scotophobin Bruno Viturro

Gaspar no tuvo ningún miedo cuando la chica y sus nuevos amigos empezaron a arder. Todas las personas querían encajar. Unas mas que otras. Pero en opinión de Gaspar, el precio que estaba dispuesta a pagar aquella chica por parecerse a sus nuevos amigos era demasiado alto. Mas del que ningún ser humano, cuerdo o no, debería soportar jamás. Y aparentemente, el era el único que podía ver los irreversibles estragos del proceso de conversión. En boca del propio Gaspar, la chica tenia una infección de vías bajas. Una infección de tres pares de cojones. Concretamente por debajo de sus caderas: De la cintura para abajo la chica ya se parecía tanto a un ser humano como una babosa a un cisne. A Gaspar le basto con verla erguirse...una sola vez. Después de eso, ya no hubo vuelta atrás para ninguno de los dos. No se trataba de salvarla. Eso solo quedaba bien en los comics y, de todas formas, no se puede salvar aquello que ya esta muerto. Ni siquiera se trataba de ahorrarle los horrendos calvarios de la metamorfosis. Lo único que Gaspar quería era acabar con la obsesión, como una urticaria mental arraigada en su puta materia gris, martirizándolo día y noche. Imposible rascarla. No había cura para ninguno de los dos. Pero si paliativos. Por eso el gran día no eran libros de texto los que abultaban su mochila sino un garrafa de diez litros. Diez gloriosos litros. Era hora de que la chica y sus nuevos amigos conociesen los tórridos evangelios de la gasolina sin plomo 95.


Horror Literatura monstro Para maiores de 21 anos apenas (adultos).

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Hadas en escabeche

Gaspar no tuvo miedo cuando empezaron a arder. Ningún miedo en absoluto. Lo que sí que sintió (¡y de qué forma!) fue una mezcolanza de conmoción, sorpresa y triunfo combinados. Indisociables. La conmoción, sorpresa y triunfo combinados de quien, tras cansarse de propinarle patadas a unas recias puertas de madera festoneadas de candados, se da la vuelta para, inmediatamente después, oír esos mismos candados cayendo en perfecta sincronía:

Clink, clank, clonk. Como monedas en una máquina tragaperras. Monedas de uno y dos euros bien lustradas.

De hecho, de manera incongruente, las repentinas y cegadoras llamas hicieron que por un momento creyese estar en el interior de un casino resplandeciente.

De una de esas sempiternas casas del vicio donde cualquier cosa-el puto apocalipsis o una invasión alienígena, por ejemplo-podrían estar aguardando fuera sin que uno se diese cuenta.

Un hombre con un bigote como un manillar de bicicleta encuadrado en un par de protuberantes ojos inyectados en sangre agito una enorme campana, más apropiada para despertar a las vacas de un establo que para exhortar al rebaño humano, al tiempo que clamaba:

<< ¡Máximas ganancias! ¡Máximo puntaje! ¡Tenemos un ganador! ¡Tenemos un ganador! Se llama Gaspar. No permitan que sus manos y ropas que hieden a gasolina ni los posos de café oscuros bajo sus ojos los engañen. ¡Este chico tiene talento! ¡Vaya que sí! ¡5! ¡El chico ha enviado de vuelta a 5! ¡Ya lo han oído! ¡5! ¡Ni más ni menos! ¡Los ha mandado de vuelta al infierno!

¡Tenemos un ganador! ¡Tenemos un ganador! ¡Vaya si lo tenemos! ¡Dejen sus apuestas y acérquense! Esto no se ve todos los días. ¿O debería decir todas las noches? ¿Acaso hay alguna diferencia cuando las llamas son tan brillantes damas y caballeros? ¿¡Tan brillantes y altas como las mismísimas torres de Babilonia?! Arriba, abajo, día, noche…qué-más-da. Los días y las noches van y vienen en anodina sucesión. Pero el talento…oh, el talento, damas y caballeros, el talento siempre prevalece y…MÁXIMAS GANANCIAS. MÁXIMO PUNT…>>

Gaspar seguía oyendo los aplausos sincopados de los otros jugadores de apuestas (que en realidad no eran otra cosa que el palmoteo de las lustrosas ampollas de su cara y sus manos quemadas reventando como burbujas de polietileno)

<< ¡Que público más entusiasta!>>

Había pensado en medio de unas alternancias de frio y calor tan exorbitantes que su mente enfebrecida llegó a pensar que el sol y la luna se lo pasaban al vuelo como si fuese una liviana pelota de playa.

De las áfricas a las antárticas.

Los aplausos lo envolvían como una perfecta ola de fuego y hielo:

Por delante y por detrás. A izquierda y derecha. Por arriba y por debajo. Salvo por el hecho de que, parafraseando al hombre con el manillar de bicicleta y el frac de terciopelo granate, atrás era delante, derecha era izquierda y arriba-oh, damas y caballeros-era abajo.

Salvo por el hecho de que el pulverulento cielo raso del casino, festoneado de arañas de cristal y madejas de espeso humo de cigarrillos, se había abierto de par en par como la tapa de una caja de zapatos.

Y en su lugar había ahora un telón de estrellas.

Brillantes quilates en medio de un tapete de terciopelo incendiado en el que las constelaciones chisporroteaban y daban vueltas como un exuberante campo de girasoles infernales.

Sus pétalos de fuego girando como los aserrados dientes de radiales enloquecidas.

Se había dejado absorber por la turba de jugadores. Dejando que cerraran sobre él sus manos calientes y lo levantasen en volandas.

¿Por qué tenían todos las manos tan calientes? ¿Acaso habían intentado en un frenesí desesperado extraer ellos mismos las monedas de las entrañas candentes de las máquinas, celosos por su éxito?

¿Era la fiebre de su ludopatía la que daba a sus palmas aquel ardor de planchas candentes al rojo vivo?

O tal vez, tal vez fuesen las…

Llamas. Culebreantes llamas cabrilleaban sobre su cara y sus manos como banderas diminutas-rojas, amarillas, naranjas y azules-cuando apuntaron al calvario encarnado que era su feo jeto y dispararon a bocajarro.

Lo cierto es que en un primer momento a ninguno se le pasó por la cabeza que pudiera tratarse de un adolescente. Aquel obelisco de llamas si apenas parecía humano.

Si aquel imponente bolardo de fuego se parecía a algo era al aspecto que tendría un oso erigido sobre sus patas traseras con sus posaderas alcanzadas por las llamas de un incendio forestal.

Solo la noción de que la séptica ciudad de Cántaro quedaba demasiado lejos de cualquier bosque ancló de nuevo a los policías en la realidad.

De lo contrario casi habrían esperado ver también a un puñado de renos apareciendo en lontananza con los cuernos en llamas como las coronas de emperadores del averno.

Si en efecto aquello era un oso erguido había echo el viaje solo.

Convinieron que aquello debía de ser un hombre después de todo. Tal vez no luciera como un hombre. Tal vez la cabeza sin cuello, como una antigua escafandra de submarinista, fuera demasiado grande.

Las orejas encogidas por las llamas como mustios capullos de flor al tiempo que el cuello y la cabeza se hinchaban adoptado la voluptuosidad de una calabaza o una bola de boliche brillante de sangre y grasa. Con la tracería de nervios y vasos sanguíneos latiendo como garabatos de martirio.

Tal vez por eso apuntaron directamente a la cara.

No era el procedimiento y ellos lo sabían. Deberían haber apuntado más abajo. Mucho más abajo. Hacia la base de todas esas llamas que, como una tarima infernal, parecía trepar por sus piernas igual que una multitud arracimada entorno a una estrella de rock.

Pero no podrían soportar aquella purulenta ruina humana de sanguinolencias.

Era lo más parecido del mundo a ver una albóndiga cruda de ojos alucinados sonriendo a la manera de un Buda feliz a medida que la piel se levantaba como tiras de papel de regalo. Opacas serpentinas de piel quemada que rebosaban por su mentón y se acumulaban en la pechera de su poncho de lluvia como puré de carne en el babero de un niño.

Una cresta de llamas amarillas flameaba en la parte superior de la cabeza como un exuberante flequillo rubio.

Como una salvaje cabellera ondeando desenfadadamente al viento en un rápido coche deportivo con la capota levantada.

A pesar de todas las señales de martirio de aquel chico que por alguna razón seguía agarrando firmemente la petaca de gasolina (más tarde se revelaría que su mano no la sujetaba en absoluto sino que la carne de su palma se había fundido y adherido a la burbujeante asa) lo que colmaría las pesadillas de aquel pelotón

Sería de entre todas las cosas aquel tupé de fuego.

Por algún motivo el ardiente copete era lo más difícil de mirar.

Dotado de una reacia belleza a la manera de un truco de magia morboso. Algo de indecible mal gusto y a su vez…imposible mirar hacia otro lado. Imposible rechazarlo…

Por lapso de unos segundos uno de los miembros de aquel pelotón de regadío se cuestionó si todo aquello no se trataría de una broma después de todo. Si no se habrían limitado a encajar un palo rematado en una tea por el cuello de aquel poncho y encasquetado allí una calabaza. Sí, eso es. Un palo con una grabadora adherida con cinta aislante.

Un clásico.

Eso debía ser, puesto que ¿Como iba un ser humano a soltar esos alaridos sin perder aquella bobalicona sonrisa cuyas comisuras daban la impresión de juntarse en el cogote como la del el Gato de Cheshire?

En cuanto a los rescoldos quemados que había a sus pies…estaba claro que eran maniquíes birlados de alguna tienda cercana.

Seguro. Probablemente para cuando regresaran a la base un enardecido dependiente ya hubiese puesto la denuncia.

Luego, una vez jalados los gatillos de los extintores, habían ahogado al chico en unas lluvias monzónicas de agua pulverizada.

Los afiebrados ojos de Gaspar vieron como el campo de girasoles rodantes dejaba de dar vueltas. De pronto tan inmóviles y yertos como lejanos molinillos de viento congelados allá arriba.

El mundo, que se había convertido de la noche a la mañana

en el monocromo infierno naranja del horno de la Bruja de Hansel y Gretel, se esfumó con la brusquedad de una alucinación. Del delirio de una anciana demente temerosa de los fuegos del infierno atada a la cama con correas de un psiquiátrico.

El pabellón de los chalados volvía a estar silencioso.

Lo segundo que recordarían aquellos policías seria lo mucho que el chico había tardado en caer. La renuente lentitud con la que su cuerpo se había rendido dañaba la vista. Ofendían el sentido del orden de lo que sus ojos esperaba ver. Ningún ser humano podía caer de esa manera. Jamás lo olvidarían.


Especialmente Mario, quien, por margen de unos segundos, había sido el primer agente que había jalado la maneta del extintor.

Podría decirse que Mario había sufrido aquello que los entendidos en la materia llamaban “regresión”. Aunque él habría empleado un término menos ortodoxo. Él habría bautizado aquel indeseable fenómeno como: Regreso al pasado de una señora patada en los cojones.

Mario había tenido en su infancia, y hasta bien entrada su adolescencia,

los consabidos soldaditos de plástico. No de los baratos: Meros monigotes sin facciones. Dichas efigies de plástico eran en opinión de Mario las responsables de que la gente viese en ellos un parangón de pobreza. De sucedáneo. Lo cierto es que la idea no había sido de sus padres. Era el propio Mario quien había insistido.

Y por aquellos dorados años Mario había tenido una vez la osadía de inaugurar el inicio de un verano en particular con la crème de la crème de la unidad. Arruinando la parilla de los churrascos y granjeándose una señora paliza de su padre.

Una deflagración de plástico burbujeante compuesta por lo mejor de su pelotón en una suerte de rito iniciático. De transición entre el mundo infantil al mundo adulto.

¿No decían acaso que uno crecía en la vida a base de hostias?

Sería justo decir que ese día Mario pegó un estirón.

La inmolación había estado compuesta por aquellos que habían atesorado más condecoraciones, segado más almas y en definitiva, manchado más las manos de sangre.

Siendo todos ellos miembros de la promoción de un comité de selección compuesto exclusivamente por un niño solitario cuyas fuentes bebían sobre todo de la biblioteca personal de su padre (una mezcolanza de nazismo, esoterismo, ufología, limpieza étnica, guerras mundiales y el periodo jurásico junto con una surtida antología de Tocología) la naturaleza de las misiones era estrafalaria. Incluso esquizofrénica.

¿Habéis oído alguna vez la expresión el hábito no hace al monje? Mario no. ¿Y queréis saber otra cosa? Ni falta que le hizo. Los soldaditos, “sus hombres“por llamarlos de alguna manera, nacidos de la limpieza étnica y la época dorada de los dinosaurios, lucían como soldados pero ni pensaban como tales ni actuaban como tales.

De hecho, en los esquizofrénicos mundos Narnienses del niño, lo que hacía tan impredecible a aquel escuadrón de la muerte (no eran tan ingenuos ni crédulos de creerse los salvadores de nada ni de nadie en aquel mundo séptico y violado a la manera en que unas fregonas oriundas de las alcantarillas no aspiran a erradicar la mugre de sus calles) era que decían A (no os haremos daño) pensaban B (la noche será fría y vamos a necesitar un buen fuego para calentar a toda esta gente)y hacían C (ha costado apilarlos todos juntos pero finalmente ha funcionado. Al menos ni nosotros ni ellos pasaremos frío esta noche…)

Toda aquella sórdida cosmogonía habría podido evitarse. En favor del padre diré que de haber imaginado que su hijo se mostraría interesado por su variopinta bibliografía habría dejado los entrantes en las baldas más bajas y los platos fuertes en las más altas. Lo que le había disuadido de dar pábulo a la noción de que su hijo pudiera sentir alguna clase de interés genuino por lo que allí había eran los tonos terrosos y apagados de los lomos. Oscuros ribetes y correosas molduras de un color pardo. Como crías de armadillo prensadas.

Pero no solo de dinosaurios devora niños y duchas gratuitas para los barracones de judíos se abastecía aquella biblioteca. Entremezclado con aquellos peliagudos mundos cohabitaban las cosas más anodinas que podían concebirse para un crío. Aun para uno con una curiosidad tan precoz y singular como la de Mario.

El padre imaginaba que, si uno dejaba aquello en manos del azar (craso error) probablemente su hijo diese con tratados tan interesantes y fascinantes como:

<<Oír, ver y tragar. Caída y ascenso de las aspiradoras>>o <<Como bajar los humos: Una semblanza sobre el temperamento de las vitrocerámicas de inducción>>

Además, con un ejército de soldados de plástico que incluía una surtida infraestructura, (no se trataba de los cutres y genéricos dioramas de plástico sino de figuras fidedignas a la historia, siguiendo la estela de los libros de papá)

El padre de Mario estaba convencido de que para cuando el chico reparara en otra cosa que no fueran juguetes serian las chicas, los porros o si acaso una droga más dura que las dos anteriores.

Mario no se horrorizo al leer sobre los horrores de la guerra y los experimentos del escuadrón 731 (esos minions vestidos de luto) más de lo que se habría horrorizado con un tratado sobre los pesticidas para mantener alejadas las plagas y garantizar la prosperidad de las cosechas. Al principio solo permeabilizaban las imágenes en blanco y negro en su mente porosa. Apenas capaz de desentrañar lo que ponían a pie de página. Pero conforme el chico aprendía a leer, si apenas podía esperar a llegar a casa de la escuela y quedarse solo para leer los libros de papá.

<<Una nación próspera es como mantener sano un huerto>>Decía en uno de los libros un tipo de cuyo nombre Mario no lograba acordarse. Y, como todo buen niño libre de prejuicios, Mario dio por sentada aquella afirmación. Afirmación que además venía matizada con una foto en blanco y negro de todos esos niñitos judíos que habían hecho de abono para aquel saludable huerto de cruces. Apilados por el conspicuo arador de las pesadas pezuñas de puntera reforzada de una Yegua nacida en otro prosperó huerto llamado Majdanek.

Más tarde, el niño libre de prejuicios, ese niño que jamás había oído que el hábito no hace al monje, desarrollarían la conciencia y madurez suficientes para comprender las implicaciones de toda esa imaginería (cuyo componente imaginario por desgracia cubría solo aquellos frisbees de hojalata y los asexuados asiáticos de piel cenicienta que eran sus tripulantes). Para entonces, ya era demasiado tarde para la conmoción o el asco. Como si en la época en que hubiese tenido que sufrir esa suerte de contusiones mentales, hubiese sido un alocado muchacho siempre colocado de novocaína con pequeñas caladas de fentanilo.

Pero aquellos tratados sobre abonos habían ensanchado su percepción para con respecto a muchas otras cosas y, Mario no podía evitar preguntarse si los últimos acontecimientos que habían puesto su vida patas arriba (y que alcanzarían su pináculo con aquel oso erguido salido del infierno)

no serían precisamente las secuelas de aquella “segunda enseñanza“. Como una escuela secreta de un solo alumno. Un alumno autodidacta en perpetuo estado de aprendizaje.

Cuando su padre lo vio reclinado sobre el sillón leyendo uno de los volúmenes por primera vez Mario ya tenía la sombra de una pelusilla en sus mejillas.

Fue una grata transición poder leer los libros sin esperar a estar la casa vacía pero a su vez había algo adictivo en aquella clandestinidad.

Como el corazón de uno tamborileaba como un animalillo encerrado en una caja. Se sentía como un pájaro atrevido.

Un colibrí libando el néctar de las flores de un campo prohibido.

Tal vez, debería haber cerrado todos los poros de aquella esponja psíquica. Esa suerte de inmunodepresión mental que lo dejaría inerme a lo que muy recientemente el propio Mario había acuñado como “realidades oportunistas”.

Mario no recordó cómo el pelotón, cuyas misiones recordaba a la manera en que uno rememoraría sueños febriles o terrores nocturnos, terminó sucumbiendo a aquella barbarie de genocidios, platillos volantes que arrasaban los campos en un caos ceniciento y dinosaurios que inauguraban las mañanas con el sonido del torso de algún desgraciado al separarse de las caderas. Sustituyendo así los cantos matutinos de los gallos en los campos y el traqueteo de los demoledores de concreto en las ciudades.

Solo sabía que en algún momento, a la manera de los hombres leopardo del Congo Belga que venían en los libros de su padre, sus hombres desarrollarían el gusto por la carne humana. Primero por necesidad. Luego… ¿quien sabe? ¿Acaso debía el saberlo todo? ¿Acaso sabía un padre lo que pululaba por la cabeza de sus hijos varones una vez se hacían hombres? Imaginaba que por eso la conversión al canibalismo de su pelotón se antojaba como un misterio para él.

Porque sus soldaditos habían crecido y el envejecido. Un viejo demasiado obtuso para seguirles el ritmo a sus chicos.

Demasiado lento para dirigirlos. Para liderarlos. Para anticiparse a sus movimientos.

Mario estaba convencido de que todo niño vivía la edad del pavo dos veces. La suya y la de sus juguetes. Tarde o temprano estos también se independizaban y terminaban pensando por sí mismos.

Lo cierto era que, más que el término real de una fase para poder entrar en otra, Mario les había cogido un poco de miedo.

Está bien, vale, puede que algo más que un poco.

No eran muertos vivientes. De eso estaba seguro. Pero imaginaba que, en un día nublado, bajo el telón de un cielo lechoso dándole a sus pieles un aspecto ceniciento, pálidos y somnolientos por la falta de sueño, encorvándose bajo el peso cada vez mayor de sus equipajes y sus pesadas botas, para las personas que los veían aparecer en lontananza eso era exactamente lo que parecían. Y cuando efectivamente se echaban encima de alguien para saciar su hambre y su sed, la diferencia entre un zombi y un hombre era (incluso un niño infinitamente menos perspicaz e inteligente que Mario podía verlo) puramente anecdótica.

Un día los sacó del cajón/bunker donde reposaban de los horrores de la noche. De la noche, no de la guerra. De hecho no fue hasta el fin de la guerra cuando empezaron los verdaderos horrores. La guerra no había sido más que una distracción. Una prórroga.

Ese día había sentido algo rayano en el pánico.

Aquella mañana su “huerto” había amanecido amortajado por una puta plaga bíblica de bichos.

Y él había sentido el homólogo de un niño de preescolar que se sienta a ver a sus queridos teletubbies y descubre las cabezas decapitadas de sus padres gritando en las pantallitas planas de sus estómagos. Dando vueltas con los ojos vacíos como prendas en el tambor de una lavadora.

De pronto ya no podía verlos con los ojos de un padre. Con los ojos de aquel reclutador orgulloso. Enamorado de su potencial.

Hizo lo que haría un buen padre. Liberarlos.

No es que tuviesen mucho aspecto de zombis con aquellas espaldas enhiestas y los rifles levantados al principio de colocarlos en las planchas frías. Ningún zombi tendría esa pose adusta.

Imaginaba que en la vida real un zombi juguetearía con el rifle hasta volarse la cara por error o instintivamente terminaría usándolo de muleta para seguir su fútil peregrinaje.

La bayoneta como el piolet de un escalador.

Sin embargo a esas alturas de la función a Mario ya le constaba la suerte de afecciones nerviosas que podían sobrevenir por comer carne mal preparada. En especial la de determinados animales. Así que, a pesar de no tener halos verdeazulados de rigor coronando sus putrefactas cabezas ni una piel olivácea, bien podría habérselos considerado la nueva generación zombi.

De cualquier forma, el fuego que ardía debajo de la parrilla (Mario había arracimado varias piñas y ramas caídas) se encargo de aquella pose alerta, de dobermans erguidos preparados para saltar y morder a aquellos Muselmanner que se negaban a morir pero que al mismo tiempo rehusaban trabajar.

Los rifles se doblaban como trompas de Falopio y las cabezas se precipitaban sobre el pecho de los soldados como espesas lágrimas.

Lo cierto es que había llorado en silencio.

Esos hombres y el habían sangrado juntos. El espeso humo negro y las lágrimas nublaron sus ojos. Mario tosió. Mario se estremeció.

Le gusto imaginar que aquello era un amanecer apocalíptico. El ultimo amanecer antes de que la última central nuclear de vete tú-a saber-de qué- rincón-del mundo explotase y lo mandase todo al garete en un hongo pulverulento de radiación y muerte.

O tal vez fuese el propio sol, cayendo sobre el pelotón como uno de esos farolillos chinos.

Encontraba aquella idea aterradora de todas las formas posibles pero también le parecía hermosa.

El sol descolgándose en su último crepúsculo e incendiando la tierra como un quinqué de petróleo volcando en un pajar.

Aunque él no se daría cuenta hasta más tarde, látigos de espeso moco se cimbreaban bajo las ventanas de su nariz.

Mario contaba entonces con 17 años

Las piernas de los soldaditos eran las primeras en doblarse mientras sus trenes inferiores resistían. Encontraba aquella estampa tan dolorosa como fascinante.

El reverso tenebroso de su imaginación hacía que pensase en las capas de piel abriéndose como pétalos. El músculo ennegreciéndose rebosante de grasa. El tierno tuétano de sus huesos burbujeando.

Era lo más parecido a ver magia.

No era idiota, sabía que podía reproducirse un fenómeno similar quemando cualquier juguete. Igual que suponía que todos los niños ardían igual. Que el tono y timbre de los gritos tendrían una cadencia parecida. Que el jugueteo de las llamas en su pelo tendría un ritmo similar.

A menos que se fuese el padre de las criaturas. Ese padre habría podido afirmar categóricamente que la carne de su primogénito chisporroteaba con mayor truculencia que el resto.

En efecto, al final del día, sus soldados (nada de soldaditos, aquella difícil edad del pavo había quedado atrás hace mucho con la primera pira humana de civiles durante unas heladas particularmente duras) no eran más que juguetes.

Pero no unos juguetes cualquiera. Eran sus juguetes. Sus reclutas. Sus hombres. Y en breves, aquellos hombres dejarían de existir.

Mario tenía muy claro que no terminarían en un contenedor de caridad. Ni regalados por ahí. Le aterraba cual podría ser el porvenir de aquellos hombres deshumanizados reclutados por cualquier mocoso de mierda sin la tercera parte de responsabilidad afectiva que el.

Hubo un momento realmente malo en que se sintió tentado de llenar un barreño de agua fría y hacer con sus hombres lo mismo que acababan de hacer con aquel oso vagamente humanoide envuelto en llamas.

El niño cobardía y blandengue que todavía cohabitaba dentro de el quería tomar el atajo. El camino fácil. El mismo camino fácil que tomaban las parejas insatisfechas pero cobardes que, sin atreverse a darle el tijeretazo final al precario cordón que los unía, decidían “tomarse un tiempo”.

Una excedencia emocional. Cerrado por vacaciones.

¿Y en que le convertiría eso si devolvía a sus hombres, quemados y sanguinolentos como estaban, a la draconiana oscuridad de su cajón/bunker?

Donde sin lugar a dudas sus heridas supurantes se infectarían y los ratones que convivían con ellos ahí abajo terminarían por envalentonarse y llevar a término el plan que habían convenido en la sala de juntas:

Arrancarles la vida a besos.

Aunque sus hombres no habían llegado a enterarse, las ratas se habían encaramado sobre sus regazos mientras dormían y acariciado las puntas de sus narices llenas de capilares rotos por el frío con sus puntiagudos bigotes. Auscultando las bolsas oscuras bajo sus ojos y la lividez de sus labios en un dictamen invertido de la Bruja de Hansel y Gretel.

Palpando con sus manitas fetales el nervudo cableado de sus escuálidos cuellos, mirándose entre ellos y musitando con sus vidriosas vocecillas de roedor: NO ESTÁN LISTOS.

Las personas merecían un cierre adecuado. Sus hombres no eran la excepción. De hecho, tenía con ellos un vínculo más fuerte que con ninguna otra persona viva.

Debía ser fuerte. Como lo habían sido ellos.

De modo que la aflicción le cedió el asiento a la fascinación.

¿Pero lo era realmente? Puede. En un pelotón de soldaditos de plástico que al final del día estaban desprovistos de cosas como intelecto y terminaciones nerviosas.

En aquel chico envuelto en llamas, sin embargo, el fenómeno no tenía nada de curioso. De hecho, era la peor cosa que Mario había visto jamás.

Como un obstinado muñeco de nieve derritiéndose mientras trataba desmañadamente de subir una empinada duna de arena bajo un sol inclemente. Un muñeco de nieve con una misión que cumplir. ¿Cómo podía un ser humano tener las facciones tan abultadas sin estar cinceladas sobre hielo? Con la cara semejando un carnoso y chorreante gotele.

Un chico de hielo al que le habían volcado un barreño de sangre por encima confiriéndole a su falsa carne un rubor de remolacha.

<<Por eso el muñeco de nieve se niega a tocar la lona>>Pensó.

<<Porque la misión no ha acabado. Por eso agarra todavía la petaca de gasolina-lo que queda de ella-como un Papa Noel el saco del carbón. Porque todavía no ha terminado el reparto. Esta era solo su primera parada de la noche. La cuestión es, de no haber llegado nosotros, ¿Cuantas paradas más habría hecho el ayudante de Santa? ¿Cuántos niños malos pensaba visitar esta noche? ¿Cuantos más habrían terminado convertidos en aullante carbón antes de salir el sol?>>

El si apenas reparaba en aquellos circunloquios internos mientras jalaba a fondo de la maneta y sentía el conciliador peso del extintor menguando a cada segundo.

Eran policías, si. Pero cualquiera que los estuviese mirando ahora habría pensado que eran un grupo de aguerridos cazafantasmas inaugurando su regreso tras un largo-y seguramente merecido-retiro.

¿Y no había algo indefinible en el aire? ¿Algo que se amalgamaba con el olor a carne y ropas quemadas?

El muñeco había caído de rodillas como un Samurái sin honor tras hacerse el harakiri. En todas y cada una de las películas que había visto Mario sobre samuráis había supuesto que hacía falta toda una vida de disciplina y parte de una segunda para caer de esa manera después de echar las tripas. Sin embargo aquel chico, cuya vida si apenas había empezado, hizo que pareciera fácil. Obscenamente fácil. Como hacer la O con un canuto. Incluso más fácil que eso.

El chico de nieve se había doblado sobre sí mismo a lo Elvis Presley.

Si los labios de Elvis, claro está, hubiesen sufrido un tremendo prolapso y retraído como el capullo de una flor carnosa. Ofreciendo un horrible atlas de dientes amarillentos, brillantes por las llamas como una ristra de luces navideñas.

Un muñeco de nieve ensangrentado tronchándose de risa.

Y el pesado marco de madera precariamente colgado sobre chinchetas que era la cordura de Mario empezó a balancearse. Llevaba un tiempo haciéndolo. Y por el lapso de unos horribles segundos creyó que el muñeco de nieve, aquel horrible ayudante de Santa Claus encargado de los niños malos, sería el terremoto que haría perder a aquel delicado marco su último asidero. La última chincheta floja que lo mantenía alejado del suelo.

Aunque Mario jamás habría compartido aquello en una declaración jurada, el habría jurado, valga la redundancia, que las llamas se arracimaban sobre el chico-oso de un modo rayano en la camaradería. Como si en lugar de consumirlo como una efigie humana compuesta de heno y boñigas de vaca, se limitasen a prodigarle desmañados lametones con su miríada de lenguas. La sangre y las quemaduras de rigor estaban allí, pero no bastaban. Estaba claro que el pobre bastardo había quemado a esa gente y vertido lo poco que quedaba de gasolina sobre su cabeza.

<<Ya estaba ardiendo cuando nosotros hemos llegado. Ya debería ser un rescoldo sanguinolento, como los demás, y sin embargo, el hijo de la grandísima puta sigue riendo>>

Aquel muñeco de nieve reía a mandíbula batiente.

¡Y vaya risa! En su meteórica carrera, a Mario le había tocado lidiar con su cupo de muecas desagradables.

Pervertidos, exhibicionistas, asesinos…O como los llamaba él en su propio argot personal, “turistas”.

Los turistas eran demonios de segundo orden que de cuando en cuando subían a la tierra hastiados de los placeres mundanos del infierno. Los “guiris del azufre”.

Si bien no portaban tridentes ni presumían de largos cuernos, todos tenían alguna manifestación- ya fuese interna o externa-de su demonidad.

Aquel oso de Falaris envuelto en llamas era un ejemplo tan bueno como otro cualquiera.

Pero había otros…

Como aquel tipo nervudo y tenso con ojos como tajos oscuros que se había autoproclamado ornitólogo cuando lo sorprendieron con las manos en la masa hacía apenas unos meses.

—Solo quería mirar a los pájaros—Habían sido sus primeras palabras. —Suelen salir a esta hora. Son unas criaturillas de costumbres fijas ¿saben? Puntuales como relojes. En un mundo que se ha vuelto tan impredecible, tan loco…sienta bien venir a verlos. Como autómatas de un reloj de cuco siguiendo el mismo circuito cerrado una y otra vez.

Salvo que los primeros no tienen vida y ellos están llenos de ella, ¿verdad? y...miren, las puertas del reloj ya estan abriendose y…—

Pájaros. Aquel tipo tenso les hablaba de pájaros.

Sin embargo, hacía tiempo que habían retirado las jaulas que había en el patio exterior del edificio.

Al parecer su trino y el revoloteo de sus alas distraían a los estudiantes de sus materias.

A pesar de que las materias más complejas que se impartían ahí dentro eran el abecedario y la tabla de multiplicar.

Observador de pájaros. No habría sido tan malo si el tipo se hubiera limitado solo a eso: Observar.

Sin embargo, cuando se le acercaron por la espalda y este se volvió, con una sonrisa cuyas comisuras debían de provocarle una tirantez terrible al anudarse en su nuca,

Sus prismáticos colgaban.

Los de arriba y los de abajo.

Su gabardina, demasiado holgada, demasiado sucia, se cimbreaba al viento. Acariciando la acera con un susurro ominoso.

El cuello era una soga de piel arrugada que daba la impresión de consumir todas sus fuerzas en sostener la cabeza.

La cabeza se había vuelto hacia ellos con tal presteza animal que a Mario se le había revuelto el estómago. Era el ademán de un coyote con una rata muerta en el buche sorprendido por los neumáticos de un coche machacando la gravilla.

Como tallada en aquel cráneo pelado, lleno de manchas, les miro una cara triangular de altos pómulos, mejillas chupadas, y nariz y mentón afilados como puñales.

Tenía orejas grandes y picudas. Alerta.

La viva imagen de un chacal: La cara, agresivamente huesuda, le daba un aspecto hambriento, depredador. Los caninos, tan afilados que el hombre de los amaneceres zombis se lo había imaginado afilándoselos cada mañana absorto frente espejo del cuarto de baño con una piedra pómez.

Su dictamen, si bien inexacto, no había distado mucho de la realidad. Ya que, tal y como se descubriría más tarde, había dos monstruos hambrientos coexistiendo en aquella arruinada efigie humana: La del tipo hambriento de (<<pájaros, me dedico a observar pájaros>>) escolares distraídos

Y el cáncer glotón que se cebaba con su estómago.

De uno de los bolsillos de su gabardina, cuyas profundidades habrían podido alojar a un bebe de buen tamaño (y después de ver lo que contenía ya no pudo imaginarse otro propósito que no fuera ese) sobresalía el lomo de lo que más tarde resultaría ser un cuaderno de dibujo.

Ornitólogo…El hombre de los amaneceres zombis solo tuvo aplomo para deslizarse por las primeras páginas. Sobre los primeros esbozos de angustia.

¿Y quién era el angustiado en aquellos dibujos al carboncillo? El chacal no, desde luego. El chacal reía, triunfal, con los ojazos abiertos como embrujadas vajillas negras. Eufórico como un zorro en un gallinero con todas las jaulas abiertas de par en bar. Barra libre.

Los angustiados, como no, eran los pájaros.

Aquellos “vivarachos autómatas de reloj de cuco”. Consciente de que si seguía deslizando las páginas no habría podido seguir siendo esa imparcial cámara de vigilancia trazando un circuito cerrado y, lisa y llanamente, ya no podría seguir ejerciendo como policía, había cedido el cuaderno a su compañero, más templado. Demasiado templado, convendría más tarde.

Más acostumbrado a lidiar con los “turistas”. Una comodidad que resultaba casi obscena.

Sin embargo, y a pesar de no ser más que los prolegómenos de todo un tour de forcé por los infiernos, incluso los primeros dibujos estaban dotados de una rutilante ponzoña moral que hacía que no pudieras sacártelos de la cabeza. Fueron los dibujos los que le convencieron de que el Chacal, oriundo o no del planeta tierra, nacido o no de padre y madre, era uno de ellos.

Un turista.

Los otros dos esbozos de angustia la tenía prácticamente olvidados. El barniz oscuro de su cordura había ocultado los dibujos en su memoria. Tal vez, en un futuro y de modo que el no podía concebir a día de hoy, le fueran útil y tuviese que rascar aquella placa oscura con una lijadora mental.

Sin embargo el primero de ellos todavía tenía la nitidez de un cartel publicitario. De una marca solar flotando en las retinas para siempre.

Mostraba al chacal alejándose de un intrincado reloj de cuco con una rechoncha perdiz atrapada en el cepo de martirio que era su quijada desencajada.

Las puertas del reloj estaban abiertas de par en par y un esqueleto con demasiadas carnes todavía para ser aceptado en Valhala enarbolaba un pañuelo lleno de mugre.

¿Aquella cosa decía hola, o adiós? ¿Y si era así hacia quienes iban dirigidos los ademanes de su mano agarrotada?

Aquello dejó de importar cuando Mario vio que, engarzados la aquella cabecita emplumada del niño, miraban horrorizados un par de ojos dolorosamente humanos con largas pestañas rizadas. Rematando una de las puntas de aquellas pestañas, como las cerdas de un peine, brillaba una única lágrima.

Casi todos los niños de su generación habían crecido, u oído al menos una vez, la versión provisional de las cigüeñas y sus concesionarios de bebés.

Siempre había dado por sentado que todos los padres contaban una versión ligeramente distinta a la original. Aderezada con un poco de inventiva propia. Pero al igual que con el propio Mario, en el caso del Ornitólogo algo había ido mal. Terriblemente mal.

En la versión de los padres del chacal (suponiendo que no lo hubiera amamantado una loba), la cigüeña no entregaba a los niños, se los llevaba. O tal vez ni siquiera era la propia cigüeña la que se molestaba en capturarlos.

Tal vez la cigüeña aguardaba en su guarida mientras su ayudante hacia el trabajo sucio…

Y ahí terminaba todo elemento fantástico. Todo componente de cuento o de fábula. Ya que a los niños tampoco se los llevaba a lo alto de un campanario ni de un castillo erigido sobre nubes de azúcar rosa. Los sitios a los que se los llevaba el chacal, aquel entusiasta de los pájaros, eran bien terrenales.

Muy tétricos y muy sucios.

Tan tétricos y sucios como el estado en el que los dejaba allí para que la policía los encontrara.

A veces hasta con una notita prendida al pecho. Donde, con pulcra caligrafía, (antes de que el cáncer de estómago provocase sempiternos seísmos en sus dedos que le impedían incluso sostener sus prismáticos) decía:

“El cuco se ha estropeado y ya no hemos podido seguir jugando. Por favor, devolver al fabricante con la mayor prontitud posible“

Pero los fabricantes de dicho autómata

No querían saber nada. Y los pocos que si querían, los que necesitaban saber la causa de la avería, eran disuadidos de hacerlo.

En la mayoría de los casos no es que quedara gran cosa que ver de ellos. Y casi con toda seguridad, nada que mereciera la pena ver.

Una vez le estrechó las bridas de poliamida y lo condujo con empujoncitos desmañados al interior del coche patrulla vio que era tan liviano como un niño escoltado a jefatura tras escribir y dibujar obscenidades en la pizarra.

Tuvo el absurdo antojo de agarrarlo en un abrazo de oso y levantarlo varios palmos del suelo como si fuese un jarrón. Tan liviano era aquel hombre y todo cuanto podía pensar él era:

<< ¿Cómo puede el mal en estado puro pesar tan poco?>>

Era como haber crecido con imágenes del Stonehenge y al visitar uno por vez primera descubrir que estaban hecho de cartón piedra.

El hombre de los amaneceres zombis siempre dio por sentado que acabarían cogiendo al tipo. Pero ni en un millón de años habría imaginado que cuando lo hicieran estaría el presente y que para más inri sería en unas condiciones tan lamentables:

Las piernas casi tan abiertas como los pliegues de la gabardina, los pantalones bajados hasta los tobillos. Mario estaba seguro de que, de no estar cercadas por ellos, el chacal habría sido capaz de hacer el espagar. Como esos perros con lombrices intestinales que usaban las aceras como catarsis. ¿Era aquel un icono del mal? ¿Aquella cosa obscena, séptica y arruinada?

¿Como iba un bastardo tan cuidadoso a dejarse atrapar de esa manera? Parecía incongruente, dejarse trincar así, después de tener tanto cuidado. Por tanto tiempo. Después de estropear tantos cucos. Después de asaltar tantos gallineros.

Casi resultaba decepcionante.

En las películas, a los tipos como esos los trincaba el típico inspector atormentado del departamento. Algún conspicuo detective de homicidas con su mente maestra sempiternamente ahogada en alcohol. Maestría que ni siquiera la marea etílica lograba sumergir.

No un puto poli novato.

Se había pasado más tiempo mirando a sus compañeros que al propio chacal, secretamente convencido de que le regañarían por encargarse del monstruo personalmente a la manera en que se regaña a un niño voluntarioso por intentar solucionar él solito una intrincada avería de fontanería.

Y a pesar de eso, o precisamente por eso, la colgante fruta madura de aquel cadáver de sangre caliente apuntando a la escuela como un dedo admonitorio tuvo el sonsonete de la realidad.

Mientras Mario empujaba la cabeza del anciano hacia abajo sintió que la aversión galvanizaba sus dedos de tal forma que su mano prácticamente ansiaba cerrarse sobre aquel cráneo lleno de manchas como una excavadora.

¿Podía ser realmente aquel viejo maloliente el hombre?

Mario concluyó que incluso el Rey de la selva perdía su trono mayestático una vez se le cayán los dientes.

Aun con todo, la mayoría de la gente no logro entender por qué.

Pero Mario no era la mayoría.

El sabía porque:

El Chacal se había cansado de hacer turismo. Las vacaciones habían terminado y era hora de volver a(l) (infierno) la cárcel. De donde ya no saldría jamás y de donde jamás debió salir.

Sin embargo jamás podría llamar así a los de su clase en un informe oficial. Así como tampoco figuraría nunca en un informe oficial todo ese feo asunto de los “ácaros”.

Habría suscitado preguntas. Y las preguntas, demandaban respuestas. Y Mario, tipo introspectivo donde los haya (y padre del canibalismo en tiempos de dinosaurios)

Sabía que tal vez no todas, pero si muchas de ellas, tendrían que ver con su salud mental. Y dicha salud, presumiblemente inquebrantable durante sus años como ávido lector de la biblioteca prohibida de su padre, andaba de capa caída.

Ya en la academia había sorprendido a todos por sus calificaciones. Aquello también había suscitado preguntas.

¿Que coño hacia un joven tan prometedor con una media digna de un trabajador de la Nasa aspirando a policía?

¿Porque no medico? O, siguiendo la estela de su padre, Tocólogo.

Pero en opinión de Mario, él y su padre eran caras de una misma moneda. Alguien tenía que traer niños al mundo mientras otro se cercioraba de que siguiesen con vida. Alguien debía velar por que todos esos niños pasasen por todas y cada una de las etapas y llegasen al final del trayecto.

¿Y por qué no él?

¿Por qué no él para encargarse de que el huerto seguía siendo prospero y libre de plagas?

Si su padre era un dios de la fertilidad, Mario se conformaba con ser una deidad de segundo orden. Un guardián del huerto.

Guardián del huerto. Le gustaba. Sonaba bien.

Los últimos acontecimientos sin embargo arrojaban una pregunta distinta: Si podría seguir siéndolo. Y por cuánto tiempo.

Últimamente sentía como si le hubiese salido un sospechoso bulto en la nuca y estuviera tratando de taparlo permanentemente con bufandas y cuellos largos en compañía de colegas y compañeros. Incluso a solas, porque no soportaba la mera noción de aceptar la existencia de ese bulto.

Con la vana esperanza de que el sospechoso y pujante cuerpo extraño desaparecería si no se lo rascaba para aliviar la comezón y no le daba la luz. Como una seta extravagante que necesitaba los rayos del sol para poder medrar, el luctuoso bulto amainaría en esa oscuridad. En ese calor.

Amainara. Tenía que amainar.

Pero el bulto había ido a más. Ya lo creía que sí. A veces se pasaba la mano callosa por el cogote, haciendo que cavilaba sobre algún asunto sin importancia. Pero palpando en realidad el luctuoso bulto, como una segunda nuez de anda, empujando la carne del cogote como la punta de una espada. Notando su progreso. La piel cada vez más tirante.

Al principio solo tenía la noción de su desarrollo al despertar. En esa <<tirantez mental>>. Como la de algo estirado por garfios. Largos garfios.

Pero ahora lo podía sentir crecer por las noches, mirando la bóveda sin estrellas del cielo raso de su cuarto.

Hacía tres noches había soñado que se miraba en el espejo sobre la pileta del cuarto de baño y con un espejo de mano enarbolado detrás de su nuca veía aquel bulto por vez primera. Debiera haberlo imaginado antes siquiera de alzar el espejito. Que si sentirlo ahí atrás ya era terrible, verlo sería…

Solo que ya no era un bulto. Al otro lado del espejo, tras una porción de piel abierta de par en par como la cremallera de una tienda de campaña o una vaina inmolada, lo miraba con fija e idiota atención un ojo demente. Un ojo carente de parpado y que sin embargo, se las apañaba para mirarlo con somnolencia senil. Más porcino que humano.

Mario no atribuía ninguna cualidad especial a los sueños. Al fin y al cabo habían sido el pan de cada noche mientras libaba a escondidas del néctar prohibido de todos aquellos libros

Ningún peso en absoluto. Y eso fue precisamente lo que alegó cuando despertó convencido de que su cordura era aquel pesado y frágil marco de madera sujeto a una pared por precarias chinchetas.

Encharcado de tal forma en sudor que las sábanas se adherían a su cuerpo como viscosas placentas. Como si en lugar de despertar en su cama lo hubiese hecho en el interior de la caja torácica de un caballo.

Los sueños no eran más que una función corporal. Y los sueños de naturaleza desagradable eran en particular el homólogo a la coloración oscura en la orina.

La cual, podría deberse a infinidad de cosas sin comportar necesariamente una sentencia de muerte.

Por ejemplo fruto de una fuerte contusión.

O de meter el pajarito en alguna oscura madriguera de árbol infectada.

Aunque en esta ocasión lo que había meado Mario era sangre. Negra y densa como el zumo de moras.

Mario siempre había imaginado que de existir, sería en el centro de la frente. Eso que los entendidos y no tan entendidos conocían como el tercer ojo.

¿Pero qué hacía exactamente aquel puñetero ojo supletorio?

Se suponía que el tercer ojo te hacía entrar en comunión con cosas. Cosas que siempre habían estado ahí.

Sonaba a una mierda muy mística. Cosas relacionadas con otras dimensiones alternativas. Pero el imaginaba que dichas alternativas serían inocuas. E incluso pensaba en dichas realidades desde un prisma racional. Tal y como uno pensaba en las imágenes que mostraba una cámara térmica o un visor de rayos x.

Ahora que lo estaba viviendo en carne propia Mario tenía ideas propias al respecto.

Y no eran agradables.

De hecho se asemejaba mucho a haber retozado por años en la misma cama confortable para un buen día despertarte y encontrártela infestada de ácaros horribles maniobrando con sus repugnantes patas.

Y después de una visión semejante, lo que venía a continuación de eso era más que evidente. Sacabas el colchón de la habitación y tras remojarlo en brandy le prendías fuego en el patio de atrás. Convencido de que la solución a tan horrible epifanía era empezar de cero con un colchón nuevo. Pero por supuesto ya no podías recurrir al viejo truco de borrón y cuenta nueva.

Por supuesto, más tarde o más temprano, los ácaros volvían. Oh si, volvían.

Y ya no los tenías solo sobre tu nuevo colchón sino también en el sofá. Sobre las sillas. Así que al final, dormías en el suelo. Hasta que despertabas en mitad de la noche para descubrir que en el suelo el panorama era aún peor y que los ácaros se abrían paso por tu cuerpo. Reptando insidiosamente para dar con las húmedas molduras de tus ojos y dejarte ciego. Lo cual, dicho sea de paso no sería en absoluto una mala resolución. De no ser porque uno ya no podría verlos. Pero si oírlos. Y sentirlos.

Tal y como él había oído y sentido lo que había al otro lado del armario en aquella casa de los horrores.

Mario no había visto a los ácaros la noche en que todo había empezado para él. Estaba bastante seguro de que, de haberlos visto, luciría un uniforme muy diferente al que ostentaba ahora mientras dejaba el extintor seco. Uno con largas mangas que rodeaban los costados y se unían a la espalda.

Aquello sin embargo pareció ser suficiente para que el ojo supletorio empezase a gestarse. Ahora estaba convencido de que el tercer ojo no era privativo de un puñado de monjes pelones con los huevos duros como pomelos por el frío de las montañas.

Que, a la manera de un tumor alojado en el organismo como un misil en un silo de misiles, todos teníamos un tercer ojo. Que este llegase a desarrollarse o no, dependía única y exclusivamente del curso de los acontecimientos. En resumen: Una vez más todo consistía en quien sacaba el palito más cortó en la criba de la vida. El sorteo de la buena y la mala suerte.

Pero no todo era cuestión de azar. Él había tomado una decisión, ¿cierto? Había elegido ser policía antes que Tocólogo. Diríase que prefería la calle al trabajo de oficina. El campo de batalla al campamento base.

A pesar de que su padre había presenciado más gritos y más sangre de los que seguramente sería el testigo en toda su carrera.

Decir que quería cambiar las cosas en lugar de cerciorarse de que seguían tal como estaban (un Tocólogo a fin de cuentas era un asistente de la biología que se cercioraba de corregir el rumbo cuando esta se salía de sus renglones) no sonaba mal como respuesta.

Mejor eso que decir la verdad: Que no estaba seguro de poder hacer lo que su padre por años sin llegar a un punto de no retorno en que aborreciese el “tapón universal “de las mujeres.

Había hecho las paces con la noción de que una vez ingresase en el cuerpo tendría que ver toda suerte de cosas desagradables. En ese sentido, el chico de la biblioteca de papá, se sentía aventajado para con respecto a sus otros compañeros. Mario no glorificaba la violencia. Lisa y llanamente la aceptaba. La asumía. Era una condición normal del planeta.

Un fenómeno con el que se había familiarizado de la misma manera en que a edad temprana se familiariza uno con las pompas de jabón, los arcoíris o las tormentas.

La violencia y la maldad se habían vuelto tan familiares para él como la muerte para el hijo de un nigromante. Un bebé que ya desde la cuna había aprendido a llegar al tarro de la mermelada aupándose sobre varios cráneos blanqueados con lejía.

Su mente insistía en retrotraerle a la noche de aquella infestación de ácaros y lo hacía siempre acompañada de la misma pregunta mortificante:

¿Habría terminado aquel ojo supletorio emergiendo durante una consulta, con los ojos absortamente enterrados entre las piernas de una mujer?

¿Era uno quien encontraba a los ácaros o eran los ácaros quienes lo encontraban a uno?

Cualquiera que fuese la respuesta, lo cierto es que a Mario nunca le había llamado especialmente la atención el oficio de su padre. Ni siquiera siendo niño.

Especialmente siendo niño.

En su infancia había ojeado un buen puñado de tomos enciclopédicos con su buen puñado de fotografías. Que lo único que se le ocurriera a su padre, que había hecho del nacimiento de los niños su profesión, para explicarle la fertilidad humana, fuera el manido cuento de las cigüeñas, supuso una sonora decepción para el chico. A pesar de que entendía que, si ya era complicado para un no iniciado en la Tocología el no caer en tecnicismos, la dificultad se quintuplicaba para un hombre con esa formación.

Sin embargo, pronto daría el chico con aquellas enciclopedias, poco después de oír aquel ínclito cuento de hadas, y eso empeoraría mucho el pronóstico. Hasta el punto de que el muchacho desarrolló un miedo cerval hacia las cigüeñas. Había visto las imágenes, como fotos de archivo policiales. Polaroids donde la rosada cabeza de los niños obturaba con muy mala baba el tapón universal de las mujeres.

¿Y cómo coño habían terminado las rosadas criaturas ahí dentro? La respuesta era bien sencilla:

Porque una cigüeña degenerada los había metido ahí dentro por la fuerza. ¡Y encima de culo!

Más que el doloroso grafismo de las fotografías, y la noción de que su propia madre, su santa madre, hubiera tenido que pasar por semejante trámite,

Era su falta de propósito lo que le ponía enfermo.

A fin de cuentas, era gracias a pioneros autodidactas como Shiro Ishi por los que el mundo de la medicina moderna podía dar respuesta a interrogantes que de otra manera seguirían siendo incontestables. Como cuánto tiempo podía uno vivir sin riñones o sin el hígado. O la cercanía necesaria de una granada de mano para resultar letal (sus hombres se habían beneficiado mucho de aquel hallazgo).

Pero embutir una criatura rolliza de culo por un angosto túnel lleno de terminaciones nerviosas, era algo ante lo que el propio microbiólogo habría puesto el grito en el cielo.

Aquello suscitaba también otras preguntas. Como porque su padre había consentido que uno de esos pajarracos les hiciera eso a su madre y a tantas otras madres.

Si papa se dedicaba a traer niños al mundo, significaba que, de alguna forma, el sindicato siniestro de las cigüeñas, esos okupas de campanario y el, estaban asociados.

Puesto que su padre trabajaba en una clínica, imaginaba que debía de haber unas cuantas cigüeñas pululando por allí.

No, pululando no.

Escondidas. Al acecho.

A veces, en clase, se abstraía preguntándose cómo hacía su papaíto para abordar la escabrosa situación. Aun si las mujeres sabían en qué consistía el procedimiento, Mario había oído hablar de los embarazos no deseados. ¿Y qué papel jugaban allí sus cigüeñas? ¿Sus colegas de profesión? Había oído de niñas del áfrica profunda que tenían su primer retoño con 11 años.

Y si bien no había encontrado en la vasta biblioteca de papa registros que conectasen la venerable profesión de su viejo con ese siniestro escuadrón de violadores picudos, eso no hizo mella en sus convicciones.

Si el embarazo no era deseado, ¿como diantres acababa una quinceañera del primer mundo preñada? A pesar de que aquel hombre siempre había tenido el don de la palabra con su cadencia elocuente y mesurada, Mario trataba en vano de reproducir la conversación entre su padre y la atribulada muchacha:

—Bueno Dafne, parece que tus padres no ven con muy buenos ojos que te estés entregando a tu novio del instituto en un…voy a decirlo con todas las letras: fornicio sin propósito ni propósitos. Yo no tengo hijas, y mi cometido aquí no es el de juez y verdugo. A fin de cuentas, antiguamente, un juez preparaba para la muerte y el verdugo la ejecutaba. Yo solo soy un soldado de dios. Un agente de la vida. Estoy aquí para traer vidas no para segarlas. De hecho, soy incapaz de matar a una mosca. En serio. ¡Ni que hablar de algo mucho más grande!

Si se cuela en nuestra casa un pájaro, cosa relativamente común cuando vives en el campo, yo haré todo lo posible por abrir puertas y ventanas para que se marche. Pero si da con mi esposa…oh Dafne, si da con mi esposa, la verás perder los estribos y salir de la cocina enarbolando la espumadera o el cucharón como una Gladiadora.

No tiene piedad. Créeme, no quieres ver algo así. El resto del tiempo es un amor, eso sí. Pero al postre, ella y yo no somos muy distintos.

Al igual que yo, solo hace lo que cree es lo correcto. Veras, tenemos un hijo. Y los pájaros son portadores de toda clase de males. ¿Sabías que en las grandes ciudades las palomas son los mayores vectores de enfermedades después de las ratas? Pues así es chica. Esos estandartes emplumados de la paz traen toda clase de calvarios corporales.

Y una bandada de pájaros mordió una vez a mi mujer mientras mi suegra trataba de no resbalar en los botellines de cerveza vacios que rodaban por el suelo como casquillos de bala en un campo de batalla.

Cuando uno de tus padres, o ambos, son alcohólicos, tu infancia entera es un campo de batalla.

A mi esposa tuvieron que vacunarla de males que no sabía ni que existían. Y a mi suegra le permitieron llevársela a casa… ¿Lo entiendes ahora?

Ella solo quiere proteger a nuestro pequeño. A veces detrás de los más horribles métodos, hay las más nobles intenciones… Por cierto, ¿bebes? Pues eso tendrá que cambiar después de esta noche. Por el bien de la criatura.

Dicho eso, como profesional, y como padre, entiendo la consternación de los tuyos. La entiendo muy bien pero, ¿sabes? Ni siquiera ese es mi trabajo. No lo es Dafne. Ni de lejos.

Si lo es, eso sí, hacer su voluntad. Y cuando esa voluntad no es otra cosa que traer un niño al mundo, recurren a mí: El demiurgo del espéculo. El mago de la bata blanca.

Si, lo sé, esta no es muy blanca que digamos. Pero tu madre me ha despertado en uno de mis días libres en plena madrugada y dicho que era una urgencia. Así que he saltado de la cama y quemado ruedas hasta la clínica para ponerlo todo a punto mientras tus padres te traían. ¿Te inyectaron eso que les di? Tomaré la lasitud de tus párpados como un “si“.

Bueno, sabes cómo va ¿no?

Mi truco de magia de esta noche consistirá en meter una vida dentro de ti. ¿Cómo lo haremos? Te preguntaras.

No te preocupes por eso, lo irás viendo todo sobre la marcha—Más sin embargo Dafne se preocuparía, Dafne tironearía de las gruesas correas que ceñirían sus brazos y sus piernas a los respaldos de aquella extraña cama retráctil, como un escarabajo desplegado con el exoesqueleto forrado de un tapizado rojo oscuro pensado para confundirse con el propio rojo de quienes se sentaban en el.

—Te veo renuente cariño. Y no tienes porque. Si piensas que tener el apero reproductivo de…—revuelo de papeles—Reda, eso es árabe ¿no? interesante mezcolanza. Si te gusta tener el apero de labranza de Reda dentro, espera a sentir la gloria cuando tengas la vida. ¡La vida Dafne! No hay nada más grande en este mundo. Te lo digo yo. He presenciado el fenómeno demasiadas veces. Y aun así, siento que podría presenciarlo por toda una vida y parte de una segunda ¿Y aun así? Aun así seguiría sin ser suficiente.

Ver la rosácea cabeza de un retoño oteando a través de las piernas de una mujer es tan hermoso como ver un sol naciente emerger de las nubes

Pero las cosas grandes de este mundo exigen sacrificios. Grandes sacrificios. Y grandes dolores. Seguro que ya lo sabes.

Descuida, para eso estoy yo aquí. Para ayudarte a sobrellevar el dolor. Para aceptarlo. Para acogerlo en tu seno. O en tus concavidades, si prefieres un lenguaje más técnico.

La otra alternativa sería que dejases de acostarte con Reda para siempre. Ni un mísero besito casto de buenas noches en la mejilla, pues la carne es cosa débil.

Veras Dafne, el sexo no es un pasatiempo. Jamás lo ha sido. Por mucho que nuestros camaradas del océano los delfines sean unos degenerados. Antiguamente los piratas y marineros los veían entregados a sus fiestas orgiásticas sobre los rompientes de roca a la luz de la luna y algunos decidieron imitarlos cuando llegaban a tierra y se reunían con sus mujeres. O peor aún, con sus hombres.

Otra barbará y epicúrea tradición que si dios quiere podremos erradicar…algún día.

Pero has de saber que en sus orígenes el sexo no era más que una celebración. La celebración de dos personas que se querían mucho. Y solo lo celebraban cuando fruto de ese amor y esa devoción que se profesaban, la mujer decidía someterse a lo que estás a punto de someterte tu.

El amor exige sacrificios, cariño. Y tu amas a Reda, ¿cierto? Y Reda te ama a ti ¿verdad? De modo que, ¿qué problema hay?

Oh, ya veo. Reda te quiere pero al mismo tiempo Reda no quiere. Reda te quiere pero a su vez Reda quiere a otras. Me suena. Me quiere sonar.

Bueno Daf, pues eso tendrá que cambiar después de esta noche. Ya lo creo que tendrá que cambiar. Ambos vais a tener que prepararos para unas reformas de vida severas.

Ya lo creo que sí. Esto también le salpica a él.

No de un modo tan literario como vas a salpicarme tu cuando le dé al botón de ese mando y la silla te deje en el ángulo propicio para inocular ese bello atardecer rosa. Pero si te ayuda pensarlo, a efectos oficiales es como si Reda también estuviese aquí.

Todo esto podría evitarse si Reda y tú dejarais de veros Daf. Pero…a tenor de los mensajes de texto que os prodigáis a horas intempestivas que ha incautado tu padre en tu móvil, no necesito ser un virtuoso de los entresijos de la mente adolescente para conjeturar que ese fornicio sin sentido no va a parar. ¿Me equivoco Dafne? ¿Hm? ¿Son correctas mis estimaciones? y…eh, ¡eh eh!, no llores cariño…Ya sé que estás asustada. Ya sé que es injusto que seas tú quien deba soportar los dolores de la concepción.

Pero está arreglado ¿me oyes? Ya lo hemos arreglado. Tengo colegas de profesión que se encargaran de que ese mastuerzo de tu novio se comprometa. Camaradas de largas patas, largas plumas y largos picos, capaces de ensartarse en los lugares más pequeños y dolorosos.

¿Qué? ¿No me crees?—Su padre abriría un cajón específicamente reservado para muchachas escépticas como Dafne. Hundiría allí la mano y con ademanes de suficiencia arrojaría sobre la mesa las fotografías. La misma suficiencia con la que arrojaba los dados del parchís cuando jugaba con su madre y con él.

Dafne abriría la boca y henchiría su pecho de aire como una persona a punto de estornudar. Los ojos como embrujados platos. Los labios arrugados como lombrices convulsas.

—Si, lo sé—Diría su padre. —Horribles. Tan horrible como querer dejar tirada a tu chica en un momento tan difícil. Todos los Tocólogos tenemos unas cuantas en plantilla. Apostadas en los sitios estratégicos. Un puñado de ellas ya están apostadas en la casa de tu Reda. De hecho, si esta noche a tu noviete le da por encaramarse a la ventana para liarse un peta se va a llevar el susto de su vida. Si, Reda acabara como los chicos de esas fotos si intenta lavarse las manos. ¿Como dices Daf? Si, ya. Ni chicos ni chicas, podrían ser cualquier cosa ¿verdad?

Son muy meticulosas. Y no saben cuando parar de dar picotazos. Pero no merecían menos. Cualquier varón capaz de dejar colgada de tal forma a su chica merece un revulsivo, ¿no estás de acuerdo?

¡Oh, y fueron avisados Duf! Los primeros pellizcos fueron de aviso. Los segundos, como puedes ver, fueron…bueno, definitivos.

Nadie después de eso se va a levantar, estamos de acuerdo ¿no?

¡Espera espera qué vas a… ¡NO! Si tienes que vomitar no te lo hagas encima. Hazlo en esta bolsa de aquí…Si, eso es. No te contengas chica. Suéltalo. Suéltalo todo…

¿Sabes?

No te las muestro por gratuidad Dafne. Lo hago para que veas que esto es cosa seria. No solo es la vida en camino la que está en juego. Sino también la de Reda. Mañana hablaremos con él. Le diremos cómo están las cosas. Como son. Cómo van a ser.

¿Cómo es ese tal Reda? ¿Te escucha cuando hace algo que no te gusta y se lo dices? Estas tardando demasiado en contestar. Lo tomare como un no. No importa, te contaré un secreto:

Todos somos de escuchar, Daf. A algunos les cuesta más que a otros. Como a Reda. Pero para eso estamos nosotros aquí, para cerciorarnos de que todos los Redas de este mundo escuchan. Reda escuchara, no te quepa la menor duda de ello. Y una vez lo haga, se le dejara tomar su propia decisión. Parece que le quieres, así que espero de corazón que no haya que emplearse demasiado a fondo con él. Lo espero de veras. En cuanto a ti, Dafne, vas varios pasos por delante de él. Para ti la parte más difícil acaba esta noche. Conmigo… y con el…

—Matizaría su padre señalando desdeñosamente con el pulgar hacia él armario ropero de la esquina. Una angosta caja de madera más parecida a un ataúd erguido que a cualquier otra cosa. Las puertas se abrirían con el ominoso silencio de unos goznes bien engrasados.

Primero vería dos grisáceas cañas de azúcar parecidas a pulverulentas tibias rematadas por rosáceas patas afincándose en el suelo. El fru fru de unas afiladas garras falciformes arañando el suelo de caucho del quirófano.

La clase de garras capaces de hacerte un tajo en la barriga y hurgar en la madeja humeante y calentita de chuches que había debajo.

Tal y como habían hurgado en las barrigas de todos esos chicos que habían intentado eludir sus responsabilidades.

Luego repararía en el emplumado corpachón de aquella cosa. En las tremebundas alas. Una de ellas extendida de forma inconcebible y asiendo de un modo aún más inconcebible, el lechón de cara más chata que Dafne hubiera visto jamás. Las pezuñas sustituidas por unos deditos rechonchos. Las grandes orejas picudas sustituidas por menudos pabellones de cartílago redondeado.

El demiurgo del Hegar le había afirmado que la criatura sería lozanamente rosa. Sin embargo, era blanco azulada como una piedra de rio.

El demiurgo del Hegar debía barruntar algo en los ojos afiebrados de Dafne pues decía:

—Ya veo…antes de que me demandes por publicidad engañosa déjame solucionar el malentendido: Nunca dije que los bebés estuviesen vivos cariño. Y si te he de ser sincero…tampoco lo creí necesario. Así como tampoco creo necesario decirle a una moza ya crecidita que los reyes magos son los padres. ¿Tampoco sabias eso?

Chica, desde luego que tus padres te tienen en una burbuja…Y ya es hora de pincharla.

Pronto lo estará, ¿de acuerdo? Pronto estará vivo. Pero tendrá que pasar un tiempo ahí dentro…ya sabes, calentándose. Pero no temas, te daré un justificante para que no tengas que ir a clase mientras dure. Y si decides ser una valiente, siempre puedes ir a clase con un peto holgado de granjera.

Solo notaran que caminas raro. Y habría que quitarle el asiento a tu silla, pero podemos arreglarlo si quieres. ¡Podemos arreglarlo todo! Todo menos el curso de los acontecimientos.

Todo menos mi labor y la de mi colega Pietro aquí presente. ¿Pietro?—Pietro le guiñaría a Dafne un ojo viscoso parecido a una puñalada negra.

Un agujero de bala que en lugar de sangre contendría petróleo coagulado. Los brazos de aquella criatura insepulta se bambolearían como patas de liebre en la quijada de un perro de caza.

—Gracias Pietro—

Cuando le compraron su primera escopeta de perdigones, a una edad demasiado temprana incluso para un chico tan solemne (siempre que la enarbolaba parecía un soldado raso preparado para un desfile militar más que un crío disponiéndose a pasar una prometedora tarde de ocio al aire libre)

el ya había confeccionado un mapa casero con todos los campanarios del pueblo.

Aunque nunca llegaron a pillarle (Mario era uno de esos niños precavidos que había hecho del comedimiento su religión) Mario se aficionó a disparar contra ellas. Por desgracia, si bien la era de los móviles tendía a acelerar las cosas, a Mario no le habían permitido tener el suyo hasta que estimaron que era lo bastante mayor. Toda una pena, pues eso habría intercedido en su draconiano juicio contra los okupas de campanario.

Perder un ojo por un balín estaba justo un escalafón por debajo de terminar contactado por un pedófilo bajo un Nick falso.

Entre un móvil y la escopeta, y después de las debidas precauciones de rigor, ganó la escopeta.

Aun con todo, solo ejerció como el azote de las cigüeñas por unos meses, cuando por sus propios medios-como casi siempre-soluciono aquel malentendido.

A falta de un término mejor, Mario se sintió mal. Más que mal. De hecho, se sentiría tan mal como años después con la deflagración de sus hombres en el asador del patio de atrás.

Sin embargo, mientras duró aquella confusión, se sintió bien. Se sintió la mar de bien causar daño contra quienes disfrutaban de causar daño en el mundo sin el propósito de mejorarlo después.

Hoy por hoy Mario estaba convencido de que si el día de mañana llegaba a tener un hijo le contaría la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Le convencería de que el mundo era un hervidero de mentiras, mitos, tergiversaciones y engaños. Le convencería de que la verdad no existía.

De que lo que hasta nuestros días se había publicitado como la verdad no era más que la zoopsia de un alcohólico terminal transcrita caótica palabra a caótica palabra por un cronista igual de chalado y transmitido por un grupo de zarrapastrosos bardos y trovadores lamedores de sapos venenosos.

Y que si encomendaba a su vida a buscarla, estaría tan loco como el hombre insomne y obeso que espera tener tableta de chocolate comprando el estimulador abdominal de la tele tienda.

En un mundo de mentiras, mitos, tergiversaciones y engaños su hijo no se molestaría en buscar la verdad.

Si, así lo haría Mario.

Y lo haría así para que el chico (o chica) jamás descubriera la existencia de ese tercer ojo supletorio que a él le estaba destrozando la mente.

<<Ya lo ha hecho. Ya la ha destrozado. No, destrozado no, Inmolado. Como el tallo de una planta emergiendo de una semilla madura. Un carnoso periscopio rematado por el ojo lubrico y brillante de un cerdo. Algo que no te puedes arrancar porque está enraizado en el espinazo y encastrado en el cerebro.

Ya no puedes arreglarlo Mario. La única forma de arreglarte ya la cabeza es cortándotela. Todavía no has visto a los ácaros. Solo lo has escuchado. Pero es cuestión de tiempo.

Lo sabes, ¿verdad?

La verdad está sobrevalorada. ¿Quieres saber qué aspecto tiene? El de un colchón mugroso que hiede a mierda y a meados y en el que reposa un cadáver descompuesto o dos. Un catre infestado de ácaros feos como pecados. A eso se parece la verdad>>

Mario no tenía ni idea de como acabaría todo aquello. Pero tenía muy claro cuando y donde había empezado aquel ojo pujante a empujar por debajo de la piel de su nuca.

Pronto, muy pronto, necesitaría hablar con alguien. Alguien capaz de poner una goma de mascar en el fuselaje de ese barco antes de que lo inundara todo. De lo contrario, Mario no podría seguir haciendo su trabajo. Tendría que entregar la pistola y la placa. Tal y como había entregado a sus hombres abandonándolos al fuego de las llamas.

Al fin y al cabo un policía trabajaba con lo concreto. Con los hechos. Llegabas al lugar, hacías la faena, y una vez volvías a la base, se te preguntaba sobre lo que habías visto allá afuera.

No como te habías sentido para con respecto a lo que habías visto. U oído. O incluso sentido sin, valga la redundancia, sentido ni sentidos.

Estabas allí en calidad humana. Pero a efectos oficiales, eras poco más que la cámara de vigilancia de un supermercado. Regístralo todo. Pero no decidas por ti mismo. Sigue el guión. Y pobre de ti como te diese por hacer equilibrismo sobre sus márgenes. Pobrecito de ti si perdías el equilibrio y caías hacia el otro lado.

La carrera de los actores dados a la improvisación tenía la mecha más corta que un petardo de feria en aquella compañía de teatro de rotativos azules.

El circo del sol azul.

Una cámara de vigilancia con un arma, una linterna y un puñado de bridas de poliamida en el cinturón. Eso eras al empezar la jornada y eso eras al terminarla.

Eso y nada más.

El resto no eran más que abstracciones. Y las abstracciones, podían meterlo a uno en problemas. Serios problemas. Y Mario estaba ahora atrapado en un retablo de abstracciones. Adherido a él como una mosca en una sempiterna tela de araña.

El trabajo de policía demandaba una imparcialidad tan draconiana que parecía desterrar toda bondad. Todo deseo de cambio. Y si se hacia eso, sí se convertía uno en la herramienta necesaria, en esa suerte de puta navaja suiza de los poderes fácticos ¿que sentido tenía?

Sospechaba que el día menos pensado los sustituirían las máquinas. Y con máquinas no se refería a drones armados hasta los dientes monitorizados por jóvenes gafa pastas. No señor.

Robots. Sí, eso es. Robots hechos y derechos. Chasis videos con nombre y placa.

La noción de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, el profundo y arraigado deseo de hacer de aquella fosa séptica un lugar mejor…todo inmolado. No, inmolado no. Triturado. Triturado como un documento en una trituradora de documentos.

Robots patrullando las calles del pecado y las casas del dolor como funcionarias obesas de carnes laxas y ojos adormecidos desplazándose entre bostezos sobre zuecos de hospital.

La idea le hacía apretar los dientes. Le hacía sentir enfermo. Frío y calor. Calor y frío.

¿Y que quería un enfermo por encima de cualquier otra cosa? La respuesta era obvia: Erradicar la enfermedad.

Exterminar a las cigüeñas.

¿Y como había empezado aquella enfermedad a gestarse? Aquello era lo único que Mario sí que sabía:

Empezó con el crepitar de la radio. Con su celebérrimo estertor arenoso, en el tablero de instrumentos.

Mario se había quedado, no exactamente dormido, sino en esa suerte de duermevela en la que los párpados se mantienen semiabiertos como los cobertores levantados por las temblorosas manos de un niño. Oteando tras ellos las sombras de su cuarto.

En el caso de Mario no era el miedo la fuerza motriz que mantenía las persianas levantadas sino algo mucho más primario y escurridizo que el miedo.

Se trataba más bien de una aprensión nerviosa derivada de la noción de la compañía que tenía en el coche. Aquel compañero tan extraño.

Habían estacionado al amparo de unos sauces llorones en una calle desierta. Mecidos por el arrullo de sus ramas.

El pulso de los pensamientos racionales de Mario había devenido en latidos cada vez más sincopados y espaciados entre sí. Transicionando de una idea a otra a través de amplias zancadas.

A ratos se olvidaba de que aquello no era un carruaje victoriano varado en mitad de una lóbrega calleja londinense y que el cimbreo de los sauces no era la exuberante y verdusca crin de un caballo gigantesco esperando a que el tensase un bridas.

Derramando en el interior del carruaje un tiovivo de sombras diáfanas a medio hacer. Mario habría preferido un lugar más concurrido e iluminado para bajar la guardia.

Era absurdo, claro. ¿Que iba a hacer aquel monigote luctuoso del asiento de al lado? ¿Calentar el mechero del vehículo mientras el divagaba y presionar las brasas candentes en sus párpados entreabiertos?

¿Enrollar el cinturón entorno a su cuello extendido y laxo, desprevenido?

Y sin embargo, vulnerable como se encontraba ahora por la somnolencia (la racionalidad adulta muy lejos todavía de las orillas de la vigilia…)

Descubrió que era como volver a ser niño y compartir la habitación con una horripilante marioneta a tamaño real adherida al colgador de la ropa o el respaldo alto de una silla. Montando guardia.

Aquel tipejo siempre parecía estar montando guardia. Sus ojos como los de esos retratos que parecen seguirte allá donde vayas y que hacen que la persona más pacifica quiera hendirlos con clavos. Grandes y largos clavos.

Aquel tipejo le infundía toda suerte de pensamientos extraños. Al igual que con sus turistas y todo ese turbio asunto de los ácaros (este último muy lejano todavía en el horizonte), imaginaba que habría hecho las delicias de cualquier terapeuta al desgranar aquellos pensamientos relativos a su compañero de trabajo.

Tal vez, aquellas mórbidas abstracciones hablaban más del propio Mario que de cualquier otra cosa. Tal vez, cuando la cabeza dejaba de funcionar o, peor aún, encontraba otra forma de funcionar, toda tenía aquella pátina esquizofrénica. A la manera en que el moho verdusco amortaja los alimentos de una nevera estropeada.

<<A lo mejor se ha estropeado mi cadena de frío interna>>Pensó mientras se desperezaba e irrigaba sangre a sus extremidades adormecidas.

<<A lo mejor todo se está enmoheciendo ahí dentro. O a lo mejor…a lo mejor todo lo que necesito es tirar el móvil operativo en la cisterna del retrete envuelto en una bolsita de plástico estanca y dormir doce horas seguidas. ¿Y este tipo que está a mi lado? ¿No necesita dormir? ¿Comer? ¿Dar un un golpe en la mesa (o al vándalo esposado a ella) de vez en cuando? Llevaba unas cuantas guardias en su dudosa compañía y había llegado a verlo con un cierto porte de inequívoca inhumanidad.

Ni un bostezo. Ni un estiramiento gatuno de sus extremidades agarrotadas.

Nada de nada. Aquel tipo no daba ni un ápice de sí.

Por alguna razón Mario lo imaginaba en sus días libres llegando a casa y, a la manera de un genuino autómata de reloj de cuco, encerrándose en una fría y húmeda habitación sin ventanas con una silla como único mobiliario.

Lo imaginaba allí sentado muy enhiesto en esa silla. Un severo andamiaje de madera semejante a una clásica silla eléctrica. O uno de esos asientos inquisitoriales que hacían confesar al tipo más duro solo con verlos.

Puede que incluso hubiese un casco oxidado erigiéndose sobre el respaldo de dicha silla como una de esas campanas secadoras de rulos de señora.

Si, en sus jodidos cabales o no, Mario tenía el pálpito de que aquel hijo puta preferiría una silla eléctrica antes que la más confortable de las camas.

Más a gusto en ella que un cerdo en un diván de boñigas desecadas por el sol.

Mario lo imaginaba sentado allí por horas y horas en absoluta oscuridad con los ojos abiertos.

Como la unidad de un androide en una cabina fría, esperando a que lo reactivasen.

Las pupilas enormes y redondeadas como los lunares de un guepardo. Hasta sonaba la alarma del móvil y abandonaba el lugar en el que quiera que viviese de vuelta al trabajo. Fresco como una rosa.

Era una idea absurda que jamás se habría atrevido a verbalizar con nadie y que sin embargo le generaba un insondable desasosiego.

Los ojos de su compañero jamás exhibían una sola legaña. Un solo capilar roto. Y jamás los había visto borrachos de otra cosa salvo de oscuridad.

Empapados de ella como si hubiesen pasado las últimas horas remojados en húmedas sombras. Macerándose en ellas.

Ni un pelo fuera de su sitio. Pulcramente peinado y engominado.

Tal vez lisa y llanamente era incapaz de imaginárselo teniendo los ítems humanos de rigor como por ejemplo, vida privada. Tal vez el resto no fuesen más que perversiones de su imaginación. Quienes últimamente habían estado haciendo demasiadas horas extra a ese respecto.

Desde aquella mañana en que siendo ya adolescente sus hombres habían amanecido en la monocroma noche perpetua de aquel bunker mas allá de toda salvación, seria justos decir que su imaginación se había desbordado sin remedio.

Desbordado a la manera en que se desborda una bañera si la dejas llenándose mientras te pones a otras cosas.

¿Y acaso no había estado él a otras cosas? La selectividad. Las chicas (su persecución al menos)…

Uno podía reunir todos los cubos y fregonas del mundo tratando de emular al puto Mickey Mouse en el aprendiz de brujo pero al final de la matadora jornada esos cubos llenos a rebosar no serian más que paliativos. Nunca podrías achicar toda la inundación.

Era como tratar de agostar el océano con una cuchara sopera.

Al final Mario había desistido y aprendido a nadar. Aunque últimamente se asemejaba más a bucear a pulmón bajo aguas hostiles. Negras e insondables.

Pero era algo más que eso. Algo pasaba con su compañero.

Mario comprendió, con no poca renuencia, que no era tanto que no pudiese imaginarlo teniendo una vida privada ahí fuera como el hecho obvio de que no quería hacerlo.

No importaba cuantos turnos y guardias seguidas acumulase aquel hombre. Su uniforme siempre estaba planchado y limpio con la pulcritud de las ropas de un personaje de dibujos animados. A pesar de que Mario nunca le había visto ninguna alianza en el dedo.

Mario tenía llegado a casa molido de las guardias, subiendo a duras penas las escaleras con no mucho más garbo y brío que un perro atropellado arrastrándose debajo de un camión cisterna para morir con algo de dignidad. O algo parecido a la dignidad.

Se dejaba caer en el catre mirando de reojo el móvil operativo en su mesita de noche como si fuese algo más que un móvil. Una suerte de bomba de relojería casera que podía reventar su corazón en caso de que empezara a sonar.

Sin embargo estaba seguro de que el móvil de su compañero yacería sobre una de sus rodillas, cuya inmovilidad nada tendría que envidiar a la de una estatua.

<<No, reposando no. Esperando. Como una unidad de carne y músculo en la que los tendones se fusionaban en intrincados cordajes con cables y engranajes.

O tal vez duerma boca abajo, como los murciélagos.

Tal vez tenga un armario enorme lleno de perchas con trajes idénticos envueltos en bolsas de plástico.

Tal vez cuelgue de la barra junto a sus prendas como un murciélago junto al resto de sus camaradas. De sus camaradas muertos.

Tal vez lo haga para que el resplandor del móvil colme la carne de sus párpados de un falso amanecer blanco. Tal vez los párpados se abren como visillos a la cegadora luz o tal vez nunca llegan a cerrarse. Tal vez solo se entornen ligeramente como los de una marioneta. Tal vez las largas piernas del cabrón se descuelgan de la barra con el fru fru de paraguas embutidos en un paragüero

Y el cuerpo se dobla sobre sí mismo como el de un caimán al deslizarse>>

Sí señor, una tabula rasa de tomo y lomo. Una que conminaba a llenar todos los huecos. Y Mario no controlaba que estaba hecho todo aquel relleno.

La tabula rasa se llamaba Ricardo y era el más vivo ejemplo de que los nombres no eran más que eso, nombres. Tan reveladores, significativos y trascendentales como un puto código de barras. En su despertar había olvidado momentáneamente la aversión atávica que le inspiraba aquel hombre.

La luz del tablero de instrumentos y el crepitar de la radio, ominosamente similar al estridor de una tráquea colapsada, se lo recordaron.

Bajo aquella luz, los rasgos parecían prolijamente tallados. Sus pómulos y su frente siempre tenían un brillo poco natural. Como de madera recién barnizada.

El pelo negro engominado con la raya al medio, tenía el color y la textura de la plastilina.

A la luz del tablero se parecía más que nunca un muy realista muñeco de ventrílocuo con un muy realista traje de policía.

Solo sus ojos rompían la ilusión. Aquellas esquirlas de hielo sucio. Diamantes oscuros engarzados en sus cuencas enmaderadas.

Una lluvia lánguida borboteaba

Contra el parabrisas. La avenida de cabezas inclinadas de las farolas proyectaban las sombras de aquellas gotas sobre el rostro de Ricardo semejando el encaje del velo de luto de una viuda cubriendo sus facciones escrupulosamente compuestas. El rubor natural de sus labios enfatizaba aquella ilusión. Al rebosar las gotas por el cristal, el velo parecía infestado de moscas que reptaban ansiosas por su rostro.

<<A lo mejor se alimenta de moscas. Muy apropiado. A lo mejor la cocina es una jungla de lianas de papel atrapamoscas sin principio ni final. Casi puedo verlo sentado en la silla eléctrica rígido como una estaca. Enhiesto como un condenado del infierno orgulloso de sus atrocidades arrancando absorto la ristra azulada y verde de moscas atrapadas en las láminas amarillas. Metiéndose, indiferente, las tiras en la boca como si fuesen regalices. Eso explicaría porque el cabron esta como un pincel. No tiene un puto gramo de grasa en todo su magro cuerpo.

Si lo empalasen en un espetón y lo acercaran a las llamas de una hoguera no brotaría ni siquiera un triste goteo salino. Ardería en silencio como el maniquí de unos grandes almacenes. Oh si, seria la deflagración más discreta y triste de la puta historia de la humanidad>>

Los labios rojos se agitaron, morosos como lombrices. Mario pensó en plástico derritiéndose.

—Ten…os…ajo…

(¿Tenemos ajo ahí atrás compañero? ¿En el maletero tal vez? Esta noche vamos a necesitar ajo. Esta noche las placas no ahuyentan y las armas son pistolas de agua. Ajos compañero.

Muchísimo ajos. Vampiros. Esta es la calle de los vampiros. Y la sangre azul es su favorita…)

— ¿Qué?….

—Tenemos trabajo

— ¿Que ha pasado?

—Bueno—Musitó haciendo girar la llave en el contacto.

Ahora lo averiguaremos. ¿No?—

Típico de él. Racionar la información. El castigo de un cabrón refinado. Su forma de castigarlo por no haber estado atento al aviso. No era la primera vez que se lo hacía. Aparte del adormecimiento de sus miembros y el ajuste de sus gafas de vigilia, todavía llenas de suciedad y marcas de (ácaros) dedos por todas partes, se le sumaba el no haber escuchado el comunicado. Sin aquello, era imposible hacerse a la idea de la magnitud de la situación. Y sin poder hacerse a la idea de la magnitud de la situación, estabas en peligro. El hijo de puta podía ahorrárselo con un sucinto resumen de veinte segundos.

Pero nada de eso. Mejor dejarlo a oscuras. Mejor dejarlo a merced de sus elucubraciones. De las elucubraciones y el peligro.

Esa era la condición natural de la marioneta.

Se supone que compartían el vehículo y la guardia para cubrirse las espaldas. Pero Ricardo tenía ideas propias al respecto sobre lo que era el compañerismo:

Si eras un niño bueno y soportabas la lasitud de tus párpados no ocurría nada.

Si eras un niño malo y cedías al agotamiento, la marioneta se bajaba de su silla de mimbre y aterrizaba en el suelo sin hacer ruido. Aprovechando tus cabezadas para hacer sus travesuras de muñeco.

De todos modos no podía saber mucho más que el. El mensaje, eléctrico y zumbarte como si las palabras brotasen de una probóscide, había sido breve mientras Mario braceaba denodadamente hacia las orillas del mundo racional.

Últimamente nunca lograba llegar del todo a tierra. Solo a hacer pie. Y ya estaba empezando a hacer las paces con la noción de que tendría que permanecer con el agua al cuello una larga temporada. Nada habría podido prepararle para la noción de que tras el próximo paso, tras la siguiente zancada de astronauta, desaparecería el suelo bajo sus pies.

Salvo con el propio Ricardo, claro está. Nunca haría las paces con aquel remedo de ser humano. Con el todo oscilaba en un balancín ominoso cuyos extremos comprendían desde la grima a la indignación.

En función de la guardia y de los propios estadios internos del muñeco (el porvenir de los astros dentados que giraban como ruedecillas en sus concavidades)

La balanza se inclinaba hacia una cosa o la otra. La indignación era fácil sacudírsela de encima. No así la grima. La grima era como un picor. Uno enraizado en la hipodermis. Demasiado profundo y arraigado para aliviarlo rascándote. Esas noches eran las peores.

Por fortuna el muñeco había optado esa noche por jugar a policías y capullos.

—Muy bien, se acabo, estoy harto.

—Eso es un tanto genérico ¿Podrías ser mas especifico?—Inquirió el muñeco con voz monótona

—De ti, harto de ti. ¿Que tal eso? ¿Te parece lo bastante específico?

¿Que pasa contigo, eh? ¿Recibimos un aviso y te niegas a decirme de que se trata?

—Dos cosas: La primera, no me he negado a nada. Segunda, se lo mismo que tu, Mario.

—No, no es verdad. Y lo sabes. Sabes adónde vamos. Sabes lo que pasa. Así que déjate de juegos, y suéltalo de una vez.

—Vaya modales compañero. Nunca dejas de sorprenderme. ¿Te parece esa forma de hablarme? Haberme preguntado hombre…

—Eso es exactamente lo que acabo de hacer

—No. Me has preguntado “qué ha pasado”. Y nadie lo sabe. Nadie salvo la persona que nos ha llamado. Y esa persona no nos ha dicho gran cosa. —

Ricardo siempre empleaba el “nosotros“para referirse al cuerpo de policía. Como si todos fuesen miembros de una misma colmena. Un solo ser pensante. Esa noche la idea le dio acidez de estómago.

—Pero ha dicho algo. Y me lo vas a decir. Antes de llegar allí, ¿me oyes? No quiero que se repita lo de la última vez…

— ¿Abstraerte cuando estamos de servicio?—Mario habría podido darle un puñetazo. La cabeza golpeando el parabrisas. Una tela de araña en el cristal silueteándose con un chirrido de hielo quebrado. La recia madera de que estaban hechos los encerados pómulos de Ricardo rompiéndole los nudillos. Abriéndoselos como endebles nudos corredizos.

—Ir a un aviso sin tener puta idea de lo que vamos a encontrarnos al llegar allí

—Encontrarte, no encontrarnos.

— ¿Cómo?

—Sin tener ni idea de lo que vas a encontrarte allí

— ¿Hay algo que quieras decirme?

—Nada que decir ¿cierto? Te has quedado dormido, como la última vez. Eso es todo. Alguien tiene que velar por los dos y supongo que, por tácito acuerdo, hemos convenido que ese sea yo. No tengo ningún inconveniente, que conste. Considerar si la información del comunicado que te has perdido por estar dormitando es relevante o no, creo que es algo que estoy legitimado a hacer, ¿no te parece?

—No me he...quedado…dormido

— ¿De veras? En ese caso mis más sinceras disculpas. Creí que lo estabas. No solo lo creía. De hecho estaba firmemente convencido. Ciertamente no podía estar seguro por la forma en que me dabas la espalda. Imposible saber si tenias los ojos abiertos o no. Lo que es seguro es que te he llamado varias veces antes y tus oídos no parecían atender a razones. Pensé en zarandearte pero he creído que eso sería extralimitarme un poco…

(Mentira. Mentira cabron de mierda. Hace lo menos dos horas que no abres la boca ni para respirar. Si hubieras dicho algo lo habría escuchado. Y puedes apostar las pelotas a que te habrías extralimitado tocándome. Puedes apostar el cuello a que de haberme puesto en el hombro esos lápices articulados que tienes por dedos habrían podido romperte el brazo por tres sitios distintos…)

—La última vez me baje del coche con los nervios de punta.

—No había motivos para ello ¿cierto? Fue un incidente menor.

—Lo era. Pero yo no lo sabía entonces. No lo supe hasta más tarde.

Podía habérmelo ahorrado. “Podías“habérmelo ahorrado.

—Supongo que tienes razón—

Mario se vio hundiéndole el mechero del coche en el dorso de la mano que jugueteaba con la palanca de cambios. Retorciéndoselo. Las volutas de humo ascendiendo. Los ojos de cuadro embrujado bajando morosos, casi abstraídos, con ese interés de máquina, hacia la mano que no subía. La mano que había encontrado una resistencia. Tratando de dilucidar cuáles eran los problemas técnicos.

Mario se sacudió de la cabeza la visión.

(Necesito dormir…)

—Ricardo—Se forzó a llamarlo

— ¿Si?

—Que han dicho por la radio

—Ha llamado una mujer diciendo que ha oído gritos en una de las casas vecinas a la suya.

Nos ha facilitado la dirección. Cuando le hemos pedido que se identificara y nos diese la suya para que te testificase más tarde, en caso de que haya algo que testificar, nos

Ha colgado.

Ni un instante de duda. Porque muchos dudan en ese tramo. Es como pedirle a un visitante de un canal de youtube que se suscriba y active la campanita. Casi nadie hace ni lo uno ni lo otro. Pero al menos se lo piensan antes de pasar a otra cosa.

Esta mujer no se ha pensado nada. No ha vacilado.

No nos habría colgado más rápido si una tele operador le hubiese pedido que le entregase su alma para finalizar el trámite de cambio de compañía eléctrica.

Nos dice que los gritos vienen de una casa vecina. Nos da la dirección. Pero se niega a darnos la suya.

Dos cosas que en principio no deberían excluirse mutuamente. Es obvio que no se ha dado cuenta de que no quería revelarnos quién era hasta que ya ha sido demasiado tarde.

Habría bastado con decir que pasaba por ahí o limitarse a darnos la dirección. Pero esa fluidez de pensamiento solo pasa en las películas.

Puede incluso que no se diera cuenta del miedo que le tenía a quien quiera que viva allí hasta esta noche. Me apuesto lo que quieras a que antes de esta noche, ya había oído algo parecido. O tal vez visto un puñado de cosas interesantes y notables.

No puedo decir que me sorprenda.

Dicen que es un mal común de Cántaro. Aunque puede que esa no sea una palabra muy ortodoxa: Mal Yo prefiero llamarlo síndrome—

— ¿Síndrome?

—Renuencia a denunciar a tus vecinos. Es un trastorno muy común de por aquí. Me viene a la mente lo que nos dijo aquel tipo. Ya sabes, el ornitólogo.

—No me puedo creer que acabes de llamarlo así…—Rezongo Mario apretándose las sienes

—Bueno, era un observador y un estudioso. Y a la postre, también era un vigilante. Eso tenemos que concedérselo

—Habla por ti

—Dedico una ingente cantidad de tiempo a esas tres cosas: Observar, vigilar y estudiar.

—Pero no pájaros. No a putos pájaros por dios como puedes siquiera…

—Vamos Mario, solo lo llamo así porque ambos sabemos quién es el malnacido. O para ser precisos, quién era y que hacía. Tengo entendido que está a punto de palmarla

—Bien…espero que no se demore mucho

—Solo lo llamo así porque he querido deliberadamente no hacer referencia a esos pobres críos. Se cuanto te afecto que encontráramos al último…Es solo que por algún motivo me ha recordado a lo de esta noche, ¿sabes? Lo que nos dijo en la parte de atrás. La mayor parte de su discurso era lo que cabría esperar de un degenerado con un pie en la tumba: Delirante y abigarrado.

Tiene mérito que pudiera hilar frases coherentes cuando el revestimiento de su estómago debía de sentirse ahí dentro como trapos empapados en aceite ardiendo en llamas—

Mario percibió en el muñeco un deje de algo así como reacia admiración. Como si al tipo debiesen darle una medalla al merito.

—Pero esa parte…esa parte en concreto…se me quedó, ¿sabes? Como la letra pegadiza de una canción…

— ¿Que parte?—Se vio Mario forzado a preguntar. Queriendo ventilar el tema lo antes posible antes de que viciase el aire del coche.

Dijo muchas cosas de camino a comisaría—

—Si que las dijo, si

—No le presté atención

—Yo si—

¿Que era aquello? ¿Una provocación? ¿Una confesión definitiva de su otredad? Por todos los diablos, ¿que era?

—Aja—Rezongo Mario

—Tenia que ver con aquello que nos dijo. Sobre que el mundo era un gigantesco reloj de cuco. Una caja mecanicista, y no un…ya sabes, globo de tierra y agua a merced de un dios caprichoso que el día menos pensado pueda aburrirse y pinchar con una aguja.

Dijo que dios tenía una mecedora y que sus dedos largos estaban rematados por agujas de calcetar. Lo había visto en sueños.

Aquella idea parecía divertirle mucho. El planeta estallando como un globo de agua.

Sus colores desperdigándose. Derramándose como pintura en el frío vacío de ébano del espacio.

—Se está muriendo. Estoy convencido de que todos descubrimos “un nuevo sentido del humor “cuando tenemos los días contados

—Tic tac tic tac—Los diamantes oscuros engarzados en las cuencas de madera lo miraron de reojo, buscando o bien su complicidad o bien cualquier reacción. Mario se negó a darle ese gusto. Estaba convencido de que el muñeco se alimentaba de emociones.

Más concretamente de las emociones de índole negativa. Últimamente el muñeco y el se habían visto involucrados en asuntos de alto voltaje negativo. Eso explicaba la pose adusta del muñeco. Su mirada despierta. Porque ni se acercaba a la máquina de café de la sala de descanso. No solo parecía despierto. Parecía galvanizado.

Sus ojos oteaban por encima del volante, alerta.

Cuando el muñeco te castigaba con su silencio era un comedido calvario. Pero una vez se le daba cuerda, el sieso tocón de madera hablaba por los codos.

—Si Mario—Prosigo. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Todo eso de que la gente se convierte en una mejor versión de sí misma cuando le suceden cosas malas, malas de verdad, o cuando contrae una enfermedad grave, es una pantomima. Solo pasan al siguiente nivel. O para ser más precisos, a un estadio superior de franqueza.

Para consigo mismos y para con los demás.

—No era eso en absoluto lo que he querido decir…

—La afabilidad no es más que un disfraz. Unas vestiduras que la gente se pone cuando sale a la calle. Algo que automatizan.

Es el homólogo a la noción de saber que no puedes sacarte los mocos en público o ir desnudo en el autobús por mucho bochorno que haga dentro.

Ni siquiera se dan cuenta mientras la deslizan sobre su persona. Así como uno si apenas es consciente mientras se pone la ropa interior. Llegado un punto ni se acuerdan de que está ahí.

Parte integral de ellos mismos, como una segunda piel. Pero cuando vienen mal dadas…o se enferman, esa segunda piel se pudre. Empieza a oler mal. Y solo les provoca picor.

Más tarde o más temprano, se dan cuenta de que estarán mejor sin ella. Así que se la quitan.

— ¿Adonde quieres llegar con eso?

—A que solo cuando la gente está jodida, jodida de verdad, y firmemente convencida de que no se va a salir con la suya, de que las cosas no van a salir como ella quiere, se muestra tal y como es…

—Hay gente afable de verdad Ricardo. No todo el mundo va disfrazado en un perpetuo carnaval de apariencias.

—Pareces muy seguro

—Estoy seguro. En cuanto a tu ornitólogo de mierda, no me habría sorprendido más si hubiese dicho que la tierra era una arrocera eléctrica. No veo la relación con la llamada de esta noche, Ricardo. No la veo por ningún lado. No creo que ninguna persona sensata pueda verla.

— ¿De veras?—Dijo el muñeco sin que sus facciones diesen un ápice de sí.

—De veras

—Pues permíteme: Dijo a grosso modo que los críos eran los únicos autómatas de la caja que todavía rebosaban de vida. Y aunque él nunca llegó a reconocer esto explícitamente a veces sospecho que, tal vez, y solo tal vez, por eso los escogió a ellos.

—No Ricardo—Dijo Mario con toda la entereza que pudo reunir. —Los escogió porque eran niños. Esa es la única lectura que hay.

—Discrepo. Yo veo dos lecturas. La obvia. Y la no tan obvia. La obvia, e indiscutible, es que era, que es, un paralítico. Eso es un hecho. No una conjetura. Lo era antes de enfermarse. Y era de esperar que siguiera siéndolo después de enfermar. Simplemente…

— ¿Su afabilidad se pudrió y empezó a picarle? ¿Su franqueza alcanzo un estadio superior? ¿Se sacó los mocos en público?

—Tampoco es una conjetura que su estómago era una hirviente olla de bruja. Un caldero de muerte.

—Supongo que ahora viene lo no tan obvio…

—Tal vez creyó que podía revertir la receta agregando el ingrediente que faltaba. Y ese ingrediente era la vida.

—No me jodas. En serio, no me jodas. ¿Tú te oyes? Ambos sabemos muy bien porque los escogió: Porque era un pederasta. Sé que esa es una deconstrucción muy simplista y reduccionista de los mecanismos que mueven a esa gente. Pero la vida, o ese derroche de vitalidad si lo prefieres llamar así, son connaturales a la infancia.

Un crio es intrínsecamente animoso. Es como si me dices que el colibrí tiene predilección por el Muicle porque le flipa el color naranja. Tiene predilección por el Muicle por el mismo motivo que lo tiene por muchas otras plantas:

Porque florece todo el año. Y si florece todo el año, es una garantía de que podrá acceder al néctar. El resto es secundario. Atrezo.

Que el sintiese la necesidad de construir una narrativa entorno a dicha necesidad como justificación no le hace distinto del que roba o estafa a otras personas en lugar de…

— ¿Estropearlas?—

La palabra le golpeó detrás de los ojos como el fogonazo de una cámara antigua. Últimamente Mario había puesto mucho empeño y recursos para remozar con su propio barniz el recuerdo de aquel churrete avinado tintando la boca y los dientes del chacal como si hubiese bebido a morro de un odre de cuero.

De hecho en un primer momento pensó que el carcamal, con inquietudes avícolas o sin ellas, estaba borracho como una cuba. Aunque solo un vino caducado podía justificar aquel aliento. La clase de aliento de un buitre apneista que se hubiese pasado dos minutos enteros con la cabeza sumergida en la tibia riñonera del estómago de una gacela muerta.

El rastro de las “gotas de vino“hasta la caravana era tan cantoso que Mario no se explico cómo no las había visto antes. Casi se sintió tentado a dudar de que estuviesen realmente allí.

Tuvo ese sentimiento indefinible de quienes cohabitan con lo desagradable. Un término para el que el vasto dialecto español todavía no tiene nombre.

Mirándolo a toro pasado Mario se daba cuenta de que seguramente había sentido algo similar a lo que debieron experimentar los pilotos que sobrevolaron Jonestown el día de la masacre.

En un primer momento debieron pensar que eran desperdicios de basura de colores chillones compuestos de bolsas, botellas y latas de refresco.

No más dantescos que los desperdicios al día siguiente de un festival en el campo. Poco, muy poco a poco, a medida que los pilotos descendían, la comprensión fue abriéndose paso. Nada de toallas harapientas y manteles de picnic. De las ropas descollaban brazos y piernas.

Ni siquiera entonces pensaba Mario que el horror hubiera sido inmediato.

Seguramente, al igual que el al ver las salpicaduras de vino, sintieron que el horror estaba vertebrado en su ser pero al mismo tiempo, ajeno a ellos. Como cuando se te duerme una extremidad. Entonces el entumecimiento de esa extremidad dormida desaparece de golpe y porrazo para dar lugar a horribles picores.

Mario tuvo la impresión de que las salpicaduras se volvían dolorosamente chillonas y brillantes como el decorado de un anuncio de detergente.

Poco a poco, como el ensamble de la última pieza de una maquinaria horrible comprendió Mario que aquella no era una observación rutinaria más en la vida del Ornitólogo. Sino un último vistazo de despedida.

Tal vez no quería hacerlo solo. Tal vez, a la manera de un hombre pudiente con entradas en primera fila al teatro y al que acaban de diagnosticar una terrible enfermedad, quería contemplar el espectáculo con alguien.

¿Y qué mejor para alguien con unas inquietudes como las suyas que un señorito de compañía?

Mario no podía predecir el curso de acontecimientos pasados o futuros. Pero se le antojo dolorosamente fácil conjeturar cómo fue aquello.

El crío tenía la cabeza apoyada en la ventanilla como absorto en algo que solo él podía ver cabrilleando en el salpicadero.

Mario no se dejó llevar por aquella engañosa impresión. Sabía, o desde luego imaginaba, en qué punto los autómatas dejaban de funcionar. De moverse.

Sabía que en realidad los ojos del crío apuntaban mucho más abajo. Hacia la madriguera ya tibia donde antes estaba su tripita plana y sin mácula.

A Mario, cuya imaginación se asemejaba mucho a los rescoldos de un campo arbolado en el que las corrientes de viento eran frecuentes, no le costaba imaginarse al chacal extendiendo un brazo y apoyándolo con camaradería en el cogote del chico mientras la otra mano presionaba aquella marmita hirviente que lo sumía en unos ardores perpetuos.

Como si el infierno mismo lo estuviera llamando. Como si el plazo para la vista para sentencia hubiese concluido y fuese hora de volver allí.

La bofia de las brasas picaba a su puerta.

<<Ya casi hemos terminado chaval. Una cosa más, y te dejare ir. ¿Por qué si no te habría traído hasta aquí? Te di mi palabra, ¿no? Te dije que podrías volver si eras capaz de aguantar todo lo demás. ¡Y lo hiciste! ¡Enhorabuena!

Abrirás esa puerta y te irás a clase. Nunca pensaste que te alegrarías de volver ¿verdad?

Ya, a mí tampoco me gustaba.

Eso es, como un día normal y corriente. Y cuando te pregunten…exacto. Tal y como lo hemos ensayado. ¡Serás un héroe! Todos querrán ser tus amigos. Y las nenitas se te echaran encima.

Hacemos esto último y puedes irte. No, no es lo de la otra vez. Esta vez voy a pedirte que hagas algo distinto.

No tomará mucho. Bueno, ¿qué me dices?>>

Y el chico diría que sí. Como habían dicho todos.

<< ¡Así se habla! ¿Ves esa palanca de ahí? Eso es. Echa el asiento para atrás. Empuja con los pies. Si, así. Hazme hueco. Eso es. Ahora me pongo aquí y…ESAS MANOS…NO LA JODAS AHORA QUE ESTÁS TAN CERCA….Eso es.

Y ahora échate. Ya está. ¿No ha sido tan difícil verdad? Tranqui colega, que esto será una cosa rápida…>>

Solo que no había sido rápido. Ni con él ni con los otros.

Nunca era rápido.

—Si, algo así…

— ¿Y si fuera así?

—Si fuera así que

—Y si en efecto, tuviera alguna anomalía, alguna…carencia. No de moral o de cordura, que las tenía, sino fisiológica.

— ¿Fisiológica? ¿Y dichas carencias le hubieran llevado a hacer las cosas que hizo?…Si tuviese una anomalía tan extrema e inusual, los médicos que lo tratan ya se habrían dado cuenta. ¿No crees?

—Cuando me falta vitamina C, no necesito hacerme una analítica. Lisa y llanamente me levanto y de pronto tengo antojo de naranjas y mandarinas. No son santas de mi devoción.

Jamás lo han sido. Pero de pronto deseo esos jugosos y carnosos gajos. El agridulce arroyuelo que desprenden esos labios llenos al bajar por mi garganta.

No es como tener el colesterol por las nubes y que el hombre de la bata blanca y el estetoscopio te del pronóstico del tiempo y te prescriba unas deportivas y trotes vespertinos hasta que amaine el temporal.

No lo consultas con la almohada. De hecho no lo consultas con nadie.

Lisa y llanamente tu cuerpo te dice: Lo necesito. Tómalo. Dámelo.

<<Toma niños. Dame niños>>

—Espera, ¿estas…crees que él lo decidió…así? ¿Lo decidió mientras paseaba? ¿O que tuvo aquella epifanía mientras le metían quimio en las venas?

¿Que se le ocurrió alimentarse de niños a la manera en que tú te paras en la frutería? ¿Póngame un poco de esto y otro poco de eso?

— ¿Has visto alguna vez animal planet? Esas mal llamadas criaturas de dios de segundo orden no se andan con chiquitas. No verás a una leona impartiendo clases de moralidad con una de sus crías reposando entre sus patas. No es necesario. Mete en una jaula una cría de león y colócale una col de Bruselas a izquierda y un recién nacido a derecha y luego me cuentas si la col habrá recibido un mísero lametón. Probablemente ni la huela. —

A Mario cada vez le gustaba menos el cariz que tomaba la conversación. Necesitaba hablar de cosas prosaicas: Sobre la inmigración racial. Sobre la invasión por sustitución. Sobre los recortes en sanidad. Y no de cosas que agregaran mas aire caliente al quemador de aquel globo aerostático. Aquella noche el muñeco se había mostrado reservado y a Mario no le había parecido del todo un mal plan.

—Tener un puto cáncer en el estómago lo hace tan exento del bien y el mal como un leoncillo entre la espada y la pared. O entre el bebé y la col Bruselas si lo prefieres. ¿Es eso?

—En absoluto. Solo te estoy diciendo que por un lado estas tú, enjaezado por la moralidad y los constructos sociales, y por otro lado, está tu cuerpo. Una entidad sorda, muda y ciega, por así decirlo.

A una planta le da igual chupar agua de un charco sucio o de las aguas benditas de una pila bautismal.

La planta necesita luz y agua. Esa es la condición de la (<<marioneta>>) planta.

Y las tomara a toda costa.

Tal vez alguien le dio la idea. Tal vez alguien le dijo que ya era hora de dejar de bombardear su cuerpo de fútil veneno y matar moscas a cañonazos. Puede que fuese uno de sus compañeros. Uno de sus “colegas de gotero“. Tal vez eran compañeros de sillón en la quimioterapia. Tal vez todo el asunto de los niños surgió con la misma naturalidad con la que dos compañeros de pupitre empiezan a hablar de las chicas…—

Mario medito aquella locura, súbitamente consciente de que él no era el único que no había podido dejar de pensar en el chacal y en sus “esbozos de angustia“. La diferencia radicaba en, por un lado, las bolsas de té bajo sus ojos, y por otro, los parpados sin mácula de Ricardo.

Descubrió, para consternación suya, que era posible después de todo. Un compañero de penurias. Un hermano de los trances intravenosos. Susurros a media voz acompañados con el ir y venir de los zuecos de las enfermeras.

Dame la mano, hermano. Y juntos comamos.

—Tal vez, incluso en ese estadio del cáncer, el tipo no veía aquello más lógico de lo que lo habría visto antes de enfermar. Más lógico de lo que nos parece a ti y a mí.

Pero nuestra prioridad básica es seguir viviendo. Salirnos con la nuestra. A toda costa y al precio que sea. Y él estaba perdiendo la batalla. La tasa de éxito de dicho tratamiento era baja. Y habida cuenta del peaje, arriesgada.

Pero una vez liberado de ese mono grasiento de la afabilidad, sustituido por una descarnada desnudez-no del todo desagradable, de un buitre desplumado-miras en derredor y piensas:

<< ¿Por qué no?>>

—Era un náufrago y los niños eran su almadía

—Algo así. Por eso, al margen de que le gustaran, recurrió a ellos. Tal vez los delincuentes como él puedan percibir otras cosas en esas florecillas sagradas. Algo que va más allá del néctar de la vida y el color de sus pétalos. Tal vez la forma en que los hombres como él ven a los niños, les permite a su vez ver mucho más.

—Un buen depredador cuyas facultades mentales funcionan a pleno rendimiento también hace estudios de mercado. Sabe qué lugar ocupa en la cadena trófica. Aun si no fuese un pederasta retorcido y hubiese operado con pretensiones meramente curativas no

Habría podido llevar a cabo su homeopatía alimentándose de hombres. Estaba demasiado débil.

—Pero sí podría haberlo hecho con mujeres—Puntualizó el muñeco

—Veo que has olvidado el deprimente andamiaje que estaba embutido en esa gabardina. Una mujer promedio que asistiese a clase de Pilates tres veces por semana habría sido tan indómita como una yegua para el

—Supongo que tienes razón

—Tengo razón. No vio ningún aura, Ricardo. Solo presas fáciles. Creo que, lidiar con esta clase de cosas ya es bastante complicado sin pensar en florecillas abiertas y palomillas de ectoplasma escapando de ellas como de la chistera de un mago…

—Aun si su discurso sobre la vida más allá de la vida de los niños estaba errado, no así el de la muerte de los adultos. Supongo que para un cadáver en ciernes como él, es más fácil de ver la muerte en el ojo ajeno. Al igual que con la vida, creo que también hay varias formas de muerte. Más allá de las que figuran en un certificado de defunción.

Y nuestro ornitólogo podía verlas todas. A la manera de un avezado Micólogo que solo tiene que inclinarse para mirar bajo el ala del sombrero de las setas como quien busca una cara conocida bajo la boina de un paisano.

¿Como es el adulto promedio, Mario?

Incluso el adolescente, pues la necropsia espiritual es cada vez más precoz en este mundo en el que vivimos.

— ¿Como es?—Suspiro Mario

—Como un zombi. Zombies Mario. Clínicamente vivos. Eso te dirá un electroencefalograma o un cardiógrafo. Vivos en apariencia pero…abúlicos.

Un genuino muerto viviente resulta menos grotesco y difícil de mirar precisamente por su autenticidad. Es una cara honesta.

Uno ve esos ojos lúbricos y la carne desmigajada y sabe lo que tiene delante. Lo reconoce al instante. Diríase que es casi confortable. Lo de fuera, en armonía con lo de dentro.

Los vivos son más insidiosos. Toma tiempo darte cuenta de que hace tiempo que se estropeo la cadena de frío que conservaba sus almas.

Una anémona de mar tiene más iniciativa.

Los circuitos de dopamina quemados por los móviles, la televisión, las redes sociales, los videojuegos, la comida chatarra, las drogas…y la pornografía—Pronunció la última palabra como si se refiriese a una sórdida enfermedad venérea.

— ¿Nunca ves porno?—Inquirió Mario, curioso ante la idea de ver las mejillas del muñeco adoptando un rojo cangrejil

—Un par de veces—

Mario lo miró

— ¿Al día? ¿A la semana? ¿Al mes? ¿En toda tu vida?

—Puede que fueran más de un par

—En toda una vida, vale…

—No le veo el sentido. Se siente como ver un documental ya empezado. Sin contexto. Soy demasiado consciente de que estoy quieto, mirando lo que sucede en una pantalla a la manera de un niño en un acuario, viendo a las criaturas marinas involucrándose las uñas con las otras.

Honestamente, me siento como cuando estoy sentado en la sala de espera del dentista o de un ambulatorio sin otra cosa que las imágenes de las revistas

—Me preocupa oír eso

— ¿Por qué?

—Y me preocupa doblemente que necesites hacerme esa pregunta

—No tienen tierra consagrada bajo las uñas ni van por ahí con los brazos extendidos pero son igual que ellos…

— ¿Que quienes?

—Que los zombis—

—Déjalo ya…

—Puedes verlos a las puertas del instituto tirados en las escaleras como mutilados de guerra a las puertas de un hospital bélico. Aún no han aprendido a levantarse como se supone deben hacerlo los adultos hechos y derechos y ya reptan como esas criaturas de orden presuntamente inferior. La pantalla del móvil pegada a la cara.

Tal vez decir que están muertos es ir demasiado lejos. Tal vez se te antoje una terminología demasiado radical.

Tal vez sería más apropiado decir que son como terneros mamando de las ubres del metaverso. De los congestionados pezones de la meta-realidad…

—Ya has dejado claro tu punto…

—Pero como suele decirse, la marea alza todos los barcos Mario

— ¿Que quieres decir?

—Que dentro de poco ni existirán los asesinos seriales. Las propias víctimas serán mejores revulsivos que recrudecer las penas de prisión o las indemnizaciones millonarias…

Perderán el interés lo mismo que el zorro le pierde el gusto a perseguir gallinas catatónicas que ni se molestan en escapar

Fíjate en las multitudes del centro comercial o el supermercado. He visto rediles en pleno mes de Agosto llenos de mierda y de moscas más animados.

Y luego, echa un buen vistazo al patio de una guardería: Una almadía de vida en medio de un río de corriente rápida de muertos con prisa.

“Sienta bien” nos dijo. “Sienta bien venir a verlos“.

— ¿Lo haces muy a menudo?

— ¿El qué?

—Mirar guarderías…

—No especialmente. Donde nuestro hombre veía mirlos y ruiseñores dicharacheros yo solo veo soldaditos toca nueces. Demasiado ruido. Demasiado movidos.

Pero ya que me lo preguntas, en mi barrio hay una guardería y un colegio

—Aja…

—En fin, supongo que nunca se sabe, ¿no?

— ¿Que nunca se sabe qué?….

Ricardo se palpo ostentosamente el vientre, plano como el de una lagartija.

—Cuando pueden empezar los ardores

—…

—En cuanto a la muerta viviente que nos ha llamado esta noche para revisar el armario y cerciorarse de que no hay monstruos dentro, he de reiterar que es algo que si bien forma parte integral de la mitología de esta ciudad, la realidad es que es un mal pandémico. Y ni siquiera es un verdadero mal. Solo la configuración humana por defecto.

— ¿Analógicos o digitales?—Bromeó Mario. ¿Como el sonido? ¿Es así como categorizas a las personas?—

—Para nada. El sonido al menos tiene dos formatos. Las personas solo tienen uno. Y nuestra llamada anónima bien podría ser un claro ejemplo de ello.

— ¿Una mujer asustada que ha oído gritos? Te creía más riguroso a la hora de analizar a la gente

—Yo solo digo que, cuando alguien dice cosas como: <<No sé cómo ha podido suceder, era un encanto de vecino>>Casi puedes ver la historia completa en los ojos de esa personas. Las noches en vela. La cara apretada contra la almohada. Los gritos confinados en sus dientes apretados. Tratan de parecer angustiados. Pero, de hecho, lo que sienten es alivio. Alivio de que finalmente estén entre rejas. Alivio de que ya no sea su problema.

— ¿Que estas insinuando? ¿Que lo sabían desde el principio y no hicieron nada?

— ¿Insinuar?—Inquirió la marioneta enarcando sus finas cejas y los ojos de la imaginación de Mario vieron los tensados cordajes internos que jalaban de aquellas comas de pelo sintético.

—No puedes ver a través de la gente Ricardo. A lo mejor en tu infinita arrogancia crees que puedes. Pero no es así.

—Cierto, no se puede. Así como tampoco puedes convivir con el hombre del saco sin oír los goznes del armario chirriando por las noche al abrirse.

No digo que este sea uno de esos casos. Dios me libre. No soy un tipo supersticioso ni tendente al cuento o la fábula, pero cuando alguien, especialmente un poli, se pone en lo peor, es como si la dinamo del desastre empezase a girar…—Mario, que no era la primera vez que hacía de público para los monólogos del luctuoso muñeco, ya había oído hablar de aquella dinamo.

—Imagino que las probabilidades aumentan si el policía siempre pregona lo mismo cada noche—La cabeza del muñeco se volvió a mirar con la celeridad sincopada de una lechuza al oír el restallido de una rama. Hubo un momento realmente malo en que creyó que por fin había conseguido provocarlo o, en su defecto, provocar algo. Lo que fuera. Mario había fantaseado largamente con ese momento. La idea tenía un inequívoco atractivo. Como sacar de quicio a la esfinge, respondiendo con preguntas a sus preguntas hasta que esta se erigía sobre sus patas traseras al tiempo que gruñía y rezongaba. Pero nada más lejos de la realidad.

<<Si ese día llega, si quiero que ese día llegue, al final voy a tener si o si que optar por el mechero…>>

—No es la primera vez que a la mujer la despiertan esos goznes. Y olvídate de contar con su testimonio. Si queremos su inestimable ayuda solo va a quedarnos una de estas dos cosas: O bien enviar un comunicado de que hemos encerrado a esa persona bajo llave y tragado la llave, o bien ir de casa en casa hasta dar con la mujer anónima

— ¿Y cómo sabrás que es ella?

—Simplemente lo sabré—Debería haber soñado arrogante. Pero el tono neutro de su compañero tuvo el deje desapasionado de quien constata un hecho obvio. Tal vez fuera así. Tal vez, a la manera en que un mecánico considera la anatomía de un coche familiar y predecible, la marioneta entendía los principios básicos de la “fontanería de la mente humana“.

—A la gente le intimida más un micro y una cámara filmándoles que su buena conciencia.

Solo dicen que jamás hubieran imaginado una atrocidad semejante porque hay una cámara enfocándoles.

Por la misma razón que cuando se le notifica a un extraño una tragedia ocurrida cerca de su barrio tratara de parecer conmocionado o afligido.

Pero a la hora de la verdad solo está repasando mentalmente haber apagado todas las luces de casa, bloqueado los fogones de la vitrocerámica y cerrado bien con llave.

La tragedia ajena no puede perjudicarte. Las otras cosas, mucho más pequeñas pero más cercanas a ti, sí que pueden. Así está configurada la gente. Lo cual, dicho sea de paso, no es ni bueno ni malo per se. Lo contrario sería un fracaso evolutivo. El instinto de conservación se asemeja mucho a un triaje de prioridades.

Y en este mundo en el que vivimos conviene tener claras las tuyas.

— ¿Y qué prioridades dirías tú que son esas?

— ¿Las de la mayoría? Yo. Yo y, tal vez, mis más cercanos. El resto es atrezo.

—Digamos que estoy parcialmente de acuerdo contigo, ¿Por qué habrían de mentir si ese triaje es lo lógico y natural?

— ¿No es evidente? Uno no va a claudicar delante de millones de personas que sospechaba pero no hizo nada. Y no lo hacen por el mismo motivo que deciden no husmear. Por el que deciden no acercar las narices a las puertas de ese armario que rechina por las noches.

El muñeco no iba a revelar el motivo. No a menos que Mario le diese cuerda.

— ¿Y cuál es?

—Cubrirse las espaldas. A la gente le da mucho más miedo la noción de que puedan ser criticadas por otras que la idea de que se cometa un crimen a una docena de metros de ellas. Sin importar cuánto dolor suponga para la otra persona. La célebre estrategia del avestruz no es privativa de los niños temerosos de los monstruos bajo su cama o del fondo de sus armarios. Si no puedo verlo ni puedo oírlo entonces no existe. ¿Cuántos adultos no piensan así?

Lo relevante es que el asunto no vaya con ellos ni con sus allegados.

Es simple:

Los tajos ajenos no te dañan. Los chismes si lo hacen.

—Es una forma de concebir la naturaleza humana un tanto fea, ¿no te parece, compañero?

El muñeco se acogió a su condición natural de guardar silencio.

— ¿Que motivo tiene esta noche para no cubrir la suya?—Insistió Mario. ¿Por qué nos ha llamado entonces?—

—Seguramente la han despertado los gritos. Seguramente no ha podido mantener la farsa de “no te veo no te escucho”

La gente se vuelve a dormir si solo se oyen una o dos veces. Casi nadie llama. No hasta el cuarto o quinto. Salvo en las películas.

Ya te lo he dicho, basta con mirar bajo el ala del sombrero de las setas humanas para ver la muerte bajo ellas.

Cada vez están más zombis.

Viven, al menos en términos puramente clínicos. Ya sabes, pum pum ,pum pum, pum pum. Pero, aquí arriba—Matizó llevándose el índice a la frente—muertos. Todos muertos. A veces pienso que la diferencia entre ellos y nosotros es anecdótica.

—No estaríamos aquí sentados si los puntales de todo fuesen diferencias anecdóticas

—Supongo que puedes decir eso

—Ya lo creo que puedo

—Y yo puedo decirte que estamos aquí sentados porque alguien tiene que estarlo. A la manera en que tiene que haber peones deshelando las carreteras en invierno o botones aguardando el equipaje de los clientes

—Veo que la disertación sobre la caja mecanicista del asesino de niños te ha afectado profundamente

—Lo ha hecho

—Inclusive diría que, afectado no es una palabra muy ortodoxa. Diría que te divirtió.

—Si

— ¿Si?

—Yo también lo diría

Un humorista puede hacerte reír con independencia de que tenga treinta personas abonando su jardín. La gracia y la amoralidad no son mutuamente excluyentes Mario. Me decepcionas, te consideraba más critico.

— ¿Te hizo reír?

—No exactamente. Pero no todo giró en torno a relojes de cuco, autómatas averiados y agujeros estomacales negros.

El es más cosas al margen de todo lo que ha hecho. Pillamos un buen atasco. Y el parecía necesitar que le escucharan…

—No más de lo que el chico de la furgoneta había necesitado una transfusión de sangre a tiempo y una colostomía. Me llama la atención que fueses capaz de anular todas esas nociones mientras cargábamos con él hasta comisaría. Es realmente admirable.

—Gracias

—No era un cumplido

—Un triaje de prioridades peculiar me ha garantizado no ser nunca expedientado

—Tal vez te ha ayudado. Si, tal vez te ha ayudado, no lo niego. Pero ¿dirías que es indispensable?

— ¿El qué?

—Pensar del modo en que lo haces…

—Llevo algún tiempo más que tú haciendo esto. Ya me lo dirás.

—O no

— ¿No?

—Tal vez ya no estés aquí

—Lo estaré

—Pareces muy seguro

—Ya casi hemos llegado…—Mario se inclinó sobre el salpicadero, tan absorto en la conversación que si apenas se había dado cuenta del tiempo que llevaban en la carretera. Solo que a esas alturas de la función el apelativo de carretera le venía un poco grande. Más que grande.

Lo que antes era una sempiterna anguila negra de asfalto y neón, con líneas discontinuas naranjas tatuadas en su lomo viscoso, ahora había dado paso a lo que Mario solo podía describir como una pasarela de modelos erigida en la luna.

Cuando Mario vio el límite establecido que indicaban las señales sintió el homólogo a un guarda forestal que tras tomar un sendero nuevo y desconocido da a un claro rebosante de vegetación prehistórica. Cosas dadas por extintas mucho tiempo atrás:

Árboles escamosos de treinta metros de altura. Arbolillos cuyos fustes semejaban erizadas cerdas de escobas brujeriles de color verde. Helechos como serruchos gigantescos…

Zona 10, rezaba el cartel. Mario estaba seguro de que, de existir, lo habrían recalificado como zona 5.

Las carreteras estaban tan agresivamente carcomidas que el coche prácticamente tenía que avanzar al ralentí.

Las farolas, espaciadas entre sí como porterías en un estadio de fútbol, le daban a la calzada la blancura grasienta del sebo de res.

Los baches eran tan profundos como cráteres.

Los cráteres propiamente dichos, profundos como cuevas. Como abismos negros.

Mario sintió un instintivo apretón en el bajo vientre al refulgir las cintas amarillas que delimitaban los socavones que se abrían en mitad de la carretera.

Como escenas de un crimen. O los restos de una vieja fiesta interrumpida abruptamente. Bordeando aquellos parches de oscuridad, se erigía un asentamiento de lo que a priori parecían ladrillos de regaliz azul.

Solo que no eran regalices en absoluto. Era veneno.

Veneno en mitad de la calle. Cantidades ingentes de veneno.

Lo cual convertía el vecindario en el lugar ideal para quienes aborrecían las mascotas. Solo un loco, o un cabrón retorcido, se atreverían a pasear su perro por aquellas calles.

El muñeco se vio obligado a reducir ostentosamente la velocidad. No solo por los baches, sino para sortear el perímetro de todas aquellas cintas. Mario no pudo evitar mirar bajó su ventanilla y ver que el asfalto se levantaba en algunos puntos superponiéndose en pétreas placas que le recordaron vagamente a un pastel de brownie crujiente.

Había olvidado lo tremendo que había sido aquello. Casas enteras desmoronadas como castillos de arena.

Tragadas por la tierra.

De cuando en cuando el coche se escoraba a izquierda y derecha al hundirse uno de los neumáticos en un charco particularmente profundo.

Mario tuvo una difusa sensación de náusea. Le vino a la mente la ilustración de una de las enciclopedias de su padre en la que un dibujo en blanco y negro mostraba con descarnada sobriedad la espalda de un sapo de Surinam.

Conocido también como rana de celdillas, el mórbido anuro incubaba los huevos en los sórdidos agujeros de su espalda. No sabía si era la falta de sueño, o el agua que anegaba todos aquellos cráteres, pero tuvo la impresión de que pasaban por encima de un inconcebible organismo putrefacto.

De la purulenta espalda de un gigante.

O el ciclópeo cráneo de un dios muerto hendido a martillazos.

Mario enseguida reconoció aquellas hileras de casas prefabricadas, únicas en su especie. Construcciones feas y austeras, sin adornos.

Como cajas de zapatos gigantes con tajos horizontales haciendo las veces de ventanas.

Las chimeneas, si es que las tenían, eran delgadas tuberías que sobresalían de los achatados tejados como pajitas de refresco.

En cuanto uno veía aquellas casas rudimentarias parecidas a Bunkers de guerra con una apariencia un poco más amable sabía inmediatamente donde se encontraba. Sabía porque las estrechas ventanas de las casas se asemejaban tanto a unos ojos suspicaces. Como rendijas en la cara de pocos amigos de un robot.

Las esquinas de las casas tenían la severidad de cajas fuertes.

No había parques, ni columpios, ni fuentes. No se habían tomado la molestia de construir nuevos: Ellas se habrían encargado de convertirlos en hediondos puestos de mando.

Solo había bancos aislados que uno debía mirar de cerca para cerciorarse de que no eran meros andamiajes de acero colocados allí por error.

Los contenedores de basura eran bolardos de acero inoxidable. Mario tenía entendido que hacían un sonido similar a cuando descorchabas una botella de gaseosa tras unas buenas sacudidas. Intento ver las hendiduras de las comisuras de sus bocas. El sitio en el que se supone que debían abrirse para (engullir rápidamente) recibir las bolsas de basura. No lo consiguió.

Vistas más de cerca parecían luctuosas bombas aéreas de colores festivos engarzadas en el asfalto.

Un canon de belleza arquitectónico que compartían también los edificios institucionales.

Incluida la escuela pública, que a Mario personalmente le recordaba a un gigantesco armario archivador de acero inoxidable volcado. En el lugar en el que deberían haber ido las asas descollaban angostos ventanucos semejantes a pupilas de pulpo invertidas.

<<Renunciad a toda diversión los que aquí entráis>>

El centro de salud era incluso más feo. Un microondas achaparrado rojo chillón, también de acero. La fachada era una gigantesca pantalla de cristal ahumado.

No había quioscos. Ni biblioteca. Después de que convirtieran la última en un congreso plañidero tuvieron que prenderle fuego.

Aquella noche los Cantarienses habían visto como los cristales estallaban y ellas brotaban de allí.

Perdiéndose calle abajo como una dantesca procesión de pompones incendiados. La mayoría terminaron en el mar.

Ahora los niños estudiaban en pantallas de consola y las pizarras electrónicas habían sustituido al papel. Los críos ya no iban a la escuela con mochilas sino con maletines de polipropileno expandido. Como ejecutivos petisos.

Cuando entrabas por primera vez en aquellos barrios casi esperabas ver salir máquinas de los oscuros porches. Ojos prendiéndose en los umbrales de las puertas como sopletes de acetileno escrutando desde la oscuridad.

En aquel distrito había una política draconiana sobre el tratamiento de basuras y desperdicios en las vías públicas y una especial cruzada personal contra el papel y el cartón pues eran estas las materias primas con la que ellas construían sus nidos.

Si tenías una enfermedad terminal y carecías del aplomo suficiente para suicidarte solo tenias que entrar en aquel distrito y arrastrar una bolsa de basura desgarrada por su devastada superficie lunar.

No habrías podido dar más de dos pasos antes de que los residentes se te echasen encima como hienas. Algunos todavía eran civilizados y una honrosa minoría incluso conservaba su cordura.

Así que, tal vez después de todo-después de recoger los desperdicios y tal vez hasta un puñado de tus dientes-

Salieses vivo de allí. No sin sacar a un cirujano de su cama esa noche.

Contrario a lo que pasaba en otras ciudades, incluso en la propia Cántaro en su parte más céntrica,

Allí no solo cumplían a rajatabla los rígidos estatutos relativos a los residuos urbanos, sino que los recibían de buen agrado.

De hecho, llamarlos estatutos no era más que un eufemismo. Un epígrafe legal. Eran mandamientos. Salmos de un biblia jamás escrita.

Como un pueblo de otro tiempo complaciendo de buen agrado las demandas de un dios de las cosechas prosperas.

Toda precaución era poca de modo que sus residentes estaban dispuestos a intentarlo todo. Todo y un poco más, a fin de mantenerlas a raya. Ellas no eran cosechas, pero cosechaban. Cosechaban su basura, sus heces y, si picaras de puerta en puerta y les preguntases, algunos dirían que incluso cosechaban sus pesadillas.

Sabían cuál era el peaje por transgredir dichas normas. Las cosas que invocaba de debajo de la tierra abierta y estriada y que enviaba como castigo.

Los habitantes de los suburbios de Cántaro sabían mejor que nadie que había cosas infinitamente más aterradoras que una multa o una noche en el calabozo…

La idea era desarrollar un entorno lo más aséptico y diáfano posible pero en opinión de Mario aquello no eran más que paliativos. Ristras de ajos caducos y cruces de madera obsoletas que tal vez hubiesen funcionado en otras épocas y con otros monstruos.

Menos astutos y versátiles.

Habían convertido los barrios de los astilleros en una fea obra de arte contemporáneo, ecológica y comprometida con el medio ambiente.

Como si a alguien se le hubiese metido en la cabeza la idea fija de que eso de alguna forma heriría la sensibilidad artística de la cofradía de los bigotes largos y se irían a otra parte.

La realidad era que no tenían donde ir. A menos que, como la piara de cerdos endemoniados de la biblia, se arrojasen al precipicio. Ahogadas en masa en el mar balear que rodeaba la isla.

A ellas les traía sin cuidado el arte. De hecho a ellas les traía sin cuidado cualquier cosa que no fuera comestible.

La cofradía de los bigotes largos no era sensible en absoluto. No eran atribulados refugiados que huían de una gran guerra sino células de pelo pardo bien organizadas.

Eran agudas y amorales, como los incisivos naranjas que brillaban, húmedos, en sus bocas sin labios.

Habían llegado de los ciclópeos cargueros que arribaban en los puertos. En una época en la que los controles higiénicos fueron más laxos.

Eran autónomas.

Eran emprendedoras.

Y lo más importante de todo, unas hijas de la grandísima puta.

Vivían en la oscuridad y la mugre y no les temblaba el pulso de abrirse paso a través conductos y orificios no más grandes que una moneda de dos euros.

La cofradía de los bigotes largos era capaz de cualquier cosa con tal de darles un buen susto a los humanos. Incluso de comer mierda.

Algo que podían confirmar muchos residentes a los que habían sorprendido con los pantalones bajados hasta los tobillos sumamente absortos en la lectura de una revista. Ajenos a lo que se les venía encima. O mejor dicho a lo que se les venía debajo, si uno era minucioso con las palabras. Chapoteando sobre la taza como un aborto

Y haciendo ñiec ñiec sobre la formica con sus garras falciformes.

Toda una generación de niños traumatizados agazapados con los pies sobre el borde del retrete como gárgolas.

Preparadas para saltar si algo se rebullían allí abajo.

Al igual que las casas, los retretes también se habían adaptado a las circunstancias y hoy por hoy, todos tenían el baño de acero inoxidable de rigor. Un modelo que que uno asociaba inequívocamente a la vida carcelaria. Solo que en los astilleros dichos inodoros tenían una particularidad: Constaban de un cierre interno de seguridad que hacía que los conductos se cerrasen después de usarlos para que nada pudiera arrastrarse a través de ellos.

Solo cuando uno veía el hórrido puzle en su conjunto comprendía que todo: Los contenedores herméticos cuyas fauces se abrían y cerraban como la quijada de un hipopótamo… las cintas amarillas…los edificios públicos de acero inoxidable, las estrechas chimeneas…los ladrillos de regaliz azul…no eran más que precarios encantamientos.

— ¿Sabes? Hacia la tira que no venía por aquí. Desde que era un niño. Impresiona cuando lo pienso.

— ¿El que lleves tanto sin venir, o que lo hicieras precisamente siendo un niño?—Inquirió la marioneta

—Buena pregunta. Supongo que ambas. Cuando era un crío se oían todo tipo cosas de este distrito. De estos barrios. Había chicos en la escuela que decían que desde aquí podías llegar al infierno. Que era como tomar un atajo.

—En cierto modo tenían razón. ¿Puedo preguntar qué te traía a nuestra humilde morada? ¿Una apuesta con los amigos?

—Nada de eso. Nunca tuve muchos amigos—Lo cierto es que en aquella época no tenía amigos. Pero la confidencia era innecesariamente íntima.

Venía solo.

— ¿Y a qué venías entonces?

—Supongo que…quería averiguar si era cierto

— ¿Y qué tal fueron tus pesquisas?

—Solo había una forma de averiguarlo, ¿no?—Objeto señalando un socavón particularmente vasto. Y como si de pronto hubiera caído en la cuenta se volvió hacia la marioneta y dijo:

— ¿Nuestra? ¿Has dicho nuestra?

¿Vives…aquí?…Inquirió, casi un segundo demasiado tarde como para disimular la desazón y el asco

—Viví aquí

— ¿Una mala época?

—Una mala vida…

—?¿

—Me críe aquí

Eso explicaba muchas cosas.

— ¿Hace mucho que no vienes?

— ¿Cómo civil o como poli?

—De cualquiera de las dos maneras daré la pregunta por contestada

—Es un mal lugar. Pero no la clase de mal contra el que la policía puede hacer algo.

Las únicas unidades que venían y siguen viniendo son furgonetas con antenas en la parte superior y flamantes letras en los laterales en los que puede leerse <<exterminador>>.

En mis años mozos los otros niños y yo los llamábamos “encantadores”

— ¿Encantadores? No tienen un aspecto precisamente místico…

—Era tan común verlos pululando por los pasillos de la escuela que llegamos a verlos como una suerte de juglares contemporáneos.

Eso era lo que parecían con aquellos cubre zapatos de polipropileno de colores y las enormes bombonas a su espalda como inconcebibles instrumentos musicales. Llegué a creer que eran Zanfoñas y laudes futuristas. Instrumentos que siseaban como serpientes cuando los usaban contra ellas. Y las máquinas que conectaban a los enchufes y que hacían todos esos ruidos extraños…

Teníamos una profesora que decía que eran encantadores de ratas y nosotros la creímos.

No comprendíamos como funcionaba aquella magia, cierta. Solo sabíamos que, al igual que tantos engranajes que vertebraban el incomprensible mundo de los adultos, funcionaba.

Eso ya la hacía real. Ya fuera magia u otra cosa. No a la manera de la magia etérea de los cuentos. Sino como algo tangible.

Tan tangible como todos estos socavones en mitad de la calle precintados con cinta amarilla.

Como si a los niños nos hiciera falta un cuento de los tres cerditos que se caen en la alcantarilla.

Como si careciésemos de cosas como criterio o instinto de conservación.

Cuando te crías en los astilleros el instinto de conservación se te desarrolla antes que el vello púbico. Ni Mowgli se desenvolvería en la selva con la soltura de nosotros sorteando estas úlceras en el asfalto. A ellas y a quienes brotaban de ellas.

Tras el terremoto, vivieron aquí su época dorada. Ya lo creo que si…

De la noche a la mañana pasamos de ser vecinos a compañeros de piso. Compartiendo el mismo suelo. El terremoto convirtió las alcantarillas en un Loft. Los vapores del color de la mostaza ascendiendo de las grietas como el vaho de unos baños termales. Algunas noches me quedaba embobado mirándolos por la ventana. Convencido de que era cuestión de tiempo que saliera de allí un enjambre de hadas o una cohorte de brujos con largas togas y varitas mágicas.

Pero las únicas a las que veías asomarse eran a ellas…

—Si. Incluso bautizaron aquel fenómeno: Las ratas de la generación descapotable

—Dejando de lado la potencial hilaridad del apodo, hay que reconocerle una precisión de cirujano a quien quiera que le puso el mote. Si mal no recuerdo fue un gacetillero

—En efecto, un periodista. Leí ése artículo de niño. Tuve pesadillas semanas enteras.

—Y aun así, viniste…

—Y aun así vine.

Alcantarillas descapotables. ¿Puede haber una idea peor que esa?

Precisa y horrible como un canal de parto vuelto del revés. Alcantarillas al aire libre. Solo de imaginarlo me entran ganas de cerrar a cal y canto puertas y ventanas, poner un tapón resistente en todos los sumideros y rellenar el retrete con cemento para cagar el resto de mi vida en el arenero de un gato.

A la luz del día la idea me parece de frenopático y luego…

— ¿Luego?—Inquirió el muñeco inclinándose sobre él como un viejo y cansado buitre. Las sombras de las gotas de lluvia proyectadas en su cara enmaderada eran como moscas tratando de meterse en los orificios de su nariz y los lagrimales del ojo.

Era obvio que se había saltado una de sus comidas a base de tiras de papel adhesivo y que su estómago vacío de marioneta claudicaba por un aperitivo. Eso o que en el fondo, conservaba todavía una mórbida simpatía por el sitio en el que había crecido. Podía ser. Cosas más raras se habían visto.

—Luego piensas que existen lugares como este. Cuando oscurece, a veces, pienso en estos barrios. En los socavones de sus aceras proyectando sombra en la oscuridad. Y finalmente veo sus cabezas de orejas redondas asomándose con la naturalidad de Cordobeses descorriendo las persianas en verano después de la puesta de sol…

Y entonces pienso:

¿Por qué habrían de hacerlo de otro modo? ¿No es esta su casa desde hace años? ¿Lustros? ¿Décadas?

¿Acaso los residentes de estos suburbios descorren con timidez las puertas de sus garajes para ir a sus trabajos o al regresar de ellos?

Claro que no. Estos son sus garajes. Estas sus casas. Estas sus calles.

En este lugar, la demarcación entre hombre y bestia, entre humano y rata, se ha vuelto difusa. Ya lo era cuando iba a la escuela.

—Cuando ambos íbamos a la escuela—Repuso Ricardo señalando aquel horrible archivador de oficina volcado

— ¿Era tan malo como dicen?

—Define malo

—Si, era malo…

—Había días malos y días peores. En la escuela apenas había muebles ni estanterías. Eran considerados objetos peligrosos. Como tanques de guerra con las puertas invitadoramente abiertas en medio de un campo de batalla.

Y una vez se parapetaban tras ellas, crecían. Supongo que la palabra más ortodoxa para ti seria reproducción. A menos que te hubieses criado aquí.

Entonces lo habrías entendido Mario.

— ¿Entendido el que?

—Que no se limitaban a reproducirse. No a la manera en que lo hacemos nosotros u otros órdenes de mamíferos inferiores. Crecían. Como una floración de pelo, garras y dientes. Casi podías oírlas crecer. Es un sonido que no se olvida, sin importar los años, los lustros, incluso las décadas que pasen.

— ¿Cómo era ese sonido?

—Es una pregunta absurda. Sería como preguntarle a Saturno que sonido hacen sus anillos mientras se mueven. Mientras cambian. Todas esas partículas de polvo, rocas y hielo. No podrían desgranarse todos los matices.

Si, podías oírlas creciendo en cada esquina. A veces veías un atisbo de esa actividad. Como pompones penumbrosos temblando en la oscuridad.

Pero la mayor parte del tiempo simplemente las escuchabas.

Sin saber nunca por donde iban a salir…

— ¿Tú salías, Ricardo?—De pronto, Mario sentía genuina curiosidad. Una curiosidad malsana y morbosa. Ciertamente era difícil imaginar a aquel tipejo estirado siendo un niño.

Si apenas se lo imaginaba naciendo a la manera en que lo hacen los hombres y las mujeres.

Mario lo imaginaba saliendo del vientre sin una sola salpicadura de sangre.

La cabeza pulida y encerada como una bola de boliche recién eructada por la máquina.

El pelo engominado con la raya a un lado como si el cuero cabelludo ya la segregara naturalmente a la manera de la resina de los árboles.

—No entiendo tu pregunta

—Más allá de casa a la escuela y de la escuela a casa, ¿salías?…—La asqueada fascinación en su voz era evidente

—Salía de vez en cuando. Siempre he sido un guaje curioso, como tú.

—Apuesto a que lo eras pero, ¿no tenías miedo?

—Sabía que ellas andaban por allí si es a lo que te refieres. Aun si no podías verlas y oírlas (creciendo…) siempre tenías presente que estaban por allí. Era difícil olvidarlo. Dudo que nadie lo olvidara cada vez que salía de casa.

—No te he preguntado eso te he preguntado que si tenías miedo

—El miedo es un estado de ánimo Mario, no un evento—Explicó con la exasperación embarazosa de quien comenta un hecho obvio a un tonto

— ¿Y qué me quieres decir con eso?

—Quiero decir que no me acuerdo de cómo me sentía. Solo de los paseos que daba. Pero enfrentémoslo, no es eso lo que de verdad quieres preguntarme—

<<Me ha calado>>

—Si ya sabes cuál es la pregunta, porque no sacarme de dudas

—Porque no me gusta la gente taimada

—Tiene gracia que seas precisamente tu quien dice eso

— ¿La tiene?

—Prácticamente he tenido que sacarte el comunicado por radio con alicates

—No lo vi importante porque el aviso lo han hecho desde aquí. El avezado detective que hay en ti ya se imaginará porque ha habido gritos en la casa…—

Mario tuvo una vivida imagen de ellos dos echando abajo la puerta y enfocando con la linterna un enjambre de ratas enormes erguidas como canguros expectantes. Sus repugnantes ojillos bizqueando miserablemente bajo la luz.

Los incisivos brillando como tajos de martirio naranjas. Y finalmente, la chica muerta en el suelo. Blanca como un queso. Sus ojos y sus dientes llenando toda su cara en una careta de horror congestionado.

— ¿Entonces es verdad? Son tan…

— ¿Grandes?—Mario habría podido jurar que había algo así como reacio regocijo en la voz de la marioneta

—Si…

—Bueno, la mayoría no llegaban a acercarse demasiado. Es difícil juzgar el tamaño de una cosa cuando esta todo tan oscuro.

El terremoto que hubo en esta zona no solo levantó “la capota” de las alcantarillas. También inmolo en el acto parte del cableado y las tuberías. Muchas cañerías sobresalían como huesos rotos de extremidades amputadas. Los cables colgando como madejas de músculos.

Después de aquello muchas zonas quedaron a merced de las sombras al caer la noche. Algunos cableados pudieron restablecerse y otros no se recuperaron jamás. Ídem para las tuberías. Y las pocas luces que quedaron en pie, las atesorábamos. Tal y como se atesora un pozo artesiano en una aldea tercermundista.

Solo los niños de los barrios prósperos encuentran gozo en dañar las luces.

Supongo que tiene su gracia cuando sabes que hay recursos y un deseo generalizado de mantener a raya la entropía. Cuando sabes que no permanecerás a oscuras demasiado tiempo y que de hacerlo, no habrá nada agazapado en esa oscuridad.

En esos términos sabes que puedes romper una bombilla tras otra y que los duendes del ayuntamiento la cambiaran mientras tú duermes.

Diríase que el vandalismo es un instinto, como mi ejemplo de hace un momento del leoncillo, el bebé y la col.

Pero no imagino a ningún mocoso, por mastuerzo que sea, reventando el cristal de la ventana de su cuarto en diciembre y estallando las bombillas del techo. Retozando sobre las sábanas glaseadas de cristales rotos de su cama.

No es ningún instinto mezquino lo que hace que los niños rompan farolas Mario.

Lo hace la opulencia.

Este lugar jamás nado en la abundancia.

En un sitio como este la luz no solo se cuida.

Se saborea.

Respondiendo a tu pregunta, solo hubo una vez que estuve cerca de ver algo parecido a lo que afirman tantos ciclistas, corredores despistados y gente borracha que da a parar aquí por error tras una noche de excesos.

Fue en la noche de navidad. Estábamos todos reunidos en el salón.

A la vera de la mesa, como una mascota extravagante a la espera de que le cayese comida humana, teníamos el árbol navideño más grande que pueda imaginarse.

Habría tenido más sentido dejarlo fuera, habida cuenta de su tamaño. Me sentía casi intimidado. Empequeñecido por unas agujas que amenazaban con tragarme.

Parecía una bestezuela nórdica de erizado pelo verde encorvado para no golpearse su amorfa cabeza contra el techo. Alguien a quien mi tía había invitado para que nos acompañara. Uno de sus “amigos“.

— ¿Tu tía vivía con vosotros?—El muñeco lentamente negó con la cabeza

—Era yo el que vivía con ella—Dijo en el tono lapidario de quien confiesa una enfermedad incurable.

—Oh, tus padres debían de apreciarla mucho…

—No especialmente que yo recuerde.

—Entonces no lo entiendo

—No hay nada que entender Mario. Ella quería tenerme y a ellos no les importo. Me dieron a ella, eso es todo—

Me dieron. No delegaron. Ni tutelaron. Dieron. Como un juguete. Un muñeco. Una marioneta.

Eso era todo.

¿Pero lo era realmente? No, claro que no lo era. No podía serlo.

— ¿Qué fue lo que ocurrió?

— ¿Ocurrir?—El tono era diáfano. Aburrido.

— ¿Divorciados? ¿Se peleaban?

— ¿Por qué habrían de hacerlo?

<< ¿Esta de coña? Tiene que estarlo…>>

—Dices que te dejaron a su cargo

—Si. ¿Cual es el problema?

<<Que te parió tu madre, no tu tía. Ese es el problema, puto alienígena de los cojones. Así que a menos que tu madre tuviese cáncer de mama y tu tía fuese una mutante con la capacidad de lactar a voluntad, esto no tiene puto sentido>>

— ¿Entonces?

—Supongo que consideraron que ella lo haría mejor. Sin marido. Sin hijos.

— ¿Una tía soltera en unos suburbios llenos de ratas?

—Espero que sea un retoricismo y no una verdadera pregunta:

Pareces obviar el hecho de que no fui yo quien tomó esa decisión

— ¿No les guardas…—Mario rebusco cuidadosamente la palabra adecuada. Suponiendo que el vasto dialecto español tuviera una apropiada para algo así—

….rencor?

—Sus razones tendrían. Todos tenemos nuestros motivos para hacer lo que hacemos. Aunque aparentemente no tengan sentido para el resto.

Nuestro Ornitólogo es un claro ejemplo de ello. —No parecía haber resentimiento ni aflicción en sus facciones de madera escrupulosamente compuestas. Hablaba con la elocuencia de quien cuenta un hecho obvio. Como que los mamíferos tienen pelo o los pájaros construyen nidos.

—Mi tía tenía una cruzada personal contra la calefacción central. Deberías haberla visto en los meses más fríos del invierno: Parecía una trampera, paseándose por la casa con una bata encima de otra como si fuesen pieles de animales a los que acabase de desollar. Su cuerpo era una masa amorfa embutida en babuchas llenas de calvas.

Las batas eran una talla demasiado pequeña y tiraban de su chepa hacia abajo, obligándola a encorvarse.

Se consideraba una mujer ahorradora:

Logro que viera el agua caliente más valiosa que la sangre que corría por mis propias venas.

—No entiendo

—Me obligaba a lavarme con agua fría. Monitorizaba las duchas. Como una funcionaria de prisiones. Cerciorándose de que el calentador de agua estaba apagado antes de que yo descorriera las cortinas siquiera.

—Imagino que era una de esas mujeres austeras y duras que predican con el ejemplo…

—Jamás se ducho en mi presencia. Ni una sola vez. O eso es lo que ella creía.

Lo hacía mientras estaba en la escuela. Salvo la vez en que un brote de ratas obligo a clausurar el edificio y nos dejaron salir antes.

— ¿Que paso exactamente?

— ¿Recuerdas lo que te dije antes? ¿Sobre qué podías oírlas crecer?

—Creo que lo voy a recordar el resto de mi vida

—Bueno, pues ese día los pompones chillones pegaron el estirón. Salieron de todas partes.

Tenía llaves, así que no llame al timbre.

De todas formas por aquel entonces tampoco llegaba. Estaba algo más arriba del ojo de la cerradura. Allí sí que llegaba, de puntillas.

Entre y lo primero que oí fue el agua del grifo cayendo con la fuerza de una fuente. Lo primero que oí.

Lo primero que vi, fue la puerta abierta y el vapor que salía de allí.

Parecía la tarima de un mago.

—Debió de darte mucha risa—La cabeza de la marioneta roto con el lóbrego ánimo de un búho con gripe aviar

—La risa es…

—Un estado de ánimo, cierto. Y los estados de ánimo no se recuerdan. Mea culpa. Anótalo en el tablón de incidencias…

—Solo recuerdo dos cosas: El cuadro imantado de la cocina, con lo mejor de la promoción de los cuchillos. Y la puerta, todavía abierta. Escogí la puerta. Es todo cuanto recuerdo.

Hubo una temporada en que quise tener mascota. Pero las pocas que ha habido terminaban comiendo el veneno que infestaban las calles. Perros y gatos. Aparecían rígidos y con las barrigas hinchadas como bombillas. Supongo que se negó porque querría ahorrarme ese sufrimiento.

—Apuesto que sí. Por lo que cuentas era una mujer muy clemente…

—Así que entre mi deseo de tener uno, y mis constantes quejas por el frío decidió comprarme algo que consideraba que mataba ambos pájaros de un tiro.

— ¿Que fue?

—Un radiador portátil sobre ruedas. Lo llevaba conmigo a todas partes. A todas las partes de la casa. El problema no era tanto el frío como la humedad, que parecían congraciarse para enseñorearse de toda la casa. ¿He mencionado ya su cruzada personal contra la luz?

—No, pero llegados a este punto me lo imaginaba…

—En la penumbra de la casa era relativamente fácil para un niño imaginar que el radiador que empujaba por los pasillos de habitación en habitación era un perro de aguas español y…sumamente difícil no imaginar que la cosa embutida en capas de batas y distintos pares de zapatillas era una bruja bajada de las montañas.

En cuanto a aquellas navidades, mi tía había copado aquel árbol de tantas luces brillantes y adornos que parecía el letrero de un prostíbulo pagano.

Lo había talado ella misma. Era una mujer nervuda, tensa. Con hacha en ristre, se metió en unos pinares y mi tía talo, talo, hasta que el pino derribo.

Imagino que la peor parte fue meterlo en el coche. Fue un milagro que nadie la viera.

La ventaja de vivir en un barrio cuyas luces pueden contarse con los dedos de la mano de un leproso es que puedes tomarte ciertas libertades…

Debió de ser digno de verse, el árbol apoyado bajo el salpicadero del asiento del copiloto. Sus agujas cabeceando con los baches de la carretera como las extremidades de un cadáver. Yo estaba sentado en el arranque de las escaleras cuando volvió…la vi entrar con eso bajo el brazo:

La cara era un encendido óvalo rojo. Los ojos canicas calientes.

Cuando me vio sentado allí sonrió.

Yo pensé en la cáscara de un huevo de ave partiéndose por la mitad.

La noche de navidad las luces atravesaban las cristaleras y se derramaban estroboscópicamente en la hierba alta de nuestro césped. Era lo más parecido a ver magia. Exceptuando a los juglares de las babuchas de polipropileno, claro está.

Y en aquellos reinos de Oz, por primera y única vez en mi vida, estuve seguro de ver pasar uno de aquellos monstruos que de cuando en cuando se alimentan de niños y se supone que solo viven en los cuentos.

De cualquier forma pasó por delante demasiado deprisa para poder…verlo bien…Tal vez no fuera una rata.

Y si lo era…

— ¿Que viste?

—Algo. Orondo y peludo. Enorme. Sus flancos temblaban como gigantescos pompones de pelo pardo y enmarañado.

— ¿Intentas quedarte conmigo?—Mario sabía que no. En aquel momento nada le habría gustado más que saberse la víctima de una broma pesada. La más pesada de las bromas era liviana en comparación a la noción de saber que aquella psicodélica noche de navidad, donde roedores gigantes hacían visera con las manos para otear a través de las ventanas de las casas, había sido muy real.

Contarla bajo los potentes apliques de la comisaría, con un vaso de café caliente en la mano, era una cosa.

Escuchar aquello en la ignominiosa carretera llena de agujeros, otra.

Como si conminaran al protagonista de aquellas negras navidades a ratificar su veracidad.

Obviamente la susodicha llevaría ya tiempo muerta. Así como su prole. Y la prole de su prole. Y así generación tras generación hasta el momento presente…

—Diría que era esa cosa quien esa noche quería quedarse con mi tía y conmigo. Se la habría entregado de buena gana, ¿sabes? Nunca me cayó muy bien. No es algo que necesite recordar. Sigue cayéndome mal.

— ¿La…vio alguien más?…

— ¿A quién?

—A la cosa de la ventana

— ¿Como quien?

—Dijiste que estabais todos reunidos en el salón…

—Y lo estábamos: El árbol, mi perro de aguas, mi tía y yo…

—Joder…

— ¿Qué?

—Nada…

—Esa cosa pasó de largo como si tal cosa.

Y antes de desaparecer, como si quisiera que esa noche me fuera a la cama sabiendo que era real, vi la gruesa cola que remataba sus cuartos traseros flagelando la hierba como un látigo.

Parecía un alargador gigante.

—…

—Ahora tengo entendido que no todas se conforman con husmear. Que a veces les gusta arañar los marcos de las puertas de las casas. Saben que no pueden entrar. Y saben que tú lo sabes.

Sin embargo, parece que la posibilidad de que puedan hallar la manera siempre está ahí—Y tras una estudiada pausa añadió— ¿No?

—Te refieres a la anciana que murió hace poco en su casa…

—No me refería a nada en particular, pero ahora que lo mencionas…

—Abrieron un expediente disciplinario contra la patrulla que atendió el aviso

—Si. La anciana estaba cubierta de pies a cabeza por lo que parecía una amorfa alfombra de pelo. Algunas eran grandes como gatos. Cuando una de ellas levantó la cabeza lo hicieron el resto. Las barbas, teñidas de rojo oscuro, chorreaban.

Después de eso, perdieron el control de sus facultades y se liaron a tiros.

Pero no fue eso lo que les hizo perder la cabeza. Sino lo que pasó después del primer disparo, que inmoló a una de ellas en el acto. En lugar de correr, se apartaron lentamente de la anciana. Dejándoles ver lo que…

—Ya…

—E inmediatamente después arrancaron hacia ellos. Es difícil de creer. Tal vez ellos lo interpretaron así con la tensión del momento. Es posible que su objetivo fuera la puerta, todavía abierta. Tiene sentido pues, ¿por dónde iban a escapar sino por el mismo lugar por el que habían entrado?

La anciana había dejado la puerta abierta. Imagino que no era la primera vez.

De todas formas, si no era la salida lo que buscaban…si estaban en lo cierto…si ya ni siquiera le temen a las armas de fuego, ¿que oportunidad tiene esta gente?…

—Prefiero no pensar en ello hasta que hayamos salido de aquí…

—Supongo que es algo que llevan en los genes. Heredado de la generación anterior. Poco a poco fueron medrando. Aprendiendo a nadar. A vivir de lo que nosotros desechábamos…

A fin de cuentas, no íbamos a salir a la calle y hacer también nuestras necesidades en los contenedores de la calle. Si ya cuesta deshabituar a una criatura de cuatro años del orinal, imagínate…

—Ha quedado claro, Ricardo…

—Aprendieron que, a pesar de la diferencia de tamaño nosotros les teníamos mucho más miedo. Tal vez más rechazo que miedo. Pero para una alimaña no creo que haya mucha diferencia entre el miedo y el asco. La misma colonia amarga. La misma fragancia acre brotando de los poros.

Seguramente les horrorizamos. Con nuestros ojos enormes, nuestros cuerpos lampiños y nuestros hocicos romos…

Como fuese, mi tía me enseñó a no correr jamás. A no escapar nunca. A no tenerles miedo.

<<No les des ese gusto>>Me solía decir ella. <<El día que vean que les tienes miedo, se te echarán encima. Se te echarán encima y te comerán vivo Ricardo. Hasta que ya no quede nada de ti>>

Así que, respondiendo a tu pregunta, supongo que sí: Tenía miedo. Miedo de tener miedo. ¿Responde eso tu pregunta?

—Si

—Creo que, en ese calor de miasmas y humanos huyentes, no solo medraron y aprendieron Mario.

También se envalentonaron.

Una rata vive de media entre dos y tres años. Recapitulando, y contando a partir del terremoto, estaríamos hablando de... ¿10? ¿15 generaciones? Imagínate eso extrapolado a nosotros.

— ¿Adonde quieres llegar?

—No se trata de adonde quiero llegar. Ni de adónde quieren llegar ellas. Se enamoraron de este lugar en cuanto pusieron sus piececillos fetales pies en el. Lo convirtieron en su propio Salou.

Ya llegaron. Hace mucho tiempo.

Aunque no se sabe con certeza cómo arribaron exactamente a este humilde parche de tierra y roca.

Puedo, eso sí, hacerme una ligera idea. Los barcos de por aquí se hicieron célebremente famosos por traer todo tipo de extravagancias gastronómicas, la mayoría amorales. Algunas hasta ilegales…

Y tristemente famosos por la lasitud de sus normas de higiene.

Pero eran los fundadores de esta mal llamada ciudad quienes ponían la pasta. Habida cuenta de la clase de ritos que hacían, resulta más que obvio que la higiene no era una prioridad para ellos.

No hay nada más sucio que un rico. No limpian su propia porquería. En cambio los humildes, se asemejan mucho a una camada de gatos. Se lamen hasta la última mugre de las patas.

En cuanto a nuestras conflictivas vecinas…dicen por ahí que se han hecho grandes ahí abajo, en las alcantarillas. Yo no lo creo. Yo creo que ya eran grandes.

Y con grandes no me refiero a las que ya hemos visto, del tamaño de gatos sedentarios. Me refiero a grandes de verdad.

Esto no es Tokio. No tenemos una catedral subterránea ahí abajo. Apenas una abigarrada red de canales. No más sofisticados que troneras de una mesa de billar.

Nada puede medrar ahí abajo Mario. Solo prevalecer.

No me cuesta imaginarlas abandonando los barcos, escurriéndose en la noche. Correteando por jardines invadidos de claridad lunar hasta las bocas de las alcantarillas. Ya sabes, cuando las bocas de alcantarilla eran bocas y no simas lo bastante grandes como para que un crío pudiera caer en ellas.

Lo único que puede hacer el ayuntamiento es precintarlas y vallarlas. Pero eso no son más que paliativos. Como intentar taponar un cadáver lleno de gusanos ansiosos por salir.

Mira todo ese veneno acumulado. ¿Qué crees que significa?

—Que han aprendido a discernir entre chucherías comestibles de las que no lo son

—Exacto. No hubo más terremotos.

Pero de vez en cuando, la tierra cruje. Se mueve. Así que los intentos por sellar las grietas son en vano. Se abren nuevas.

A veces pienso en esta Isla como en unos siameses forzados a ser uno solo.

— ¿Y a qué viene eso ahora?

—Viene a que tal vez esta tierra nunca ha estado quieta. No del todo. Tal vez, de haberla dejado madurar un poco más, de permitirle asentarse, se habría escindido en varias Islas.

Las islas escindidas en islotes. Los islotes en abigarrados cabos. Tal vez, hay algo malo ahí abajo. Malo de verdad. Tal vez, de haber dejado medrar la Isla, habría llegado el día en que a vista de pájaro uno podría haber su verdadero rostro.

¿Una calavera? ¿Unas fauces gargantuescas que gritan?

Pero llegaron esos ricachones transespecie y erigieron aquí su aquopolis lasciva. Hijos de Atlantis cuya infancia debería haber transcurrido rodeado de delfines mientras retozaban sobre las alfombras mágicas de mantas gigantes. Los principitos del océano. Los sultanes de las profundidades.

Creo que el peso de las edificaciones y todas esas…atracciones, evitaron que la Isla se separase. Dicen que bajo tierra es un auténtico desastre. Que está atestada de puntales como ésos fijadores externos que antiguamente atravesaban los huesos y las piernas con largos clavos. ¿Sabes cómo llaman el resto de Españolitos a este lugar? La Isla de Frankenstein.

—Creía que la llamaban Cisterna…

—Oh, también la llaman así. Sigo pensando que dormimos sobre el lomo de una bestia teratológica que se mantiene escrupulosamente compuesta por la gracia y gloria de un sin fin de aparatos ortopédicos.

Nadie sabe muy bien qué aspecto tiene debajo de sus enaguas. Salvo, claro está, las ratas. Ellas viven debajo de sus faldas…

Mario cerró los ojos y vislumbró una caverna de paredes limosas con forma de vagina. Sus aguas salobres colmando su techo abovedado de un constante goteo salino. Un goteo no muy distinto a la lubricidad de una mujer.

Y por último vio a las cosas peludas erguidas sobre sus patas traseras. Más altas que un hombre.

Las bocas abiertas. Mesándose las barbas como personas bajo los auriculares de las duchas de un vestuario.

Pero lo más seguro es que la marioneta tuviera razón: Túneles parecidos a los de una mesa de billar con techos demasiado bajos como para que un adulto pudiera arrastrarse por ellos completamente erguido.

—Encuentro todo el asunto bastante interesante. ¿Tu no?

—Interesante no es la primera palabra que viene a la mente…

— ¿No tienes curiosidad por saber por dónde pisas?

—Tengo pensado quedarme una buena temporada. Puedo pasar sin una clase de historia

—Si nos retrotraemos a los primeros cargueros…ya no estaríamos hablando de 15 generaciones. Sino de 30 o más. Los buques fueron los caballos de Troya. Y el terremoto no fue más que las manos tremendas de la madre naturaleza tirando de la manta. Sacudiéndola Mario.

No habría sido tan malo si luego hubiese tenido la deferencia de volver a colocar el tapete de asfalto gris tal y como estaba antes. De alisar sus pétreas arrugas. Nunca habríamos olvidado lo que había debajo. Pero al menos estaría fuera de la vista. Fuera de la mente.

Lamentablemente no es así cómo opera la madre naturaleza. ¿Y que tenemos ahora?—Matizó señalando ostentosamente los levantamientos en el asfalto. Las cintas amarillas, como líneas de meta—Agujeros Mario. Eso es lo que tenemos ahora. Agujeros grandes como las bocas del metro de Madrid…

— ¿Podemos dejar ya el tema? Solo pensarlo me pone enfermo…

—No he terminado…

—Me importa una mie...

—Por suerte para ti, se nos ha acabado el tiempo. Es esa de ahí —

—Pero que cojjjjones…—Mario sintió que su mandíbula cedía como un cajón con las bisagras flojas.

—Si. Mira toda esa hiedra…

—Creía que eran todas…

—No, estas hileras fueron las primeras que se construyeron. A la vieja usanza. Con los viejos materiales.

Antes del terremoto. Antes del éxodo masivo a lugares más…prósperos de la Isla. Y con ello, el proyecto urbanístico de esas feas cajas de apicultura que acabamos de ver.

— ¿Quien….quien viviría en estas todavía?…

—Creía que nadie. A pesar de estar tiradas de precio. Pero es obvio que me equivocaba, ¿cierto?—Aquella hilera de casas no se parecían ni remotamente a las primeras.

Eran feos caseríos del color del queso rancio cuyo fungoso resplandor les confería una apariencia fantasmagórica. Casi etérea.

De no ser por la presencia de la marioneta confirmando su fisicidad, Mario se habría sentido tentado de pensar que era un espejismo. Una abstracción. Un acto de prestidigitación formado por madejas de espesa niebla del color de la leche condensada.

Algo que uno podía atravesar con la mano. Desmadejándolo como un reflejo diáfano en el agua. Solo mirarla le robaba el calor del cuerpo.

Un asentamiento de penachos de niebla y nubes bajas que mediante una inextricable pareidolia confundía el ojo humano con casas.

Idénticas en lo esencial todas tenían rasgos únicos de corrupción, y tal vez, de todo el escueto catálogo, aquella fuera una de las peores. La hiedra roja bajaba en cascada por el tejado como los cabellos ensangrentados de una bruja.

Una bruja de cara despellejada cuyas desconchadas mejillas revelaban un moho azulado. Infestando sus carrillos como vello facial.

Una de las contraventanas del piso de arriba estaba cerrada semejando un ojo tuerto de feo tejido cicatricial marrón oscuro.

A ras del suelo descollaban unos sórdidos bultos grises parecidos a pústulas. Setas. Como carnosas llaves de un saxofón.

— ¿Tiradas de precio dices? Deberían pagarle a uno por vivir en ellas…

—A lo mejor la eligieron por eso. Porque nadie sano querría asomar las narices por aquí. ¿Te has parado a pensarlo?—No. No lo había pensado. Pero inmediatamente empezó a hacerlo.

Mario empezó a oír los alaridos en cuanto abrió la portezuela. Roncos y aflautados. Todo en uno. La garganta de la chica debía ser a esas alturas un canal rojo.

<<Va a perder la voz como siga gritando así. Por otra parte, uno no grita así a menos que ya haya perdido otras cosas por el camino…>>

Mario avanzó a grandes zancadas por el descuidado sendero, lleno de guijarros, como los restos de un meteorito que hubiese aterrizado en las cercanías.

A diferencia de las feas cajas de apicultura modernistas, con sus jardines pulcramente segados o directamente quemados con lejía hasta parecer tapetes escarchados, la hierba alta de aquella casa a ambos lados del sendero llegaba a la altura de las rodillas. Mario no pudo evitar acariciar la culata del arma y mirar furtivamente a izquierda y derecha.

Que le dieran al reglamento, si brotaba de ellas algo del tamaño de un perro y un gato (con independencia de que, de hecho fuera un perro y un gato) era muy probable que abriera fuego. En aquella casa, la única iluminación provenía de la blancura mantecosa de sus propias paredes.

<<Como un queso gigante y abigarrado. Lleno de ratas acechando en sus rancios agujeros. Sus diminutas guillotinas naranjas salivando>>

Su pie dio un paso en falso y se dobló inestablemente sobre uno de los guijarros. Soltó una maldición y barrió las piedrecillas de una patada, que fueron a parar a la cimbreante muralla de yerba.

<<Contrólate hombre. Solo son unos puñados de gritos y una casa ruinosa que se cae a pedazos. Pan comido. Pan podrido. Ya sabes lo que dicen las estadísticas, por cada Ornitólogo hay millones que no lo son. Solo tuviste mala suerte. A veces pasa. Tal vez te vuelva a pasar la semana que viene. O el mes que viene. O tal vez ya no te pase nada remotamente parecido el resto de tu vida. Pero por encima de todo, pompones gigantes de por medio o no, no se te ocurra perder la chaveta como esos polis…

Vale, ¿timbre o aldaba… ¿que coño es eso? ¿Moho en la aldaba también? ¿Como han podido dejar que…a la mierda, timbre>>

—Policía, abran la puerta—Como por ensalmo, los gritos cesaron de golpe. Mario pensó en una histérica. Una mujer. Un hombre y… ¿otra mujer? (u otro hombre)

La vieja historia de siempre. Iba a ser una noche fácil después de todo. ¿Acaso lo había dudado?—Los gritos se reanudaron. Más fuerte. Solo que esta vez no eran simples gritos.

Mario solo pudo pescar retazos inconexos. Palabras sueltas aquí y allá. Como atrapar moscas en un tarro.

— ¡PAGAR… NA PUTA VEZ…TA MIERDA…UTO MANDO…!—Discusión conyugal. Para eso los habían enviado al barrio chino de la cofradía bigotuda. Vaya una mierda. Vaya una una dichosa y maravillosa mierda.

—Abran la puerta o…. —La marioneta había abierto el maletero desde dentro y ya rodeaba el coche.

— ¡UERTO…A LLAVE…CADENAS…LIPOLLAS!—Las palabras sonaban como si proviniesen de una garganta glaseada de cristales triturados.

—Abran la puerta o la echaremos abajo, último aviso—Aseveró Mario.

La marioneta enarbolaba ya el ariete.

—Por si lo has olvidado compañero, el exceso de decibelios superior a 30 es punible a partir de las 11. Son las 11:27. Ha habido un aviso. Hay gritos. Y juntos suman una duda razonable. La has avisado. Lo he oído—Con el ariete en las manos Ricardo era la viva imagen de un niño repelente enarbolando un tren de juguete. El entusiasmo ante la expectativa de usarlo hizo que sus labios ardiesen, más rojos que nunca.

— ¡OR FAVOR!…

—Me da que esta noche no va de pompones, Ricardo—Farfulló Mario cuando Ricardo subió los destrozados escalones, como muelas melladas.

—Los goznes del armario…ya te lo había dicho. ¿Quieres hacer los honores?…

—Toda tuya—A guisa de respuesta se apartó. Ricardo echó los brazos hacia atrás y flexionó la cadera como un jugador de golf profesional. La punta roma del ariete apuntando con precisión de máquina hacia la cerradura.

—Es madera maciza…—Observó Mario, sintiéndose estúpido si apenas la aseveración salió de su boca. Cuando se ponía nervioso tendía a la estupidez. Secretamente convencido de que si no fuese un estúpido, sería algo muchísimo peor.

<<Larga vida a la estupidez>>

—Por fortuna, el lobizón es pertinaz—Aseveró la marioneta pasándose la lengua por los labios. En el aire granuloso y gris le pareció muy larga y roja, como un matasuegras. El primer impacto sonó como una piedra grande estrellándose contra arena mojada. El segundo, menos fibroso, más diáfano, les permitió oír el característico sonido de madera astillándose.

Y así hasta un tercero. Un cuarto. Un quinto. Los crujidos eran cada vez más sonoros pero la puerta propiamente dicha seguía intacta. Era como machacar la caja torácica de un gigante. Los órganos internos haciéndose papilla pero el recipiente cofre de huesos intacto.

Sexto

Séptimo.

Ni un jadeo. Ni un pelo fuera de su sitio. Ricardo inspiraba y espiraba. Espiraba e inspiraba.

Sin embargo, no fue hasta el octavo que la puerta empezó a combarse. Mario contempló a Ricardo con una punzada de algo así como reacia admiración. ¿Cómo podían aquellos brazos de monigote enarbolar de esa manera un bolardo que debía pesar la friolera de 20 kilos?

<<Las moscas tienen mucha proteína>>Pensó sin un gramo de humor en el cuerpo.

Había brío y determinación. Pero eran un brío y determinación inhumanas. De máquina. Mario pensó en un leñador de juguete talando un árbol de plástico.

De no ser porque la moldura de la cerradura se parecía cada vez más a la anilla de una lata de refresco abombada hacia dentro habría creído que no la estaba golpeando realmente.

Pero lo hacía. Vaya si lo hacía. Los golpes eran audibles.

Mario tuvo la impresión de que sombras parecidas a un asentamiento de pelusas formaban un cerco más estrecho con cada golpe de ariete. Sus dedos acariciaron la culata del arma.

<<Es obvio que esas ratas corrían hacia la salida. Es obvio que no se estaban encarando a los policías con sus barbas color bermellón. Es una locura pensar que se envalentonaron. Pensando que si podías pasarle por encima a una anciana, podían pasarle por encima a cualquiera pero… ¡Menudo jaleo estamos armando!

La zombi anónima que nos llamó debe de estar regodeándose en su pulcra casa/mausoleo.

Octavo. Noveno.

La marioneta no era gran cosa, pero Mario tuvo un atisbo del tipo que era célebre en el departamento por haber actuado en tantos casos de incendios forestales y descarcelaciones. Había pensado que los otros bromeaban cuando decían que era una máquina.

Pero a más lo miraba estampar la cabeza roma del ariete más se daba cuenta de que estaba equivocado. De que lo había estado todo este tiempo. Diríase que una máquina de guerra comportaba un abdomen rocoso y unos brazos como mazas de cavernícola. Sin embargo, y si uno tenía el dudoso honor de interceder en peleas de discoteca, enseguida se daba cuenta de que las golpizas de los tipos grandes se asemejaban mucho a la eyaculación precoz de un toro. Un puñado de rebuznos y ya estaban sin resuello. Costaba movilizar un cuerpo musculoso. A Mario no le cupo la menor duda de que muchos de aquellos hombres con hipertrofiadas pollas de ballena a los costados habrían tenido que soltar el ariete al cuarto o quinto golpe.

Su compañero por el contrario, daba la impresión de ser capaz de talar las mismísimas pirámides de Guiza siempre que le diesen un pico lo bastante afilado y le permitiesen empezar a primera hora de la mañana.

No parecía capaz ni de propinarle un empujón a un niño de primaria, pero al César lo que es del Cesar. Al pan, pan, y al vino, vino:

La marioneta era un parangón de eficiencia. Tan desprovista de pasión como los cabeceos sincopados de una extractora de petróleo.

¿Y que es una máquina después de todo? Después de quitarle toda la carrocería y todos los adornos, ¿que te quedaba?

El chasis, por supuesto. La máquina en sí y… ¿Cuántos golpes iban ya, hombre del mazo? ¿15? ¿16? ¿Cuando pensaba pedirle que lo relevase? ¿Cuantos golpes más antes de echar los hígados por la boca y los pulmones por las orejas? ¿Cuantos…

La puerta cedió hacia dentro. Marco incluido. Hubo un momento realmente malo en que Mario juraría haber visto la fachada entera a punto de seguirle en la caída. Un abrupto mohín en la cara podrida de la bruja. El momento pasó y, antes de tener tiempo de pensar en otra cosa más, descubrió que ya estaban dentro.

Mario descubrió eso y algo más: Que en cierta medida, siempre estarían dentro. Al menos por lo que a él respectaba.

Cuando sus ojos enfocaron hacia el lugar del que venían todos esos gritos tubo la impresión de que su mente era una porosa esponja de baño arrojada en una bañera llena de cadáveres descompuestos formando una rebosante sopa marrón.

Mario sintió que se empapaba en aquella locura tibia y grasienta como aceite de cocina usado.

De alguna manera debería haber sido menos horrible que si el televisor tuviese puesto el sonido. Más tarde Mario meditaría largo y tendido sobre esa cuestión. Sobre cómo la ausencia de sonido había contribuido a hacer más horrendas las imágenes del televisor con los berridos

De la mujer de fondo, ya afónicos.

Como imágenes vertebradas en el mundo de los sueño filtrándose en las grietas de la vigilia.

Los berridos de la mujer eran ya tan decrecientes como los de un detector de humos linchado por el palo de una escoba.

De forma incongruente se le pasó por la cabeza que los gritos debilitados de una víctima no distaban tanto de los de un juguete que se queda sin pilas.

Todas las teorías del alma quedaron atrás.

Luego reparó en la amorfa hogaza blanca de una cabeza descollando del sofá, algo ladeada sobre el hombro, y la aplastada crin de caballo de ella.

Su cabeza meneándose inestable en el nervudo palo de escoba de su cuello como si quisiese desencajársela del sitio. La idea le pareció de locos entonces. Pero no más tarde.

La mujer hablaba y hablaba de apagar la tele.

Pero en el fondo saltaba a la vista que era su cabeza la que quería apagar de forma permanente. Liberarse de ella a la manera en que unas manos ampolladas desean soltar una olla al rojo vivo de cuya tapa brota una riada de agua hirviente.

Para desgracia suya, la olla al rojo y ella estaban vertebradas en un mismo cuerpo. Un solo organismo. Uña y carne.

Si hubiera habido un conmutador engarzado en la nuca, capaz de desconectarla de manera permanente no le cabía la menor duda de que la chica lo habría presionado hace mucho tiempo.

Le había dado por la tele como podría haberle dado por pedir que encendiesen las luces. Para cerciorarse de que nubecillas de sombras de la esquina no eran más que pelusas y no (pompones) algo vivo atraído por el olor de la mugre y la ruina humanas.

Si había algo muerto en el salón, la muerte misma no había tenido tiempo todavía de asentarse.

Mario palpo una de las patas de aquel elefante de los horrores, sabiendo que la bestia era mucho más grande.

Sorteando lo que a simple vista le parecieron restos de bebés inmolados en aplastadas cajas de zapatos. Fue todo un alivio comprobar que era queso fundido y no grasa amarilla lo que rezumaba de las mordisqueadas cortezas de harina.

Mario no sabía porque aquel holocausto de carne picada, queso y aceitunas negras tenía que producirle seísmos en los dedillos de los pies. Porque la visión de todas aquellas cajas de pizza y envoltorios de hamburguesa, todos lejos del alcance de la chica, tenían que cerrarse sobre el cómo las pétreas paredes de una horrida cueva.

Pero eso es exactamente lo que hizo.

No dejaba de mirar de la cabeza del tipo a los restos de pizza y de los restos de pizza de nuevo a aquella hogaza de piel flácida.

<<Si así es la cabeza, me pregunto cómo será su ca…>>Pero nada de cara. Apenas la fachada de un cráneo.

Lo que vio Mario guardaba más parentesco con una hamburguesa cruda. Con el pliegue de la boca delimitando una rebanada de pan de la otra y la lengua sobresaliendo entre ambas como sonrosada carne picada.

No necesito mirar los inmolados nudillos de la chica para elucubrar que había pasado. La chica le había atacado. O abalanzado contra él como una libélula oportunista cobrándose venganza contra un sapo oneroso que había tratado de devorarla.

Eso parecía el tipo bajo la tenue claridad gris: Una mole de estrías y verrugas cenicientas. Los ojos protuberantes miraban al techo con sorpresa.

Unos estilizados parabrisas estriados descollaban de la espalda de la chica. Unos cómicos muelles despuntaban de la cabeza rematados por micrófonos redondeados.

A Mario le tomó tiempo aunar lo ridículo del disfraz con la truculencia de aquellos rasgos toscos prensados a puñetazos.

Una parte mezquina de él, alimentada por el insomnio, sintió la violenta floración de un regocijo salvaje rayano en la locura:

¿No promulgaba la marioneta que las víctimas se habían vuelto apáticas? ¿Que tenía que decir el Guiñol respecto a aquella rencorosa avispa que la había emprendido a mordiscos con aquel tipo?

¿Era ella un cadáver? ¿Una autómata? ¿Una zombi?

Y un cuerno. Esa chica quería vivir. Y se había cerciorado. Ya lo creo que sí. Jesús, María y José. Cerciorado del todo. A Mario no le costaba imaginarla a horcajadas del regazo de aquel sapo seboso. Como una niña torva en navidad con, no una lista de deseos, sino de exigencias terroristas.

El carbón no era una opción. El sapo devora-hadas debería haberlo sabido.

Los nudillos de la chica eran cráteres del color de la remolacha. Manchas oscuras y opacas que, Mario lo sabía demasiado bien, escondían lo peor de la avería. Los tendones como el cordaje de un violín destrozado.

Tal vez la muchacha se sintiese ahora como la mujer maravilla, cortesía de la adrenalina. Pero pronto iba a necesitar analgésicos.

De hecho, pronto esa chica iba a necesitar un montón de cosas. Y tal vez los analgésicos fuesen lo que menos urgiese.

Mario no la miro hasta más tarde. Ella no era muy buena modelo que digamos. Ni siquiera esposada al hombre obeso por un grillete que unía su escuálido tobillo a la pata de jamón del hombre dejaba de moverse. A pesar del cerco desollado en torno a su tobillo que, de haber estado en sus cabales, le habría ardido como un anillo de fuego.

Sabia dios cuanto tiempo llevaba encadenada. Vaya panorama. Y vaya un final.

La doncella había derrotado al ogro del cuento pero un miserable grillete la retenía todavía en la mazmorra. Si hubiese habido unas cabalgatas o unas fiestas patronales (aunque hacía décadas que los astilleros no tenían nada que celebrar)

Su garganta se habría arruinado antes de poder seguir emitiendo aquellos cantos de sirena.

¿Y quien habría acudido? ¿Quien se habría acercado lo suficiente para llamar al timbre de aquel queso séptico?

¿Algún cartero voluntarioso tal vez? No había visto ningún buzón. Apenas quedaba algo de las escaleras que llevaban al porche. La nariz de la estatua de la esfinge se conservaba mejor.

<<Y dale con las pirámides. Esta noche no dejas de pensar en ellas. ¿Y que son las pirámides al fin y al cabo sino tumbas?

Lo has entendido al revés. La marioneta no se alimenta de papel atrapamoscas. El es el papel que atrae a las moscas. ¿Y cuál es el plato predilecto con que les gusta llenar sus estómagos? Exacto campeón. La marioneta es el pegamento que atrae la muerte y la miseria. Y tus estas en el medio. Disfruta del cuerpo de policía. Podías haber hecho carrera como Tocólogo y en lugar de estar en el interior de este queso estriado estarías en una puta clínica privada. Con un suelo de mármol tan limpio que habrías podido ponerte a cuatro patas y lamerlo. Pero la vocación no acompañaba ¿verdad? Ni ella, ni la noción de que, de hacer de ello un trabajo, los chochetes perdiesen todo su aliño. Mejor guardián del huerto.

Mejor limpiar las plagas. Pues esta noche estás de suerte. Esta noche, el títere y tu tenéis mucho que limpiar>>

Mario descubrió que no podía mirar a la cara de la chica, cuyos huesos se dibujaban bajo la piel como formaciones rocosas cuando la marea está baja.

Uno veía aquello y no podía evitar pensar que ese sería el aspecto que tendría una momia después de arrancarla de su sarcófago y llevarla a un salón de belleza.

La mandíbula era un cepo tapizado en unos labios exangües curvados en una mueca perruna.

Los dientes eran un cercado rojo que bajaba en hilillos de sangre por el mentón. Cuando los endebles huesos de las manos no habían podido seguir golpeando, el hada había mordido.

Los ojos brillaban, vivarachos. La espuria vivarachez de los ojos de una serpiente.

Se había vuelto loca. No histérica. O fuera quicio. Loca.

Los plomos del diferencial eléctrico de la cordura habían saltado.

Sus escuálidas piernas se movían, inquietas, como las patas de un saltamontes preparándose para pegar un brinco. Tomando impulso.

¿Y no había algo ineludiblemente insectoide en los ademanes de sus brazos huesudos?

Al pensar que esos brazos habían golpeado la cara del tipo hasta convertirla en una albóndiga cruda necesito agarrarse a algo. Más tarde, un examen médico revelaría que se había roto la muñeca del brazo izquierdo y dislocado el hombro del derecho al tiempo que los dedos chascaban como lápices.

Aunque el calor febril del cuerpo de ella, y el calor ya menguante de él, entibiaban el aire, las imágenes del televisor incitaban a darle la espalda a toda esa demencia y regresar al coche patrulla a por el abrigo. Dos a ser posible. Era la única manera de evitar todas las fugas de calor que provocaban las imágenes:

En un primer momento Mario pensó que se trataba de un documental nocturno de manatíes retozando sobre un asentamiento de rocas lamidas por la espumeante negrura de las olas del mar.

Alumbrados por una multiplicidad de haces de linternas que se derramaban trémulamente sobre sus corpachones paliduchos como una redada nocturna de la policía.

Sin embargo, Mario era perfectamente consciente de que no eran policías los que estaban fuera del encuadre de aquella escena.

<<Desde luego, no la policía de Cántaro. No en horario de servicio…>>

Al igual que la marioneta, había participado ya en algunas redadas interesantes y notables a lo largo y ancho de la Isla. Era imposible estar en todas, o al tanto de todas. Pero recordaría algo como aquello…

A corto plazo uno se sentía dichoso de poder sortear los cráneos descascarillados por botellazos y los ojos biselados como yemas de huevo en una rápida exhibición de navajas y cuellos de botella rotos bajo las estroboscópicas luces de los garitos.

Un autómata siniestrado con el cableado al aire libre siempre era más digerible que un autómata que todavía podía arrastrarse con ademanes sincopados al tiempo que declamaba sus estereotipadas frases con un estertor arenoso.

Siempre resultaba revitalizante no tener que entrar en aquellas ruidosas colmenas. Llenas de luz y bisbiseos zumbantes.

Mario todavía tenía latente detrás de sus párpados su incursión en el Triphobia, ese abarrotado garito en pleno centro de la ciudad.

Todavía recordaba cómo se habían abierto paso a través de sus cámaras y corredores hexagonales.

Las bulbosas gafas de salto de los miembros de la discoteca semejando una horrida floración de ojos facetados.

En la penumbra era difícil tener presente que eran cabezas humanas y no radios portátiles encajados entre sus hombros.

Le vino a la mente la película de la mosca. No la de Jeff Goldblum sino la original. Aquel delirio casposo del año 58.

Las bulbosas faldas tupidas de las camareras a rayas amarillas y negras.

Las lunetas irisadas de sus alas postizas.

El aguijón, como el huso de una rueca, contoneándose al final de sus cuartos traseros.

La marioneta, él, y otros tantos más, sorteando la enorme pista de baile: Un promontorio psicodélico de flores tubulares delimitadas por cintas amarillas ondeando como banderas. Era virtualmente imposible saber lo que uno estaba mirando a menos que subiese a los palcos superiores. Entonces y solo entonces podía uno asomarse para apreciar en todo su esplendor aquel sol artificial ardiendo sin llama:

Un ciclópeo girasol convertido en pista de baile.

Las escaleras que subían y bajaban a los respectivos niveles eran en realidad unas planchas agujereadas que recordaban a los tableros del cuatro en raya. Uno miraba a sus pies y podía ver a través de los agujeros la actividad de los niveles inferiores.

Aquella cualidad diáfana le provocó náuseas. Podías ver el retazo de un ojo, la porción de una oreja, la media luna de una sonrisa. Todo incompleto y hacinado.

Le sugería los agujeros de una picadora de carne. Carne rancia que hedía a sudor, alcohol y costosas drogas de diseño.

Y la máquina giraba y giraba sus manivelas.

Había sido como abrirse paso a través de una colmena de abejas durante un mal viaje de LSD.

Para más inri, el altercado había ocurrido en el ala de las celdas obreras. Tan angostas que prácticamente era como abrirse paso flanqueado por una quimérica colchoneta de cuerpos humanos. En la de los Zánganos habrían podido verlo venir, tanteando ciegamente como un monstruo de armario tras tantos años de oscuridad hegemónica.

Les salió al paso como un payaso de caja sorpresa con espumeantes garabatos llenando toda su cara.

En condiciones normales debería haber yacido en el suelo, inconsciente. Pero eso habría sido pedir demasiado. La normalidad no entraba en aquel reducto.

Habían apuñalado al tipo en los ojos hasta hacerlos desaparecer. Por la prolijidad con la que el cuchillo se había ensañado en ellos, cualquiera diría que un enfarlopado Perseo creyó estar salvando a la multitud de la Medusa. En Cántaro los blancos de las heridas por arma blanca parecían ir escalonadas por temporadas. A veces era fijación por los labios. Otras por la nariz.

Y en el lapso de aquella redada le había llegado el turno a los ojos.

En el departamento la gente bromeaba sobre una banda organizada con una pizarra en el sótano con un monigote del cuerpo humano. Prolijamente esquematizado como esos corderos y gorrinos que hay en los supermercados: Aquí está la falda. Aquí la paletilla. Y esto de aquí, damas y caballeros es el codillo…

La segunda teoría, capaz de rivalizar con la primera, era que algún tipo de droga provocaba como horrido efecto secundario, una fijación malsana por determinadas partes del cuerpo. Si lo que aquel piquerista desquiciado veía era una constelación de estrellas abominables o chispas del infierno en los ojos de la víctima es algo que el propio victimario no recordaría después.

Eso era lo que más turbo a Mario cuando se enroló en la policía para asistir en primera fila a los males que asolaban la ciudad. Para mirar al otro lado de los pútridos y mohosos bastidores del crimen. Secretamente convencido de que habría una cabeza de serpiente. O varias cabezas principales que, de decapitarse, erradicarían las plagas para que el huerto fuera prospero de nuevo.

Pero si apenas llevaba un año en el cuerpo descubrió que la realidad era infinitamente más prosaica e infinitamente más desoladora:

No había una cabeza de serpiente. El mal de Cántaro, en su inmensa mayoría, estaba vertebrado por la aleatoriedad. Y el caso del Perseo esquizofrénico era un claro ejemplo de ello. Una enucleación de ojos que ni el propio autor recordaba.

Daba miedo.

Tanto o más que la teoría de la marioneta de que hubiese algo realmente ponzoñoso ahí abajo. Sosteniendo con sus dedos de demonio la peonza de roca que era la Isla.

Empezaba a sentirse como su pelotón. Todos esos hombres de plástico con los que había sangrado en tantas batallas de niño:

Una fregona solitaria tratando de limpiar la inmundicia de las alcantarillas.

Gracias al conglomerado de luces de los apliques del local, los ojos del tipo parecían carnosos enchufes llenos de ranuras en los lugares en los que la navaja corta había entrado y salido.

La envergadura del filo, apenas superando la medida de dos dedos, le recordaba vagamente al moroso, lento e ineficaz método de ejecución que emplearía un chimpancé contra un miembro de una banda rival o, tal y como sospechaba Mario, para disputarse los afectos de una hembra.

Carnosos enchufes de los que brotaba una espuma multicolor.

Esa noche Mario no podría ver otra cosa que la mirada ciega de aquellos garabatos sanguinolentos espumeando como bengalas mientras pensaba:

<<No voy a durar. No durare. Esto es demasiado. Me la suda el motivo real. Me la suda si el otro tipo le miro mal. O le volcó la bebida. O la bebió por error, confundiéndola en la penumbra con su propio cubata.

O si coqueteo con su ex novia. O si le empujo.

Nada justifica señora salvajada. El mero hecho de intentar racionalizarlo ya amerita el uso de drogas duras, camisas de fuerza, baños forzosos en agua helada y paredes acolchadas>>

Abandonó aquella estructura de falso oro y alabastro retro iluminado con algo rayano en el pánico. Era como haberse quedado dormido en el andén de una estación espacial y despertara en un planeta foráneo y hostil. No entendía la mirada indolente de aquellos ojazos negros de la multitud, como altavoces. Como la gente podía seguir a lo suyo después de semejante sacrilegio.

Podía entender la inopia en la que permanecían en las celdas de los Zánganos y más aún la indolencia mayestática de los de la selecta minoría que se arracimaba en las Realeras. Donde los <<abejorros gordos>>habían hecho del libro de las desviaciones sexuales su propia biblia.

Empezando como un escandaloso rumor de escalera transmitido de un oscuro rellano a otro, de una celda hexagonal a otra, hasta convertirse en una suerte de leyenda. De cuento de hadas oscuro. De fuerza de la naturaleza.

Nadie parecía tener una idea tangible de que aguardaba detrás de sus puertas hexagonales de oscuro cristal esmerilado. Los zánganos sólo podían conjeturar lo que pasaba dentro por los fogonazos azulados que centelleaban al otro lado, como tormentas lejanas de otro mundo, y los gritos amortiguados. Solo podían elucubrar que era ese olor a quemado que cabrilleaba por el aire cada vez que las puertas se abrían.

Se rumoreaba que había un callejón de faroles eléctricos que pulsaban día y noche con una penumbrosa luz azul. Como el fulgor caprichoso de criaturas de las profundidades marinas. Cuerpos en sombras parecidas a estatuas de ébano encadenadas a mallas y alambradas y abejas uniformadas contoneando con zalamería unos cuartos traseros de los que descollaban largos aguijones eléctricos.

Los usuarios de aquel selecto club debían tener en regla sus respectivos certificados de defunción por si aquellas escenas de alto voltaje se salían de madre.

Personalmente Mario no se creía aquellos desvaríos. Para el no eran más que histéricas zoopsias motivadas por la factura de la luz, la cual era tan obscenamente estratosférica que daba que pensar. Era imposible saber en qué invertía Triphobia todos aquellos kilovatios, pero estaba convencido de que no en unos barracones capitaneados por dominas electrocutoras.

Lo que quiera que hubiera, no cabía duda que estaba tan aislado del resto del complejo que podía considerársele por legítimo derecho un microclima en el que imperaban los destellos azules y el olor a quemado.

Podría haberse desatado el apocalipsis más allá de sus vidrieras oscuras sin que ellos se enteraran, entregados a sus placeres de otro mundo.

Pero no podía decirse lo mismo de las putas celdas de obrero donde pululaba la inmensa mayoría. La marioneta había bromeado (el había rezado porque fuese una broma) de que aquello formaba parte de la inmersión en sus respectivos personajes. Su empatía de insecto donde, el muchacho, que apenas contaba con 27 años, era un número más del exuberante enjambre. Aparentemente ajeno a lo que acababan de presenciar. Tal vez fue la primera vez en que Mario convino que no le gustaba aquella cara enmaderada, brillante.

Preguntándose si habría tenido en cuenta la idiosincrasia eminentemente rolista de aquel manicomio de oro y alabastro si fuesen sus ojos los que hubiesen asaeteado como hielos de cóctel.

Sin embargo, por fortuna o por desgracia, el enojo duro demasiado poco. Y demasiado pronto, desarrolló tolerancia hacia su compañero de patrulla.

Por eso, cuando sus ojos afiebrados por la falta de descanso se posaron en aquella vasta pantalla plana-aparentemente el único artículo costoso de toda la casa-supo que aquello no había tenido lugar en aguas Cantarienses. Y si así había sido, la policía no había recibido ninguna carta de invitación.

Recordaría algo así.

Lo sabía con la misma convicción que sabía que no eran manatíes las cosas orondas que se sentaban muy erguidas en las piedras. ¿Como podrían serlo con aquellas gafas de sol oscuras que refulgían como botones negros al reflejarse en ellos las luces de las linternas?

Tampoco eran estrellas de mar las cositas paliduchas que trataban de alejarse penosamente de ellos.

Por mucho que sus extremidades semejaran unos tentáculos descoyuntados.

Uno de los manatíes se agarró el poroso hocico con una aleta y lo estiro hacia arriba revelando los labios gruesos que había debajo. Labios que al separarse le brindaron a la cámara una sonrisa de dientes parecidos a palomitas de maíz quemadas.

La aleta libre tomó una piedra suelta y la enarboló por encima de su cabeza lampiña hacia una de aquellas estrellitas de mar con un tutú que, tal vez al principio del día era blanco, pero, había terminado del color de un tampón usado.

La única estrellita de mar que casi había conseguido llegar a la línea de meta que separaba las rocas de la orilla de la playa.

La estrella de mar alzó unos tentáculos trémulos rematados por unos muñones que regurgitaban más de aquella tinta roja.

La roca descendió como un asteroide.

Mario necesito agarrarse a algo, lo que fuera, y su mano encontró la pared. Tuvo la impresión de que era inusitadamente tibia y carnosa como… (quesounquesogigante )…una prolongación del ogro muerto del sofá.

Sin necesitar pensárselo mucho, Mario sorteo los grasientos cepos de cartón de las pizzas y los envoltorios de hamburguesa, consciente de que era cuestión de tiempo que la cofradía de los bigotes largos se apercibieran de los sabrosos aromas a especias. Si no lo habían hecho ya.

<<Deberíamos haber atrancado la puerta con algo. Seguro que ya están ahí fuera. Haciendo cola para entrar…>>

Se colocó frente al televisor en tres largas zancadas y palpó los bordes del televisor, enorme como uno de esos carteles publicitarios a las veras de las autopistas.

No pudo evitar imaginarse a los técnicos metiéndola en la casa al tiempo que miraban por encima del hombro las sombras dentro de otras sombras como supersticiosos sepultureros entrando en un mausoleo con una pesada losa en los brazos.

Engarzándolo el televisor en el hueco de la pared con la celeridad de artificieros con una bomba. Ansiando dejar aquella caverna de queso rancio lo antes posible.

Sus manos palparon y al no encontrar ningún cable no dudo ni un segundo: Remetió los dedos y le dio un violento tirón al tiempo que daba un salto hacia atrás para no machucarse el empeine de los pies. La tele se descolgó como un pesado cuadro. La momia maqueada prorrumpió en débiles aplausos como una niña ante el truco de un mago. Meciendo los bastones de viejo doblados que eran sus piernas.

Las rodillas se abultaban bajo la piel como cabezas de martillo.

Las costillas como espalderas.

Las caderas como palas de jardín.

<<Se le van a romper>>Pensó. <<Las piernas, las caderas, las costillas. Como siga moviéndose así se le va a romper todo.

Y lisa y llanamente no voy a poder soportarlo>>

La marioneta hizo un ademán hacia el televisor que, seguía emitiendo las imágenes a través de un ojo lleno de telas de araña. Inclinó la cabeza de forma altiva como si Mario fuera un niño insolente que hubiese volcado adrede un caro jarrón chino.

Exultante de una loca alegría Mario empujo con un dedo el televisor que había aterrizado erguido para que las imágenes ya no pudieran verse. La totalidad de la pantalla se estampo contra el linóleo.

Luego puso un pie encima seguido del otro y cuando el títere alzó la mano indicando que se detuviera Mario salto. Escuchando con regocijo como el televisor se hacía pedazos. Cómo crujía su interior igual que los restos inmolados de una cucaracha gigante.

La momia maqueada ya no aplaudía, reía a mandíbula batiente como un armarito de cocina en mitad de un vendaval.

En medio del palmeteo de aquellas manos como garras de pájaro y las carcajadas Mario solo pudo leer los labios de su compañero:

<< ¿Por qué has hecho eso?>>Mario, cuyo enardecimiento había alcanzado ya su tara máxima (o eso creía él) le alzó el dedo corazón y señaló el pasillo:

<<Voy a comprobar el resto de la casa. No la dejes sola>>Medio voceo medio gesticulo. Abandonó el salón, dichoso de dejarlo atrás.

La locura se concentraba allí como aire caliente y viciado en la cabina de un coche con todo cerrado bajo un sol inclemente.

Únicamente el linchado sapo devorador de hadas del sofá estaba enteramente a salvo de toda esa locura.

El tenía una excusa. La chica tenía una excusa. Pero, ¿cuál era la disculpa de su compañero? ¿Por qué coño no buscaba la llave de aquel grillete en lugar de limitarse a…?

<<A la mierda>>Mario se internó en el pasillo, sintiéndose dichoso por el mero hecho de dejar todo aquello atrás.

¿Era posible que la chica celebrase todo aquello sin advertirles de que había mas personas en la casa? ¿Tal vez agazapadas en el recodo del pasillo?

O en el interior de habitaciones cerradas. Ocultando realidades capaces de dejar el pandemonio del salón a la altura del betún.

Tal vez había habido en el interior de aquel queso gigante un casting de talentos y la momia maqueada fuese la finalista del concurso.

Tal vez las chicas que no lo habían conseguido aguardasen detrás de las puertas, colgando como livianas marionetas de huesos marrones.

La primera planta comprendía el salón y una cocina tan oscura que cuando prendió las luces solo sirvió para que las sombras de las esquinas se volviesen más densas. Los cajones y los armarios abiertos le pusieron los pelos de punta. ¿Cómo estar seguro de que no había nada agazapado en las baldas? Cerró la puerta y enfilo hacia el arranque de las escaleras que llevaban al segundo piso.

Las escaleras crujían como las vértebras de una columna polvorienta. Vértebras de madera enardecidas tras lidiar tanto tiempo con el antológico peso de aquel ogro.

Apenas estaba examinando la puerta más cercana al descansillo escuchó los lamentos. Al venir estos sobre su cabeza lo achaco a un fenómeno acústico.

No podía ser. Allí terminaban las escaleras.

Entonces vio el cordón que pendía del techo y la trampilla un poco más arriba.

<<El concurso no ha terminado>>Pensó de forma incoherente mientras se acercaba de puntillas. Sabía que estaba siendo negligente dejando atrás todas aquellas puertas cerradas.

El pasillo tan oscuro que tenía la impresión de que lo flanqueaban losas de negrura. Imposible decir que puertas estaban abiertas y cuáles no.

Encendió su linterna:

Todas estaban abiertas. Unas pocas entornadas. Su imaginación empezó a hacer de las suyas. La única forma de romper aquellas imágenes de horror diáfano era registrar las habitaciones una por una.

Podía haberse demorado. Buscando la luz. Revisando lo que había al otro lado de todas esas puertas. Si, habría podido hacer todo eso. Y mientras lo hacía, la chica podía morir pidiendo ayuda.

—A la mierda el procedimiento—Rezongo.

Mario alargó el brazo y agarró el cordón mientras con la otra mano encañonaba contra lo que quiera que brotase de allí.

Los ojos de la imaginación vislumbraron una cosa oronda con un machete en la mano, impostando una voz de mujer al tiempo que enarbolaba la hoja por encima de su cabeza.

Comprimió los párpados, bajo los cuales sus ojos llenos de capilares rotos parecían efervescer como paracetamoles en un vaso. La imagen se desvaneció.

<<Basta de desvaríos, ya se ha terminado. No hay ningún casting. Solo dos finalistas:

Ese sapo gigante iba a empezar por la chica de abajo y volver a por la otra ahí arriba.

Pera ya está. Se ha acabado. Baja el arma. Y por lo que más quieras procura que la chica no te vea los ojos. Ya está bastante acojonada>>

Mario tiró del cordón. Una. Dos. Tres veces. A la cuarta la trampilla bajo con el estrépito de una escalera de incendios al tiempo que un hongo pulverulento le anegaba los ojos y las fosas nasales. Muy a su pesar imagino a alguien arrojándole un puñado de arena para cegarlo e instintivamente apuntó con el arma mientras se echaba hacia atrás.

Tosió. Se frotó los párpados. Al tiempo que el corazón se cebaba contra su caja torácica como el pico de un pájaro carpintero encerrado en un cofre.

Cuando los abrió, en el lugar en que antes estaba la trampilla había un rectángulo de negrura tan opaco que parecía dibujado con rotulador. Irreal. Como la casa. Como la noche misma.

Los llantos eran ahora más audibles.

<< ¿A que estas esperando Mario? Acaba con esto. Por ti .Y por ellas>>

Ascendió las escaleras. El cañón del arma temblando como el mástil de un barco.

Levantó su linterna, sumergiéndola en aquella bañera invertida de oscuridad como si fuese el periscopio de un submarino. Incluso a esas alturas espero un pisotón. La fría mordida de un machete seccionándole la muñeca.

Parecía algo inviable. Ridículo. Más allá de toda medida sensata. Pero no más que la idea de todas esas ratas con las barbas rojas como parroquianos desaliñados empachados de vino tinto.

Primero una anciana muerta y luego unos policías armados. Unas ratas muy ambiciosas. ¿Pero era aquello privativo de las ratas?…

¿Por que amputarle la zarpa al topo cuando podías llevarte su cabeza? Cuando podías dejarte caer de rodillas sobre la trampilla abierta y reír a mandíbula batiente mientras la presa de las manos se aflojaba y el polizón caía hacia atrás como un fardo descabezado?

Y esta vez vio algo más que una silueta gruesa y la estela brillante de un machete. Vio la peluca barata en la cabeza del hombre y el trazo salvaje del carmín sobre los labios agusanados.

<<Los dedos dan tres puntos. La mano entera siete. La cabeza, máxima puntuación…>>

Tomó aire.

Cerró los ojos.

Se asomo.

Los abrió.

Por un momento la presa de sus dedos lo abandonó y casi se suelta. Entregándose a una caída libre de dos metros. Al no tener modelos comparativos previos para procesar lo que veía, su mente insistió en decirle que aquello no era en absoluto el ático de una casa. Que había entrado en un lugar distinto. En un mundo distinto. En una época distinta.

Ático, buhardilla, altillo…

Tal vez lo había sido alguna de esas tres cosas en otros tiempos.

Pero algo se había enseñoreado de la buhardilla y recalificado el terreno. Haciendo reformas radicales.

Por una fracción de segundo tuvo el cuasi absoluto convencimiento que aquello no era obra del hombre de abajo. Ni de ningún otro hombre.

El hombre ya no tenía jurisdicción ahí arriba.

Los únicos que osarían colarse allí eran los niños y los locos.

Y él hacía mucho tiempo que ya no era un niño.

La guarida de un dragón.

Eso es lo que era ahora.

Y no se había limitado a guarecerse:

Estaba claro que la espinosa bestia se había parapetado en aquel lugar oscuro con pretensiones de expansión.

¿Qué otra cosa podían significar sino aquella hilera de huevos grises, altos como personas?

Casi se sintió tentado de apuntar con la linterna al techo, convencido de que vería las tremebundas alas negras de la madre coraje agitarse como correosos paraguas gigantes.

Los párpados abriéndose como carnosas vainas revelando dos ampollas gemelas de jalea amarilla puntuados por semillas negras.

Los carnosos orificios nasales pulsando como los ventrículos de un oscuro corazón.

Los colmillos abriéndose como lubricas estalactitas.

La lengua un carnoso matasuegras rojo.

Sin pensárselo dos veces Mario se abofeteó con todas sus fuerzas. Los oídos le zumbaron. Una colonia de hormigas rojas mordió el carrillo derecho. Mario sintió, más que escucho, el rumor de la sangre en sus oídos. Reorientándose. Como agua caliente en unas cañerías viejas al girar la llave de un grifo.

<<Mucho mejor ahora>>

Nada de dragones. Solo un feo costillar de travesaños de madera y mucha telaraña de una costilla a la otra. Apuntó de nuevo hacia los huevos de dragón, que por supuesto no eran más que bidones de plástico. Mario conto 7…antes de perder la cuenta y sus ojos llenos de derrames divagaran.

—No quise decir esas cosas. Lo sabes, ¿verdad?—Prorrumpió la chica.

—Solo lo dije porque ya no me prestabas tanta atención como antes. Me he esforzado mucho y dijiste que te irías a buscar a otra.

Eso estuvo mal.

Solo quería devolverte el golpe. Es todo lo que podía devolverte encerrada aquí dentro.

Pero en el fondo sabes que no pienso que seas patético. Y yo sé…sé…que no te irás a buscar a otra. Que soy todo lo que necesitas. Todo y un poco más.

Y estoy lista. Llévame abajo cariño. Deja que me dé un buen baño caliente…

Ya he adelgazado bastante. Estoy segura de que entrare en ese vestidito. Me lavare para ti. Me pondré guapa y...bailare con esos zapatitos de cristal que no quise ponerme la ultima vez. Lo cierto es que no podía. Y tú lo sabes. Me había torcido el tobillo cuando intente…ya sabes, cuando tenía dudas sobre lo nuestro. No entraba. Tú viste que no entraba. Y además…me dolía. Me dolía mucho.

Por favor…bailare para ti toda la noche. Tomaremos pizza juntos. Para celebrarlo. Nunca pensé en serio que quisieras matarme de hambre.

Solo te preocupas por mi lineales es todo. Solo quieres verme brillar ¿verdad? Tu campanilla. Vamos amor, tu campanilla te echara unos buenos polvos. Polvos mágicos. Mejor que cualquiera de las otras. Ellas no estaban a la altura. A tu altura. ¿Pero sabes una cosa? Que ninguna lo estará. Te lo demostrare. Pero antes…antes necesito entrar en calor.

Tengo frío aquí dentro ¿sabes?…tanto frio…amor… ¿Amor?—

Mario se aclaró la garganta.

—Amor está muerto. Se ha acabado todo. Vamos a sacaros de aquí.

— ¿Que…? ¿Quien coño eres?…

—La policía. Somos la policía.

—¿La pol…

—Eso es

— ¡NO TIENE GRACIA HIJO DE PUTA! ¡Mentiroso de mierda! ¡¿Sacarnos?! Estamos solo él y yo. No hay nadie más. El no necesita a nadie más.

—Hay otra chica abajo, esta…bien…

— ¿Bien? ¿BIIIEEEENNNN? ¡ME VA A REEMPLAZAR MEVAADEJARMORIRAQUIAUUUHHHHDIIOOOOOOS!

—Nadie más va a morir esta noche, te doy mi palabra.

—Dile a Toño que suba. ¡Díselo! ¡Toño! ¡Toooñooo!

—Ya te lo he dicho. Está muerto.

—No. No ¡y una mierda! Es un truco. Solo quieres que salga de aquí para que tenga problemas y él me castigue. Para que me muerda. Como me mordió la última vez.

—Exacto. La última. No la penúltima o la antepenúltima. No habrá más. Te lo prometo.

— ¡El también me prometió que jamás me haría daño! El y los otros. Eres otro de sus amigos muertos de la bahía. Me vas a dejar salir para que el me vea fuera y me castigue. Sois todos unos putos enfermos de mierda…

Mario palpo el primer bidón. Incapaz de ubicar la voz de la atribulada campanilla. El primer bidón bailo. Con algo dentro entrechocando como un montículo de sonajeros mojados.

Luego el segundo. Tercero. Cuarto.

— ¿Donde estas?

— ¡NOOOOO LOO SEEEEE JODEEER!—Chilló con la algarabía de una lluvia de cristales rotos. Mario se sintió ingrávido. Anhelo que un tornado se cerniese sobre el tejado y lo levantase como la tapa de una caja de zapatos. De pronto tuvo la imperiosa necesidad de sentir aire fresco en la cara. De ver el rocódromo lechoso de las estrellas en el cielo negro. No habían transcurrido ni cinco minutos desde que habían echado la puerta abajo y a él ya se le antojaban horas. Tenía que salir de allí. Tenía que acabar cuanto antes. Los bidones estaban perlados de gotitas de condensación por la humedad.

Una película de vaho les confería una viscosidad fría y Mario volvió a pensar en huevos de dragón recién incubados.

—Hay demasiados sigue hablándome—<<Dios, ¿y si se estuviese quedando sin aire? ¿Y si de pronto dejara de hablar y…>>

—No…nononononono vete, vas a empeorar las cosas.

—Lo peor que podía pasarte ya ha pasado. Vas a dejar esta casa y a él para siempre. Has ganado. Y él ha perdido.

Será como un mal sueño. Otro más que has tenido. Tengo experiencia con los malos sueños. Siempre quedan atrás…

—No…no, no. No lo entiendes:

Se está haciendo el muerto. No debiste subir aquí. Seguro que ya viene. Debiste asegurarte. Debiste…

—Mi compañero está abajo. Si se le ocurre bostezar lo reventara a tiros. Y si se le acaban las balas, lo rematara a culatazos.

— ¡Las balas no le harán nada! ¡No es humano!

—Acabo de verlo, te garantizo que es muy humano. Ojala no lo fuera. Lo haría más fácil ¿verdad?

— ¿De verdad eres poli?—La súplica de una niña preguntando si las mascotas van al cielo

—Si. No soy como él. Ni como sus amigos. Soy…humano. Y voy a sacarte de aquí. Confía en mí. ¿Confías en mí?

—No puedo confiar nadie. Ya no.

Mario localizó la voz.

—Volverás a confiar. Te lo prometo.

<<Es este de aquí...>>

En cuanto posó sus manos en él la chica empezó a berrear como si acabase de despertar de un sueño. Sintió el vaivén de su cuerpo.

<<Cree que ha sido un sueño. Que no hay ningún poli aquí arriba con ella. Que se ha vuelto a quedar dormida y sigue sola. Esperando a que el gigante suba. A que descorra esta tapa para… Dios santo, no me quiero ni imaginar…>>

Sus manos forcejearon con la tapa de rosca, rígida como el timón de un barco viejo. Resiliente como la válvula de una cámara acorazada.

<<Como esta mierda no abra pronto voy a perder la cabeza. Los dos vamos a perderla>>

La rosca empezó a ceder. A girar. Las manos de Mario maniobraron frenéticas. ¿Que coño había usado aquel hijo de puta para cerrarla? ¿Una puta llave inglesa? ¿Un torno?

Por todos los diablos ¿qué cojones había usado?

—Ya casi está. Tú sigue hablándome, ¿vale? Sigue…—La rosca reboso de sus manos y cayó contra el suelo tapizado de polvo.

Mario entorno el haz de la linterna, la cual cayó dentro, no sin antes alumbrar lo que había allí metido.

Mario pudo oír el sonido viscoso de la linterna al aterrizar sobre el regazo desnudo de la chica. Mechones de pelo grasiento de la textura de la plastilina se ceñían al rostro como garabatos negros y Mario pensó en una rata gigante atrapada en un tarro de encurtidos.

Su piel brillaba como ungida en vinagre.

Los ojos dos lentillas lechosas de pescado muerto que más que mirarlo a el parecían mirar a través de él. Más allá de él.

La boca abierta de par en par. Mario vio los salientes incisivos, como los de una liebre envenenada.

Había muerto mirando el cielo raso de la tapa. Esperando a que se abriera. La tapa como un eclipse solar. La cara del ogro, como el sol mismo. La cara de dios.

Sabiendo que habría dolor pero al mismo tiempo entendiendo que ya solo podía existir a través de ese dolor.

Que cuando el dolor terminase volvería a la uterina reclusión de aquel estómago de plástico que poco a poco disgregaba un poco más de su antiguo ser.

Donde siempre estaba oscuro. Esa perfecta oscuridad en la que una dejaba de existir. Los brazos cruzados sobre los pechos y la cabeza vuelta hacia arriba revelaban aquella contienda silenciosa. Y cómo finalmente el impulso biológico de seguir viva a toda costa había ganado. Probablemente cuando empezó a quedarse sin aire…

No fue hasta el final que Mario reparó en la mano…por emplear un apelativo suave. Las falanges roídas hasta el hueso resaltaban como flautas dulces en miniatura oscurecidas por la sangre seca.

(No lo entiendes. Me morderá. Como me mordió la última vez)

—Dios...—

Muerta.

Muerta, y sin embargo…sin embargo Mario espero verla parpadear con un chasquido viscoso. Le habría dado un infarto ahí mismo. Pero a medida que pasasen los días, más habría anhelado que los ojos ciegos se hubieran movido.

No estaba muerta. Solo ciega. Ciega y sorprendida de que la ayuda hubiera llegado a tiempo. Inconsciente. Catatónica tal vez. Ahora parpadearía. Como una vieja senil postrada en una silla de ruedas al descorrer alguien las persianas en una habitación oscura.

Los ojos se llenarían del estímulo de la luz de la linterna y, ciegos o no, reaccionarían y…

—Reacciona joder. Vamos di algo…

—¿Con…en…Abas…?

(En otras casas cuecen habas, y en esta, se comen a las Hadas)

Mario se volvió hacia la cabeza que oteaba por encima del rectángulo abierto en el suelo

— ¿Eh?—Su voz llegaba desde el pozo más profundo

—Que con quien hablabas. Te he oído…

—Hablaba conmigo mismo. Pensaba en voz alta…

—Entiendo. Pero hay un momento y un lugar, ¿no crees?—Mario no dijo nada. — ¿Que has encontrado?

—Otra

— ¿Otra chica?

—Lo que queda de ella—Como si lo hubiera olvidado, Mario recordó aquel sonido de maracas viejas en los otros barriles y las náuseas fueron tan vertiginosas que necesitó apoyarse en uno de los barriles.

—Mierda…mierdamierdamierda…

— ¿Que pasa?

—Llenos. Santa madre de dios….están todos llenos. Llama…

<<A una ambulancia. Varias ambulancias. Para las chicas. Y otra…otra para…. (Mi)—Mario se desvaneció contra los contenedores de plástico. Oyó el estruendo, pero no el dolor de sus vértebras al impactar contra el repugnante suelo. Su última imagen fue mental: Todos esos cuerpos sumergidos en escabeche mirando la nada con los planetas gaseosos de sus ojos ciegos.

En efecto, despertó en una ambulancia. Eso lo galvanizó de esperanza. Hasta que miró en derredor. Su gozo en un pozo: Un pozo de pompones grises: Seguían frente a la repugnante cara de bruja de cabellos rojos. Seguían en los astilleros. Bastante desagradable era entrar allí despierto. Pero regresar de la inconsciencia para recordar que uno estaba allí…sus manos palmeó sus costados entre gritos ahogados.

Un sanitario desplazaba una linterna diminuta sobre sus ojos. Ricardo estaba justo detrás del tipo, como un diablillo borroso.

Nada nuevo bajo el sol.

Pero muchas cosas nuevas bajo la luna:

Sentía el estómago revuelto, y las esquirlas lechosas de las estrellas tenían un brillo nuevo y desconocido. Como fuera de quicio. De pronto parecían estar muy cerca. Como arañas de cristal en el techo de una casa. Tuvo la impresión de que algunas se mecían. Las imagino sujetas a precarios cables, sosteniendo su antológico peso.

Peor aún, tuvo la impresión de que si se incorporaba y pegaba un buen brinco podría palpar con las puntas de los dedos aquellas cuentas de cristal.

Había larvas amarillas que entraban y salían renqueando de la boca podrida de la bruja.

Se restregó los ojos y su primer pensamiento al ver al personal embutido en los trajes de riesgo biológico fue:

<<Los teletubbies han encontrado los huevos de dragón>>

—11—Repuso la marioneta dando un paso al frente. El sanitario lo miró con recelo, haciéndose a un lado.

Nada de ¿Qué te ha pasado ahí dentro Mario? o ¿Como estas Mario? 11.

— ¿11 que?

—12 si contamos a Miss Campanilla. La única majorette viva de su promoción

— ¿Donde está?

—En el único lugar donde puede estar—Mario la imagino en la vitrina de cristal de un Museo lleno de apliques de luz enfocándola. Rodeada de paparazzis aparentemente abnegados en la tarea de tratar de dejarla ciega.

—La han tenido que sedar. Sedantes suficientes para hundir una ballena azul. Una sujeta de lo más singular. Has tenido suerte.

<<No. No, qué va…Tú eres el que ha tenido suerte. Quedándose abajo…>>

— ¿La he tenido?

—No dejaba de retorcerse como un basilisco encocado y al inyectarle el sedante la aguja…

—Pobre chavala, no me digas que…

—Primero se dobló en un ángulo que nunca hubiese creído posible. Luego se rompió. Tuve que ayudar a inmovilizarle el brazo mientras se la quitaban.

—Todo ha terminado, ¿Por qué haría?…

—Eso lo puedo contestar yo—Adujo el sanitario—Dijo que vosotros dos no os habíais asegurado mientras no dejaba de señalar la puerta de la entrada. Al principio no tenía ni pajolera idea de lo que estaba hablando. Aun así se me pusieron los cojones aquí—Matizó aferrándose la garganta con la mano.

—Y en cuanto entendí a qué se refería, estaba seguro de que los iba a eructar. He estado ahí dentro: Algo más de dos metros. Unos 180 kilos…

Sabía que era imposible. Yo mismo comprobé que no había conciencia, respiración ni pulso. Y aun así…Aun así me lo imagine encorvado bajo el dintel de la puerta como…como…un monstruo en una casa de muñecas. Con esa cara de hamburguesa cruda. Parece imposible que ella pudiera dejarle la cara así…

—Fuerza histérica—Repuso la marioneta, satisfecho. Madres abnegadas que levantan coches para rescatar a sus crías o chicas cabreadas esculpiendo las caras de sus violadores. No hay nada sobrenatural. La fuerza ya está ahí dentro.

—En realidad, yo diría que le dio de hostias un buen rato hasta que los huesos cedieron del todo. Los de ella.

A pesar de eso, en mi vida había visto nada parecido…incluyendo esa cúpula metropolitana que tiene ahí dentro…—Mario miró interrogativamente a la Marioneta.

—Es una larga historia. Por fortuna el trayecto es corto—Enfatizó señalando el sendero

—Me meto el cañón en las amígdalas y me pegó un petardazo antes de volver a entrar ahí…—Aseveró Mario

—En ese caso, supongo que lo mejor será un sucinto resumen—

La marioneta le habló de las cajitas de música y las bolas de cristal que engalanaban lo que solo podían suponer que era el dormitorio: Un catre mugroso con el cabecero roto rodeado de aquellos adornos.

Cuando Mario vio las fotos y lo imagino postrado en aquel catre, redondo e inmenso, pensó en un planeta orondo rodeado de un cinturón de asteroides de cristal diáfano. Asteroides con antiguas deidades muertas engarzadas en ellos.

El come-campanillas había trepanado aquellos cráneos de cristal e inyectado soluciones corrosivas empleando un sellador de relleno.

De manera que algunas bailarinas, con los brazos alzados, parecían gritar. Sus cabezas como grumos gargantuescos de plástico carbonizado. Ojitos como úlceras. Muecas como garabatos.

— ¿Siguen…siguen ahí arriba?…

— ¿Quienes?—Inquirió la marioneta

—Ya sabes quienes. Las chicas.

— ¿Cuanto crees que has estado fuera de juego?

—Dímelo tú

—No más de un cuarto de hora. Claro que siguen ahí arriba. Y seguirán allí un buen rato. A menos que decían salir por su propio pie…—

Mario miró la entrada y sintió que su cabeza era una congestionada granada de mano con la anilla levantada, preparada para estallar.

Antes la casa le había parecido fantasmagórica. Remota. Como un barco fantasma perdido a la deriva. O una plataforma petrolera en mitad de un mar sin luna ni estrellas.

Le había parecido que no podía tener una pinta más horrible, ni ella ni el resto de su endogámica familia de pieles desconchadas y pústulas fungosas.

Pero se equivocaba. Parte de su aprendizaje últimamente parecía vertebrarse precisamente en equivocaciones. Cosas que daba por sentadas.

Como por ejemplo que lo muerto permanecía muerto y no…que el alma fuera en realidad una espora que se escupía por la boca y permanecía en el aire por siempre jamás.

Mario habría podido jurar que el alma muerta de aquella chica estaba ahora por toda su ropa, por sus manos, en sus fosas nasales, en las comisuras del ojo, en el cerebro…

Se sentía como un hombre lleno de radiación. De esas que te matan en tres días.

La casa le había parecido irreal. El facsímil de un terror nocturno que se negaba a desaparecer de la memoria del durmiente lo mismo que las manchas de sangre persistía en la ropa interior de una víctima masacrada.

En cierto modo era más horrible ahora. Toda aquella gente embutida en monos amarillos que emergía de las fauces desdentadas de la bruja. Como gusanos expoliando la cabeza decapitada de un gigante. La clase de cosa que le habría ocurrido a Gulliver si en lugar de dar con un grupo de gente enana hubiese aterrizado de cabeza en un hormiguero.

Nadie más iba a bajar de allí salvo los vivos. La chica ya estaba muerta cuando él le había quitado el precinto al regalo sorpresa.

<<También estaba muerta cuando hablo contigo campeón. ¿Tienes algo que decir a eso? Exacto. Nada que decir. Nada en absoluto. Parece poco probable. Pero el embudo de lo que es probable y lo que no acaba de dilatarse compañero. De hecho, ya no se parece nada a un embudo. Si se parece a algo es a la puta mina de Grasberg.

Y si salen ahora en estampida de allí, con sus cabellos grasientos y sus macilentas pieles encurtidas… ¿que harás?>>

Mario no estaba seguro. Tal vez arrebatarle las llaves a su compañero y salir de allí quemando rueda. O tal vez correr hacia los astilleros y lanzarse al mar, donde no podrían alcanzarlo. ¿Nadaban los muertos?

Cada vez que aparecía uno de los de la científica por la puerta daba un respingo. La sensación de que un terremoto se gestaba en sus tripas arreciando y amainando en diabólica sucesión.

La noche no acabó ahí. A él no le importo. Estaba bien. Estaba bien que no se acabara. Es más, a cada rato que pasaba más se le antojaba que nunca se iba a acabar.

Luego vinieron las furgonetas de la prensa. Los auténticos “zánganos”. Luego el regreso a comisaría, trayecto durante el cual la marioneta estuvo sumida en un silencio lacónico o, como sospechaba Mario, satisfecho.

Por supuesto, no fue más que una treta. Para hacerle bajar la guardia, pues a medio camino, espeto:

—Arregle tu pequeña chapuza. No hace falta que me des las gracias. Tu también lo harías por mí. Quiero decir que, lo harías, si yo fuera dado a cometer errores de ese tipo.

—Que yo sepa, no he cometido ninguno…

— ¿Ah no? Hay un televisor de pantalla plana inmolado en ese salón que no puede decir lo mismo. Espero que te quedases a gusto.

—A medias.

¿Como arreglaste mi “pequeña chapuza”?

—El televisor estaba conectado a un ordenador que reproducía en la planta de arriba una carpeta titulada “Manatíes adorables, haciendo cosas adorables“

Me extraña que no lo vieras. Si no te conociera diría que no examinaste todas las habitaciones antes de ir allí arriba…

—Iba a hacerlo hasta que…

— ¿Qué?

(La oí gritar a ella…)

—Nada

— ¿Nada?

—Nada que tú puedas entender

—Me infravaloras

—Es muy posible

—Ya dejaras de hacerlo…— ¿Era aquello una amenaza?—No estuve demasiado tiempo abajo. Subiste enseguida. Como si fueses a tiro fijo.

—Tuve una corazonada, eso es todo.

— ¿Sensación o sospecha?

— ¿Qué?

—Las corazonadas se alumbran en la sensación o en la sospecha.

—Sensación…

—No veo como 11 cuerpos en un recipiente estanco con un trampilla cerrada de por medio pudieron darte cualquiera de esas dos cosas. A menos que te dieran algo más fuerte.

— ¿Cómo qué?

—Dímelo tú

—Esto es absurdo

—Lo es. Es absurdo que pasaras de refilón y no vieras…

—No seas ridículo. Vi la claridad del ordenador. No entre en la habitación. Eso es todo.

—Es un consuelo que no destrozases también el ordenador

—Estaba encadenada a su violador muerto por un grillete. Alguien que, de no haber muerto antes se habría convertido en algo más que eso. Era lo menos que podía hacer por ella.

Me cerciore de que no había nadie. Que no hubiera nadie allí sentado. O escondido. No revise las otras puertas.

— ¿Por qué?

—Porque vi esa puta trampilla en el techo y ya no vi nada más.

—Como si supieses que estaban allí arriba

—Pensé que podía haber algo. Obviamente nada como aquello…

Tuve una corazonada, ya te lo he dicho. Si no lo quieres llamar corazonada llámalo los posos de mil y un películas de terror. El asesino siempre guarda el plato fuerte en el sótano. El camerino de los horrores. Este tío no tenía sótano.

—Puede. O puedes decirme la verdad—El tono era lapidario, definitivo

<< ¿Lo sabe?>>

—Nadie ha muerto—Rezongo Mario con un ligero temblor en la voz que odio—Nadie salió herido. Y hasta donde sé, encontré más de lo que encontraste tú.

— ¿Quien las encuentra se las queda? ¿Es eso? No seas inmaduro y deja la meritocracia a un lado. Hubiésemos terminado encontrando los bidones de todas formas…

—La llave Ricardo, habló de la puta llave. Ellas no corrían prisa. No iban a ir a ninguna parte. Por fortuna o por desgracia ya no pueden sentir nada. Pero esa chica está viva, y la dejaste sola.

Ese cerdo debía de llevarla encima. La llave. Podrías haberla buscado. No hace falta ser loquero para ver que eso le habría reportado un gran alivio, ¿no te parece?

¿La buscaste siquiera? ¿Intentaste liberar a la chavala?

—Estas siendo innecesariamente dramático. Quedó libre en cuanto el murió.

—No creo que pensaras igual si fueses tu quien estuviera esposado a ese tipo con un corsé de alas de plástico a la espalda

—Encontré la llave. Conseguirla era otra cosa. Por eso decidí que era mejor dejarla donde estaba.

— ¿Cómo es eso?

—Se la trago. Se había tragado la llave. Probablemente delante de ella mientras la regañaba por no prestar atención a la película.

— ¿Cómo lo sabes?

—Porque la chica empezó a señalar su enorme panza y a darse palmadas en su propia barr…en el ombligo. Junto el pulgar, el índice y el corazón e hizo un gesto…como un gato llevándose a la boca un arenque.

Señalo mi arma e hizo como que disparaba. Creo que lo hubiera hecho ella misma. Parecía extasiada con la idea…Abrir el revestimiento de aquella tripa a tiros…

—No me digas que murió atragantado. Ella debió disfrutarlo de lo lindo. Hasta que se acordó del grillete que la encadenada a la pata de jamón de un cadáver de casi 200 kilos.

—No. Infarto. Le colapsó el corazón. Nuevamente fue la chica, con esa mímica suya. Sus manos junto al pecho formando un rombo que explotaba. Deberías haberla visto, nunca volverá a estar bien…

—Ya vi bastante…

—Suerte que el cóctel mortal de pizzas y películas lo matara del entusiasmo

—No…

— ¿No?

—Eso no era una película…

—No, no lo era—Repuso, lúgubre—Al principio no la entendía. Ni los sanitarios ni yo. No entendía a qué se refería con que iban a volver y se iban a enfadar mucho cuando lo vieran a él así…

— ¿Quienes?

—Sus amigos. Esos fantasmas gordos. Volverían después del baño y…

—Ocurrió aquí…en nuestras aguas…

—No ocurrió aquí, Mario. Sigue ocurriendo. Siguen ahí fuera, en alguna parte…

(Volverán después del baño…)

—Genial. Sencillamente genial. Otra pandilla de psicópatas disfrazados con disforia animal

—El término más ortodoxo sería licantropía…

—A tomar por el puto culo tu puta ortodoxia. Nada de lo que hemos encontrado ahí dentro es ortodoxo. Chicas con alas de carnaval metidas en bidones como mariposas marinadas.

¿Que coño pasa en esta ciudad?

— ¿A qué te refieres?—La pregunta lo hizo sentir tremendamente solo

—Exacto. Pasan demasiadas cosas. Demasiadas. Tantas que la gente termina por no entender a qué te estás refiriendo.

Ya no sabes si te estoy hablando de un pobre chico que perdió los ojos por nada…o de los orondos fantasmas de medianoche que ahora se congregan en la puta bahía…

Gente que se viste de algo que no es y actúa como tal. Locales que imitan cosas construidas por bichos. Puedo entender que a una pareja le ponga la idea de disfrazarse de peluche y hacer una mezcolanza de ardilla y caballo.

Hasta al tipo con la sexualidad más ortodoxa se le puede poner morcillona con una veinteañera con un Kugurumi de unicornio.

Y no me cabe duda de que hay un puñado de mozas de instituto que en las horas ociosas de clase dibujan en sus cuadernos a centauros con un rompiente de rocas en sus esculpidos abdómenes. Esas chicas parecen castas en comparación con las tipas que había en el Triphobia la noche que nos enviaron allí.

Aun recuerdo a esas “polinizadoras” ligeritas de ropa metiéndose mano encima de aquella margarita gigante mientras todos esos “zánganos“hacían de público.

Y si sitios como ese siguen en pie se debe entre otras cosas a que se llenan cada noche.

Es la gente así la que hace que sea más difícil atrapar a los locos.

Los verdaderos locos.

Siempre es lo mismo. Encontramos una madriguera de conejo para descubrir que solo se ramifica llevándonos a otra más profunda. Y ese conejo siempre es más maniático que el anterior. Si el anterior coleccionaba falanges de dedos de mujer, el siguiente atesora huesos de bebé.

Es como intentar capturar a un lunático disfrazado que solo mata la noche de Halloween. Solo que esto es peor: Aquí todas las noches es Halloween.

Y los monstruos han empezado a oír la llamada.

A veces pienso que la puta Isla debió de seguir siendo el parque temático para ricachones lascivos que fue en sus inicios. Nunca debió de transicionar a la categoría de ciudad.

Te doy la razón en lo que has dicho antes. Debieron dejar que se disgregara. Eso o volar el parque entero con explosivos.

En lugar de eso invirtieron en todas esas cirugías arquitectónicas que a la postre no se quedarían en más que papel mojado…

Dignificar Cisterna y rebautizarla como Cántaro. Un nombre más casto. Más formal. Supongo que en cierta medida lo han logrado. Al menos parcialmente. A vista de pájaro casi parece una Isla Balear como otra cualquiera. Siempre y cuando uno pueda ignorar ese vago parecido con un cráneo humano después de tragarse una granada de mano.

Pero a la manera de aquellos pilotos que sobrevolaron Jonestown el día del desastre no hace falta descender demasiado para darse cuenta de que en el fondo ha sido como intentar convertir un circo de payasos en una puta funeraria.

Ropas más ajustadas y colores más severos. Pero siguen siendo payasos.

Payasos serios haciendo cosas serias.

—Lo que hemos visto esta noche te ha afectado, eso es todo

<<Si, y a ti nada de nada, puto tocón de madera>>

—Ojala fuera todo—Farfulló frotándose los párpados

—Es todo. Al menos esta noche. Al menos en lo que respecta a ti y a mí. Se cómo te sientes. Como si fuésemos dos astronautas en la luna. Ahora la calle entera es un circo.

Pero ellos parecen irreales, ¿verdad? Como si no estuvieran allí realmente. Como papa y mama llegando a tu cuarto después de ver algo haciéndote señas desde el armario.

Como si algo esencial se hubiera perdido para cuando ya llegaron. El monstruo del armario siempre parece más real que las luces del cuarto prendiéndose y las caras preocupadas de los adultos.

La chica en los huesos…las otras en los bidones...

Nosotros llegamos primero. Clavamos la bandera en aquel infierno y lo hicimos nuestro. Y no importa el tiempo que pase. No importa que demuelan la casa o las ratas se metan en ella. Siempre será nuestro infierno. La bandera que esta allí clavada siempre llevara nuestras siglas. Como muescas en la corteza de un árbol.

He clavado muchas banderas Mario, por eso se lo que sientes.

Pero por fortuna no estamos solos. Es normal sentir que el problema esta exclusivamente vertebrado en ti. La buena noticia es que tiene cura.

<<Si, perforarme los putos tímpanos con agujas de tricotar para no oír a los muertos nunca más. Eso extirpará la vértebra infectada>>

Fue un alivio cuando las cintas amarillas y los socavones quedaron atrás. La carretera recuperó su negro lustrado.

A medida que se aproximaban al centro de la ciudad aumentaban las pantallas publicitarias en escaparates y edificios. Los anuncios mudos de colonias y coches de gama alta lo reconfortaron. Se quitó las gafas y sus ojos miopes se sumergieron de lleno en el conglomerado de colores tropicales.

Con el retornar de la lluvia rebosando por las ventanillas en morosas riadas y las dioptrías haciendo el resto del trabajo Mario tuvo la impresión de que se sumergía con un batiscafo en un ciclópeo arrecife de coral rebosante de sinuosa vegetación.

Los acuarios siempre lo habían reconfortado cuando era un niño y ahora se sentía más niño que hombre.

Descubrió que tenía miedo. Un miedo esencialmente distinto al que había tenido cuando vio las salpicaduras que el Ornitólogo había dejado en la tierra. Más del que había sentido cuando vio la cabeza del chico apoyada desmañadamente en el cristal.

Descubrió que aquello había sido en gran medida un terror indignado y que de alguna manera aquella indignación adulteraba el propio miedo.

Este miedo, sin embargo, era puro. Prístino.

No podías esposarlo con bridas de poliamida, ni dispararle.

Se asemejaba mucho a un picor profundo. Uno enraizado en la hipodermis. Imposible llegar a él para aliviarlo. A menos que uno se metiese en la bañera con un puto rallador de queso y se pusiese manos a la obra.

Le daba auténtico pavor no saber lo que ocurriría cuando llegara a su apartamento y los ojos de la imaginación vieron imágenes confusas de la caja de las herramientas de la despensa y del espejo del cuarto de baño.

Se imaginó junto a la pileta del lavabo con un taladro en la mano.

Auscultándose la cabeza como una de esas ollas a presión que no sabía cómo abrir cuando era niño y que siempre le habían infundido un respeto acongojado. Un aparato que los adultos parecían manejar con desenfadada soltura pero que en manos inexpertas eran poco menos que bombas caseras.

Estaba convencido de que, a la manera de una olla a presión o un retrete atascado, la solución al problema sería inusitadamente prosaica. Lisa y llanamente era una avería nueva y desconocida. Una con la que, por desgracia, iba a tener tiempo de familiarizarse. Barajo la posibilidad de capear el ambiente de esa noche yendo directo al dormitorio sin mirar atrás.

Sabiendo que obviamente no podría. Sabiendo que, al menos esa noche, y probablemente la siguiente, el interior de su apartamento luciría como una tienda de lámparas del centro de la ciudad en hora punta.

Preguntándose si aquello lo haría peor o mejor cuando…

<< ¿Cuando qué? ¿En que estas pensando por el amor de dios? Vamos dilo. Se honesto contigo mismo. Mejor serlo aquí, ahora, dentro del coche, que hacerlo en el rellano junto a la puerta. Sin tiempo a prepararte>>

En algún momento, en algún estrato bajo de su conciencia, como un acuífero de aguas residuales, se había afianzado la idea de que cuando atravesase el vestíbulo, estarían todas allí, pululando por la casa.

Dejando las huellas de sus piececillos escabechados. La casa impregnada del olor acre de un portal convertido en el meadero de medio centenar de yonkis.

<<Vamos, no seas ridículo. Siguen en sus bidones, dando tumbos en la cabina de las furgonetas con sus ojos de congrio muerto. Ciegas más allá de la ceguera. Rumbo a la morgue. ¿Cómo encontrarían el camino hasta tu casa?

Si las almas de las personas asesinadas pesan demasiado para irse…si van a algún sitio en la tierra…será a sus casas. Junto a sus familias. La idea es absurda. Más que absurda. De frenopático. Pero seguro que encuentran la manera de volver a casa. A la manera en que los perros y gatos desamparados hallan la manera de volver al hogar.

<<Puede>>Espetó una segunda voz, hosca y gris. <<Puede que eso sea lo primero que hagan. Y probablemente eso sea lo primero que hacen. Pero cuando vean que sus seres queridos pasan de ellas como de la mierda…que a lo sumo queda todo en una alusión a un mal olor o a como el termostato de la casa ha debido de estropearse… ¿Entonces qué harán? ¿Qué crees tú que será el segundo paso, Mario? Supongo que es la clase de cosas en las que no piensas cuando estás vivo. Pero si algo nos ha enseñado la biblioteca de papá es que hay un plan de contingencia para casi todos los marrones, grandes o pequeños.

Sin importar lo singulares que sean.

Y este es un marrón de lo más singular. De modo que, ¿Que será, Mario? De momento solo queda esperar. Esperar y, si uno es lo bastante valiente, especular.

Eso que has oído no era un espectro declamando un guión antiguo. No era una de esas anticuadas psicofonías a lo cuarto Milenio. Esa chica hablo contigo y no lo estaba haciendo en diferido. Podías oírla. Y ella podía oírte a ti.

No pareces consciente de lo que eso significa todavía.

Veo que el miedo te vuelve plomizo el juicio así que ahí va mi teoría:

Suponiendo que los muertos se puedan comunicar entre ellos, tarde o temprano terminarán por darse cuenta de la crudeza de su…condición. De su actual situación. Y cuando vean que son invisibles para el resto…esa chica alzara la voz y les dirá:

“No. Todos no. Ya le oísteis antes. El poli. Ese si me escucho. El puede arreglar todo este desastre. Seguro”

En realidad no puedes, pero qué más da, ellas no van a irse a ninguna parte y tu tampoco. Creo que, con toda probabilidad no hoy, y seguramente tampoco mañana…pero más tarde o más temprano, de una manera o de otra, esas chicas muertas te van a encontrar Mario.

No se cuan conscientes serán de su situación para aquel entonces. Imagino que a más comprensión, mayor será el cabreo.

A las puertas de casa, a las puertas de la comisaría o tal vez en el puto aparcamiento que hay debajo. Pero lo harán. Ya lo creo que lo harán.

Tendrán muchas preguntas que hacerte. Y tal vez puedas ganar algo de tiempo mientras meditas cual es la manera más eficiente de suicidarte.

Evadir sus preguntas. Pero más tarde o más temprano…se darán cuenta. Se darán cuenta de que no sabes mucho más que ellas. Que de hecho, no sabes una puta mierda. Que esto es tan nuevo para ti como para ellas y seguramente, de aquí a una semana, ya no le seas útil ni a ellas ni a nadie porque tendrán que internarte y ponerte un babero de por vida.

Y así…grasientas, ateridas y picadas por los gusanos, sin ningún otro sitio al que ir ¿qué crees que pasará Mario? Exacto. Esas chicas estarán muy enfadadas. Y tú, tú amigo mío, serás la horrorizada diana de todos sus dardos envenenados>>

Se colocó las gafas cuando todos los colores parecieron fundir a un único azul penumbroso.

Las ajusto de nuevo y ahí estaba la gran culpable de que los de fuera, siguieran llamando a la Isla “Cisterna”.

Una monstruosa torre de chatarrería parecida a una Fominaya de inodoro.

Una con extraños pliegues a los lados, semejando las alas desplegadas de un pájaro.

Tenía una imponente aguja que descollaba en lo alto del todo, extrañamente curvada como el pico de un ave tremenda.

Una aficionada a empalar en su florete de acero ángeles que sobrevolaban el cielo nocturno pasado el toque de queda.

Mario no era capaz de imaginar a ningún ángel dejándose caer por allí. Pero siempre había huestes despistadas. Las imaginaba frenando en seco y remontando el vuelo.

Para la mayoría de los “Cisternienses” el edificio central era a grosso modo una quimera arquitectónica. Y ni siquiera una muy agradable de mirar.

Como si una pléyade de cocainómanos de vertedero, emulando el facsímil de algún inefable delirio colectivo hubieran recolectado compuestos contaminantes de un sin fin de viejos televisores y tratado de imitar a los esclavos de la antigua Mesopotamia encargados de erigir las primeras pirámides.

Claro que mientras los primeros tenían unas pautas concretas, cuyo ritmo lo marcaba el restallido de los látigos en sus pieles desnudas, los segundos se limitaban a ensamblar aquí y allá lo que encontraban a mano.

La estampa le sugería a Mario una caterva de demonios apilando componentes de máquinas de tortura obsoletas sin orden ni concierto hasta erigir una columna lo bastante grande como para tocar el cielo con los dedos una última vez.

Mario finiquitaba aquella herejía de la arquitectura de un modo más escueto: Una central eléctrica que no se esmeraba lo más mínimo en disimularlo.

Para la inmensa mayoría la estructura era lisa y llanamente un mal necesario pues casi todos los hogares dependían de ella. Por no hablar del presunto Nirvana de electrocuciones que había en la lujosa suite del Triphobia. Como decía la gente, la factura de la luz tenía los mimos ceros que habría tenido el Olimpo de los dioses.

Para Mario era como una lámpara de noche pública.

El velador oficial de sus habitantes.

Un árbol biónico lleno de generaciones enteras de luciérnagas viviendo dentro de su tronco hueco. Galvanizándolo con una miríada de aleteantes lucecillas. Los voltios centelleaban en su curvado pico en azuladas volutas,

, festoneaban sus alas como plumas incendiadas y prendían sus ojillos haciéndolos titilar en la noche como fogones de cocina.

La epidural de las estrellas.

Su querida ave fénix lisiada.

En pie por la gracia y gloria de una plétora de feos aparatos ortopédicos. Los mismos aparatos ortopédicos que evitaban que la Isla se disgregara.

Por las noches, el pajarraco teñía el cuarto de Gorka de un penumbroso y pulsante añil.

Aquella luz azul se derramaba por todos los edificios en un radio de varias manzanas como un acuario gigantesco tratando de emular la forma de una contrahecha cruz cristiana.

Normalmente acostumbraba a dormir con las persianas bajadas: Un sistema de láminas motorizadas que se plegaban como cuchillas de gillette retráctiles.

<<Esta noche no>>Pensó, lúgubre. <<Esta noche dejaré que la luz me de de lleno hasta que en el espejo me devuelva el reflejo un aterrorizado Pitufo de metro setenta y cinco>>

A Mario no le importó que la noche fuera larga. De hecho, no había querido que se terminara por nada del mundo. No había querido volver a su apartamento. No había querido cerrar aquel capítulo para dar paso al siguiente. Algo se había puesto en funcionamiento. Una horrible maquinaria llena de ruedas de engranaje miserables girando en cruel sincronía. Y no quería ver qué era lo que se ponía en marcha.

Pero por encima de todo, no quería seguir viendo el telón de estrellas, de pronto tan congestionadas y cercanas como esquirlas de cristal que podían cortarlo hasta desangrarlo.

Poco antes del amanecer debió de vencerlo el sueño pues escucho un cuchicheo al otro lado de la puerta cerrada de su dormitorio. Humillantemente bloqueada la manija con una silla de respaldo alto y una pila de libros, cortesía de la biblioteca de su padre. Tal vez fuera el temblor de los párpados, la percusión del corazón presionando detrás de los ojos. Pero habría jurado que la manija de latón se movía.

Un rayo en miniatura cabrilleando en el agua azul que entraba a raudales por las ventanas.

Y lo único que pudo pensar fue en el arma junto a la mesita de noche y en que si oírlas ya era horrible, verlas seria…

Solo podía rezar para que la penumbrosa luz azul suavizara lo peor de su corrupción.

Solo podría estrechar los ojos. Reducirlos a tajos oscuros mientras la mano se cerraba sobre el arma. Engañar al cerebro. Convencerlo de que un harén de sirenas braceaban hasta su cama. Los ojos blancos como perlas. Como los de esos peces de las profundidades marinas. Pero Mario sabía que no necesitarían ver. Solo guiarse por el fru fru de las sabanas y el líquido resuello de su garganta. Jamás sospecho que en su vida adulta experimentaría un miedo como ese. Satinado y brillante, como una cuchilla afilada cortándolo poco a poco.

Una monstruosa guillotina marcando la carne del cogote. Dibujando la línea sobre la que iba a descender con todo su antológico peso. Casi pudo oír el sonido de sus poleas invisibles izando la cuchilla. Erigiéndola por encima de su cabeza. Y todo cuanto pudo pensar fue:

<<Que sea rápido>>

Solo que no vio nada.

El ojo ciego de la luna sucumbió al sueño y se cerró.

Salió el sol.

Los días cedieron el paso a las semanas y las semanas a los meses. El las estuvo esperando, claro. A la manera en que los supervivientes de un infarto de miocardio esperan un segundo. Al final convino que esa olla exprés se las había apañado de alguna manera para aligerar toda esa presión. O tal vez al contrario, tal vez, de cuando en cuando, las tuercas se aflojaban y a la olla le entraba aire, bichos…lo que fuera. Un virus, una bacteria…destruida en el calor de la olla.

Lo que quiera que hubiera entrado en la suya volvía a estar fuera.

Había oído que a veces había gusanos diminutos que entraban en latas de refresco a través de agujeros microscópicos. Podías llamar a aquello posesión. O llamarlo infestación.

Convino que a él le había pasado lo segundo.

Las estrellas no habían perdido esa proximidad. Y el pasillo de su apartamento seguía pareciéndole sutilmente alterado. Como fuera de quicio. Como cuando uno tiene fiebre. Pero eso fue todo. Los turistas y los ácaros parecían resueltos a darle un respiro.

Pero, tal y como descubriría esa noche, había sido tiempo de prestado.

Mario retorno al tiempo presente.

El presente olía a carne quemada.

Finalmente el chico quedó aovillado en el suelo como una estatua escarchada. Endika, cuya sonrisa, a falta de un término mejor, siempre había sido peculiar (aunque si se le hubiese preguntado a compañeros de clase y maestros habrían empleado un apelativo mucho menos colorido, más tenebroso) lucía ahora una mueca salvaje.

Una herradura de huesecillos romos que dejaba al descubierto más dientes de los que cualquier sonrisa humana decente parecía tener el derecho a exhibir.

Nunca figuraría en el informe oficial, pero dentro de su cabeza, alto y claro, Mario dijo:

<<No es una sonrisa. Es una mazorca. Una mazorca de maíz engarzada en una puta cabeza de hielo. De hielo ensangrentado>>

Tampoco dirían nada acerca de cómo mediante un acuerdo tácito (aunque un experto de los entresijos de la mente humana no habría vacilado en tildar aquello de “superstición histérica colectiva”) se habían adelantado varios pasos para disparar directamente a bocajarro contra aquella herradura de guijarros color mostaza hasta que parecieron abalorios escarchados de alguna inconcebible criatura de las nieves. Una suerte de Yeti que había bajado de las montañas para aterrorizar a los pueblerinos y había recibido su justo merecido.

Acunando los restos derretidos y consumidos de la petaca como si fuese un bebe horriblemente aplastado en el regazo de su madre. O como esos faraones que en un acto de egoísmo superlativo hacían pasar a cuchillo a sus mascotas para que los acompañasen en el sarcófago.

La mascota/bebe en su regazo y la mazorca engarzada en la cabeza de hielo. Ambas imágenes acompañarían a Mario por el resto de la noche. Tal vez por el resto de su vida.

Solo entonces, apagada la última llama, comprendió que el chico de nieve sonreía porque no le quedaba otra alternativa. Probablemente no le quedaría más remedio que sonreír por el resto de su vida. La cual, con suerte, expiraría antes de que llegara la ambulancia.

Más valía. Si sabía lo que le convencía. Le esperaba toda una vida de sinsabores y agonías de no hacerlo. A veces era buena idea rendirse. A veces era inteligente desistir.

A veces era sabio rescindir el contrato de la vida y ceder al ruego de la mente para que el cuerpo, de una vez por todas, dejara de existir.

Especialmente cuando la alternativa era una hipoteca vitalicia de injertos de piel. De drogas intravenosas y un sin fin de cámaras y micros apuntando a tu cara mientras intentas hacer entrar el aire por unas vías respiratorias no más estrechas que una pajita de refresco.

Por supuesto, el chico no la espicho. Ni esa noche ni las venideras. ¿Como iba el chico de la sonrisa de mazorca a estirar la pata así sin más?

¿Que herejía habría sido aquella?

Después de todo, aquel final estaba destinado a los perdedores. Patrimonio exclusivo de los don nadie y los fracasados. Aquellos que se lo apostaban todo. Todo y un poco más.

Y que todo (todo y un poco más) perdían.

Y no debemos olvidar que él era un… (¡GANADOR TENEMOS UN GANADOR!)…un…

—Desastre…esto es un puto desastre—Farfulló el tercer policía cabeceando. Su compañero de patrulla se había quedado rezagado más atrás. Fuera del radio de aquella campaña de irrealidad que parecía envolver a los tres hombres.

—No…—Dijo la marioneta. No, que va. Para nada—

El hombre lo miro, confuso. Confuso y aprensivo. Sabía el nombre del otro policía: Mario. Habían entrado juntos en el cuerpo. Eran de la misma promoción. Un par de novatos.

Aunque todo el mundo parecía haberse olvidado de eso, Joaquín estaba secretamente de que ambos seguían sintiéndose como tal. Sobretodo Mario. Esas ojeras abolsadas, como grotescas bolsitas de té, denotaban que su compañero de academia no lo llevaba demasiado bien.

En cuanto al otro tipo, tenía su nombre en la punta de la lengua. ¿Cual era? ¿Bernardo? ¿Eduardo? ¿Leonardo? En aquel momento nada parecía importar menos.

¿Que había en un nombre después de todo? Un código de barras con letras en lugar de números. Una forma de llevar el conteo del rebaño humano. Pero al final del día, mismas pelambrera, mismas pulgas.

La realidad de lo que aquel hombre era estaba ahí, delante de sus narices.

Tenía una merecida fama de hombre martillo. Le gustaba ayudar en desastres. Aunque en opinión de Joaquín, el gusto por lo segundo estaba muy por encima de lo primero.

Sus ojos le recordaron más que nunca a virutas de hielo sucio. El turbio gris de las carreteras en invierno después de anegarlas de sal gorda y recibir las primeras caricias del sol.

Pero su aversión primigenia hacia aquel tipo no tenía nada que ver con aquellos ojos de civilizaciones arrasadas. Desconocía si profesaba alguna religión o cuáles eran sus credos políticos.

Y nunca decía nada fuera de tono.

Siempre adecuado.

Siempre adaptativo a la situación.

Siempre cambiante.

Como las tormentas.

Contenido. A la manera de una bomba aérea. Una bomba aérea encastrada en un barrizal que nunca llegaba a estallar.

Había en él algo de inhumano.

Lo había visto en la sala de descanso, haciendo café en la máquina. Aunque lo mismo podría haber estado ultimando los últimos pasos para hacer una bomba de fabricación casera por las miradas de reojo que lanzaba alrededor mientras hacía sus manos de dedos largos hacían movimientos mesurados. Como si manipulase tubos de ensayo.

No le gustaba tenerlo cerca. Podía ver la iniquidad de otros compañeros en sus ojos a la manera en que podía ver el calvario silencioso en los ojos de Mario.

La iniquidad era cosa desagradable y el calvario también pero al menos sabías de que cojones se trataba y podías actuar en consecuencia.

Pero el alma de aquel tipo estaba tan anegada de porquería que le impedía ver el fondo.

Se imaginaba el aspecto del corazón de ese tío como esas bolsas guarecidas en las entrañas de las aspiradoras después de una buena limpieza a fondo.

Por fortuna el departamento no se prodigaba mucho en asignárselo como compañero y no por primera vez (ni mucho menos por última) se preguntó si alguien se habría quejado. Y de no ser así, porque coño no lo habían hecho.

<< ¿Acaso te habrías quejado tu?>>Inquirió una voz hosca en su cabeza. Joaquín convino que no. Y tenía una idea aproximada de por qué:

Sus impresiones para con respecto a aquel hombre eran demasiado brumosas. Demasiado difusas. Si al menos ese tipo diese de cuando en cuando un ápice de sí mismo, Joaquín habría tenido algo que esgrimir en el despacho. Eso era lo que más le crispaba de ese hombre.

Suponía que aquella conspicua neutralidad no era algo que emanara innatamente en el. Probablemente llevaba entrenando aquel camuflaje, aquel maquillaje de cosméticos sociales, desde que era un niño.

La gente como él probablemente no tenía una idea aproximada de lo que les pasaba. Así como un asesino en ciernes desconoce porque se mea en la cama por las noches.

Pero a un nivel muy profundo y arraigado, sabían que algo no iba bien en ellos. Lo sabían.

El resultado era un singular ser que había llegado a la adultez haciéndose pasar por una tabula rasa. Pero Joaquín sabía que uno podía ver cosas en aquellas pizarras. Siempre y cuando fuera capaz de mirar con las lupas de aumento adecuadas. Bajo determinada luz y determinados ángulos…las tabulas rasas mostraban cosas.

Entonces, y solo entonces, uno podría ver números, letras y dioramas. Marcas de agua diáfanas.

A día de hoy la pizarra seguía vacía. Pero un día…un día…

Un día pillaría a aquella abominación con las manos en la masa. Igual que habían pillado al Chacal.

Porque, oriundo del planeta tierra o no, aquel hombre era, como lo habría llamado el propio Mario, uno de ellos.

Un turista.

Lo pillaría a la manera de un pescador veterano arrojando una y otra vez la caña con su cebo para atrapar al horrible pez que se mimetizaba con los demás en las aguas quietas. La cuestión era, ¿soportarían sus nervios la visión de aquella cosa cuando aflorase a la superficie?

No lo sabía. Ni estaba seguro de querer saberlo. Probablemente su pulso flaquearía. Probablemente aflojaría su presa sobre la caña. Que se la quedase el monstruo si quería.

El por su parte, tomaría su nasa y volvería hacia el coche cagando hostias sin mirar atrás. Se compadecía de Mario por tener que sufrirlo y se preguntó hasta qué punto el hombre martillo no era el responsable de aquellas escandalosas ojeras. Ese tipo y él pasaban demasiado tiempo juntos.

— ¿Decías algo?—Inquirió Joaquín con estudiado desinterés.

—Pues sí—Prosiguió la marioneta, para consternación suya. He visto unos cuantos desastres a lo largo de mi vida.

—Si, apuesto a que lo has hecho…—Repuso Joaquín

—He visto bosques quemados. He visto perros calcinados con las cadenas todavía enrolladas al cuello como intestinos de herrumbre. Calcinados del todo. Con el esqueleto al aire igual que la bicicleta volcada de un niño. Eso es lo que piensas la primera vez que ves uno tirado en el porche de una casa reducida a cenizas:

El triciclo sucio de una niña tiznado de hollín.

—….

—Cuando has visto los suficientes llegas a convencerte de que eso es lo que son. Al menos, cuando tu llegas allí. Y a eso te tienes que atener. A eso tenemos que ceñirnos. No a la noción de lo que fueron, sino a lo que son entonces. Después de que las llamas hagan lo suyo. Lo que mejor se les da hacer.

— ¿Y qué es?—Inquirió Joaquín tanteando las lupas de aumento, buscando ya la luz y los ángulos adecuados…

—Te sorprenderías de hasta qué punto el fuego puede cambiar la naturaleza de las cosas. En realidad no las cambia, en realidad solo te las muestra tal y como son.

— ¿Como lo hace?—Joaquín vislumbró un patrón diáfano en el tablón vacío de la pizarra. Aquella caña de pescar metafísica se tenso en sus manos.

—Lo que hace con los árboles, por ejemplo. Probablemente ya tenían esa forma antes de recibir el abrazo de las llamas. Pero…

— ¿Pero?…

—Siempre que he tenido el dudoso honor de ayudar en un incendio forestal hay uno o dos arqueados. Como espaldas de mártires azotados. Se supone que los árboles sufren, pero no de esa manera. No como para doblarse…así. Ni tampoco para levantar las ramas como brazos en una plegaria silenciosa. Cuando los veo, no puedo evitar pensar en la aparente quietud de las cosas, de todas las cosas, como mimos callejeros expoliados por una banda de mocosos crueles.

—Creo que no entiendo tu punto…

—Pareciese que el fuego conmina a esas cosas a romper sus fachadas. A traicionar su inmovilidad. En cuanto a tu afirmación, no podría ser más errónea. La naturaleza causa desastres. La naturaleza no ha hecho esto. Ha sido el. El ha hecho esto.

— ¿Y qué dirías que es “esto”? ¿Una venganza?—Objeto el tercer policía señalando los rescoldos de ropa

Algo despunto de los labios de aquel hombre extraño que hablaba de perros muertos, de triciclos y árboles dolientes. ¿El inicio de una sonrisa? Poco probable. Era la clase de tipo al que lisa y llanamente no te lo imaginabas sonriendo. Ni siquiera con una pluma de paloma cebándose en las plantas desnudas de sus pies. Cuando lo intentabas había una bruma mental de por medio. Pertenecía a una de esas cosas inconcebibles. Como la noción de cómo se verían las tortugas si naciesen sin caparazón o los patos si se les cayese el pico.

—El fuego y la venganza están bien para las películas—Prosiguió la marioneta

Así como el verano está bien como promesa de felicidad y actividades al aire libre en los anuncios y los folletos turísticos. Por mucho que en la práctica se asemeje más a un electroencefalograma plano. En cuanto al fuego…en la vida real la gente lo elige por otros motivos.

¿Venganza? Si, algún caso habrá habido.

De hecho, hace mucho tiempo, una mujer de Alicante le prendió fuego al hombre que había violado a su hija.

—Bien hecho—Rezongo Joaquín.

—Pero no es el elemento estrella cuando verdaderamente te quieres ensañar con alguien.

Tarde o temprano la mente le suplica al cuerpo que deje de existir. Y las llamas lamen las terminaciones nerviosas con la misma minuciosidad de un perro hambriento si le pones los restos de un plato en el suelo. Las terminales nerviosas cierran por obras un tiempo, pero si la persona se obstina en seguir viviendo después de eso, el dolor volverá, siempre vuelve. Pero a menos que emplees este método en algún rincón olvidado del tercer mundo, aquí tenemos toda suerte de milagros intravenosos.

Por eso repito que:

¿Venganza? Si, es posible. Sin embargo los motivos suelen ser otros.

— ¿Por ejemplo?—Inquirió Joaquín. Las marcas de agua de la pizarra formaban ya palabras. Frases completas.

—Bueno, hay unos cuantos. Pero si me preguntas por los principales…supongo que el primero es el dinero. Los primeros queman cosas para cobrar los seguros. Mezquino. Pero comprensible.

Los segundos, además de mezquinos, son incomprensibles. Al menos para la mayoría.

<<Pero no para ti, ¿verdad compañero?>>Pensó Joaquín. <<Tu no eres como la mayoría, ¿no es así? Para desgracia tuya, yo tampoco lo soy…>>

—Por fortuna también son muy raros. Los segundos lo hacen porque LES GUSTA.

Sin embargo a veces…a veces la gente recurre al fuego para asegurarse de que las malas hierbas de su jardín no vuelvan a crecer jamás.

—Parece demasiado joven para tener su propio jardín, ¿no te parece?—Bufo el tercer Joaquín

— ¿Joven? ¿Te refieres a esa cosa de ahí?—Objeto la marioneta

No es joven. Esa cosa de ahí no es joven en absoluto—

—Pero si es un crio, no me jodas por el amor de dios. Un crío. No una cosa.

Bueno, al menos lo era…

—Oh, veo te refieres a sus huesos. Si, tal vez el andamiaje del triciclo sea joven. Pero el contenido de su “cesto“—matizó llevándose un dedo a la sien—había envejecido. Caducado a pasos de gigante. Por eso ha hecho…esto…

— ¿Que te hace envejecer de la cabeza y deja intacto el cuerpo salvo un puto Alzheimer?—Inquirió Joaquín

— ¿Porque crees tú que los aldeanos fueron al Castillo del monstruo de Frankenstein armados con antorchas?—Preguntó el monstruo que viajaba en clase turista a guisa de respuesta

Joaquín lo miró sin decir nada. Tenían delante un quíntuple homicidio y un chico gigante que parecía el mestizo de un Polifemo y un oso pardo con la mano izquierda enguantada en una masa gris de plástico fundido. El brazo, como todo el cuerpo, no parecía ni remotamente humano.

Si se parecía a algo aquel brazo era a un guantelete. Como el de un caballero medieval fundido por el aliento de un dragón. O un androide con los plomos derretidos en una batalla campal contra máquinas inconcebibles.

Joaquín tuvo un pensamiento poco ortodoxo y nada profesional dada las circunstancias.

Aquel muñón anquilosado le recordaba a los vestigios de una cruenta batalla entre los Power Rangers (uno de sus hobbies secretos que complementaba con una guarnición de Futanaris)

Y uno de sus icónicos villanos. Aquella estampa absurda de alguna manera actuó como una suerte de linimento para su cordura que lo abstrajo de aquel humeante holocausto.

Ciertamente la esperpéntica estampa carecía del sonsonete de la violencia cotidiana. Más hermandad con el parentesco de las viñetas de cómic.

Y ahora aquel tipo (por algún motivo Joaquín sentía recelo de llamar compañero a la manera en que uno no llamaría compañera de cama a una pitón colada bajo las sábanas) hablaba de antorchas encendidas, castillos y monstruos. Tuvo el absurdo impulso de dejar caer el extintor a la manera en que un caza vampiros dejaría caer su pesada estaca después de tintarla de sangre. Aquello era una puta locura. Pero la locura había terminado después de todo.

<< ¿Estás seguro Joaquín? ¿De veras puedes mirarlo y decir que se ha terminado? >>Espeto una cizañera voz interior.

Joaquín miró aquella mastodóntica bola de helado de frambuesa goteante. El agua nebulizada le había dado a la esfera herida de su cráneo la apariencia de un repollo recién salido del congelador y en cuanto la vio, supo que jamás podría sacar su surtido de helados del frigorífico en verano sin que se le revolvieran las tripas.

Su devoción por los polos de helado caseros arruinada para siempre.

<<A lo mejor es normal que te sientas así>>Prosigo aquella voz interior.

<<Al margen de que esta noche vayas a necesitar lavarte la porquería de los ojos con friegas de agua helada hasta dejarlos como patenas. Al margen de que los tres vayáis a esposarnos a un diván lo que queda de año hasta catárticamente disipar toda esta puta mierda atroz. Al margen de eso…aquí y ahora…a lo mejor…si, a lo mejor todo es hablarlo con Mario y con este otro tipo. A lo mejor ellos también se mueren por hacer lo mismo que tu. Por enarbolar los extintores como si fuesen las espadas de los tres mosqueteros y dejarlos caer contra esa calabaza chamuscada. Uno para todos…y todos para…>>

Los comprimidos granos de maíz escarchado seguían sonriendo y Joaquín tuvo que hacer un inenarrable esfuerzo para no disparar a quemarropa contra aquella mueca triunfal o arrojar el extintor con todas sus fuerzas-galvanizado por una repugnancia atávica- para borrarla de la vista y de la mente de una vez por todas. Imagino las piezas dentales del chico-oso mellándose, fragmentados como un collar de cuentas. Herraduras de huesecillos repiqueteando por el suelo como dados ensangrentados arrojados sobre un tablero de juego.

El no era así. No se trataba de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Lisa y llanamente no era así como el resolvía las cosas. Y sin embargo, uno miraba aquello, aquella ruina humana de sanguinolencias y, a pesar de ser prácticamente imposible que esa cosa siguiera viva para cuando llegaran las ambulancias, Joaquín

Sentía la imperiosa necesidad de asegurarse. Asegurarse de que aquella horrida cabeza de helado, aquel muñeco de nieve dantesco, no volvía a castigar a más niños malos.

<<Tal vez lo eran Joaquín. Tal vez eran malos. Malos de verdad. Lo bastante como para merecerlo. Para merecerlo de verdad. El carbón es demasiado bueno para algunos…y tú lo sabes. Lo sabes mejor que nadie.

Es más, diría que, si hicieses un pequeño ejercicio introspectivo podrías confeccionar tu propia lista negra. Tu propia lista de la parca. Todos esos chicos que te jodieron en la escuela. ¿Vas a decirme que no te habría arrullado por las noches la noción de un monstruo gigante picando en las puertas para transmitir a los niños malos los evangelios de la gasolina sin plomo 95?

(Basta. Para)

<< ¿De qué? ¿Basta de qué? ¿No te habrías quedado más ancho que un ocho si este monstruito les hubiese dado su merecido? Y tras terminar el trabajo, bajado la bragueta y meado sobre sus ojos inflamados carentes de párpados. Cada chorro de orina con tu nombre>>

(Eso es…)

(Lo sé. Glorioso, ¿verdad? Si ese fuera el caso, sabes que incluso de no existir, los niños atormentados tendrían que habérselo inventado. A la manera en que los padres con niños díscolos necesitaron inventarse al coco.

Bien mirado, tal vez ya lo hayan hecho.

Un tulpa, fecundado en las mentes de millones de niños alienados. Tú lo sabes mejor que nadie. Si un adulto intenta tocarte, o amenaza con hacerlo, vas a comisaría a poner una denuncia. Si otro niño te toca, te encierras en la biblioteca.

Así funciona. Incluso los adultos tenéis una forma concreta de llamarlo: Cosas de niños. ¡COSAS DE NIÑOS!

Es como hablar de la puta ley gitana. O los putos caminos inescrutables de dios. Pero al final del día, cuando la luz se vuelve oscuridad, solo hay una ley Joaquín: Ojo por ojo. Diente por diente. Cuero cabelludo por cuero cabelludo. Uña por uña…

Porque, en realidad, no eran cosas de niños. No eran cosas de niños en absoluto. ¿No es así, Cojín?)

(No me llames así)

Al igual que Mario, Joaquín no era un tipo supersticioso. Y si bien tendía a gozar de un sueño sin sueños y el pesado marco de su cordura estaba afirmado, no por precarias chinchetas, sino por clavos de nueve pulgadas, y su infancia no había estado marcada por pesticidas para huertos prósperos ni por hombres leopardo ensotanados como hombres del saco…sintió la misma aprensión nerviosa que su compañero.

Le era inenarrablemente fácil imaginar que una vez se dejase caer en la cama y sus párpados se cerrasen, esa cosa arrojaría el sudario y se pondría de pie bajo la despiadada blancura de matadero de los apliques de la morgue. Más parecido que nunca a un muñeco de nieve. Solo que en esta ocasión, la sutura en forma de Y le daría a su cuerpo panzudo la apariencia de una pelota de Rugby de pesadillas.

El monstruo que viajaba en clase turista dio un paso al frente y, ni corto ni perezoso, empezó a remover con la porra la pila de ropas quemadas.

Joaquín alzo la mano al tiempo que los pulmones se le llenaban de aire. Preparados para el grito.

<<Eh eh, ¿que coño haces? No toques los cue…>>

(¿rpos? ¿Que cuerpos Joaquín? Porque, yo solo veo prendas vacías…)

—Hostia puta—Musitó Joaquín. —No me jodas….

La marioneta miro a Joaquín.

Y este comprendió que a veces, en raras ocasiones, las tortugas nacían sin caparazón y a los patos sometidos a un fuerte estrés se les caía el pico. Era raro sí, pero a veces…a veces sucedían los milagros.

—El miedo chaval—Dijo el monstruo en apenas un susurro con una sonrisa radiante. El tercer motivo es el miedo—

27 de Novembro de 2023 às 10:28 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Bruno Viturro Adicto redomado al terror desde que tengo memoria. Escritor aficionado desde hace siete años. Preparado para compartir mi trabajo con el resto del mundo. Aunque ése último veredicto os lo dejo a vosotros.

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