El caso Rudolph Seguir história

Valentino Valentino -

Úlises es el mejor agente de investigación del país. De pronto, un asesino que deja como pistas una nariz roja y una campanita decide retarlo, y pronto aparece en escena un vidente que será pieza clave para resolver el caso.


Crime Todo o público.

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El caso Rudolph

(Escrito en moderna grafía española)


Fue´n día de Navidad cuando entró a mi cubículo el teniente de polizía Juan Franzisco Alomar, cordinador de la Sexión d´Omizidios de l´Estazión Polizial Metropolitana del Valle de Sula. Como era su zafia costumbre, se me azerca –yo estaba a´lado de mi colega Pedro Asturias–, i me ve con acella su malizia i escasa buena voluntad.

Per´antes de su llegada, abíamos estado discutiendo con Asturias, mejor dixo, configurando un gran rompecabezas, «el crimen del año», uno ce, por l´encarnizado, abía conmozionado a la ziudad de San Pedro asta sus zimientos: en una madrugada de noviembre, sin previo aviso, diez cuerpos (incluidos el de tres mujeres) aparezieron muertos en la escina d´una abarrotería concurrida del Zentro.

–Los ombres del Xepo –sujería Asturias–. Es su «sello», el famoso «barrido de paisanos».

–No lo creo –le rebatía–. Su jente acostumbra a bajarse del carro, interrogar antes a una de las víctimas i por último a «barrerlas» con plomo. Siempre dejan una nota c´explica´l móvil ce los llevó a ejecutarlos.

–Zierto. ¿Otra pista?

–¿Ves las marcas de llantas en el suelo?

–Sí.

–Son de turismo, posiblemente un Toyota Camry.

–Perfecto. Sabemos ce los ombres del Xepo se conduzen en carros de doble traxión i paila. Pero… ¿i si fuera para despistarnos?

–Se anularía´l «mensaje» –le contesté–. Es nezesario ce sus rivales sepan ce fue él el ejecutor.

–Entiendo –dijo Asturias–. ¿Entonzes cién?

–Mirálo por vos mismo –le dije alcanzándole un fajo de fotografías.

En las d´enfrente aparezían una mujer i un ombre sentados en la trompa d´un carro turismo. Asturias cayó d´inmediato en la cuenta.

–¿Podrá ser? ¿No es el cuñado?

–Sí –dije, seguro–. I fue este coxe´l c´utilizó para perpetrar el crimen. Las marcas de llantas calzan.

–¿Seguro, mi cerido Ulises?

–Muxo más si tomás en cuenta esta nota electrónica. Se leía: «E tenido pazienzia con vos, ya m´artáste. Vas a pagar. Lo juro».

Asturias parpadeó. ¿Envolvía´l asunto un exo amoroso?

–¿De dónde lo sacaste?

–De su zelular. Se llama Martika.

–Aparte de cuñada, ¿era su mujer?

–No lo creo.

–¿Zelos?

–No.

–Me confundís…

Reí. L´alcanzé una roída tarjeta de banco.

–Cuando fuiste a la finanziera –le dije– a pedir los estados de cuenta de los victimados, ¿no advertiste l´exajerada suma de dinero c´ingresó a la de Martika?

–Sí, pero jamás ubiera creído ce provenían de la cuenta de su cuñado.

–Aí tenés pues –dije satisfexo–, las evidenzias, el móvil, las víctimas i´l autor de los crímenes. ¡Otro caso d´impago resuelto! ¡Vayamos por´l asesino!

Entonzes, luego d´esta victoriosa exclamazión, se nos abía azercado´l teniente Alomar, el cordinador ce no le caía bien a nadie, ni siciera a su mujer. Mal sobresalía por su indispuesto carácter, ce muxos tenían por «fuerte» i c´otros alababan; conmigo no conjeniaba. Sin embargo, al momento de tratarnos, siempre guardaba las distanzias, se volvía delicado i asta se permitía algunas bromas.

Al traspasar la puerta dijo:

–Feliz Navidad, ajente Ulises.

A Asturias le tendió la mano.

–¿I ese milagro? –pregunté casi con indiferenzia.

–Tengo en mis manos uno de los casos más interesantes de l´istoria criminal del país.

–Ese es cuento viejo –le respondí, ezéptico.

–Viejos son los caminos…

–Es una pena ce yo esté mui ocupado en estos días –antizipé, sumerjiéndome en mi trabajo.

–Lo dije con antelazión: es de los casos más interesantes, d´esos ce tanto gustan estimular una mente incieta como la suya.

–No por aora…

–Verá…

–Lo siento, m´estimado…

–Cizá ´Asturias le interese –dijo alcanzándole los papeles en una táctica digna de Sun Tzu.

Mi colega se volvió para verme. «Agarrálo», parezía dezirme. Le lanzé una mirada rápida pero sin mover la cabeza.

–Escudríñelo –le propuso.

–No creo ce pueda –le contestó Asturias.

–Ni siciera porce en él se encuentran las peripezias d´un «vidente».

Fui incapaz de contener las carcajadas.

–¿De cé se ríe? –me preguntó contrariado.

–De nada, de nada.

–¿Un vidente? –dijo asombrado Asturias–. Dios mío, tan bajo emos llegado…

–No tanto –le respondió serio–. A´zertado en siete de diez casos.

Me recosté en el asiento con las manos atrás del cuello.

–¿A estudiado usted, teniente, las leyes probabilísticas alguna vez? –le pregunté jugando.

–Por favor, ajente…

–Arroje una moneda diez vezes al aire i verá cómo´l azar, en funzión análoga, azertará siete de diez en cara o sol…

–Lo dize usted con el ánimo de jeneralizar… El vidente no sólo a´zertado con sus predixiones, sino ce nos a dado en detalle el cómo, en cé lugar i por cé an sido cometidos estos crímenes…

–No me sorprende –dije sin tacto i por vazilar–: Él es el asesino.

Al son de mis palabras, izo su aparizión el «vidente», un tal Simón

.–¿Es lo ce piensa de mí? –me preguntó con voz profunda i gutural.

–Disculpe –me excusé, aunce sin remordimientos–. No l´enunzié en serio; aunce siendo franco tampoco creo en poderes sícicos ni sobrenaturales.

–¿Es usted ateo? –interpeló casi en un´acusazión.

–No –le respondí por absolver mi anterior grosería–. Incluso me doi mis vueltas por l´iglesia de vez en cuando.

–Si cree en la Naturaleza de Dios, entonzes a de creer en l´esenzia espiritual ce rije nuestro Mundo, i por ende en mí i mis dones.

Pude sentir un rastro de proverbial insolenzia en su réplica, peor aún, uno de engreimiento barato. Se cubrió el Simón con su túnica de satén amarillo, ribeteada d´encajes indios purpura, acarizió los anillos ensartados en cada uno de sus diez dedos i ajustó las gruesas cadenas ce le colgaban del pescuezo. El cabello lo tenía teñido d´un rubio zenizo.

Sus ademanes eran lentos, algo graziosos i lo afeminaban.

–Le repito –dije–: no creeré en usted asta ce me demuestre su supuesta capazidad sícica.

–Azepte azerse cargo del caso –me retó.

–¿Ai algún estimulo? –le contesté, artero–. Por otra parte, sigo mui ocupado.

–¿Teme? –dijo sonriendo.

Iba a responderle, pero ensegida´l vidente sacó de sus embrolladas ropas un plano urbano de la circunvalada ziudad de San Pedro i también un péndulo adivinatorio. Lo desplegó en mi escritorio, posó el instrumento enzima del papel, arrugó la frente, apretó los ojos i la plomada comenzó a jirar, despazio al prinzipio i rápido después.

Claro c´acello me divertía, pues cualciera sabe ce tales movimientos ondulantes se pueden explicar por influenzia inconziente del pensamiento sobre los músculos de la mano ce sostiene el péndulo –en ocasiones i sobre todo entre jóvenes–, aunce, en el caso de los magos profesionales, la mayoría de vezes se manifiesta de forma deliberada.

–Radiestesia –dije al desgaire–. Prefiero la ziencia de la deduxión –zanjé.

Simón me cedó viendo fijamente. Supo que yo estaba al tanto d´esa supuesta sensibilidad espezial ce parezen tener algunas personas para captar radiaziones electromagnéticas i d´otros estilos, mediante un péndulo, un par de varillas móviles o un palito en forma d´orquilla, i ce se usa para descubrir manantiales subterráneos, yacimientos de minerales o ubicar personas secuestradas. Aunce abía estudiado´l fenómeno años antes, por curiosidad d´investigador –la verdad es ce esperaba, ilusamente, adcirir una ventaja competitiva–, nunca tomé en serio esa «facultad».

El péndulo se detuvo en un área espezífica.

–Colonia Villas del Sol –dije.

–Sí –añadió el vidente–. Veo además un puente, la noxe ce todo lo oculta, un auto rodar por la carretera, ¡aaa! –exaló con dramatismo–, un río, dos muertes…

–¿De cé abla? –exclamé fastidiado por su teatralidad.

–Es Rudolph –dijo.

–¿Rudolph?

–El asesino navideño –irrumpió el teniente Alomar–. L´emos llamado así porce siempre deja una nariz roja de plástico i una campanilla enzima de las víctimas.

–Por Dios –exclamé–. Es así cómo se resuelven aora los casos en la sexión d´omizidios, ¡con mistizismo de segunda!

–Piense lo ce ciera –me espetó el teniente–, pero Simón sabe azertar con sus predixiones. Emos encontrado a cada una de las víctimas justamente en los lugares ce él nos a señalado.

–¿I de cé sirve? –lo pronunzié más por aboxornar al supuesto vidente–, ¿de cé sirve ce relampagee después del trueno?

Simón volvió a mirarme con desprezio. Tenía razón, ya ce m´actitud intolerante lo desacreditaba.

–Lo c´ocurrirá esta noxe de Navidad –dijo de presto– es un crimen ce no se a perpetrado aún.

–Lo ce nos faltaba –gruñí–, un futurólogo sabiondo.

–Sabía ce se reiría de nosotros –dijo´l teniente.

–Con semejantes razonamientos, por supuesto ce sí.

–Tome´l caso –me instó Simón– i convénzase por usted mismo.

–Asturias podrá ayudarlo –terzió el teniente.

Ladeé la cabeza. Acello era insólito. ¿Cé ocurre con la polizía zientífica?, suspiré. Sin embargo, i pensándolo bien, el «caso Rudolph» valía la pena.

–¿Me dize ce será esta noxe, zerca de la colonia Villas del Sol, pasando el puente i a lo largo de la carretera ce bordea´l río? –pregunté para salir del paso.

–Así es –dijo con expresión de santurrón i suma seguridad.

I no dijo más pues, levantándose del escritorio, se retiró acompañado del teniente. D´este último me pregunté, no sólo por la incredulidad sino por la injenuidad desplegada, ¿si en verdad creería en tales superxerías un ombre c´abía sido entrenado en metodolojía de l´investigazión, informática, operaziones i análisis táctico e intervenzión?

–A vezes suzeden cosas c´uno no puede explicar –dijo por fin Asturias.

–No me vengás con esas cosas, vos –le respondí, molesto.

–Mirá c´a mí me pasó algo similar una vez: resulta ce conozí a una xava, nos gustamos i fui´n día a recojerla a su casa. Para empezar, me salió la mamá con un gran arma en la mano, uyo, luego la xava se le escapa, sale de la casa, me alcanza, ablamos, le tiendo el brazo, la rodeo, i´l primer paso ce doy, ¡plof!, ce mi pie izcierdo cae en una cuneta, ja, ja… ¡De verdad! Me caí en la primera zita i´l primer paso… Je, je, je… A los días ce me sale un señor reclamándome el por cé m´abía metido con su novia, ja, ja, ja… ¿No fue acella caída un aviso del Azar? ¿No fue acel maxete en manos de su madre otro del Destino? Por eso te digo c´a vezes ai cosas «increíbles» ce pasan…

–A mí nunca m´a ocurrido nada –repetí; en el fondo mentía pues ¿no resolvía yo acaso los crímenes con tal sólo ver la disposizión d´un objeto en l´ezena? ¿No se me venían a la mente i´l instante acella cascada d´imájenes ce reconstruían en el acto l´ocurrido? Pero una cosa no iguala a l´otra. Yo le´e axacado siempre esta abilidad a la zienzia de la deduxión, c´es eso, una zienzia empírica i comprobable, simple, con reglas i métodos asecibles para´l conozimiento i enseñanza de cualciera ce deseara poseerlos. ¿Pero cé era todo acello de creer en espíritus del más allá? ¡Superxerías, xarlatanerías, engañifas i tonterías!

–Rudolph –dijo Asturias– el apuñalador navideño.

–Correcto –dije–. Ya son cuatro las mujeres muertas.

–¿As estudiado el caso?

–Sí, casi a escondidas.

–¿Cé opinás?

–¿Sobre sus patrones de ejecuzión?

–Ajá –condezendió Asturias.

–De lo más burdo c´existe; ni siciera me cita´l sueño –le respondí.

–Te pasás…

–Digo, ¿cé es eso de dejar una nariz roja de plástico i una campanita? Ofende l´intelijenzia.

–¿Cuál es el supuesto significado?

–Ninguno. Únicamente ciere regalarle dolores de cabeza a la polizía en esta temporada.

–¿Eso creés?

–Me pareze ce´l sujeto ciere llamar l´atenzión.

–¿De cién? –preguntó Asturias arceando las zejas.

–No sé –dije aziéndome´l disimulado.

–¿De vos?

La pregunta era improzedente. Me alerté.

–¿Por cé me preguntás eso?

–Sos el mejor ajente d´investigazión del país –dijo Asturias abriendo las palmas de la mano.

–Enfocás mal tu ipótesis.

–¿No te desafía? –insistió

–¿A mí? –le respondí moviendo el entrezejo.

–Eso creo.

–Pues creés mal. Ai tantas cosas por las c´este tipejo mataría.

–No l´aze por dejar la nariz ni la campanita –dijo Asturias casi con ironía.

–¿Cé insinuás?

–C´está claro, vos lo dijiste: busca llamar l´atenzión, ponerte a prueba, saber si sos tan listo como dizen las jentes i dejarte en ridículo ante todo mundo si no resolvés el caso –respondió lapidariamente.

–Je, je, je… Aora veo ce sos más egozéntrico ce yo, je, je… M´axacás a mí lo ce todos piensan de vos.

–Ulises, dejáte de modestias: sos el mejor i´l ombre t´está desafiando. ¿Cé dizen los informes? ¿Alguna pista del tipo?

–Ninguna. Nadie l´a visto; tan sólo una sombra.

–¿Una sombra? –indagó exándose una sonrisa de burla

–Anxa, alta i veloz, así como la tuya.

Asturias cojió los folios i los ojeó minuziosamente, orazión por orazión, si se puede dezir. Apuntó algunos datos en su libreta, la zerró, sacó una caja de zigarrillos, me ofrezió uno, lo rexazé i enzendió el suyo.

–¿Esta noxe, e? –dijo con los ojos afianzados en mí.

M´ergí en la silla, aventé la pluma en el escritorio, aspiré profundo, me tocé la frente i dije:

–No voi a tomar el caso.

–¿Por cé no? –insistió Asturias–. Vos sos el indicado.

–Ya está resuelto –dije con arroganzia.

–¿Resuelto, dezís? Si apenas as ojeado los folios.

–Sí, ¿pero i cé? –le contesté petulantemente.

–Vos dezímelo…

–Vas a entregar al asesino esta noxe…

–¿Yo? –exclamó Asturias intimidado.

–Sí.

–No t´entiendo, Ulises.

–Lo sabrás cuando estemos en l´ezena del crimen.

Asturias adcirió un color amarillento en su semblante; estaba nervioso i pude advertirlo en sus jestos de brazos. Después de mí, era el mejor ajente d´investigazión del país. Mis palabras senzillamente l´abían dejado patitieso. L´ impensable asomaba en su rostro: ¿acaso insinuaba yo su participazión en los crímenes cometidos por el asesino navideño? ¿Lo estaría acusando de ser Rudolph? ¿No podría aberlos ejecutado por envidia, para fastidiarme i «dejarme en ridículo» ante la soziedad i acaparar para sí mi gloria?

–Por desgrazia –dijo Asturias al fin–, no podré acompañarte.

–Lo sé –le respondí, sereno, con la vista agudizada.

–¿Cé sabés? ¿Lo sabés? –me preguntó aora con el rostro enrojezido.

–Sí.

Se dio media vuelta, frente a la ventanilla polarizada, a´lado de la cortina plegable. ¿Acaso l´ abía descubierto Ulises desde´l inizio? ¿Por cé no confesarlo aora?

–Dezíme algo –dijo Asturias–, ¿cómo l´averiguaste?

–Por medio de la zienzia de la deduxión –le dije riendo– i´l olor característico d´un perfume femenino.

–¿Cé vas a´zer al respecto? –m´incirió con una ojeada d´atrevimiento.

–Nada –le contesté.

–Entonzes me voi –dijo de súbito–. Si estás avisado, i no te molesta, voi aora mismo por ella.

–Es tu vida, amigo –le dije–, azé con ella lo ce cerrás.

Volví a sentarme. Sabía c´Asturias se aparezería en la noxe, a pesar de l´ablado. ¿Cé podía ´zer yo? Como ajente, nada, com´ombre, azeptar el resultado. Releí el caso Rudolph. Realmente ce sus patrones d´actuazión eran comunes i vulgares i cizá de lo c´abía sacado provexo i ventaja era de l´inoperanzia e injenuidad de la polizía. Sin darme cuenta, la noxe m´alcanzó en l´ofizina esa Navidad.

Azía frío afuera, así ce m´abrigé con la xumpa i salí a´lugar señalado por el vidente. Me sentía estúpido, aunce confiado, puesto c´en esta ocazión no llegaría a desvelar un crimen sino a presenziarlo i con suerte a prevenirlo. Por lo ce m´abía dixo Simón, sabía adonde dirijirme.

M´escondí en la maleza junto a la carretera, próxima a la colonia.

Al cabo d´una ora d´estar acurrucado, en azexo, vi a un carro estazionarse a lo lejos de la calzada i a un ombre, cojiendo el brazo d´una mujer, dezender d´él.

Era Asturias i su «novia». Me mantuve cieto.

Conversaban entre sí, abrieron una botella de ron, entrexocaron las copas, zelebraban la víspera, mientras yo esperaba el momento. La carretera, mui oscura, no obstante, era bien transitada. Iban i venían buses, particulares aventando confites i reventando fuegos artifiziales, vagaban animales domésticos abandonados i toda clase de esperpentos salvajes.

De repente, Asturias izo un jiro destemplado d´asombro, cizá urjido por una llamada de zelular ce recorrió límpida por l´oscuridad, la mujer reculó i corrió a meterse en el auto, segida por el primero, c´ingresó a la cabina, enzendió el motor i arrancó con gran bruscedad.

Entonzes lo vi, casi al instante. Parezía una sombra, i abía estado oculta a pasos del auto, al ce trató de detener sin éxito; fallida la maniobra, cruza la carretera i escapa por atrás de mi espalda, descubierta a mis sentidos por el crujido de tallos secos. No se percató de mi presenzia, lo c´aprovexé para segirla, arma en mano. Pronto escuxé, desde la carretera, el paso de dos ombres i una mujer c´iba rezagada i a mi propio zelular vibrar en mi bolsillo. Sabía ya cién era el asesino, lo c´abía planeado azer i cómo debía atraparlo. Pero los ombres de la carretera, ignorantes de lo c´ocurría, cisieron impedirlo i, descubriéndome, me atacaron con sus pertrexos, a disparos.

–¡Deténgase! –voziferaron.

La mujer gritó d´orror al verme correr. M´escabullí detrás de la sombra ce s´eclipsaba en direxión al riaxuelo. L´alcanzé justo cuando los ombres estaban a punto de prenderme. Luxé por despojarla de su pistolete.

–¡Lo tengo! –les grité; ize un disparo para intimidar al transgresor–. ¡E cojido a Rudolph, el apuñalador navideño!

–¿Ulises? –me dijo una voz desde la calzada–. ¿Sos vos?

–¿Es Asturias? –le devolví la pregunta desenmascarando al asesino.

–Sí –me respondió otra voz–, es él i yo, el teniente Alomar.

El caso, como abía dixo, estaba resuelto desde´ l principio. Derribé a la sombra, l´atenazé del cuello i l´arrastré azia la carretera.

–Ulises… –dijo la mujer ce se abía engarzado de la zintura d´Asturias–. Nos atacaste, ¿cé te ocurre?

–Más bien les´e salvado la vida –le contesté exalando con fuerza por el cansanzio–. E ací al criminal.

Le cité la túnica con c´ocultaba su cara Simón el Vidente.

–¿Por cé? –le preguntó asombrado el teniente Alomar–. Deposité mi entera confianza en usted…

Simón callaba.

–Él sabía c´Asturias era novio d´Emy, mi ex, i de ce se veían cada noxe en este lugar, al salir de l´Universidad Tecnológica –añadí jadeante-. Cería estremezer a la soziedad metropolitana con una “muerte de impacto”.

Asturias se sonrojó al escuxarme dezir esto. Pronto le puso las esposas.

–I como lo supuse, Simón, en una innezesaria exposizión típica de todo asesino en serie, ciso azer ostentazión de su intelijenzia i capazidad criminal. ¿I cé mejor demostrazión de poder c´asesinando a mi ex novia i a mi mejor amigo i compañero? Se aprestaba a cometer ´l atentado cuando usted, teniente, llamó a mi colega por teléfono. Eso lo contuvo, i yo obtuve una magnífica oportunidad de pescarlo.

–Lo llamé a él i a usted prezisamente para tenerlos en ´l ecipo –dijo Alomar–. Aora revéleme, ¿por cé lo de la nariz i la campanita?

–¿No recuerda a Rudolph, el reno de Santa Clos, jefe? –intervino Asturias–. La campana es un jingle alusivo a la Navidad.

–No –irrumpí rebatiendo tal ipótesis–. En´l caso de la nariz se debe a un patrón d´imitazión ligado a su sicolojía criminal. ¿Recuerda usted la novela de Fedor Dostoyevski, la del doble ajente, acella ce los críticos literarios tomaron como una copia de La Nariz de Gogol? Nuestro vidente es un ombre listo e ilustrado (lo supe desde el mismo momento en ce pronunzié la palabra «radiestesia», de uso limitado entre eruditos del tema) i ciso mofarse de mí al calificarme con ella de fracasado. La campanita tenía una doble interpretazión, la primera nos remite a la novela de Ernest Hemingway, «Por cién doblan las campanas», i ací las palabras deben tomarse de manera fiel, es dezir, c´él estaba seguro de c ´éstas doblarían a su favor, si ubiera consumado ´l asesinato i escapado impune; la segunda llev´implízita´l simple exo de llamar l´atenzión.

–Maldito estúpido –abló por fin Simón, escupiéndome´l rostro–. Frustró usted mi mejor regalo de Navidad.

–Explíceme usted, «vidente» –l´incirió sarcásticamente Alomar–, cé nezesidad tenía de cometer estos asesinatos. ¿Está usted loco?

–De ninguna manera –repuse en´l acto–. Lo c´ocurre es ce su reputazión d´augur se le vino abajo; abía perdido toda su clientela i d´alguna forma tenía ce recuperarla. L´único ce se l´ocurrió, mui ábilmente, fue ejecutar los crímenes para luego aparezer en la Direxión d´Omizidios como «algien dotado d´un don espezial» con capazidad d´ayudar a resolver casos d´índole misteriosa. Todo fue parte d´un plan preconzebido par ´alcanzar notoriedad como adivino ante´l público.

El teniente Alomar se rascó una oreja.

–Caso resuelto –exclamó de pronto–. Lo dixo: es usted, Ulises, el mejor ajente d´investigazión en´Onduras. Y a usted, amigito –dijo enfrentando a Simón, cojido i entregado por Asturias–, l´esperan al menos ziento veinte años de reclusión penitenziaria.

–Grazias por su cumplido, teniente –dije.

–Volveré –irrumpió Rudolph–, lo prometo.

El teniente, sujetándolo de la nuca, lo llevó aparte, lejos, pero zerca de los autos.

«Silenzio», le dezía al tiempo en ce le leía sus derechos. Asturias i Emy se m´azercaron a paso tímido.

–Dezíme cé t´izo pensar c´era él desde´l comienzo –me recirió por lo bajo.

–Senzillo –le contesté peinándome el cabello–: por l´orientazión de los cuerpos en las fotografías ce vi de las ezenas del crimen: todos tenían los pies juntos como en una línea imajinaria, lo cual azía inestable su posizión. O sea, ce las mujeres abían sido ipnotizadas antes de ce les llegara la muerte. Estas técnicas d´azendenzia sicolójica sólo las conozen los loceros, los predicadores relijiosos i los ce se azen llamar magos. Era la primera i mayor de las pistas.

»I cuando el teniente llegó con él esta mañana a l´ofizina, ensegida reconozí su patrón d´actuazión; se me desveló al instante, como en la caída del espazio-tiempo en un embudo vazío. Lo demás era cuestión de pazienzia».

–¿Pero cómo iba a´zer con nosotros? No m´ubiera dejado ipnotizar.

–Por vez primera Rudolph emplearía la fuerza bruta: una pistola.

–Dios nos ciere, ¿verdad?

Le tendí la mano.

–¿No estás molesto conmigo? –me sonsacó desviando la vista azia Emy.

–¿Por cé abría d´estarlo?

–Lo sabés…

–Aze dos años ce me olvidé d´ella.

Aunce a Emy le disgustaron acellas palabras, tuvo el valor de regalarme una de sus sonrisitas forzadas.

–¿Un zigarrillo, ermano? –dijo Asturias en un arrumaco pazificador.

–A, sí –le respondí agarrándolo.

–Es tan típico de vos –dijo medio enfadada Emy apretando los labios–, ni siciera arrugás los ojos… nada t´importa ni tomás en serio… Pero cé carajos –acabó vitoreando–: ¡Feliz Navidad a todos!

FIN


8 de Maio de 2018 às 02:37 0 Denunciar Insira 1
Fim

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Valentino - Mis historias hablan sobre mí

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