EL CORAZÓN DE LA MUERTE Seguir história

james_aldr James L

Aquel ser era temido por aquellas personas, los curanderos decían que su presencia malos augurios traía. Todos oraban a Dios porque sus caminos no se vieran cruzados con aquel sujeto que la luz se llevaba y tristeza dejaba. Lo único que lograba causar en los demás era miedo, desesperanza y dolor, nadie lo quería cerca, todos menos aquella chica. Aquella muchacha de ojos brillantes podía ver más allá de lo que los demás podían ver, en la oscuridad veía esperanza, en el miedo encontraba la luz para sostenerse. Creía que lo extraño no era causa de desconfianza, que lo extraño muchas veces significaba encontrarse uno mismo en un diferente camino.


Conto Todo o público.

#esperanza #paz #muerte
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LOS PASOS DE LA MUERTE

Sus pasos eran suaves, delicados y casi sin hacer ruido. En cada paso que daba, las flores soltaban su último suspiro, los árboles se inclinaban y cerraban los ojos para no volver abrirlos, las aves dejaban de cantar y caían al suelo para no levantar el vuelo. Cuando estaba cerca, el viento apuntaba a otra dirección, la brisa se detenía y el cielo lloraba tan fuerte que la misma gente podía sentir el miedo y huir de ahí.

Todos desaparecían cuando sus pasos eran escuchados, cuando los perros ladraban y la oscuridad envolvía aquel pueblo pobre. Cuando el ganado caía seco al suelo, cuando los ríos se secaban y las olas del mar retrocedían. Todos tenían miedo de aquella oscuridad y frialdad de la noche y mañana, cuando se quedaban de pie a mitad de camino al sentir los vellos de su cuello erizarse, cuando sentían miedo y ganas de llorar. Cuando estaban sentados afuera de su casa, sosteniendo entre sus dedos una vieja taza, cuando el café se enfriaba y empezaba a llover. Ellos tenían miedo cuando todos corrían y murmuraban que él estaba ahí.

¿Pero quién era él?

Narcisa podía sentir sus pasos, escucharlo llegar todas las noches y verla con curiosidad, podía sentir las hebras de su cuello erizar, pero no de desasosiego: lo que ella sentía al verlo era esperanza. Porque si estaba ahí, era porque había otra vida después de aquella. La muchacha podía sentirlo en la oscuridad, seguirla y rozar sus huesudos dedos por su piel, pero cada que abría los ojos: ya no estaba. Como si todo fuera un sueño, como si la muchacha lo imaginara, como si solo fuera producto de su imaginación.

Su hermana menor solía decirle que estaba chiflada, que no debía pensar en aquel ser, que debía orarle a Dios e inclinar su rostro cuando lo sintiera. Que aquel individuo no era alguien bueno, que solo tristeza traía, pero Narcisa no lo veía así. Ella no necesitaba orarle al gran poderoso para que aquel ser desapareciera, porque se sentía protegida cada que seguía sus pasos. Como aquella noche.

Aunque aquel sentimiento la hacía sentir inquiete entre su familia y amigos, porque solo ella podía ver la hermosura entre tanta oscuridad, porque solo la muchacha deseaba tenerlo cerca y descubrir el color de sus ojos, la suavidad de sus dedos y su voz para que le dijera que después de esa vida: habían más, que existía más colores y más mundo que recorrer. Que aquellos caminos eran el único de algo grande, algo que ella quería recorrer a su lado.

— ¡Narcisa! Niña, ve y pregúntale a la señora Vero si ya llegó su esposo, y luego ve a la esquina y fíjate si tu padre viene en la carreta —ordenó la mujer de cabello corto y rizado, de piel pálida y de profundas líneas que marcaban lo acabada que ella estaba. Y debía ser así, después de veinte años de casada, con cinco hijos: la vejez había tocado su puerta—. ¡Ve niña, anda cariño!

La muchacha dejó en el suelo a su hermanito de siete años, el pequeño le sonrió y estiró las manos para que su hermana mayor le entregara de regreso su muñeco favorito y así hizo la mayor de las hijas. Tomó su capa color piel y se la puso en sus hombros para después tirar del gorro grande y dejarlo caer en su cabeza. Hacía mucho frío a esas horas, y sería un largo camino.

Lanzó una mirada a sus hermanos y luego salió de la casa, caminó por las esquinas, pasando sus dedos por los carrizos de las casas, tomando de vez en cuando algunas pajas y guardándolas en el bolsillo de su viejo vestido que en sus mejores momentos fue azul cielo.

Se detuvo en el corral de la casa de la señora Vero, empujó la puerta de madera y sonrió amablemente a ver a la señora encendiendo la cocina de palos y colocando una olla de barro encima. Su hija mayor, Amelia, le sonrió cómplice a Narcisa y apretó su mano, para después murmurarle que podrían verse esa noche, en la fiesta por la buena cosecha de ese mes. Aparte, Amelia podría verse a escondida con el hijo del señor que cosechaba arroz.

— ¡Niña! ¿Pero qué haces aquí? —La señora Vero inquirió, echando algunas papas y poniéndose de pie y acercándose a la hija mayor de su amiga—. ¿Sucede algo, Narcisa?

—Oh, no, señora Vero. Madre pregunta si ya vino su esposo, es que padre aun no llega.

—No mi niña, debe de estar por venir. Ve a verlo con Amelia y se vienen por aquí para que le lleves a tu madre unas papas.

Ambas muchachas asintieron. La hija de la señora Vero corrió a ponerse su capa y salió con la misma velocidad, tomando el brazo de su mejor amiga. Rieron, mientras corrían en busca de sus padres, pero al final ambas pasaron por la casa de Pelan, el muchacho que Amelia tanto quería, y con el cual quería contraer nupcias, aunque el padre del joven no quería la unión de ambos, según el viejo: Amelia no era suficiente.

—Me ha dicho que debemos huir, ¿Tú qué piensas? Padre no quiere que me case con él, ¡Yo lo amo, Narcisa! Quiero casarme con Pelan —replicó recostándose en una de las casas de estera, viendo a su amado llegar y desmontar los caballos. El muchacho le lanzó una mirada rápida y sonrió con timidez—. Ayúdame, Narcisa.

Narcisa iba hablar pero terminó callando al sentir las pelusas de su cuello erizarse, al sentir una profunda mirada traspasarla. Giró su rostro y buscó el culpable, pero solo encontró a niños corriendo y mujeres encendiendo las fogatas. La muchacha de ojos color esmeralda pudo sentir el frío, el miedo y luego el calor de su corazón hacerse más grande, la chica volvió a mirar sobre su hombro y creyó ver una sombra, pero terminó sacudiendo sus pensamientos y negando por ver lo que no existía. Así que termino sacudiendo su cabeza y poniendo su atención en Amelia.

Ambas amigas siguieron caminando y esperaron sentadas hasta que sus padres regresaron junto con sus hermanos, ambas emocionadas saludaron a los ancianos y luego corriendo regresaron a casa de Amelia. Comieron, rieron y luego ambas se cambiaron y peinaron, y cuando escucharon los gritos salieron emocionadas a la fiesta de celebración. Andaban de las manos, moviéndose ante el sonido del tambor, saludando a los vecinos o sentándose en las esquinas con las muchachas de su edad. Sus hermanos estaban cerca, viéndolas, vigilándolas y más a Narcisa, ya que era una joven hermosa, inteligente y con la edad apropiada para contraer matrimonio, y los muchachos de esas tierras querían robarla para hacerla su esposa.

Amelia le pidió que la cubriera mientras iba en su encuentro con Pelan, y Narcisa se alejó mientras recorría el lugar con una sonrisa y deteniéndose a hablar con sus vecinas. Cuando llegó al grupo de su familia, fue envuelta en los brazos de su mellizo, Milegri, la sostuvo y luego besó su frente con ternura. Ambos mellizos eran muy unidos, desde pequeños siempre haciendo travesuras y cuidándose con recelo. La muchacha terminó alejándose y sentándose retirada de todos, apreciando esos bellos momentos.

Los hombres tocando el tambor, mientras que las mujeres cocinaban y los jóvenes bailaban, aquella siendo su oportunidad de hablar, de rozar sus dedos y decirse en secreto que se amaban. Narcisa aun no compartía su corazón, aun no sentía aquel sentimiento que hacía que los ojos brillaran. Aun ella no se enamoraba, y no lo envidiaba, al ver la situación de su buen amiga Amelia sentía pena que le sucediera lo mismo.

Miró el cielo como los demás, cuando un trueno sonó con fuerza alumbrando la oscuridad de arriba. Se dejó de escuchar las risas, las bromas y el tambor. Por unos minutos todos callaron y se miraron, mientras que la muchacha buscaba al culpable de aquella acción que había provocado que todos tuvieran miedo. Pero después de unos minutos, todo volvió a la normalidad, retornaron a sonreír y a bailar bajo el manto de la oscuridad. Narcisa escuchó pasos, un silbido y luego una ronca risa. La joven miró en dirección a su familia y al ver que todos estaban distraídos: terminó siguiendo el sonido de aquella suave risa, que más le pareció el silbido de los árboles.

Se abrazó y caminó con lentitud, siguiendo el sonido de los pasos, y entre oscuridad tocó los arboles tratando de guiarse, pero terminó perdiéndose en el bosque. Sola y sintió recelo, aquella parte del lugar estaba prohibido pasar a esas horas, decían que cosas malas sucedían, y ella no hizo caso. Quiso volver, pero la suave risa la detuvo abruptamente. La muchacha de ojos brillantes y claros giró su rostro al escuchar su voz, estaba cantando, pero no lo vio.

Ella tiene bonitos ojos, tan brillantes como la luna,

Tan llenos de esperanza como la vida, y yo no puedo tocarla

Yo no puedo tocarla

Ella tiene bonitos ojos, tan brillantes como el fuego y tan distantes como las estrellas

Ella no huye de mí, ella se queda a mi lado pidiéndome esperanza

La gente corre cuando me siente, la gente me tiene miedo y ella se sigue quedando

Eres la luz de una estrella, y yo estoy a punto de robar tu brillo

La oscuridad tiene mi nombre, y todos lo saben, no doy esperanzas,

La oscuridad tiene mi nombre, y yo no doy buenos augurios

Ella tiene bonitos ojos, tan brillantes como la luna,

Tan llenos de esperanza como la vida, y yo no puedo tocarla

Yo no puedo tocarla

Dejó de canta y Narcisa giró su rostro cuando sintió sus pasos más cerca, sintió aprensión y luego vio unos ojos de una azul tormenta brillar con intensidad. Su cuerpo se tensó y cerró los ojos al sentirse cansada, al no sentir fuerza.

Cuando ella iba a caer al suelo, él la sostuvo entre sus brazos y la apegó a su pecho. La palidez en su rostro fue más evidente ante la luz de la luna que ahora alumbraba aquel bosque. Se sentó aun sosteniéndola en sus brazos, pasó sus escuálidos dedos por sus mejillas que por lo normal tenían un color escarlata y ahora solo un blanco tan triste como la piel del individuo. Estuvo por largo tiempo ahí, abrazándola, mirando los lunares en su rostro, sus largas pestañas y los pequeños labios que perdían calor. Le estaba robando su brillo, pero no podía evitar estar cerca de ella.

Se deslizó con suavidad por las calles, con mayor facilidad al ver que el pueblo en si estaba desesperado y gritando sobre la desaparición de una muchacha. Aquel ser aprovechó aquella distracción para depositarla en el camastro y encender la única vela que había en su pequeña habitación de carrizo y de dibujos colgados por todos lados. A unos metros de distancia estaba él, viendo el color regresar en sus mejillas y su respiración normalizar. Caminó alrededor, deteniéndose frente a la ventana cubierta por un mantel blanco bordado de flores de colores, esas que aquel sujeto no podía tocar porque las dejaba sin vida.

Desprendió el dibujo con lentitud, haciendo un sonido irritante pero que se camufló ante el silbido de los árboles. Sostuvo la hoja y se sorprendió al verse ahí, de pie y de espalda. Su cabello largo, oscuro cayendo en sus hombros y al final de este con un lazo dorado, como adorno que solía utilizar. Su saco largo, de piel cayendo con suavidad arrastrando y sin ensuciarse. No se veía su rostro, ni el color de su piel, ni el tesoro que llevaba oculto entre sus manos.

Soltó el dibujo cuando la puerta de carrizo se abrió e ingresaron los padres de la muchacha, la madre se acercó y sostuvo su mano llorando y tratando de despertarla. Aquel sujeto de larga cabellera oscura se sentó en uno de los bancos y se camufló ente la oscuridad. Narcisa abrió los ojos, parpadeó y se llevó los dedos a la cabeza gimiendo en voz baja, para después buscarlo con la mirada y sorprenderse al encontrarlo aun ahí; frente a ella.

— ¡Narcisa! ¿Hace cuánto estás ahí? —su madre abrazó a su hija y su padre se quedó de pie observándola, más cansada que nunca y sin el brillo que siempre tenía —. ¿Narcisa?

—No lo sé, ¿Ya terminó el festejo?

— ¡Hija, se han robado a Amelia! Y tampoco está Pelan, sus padres están buscándolos y no saben de ellos —tartamudeó el padre de la muchacha, sentándose en el catre y tomando la mano de su hija—. Creímos que tú también te habías ido, tus hermanos están buscándote hija. ¡Que susto nos has dado!

—Estoy aquí. Estoy muy cansada…, yo quiero dormir —su madre besó su frente con ternura, y su padre giró su rostro, buscando la causa de su miedo y porque sentía aquel cosquilleo en su espalda, como si alguien lo estuviera viendo. Regresó a ver a su hija, y le sonrió para después soplar la vela y salir de ahí.

Todo quedó en silencio y ella se removió en el catre, envuelta en sabanas calientes y sintiendo su mirada. Aquel individuo sonrió con tristeza y caminó hasta ella, sentándose a su lado y viendo como sus ojos se cerraban con lentitud, como dejaba de brillar y su piel volvía tener ese color tan pálido que empezaba a detestar. Así que hizo lo que nunca había hecho antes: rompió las reglas. Encendió la vela con un chasquido y sopló en su dirección. Narcisa abrió los ojos y lo miró.

— ¿Cómo te llamas? —inquirió con la voz ronca, agotada. Aquel sujeto miró sus labios resecos, sus ojos entre cerrados y escuchó como arrastraba las palabras.

Edclair —contestó con suavidad, viéndola.

—¿Por qué ellos no pueden verte, Edclair?

—Porque no ha llegado su hora —cuchicheó el aludido, pasando sus dedos largos por las mechas que caían en su rostro. Aquel hombre era bello, como aquellos ángeles que solían contarle su tía Nieves. Decía que los ángeles tenían una belleza que dejaba a cualquiera atónicos, que eran poseedores de unos ojos magnéticos y de una voz aterciopelada.

— ¿Hora? —movió sus manos, pero terminó llevándolas a su boca, para bostezar y terminar recostándose aún más en el catre caliente—. ¿Por qué yo sí puedo verte?

—Porque tú estás pisando mi mundo, Narcisa —señaló Edclair en voz baja, tan baja que la muchacha apenas y pudo escucharlo.

La puerta volvió abrirse y apareció su madre, no entendió lo que dijo, tampoco porque lloraba mientras gritaba. Dejó de escuchar y se acomodó en la cama, cayendo en sus brazos, sintiendo armonía e ignorando los gritos alrededor.

Edclair pudo verla nuevamente, feliz y risueña. Pasando sus dedos por unas rosas hermosas, riendo y moviendo su cabello oscuro al igual que su vestido blanco. Iba descalza, con una pequeña esclava de colores alrededor de su tobillo, haciendo contraste con el color de su piel. La vio caminar en dirección a sus hermanos, pero aquellos colores se fueron opacando con lentitud, aquellas flores se fueron marchitando y su piel dejó de tener matiz, y se fue tornando pálida, aquel color que aquel ser había empezado a aborrecer.

Sus tres hermanos menores lloriqueaban en el suelo, mientras que el más pequeño sostenía entre sus manos su muñeco y luego lo colocaba en las manos de su hermana mayor. El mellizo de ella estaba de pie, en una esquina con el rostro bañado en lágrimas y mordiendo su labio con fuerza, abrazando a su madre que gemía negando repetidas veces. Los vecinos llegaban con lentitud, dejando flores y quitándose las lágrimas que bajaban por sus rostros. Todos amaban a Narcisa, y aquella noticia los había dejado pasmados.

Narcisa gimoteó llevándose las manos a la boca, negó repetidas veces soltando una carcajada ronca. Miró alrededor y corrió hacia su hermano mellizo, corrió, y corrió pero no pudo llegar hasta él. Golpeó con fuerza el cristal que le impedía acercarse, vociferó y terminó arrodillándose en el suelo con el rostro contraído y llorando con fuerza. El dolor era desgarrador, calaba tan dentro de ella que lentamente se estaba quedando sin respiración. Gritó para que la escucharan, chilló el nombre de sus hermanos, de su padre, pero ninguno lo escuchó.

— ¡Mamá! ¡Mamá! —rugió con la voz quebrada, con la mano apretando su pecho. Ahí, en ese lugar que le dolía tanto. Miró hacia atrás, viéndolo de pie, con el cabello largo cayendo en sus hombros, con los ojos brillantes y los labios curvados en una línea fina. Un saco largo de piel lo envolvía, haciéndolo ver ininteligible—. ¿Por qué no pueden escucharme? ¿Qué sucede? ¡Hable por favor!

—Ellos no podían verme, Narcisa, ¿Sabes por qué? —la aludida negó con los labios temblando. Edclair caminó con lentitud hasta ella, deteniéndose frente a la muchacha que lloraba y sufría al igual que los suyos. Estiró sus dedos y los rozó por las mejillas mojadas y las limpió con finura—. Porque yo soy la muerte, Narcisa.

La muchacha se alejó de él, retrocedió y empezó a correr, a correr muy lejos de aquel ser y gritar desesperada que se callara. Pero más corría, y más cerca del sujeto estaba, tan cerca que sintió miedo. Dejó de correr y cayó al suelo de rodillas, viendo a su familia llorar y sufrir por su perdida. El rostro contraído de sus padres, el llanto de sus hermanitos y el dolor inimaginable de su mellizo. Narcisa miró a su hermano, viendo como este giraba su rostro y la veía, la miraba mientras sus ojos pardos se llenaban de lágrimas, mientras sus labios temblaban y sus manos se hacían puños.

—Estabas enferma, desde niña —explicó la muerte, a unos pasos de la muchacha—, estuviste con curandera pero tu enfermedad avanzó, te fue quitando el brillo y yo no pude alejarte de ellos. Así que rompí las reglas y te di la felicidad de tenerlos a tu lado, rompí las reglas y encendí las velas y volví a romper las reglas cuando te dije mi nombre.

Al escuchar sus palabras, su corazón volvió a calentarse. Sintió paz, sintió fuerza y al mismo tiempo sintió temor a lo desconocido. Eso a lo que los demás suele huirle, porque al no saber que es: temen no controlarlo.

—Edclair —gimoteó regresando su mirada hacia su familia, viendo como lentamente esa imagen se desvanecía. Como lentamente la tristeza se iba y una paz la embargaba—. ¿Qué pasará ahora?

—La vida aún no se acaba, Narcisa, hay mucho mundos más —le explicó con suavidad, estirando sus huesudos dedos hacía la muchacha. La aludida se puso de pie, tomando sus dedos y miró sus ojos—. Aún tenemos mundos que recorrer.

FIN














19 de Maio de 2018 às 16:06 3 Denunciar Insira 6
Fim

Conheça o autor

James L «¿Cómo se convierte alguien en escritor -o es convertido en escritor-? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).» Emilio Renzi.

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Marilu Valero Marilu Valero
No se como decirlo pero es impresionante la lectura me encanto
April 26, 2019, 22:34
Juany García Juany García
Que hermoso cuento me gusto mucho
May 19, 2018, 23:52

  • James L James L
    Muchas gracias, me alegro que te haya gustado. May 20, 2018, 13:50
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