acabo de asomarme por la puerta, y en esto tenéis que creerme, desde ya:

Esa chica ya no es el tipo de nadie. Hombre, mujer, animal o cosa. Incluso un oso oriundo de las latitudes de un prado alpino la voltearía con recelo y remilgos antes siquiera de pensar en hacer nada con ella.

Olfatearía su olor a mierda, meados y sabe dios qué más, y convendría que aquella parodia de ser humano tenía algo infeccioso.

Tras desistir, asqueado, la arrojaría ladera abajo. Pasto de hormigas y gusanos.

Por decirlo de forma suave, Julen ha perdido por completo la puta cabeza.

Arrambló con los cosméticos del tocador de su madre y empezó a pintarrajearse la cara y el cuerpo desnudo como si fuese pintura de guerra. Círculos. Jeroglíficos. Y sabe dios qué más.

A medio camino entre un mimo y el miembro de una tribu caníbal. Sus ojos brillaban a través de la sombra de ojos negra y supe que no debía hacer preguntas. Que quien me contestaría desde el otro lado, ya no sería Julen.

Cree que podemos traer de vuelta no sé qué entidad. Eso no me lo reveló hasta estar embadurnado de pintura el muy hijo de puta.

No, primero tenía que cerciorarse de involucrarme en todo esto. Quería desquitarme con la chica. Sobreponer las caras de todas esas chicas del instituto que se habían burlado de mí.

No firmar un contrato como operario de despiece por el amor de dios.

Y con semejante ofrenda que ha hecho dudo mucho que se trate de Santa Claus o el ratoncito Pérez.

Según el no hacían falta pentagramas, ni velas. Que todo eso no era más que attrezzo. Una criba para descartar a los ilusos. Que él había leído y cotejado suficiente para saber lo que hacía falta.

No fue attrezzo lo que he visto al asomarme, creedme: Cuando me asome, incapaz de soportar más los gritos, Julen sujetaba un rallador de queso. Y con su brazo nervudo Julen raspaba y raspaba.

Por alguna razón mis ojos se desviaron hacia los fotos de la mesita de noche. En ellas salían los padres de Julen sosteniéndolo en una cabalgata. En la foto original sonreían. Pero ahora parecían toser inmundicia rojo oscuro que les brotaba de la boca y cegaba sus ojos como lágrimas.

Las salpicaduras de sangre parecían insultarme desde todas partes. Burlándose.

Al principio pensé que el vaivén de la cabeza se debía a los tirones de peluquero loco de Julen. Que no podía estar viendo lo que creía estar viendo:

A alguien todavía con vida después de…bueno, después de hacerle todo eso.

Ciertamente Julen se había empleado a fondo con ella. La mirada de perdonavidas que la chica me había lanzado en la calleja mientras Julen se le acercaba por detrás con el pañuelo empapado

Había desaparecido junto con sus párpados. Los párpados y todos los atributos de rigor que nos hacen humanos:

La cara de la chica era un pulposo hueso de melocotón.

Todos ojos y dientes. Visibles como guijarros sanguinolentos.

La mandíbula se abría y cerraba sin pronunciar el menor sonido y de forma incongruente pensé en un cofre pirata abriéndose debajo del agua.

Su nariz sustituida por el corazón purulento de una manzana.

En el lugar en el que antes había una preciosa cabellera rubia, una semiesfera roja y viscosa semejante a un gigantesco chupa chups.

La melena reposaba a los pies de la cama como una bufanda.

En el lugar en el que antes había un pecho había ahora un plano sol naciente que derramaba sus rayos escarlata por su regazo y la colcha.

Uno de los brazos, cercenado a la altura de la articulación del codo, temblaba como la alita de un polluelo. El resto de la extremidad reposaba a medio metro sobre el colchón. La mano abriéndose y cerrándose con un ademán aracnoide.

Pero fueron aquellos ojos desnudos más allá de la desnudez, aquellos ojos y nada más, lo que terminó de cortar el tirante hilo que me mantenía en equilibrio con la realidad y conmigo mismo.

Debí imaginar que cuando se atrinchero en el cuarto con una caja de herramientas en el regazo y un cajón arrancado de cuajo de la cocina no era para hacer bricolaje.

Y si había alguna ambigüedad al respecto sobre su uso, terminaron de esclarecerlo los gritos.

Nunca pensé que una persona, chico o chica, pudiera hacer esos ruidos. Emular a un animal de esa manera.

No quise quedarme más. Pero tampoco pude irme. Se me fueron las fuerzas.

Todos mis plomos fundidos a negro. Era como si sufriese una hemorragia masiva. Te desangras. Pero en tu mente.

Es como una pesadilla. Y solo hay una sola cosa que puedas hacer con las pesadillas: Observar pasivamente cómo se desarrollan.

Nada de heroicidades. Puse la tele. Todo lo que soy, resumido en ese sencillo gesto.

Mi amigo de toda la vida pierde el control de sus facultades y en lugar de entrar a apaciguarlo, o directamente salir corriendo,

Me pongo a ver la tele.

Supongo que eso me hace tan animal como Julen. Si acaso un tipo de animal distinto. Julen es un Lobo.

¿Y yo? ¿Yo que soy? ¿Un buitre? ¿Un glotón? Si, un glotón. Al fin y al cabo dependen de lobos como Julen para alimentarse.

Una de esas formas de vida inferiores que se acercan a saciarse cuando el trabajo feo ya está hecho. Cuando lo peor de la caza ya ha pasado.

Un carroñero.

Y Julen el gran Lobizón.

Nunca hemos matado una mosca. Y solemos ser el blanco de las burlas de todos. Chicos y chicas. Ninguno tiene precisamente pintas de depredador.

Pero hoy había un brillo distinto en sus ojos. Como de profeta loco.

Como si supiese lo que debía hacerse. Algo relacionado con el pasaje de uno de esos libros raros que tanto le gusta leer.

Total, que la idea era traerla aquí. A la casa de sus padres, y asustarla un poco.

Violarla tal vez. Nada de matarla. Nada de invocar ninguna mierda chunga.

Aun por medio de engaños, había esperado que Julen tuviera sus renuencias. Como yo tenía las mías.

Pero me equivocaba. Con esto. Y con el propio Julen.

Somos muy distintos. Siempre hemos sido muy distintos.

No conoces a alguien hasta que le ayudas a secuestrar a una chica y las implicaciones de toda la situación, las infinitas posibilidades, se te suben a la cabeza como una bebida alcohólica de alta graduación.

Acabo de descubrir que Julen está más emparentado con los zorros o las comadrejas que con sus congéneres humanos. Consciente de que en algún momento deberíamos compartirla, se atrincheró ahí dentro y se cercioró de arruinarla lo bastante como para que nadie, (nadie salvo él), volviera a tener nunca más interés en hacer nada con ella.

Y tal vez ha sido por los nervios o el shock. Pero empieza a hacer auténtico frío aquí dentro. Y no debería. Estamos en mayo. El vaho sale de mi boca reseca como vapor por una tetera.

Entonces lo oigo arriba. Me digo que Julen se ha equivocado. Que sus padres han vuelto antes de tiempo y han estado aquí todo el rato. Sí, claro, ignorando los alaridos de la chica.

Un paso. Un crujido del escalón. Otro.

No necesito más. Agarró el mando. Apago la tele. El mundo se vuelve granuloso y gris. Desenfocado. Me arrojó por encima del sofá. El crujido es más fuerte. Y un claqueteo. Como si alguien llevase unos tacones de plataforma.

Solo me asome una vez. Lo justo para ver algo espigado y angustioso agachando teatralmente la cabeza para pasar bajo el dintel de las escaleras.

Veo algo que solo puedo describir como una reja de alcantarilla hasta que comprendo que son los dientes del intruso.

Unas pupilas plateadas como monedas sumergidas al fondo de los pozos negros de los ojos centellearon. Sus manazas, como rastrillos de garras espatuladas, podrían abarcar mi cabeza como si fuese un pomelo y hacerlo añicos.

Casi doy un grito cuando desde el dormitorio una voz inusitadamente ebria y mareada dice:

— ¡Igor! ¿Que coño haces ahí arriba? ¿No estarás pensando en hacer alguna tontería eh? ¿Como llamar a casa o…o a la poli? ¿Ahora que estamos tan cerca de lograr algo grande?—

<<Ya te gustaría. No Julen. No, gran lobizón. Voy a dejaros a solas a tu colega y a ti para que os arregléis. Yo me largo. Nunca quise formar parte de esto. Y a pesar de los mucho que te lo mereces…no quiero escuchar el resto. Adios, chico de los pantanos>>

El gigante olfateo el aire. Sus pupilas blancas titilando como chispas. De las rejillas negras de sus dientes brotaba vapor.

Julen digo algo más. Algo ininteligible. Y aquello bastó: Esa cosa gigante hecho el cuerpo hacia atrás y descargó una patada que convirtió la puerta en fragmentos de madera.

— ¡IGOR QUE HOSTI…ESPERA… ¿ERES…—

No espere a ver que ocurría a continuación. Salí echando hostias del sofá. En una mala película de terror habría estado echada la llave. En la vida real, la puerta abrió sin problemas. Antes de trasponer el umbral empezaron los gritos. No fueron humanos. No por mucho tiempo.

Corrí como un armiño envuelto en llamas. Como un basilisco. Las casas y los árboles se sucedían los unos a los otros como páginas de un libro de dioramas.

Cuando mis pulmones eran como cúpulas de iglesia rodeadas de llamas me deje caer sobre la hierba. A mi pesar, una risa histérica despunto del fondo de mi garganta. El inicio de una carcajada. O tal vez una petición de eutanasia.

La luna, sucia y gris, estaba inquieta. Como la víctima de un sepelio prematuro tratando de escapar a la presa de la mortaja.

Los grillos chirriaban

Las ranas de alguna charca cercana croaron.

Una sonrisa más allá de toda medida humana distendió mis comisuras.

Tenía razón. El gran lobizón tenía razón. La luna tenía voz. Y era hermosa.

22 de Janeiro de 2024 às 17:57 0 Denunciar Insira Seguir história
2
Fim

Conheça o autor

Bruno Viturro Adicto redomado al terror desde que tengo memoria. Escritor aficionado desde hace siete años. Preparado para compartir mi trabajo con el resto del mundo. Aunque ése último veredicto os lo dejo a vosotros.

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