Odio Seguir história

arukxa Arukxa

Dos hermanos con problemas. Seis meses llenos de discusiones. Sentimientos encontrados y un solo un deseo: ser salvado.


LGBT+ Para maiores de 18 apenas.

#drama #romance #hermanos #incesto
9
6.5mil VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

Primera parte

Otro día, otra discusión. Todos los días igual. Unas veces por una cosa, otras, por otras, pero siempre por tu intención de demostrarme que no necesitas a nadie. Que no me necesitas.

Siempre igual. Ya llevamos seis meses así, gritándonos día a día siempre las mismas cosas. Tú diciendo que quieres irte, yo diciendo que eso no puede ser. Intento hacerte entrar en razón, tú sabes que lo intento, pero ninguna de mis palabras llega a ti y, si llega, les das la vuelta, otorgándoles el sentido que tú quieres que tengan.

Ahora estás ahí, sentado en el sofá del salón. Con las piernas dobladas, pegadas al pecho, la barbilla apoyada en tus rodillas y los brazos rodeando tus piernas. No me miras. Sabes que estoy aquí, que llevo observándote desde el marco de la puerta por más de cinco minutos, pero tu vista no se separa de la pantalla del televisor, viendo la publicidad tal y como si anunciara el fin del mundo. Y quizá sea así, ¿sabes? Porque está claro que, por más que yo intento poner de mi parte, esto no funciona.

Suspiro, decidiéndome a entrar. Acabo de llegar del trabajo y estoy cansado, la espalda me duele horrores y tengo la cabeza plagada de todas esas cosas que hemos discutido en las reuniones. Sin embargo, sé que nada de esto te importa ya. Es más, si supieras esto lo usarías contra mí. Me preguntarías por Sara, mi secretaria, aun sabiendo que ella está felizmente casada y que mi corazón ya tiene dueño. Por más que ese dueño suyo, en vez de reclamarlo, trate una y otra vez de romperlo en mil pedazos.

Poso el maletín encima de una de las sillas. Me quito la chaqueta del traje y, durante ese gesto, noto que tu mirada se desvía hacia mí apenas un instante. No hago nada. Solo poso la chaqueta junto al maletín, mientras me encamino hacia la puerta para salir de la habitación y darme una ducha. Por mucho que me encantaría tocar tu pelo, por mucho que me gustaría acariciar tu rostro una vez más.

Entro en el baño y, mientras me desnudo, pienso una vez más en cómo hemos llegado a esta situación, cómo hemos pasado de lo que éramos a lo que somos.

Tú que siempre eras el que luchaba por nosotros, tú que fuiste el que me convenciste para que lo intentásemos, eres ahora el más distante. Y pensar que antes podíamos pasarnos horas hablando de tonterías y ahora ni siquiera nos saludamos. Y menos aún puedo tocarte, aunque sea sin querer.

Salgo de la ducha, cojo una toalla y empiezo a secarme. Por desgracia, se me ha olvidado coger la ropa, así que no tengo más remedio que salir del baño con la toalla anudada a la cintura. No obstante, en vez de ir hacia mi cuarto, me detengo en mitad del pasillo al verte coger tu sudadera y guardarte la cartera en el bolsillo de tus vaqueros.

—¿A dónde vas?

Levantas la vista al escucharme y la centras en mi persona. Me miras, veo que tus ojos grisáceos recorren todo mi cuerpo en un instante, para después centrarse en los míos, desafiantes.

—He quedado con Álvaro.

Es mentira. Lo sé y sé que tú sabes que lo sé, pero no por ello te inventas otra excusa para escapar de mí ahora que estoy en casa.

—Está bien. Pero te quiero en casa a la una.

—¿Qué? —exclamas sorprendido. Me miras fijamente, comenzando a enfadarte—. ¡Son más de las diez! Es muy poco tiempo.

—A la una —repito sin dar mi brazo a torcer.

—Tú no eres mi padre.

El dolor se refleja en mis ojos al escucharte. Sé que lo has dicho para enojarme, para enfadarme y empezar, de nuevo, a discutir. Sin embargo, no pienso caer en tu juego, esta vez no.

—No, no soy tu padre, pero sí soy tu hermano mayor —te respondo con firmeza—. Y esta es mi casa. Yo pongo las normas.

Resoplas molesto. Sabes que, por una vez, has perdido. Mi orden es absoluta y no vas a poder cambiarla. Por mucho que te empeñes en traer la muerte de nuestros padres a la conversación.

Te das la vuelta, te pones la sudadera y avanzas sin descanso hasta la puerta principal, en donde te detienes para dirigirme unas últimas palabras, una última puñalada:

—Qué ganas tengo de cumplir los dieciocho para pirarme de este sitio y no volver a verte.

La puerta se cierra de un portazo, logrando silenciar el sonido que hace mi corazón cuando vuelve a romperse, aunque no por ello aplaca el dolor que siento en el pecho. Suspiro cansado y me dejo caer, todavía sin vestir y medio empapado, en el sofá. Poso la cabeza en el mismo lugar donde estabas sentado antes y aspiro tu olor sin poder evitarlo.

—Sergio…

* * * * *

Salgo a la calle, tragándome las lágrimas y el dolor para mí, furioso por saberme vencido. Vencido por tu lástima, por tu sonrisa. Lo odio. Odio tus ojos verdes y tu cabello castaño brillante como los de mamá, unos colores que yo no he heredado, teniendo que conformarme con el gris de mis ojos y el cabello moreno de nuestro padre. Te odio. Y más me odio a mí por odiarte.

No soporto estar encerrado en casa, no cuando tú estás allí. Por suerte, entre las clases en el instituto y tu trabajo, ya casi nunca coincidimos. Pero las noches… las noches son otra cosa.

Por eso me escapo, a pesar de saber que sabes bien que no iré con Álvaro, que eso no es más que una excusa para alejarme de ti. Te odio.

Te odio porque sé que el amor que sentía por ti aún sigue ahí, aguardando para resurgir cual fénix de sus cenizas. Pero no quiero, ya no. No quiero tener que necesitarte, no quiero depender de ti. Porque sé que me abandonarás, tal y como ellos lo hicieron, tal y como todos lo hacen tarde o temprano.

Porque no es más que lástima lo que veo en tus ojos cada vez que me miras, y yo odio esa lástima.

La música inunda mis oídos. De nuevo, he acabado entrando en el primer bar que he encontrado. ¿La razón? Olvidarme de ti, por supuesto.

Me acerco a la barra y pido una de esas bebidas que tú catalogarías como “demasiado fuertes para ti”, tal y como me dijiste esa vez que me dejaste darle un pequeño sorbo.

¿Por qué, si es lo que más intento, no puedo dejar de pensar en ti? ¿Por qué cuando intento escapar de tu lado, solo consigo tenerte aún más presente dentro de mi cabeza? ¿Es esto una especie de maldición por haber sobrevivido al accidente? Porque yo estaba allí, yo estaba en ese coche con ellos y, sin embargo, yo sigo aquí, vivo, mientras que ellos ya no están.

Y sé que me odias por ello. Sé que me odias por haber sobrevivido, porque ellos ya no están aquí y yo sigo vivo. Y no solo eso, sino que, además, estoy bajo tu custodia, con lo cual no hago más que estorbarte. Porque sí, sé que no soy más que una carga para ti, un lastre del cual deseas deshacerte cuanto antes.

Por eso no soporto estar a tu lado. Porque sé que, nada más que cumpla los dieciocho años, me echarás de tu casa como si fuera un molesto perro callejero. Solo soy un maldito perro al que darás la patada nada más que puedas.

Tres meses. Solo tres meses y mis palabras se cumplirán. Cumpliré los dieciocho en tres meses.

Por eso peleo contigo, por eso no dejo de discutir. No quiero tu lástima porque sé que eso no me salvará de tu odio ni de tu decisión por deshacerte de mí. De seguir siendo este lastre que supongo para ti.

La puerta de la discoteca se abre por enésima vez en este tiempo que llevo aquí. Por inercia, mis ojos se desvían hacia las personas que están entrando, descubriéndote entre ellos.

La respiración se me para. La mano que acercaba el vaso a mi boca se detiene a medio camino al verte aparecer junto a dos de tus amigos. ¿Es que ni huyendo puedo escapar de ti? Está claro que no.

Sin poder evitarlo, mis ojos recorren tu figura. Así, visualizo una vez más toda esa musculatura que me sigue volviendo loco a pesar de la ropa que ahora la oculta, aunque me centro más tiempo en tus ojos y en esa sonrisa que le diriges a tu amigo.

Giras la cabeza, quizá presintiendo que alguien te está mirando, que yo te estoy mirando. Me escondo. No quiero que me veas aquí, no quiero volver a ver la lástima en tus ojos. Hoy no. Esta vez no.

Me alejo de la barra, mezclándome entre la gente. Paso por en medio de varias parejas en mi desesperado intento de huida. Porque no quiero que me veas, no quiero que me encuentres. Y, pese a todo, cuando ya creo que no me encontrarás, mis ojos vuelven a buscarte, deseando ser yo el destinatario de tu sonrisa.

Sacudo la cabeza. Me obligo a voltearme y a olvidarte, recordándome que, por mucho que me duela, no cambiarás para mí. No serás ese héroe que tanto ansío. No serás tú quien logre salvarme.

Empiezo a caminar sin rumbo fijo. No quiero acercarme a ti y por ello sigo caminando en sentido contrario, sin decidirme entre irme de este bar o quedarme aquí a pesar de todo.

Entro en los baños, acercándome al lavamanos para refrescarme un poco. No es que la bebida me haya afectado, ya que tampoco he bebido lo suficiente para eso, lo que sí lo ha hecho es el calor del local.

Me quedo aquí unos instantes de más, mirando mi reflejo en el espejo. Esas pequeñas ojeras que hay bajo mis ojos junto a esas pecas que, según mamá, me dan cierto aire infantil. No hago caso a toda la gente que entra y sale mientras estoy aquí, no al menos hasta que un hombre se me acerca algo más de la cuenta.

Le miro. Es alto, algo más que tú. Debe tener unos treinta y pocos más o menos y, por las ropas que gasta, o bien viene de una fiesta de etiqueta o es que tiene el suficiente dinero como para vestir siempre de traje. Su pelo es castaño claro, con algunas zonas casi rubias, y lo lleva lo suficientemente corto para que el flequillo no le moleste en los ojos y, al mismo tiempo, le dé un aire misterioso. Sus ojos son oscuros, profundos, insinuantes, de esos que podrían prometerte el mundo si quisieras y, también, destruir toda una vida sin que eso le importe nada.

—¿Te ocurre algo, chico? —me pregunta mientras me dirige una de esas sonrisas de galán con la que espera que caiga a sus pies.

Frunzo el ceño al tiempo que le miro fijamente a los ojos a través del reflejo. Incluso alejo un poco mi brazo izquierdo cuando alza su mano para tocarme.

—No. Nada —respondo de mala manera.

—Vale, vale, tranquilo —me dice. Alza un poco las manos, como si estuviera rindiéndose, y retrocede un solo paso—. Vaya con el gatito lindo, ha resultado ser un tigre con muy malas pulgas. Y yo que solo quería preguntarte si querías pasártelo bien.

Le miro. El tipo sigue ahí, observándome mientras espera mi respuesta. Además, me obsequia con otra de sus sonrisas, esta bastante más lujuriosa que la anterior.

Pienso en negarme, en mandar a la mierda a este viejo verde. Sin embargo, antes de que pueda formular esas palabras, a mi mente acude una imagen de tu sonrisa.

—Ya veo que la respuesta es no.

Tras encogerse de hombros, el tipo se voltea, dispuesto a salir del baño y dejarme en paz.

En un acto inconsciente, le agarro del brazo, impidiendo que siga alejándose. Él se da la vuelta y me mira interrogante, así que me acerco a él hasta que apenas hay espacio entre nuestros cuerpos, alzo la cabeza para mirarle e incluso me pongo de puntillas para poder hablarle al oído:

—¿Sabes? Creo que sí me apetecería pasármelo bien contigo.

* * * * *

—Tierra llamando a Diego, Tierra llamando a Diego. ¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday! ¡No responde! ¡Le estamos perdiendo!

—Joder, Diego, ¿quieres responder de una vez?

Alguien chasquea los dedos frente a mi cara. Parpadeo un par de veces, descubriendo que ha sido Hugo quien acaba de hacer ese gesto.

—Vaya, por fin regresas a la Tierra. ¿Qué tal por Babia? —me pregunta este, esbozando una sonrisa.

—¿Qué? ¿Babia? —le interrogo algo confuso.

—O la Luna, como prefieras —interviene Iker, empezando a reírse—. Aunque yo apostaría por la Luna, está más lejos.

Casi de forma inconsciente, le pego una colleja, logrando que empiece a quejarse.

—¡Y no te quejes si no quieres otra! —le advierto.

—Anda, Diego, no le pegues, que ya sabes que el maltrato animal está muy feo —me dice Hugo. El mismo que suspira cuando, segundos más tarde, Iker cae en la cuenta de que le ha llamado animal y empieza a insultarle—. Bueno —añade ignorando por completo al animalito rubio que hay a mi izquierda—, ¿se puede saber qué te pasa hoy?

—Nada. Es solo que estoy algo ido.

—Eso no hace falta que lo jures —asegura Iker tras darle un trago a su bebida, la tercera de esta noche—. Nos has estado ignorando durante estos últimos diez minutos.

—¿Es por tu hermano?

Suspiro, respondiendo así a la pregunta de Hugo y, aunque no hace falta, asiento.

—Sigue en sus trece con que, cuando cumpla los dieciocho, piensa irse de casa. Además, ahora ya no parece ni soportar que estemos en la misma casa.

Mis dos amigos cruzan una mirada entre ellos, y, de pronto, dos enormes brazos de oso me abrazan por detrás, casi haciéndome caer del sofá en el que estoy sentado.

—¡Venga, Diego, alegra esa cara! —exclama Iker tirándose sobre mí al empezar a estrujarme.

—Iker, creo que le estás ahogando.

—¡Ups! Lo siento, tío. ¿Estás bien?

Boqueo un par de veces, tratando de recuperar el oxígeno perdido por el abrazo de oso, y me palpo el pecho para constatar que no tengo ninguna costilla rota.

—¡Casi me haces picadillo, capullo! —le riño, dándole otra colleja.

—¡Ay! ¿Pero de qué te quejas, si al final no te ha pasado nada? ¿Qué culpa tengo yo de que seas un debilucho? —Otra colleja—. ¡Ay! ¡Oye, deja de maltratarme! ¡Hugo, dile que pare! —exclama, con un puchero.

—Diego, deja al chucho tranquilo. Ya sabes que si le sigues pegando le dejarás más tonto de lo que ya es.

Me separo de Iker, quien, de nuevo, empieza a gritarle a Hugo por haberle insultado. Cojo mi vaso y, sin más, me bebo lo que le quedaba, poco menos de la mitad, posándolo luego en la mesa.

—¿Y qué piensas hacer con él?

Me vuelvo hacia Hugo. Pienso seriamente en la respuesta durante casi un minuto entero hasta que, al final, me encojo de hombros.

—No lo sé —admito—. Me duele, claro que me duele. Pero sé que si intento acercarme a él lo único que conseguiré sería empeorar aún más las cosas.

Hugo asiente, comprendiéndome, mientras Iker solo propone una de sus ideas:

—¿Y por qué no le llevas al zoo o algo así?

Los dos a la vez, Hugo y yo posamos nuestra mirada en Iker.

—Iker, Sergio no tiene diez años.

—¿Y? A mí me sigue gustando ir a sitios así de vez en cuando, ¿sabes?

Suspiro. Sé bien que hay veces en las que tratar con Iker es peor incluso que estar todo el día discutiendo con Sergio.

—Es diferente —responde por mí Hugo, sin perder la paciencia. Ya está entrenado en esto de tener que explicarle todas las cosas al chico—. Sergio ya ha madurado y tú sigues comportándote como un crío pequeño.

—Puede —admite él. Le mira fijamente mientras se inclina un poco hacia el moreno—. Pero es este crío el que te tiene loco por sus huesos.

Sin poder evitarlo, lanzo una pequeña carcajada al ver la sonrisa lujuriosa de Iker y el sonrojo en el rostro de Hugo. El mismo que no tarda en masajearse el puente de la nariz, gesto que hace siempre cuando está nervioso, para después coger su bebida y darle un largo trago.

—Creo que eso es jaque mate —anuncio a la vez que me levanto del sofá—. Voy a pedir otra, ¿queréis algo?

Ambos niegan con la cabeza, así que me alejo yo solo de la mesa en dirección a la barra.

* * * * *

Sin esperar nada más, el hombre me empuja hacia uno de los cubículos del baño, cerrando la puerta tras nosotros con el pie mientras su boca se pega a la mía, besándome. Abro los labios, dejando paso a esa lengua que parece querer arrasar por completo mi boca, y respondo yo también.

Un pequeño quejido de dolor sale de mis labios cuando mi espalda choca contra una de las paredes. Abro los ojos, encontrándome con esos dos pozos sin fondo que me atrapan, sin darme ninguna posibilidad de escapar.

—¿Cómo te llamas? —me pregunta al separarse de mis labios para ir bajando por mi mentón hasta mi cuello.

—S-Sergio —susurro aguantándome un pequeño jadeo al sentir su lengua en el hueco de la clavícula—. ¿Y tú?

—José.

Cierro los ojos cuando José me muerde en el cuello, notando que sus grandes manos se cuelan por dentro de mi camiseta, empezando a subírmela sin mayor reparo. Hago lo mismo. Bajo mis manos desde su cuello hasta el pecho antes de empezar a desabotonar los botones de la camisa blanca que lleva puesta, dejando su pecho al descubierto.

* * * * *

Estoy aquí por más de cinco minutos antes de que uno de los camareros se me acerque y me pregunte qué quiero. Le grito la respuesta, ya que si no, no hay forma de que me escuche, y le veo alejarse. No tardo mucho en tener mi nueva bebida conmigo. No obstante, antes de que pueda alejarme, veo a Hugo acercándose a mí con gesto serio.

—¿Ocurre algo?

Niega una sola vez y, cuando le pregunto de dónde viene, me responde que del baño. Asiento con la cabeza. Le paso mi bebida, ya que parece necesitar un trago, y vuelvo a coger el vaso cuando este me lo tiende.

—¿E Iker?

—En la mesa, esperándonos. ¿Vienes?

—No. Creo que yo también voy a ir al baño. ¿Me llevas tú la bebida?

El gesto serio de mi amigo se endurece al escucharme.

—¿Estás seguro?

Me miro confundido, sin saber a qué viene ahora esa pregunta.

—Hugo, en serio, ¿pasa algo?

—No, pero, ¿estás seguro que quieres ir?

—Pues claro. Me estoy meando —le digo, pasándole la bebida—. Tú vete para la mesa, que si no Iker creerá que le estamos ignorando. Yo voy ahora.

Y, tras estas palabras, me separo del chico, abriéndome camino hacia los aseos.

* * * * *

Tras dejarme unas cuantas marcas en el cuello, su boca sigue bajando, llegando hasta mi pecho. Jadeo al sentir sus labios en mi piel, sin dejar yo también de acariciarle.

Una de sus manos agarra las mías, sujetándomelas por encima de mi cabeza. Incapaz de desasirme, solo puedo observar cómo el otro hace lo que quiere con mi cuerpo mientras yo jadeo y gimo al sentir sus dientes, su lengua y su mano viajando por todo mi cuerpo.

—Ah… Joder —suelto al sentir sus dientes en torno a mi pezón izquierdo, mordisqueándolo con algo de fuerza—. No tan fuerte.

—¿No te gusta? —me pregunta él, separándose lo suficiente como para mirarme.

—Sí pero paso que me hagas sangrar. No me va el sadomaso.

—Es una pena.

Le miro fijamente, notando su mano jugueteando con mi otro pezón. Y mientras su lengua ensaliva el izquierdo, su cadera se junta de nuevo con la mía y su erección se clava en mi abdomen.

Jadeo sonoramente y, acto seguido, vuelvo a juntar nuestras caderas, haciéndole saber con eso lo que quiero.

José me mira sonriente, alejándose de mi pecho para ascender de nuevo hasta mis labios. Así, los lame con la punta de su lengua, aunque se aleja antes de que pueda atraparla.

—¿Qué pasa, Sergio? ¿Tan pronto deseas acabar?

—Me aburren los preliminares —le digo. Ladeo un poco la cabeza y le dirijo una sonrisa para nada infantil, más bien pícara y lujuriosa—. ¿A ti no?

Es mentira. Los preliminares nunca me han aburrido, lo que pasa es que él no es tú. No son tus manos las que me acarician, no es tu boca, tu lengua ni tus dientes los que viajan por mi cuerpo y logran que mi respiración se agite. No es tu erección la que pulsa junto a la mía. Por eso quiero pasar ya a mayores, para alejarte de mí y de mi cabeza, aunque solo sea por unos breves instantes.

Por su parte, tras una carcajada, José vuelve a juntar nuestras bocas, irrumpiendo en la mía con facilidad pasmosa. Y mientras, su mano baja por mi torso hasta la cinturilla de mis vaqueros, desabrochando el botón y bajándome los pantalones junto a mi bóxer.

Sin poder evitarlo, un largo gemido escapa de mis labios al sentir su mano en torno a mi pene, empezando a masturbarme. Cierro los ojos al dejarme llevar por esta sensación y apoyo la cabeza en la pared. Aunque, cuando suelta mis manos para acercar los dedos a mi boca, no tardo mucho en empezar a lamérselos al mismo tiempo que bajo mis propias manos hasta su cintura para desabrocharle el pantalón del traje y poder colar una mano por su ropa interior.

José gime, estrellando su cadera contra mi mano. Sin embargo, luego se separa un poco, obligándome a dar un pequeño salto para enroscar mis piernas en torno a él. Paso mis manos alrededor de su cuello, notando que su diestra se acerca por fin a mi entrada y, sin dejar de masturbarme, me penetra con uno de sus dedos, empezando a prepararme.

Le beso en el cuello, moviendo la cadera contra ese dedo mientras jadeo contra su piel, pidiendo más. Cierro los ojos al sentir el segundo dedo en mi interior, pero, por suerte, la sensación de molestia desaparece al poco, al menos hasta que el otro mete el tercer dedo.

Me quejo, pero pronto mi gesto es silenciado por sus labios, hasta que eso ya no es necesario. Y, tras sacar los dedos de mi cuerpo, me mira sonriente, preparándose para lo que vendrá ahora.

—Ahora viene lo bueno —susurra justo en el momento en el que la puerta del aseo vuelve a abrirse, ya que la música se oye algo más fuerte ahora.

Sonrío asintiendo, pues sé que es verdad. Por fin, ahora, voy a poder olvidarme de ti.

* * * * *

Después de pasarme no sé cuánto tiempo intentando escaquearme de unas antiguas compañeras de clase y sus amigas, por fin entro en el baño. El lugar está vacío y mis oídos no dejan de sentirse aliviados por el simple hecho de que la música llega hasta aquí de forma amortiguada.

Me acerco a uno de los urinarios. Sin embargo, antes de simplemente poder hacer algo, me quedo quieto, escuchando ese nuevo sonido que ahora llega hasta mí: gemidos.

¿Sería por esto por lo que Hugo estaba tan serio antes? Es una posibilidad.

Maldigo en silencio, pensando en lo desesperados que deben de estar esos dos infelices para ponerse a hacerlo en este lugar. Pero lo cierto es que, pensándolo bien, yo lo he hecho en sitios peores, así que no puedo opinar.

Ignorando la sinfonía de gemidos que provienen de uno de los cubículos, no tardo en hacer lo que he venido a hacer y me acerco hasta el lavamanos, refrescándome un poco la cara después de lavarme.

Y es en el momento en el que alzo la vista hacia el espejo, cuando descubro la verdadera razón de la seriedad de Hugo y la razón por la que no quería que viniera aquí.


31 de Março de 2018 às 19:31 1 Denunciar Insira 5
Leia o próximo capítulo Segunda parte.

Comentar algo

Publique!
Xabel Mind Xabel Mind
"yo lo he hecho en sitios peores", ¡La leche! ¡¿Qué hay peor que hacerlo en un baño de una discoteca?! ¿Un callejón con olor a orina? ¿El frigorífico de una carnicería? ¿El cajón de arena del gato de tu abuela?
5 de Agosto de 2018 às 09:48
~

Você está gostando da leitura?

Ei! Ainda faltam 3 capítulos restantes nesta história.
Para continuar lendo, por favor, faça login ou cadastre-se. É grátis!

Histórias relacionadas