El vuelo de la mariposa negra Seguir história

oliviaortiz

Cuando Nikola Morrison miró por primera vez los ojos fríos e inexpresivos de Aidan Oldham mientras lo interrogaba en la jefatura de policía, un temor intenso le recorrió de pies a cabeza, erizándole los vellos del cuerpo; la maldad que se respiraba emanada de este joven de tan sólo diecisiete años, era algo fuera de este mundo; algo a lo que Nikola jamás se había enfrentado, y que en muy poco tiempo terminaría por destruir sus creencias y su fe. Hundiéndolo en una vorágine de terror y muerte.



Paranormal Impróprio para crianças menores de 13 anos. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS © SAFE CREATIVE

#gore #fantasía #terror
37
7.3mil VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

Capítulo I El pasillo de la vergüenza

«En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira».
Ramón de Campoamor


1

Fue aquella noche cuando el colegio Jacques Cartier marcó la existencia de aquel tranquilo suburbio en Canadá. Recuerdo cuando el llamado llegó a la oficina, algo anda fuera de lo normal, algo extraño envolvía aquellos últimos sucesos. Algo que quizás en un inicio llegué a sospechar, que siempre investigué, y no supe sino hasta el final. Los anteriores acontecimientos habían sido la escena del crimen perfecto; pero aquella vez había sido muy distinto. Pero el mismo autor que desde un inicio había comenzado con todo esto.

N. Morrison

Habían concluido las vacaciones ya, y el preparatorio Jacques Cartier abría sus puertas nuevamente para recibir a sus alumnos.

Para Charlotte Whitehorse todos los años eran absolutamente iguales entre sí, ya se había acostumbrado a su vida en aquel lugar. Un suburbio colorido con varias casas que se encontraban separadas sólo por metros y metros de césped. Era un sitio tan tranquilo que no podía esperarse que algo malo sucediese; los vecinos se conocían entre sí, y cada que salían de sus respectivos hogares se saludaban con los buenos días y una sonrisa en el rostro. El sol no irradiaba tanto debido a que Ontario era bastante frío en su mayor parte del tiempo, y más en aquel lugar situado tan al norte.

Charlotte era simplemente una habitante más; su vida era prácticamente cotidiana si es que así podía decirse, a la niña invisible, solitaria y reprimida en su propio mundo sin que nadie más estuviese invitado a entrar.

La joven vivía sola con su madre, ya que su padre se había marchado una vez que ella había nacido, cosa por la cual era martirizada día y noche por Sandy; quien soltaba su frustración directamente contra su hija.

Sandy Whitehorse, no era el tipo de madre que alguien pudiese desear. La mayor parte del tiempo era una desgraciada con su hija, siempre solía culparla de todos sus fracasos, y principalmente del abandono de su esposo. Frecuentemente la mujer atacaba a la joven por diversas razones, entre las cuales la primordial era su físico de la chica.

Charlotte no era ciertamente una muchacha bonita, su físico solía pasar desapercibido todo el tiempo, ya saben; la típica chica desgarbada, flacucha, sin chiste; con el cabello largo, negro y enmarañado que le caía en discretas ondas cubriéndole los ojos. Aquellos enormes ojos verdes que mostraban un vacío interior cada que alguien la miraba directamente (con un tono verdoso e intenso poco común), y esas espesas pestañas que la mayoría de las noches se le empapaban de lágrimas imaginándose cientos de formas para suicidarse y acabar con su mísera vida. Pero quizá era tan cobarde que nunca seguía ninguno de esos planes, para ella era más práctico tomar aquel cúter filoso y cortarse, con eso al menos liberaba un poco de su dolor.

— ¡Baja ya! ¡Debo ir a trabajar! —gritaba Sandy casi hasta romper los cristales de la casa, odiaba que Charlotte se retrasara (más bien odiaba todo lo que su hija hiciese).

La joven por su parte se preparaba para su primer día de clases, tomaba lo necesario; la mochila, algunas libretas para hacer los apuntes, y un suéter color moca, puesto que al caer la noche el frío era lo bastante intenso que en ocasiones no podía soportarse con ropa tan ligera.

Charlotte siempre vestía muy conservadora, con faldas tan largas que le cubrían casi por completo los tobillos, y de colores fríos como el gris, café y demás tonos que pudiesen hacerla pasar desapercibida. Sus botines de charol le eran indispensables, y las blusas de mangas largas que por razones muy lógicas, le eran más cómodas para así ocultar sus cortes y evitar las preguntas de las personas. Metros y metros de tela cubrían su cuerpo entero, pues odiaba mostrarse ante el mundo, este mundo no era para ella.

—Perdón por el retraso.

Apartó la mirada Charlotte en cuanto bajó por las escaleras mientras sujetaba los libros pegados por completo a su cuerpo, la mochila caía sobre su hombro izquierdo y el cabello le cubría la mitad del rostro.

— ¿No pudiste hacer algo mejor con tu imagen? —comentó de inmediato Sandy, miró a su hija de arriba hacia abajo y con desdén continuó—. Juro que no sé qué hacer contigo. Como sea, vámonos ya que llegaré tarde por tu culpa.

La mujer tomó su bolso y las llaves del auto mientras se acomodaba la cofia que formaba parte de su uniforme de enfermera, entonces salió de la casa.

Durante el camino hacia la escuela, Charlotte se mantuvo en silencio, eso no era novedad, después de todo; siempre que subía al auto con su madre se mantenía distante ésta.

— ¿Y qué piensas hacer Naomi? —cuestionó Sandy sabiendo que Charlotte conocía el porqué de esa pregunta.

—Odio ese nombre —murmuró la chica con molestia mordiéndose los labios por no decir más (todo en referencia a su primer nombre, nombre que odiaba y por lo cual jamás lo mencionaba ante nadie).

—Es tu problema, no me interesa en lo más mínimo si te molesta o no, así te llamas y ya. Además de que gasto en tu maldita educación, tengo que soportar tus insolencias. En fin, no pienso discutir más, sólo te digo una cosa. ¿Qué harás con las calificaciones? Te recuerdo que casi reprobabas el año anterior, más te vale aplicarte, porque de no ser así, te juro que te sacaré de la escuela y te pondré a trabajar.

—Lo siento… —mencionó y bajó la cabeza sin más.

— ¿Lo sientes? Es lo único que sabes decir niña —. En ese momento aparcó el auto en la entrada de la escuela, retiró el seguro de la puertezuela del copiloto, y mirando de reojo a Charlotte señaló—. Bájate ya, me da dolor de cabeza verte. Y ponte a estudiar o ni de puta servirás.

La chica abrió, descendió del vehículo y apretó los labios para evitar responder a la ofensa, no bien cerró la puertezuela y su madre oprimió el acelerador.

Charlotte se dio vuelta a mirar el plantel de la escuela, más de cuatrocientos alumnos ingresaban a sus aulas.

De nuevo allí estaba, sola, como si no perteneciera a ese lugar; sin embargo dirigió sus pasos hacia la entrada para integrarse con los demás estudiantes.

2

Charlotte Whitehorse recorrió los primeros pasillos de la escuela buscando su casillero, el 054 era el número que siempre le había tocado, a unos cuantos del casillero de Bradley Howard; el clásico chico que lo tenía todo, popularidad, atractivo físico, inteligencia, y destacado en las artes marciales. Tanto que representaba a su escuela como campeón estatal en la disciplina de karate.

Charlotte vivía enamorada de él en secreto; con su fotografía del anuario que había recortado, enmarcado y colocado junto a su cama, siempre la veía cada noche al dormir, y se sentaba junto a ella para escribir centenares de cartas dedicadas a él, cartas que él jamás leería.

Justo en ese momento, Bradley atravesó las puertas de la escuela y recorrió los pasillos hasta su casillero, con un estilo único al caminar; vestido de manera formal y a su vez juvenil. Su físico hacía el complemento perfecto a ese estilo; con aquellos ojos marrones que le brillaban al sol aclarándolos a un dorado natural, con ese cabello de color miel que siempre se encontraba ligeramente revuelto, sus mejillas rojizas por el frío, su suave y blanca piel; y por último un cuerpo atlético para su edad.

El chico, llegaba a la escuela como siempre con esa sonrisa que contagiaba a todos, no importaba que tan mal estuviese el día, una sonrisa suya conseguía mover al mundo entero.

Bradley a pesar de seguirle una gran popularidad, nunca había sido conocido por arrogante, al contrario; era quizá la persona más noble y agradable del colegio (siempre de buen humor, pues rara vez se le veía enojado). Era el campeón en casi todos los deportes de la escuela, líder en muchos clubes académicos, y el primero en el cuadro de honor (con perfectas calificaciones); sin duda alguna para muchas personas era simple y sencillamente perfecto.

Charlotte observó extasiada la entrada del joven, en su cabeza la sonrisa de Bradley quedó estampada; la repetía una y otra vez como en una película, pero su distracción sólo aumentó su torpeza en aquel momento, y tropezó con él, cayéndosele de las manos las libretas que llevaba consigo.

—Lo siento —se disculpó, e inclinó Bradley para ayudarle.

Charlotte se había quedado en shock, no podía responder siquiera un «gracias», sólo lo miraba mientras él terminaba de asistirla.

Al momento de recoger todo, el chico le regresó las cosas a las manos y tocó ligeramente su hombro como señal de disculpa, eso ocasionó una explosión dentro la muchacha; un torbellino de emociones que la hacían temblar con tan sólo sentir su presencia tan cerca de ella. Claro que Bradley no notó nada, él simplemente siguió su camino hacia sus amigos que lo esperaban del otro lado del pasillo.

La chica le miró irse, mientras él llegaba y sonreía con todos, no dejaba de observarlo; los ojos se le perdían, su cabeza le daba vueltas, y su estómago era un remolino de sensaciones, para ella, él era un sueño inalcanzable.

— ¡Hey! —gritó a lo lejos Himeko.

La única amiga de Charlotte, y al parecer la única persona que se alegraba de su existencia.

Himeko, era una joven de padres japoneses pero con nacionalidad canadiense, tenía un hermano menor a quien ella solía ir a buscar a la escuela después de salir del preparatorio; la mayoría de veces Charlotte le acompañaba, pues en su casa su madre ni siquiera notaba su ausencia.

Himeko era una chica de rostro angelical e ingenuo, su cabello negro, era corto con un flequillo que cubría sus cejas por completo; tenía los ojos rasgados (característicos de las personas asiáticas), sus labios siempre se encontraban húmedos, su nariz era pequeña. La muchacha era delgada y más baja que Charlotte. Pero si algo la definía, era ese carácter tan alegre, dispuesta siempre a sonreírle a quien fuese.

—Hola —dijo Himeko pasando su mano una y otra vez frente al rostro de Charlotte para atraer su atención.

—Ho…o…la… —tartamudeó Whitehorse, seguía perdida mirando a Bradley al otro lado del lugar.

— ¿Otra vez? —inquirió y resopló Himeko al momento que colocaba sus manos en la cintura.

— ¿Qué cosa? —preguntó Charlotte confusa.

—Siempre lo miras así, ¿por qué no le hablas? Acércate, dile algo… no sé, un «hola» no estaría mal para comenzar una charla.

— ¡Nunca! No podría. Él es muy diferente a mí —mencionó la chica mientras abría su casillero para guardar sus libros, y en susurro se decía así misma—. Yo ante sus ojos no existo.

—Pues… es el último año, no tienes nada que perder, es mejor saber que te dirá a que jamás lo sepas.

—Nunca le he hablado, ni siquiera sabe mi nombre —negó.

—Estamos en el mismo curso, desde hace años pudiste hablarle. Trata de acercarte a él, la estúpida de Claire estará en otro grupo y ya no con nosotros, eso ayudará.

— ¿En serio se fue a otro grupo? —cuestionó con sorpresa.

—Sí, ¿no lo sabías?

—No. ¿Por qué se fue?

—Porque ella y su grupo de tontas seguidoras tienen que salir a la misma hora para entrenar —explicó.

— ¡Oh! Pero en fin, prefiero dejar las cosas así.

—Bien. Sólo que si en verdad te gusta deberías intentarlo.

—Mejor vayamos a clases —acortó.

—De acuerdo.

La chica cerró su casillero y ambas se dirigieron por el pasillo rumbo al aula correspondiente.

21 de Março de 2018 às 04:24 2 Denunciar Insira 4
Leia o próximo capítulo Capítulo II El niño que se ahogó

Comentar algo

Publique!
Cesar Castillo Cesar Castillo
Lectura sencilla, clara y con un estilo que motiva a la concentración.
23 de Dezembro de 2018 às 17:15

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Muchas gracias espero hayas disfrutado de la novela :) 9 de Junho de 2019 às 23:12
~

Você está gostando da leitura?

Ei! Ainda faltam 17 capítulos restantes nesta história.
Para continuar lendo, por favor, faça login ou cadastre-se. É grátis!