La séptima rosa Seguir história

oliviaortiz

La sangre escurría del pecho de aquella chica, su cuerpo inmóvil tirado en un callejón había sido descubierto por un transeúnte. El detective John J. McCarty había presenciado muchos homicidios, pero ninguno así. El corazón de la chica no estaba en su lugar, y junto a su pecho abierto una rosa rosa, la clásica marca de un asesino serial, y el horror apenas comenzaría.



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#gore #homicidios #novela negra #drama
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PRIMERA PARTE: Los sueños de Ian

«Para un alma atormentada, un cuerpo sin vida, suele ser más hermoso, que uno viviente».

Olivia Ortiz


1

Una música lo bastante escandalosa como para despertar a medio vecindario provenía de aquella casa color arena en el Spring Valley Villaje ubicado justamente en Memorial Houston, un área residencial al oeste del centro de la ciudad de Houston, Texas.

A los vecinos ya no les sorprendía nada, y por el tamaño de aquellas casonas no se molestaban siquiera en reportarlo, puesto que difícilmente el ruido penetraba sus moradas. Sin embargo si llegaba a ser algo enfadoso que el menor de Los Perrault se la viviera en fiestas cada fin de semana. Pero que más podía esperarse de aquel niño rico que a pesar de estudiar a nivel universitario poco había madurado.

James Perrault era conocido por dar las mejores fiestas de University of Houston, el joven tenía dinero de sobra para despilfarrar ya que sus padres tenían una cadena de restaurantes franceses por todo Texas (si no es que más allá de eso).

La mayor parte del tiempo la casa se le quedaba para él sólo debido a los viajes constantes que sus padres tenían. Su círculo social era tan grande que las fiestas siempre estaban repletas de los estudiantes más sobresalientes de la universidad. Entre ellos se movía el equipo de futbol americano y su líder Ian Hartman, un chico lo bastante atractivo como para pasar desapercibido, y por supuesto su bello equipo de porristas.


2

Ian Hartman se sentó en un banquillo junto a James, en la mano llevaba un tarro de cristal con cerveza Budweiser, mientras la música cambiaba de Marron 5 a Lean On de Major Lazer & DJ Snake. James parecía estarla tarareando aunque eso era difícil de descifrar porque bebía cerveza cada que lo hacía.

— ¡Mierda! Mañana empieza la puta escuela otra vez —comentó James mientras hacía gárgaras, algo que quizá a simple vista se veía poco agradable.

—Sí, tienes razón —sonrió y tomó un trago de su vaso—. La puta escuela —repitió.

—Un maldito año más, ¿tú que piensas? —preguntó James mientras sus ojos se entrecerraban, ya se le notaba el estado de ebriedad en su rostro.

Usualmente él aguantaba más que sólo unas copas, pero aquel día había tenido una mañana bastante cansada.

—Yo lo que pienso es que ya has bebido demasiado. Y yo ya me siento muy cansado, quiero ir a casa a dormir.

Ian se levantó dejando su vaso de lado, se restregó el rostro y pasó saliva.

— ¡¿Qué?! Pero si esto todavía comienza.

—No lo creo hombre, mañana tenemos que levantarnos temprano, así que yo prefiero ir a casa a descansar.

— ¡Joder Ian! No seas aguafiestas y quédate un rato más. Eres mi mejor amigo y sin ti no hay fiesta.

—No me gusta cuando te vuelves romántico conmigo —.Echó una carcajada el chico mientras James le pasaba el brazo por los hombros.

—Bien que puedo decirte. Dame un segundo ahora vuelvo —.Se apartó el joven mientras se acercaba a una de sus compañeras porristas para bailar con ella.

— ¡Esto es una fiesta! ¡¿Qué no?! —gritó a lo lejos James dirigiéndose a Ian.

—Ian, llevo horas viéndote y hasta ahora es que me acerco —se aproximó una joven de cabellera rubia, esbelta y de ojos oscuros bastante devoradores, una mujer francamente bastante bella. Joven, posiblemente unos veinte años.

—Jennifer —saludó con una sonrisa el chico mientras le abrazaba amistosamente.

— ¿Listo para mañana?

—Sí, aunque sinceramente James no creo que lo esté del todo — dijo, y observó a su amigo bailando al otro lado de la pista de baile (que usualmente siempre era la sala de la casa).

—Ya veo. James como siempre pasándose de copas.

—Pues, ¿qué puedo decirte? —.Se rascó la cabeza evadiendo cualquier crítica.

— ¿Y qué tal va todo con Anabella? —indagó la chica, aunque con un interés bastante sano.

—Bien, mejor que nunca —.Mojó sus labios.

— ¡Vaya! —.Suspiró la joven llevándose las manos al cabello para echarlo tras su espalda—. ¿Quién lo diría? El gran Ian Hartman por fin quedó atrapado por una chica.

— ¡Joder! Cuando me conociste por tener muchas mujeres.

—Vale, no tantas como James, pero si te conocí unas cuantas novias, aunque nada serio. Y ahora mírate —comentó, a lo cual ambos comenzaron a reír.

—Digamos que Anabella es especial.

—La chica es hermosa. No la he tratado mucho, pero con ver a mi amigo feliz estoy más que satisfecha —.Palmeó su hombro.

—Gracias Jenny.

—Sólo espero mi invitación para cuando te animes a dar el primer paso para la boda.

— ¡Ja! Esas son palabras mayores.

— ¿Qué acaso no quieres boda? —.Se cruzó de brazos.

—No he dicho eso, pero prefiero ir despacio. Llevamos un año de relación, ella aún no se gradúa ni yo tampoco.

—En fin, ella me agrada para ti, la verdad nunca te vi tan centrado y serio. Eso me gusta, te ha hecho madurar.

—De acuerdo, gracias por su aprobación señorita —.Sonrió divertido.

— ¿Soy el único que se da cuenta del ridículo que está haciendo James con esa pobre chica? —soltó un chico de tez clara, cabello moreno y ojos marrones. Un poco más bajo de estatura que Ian, corpulento y con una mirada que por alguna razón parecía hacerlo ver enojado aunque no fuese así.

—No, yo también lo veo Steve —mencionó Ian.

A lo que observó como James cargaba el barril de cerveza y le bebía directamente de allí.

— ¡Joder! Yo creo que James ya está demasiado ebrio —expresó Steve.

—Sí, yo creo lo mismo. Será mejor que se reponga porque ya pronto tengo que marcharme —indicó Ian a su amigo.

—Lo sé, la mayoría comenzó a irse hace un rato, ya son las tres de la madrugada casi.

—Sí, bien… —pensó en decir Ian cuando su celular comenzó a vibrar dentro el bolsillo de sus jeans—. Denme un segundo —dijo apartándose de Jennifer y Steve.

—Amor —dijo Hartman mientras abría la llamada.

— ¿Cómo van las cosas? —se escuchó una voz encantadora al otro lado de la línea.

—Ya pronto salgo de la fiesta, iré a casa a dormir. ¿Y tú? ¿Terminaste las prácticas?

—Algo así, hoy pesamos el cerebro de un hombre, murió de una apuñalada en la arteria carótida… —pausó.

—Annie eso es tan encantador, pero sabes que hablar de tus prácticas me provoca náuseas —.Comenzó a reír.

—Lo sé, lo sé, por eso te las cuento —bromeó—. No es verdad amor. En realidad han estado muy tranquilas, pero un poco agotadoras.

—Me hubiese gustado tanto que me acompañaras a la fiesta.

—Sí, lo sé, igual a mí; pero se me hizo muy complicado llegar.

—Espero me lo recompenses con algo.

—Ya verás que sí. Debo colgar, sólo llamaba para saber cómo estabas, mañana tengo que levantarme temprano y creo que estaré toda la mañana en el hospital. ¿Quieres hacer algo en la noche?

—Claro que sí, ¿te parece ir al cine? Algo tranquilo.

—Me parece bien.

—Entonces te paso a ver a tu casa mañana a eso de las siete.

—Está bien, te veré mañana. Descansa, conduce con cuidado y no te desveles. Te amo.

—Yo también te amo, descansa, sueña bonito.

—Adiós —dijo como último la chica, y la llamada terminó.

Ian Hartman caminó en dirección a sus amigos para poder despedirse de éstos.

—Ya debo irme —.Ian se restregó la cara con ambas manos mientras se acercaba a Steve.

—Yo también, ya son las tres de la mañana. ¿Y qué pasó? ¿Cómo va Annie?

—Bien, tuvo prácticas en la escuela, ya sabes que ella entra antes que nosotros.

—Es cierto, lo había olvidado. ¿Oye mañana tenemos práctica de futbol americano?

—No, es dentro de una semana la primera práctica.

—Gracias a Dios —.Suspiró.

—Tú no estás ebrio, el que no va dar una ni para levantarse va a ser James, hay que llevarlo a dormir ya.

—Ese tipo es más necio que una mula.

—Pues vamos, porque yo tengo que irme ya.

Miró el reloj de su mano y colocándose la chaqueta se acercó junto con Steve, a James, quien se encontraba bailando en la sala solo. Ya casi todos se habían ido, sólo quedaba un chico dormido en el sillón, y una pareja besándose en el baño de la recamara de los señores Perrault, aunque eso James no lo notaria sino hasta la mañana siguiente.

Ian era él más alto de ambos chicos, por lo que el peso de James había caído más sobre él que sobre Steve para arrastrarlo hasta su habitación.

—Ya no bebas como un maldito cosaco. Ve cómo estás. ¡Joder tío! La próxima te cagarás en los calzoncillos —espetó Steve mientras lo dejaba caer sobre la cama.

—Tranquilos, estoy bien —.Pasó saliva.

—No me parece que estés bien. Estás hecho un asco —continuó Ian.

—Bien. Prometo que no se repetirá… pronto —.Comenzó a reír estúpidamente mientras se tambaleaba.

—Como sea, ya debemos marcharnos —remarcó Steve mientras mantenía las manos dentro los bolsillos del pantalón.

— ¿Y Juliet? —preguntó James mirando boca arriba.

—Se fue hace unas horas —señaló Steve.

— ¡Tráiganla! ¡Esta noche follaré con ella!

—No James, deja de decir estupideces y ya duérmete —añadió Steve mientras tornaba los ojos con fastidio.

Ian por su parte estaba demasiado cansado como para decirle todo lo que pensaba.

—Nosotros ya debemos irnos. Tienes que dormir James, y por favor deja de embriagarte tanto —señaló Ian.

— ¡Traigan Juliet! —exigió el rubio.

—No la vamos a traer y ya duérmete, mañana si quieres hablas con Juliet y resuelven lo que tengan que resolver —sentenció Ian.

— Yo te quiero mucho Ian… te admiro mucho —dijo James mientras Ian resoplaba con fastidio.

—Gracias James, ahora duérmete —finalizó, y comenzó a darse la vuelta al igual que Steve. Sin embargo James soltó una arcada y vomitó la alfombra de su habitación.

— ¡Joder! No es cierto —soltó Ian, a lo que él y Steve se acercaron a ayudar a su amigo a sentarse.

— ¡Maldición! ¡Qué asco! ¡James! —exclamó enojado Steve.

James continuó vomitando todo lo que había ingerido horas antes, algo realmente desagradable que duró alrededor de diez minutos.

Cuando por fin James se durmió, Ian y Steve se retiraron de la vivienda asegurándola lo más que pudieron, Ian tomó su Audi R9 y se marchó a casa.


3

Ian abrió la puerta de la residencia después de haber estacionado el auto en el garaje, su padre ya había llegado y se encontraba seguramente dormido. El chico pudo darse cuenta cuando vio el vehículo de éste; una Pickup lo bastante cuidada que siempre parecía nueva. Pronto subió a su habitación sin hacer ruido, y retirándose los zapatos cayó inmediatamente sobre la cama.

Ian tenia veintiún años, en parte sentía que era bueno ya no tener que dar tantas explicaciones (eso de ser mayor de edad se sentía bien). Sin embargo era molesto lo de las obligaciones y responsabilidades que parecían ir en aumento. Aunque él no solía tener problemas en casa; la mayor parte del tiempo era un joven tranquilo que causaba los menores desastres, sabía comportarse, ser sensato y mantener la cordura.

Su padre quien había enviudado hacía ya unos siete años, nunca se había vuelto a casar, pero eso no impedía que hubiese educado bien a su hijo.

Ian se parecía muchísimo a su padre físicamente; incluso su madre solía decir que él era Rick Hartman vuelto a nacer. Puesto que era una joven de 1.83 de estatura para ser específicos, sólo unos tres centímetros más alto que Rick. Tenía el cabello castaño oscuro y ojos azules, era de tez un poco más clara que la de su padre, con una sombra de barba que solía en ocasiones dejarse y después afeitársela; con un cuerpo un tanto musculoso debido al futbol americano, no por nada era el líder del equipo, ese parecido a su padre a kilómetros de distancia podía verse.


4

La noche era lo bastante fría como para permanecer en casa acostado en la cama (incluso si se bebía un chocolate bien caliente), sin embargo Ian se hallaba conduciendo hacia un rumbo incierto por las oscuras calles de Houston. Se encontraba justamente en una avenida que se dividía en dos, de un lado conducía al centro de la ciudad, y del otro hacía otra residencial un tanto apartada de la zona exclusiva de Memorial Houston. Ian vivía a varias casas de la de James, lo suficientemente cerca como para desvelarse, pero también lo bastante lejos como para evitarse el caminar y mejor llevar el auto; por lo que enseguida podía deducirse que el chico estaba bastante alejado de su vivienda, o así podía sentirlo él.

Ian se sentía un tanto extraño, como si en ese momento su cuerpo le fuese de cierta manera ajeno a él mismo. Continuó con el volante estable siguiendo toda la avenida, pronto se comenzó a aparcar para poderse acerca a una joven rubia que caminaba por la orilla de la calle. La chica llevaba una chaqueta bastante gruesa, y las manos escondidas bajo los brazos.

—Hola Jennifer —dijo apenas bajó el cristal de la ventana del asiento del copiloto.

—Hola… —respondió extrañada mientras el vapor frío se escapaba de sus labios—. ¿Por qué despierto a estas horas de la noche?

—Lo mismo pregunto yo.

Era bastante difícil de explicar, pero incluso Ian sentía que esas palabras no le pertenecían, como si fuera alguien más que hablase por él.

—Ya veo. Pues decidí salir a dar una vuelta, esto de caminar en la madrugada se me da —comentó mientras daba a notar cierta tristeza en los ojos, señal de que posiblemente había estado llorando.

—No eres buena mintiendo Jenny —.Negó con la cabeza y una disimulada sonrisa se asomó.

—Ya lo sé —.Pasó saliva.

— ¿Quieres dar una vuelta conmigo? —señaló presionando los labios.

A lo que la chica asintió, abrió la puerta del vehículo y subió con él.

— ¿Quieres contarme lo que sucedió? —preguntó él mientras miraba fijamente al frente y seguía conduciendo.

— Pues… lo de siempre.

— ¿Qué es lo de siempre?

—Problemas en casa, con mi padrastro… el sujeto se la vive acosándome todo el tiempo. Me ve cuando me estoy duchando, cuando duermo… es enfermo, ya no lo soporto, quisiera matarlo —.Sus ojos comenzaron a lagrimar incontrolablemente.

— ¿Le has dicho a tu madre?

—Eso fue justamente lo que hice hoy, pero la mujer se volvió histérica y no me creyó. Me llamó zorra y me corrió de la casa, es por eso que estaba caminando sola. cuando salí de la fiesta llegué a casa, y vi a mi padrastro en mi habitación buscando entre mis cajones y aspirando mi ropa interior… fue algo asqueroso; comencé a gritarle muchas cosas hasta que llegó mi madre, y le dije que no podía soportarlo, ella enfureció. Le hablé a una amiga pero sus padres no estuvieron muy de acuerdo que llegara a estas horas de la madrugada a su casa.

— ¿Y entonces? ¿A dónde pensabas ir?

—No lo sé… tenía la idea de seguir caminando hasta que amaneciera.

—Ya veo… es peligroso que una chica tan bonita como tú este a estas horas en la calle. ¿Sabes acaso cuantos depredadores están por allí acechando mujeres?

—Lo sé, pero no tenía a donde ir.

— ¿Tienes hambre?

—Algo… —.Humedeció sus labios mientras sacaba una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta—. ¿Te importa si? — señaló mientras tomaba un cigarrillo entre sus dedos.

—No, adelante. Abriré los cristales.

—Gracias —asintió y prendió el cigarrillo con aquel encendedor que le acompañaba—. ¿Y porque estás despierto a estas horas?

—En realidad soy un hombre bastante nocturno, pienso que las mejores cosas se viven en la noche. Ya sabes, todo tipo de cosas.

—Ya veo —.Sonrió y dejó escapar el humo del cigarrillo que había mantenido entre sus labios.

— ¿Qué te gustaría comer?

—Sorpréndeme.

—Me parece bien —.Parecía sonreír pero de una manera un tanto siniestra, su mirada incluso se oscureció un poco—. Me permites un segundo, creo que la llanta esta baja —comentó mientras se aparcaba a un lado de la calle.

— ¿Qué? ¡Demonios! Espero que no te haya traído mala suerte yo —bromeó la chica.

—No, descuida. Voy a bajar a revisar, dame un momento.

Abrió la puerta del auto, y se dirigió a la parte trasera, después llamó a Jennifer.

—Jenny. ¿Me podrías ayudar? Creo que si se bajó la llanta, pero igual y traiga algo para cambiarla.

—Sí, ya voy —respondió la rubia, y bajando del auto apagó su cigarrillo con la punta de su pie, después caminó hacia donde se encontraba él—. Dime.

—Estoy buscando con que reponerla —explicó mientras hurgaba en el maletero.

Jennifer cruzada de brazos no alcanzaba mucho a distinguir que buscaba precisamente; por lo que llevó su mirada hacia aquella lámpara que apenas alumbraba en la carretera, y que por alguna razón su luz comenzaba a extinguirse parpadeando varias veces, estaba muy oscuro, y la temperatura en el ambiente parecía ir bajando cada vez más.

—Creo que… —tembló su voz, por alguna extraña razón un miedo se apoderó de ella, un temor que le causaba una sensación inexplicable de escalofríos—. Creo que debería irme a casa… —repuso.

—Yo creo que no —respondió él, mientras con una cuerda apretó su cuello de la joven quien ni siquiera había tenido oportunidad de voltear hacia él.

La chica trató de detenerlo llevándose ambas manos a tirar de la cuerda, pero era inútil, él era mucho más alto y corpulento; poseía una fuerza muchísimo mayor a la que ella podría haber tenido. Apretó cada vez más, la chica comenzaba a sentir como el aire escapaba de sus pulmones en un intento por sobrevivir, ni siquiera podía gritar porque no había forma de hacerlo, él presionaba cada vez con más fuerza; hasta que los ojos de Jennifer comenzaron a irse hacia atrás, su lengua había quedado fuera, y su rostro amoratado he hinchado. Así fue hasta que perdió la conciencia por completo, cayendo al suelo una vez que había sido liberada por él.

Ian, sentía que su cuerpo se inclinaba hacia Jennifer para poderla apreciar más, delineando cada parte de su rostro, como si se embriagase con su muerte, algo en su mente se repetía lo enfermo, aterrador y despiadado que era estar viéndose en esa escena. Jamás había visto morir a alguien, y tener de cerca la muerte como tal, era como para quedar traumatizado de por vida. No podía creer lo que veía, aquella amiga que había conocido desde jardín de niños, asesinada de una manera realmente horrorosa; y más aun, sentir que él había sido el responsable lo aterraba aún más. Pero eso apenas comenzaba.

Se incorporó, avanzó hacia la parte trasera del auto, y del maletero sacó unas herramientas, de las cuales apartó un objeto filoso y una sierra quirúrgica. Guardó de nuevo el cordón mientras observaba sus manos para percatarse si alguno de los guantes de látex se le había roto por accidente. Al ver que no había señales de eso, simplemente caminó de nuevo hacia el cuerpo de Jennifer mientras se colocaba una mascarilla que cubría por completo su boca, nariz y parte de sus ojos.

Abrió la chaqueta de la chica, y cortó con unas tijeras la blusa que llevaba abajo, retiró el sostén dejando expuesta el área de su pecho de la joven, entonces prosiguió a cortar con el filoso instrumento la piel del centro. Mucha sangre comenzó a salir por todo el cuerpo, manchando la ropa de la chica de un rojo intenso que pronto comenzaría a cambiar de tonalidad. Mientras abría la piel, los ojos de él se centraban en los ojos abiertos de la víctima; con la pupila completamente dilatada, le gustaba como su lengua había quedado por fuera, sin duda alguna era la experiencia más excitante de su vida, lo gozaba, algo único e inigualable, como si no hubiese arte más hermoso que el de asesinar.

Al terminar de realizar el corte, se quedó pensativo analizando el siguiente paso que tendría que hacer para obtener lo que tanto quería. Se levantó de nuevo, observó detenidamente todo, la sangre que encharcaba alrededor del cuerpo de la joven, nuevamente se inclinó, tomó la sierra para cirugía y comenzó a destrozar el tórax, abriéndose camino para llegar al corazón. El ruido nadie podía escucharlo, a su alrededor no habían casas, sumado el hecho de que él había sabido elegir ese lugar perfectamente aislado.

Guardó la sierra dando por terminada su obra, entonces se dirigió al corazón, aquel órgano frío y sin vida que jamás volvería a ser capaz de bombear. Lo arrancó, y por varios minutos lo contempló sobre su mano. Era hermoso, lo más magnifico que hubiese visto antes. Lo acercó más a su rostro, como si pudiese aspirar el rico aroma a hierro que desprendía la sangre en su total esencia.

Se levantó, caminó nuevamente al auto, y dentro de una nevera con hielos guardó el corazón. Después, de una caja negra sacó una rosa roja, una rosa que aún se encontraba en un estado de botón (de las rosas más bellas que jamás se hubiesen visto antes, fresca, preciosa y con un aroma exquisito). La colocó en la mano derecha de su víctima, y después con una cámara que había llevado consigo desde un inicio guardada en su maletero, capturó una fotografía de tal escenario. La miró en la pequeña pantalla de su cámara Canon, y después observó por última vez el cuerpo de Jennifer comparando la fotografía con la escena en vivo.

Se dirigió a la parte trasera de su vehículo, se quitó guantes, mascarilla y demás. Todo guardándolo en una bolsa negra, subió nuevamente al auto y tomó su respectivo rumbo.


5

Ian se despertó empapado de sudor, su cabello goteaba y su camisa estaba completamente mojada. Pasó saliva mientras abría los ojos tratando de comprender qué demonios acaba de soñar; se sentó lentamente, continuó confundido, y sobre todo aterrorizado. Todo había sido tan real, como si en verdad hubiese presenciado todo tal cual, incluso aún podía sentir el aroma de la sangre, y un sabor extraño en la boca que no podía identificar.

Se restregó la cara con las manos, y sacudió su cabello; sintió su espalda húmeda y se levantó de inmediato dejando caer las sabanas al suelo. Se dirigió al baño, y por varios minutos se observó detenidamente en el enorme espejo con marco dorado que tenía. Se repitió una y otra vez que todo había sido simplemente una pesadilla, trató de serenarse aunque le estaba costando mucho trabajo. El miedo seguía presente, era tan grande que casi podía tocarlo si hubiese sido humano, de nuevo mantuvo la respiración, entonces decidió darse un baño, y prepararse para el regreso a la universidad.

Cuando por fin terminó de ducharse y vestirse, tomó sus pertenencias, y bajó a la cocina donde su padre se encontraba ya desayunando (café, un pan tostado y unos huevos fritos).

El señor Hartman no era precisamente bueno cocinando, por lo que en una casa con dos hombres se comía lo primero que se encontraba en la cocina, excepto cuando llegaba Martha (aquella joven que los días viernes iba a la casa para realizar la limpieza, y sobre todo para preparar alguna comida deliciosa de las que sólo ella sabía hacer).

—Buenos días Ian. ¿Listo para regresar a la universidad? —Le saludó su padre mientras se llevaba un pedazo de tostada a la boca.

—Algo así —respondió un tanto distraído mientras se sentaba a comer.

— ¿Todo bien? ¿Hay algo de lo que tenga que preocuparme?

—No… —negó rápidamente—. Todo está bien papá.

—Bien, eso espero. ¿Estudiaste algo?

—No mucho, es decir, algunas cosas.

—Menos mal que eres buen estudiante —.Sonrió—. ¿Qué tal la fiesta con tus amigos? Luces terrible.

—Sí, creo que bebí algo demás.

— ¿Te tiraste alguna chica? —bromeó.

—No, sabes que amo a Anabella.

—Ese es mi muchacho, tan honesto. Bien campeón, me parece perfecto —dijo mientras masticaba su comida y regresaba la mirada a los mensajes que recibía desde su celular.

— Oye… —.Humedeció nuevamente sus labios, nervioso dudando si continuar con lo que pensaba decir.

— ¿Pasa algo? —preguntó mientras su boca se movía aún para terminar el bocado que seguía entre sus dientes.

—No… nada, olvídalo.

— ¿Seguro que estás bien? —.Arqueó la ceja.

—Sí… es sólo que tuve un mal sueño, eso es todo.

— ¿Qué soñaste?

—Una pesadilla, algo extraña… muy extraña diría yo.

— ¿Qué fue?

—Bien… —.Se quedó mirando hacia su plato de comida y continuó rápidamente—. Nada, no tiene sentido. Debo irme a la escuela, se me hará tarde —dijo levantándose de la silla.

—Pero no has comido nada

—Tengo dinero para comprar algo.

— ¿Seguro?

—Sí papá —concluyó, y se aproximó hacia la salida, a lo que su padre le detuvo.

—Ian, toma —.Extendió dos billetes de cien dólares—. Llegaré tarde del trabajo hoy, cualquier cosa pide una pizza o algo.

—No necesito tanto papá.

—Bien guárdate el cambio. Suerte en tu primer día de clases —dijo mientras le daba una palmada en el hombro al chico.

—Gracias —trató de sonreír, abrió la puerta y nuevamente se dio vuelta para terminar diciendo—. Por cierto, hoy saldré con Anabella, iremos al cine.

Después abandonó la casa, se dirigió hasta su vehículo y tomó rumbo a la escuela.


6

Durante todo el camino se mantuvo con la mirada al frente de la avenida; estaba nervioso, lo bastante como para tener esa sensación de miedo a cada segundo del trayecto. No sabía lo que era, pero sentía una angustia que no lo dejaba tener una mañana tranquila. En la radio de su vehículo podía escucharse el tema de Baby come back de Player, trató de serenarse haciéndose la idea de que nada pasaba, que todo era una broma que su imaginación le había jugado mientras había estado dormido. Pero ¡Joder! Esa maldita sensación de que algo andaba mal no se iba, se negaba a dejarlo en paz.

Ian se estacionó en la zona exclusiva para estudiantes, tomó unos libros que tenía en el asiento de copiloto, se colocó su chaqueta, y caminó a las instalaciones.

—Hola Ian, ¿qué tal las vacaciones? —le saludó una chica de cabello rojizo y rizado, quien se iba acercando a él.

—Hola Quinn. Estuvieron bien, bastante tranquilas —.Se aproximó a darle un beso en la mejilla.

— ¿Viajaste a algún lugar?

—No, mi padre tuvo mucho trabajo y tuvimos que quedarnos en la ciudad.

—Yo fui a Londres con mi madre, he traído ropa preciosa de allí, y algunos accesorios que seguro les gustaran a las chicas del equipo de porristas.

—Ya veo, ¿y a mí no me has traído nada? —bromeó.

—A que sí, en la tarde te llevaré el recuerdo a tu casa.

—No creo estar en la tarde, saldré con Anabella. No nos hemos visto mucho y queríamos ir al cine o algo así.

—Bien, entonces creo que tendrá que ser mañana que lo traiga a la escuela.

—Lo estaré esperando entonces —.Sonrió mientras comenzaba a alejarse de la chica, y ella por su parte se dirigía hacia la clase de psicología.

Durante el camino Ian recibía saludos por parte de casi todos los estudiantes universitarios, era de esperarse que así fuese, puesto que él era el estudiante más sobresaliente. Ian era como el Tom Brady de la universidad de Houston, todos esperaban cosas magnificas de él, y que tuviese quizás el futuro más prometedor de todos los estudiantes.

— ¿Tú sabes acaso como es que llegué hasta mi cama? —preguntó James a las espaldas de Ian mientras éste guardaba algunas cosas dentro su casillero.

—Veo que no has muerto —.Sonrió Ian mientras se volteaba a mirarle.

—No, aunque admito que la cabeza me está matando.

—Pues digamos que… ayer te pusiste ebrio, vomitaste, e hiciste otras vergüenzas que prefiero olvidar —soltó una carcajada mientras explicaba.

—Sí… no recuerdo nada, así es mejor. ¿He tenido sexo con alguien?

—No lo sé, prefiero no saberlo.

—Necesito quitarme la resaca con algo. ¿Quieres ir más tarde por unos tequilas al bar que está aquí cerca?

—No creo poder ir, le he prometido a Anabella que saldríamos hoy.

— ¡Que hermoso! —Se burló—. No seas gilipollas y vayamos.

—No puedo, en verdad. Además no quiero beber tanto, tengo que concentrarme en las materias si quiero tener un buen trabajo a futuro.

—Que puedo decirte, el alcohol y las tías son mi perdición.

—Ya deberías centrarte un poco, a estas alturas podrías terminar trabajando en un lavado de autos —.Entornó los ojos discretamente.

—Lo dudo —bufó, después extendió—. ¿Dónde está Steve?

—Ya debe estar en su aula —.Cerró su casillero, y comenzó a avanzar hacia la primera clase.

—No sé cómo ese sujeto puede querer estudiar leyes —expresó mientras le seguía el paso a su amigo.

—De la misma estúpida manera que nosotros queremos estudiar literatura —bromeó.

—Tú quieres, yo estoy aquí porque dice mi padre que debo estudiar algo para no ser un fracasado. Yo quería ser un actor porno pero no se me hizo.

—Eres un idiota James —negó con la cabeza riendo.


7

En University of Houston había una grandísima cantidad de estudiantes tanto de fuera como del interior de la ciudad. Algunos tenían sus habitaciones en el campus, y muchos otros simplemente regresaban a casa para dormir y hacer demás actividades. Como era el caso de Ian y James, ya que Steve era de Seattle y él tenía su cuarto allí mismo.

—Yo cogeré un sándwich —señaló Ian al momento que tomaba una charola.

—Yo no comeré nada, tengo nauseas —comentó James.

— ¿Qué esperabas? Con la resaca que tienes, me sorprende que sigas vivo.

—Igual y una soda me ayude un poco.

— ¿Qué tal las clases? —preguntó Steve al momento que se acercaba.

—Algo tediosas —dijo Ian.

—Son como una patada en los cojones —protestó James, a lo que Ian le miró.

—Me imagino. ¿Y tú Ian? ¿Te encuentras bien? —indagó Steve.

—Sí, ¿por qué lo preguntas? —respondió distraído mientras los tres se dirigían a una mesa que se encontraba cerca de los ventanales que miraban hacia el campo.

—Te ves cansado, peor que James.

— ¡Joder pedazo mierda! —bromeó James ante tal comentario.

—Estoy bien, sólo me duele un poco la cabeza —explicó Ian.

—Podrías tomarte un analgésico, seguro Anabella sepa de eso —sugirió Steve.

—Quizá le pregunte después.

—Hola chicos, ¿han visto a Jennifer? —interrogó Quinn, mientras se aproximaba a la mesa de ellos.

—No, de hecho no la vi llegar —respondió James.

—No responde el teléfono celular, y me preocupa. Hoy tenemos práctica, no sé si vaya a llegar. No me dijo nada sobre faltar.

—Sinceramente no sé dónde se encuentre —finalizó Steve.

Los ojos de Ian se abrieron abruptamente, pasó un trago de saliva tan grande como para poder raspar las paredes de su garganta. No dijo nada, simplemente se mantuvo en silencio tratando de consolarse a sí mismo con la idea de que todo estaba bien, todo era una simple coincidencia.

—Ian, ¿tú no la has visto hoy? —preguntó Quinn al chico.

—Eh… no, para nada —respondió evasivo.

—Ayer me llamó para pedir refugio en mi casa, pero mis padres no lo permitieron, ya era tarde. Hoy le he llamado unas diez veces, y cuando marqué a su casa el cerdo de su padrastro respondió, y me dijo que se había largado desde la madrugada. Estoy preocupada —narró Quinn.

Una mirada de angustia se asomó por el rostro de Ian, justo en ese instante las manos comenzaron a sudarle.

— ¡Ja! —rió James, para luego completar—. Debe estar calentando la cama de algún tipo.

— ¡Cállate James! ¡No digas estupideces! —atajó molesto Ian, al momento que su mano azotaba la mesa. Ante tal acción su refresco cayó derramándosele encima—. ¡Maldita sea! —bramó.

—Calma, ¿qué diablos te pasa? —expresó James.

—Sí Ian, tranquilo —terció Steve.

Las noticias del televisor interrumpieron la conversación, cuando un reportero inició su comentario:

—Nos encontramos aquí en la Autopista Norte de Houston. Al parecer el cadáver de una joven fue encontrado esta mañana, la policía se encuentra acordonando el área.

El reportero avanzó con su cámara y micrófono, dirigiéndose hacia un hombre que vestía una larga gabardina, y sombrero de ala corta de fieltro. Su rostro se veía cansado, era de tez blanca, y cabello oscuro algo canoso.

—Nos acercamos al Teniente John McCarthy de la división de homicidios de la policía metropolitana, trataremos de entrevistar —pausó, luego preguntó—. Teniente McCarthy, ¿qué le puede decir a nuestro auditorio acerca de este sucedo?

Los ojos azules de McCarthy miraron con fastidio al reportero, entonces respondió:

—Aún no tenemos nada, sólo sabemos que es una chica de aproximadamente, entre veinte y veinticinco años.

— ¿La asesinaron? —preguntó el reportero.

—Lo lamento, hasta que el médico forense nos de su diagnóstico podremos dar alguna información al respecto. Con permiso.

McCarthy le dio la espalda al reportero y se dirigió hacia donde se encontraba trabajando el equipo policiaco.

—Bien, seguiremos informando desde NBC Noticias. David Callahan.

Ian ya se encontraba de pie en ese momento, y a paso rápido se dirigió hacia la salida sin mediar palabra. James y Steve tornaron a ir tras de él, no bien había cruzado la puerta de la cafetería, cuando en un pequeño jardín, Ian se reclinó con las manos sobre sus rodillas; y devolvió el estómago. Su rostro estaba bañando en sudor, sus ojos enrojecidos. James lo sujetó, parecía que se desplomaría.

—Cálmate hermano, ¿qué pasa?

—Nada… déjame solo.

— ¿Te impresionó la noticias? —adelantó Steve Lewis.

— ¿Crees que sea Jennifer? —terció James.

—No, no creo que sea nada. Sólo quiero marcharme, no me siento bien. Después hablamos —finalizó alejándose de sus compañeros, quienes encontraron sus mirados con un gesto de sorpresa y desconcierto.


8

McCarthy bajó de su Mustang 1998, aquel auto de color negro que él no se decidía a cambiar. Cerró la puerta y se aproximó al área rodeada por policías, médicos forenses y demás; de inmediato la prensa comenzó a acosarlo con preguntas indagatorias.

—Teniente, ¿ya se conoce quien es la chica?­ —preguntó aquella reportera morena que terminaba por hartar a todos siempre.

—Teniente McCarthy. ¿Es cierto que esto se podría tratar de un crimen pasional? —indagó otro casi encima del Teniente.

John J. McCarthy esquivándolos se reusó a responder cualquier pregunta, se acercó a la cinta amarilla que rodeaba toda la escena del crimen, y pasó por debajo de ella, a partir de ese punto la prensa tenía restringido el acceso, puesto que los policías les detenían.

—Bien, ¿qué tenemos? —dijo McCarthy una vez estando frente a su colega de años, el médico forense Hui Wong (un hombre de cuarenta y cinco años, que desde muy joven había dejado China para establecerse en Texas).

—Una chica rubia, de unos veinte años yo calcularía, presenta señales de ahorcamiento, hasta ahora desconozco con que pudo haber sido provocada la lesión. Aunque yo diría que por la forma puede tratarse de una cuerda delgada probablemente como la que usan las cortinas. No hay huellas por el momento, lo que me hace pensar que el homicida cuido esos aspectos muy bien… —.Mordió sus labios mientras analizaba una y otra vez el cadáver que se hallaba en el suelo.

— ¿Quieres decir que lo planeó?

—Eso sí, en efecto lo planeó, no creo que haya sido algo que simplemente se dio. Pero lo que más me ha llamado la atención, es que si observas está abierto su cuerpo justo en el área del tórax.

— ¿Se llevó algo? —averiguó de manera inmediata McCarthy.

—No sólo se llevó el corazón, si no que en su lugar dejó una rosa en la mano de la víctima. Es decir que, o se la dio antes de asesinarla, o el mismo se la colocó. Aunque yo por las señales que veo podría decirte incluso que él se la colocó después de matarla. La situación aquí es que la ahorcó, una vez muerta, abrió el tórax y sacó el corazón. La sangre no es mucha, es por eso que te digo ella ya estaba muerta cuando la comenzó a abrir, traía herramientas para hacerlo.

—Esto es algo en verdad enfermo. Justo cuando creía que había visto todo ya —.Arrugó la nariz McCarthy puesto que a pesar de llevar años viendo cadáveres, el aroma que los cuerpos desprendían era tal repulsivo que difícilmente alguien se acostumbraba a ello.

—Si supieras que todavía hay miles de cosas que no hemos visto.

— ¿Por qué crees que alguien se llevaría el corazón?

—No lo sé, la prensa especula que puede ser un crimen pasional. Yo siento que es algo más allá que pasional.

— ¿Porque lo dices?

—No lo sé, no es muy usual que un novio celoso haga todo esto, en ocasiones hay mayor contacto con la víctima, ya sabes apuñaladas, e incluso demasiados descuidos. Pero este sujeto lo planeó. La conocía eso es claro, porque no hay señal de forcejeo como tal, posiblemente la agarró desprevenida. Y otra situación es que él sabía lo que hacía, se llevó el corazón… eso nos da a pensar muchas cosas.

—Lo único de lo que estoy seguro, es que tenemos que encontrar al desgraciado que lo hizo.

—Cuenta con ello. Por ahora haré que se lleven el cuerpo y lo estudiaré bien, veré si encuentro algo que pueda darnos una pista, un cabello, o lo que sea. Al menos por el momento puedo decirte que la escena está limpia, no hay nada. Es como si el tipo supiera por donde atacar sin dejar huella.

—Vamos Hui. Tú y yo sabemos mejor que nadie, que no existe el crimen perfecto, se puede acercar, pero siempre deja algo que lo evidencia —.Desplegó una sonrisa discreta, de audacia tal vez.

—Espero que no te equivoques —expresó.

—Avísame apenas tengas algo, hablaré con los testigos.

—El señor Warren al parecer es quien encontró a la muchacha y la reportó. En realidad no había ningún testigo cuando la asesinaron, nadie vio nada.

—Bien, pues hablaré con el señor Warren, veamos que tiene.

McCarthy se alejó del área, y pronto se dirigió al señor Warren, un anciano que se encontraba respondiendo preguntas que un policía con una libreta le realizaba.

—Ramírez —saludó el Teniente con la cabeza, a lo que el policía respondió:

—Jefe, buenos días.

— ¿Me permites un momento? —comentó mientras Carlos Ramírez asentía—. Buenos días señor Warren, yo soy el Teniente John McCarthy —extendió la mano dirigiéndose al anciano.

—Buenos días Teniente. ¿Ya saben quiénes son los familiares de la muchacha?

—En eso estamos, pero antes que nada me gustaría mucho saber cómo es que usted la encontró, ya sabe, explíqueme si vio algo extraño. Dígame que pasó exactamente.

—Pues yo venía en mi bicicleta, porque siempre elijo este camino, el doctor me dice que es bueno para la salud salir temprano a tomar aire fresco. Encontré a la chica tirada, en un inicio yo pensé que ella estaba desmayada… pero… —su voz se volvió vibrante, y sus manos decrepitas comenzaron temblarle.

—Tranquilo... —le colocó la mano sobre el hombro—. ¿Puede continuar?

—La chica estaba abierta del pecho… a mí me dio terror. Parece sacado de una de esas películas como la de Halloween, de esas que mis nietos ven en la noche.

— ¿Vio algo más? ¿Algún sospechoso? ¿Algo que indicara que alguien se acaba de marchar?

—No… —negó con la cabeza—. De día hay actividad por aquí, más bien a la hora pico. Pero cuando todo se calma porque la gente entra a trabajar, los vehículos dejan de circular mucho, y queda casi vacía la avenida. Y de noche, pues casi no pasa nadie.

—Bien, muchas gracias señor Warren, le dejo mi tarjeta —.Extendió un cartoncillo con sus datos personales—. Cualquier cosa que usted recuerde, puede marcarme, nos será de gran ayuda.

—Claro que si Teniente, yo le avisaré… espero encuentren al asesino, pobre muchacha.

—Sólo le pido discreción, si alguien le pregunta, por favor no comente nada —.Apretó los labios McCarthy.

—Entiendo, usted confíe en mí.

John le susurró al policía Carlos Ramírez que se hiciera cargo de tranquilizar al señor Warren, también dio órdenes de que revisaran el área en busca de cualquier indicio que llevara al asesino, se dio vuelta y se marchó a su vehículo.


9

En la pantalla de aquel viejo cinema, se desarrollaba aquella escena sangrienta donde un grupo de personas encapuchadas se reunían alrededor de una joven que se encontraba atada de pies y manos a una plancha de concreto, aparentemente se realizaba un ritual de sacrificio. A cargo de un director muy reconocido del género Gore, había llegado el estreno de Lago Sangriento, una de las películas más esperadas en el año.

Aquel sacerdote de capucha roja, siendo aparentemente el único con una toga completa de ese color, había tomado entre sus manos un enorme puñal, el cual después descargó sobre el pecho de la chica haciéndole un profundo corte. La sangre emanó a borbotones salpicando incluso el rostro del sacerdote, en una exagerada escena sangrienta.

Ian se llevó las manos a la boca, para después pasarlas por todo su rostro, justo al momento que Anabella reía sin parar divertida ante tales efectos.

— ¡Joder! No concibo que haya esperado tanto por esta chorrada de película —expresó la chica, y después se llevó un puñado de palomitas a la boca.

Ian se mantenía en silencio pasando saliva ante la situación que se le estaba haciendo insoportable.

—No se midieron con esa escena, no tienen ni una puta idea de cuanta sangre se puede derramar realmente —dijo Anabella volviendo a reírse.

Ian sin poder soportar un minuto más de aquella película, se levantó de un salto de su asiento, y salió corriendo por el pasillo entre las butacas. Anabella sorprendida ante tal acción, salió tras él de inmediato.

Ian Hartman entró al baño del cinema, y en sólo cuestión de segundos de haber abierto el cubículo, descargó su estómago. Un sabor amargo y acido le recorrió por todo esófago, hasta llegar a su boca y por fin ser lanzado contra la bacinilla. Para después quedarse atrapado entre su lengua con un sabor que sólo le provocaría más nauseas.

Unos golpecillos se escucharon en la puerta, y justo en ese instante la voz de Anabella sonó.

—Ian. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Ian sin responder, trató de tranquilizarse para no seguir vomitando, aunque le estaba siendo imposible contenerse.

—Ian, dime algo, ¿te encuentras bien? —insistió de nuevo la chica.

—Ya… —pausó pasando saliva—. Ya estoy bien, ya voy —dijo entrecortadamente.

Ian salió del cubículo agradeciendo que el baño estuviese vacío, se aproximó al lavabo, y después se enjuagó el rostro con las manos. Tomó un trozo de papel del dispensador, y se lo llevó a secarse la cara, mas algo ocurrió cuando sus ojos se descubrieron. Una visión de lo que claramente era Jennifer se encontraba parada tras de él, los ojos de Ian se abrieron desmesuradamente, su boca tembló sin concebir lo que veía. Trató de gritar mas no pudo. Jennifer elevó la mano derecha, y un bulto rojo de lo que claramente era su corazón se descubrió de su mano; los ojos de Jennifer eran oscuros, su boca tiraba sangre por doquier, y en su cuello se encontraba la marca de la soga con la cual había sido estrangulada. Sus labios estaban morados, y su rostro hinchado.

Un frío cubrió toda escena, el baño parecía una nevera. Ian pasó saliva aterrado sin poder siquiera voltearse, se talló los ojos con fuerza, y bajó la cabeza para evitar mirar el espejo. Un terror le invadió, pero ni siquiera podía moverse. Pronto se atrevió a mirar nuevamente el reflejo, haciéndose a la idea de que no había nada, y todo era producto de su imaginación; entonces se dio vuelta, y aquella aparición desapareció sin dejar rastro.

Ian salió huyendo de los sanitarios, para después tropezar con Anabella, quien se encontraba esperándole fuera.

La chica enseguida pudo notar que su novio se encontraba completamente pálido, y con el rostro desencajado. Su mirada parecía extraviada, y ni siquiera podía hablar.

—Ian, ¿te encuentras bien? —preguntó, mas él no respondió—. ¡Ian! —llamó en voz alta.

—Na… nada… —tartajeó.

— ¿Qué pasa Ian? Me asustas, ¿fue por la película? —intentó descifrar.

—N… no… no fue eso… estoy bien —habló.

—Yo sé que no te gustan ese tipo de películas. Pero sólo son efectos especiales, y mal hechos por cierto. Lo siento en verdad, no pensé que te provocara esta reacción.

—No, no es eso. Creo que algo me hizo daño desde la mañana.

— ¿Seguro? ¿Hay algo que quieras contarme? —indagó elevando las cejas.

—No. Estoy bien. Sólo quiero irme de aquí —respondió bajando la mirada.

— ¿Quieres que pasemos a la farmacia por algo?

—No, está bien… sólo quiero descansar.

—Bien —acortó con seriedad y preocupación—. Vayamos, te llevo a casa.

—Gracias —dijo distante.

Ambos se dirigieron a la salida del cinema, para después abordar el vehículo de Anabella (quien esa misma tarde se había enterado por Ian, que un dolor de cabeza estaba martirizándolo, mas sin pretender cancelar la salida con ella. Había decidido ir, aunque ella tuviese que irle a buscar). Su rumbo final, pronto los llevaría a la residencia Hartman.


10

McCarthy abrió las puertas de la morgue, y junto con su colega Nicholas Dolan dirigió sus pasos al área donde Hui Wong se encontraba trabajando con el cadáver de Jennifer Hill.

— ¡Ya saben quién era la chica! —anunció McCarthy aproximándose a la mesa de metal donde se encontraba el cadáver.

—Sí John, lo sé, su hermana la reconoció —comentó Wong.

—Hace un frío de los mil demonios aquí dentro, creo que nunca voy a acostumbrarme —expresó Nicholas mientras se frotaba las manos.

—Tendrás que hacerlo Nick —remarcó McCarthy, y dirigiéndose a Wong indagó—. ¿Entonces que tenemos aquí?

—Pues… ¿Por dónde quieres que empiece? Tú eres el jefe —balbuceó un rato.

—Por donde tú quieras empezar.

—Bien, revisé todo y no se encontraron señales de abuso sexual, ni si quiera encontré algo que me dijera que sostuvo relaciones sexuales poco antes morir, así que por ese lado no hay nada. Se le realizó el examen toxicológico y no se encontraron drogas, ni ninguna otra sustancia ilícita, lo único que sí; es una cantidad mínima de alcohol pero no lo suficiente como para que estuviese perdida. Posiblemente conocía a su agresor, no forcejeó, y creo que ella fue llevada a esa área en específico. Ahora, esta marca que vemos en su cuello… —dijo señalando con el dedo índice el cadáver—. Es señal del cordón con el que fue estrangulada, tenia de grosor un centímetro, lo que me hace llegar a la conclusión de que fue posiblemente una cuerda de cortina.

— ¿Estaba muerta cuando la abrieron? —preguntó Nick.

—Sí, en efecto, la chica estaba muerta cuando fue abierta. De allí nos dirigimos a lo que nos interesa más que nada; la abertura que tiene en el tórax, tiene un ubicación muy precisa de donde normalmente está el corazón, es decir que el asesino conocía un poco de anatomía.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Nick.

—Verán, la mayoría de las personas se van con la idea de que el corazón está de lado izquierdo, porque de ese lado se siente mayor presión, sin embargo el corazón se encuentra perfectamente ubicado al centro. La presión es mayor de lado izquierdo por el simple hecho de que la arteria que tenemos de ese lado es de mayor tamaño, por lo que se escucha y se siente más claro en esa parte. Sin embargo esto lo sabe alguien que ha estudiado anatomía o mínimo investigado un poco.

—El desgraciado lo planeó —comentó McCarthy.

— ¡Oh! Eso sí, por supuesto que lo planeó, el corazón no está, pero sobre todo cuando la abrió fue con un bisturí. Y lo que más me ha llamado la atención, es que usó una sierra para cortar el tórax, arrancó el corazón, y como resultado tenemos esto que vemos aquí.

McCarthy se llevó las manos al rostro, se estrujó sobre todo la nariz, la boca y el mentón, arqueó la ceja; y respiró profundamente.

—De acuerdo, ahora nos queda investigar amistades, familia, todo aquel que circule en su lista de relaciones.

—La chica era porrista, la lista de relaciones debe ser larga —comenzó Wong.

—Vaya que debe ser demasiado larga, y sobre todo muchos obsesivos presentes en ella —dijo Nick.

— ¿Por qué lo dices? —preguntó McCarthy.

—Fácil, las porristas no son precisamente unas santas.

—Debemos ser objetivos —señaló John.

—Lo sé —.Mordió sus labios el detective Dolan.

— ¿Tenemos algo más? —preguntó John a Hui.

—Sí, la rosa… eso es lo que más me ha atraído, que dejara una rosa en la mano de la víctima, la derecha para ser exactos. Y la dejó después de terminar de hacer todo esto, porque no hay señal de que ella la haya presionado o algo que verías normalmente en alguien que sujetó previamente algo antes de morir.

— ¡Perfecto! Qué bonito regalo, a cambio del corazón deja una rosa el sujeto —dijo sarcástico Nick.

—Algo así —trató de tomarlo a broma Hui y continuó—.La colilla de cigarrillo que se encontró en la escena del crimen era de ella, no hay huellas de nadie más. No hay huellas en ninguna parte de su cuerpo, no hay cabellos… prácticamente limpió todo tan detalladamente, cuidó cada aspecto. Es como si no hubiese estado presente en este suceso.

—Algo debe haber descuidado —insistió McCarthy.

—Al menos no esta vez. No encuentro nada, pero sería bueno entrevistar a la familia —concluyó el doctor Wong.

— ¿Qué tenemos del señor Warren? —se dirigió a Nick quien miraba el cadáver detalladamente.

—Ramírez me pasó sus datos, pero dice que él sólo encontró el cadáver, es el único testigo que hay, nadie más vio a la chica.

—Bien, pues empecemos a movernos, esto tiene que ser rápido —acentuó McCarthy, y tanto él como Nick Dolan salieron del lugar.

Los dos se dirigieron hacia la sala donde se encontraba la hermana de Jennifer Hill esperándoles, por órdenes de Carlos Ramírez se le había pedido que se quedase para realizar una entrevista. La chica estaba destrozada, había estado llorando todo el tiempo que había estado allí. Cuando le mostraron a su hermana no podía asimilarlo, se encontraba debatiendo entre sus ganas por devolver el estómago y la tristeza que le inundaba.

—Señorita Hill. Soy el Teniente John McCarthy, quiero hacerle unas preguntas —.Se acercó estrechando la mano, a lo que la chica lo sujetó.

—Soy Helen, la hermana de Jennifer —.Continuó pasando saliva e intentando dejar de llorar.

—Lo sé… —añadió McCarthy con seriedad, (siempre trataba con casos de ese tipo, pero sin duda la parte más difícil era hablar con un familiar adolorido por su pérdida) —. Yo sé que está pasando por una horrible situación, pero es necesario que responda las preguntas que voy a hacerle.

—Sí, está bien —dijo Helen mientras se limpiaba las lágrimas.

Nick con las manos dentro los bolsillos de su pantalón, intercambiaba miradas con McCarthy, que a diferencia de él ya se había sentado junto a la chica.

—Bien, dígame. ¿Su hermana tenía algún novio o amigo? ¿Alguien muy cercano?

—No, Jennifer no tenía novio, tenía muchos pretendientes, pero nada formal.

—Bien, ¿recuerda los nombres de los pretendientes? Alguno en especial, el más importante tal vez.

—No, Jennifer no me contaba casi nada —negó con la cabeza y la voz algo ronca.

— ¿Amigos? ¿Conocía a sus amigos?

—Sólo algunos de la escuela… pero de lejos nada más, yo aún voy en el preparatorio. Jennifer se volvió más reservada cuando ingresó a la universidad. Era porrista, salía con sus amigas… tenía muchas… —pausó, y una lágrima rodó por su mejilla—. No puedo creer que este diciendo las palabras «era y tenía».

—Tranquila, vamos a encontrar al responsable, pero necesito que me ayudes.

— ¿Seguro? —.Le miró con los ojos serios.

—Claro que sí.

—Es una ciudad tan grande, con muchas personas… quizá nunca aparezca el responsable. Ella era lo único que me quedaba.

— ¿Y su madre?

—Es aeromoza. Nunca está, siempre se encuentra trabajando. Mi padrastro nos cuida —pausó desviando la mirada.

— ¿Su padrastro? ¿Y cómo es la relación con él?

—Complicada.

— ¿Qué tan complicada?

—Mucho… se enoja por todo… —su voz tembló, como si ocultase algo que no quisiera que nadie supiera.

— ¿Les ha golpeado?

—No —negó abruptamente y se levantó del asiento—. Tengo que irme ya Teniente. Quiero bañarme, comer algo, he estado aquí toda la tarde.

—Bien. Sus datos ya los tomó el oficial, cualquier cosa le avisaremos, es importante que esté pendiente de todo.

—Sí, está bien —dijo bajando la cabeza, y prosiguió a salir.

Nick y John se miraron como si con eso intercambiaran toda la información necesaria, hablaban en el mismo idioma, y sólo bastaba una mirada para saber que pensaba uno y que pesaba el otro.

—Sin duda planeo hablar con el padrastro —concluyó McCarthy.


11

Helen salió a la calle y tomó un taxi para que la llevase a casa. La lluvia no tardó mucho en comenzar a caer. La chica unía con su dedo las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana del pasajero, el taxista sólo la miraba de reojo por el retrovisor.

Cuando llegó a la residencia, pagó al chofer y entró de inmediato. No había nadie, su madre aún no llegaba de trabajar, pudo darse cuenta porque ella siempre dejaba su abrigo en el perchero, y éste se encontraba vacío. Helen se quitó la chaqueta y la colgó junto con las llaves, pensó en subir las escaleras; pero cuando su pie tocó el primer escalón, la voz de un hombre se escuchó provenir de la cocina.

— ¿Helen? —preguntó, mas la chica no respondió—. ¡Maldita sea zorra responde!

El corazón de la chica dio un vuelco y, acercándose lentamente contestó:

—Soy yo… —.Mordió nerviosa sus mejillas.

—Bien, ¿y tu hermana? ¿Dónde está? No la he visto desde ayer.

— ¿En verdad te atreves a preguntármelo? —su voz cobró coraje y sus manos se hicieron puño.

— ¿De qué me hablas?

— ¡Eres un hijo de puta! —gritó con la cara enrojecida y los ojos llorosos.

— ¡¿De qué coño estás hablando?!

— ¡Tú la mataste! ¡Maldito asesino!

— ¿Qué carajo dices? —.Soltó una risa escandalosa—. Ahora si quedaste loca.

Los ojos de Helen seguían llenos de lágrimas, trataba de contenerlas; pero era inevitable hacerlo (ella había pensado huir de casa, y no contaba con que su padrastro estuviese allí, juraba que iba a ser fácil salir de esa casa y abandonarla de una vez por todas).

—Hoy fui a reconocer su cuerpo… la asesinaste. Y todavía tienes el cinismo de preguntarme « ¡¿Dónde está?!»

—Estás loca, yo no he sido. Yo no sabía que estaba muerta.

— ¡Voy a llamar a la policía! ¡Haré que te encierren! —gritó y corrió a su habitación.

— ¡Ven aquí maldita zorra! ¡¿Qué carajo piensas a hacer?! —gruñó y entonces siguió a la chica.

Helen estando a punto de cerrar la habitación, fue detenida cuando el sujeto empujó la puerta con brusquedad, antes de que ella siquiera intentara gritar; el hombre se aproximó ferozmente hacia ella como si fuese un león rodeando a su presa. El corazón de la chica latía violentamente, mientras sus lágrimas no se detenían, y su rostro se encontraba aterrorizado.

—Estoy harto de ti, y de tu maldita hermana. ¡No sé quién carajo le mató! Pero favor que nos hizo.

— ¡¿Cómo te atreves a decir eso?! —exclamó, a lo que el sujeto con una bofetada lo bastante fuerte como para hacerla caer en la cama dijo: —A mí no me gritas maldita perra mal agradecida. Aquí las reglas las pongo yo, y si quieres demandarme te voy a dar un motivo para hacerlo.

Aquel hombre de nombre Wilson, comenzó a desabrochar su cinturón para luego tirar de él y así deslizarlo de su pantalón. Helen pidió ayuda a gritos, sin embargo difícilmente alguien la hubiese podido escuchar, la casa de ellos era tan grande que los sonidos se perdían en ella.

—Grita todo lo que quieras, nadie te va a salvar —.Sonrió el hombre relamiéndose los labios de manera asquerosa.

Casi podía saborear su cuerpo, lo había hecho antes pero nunca había podido terminar, era tan excitante tenerla sola para él. Dieciséis años (la edad perfecta para arrebatarle la inocencia). Ya podía apreciar el poder entre sus manos; oler su miedo, ese miedo que ella transpiraba y lo volvía loco; únicamente delicioso.

Colocó su cinturón de cuero por la mitad, e hizo un ruido cuando estiró y chocó las dos mitades.

—Que hermosa niña —dijo mojando sus labios, y lanzando un golpe con el cinturón contra la chica.

Golpe que ardió al instante de tocar la piel del brazo de ella. La chica gritó tan fuerte como pudo, mientras su rostro enrojecido no paraba de sudar.

Wilson se desabrochó el pantalón mientras mantenía intimidada a Helen, comenzó a acercarse amenazador y la chica de nuevo grito:

— ¡Ayuda por favor! ¡Dios mío! ¡Ayúdenme!

— ¡Cállate! —ordenó al momento que la golpeó con el cinturón una vez más, ella se quejó de dolor.

—Por favor… te lo suplico —comenzó a sollozar en busca de compasión, un reflejo de compasión, aunque sea uno en su mirada. No había, no existía.

— ¡Cállate perra! Haces que pierda la paciencia.

Seguía rondándola, un juego cruel. Ella derrumbada sobre la cama suplicando que todo se quedase simplemente en una amenaza, Él la había tocado antes, sin embargo nunca le había violado, ella tenía tanto miedo, un miedo indescriptible.

—Por favor… déjame ir… —pidió una vez más.

Él con la mano firme y bastante tiesa, le soltó un golpe en la cara que la calló de inmediato.

—Te dije que pararas. Sólo sabes decir por favor, por favor… —comenzó a bufarse—. ¿Crees que me importa zorra? ¿Crees que me importa que tú hermana este muerta? Mejor cierra la puta boca de una buena vez —soltó con desprecio.

La chica continuaba sollozando sin parar, su voz se pausaba, y ella temblaba descontroladamente con las manos pegadas a su pecho.

— Cállate, no volveré a repetirlo —amenazó mientras con el dedo índice y el pulgar presionaba ambas mejillas de la chica con tanta fuerza que incluso logró dejar la marca de sus dedos.

—Déjame… por favor —suplicó una última vez, a lo que el tipo enfurecido enredó sus manos en el cabello de la chica y tiró tan fuerte como pudo.

La chica dio un grito de dolor, y el hombre del cabello la colocó boca abajo. Helen suplicaba con alaridos desgarradores, pero la lluvia y los truenos hacían mucho más difícil que alguien pudiese escucharla.

Wilson dirigió sus manos a la cintura de la chica, y le arrancó los pantalones de un tirón mientras ella movía los pies tratando de dar patadas, él nuevamente enredó su cabello de ella entre sus manos, y tiró aun con más fuerza; a lo que chica lanzó otro chillido.

Se deshizo de sus pantaletas de la joven, él se desabrochó el pantalón, y sin más comenzó a penetrarla con fuerza.

Ella sintió un dolor desgarrador que la hizo estremecerse por completo y lanzar un grito agudo de sufrimiento, el sujeto tiró de su cabello mientras la penetraba una y otra vez sin detenerse. Cada vez con más fuerza. Helen continuó gritando varios minutos, él no paraba, nunca se detendría; los minutos parecían eternos con aquella agonía.

Cuando terminó de violarla vaginalmente, colocó a la chica de espaldas hacia él, y entonces prosiguió a introducirle su miembro analmente. Con todo el coraje que alguien pudiese tener entre y salió de ella de forma tan agresiva que rasgo todas las paredes internas de la chica. Helen gritó más fuerte que nunca, gritó tanto que hasta los dientes le dolieron. Sus ojos parecían un río de lágrimas, sus manos temblaban, y su cuerpo estaba helado.

Wilson continuó introduciéndose en ella cada vez más rápido, cada vez con más fuerza. Hasta que terminó. Se detuvo de golpe; para ese momento Helen ya había dejado de gritar, sólo abría y cerraba los ojos absorta de su realidad, como si su mente hubiese abandonado su cuerpo en ese instante, era una manera de protegerse del infierno por el que estaba pasando. Las manos de Wilson se detuvieron a los lados del rostro de la chica, embarrando con sangre las sabanas de la cama, sangre que había salido de Helen; una sangre que se sentía caliente, de la cual el aroma a hierro se desprendía e impregnaba la habitación.

La respiración de ese sujeto era rápida, tratando de moderarse, para él era el placer más puro que jamás hubiese sentido, una sensación de estar en el nirvana, algo realmente repugnante para cualquiera; el mejor orgasmo de su vida incluso. Su rostro se dirigió hacia arriba, aspiró el olor de la sangre mientras Helen boca abajo mantenía los ojos abiertos e inexpresivos, le había robado la vida.

Wilson se levantó de la cama sacando su miembro de Helen; ella sólo arrugó la nariz ante tal acto, ya no podía siquiera gritar, su garganta se había desgarrado de tanto suplicar. Su padrastro salió de la habitación llevándose con él su inocencia para no traerla nunca más, mientras Helen se quedaba acostada en la cama incapaz de poderse mover, el dolor por dentro era grandísimo, relativo a romperse varios huesos. Entre las piernas le punzaba tanto, le ardía, ya no sabía qué tipo de dolor sentía; lo único que sabía era que no podía levantarse. Abrazó su almohada, y pidió a su hermana que donde quiera que estuviese se la llevase con consigo.


12

John McCarthy llegó a paso a apresurado a la morgue, Hui Wong ya le esperaba en el recinto. El Teniente se aproximó a abrir las puertas del cuarto al momento que Wong se retiraba los guantes con los cuales había terminado de examinar el cadáver.

— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó John de inmediato.

—Te mostraré algo, no te va a gustar —advirtió Hui.

Hui Wong se acercó a una plancha donde reposaba un cuerpo cubierto por una sábana blanca. McCarthy miró con curiosidad el bulto, mas su nariz se respingó por ciertos olores que podían percibirse en el área, olores a los que parecía estar acostumbrado Hui Wong.

Wong retiró la sábana de un tirón, dejando únicamente descubierto el rostro de la chica. McCarthy respiró profundo al reconocer el cuerpo de la muchacha que se encontraba tendida en esa plancha.

— ¡Dios! Es Helen, apenas ayer hablé con ella. ¿Qué le ha sucedido?

—Esto que voy a decirte no es fácil John. La causa de muerte fue un shock hipovolémico, ocasionado por la pérdida de sangre que sufrió tras cortarse las muñecas.

— ¿Por qué haría algo así? —interrogó uniendo el entrecejo.

—La chica sufrió abuso sexual, presenta hematomas en los muslos, las paredes vaginales y anales se encuentran completamente rasgadas. Su abusador realmente quería dañarla como no tienes una idea, prácticamente casi le destrozó la vagina —hizo una pausa para dirigirse a un joven de lentes que se encontraba pesado un hígado—. Doctor Hawkins, puede por favor pasarme la tabla de anotaciones.

—Claro que sí —indicó con cortesía, para luego retirarse un guante y aproximarse a Wong—. Aquí tiene.

—Gracias —comentó y luego el muchacho continuó con sus actividades en la morgue—. Mi nuevo pasante, debo decir que es muy inteligente, el mejor que me han otorgado hasta ahora —dijo a McCarthy.

—Me cuesta creer lo que le han hecho a esta chica —continuó McCarthy aun sin poder dejar de mirar el cadáver.

Helen tenía mucha similitud a su hermana, a pesar de la diferencia de edades, podía incluso confundirse con Jennifer. Era rubia igual que ella, aunque más baja en estatura, y con los ojos adormilados y de color miel. Su cuerpo ahora lucía frío y pálido; y a pesar de no verse más allá de su pecho, John podía imaginarse los cortes en sus muñecas, podía incluso imaginarse los moretones entre sus piernas, no era la primera vez que había presenciado un cadáver con signos de violación; pero a pesar de ello, no dejaba de ser algo en verdad horroroso.

— ¿Tienen al bastardo? —preguntó el Teniente.

—Está con Nick en estos momentos.

—El padrastro —afirmó sin más.

— ¡Caray John! ¿Eres psíquico o qué? —admitió con sorpresa.

John sin responder se dio media vuelta y salió apresurado. Mientras Wong se rascaba la cabeza con cierto desconcierto.

Cuando McCarthy abrió la puerta en el cuarto de interrogatorio. Wilson Philips se encontraba tendido en el suelo con una silla de madera aprisionándole el cuello. Un hombre alto, más delgado que McCarthy, de cabello oscuro, ojos negros, y de aspecto latino, con un atractivo bastante natural y notorio (podía incluso verse más joven que John, unos treinta y siete años quizá, mientras McCarthy ya circulaba por los cincuenta), se encontraba montado encima de Wilson; tanto que incluso podía verse la cara enrojecida del sujeto tratando de quitárselo de encima.

—Dime pedazo de mierda. ¿Por qué asesinaste a la otra chica?

—Yo… no… fui… —tartajeó con dificultad.

La voz de John se elevó un poco para dar una orden que claramente pudo escucharse.

—Déjalo Nick. Ya basta, no vale la pena.

Nick Dolan, retiró su pie de la silla, y liberó al sujeto, quien sin más trató de recobrar la respiración apresuradamente.

—Levántate —señaló John tomándole la mano a Wilson.

Una vez de pie, Philips se masajeó el cuello, y miró con recelo a Nick, quien con una mirada seria le recorrió de pies a cabeza. Dolan se colocó de espaldas a John e intentó no intervenir demás.

—Toma asiento —indicó McCarthy al sujeto, quien sin más obedeció—. Vamos a hablar.

Con una sonrisa marcada en cinismo, Wilson respondió.

—Así que el policía bueno y el policía malo.

—Él es el policía malo, yo soy peor, no te confundas. A Nick le gusta divertirse, a mí no, sólo te disparé —enserió.

—Está bien, ¿qué quiere que le diga?

—Ya sabemos que tú violaste a Helen Hill. Ahora dime. ¿Por qué asesinaste a Jennifer?

—Yo no la maté. No sabía que estaba muerta, Helen me dijo.

—Y entonces la violaste —afirmó.

—Yo no hice nada —negó cínicamente.

—No importa, tenemos muestras de ADN tuyas, todo te inculpa. Y como no quieres decirme nada de Jennifer, te procesaré por violación, te mandaré a prisión; y allí habrá dos enormes tipos esperándote, les gustan los bastardos como tú. Te harán su perra, y te recomendaré muy bien con ellos, así que piénsalo. Te daré tiempo para que pienses en lo que hiciste con Helen, y en lo que hiciste con Jennifer —sentenció.

—Yo no maté a nadie.

—Ya veremos. Nick, llévate esta basura de mi vista, o vomitaré sobre de él —indicó.

Nick tomó de la solapa al sujeto que tenía las manos esposadas por delante, y lo condujo hacia la salida a empujones.

Una hermosa joven pelirroja con una coleta perfectamente peinada, alta; con una ropa tipo sastre que dejaba apreciar la belleza de su delineada figura. Pasó junto de Nick, quien sin más se alegró al verla, y no ocultó ni un poco su entusiasmo al saludarla.

—Katrina, ¿Qué bien luces? —aduló el detective.

Katrina simplemente sonrió con esos hermosos labios pintados de un tenue color naranja, y después respondió:

—Hola Nick. ¿Y éste quién es? —preguntó en referencia a Wilson.

El hombre sin dejar que Nick Dolan respondiese, atajó al momento:

—Soy quien te hará feliz hermosa. Te daré a probar algo que no olvidarás.

Katrina se aproximó al hombre con un paso seductor y una ceja arqueada.

— ¿Cariño estás muy caliente? —indagó cambiando la voz.

—Lo suficiente para ti —respondió relamiéndose los labios.

—Creo que necesitas enfriarte —finalizó, y uniendo acción a la palabra. Levantó su rodilla incrustándosela en medio de las ingles al tipo, quien pegó un grito de dolor y se dobló enseguida.

Nick celebró sin más, y después continuó diciendo:

— ¡Vaya que le enfriaste los cojones!

La voz de McCarthy sonó a las espaldas de todos.

— ¡Ya Nick, llévatelo! —ordenó, a lo que el detective obedeció. Después se dirigió a la chica—. Katrina, ¿qué haces?

—Nada jefe, sólo ponía unas cosas en su lugar —señaló con inocencia.

—Creo que las has puesto demasiado bien, ese bastardo es un violador. Y creo que es el asesino que buscamos.

—El tipo de la rosa.

—Sí, el mismo. Era el padrastro de la chica muerta, violó a la hermana menor, y ésta se suicidó.

—Maldito cerdo —expresó.

—Veremos que pague por ello. Necesito encargarte algo, aún no se ha cerrado la investigación, necesito que vayas con Dolan a la universidad donde estudiaba Jennifer. Quiero que averigüen con quien se relacionaba, sus amistades deben ser muchas, ella era porrista.

—De acuerdo Teniente, cuente con ello. Le diré a Nick.

—Creo que te acompañará con mucho gusto.

Katrina sonrió con cierta gracia ante el comentario, para luego finalizar.

—No lo dudé.


13

Ian Hartman se dirigió a tomar el periódico que se encontraba sobre su mesita de estudio, aquella ubicada en su habitación donde solía realizar los trabajos universitarios que le encargaban.

Se detuvo a mirarlo recorriendo sus ojos hacia la sección donde se mencionaba la muerte de Jennifer, los periódicos no habían dicho mucho al respecto, a pesar de que el morbo de las personas iba en aumento, se ahorraban los comentarios que pudiesen malinterpretarse, sólo estaba presente el suceso de la rosa, sin profundizar más en el tema. El hecho de que el corazón hubiese sido arrancado de la chica no estaba presente en la noticia.

Ian se asomó por la ventana de su alcoba, y pudo percatarse de que ya era noche, incluso las calles comenzaban a notarse solitarias, y el vecindario en general dormía.

Su teléfono celular vibró golpeándose ligeramente en el escritorio, el chico abrió la llamada después de leer el nombre de Anabella.

—Hola amor, ¿ya te sientes mejor? —escuchó al otro lado de la línea.

—Sí, ya estoy mejor. Aunque… —pausó sin poder continuar.

—Me enteré de lo que ocurrió con la chica de tu universidad, lo lamento Ian.

—En realidad no sé cómo reaccionar ante ello.

—Sí quieres que te acompañe al funeral sólo dime.

—No creo poder ir… no me siento listo para algo así.

—Podríamos salir para que te distraigas, pronto será tu cumpleaños.

—No tengo mucho interés en celebrarlo —dijo con desanimo.

—Vamos Ian, todo estará bien.

— ¿Lo juras?

—Trataré de hacerte olvidar —dijo intentando sonreír.

—Gracias Annie… creo que dormiré un poco.

—De acuerdo, cualquier cosa llámame. Te amo.

—Está bien —finalizó sin ganas, después colgó la llamada.

Ian Hartman se quedó unos minutos meditando lo sucedido con Jennifer, y es que por más que trataba de olvidarlo, le era imposible hacerlo.

El chico se acercó nuevamente a tomar el periódico, se dirigió a uno de sus cajones y extrajo una libreta junto con unas tijeras; sin más, cortó la noticia y la guardó en el cuaderno. Tomó uno de los muchos bolígrafos que tenía dentro una especie de taza, y entonces se sentó para después escribir en el cuaderno.

Hoja por hoja fueron plagándose de letras, letras que describían la pesadilla que había tenido sobre la muerte de Jennifer Hill, pesadilla que no había quedado en un simple sueño, pesadilla que había pasado a convertirse en su realidad. Detalladamente fueron las palabras que narraron lo acontecido, fue hasta que finalizó después de haber escrito en cuatro hojas. Los ojos de Ian dieron una rápida leía para luego quedarse pasmado mirando hacia la libreta, pronto se aproximó a guardarla nuevamente en el cajón. Se dirigió a su cama; tomó una pastilla de Aspirina que se encontraba junto a su cama sobre una mesita de noche, y después se la pasó con el agua que tenía dentro una botella junto a la misma pastilla. Los ojos de Ian se cerraron, para después recostarse sobre la cama y quedar en un profundo sueño.

Un profundo sopor lo atrapó, y las imágenes empezaron prontamente a aparecer. Ian no podía ver su rostro, más podía notar sus manos que se encontraban enfundadas por unos guantes negros de tela; aparentemente vestía de sudadera y pants, incluso se sentía así mismo corriendo.

Una vereda se visualizó, aquella en la cual solían acudir personas a ejercitarse, Ian la recordaba porque había ido un par de veces con Anabella a correr. Estaba precisamente a los costados de un parque muy conocido, mas en esos momentos se encontraba especialmente solitario. La vereda atravesaba un pequeño bosquecillo; bosquecillo que pronto Ian atravesó, para después toparse con una silueta conocida para él.

Una chica de cabello rojizo y rizado se hallaba con unos auriculares colocados en ambas orejas, parecía mover los labios mientras cantaba en bajo una canción desconocida para Ian. Mas el chico pronto le dio alcance para saludarla.

—Hola linda —escuchó una voz que para Ian no era propia, era como si hablara alguien más a través de su boca, tal como le había ocurrido la primera vez.

—Hola —saludó con familiaridad la chica mientras se retiraba un auricular. Era Quinn Alexander, no había duda.

Apenas empezaba a amanecer, eso podía notarse claramente porque la luz todavía no era tanta, incluso algunas zonas aún estaban oscuras. Posiblemente circulaban entre las cinco y seis de la mañana, algo que Ian no podía terminar de afirmar.

—Es bueno verte, ¿Cómo estás? —dijo estrechando la mano Quinn.

—Bien, he venido a ejercitarme un poco. ¿Puedo hacerte compañía? Esto está muy solo —continuó Ian.

—Claro, que mejor que correr con alguien. La verdad es que venir sola muchas veces no es tan divertido.

—Bien, no se diga más —.Sonrió, o al menos así lo sintió él; pues sus labios parecieron desplegarse.

Los ojos de Ian Hartman se pasearon discretamente por los alrededores, no se veía ni un alma, todo estaba completamente solitario; todo era demasiado perfecto; para cometer el crimen perfecto.

A unos metros más adelante, había una pequeña brecha que abría hacia adentro del bosque, no tardaron mucho en llegar a ella y adentrarse. Ian miró atentamente a su compañera, quien le regresó la expresión con una sonrisa amistosa. Mas antes de siquiera darle tiempo de hablar, la empujó violentamente dejándola caer al interior del bosque.

Quinn no tuvo tiempo de preguntar razones del porque tal acción, simplemente todo transcurrió tan rápido que pareció irreal.

El cuerpo de Ian Hartman saltó encima de la chica como un felino dispuesto a destrozar a su presa. La joven había quedado boca abajo, e Ian se había montado sobre su espalda sin dejarla incorporarse. Ella rasgaba asustada todo a su alrededor, mas no había nada que pudiese auxiliarla, ni siquiera una roca que pudiese ayudarla a librarse.

De bolsillo de su sudadera, las manos de Ian extrajeron una cuerda muy parecida a la que había utilizado con Jennifer, la enrolló en el cuello de Quinn, y apretó con fuerza para estrangularla. Las manos de Quinn Alexander comenzaron a asirse del pasto, como si con ello se aferrara a la vida, como si con ello pensara que podía siquiera detenerlo. Sus pies golpearon el piso con desesperación, se movía haciendo que Ian se menease por encima de ella tratando de detenerla; mas eso sólo le divertía. La sonrisa en los labios de él se dibujó como si una oleada de orgasmos le recorriera el cuerpo, verla agonizar se estaba convirtiendo en algo realmente agradable. Una sensación se desprendió de su mente, como si asesinar fuese un arte inigualable. Si tan sólo hubiese podido alimentarse de los sollozos de la chica, de los impulsos por gritar, se hubiese vuelto inmortal.

Poco a poco, el enrojecido e hinchado rostro de Quinn comenzó a dejar de mostrar expresión alguna, su cuerpo languideció cayendo en una muerte que no había dejado más que rastro de perversión a su paso. Los colores se extinguieron, y la luz se apagó para jamás volver a encenderse.

Las manos de Ian la liberaron, dejando de presionar el cordón con el cual la había estrangulado. Se colocó de pie para poderla apreciar. Se veía como una verdadera obra de arte, hermosa, más hermosa que nunca.

Él se retiró los guantes de tela que le cubrían las manos, para dejarse colocados los de látex que previamente había llevado consigo bajo sus guantes negros. Metió una mano entre la cintura de su pantalón, y adquirió un cuchillo de cazador que llevaba dentro la funda atada a su cuerpo. Miró atentamente a la chica, y después se inclinó a ella. La adrenalina le corría por el cuerpo como una descarga electrizante, no podía ocultar la ansiedad por empezar su obra.

Se acercó a cortar la blusa de la chica, para después arrancar el sostén y llegar hasta su pecho. Acto seguido, hizo un corte profundo sin demora alguna, la sangre ya había comenzado a coagular, tal como la primera vez; por eso era escasa, aunque eso no dejaba de marcar la escena como un escenario sanguinario y macabro. Después de realizar tal corte, se hizo camino hasta el corazón seccionando algunos huesos. Por momento miraba los ojos de la chica, aquellos ojos verdes con la pupila dilatada que no volverían a dejar pasar la luz.

Para finalizar su cometido, se dirigió al corazón, lo vio antes de arrancarlo, lo observó como si hubiese llegado a un tesoro sumamente valioso. Era algo hermoso, rojo, radiante, único. Las manos de Ian, aunque él no las reconocía como suyas, se aproximaron a tomar el corazón. Lo jaló con fuerza, seccionando algunas arterias que lo sujetaban, como si se aferraran a éste para no dejarlo ir. Mas pronto el corazón sería suyo y de nadie más.

Cuando por fin obtuvo el órgano, lo miró entre sus manos adulando cada detalle de éste, lo acercó a su rostro; cerró los ojos, y aspiró el aroma que desprendía (un olor a sangre, la misma sangre que esa misma mañana se había derramado en aquella brecha).

Sintió que la saliva era pasada por su lengua, llevándola a sus labios; labios que seguía sin poder identificar como suyos. Dentro sus mismas ropas, sacó una bolsa de plástico de color negro, y después metió el corazón allí dentro, cuidando de que no se maltratase, era algo sumamente delicado; y lo que menos quería era dañarlo.

Limpió la hoja del cuchillo con las ropas de la chica, después prosiguió a guárdalo dentro la bolsa de su sudadera. Casi concluyendo con todo, extrajo de su otro bolsillo una rosa de rojo intenso. Los pétalos de la roja se deslizaron desde el interior de sudadera; para después llegar a la mano de Quinn.

Ian, tomó con delicadeza la mano de la muchacha, y de manera macabra colocó entre sus dedos la flor, para después cerrarlos como si ella la sujetase.

Su cabeza se ladeó un poco, y por ultimo llevó su mano al interior de su tercer bolsillo, para extraer una pequeña cámara fotografía, y así capturar la escena. Enfocó el inerte cuerpo de la chica, y disparó la fotografía, guardando su obra como su más preciado arte. Lo había disfrutado, lo había disfrutado más que la primera vez.

Sin más que hacer, tomó la bolsa con el corazón dentro, y se marchó del lugar dando por finalizado todo.

Ian Hartman abrió los ojos sudando copiosamente, los rayos del sol entraban delicadamente por su ventana. El chico se levantó de un salto, abrió apresuradamente la puerta del baño, y corrió en dirección a la bacinilla para vomitar.

—Ian. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó su padre con un tono de preocupación.

El chico no respondió, simplemente siguió con las arcadas que no dejaban de provenir desde lo más profundo de su garganta.

—Ian responde, ¿Qué pasa? —Inquirió nuevamente el hombre mientras tocaba la puerta del baño—. Ian abre, ¿Qué pasa?

—Estoy… estoy bien… —dijo pausadamente tratando de respirar.

— ¿Estás enfermo?

—No sé… no sé… —repetía con insistencia.

— ¿Qué pasa? —nuevamente preguntó, mas en ese momento la puerta del baño se abrió.

Ian se limpió con una toalla, mientras la palidez en su rostro de hacia notoria, sus ojos se veían cansados, y unas ojeras comenzaban a formarse bajo de éstos.

—Ian, ¿quieres ir al médico?

—No, estoy bien. Sólo he tenido un mal sueño.

— ¿Seguro?

—Sí —asintió con cansancio.

—Bien, vayamos a desayunar.

—No tengo hambre —negó con nauseas.

—Debes comer algo, no quiero que te enfermes. Te serviré un poco de jugo, eso te ayudará —indicó.

Ian a paso lento y cansado, siguió a su padre en dirección a la cocina, ambos bajaron los escalones; para después llegar al comedor.

—Toma, bebe un poco. Te hará sentir mejor —señaló Rick Hartman, mientras extendía un vaso con jugo—. ¿Quieres contarme lo que te pasa?

—Estoy bien.

—Podemos ir al médico.

—No papá, estoy bien —dijo un poco irritado.

—Hice huevos con tocino. ¿Quieres un poco?

—No, la verdad tengo nauseas, no quiero comer nada.

—Bien, te dejaré servido el plato. Tengo que irme a trabajar, si pasa algo me dices —pausó mirando a su hijo, quien con una mirada perdida se había sentado en una silla—. Ian me preocupas, ¿seguro que no pasa nada?

—Estoy bien. Ve a trabajar.

—De acuerdo, estaré al pendiente de lo que sea que necesites.

—Gracias.

Rick Hartman sacó su billetera, y depositó un billete de cien dólares sobre la mesa. Después señaló:

—Cómprate algo, si necesitas más, utiliza mi tarjeta. Descansa un poco, debo irme. Cualquier cosa llámame.

—No te preocupes, lo haré.

Rick Hartman se dirigió hacia la salida, y con una señal de saludo se despidió de su hijo; para después dejar la casa.

Era fin de semana, mas Rick había tenido trabajo extra, una pareja había decidido mudarse, y no podían otro día más que ese para que se les enseñasen la casa.

Ian se levantó inmediatamente, fue en dirección al sofá de la sala, y prendió la televisión justamente en el canal de noticias; había un sujeto dando el estado del clima, algunas cosas de política y deportes. Ian suspiró aliviado, al parecer esta vez sólo había sido una terrible pesadilla.


14

Un delicioso aroma a carne y salchichas se desprendía del asador, para después dirigirse como un seductor fantasma hacia las narices de los invitados.

John McCarthy se encontraba vestido con un delantal y un curioso gorro de cocinero, mientras con unas tenazas daba vuelta a la carne para que ésta terminase de guisarse. Su hijo John se hallaba junto a su esposa Kendra, quien junto con sus pequeñas gemelas había acudido a la reunión familiar.

—Dallas Cowboys hará pedazos a Chicago Bears. Que no quepa duda —decía John Jr. Mientras abría su cerveza de lata.

—No lo creo, Chicago Bears siempre ha sido el mejor equipo, y hoy no será diferente —afirmó Bart (el esposo de Elisa, la segunda hija de McCarthy).

— ¡Joder Bart! Tú lo dices porque eres de Chicago, no puedes dejarte guiar por eso, Dalla Cowboys le pateará el culo a Chicago Bears y lo sabes —debatía John, justo al momento que su hermana Elisa se aproximaba a ellos.

—Yo apoyo a Bart —dijo Elisa besando los labios de su esposo, quien se encontraba en una silla sentado al igual que John frente al televisor.

— ¡Traición! —Chilló John.

— ¿Ves? Chicago Bears manda —añadió Bart elevando la ceja.

—Mentira, no hay equipo mejor que Houston Cougars.

—En eso te apoyo —respondió McCarthy desde el asador con una sonrisa de aprobación.

—Oye viejo, ¿Cómo se llamaba el jugador estrella de hace como veinte años? Era muy bueno —comentó John a su padre.

McCarthy pensó un poco antes de responder.

—Te refieres a Rick Hartman.

—Sí, creo que sí. Ese pintaba para ser uno de los grandes.

—Sí, jugó dos temporadas y se retiró por una lesión, Dios sabrá qué pasó con él.

—Bart dice que no hay nada mejor que Chicago Bears.

—No ha de conocer mucho de futbol —dijo McCarthy entre risas.

—Después de la paliza que les darán a los Dallas Cowboys me reiré yo de ustedes —bromeó Bart.

— ¿Cómo van las carnes papá? —preguntó Elisa.

—En eso estoy princesa —dijo sonriente el Teniente.

Lucy McCarthy, la esposa del Teniente, no tardó mucho en anunciar que su famosa ensalada ya estaba lista, con una sonrisa se dirigió al jardín donde todos se hallaban con un enorme tazón entre las manos.

—Ahora sí, ya está todo listo para la comida.

—Amo su ensalada Lucy —expresó Kendra con una sonrisa.

— ¿Amor como van las carnes? —preguntó Lucy.

—Ya casi. Acércame la charola para colocar esto —continuó refiriéndose a la comida.

—Voy cariño —respondió la mujer solícitamente.

— ¡Papá! Mira quienes han llegado —anunció John interrumpiendo la reunión familiar.

En las puertas corredizas que daban acceso a la terraza, pronto se perfilaron las siluetas de Katrina Sikorski y Nick Dolan; al verles McCarthy, de inmediato sonrió.

—Hola chicos, adelante, únanse a la fiesta —comentó el Teniente.

Nick avanzó unos pasos seguido de Katrina. A su paso de ambos una de las gemelas corrió a abrazar a Dolan, y con un gesto de alegría dijo:

— ¡Nick! La abuela ha hecho ensalada de la que te gusta.

—Que rico —añadió con una sonrisa el detective.

La pequeña se alejó junto con su hermana, y ambas siguieron corriendo tras aquel perro Golden que habían llamado Sebastian.

—Hola jefe —saludó Nick acercándose al asador.

—Bonita fiesta —continuó Katrina.

—Es domingo, a mis hijos se les ocurrió este convivió, así aprovechábamos ver un poco de futbol.

—Jefe… —pausó Nick desviando la mirada no muy seguro de lo que diría—. Lo que hemos venido a decirle no es muy agradable.

En automático la sonrisa de McCarthy se borró de su rostro, y pronto frunció el ceño.

— ¡Mierda! ¿Ha confesado Philips? —indagó enseguida.

—No jefe —negó el detective Dolan.

—De hecho no creemos que sea él —terció Katrina.

— ¿Cómo?

—Ha aparecido otro cuerpo. El doctor Wong nos envió para que viniéramos por usted.

— ¡Joder! ¿Dónde está el cuerpo?

—Ya está en la morgue —indicó Katrina.

—Podría verlo mañana, no irá a ningún lado —trató de bromear Nick.

—De ningún modo —añadió McCarthy, luego extendió—. Los acompañaré ya mismo.

Lucy enseguida se acercó a su esposo, y con una mirada que claramente detonaba seriedad prosiguió a preguntar.

— ¿Pasa algo John?

—Debo ir a la jefatura —informó el Teniente.

— ¿Por qué? ¿Acaso no es tu día de descanso? —continuó interrogando Lucy.

—Lo siento amor —intentó controlar la situación, para luego proseguir—. Pensé que te habrías acostumbrado ya.

—No, no me acostumbro —negó enfadada.

—Lo lamento, no era nuestra intención —disculpó Nick.

—Está bien chicos —atajó McCarthy—. Iré con ustedes.

Katrina y Nick, se dirigieron hacia la salida; mientras McCarthy con un besó se despidió de su esposa, quien no muy convencida intentó entenderle.

—Explícale a los muchachos —comentó el Teniente a su mujer.

McCarthy se despojó del delantal, y extendió el gorro a su hijo quien se acercaba a él.

—John —al momento dijo el Teniente—. Te paso la estafeta.

El joven comprensivo de que algo ocurría, simplemente sonrió a su padre y comentó:

—Está bien papá, no te preocupes. Yo me encargo.

Sin más que decir, el Teniente McCarthy se marchó.

Hui Wong se encontraba dentro el depósito de cadáveres, parecía inquieto, e incluso sus manos se movían ansiosamente. Fue entonces cuando McCarthy atravesó las puertas de la morgue, detrás le acompañaban Katrina y Nick.

—Hola Teniente, detectives —saludó Wong con una sonrisa discreta.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó enseguida McCarthy.

—Otra muerte, parece ser el mismo modus operandi. Síganme —indicó el médico.

A su paso avanzaron el Teniente y sus dos detectives, durante ese tramó en dirección al cuarto, McCarthy se aceró a Wong y éste de inmediato preguntó haciendo de la situación algo menos melancólica.

— ¿También estropearon tu fin de semana?

— ¿Tú también? —curioseó John.

—Iba a ir con mi familia a la playa —explicó.

— ¡Qué cosas! —expresó, y en ese momento se abrieron las puertas.

Unas mesas metálicas se visualizaron, en las cuales yacían tres cuerpos cubiertos por unas sábanas. Aquel lugar era claramente donde solían practicarse las necropsias, y donde Wong pasaba la mayor parte de su tiempo, incluso más que en su propia casa.

Un olor incomodó a los tres detectives, incluido McCarthy, quien sólo intentó aguantar un poco la respiración hasta que se acostumbrase a ese hedor. Por su parte Nick Dolan, que poco discreto era, expresó:

—Es como entrar a una tienda de jamones.

Katrina Sikorski le miró con un gesto de desaprobación, mas Wong simplemente ignoró el comentario, y se dirigió a una de las mesas; de un tirón descubrió el cuerpo que reposaba bajo la sábana.

Era una joven que podía decirse que había sido hermosa, de cabello rojo ensortijado. Mas un enorme agujero hacía de su belleza algo realmente grotesco, un enorme agujero que se encontraba justo en medio de su pecho, lugar donde antes un corazón había existido. Se sentía rígida, fría; y esa palidez se acompañaba de un tono morado que justamente se hacía más presente en su rostro. Sus labios estaban azules, y su cuello se encontraba marcado alrededor.

—Dime Wong, ¿Qué demonios pasó esta vez? —indagó McCarthy.

—Lo mismo Teniente, demasiadas cosas que nos llevan a pesar que es el mismo autor de la primera víctima. Primero la estranguló con un cordón, después la abrió y le extrajo el corazón, finalmente dejó la rosa en su mano derecha. Mas en esta ocasión utilizó otra herramienta.

— ¿Tenemos un serial?

—Así parece. Está vez lo hizo con un cuchillo de cacería.

— ¿Y la rosa?

—La envié al laboratorio, tengo un amigo del FBI en Washington.

— ¿En qué nos ayudará eso?

—John, existe el ADN vegetal, comprobaremos si las rosas provienen del mismo lugar —explicó.

—Algo difícil —añadió Nick, luego alargó—. Pudo haberlas obtenido de cualquier sitio.

—Nick tiene razón, existen miles de florerías en la ciudad —comentó Katrina.

—Esperemos que la suerte nos ayude —continuó John.

—Hay algo más —pausó Wong—. El asesino cada vez se hace más violento. La hemos encontrado en un bosque, al parecer la arrastró hacia adentro para que nadie les viese. Pero por las huellas que había a la entrada del camino, todo indica que hubo una lucha; ella tiene pasto en las manos, la tenía boca abajo, el tipo se montó encima de ella. El cuerpo presenta hematomas en la espalda —indicó al momento que volteaba el cadáver para señalar unas marcas que se encontraban justamente en la espalda de la chica—. Le colocó las rodillas encima para poder estrangularla.

— ¿Hay fibras?

—Quizá algunas, pero no nos dirán mucho. No hay cabellos, si al menos tuviésemos el cordón con que las asesina podríamos determinar quizá el ADN.

—Las chicas eran del mismo colegio —afirmó Nick.

—Bien, entonces quiero que investiguen a todos los alumnos, maestros, familiares; y de ser posible hasta al maldito cura que la confesaba.

—Lo haremos —asintió Nick.

—Wong, mantenme informado de cualquier cosa. Estaré en mi oficina —finalizó McCarthy.

—De acuerdo —ratificó Hui.

John McCarthy se dio vuelta para marcharse del lugar, por otro lado Nick y Katrina se miraron, para después escuchar a Wong decir:

—Creo que tienen trabajo, el Teniente no está muy feliz con todo esto.

—Sí, hay mucho por hacer. Tenemos que encontrar a ese desgraciado —afirmó Nick.


15

—Ya estoy lista —anunció Anabella desde el probador.

Ian por su parte se encontraba sentado en un sillón donde solían esperar todos aquellos que iban de acompañantes a aquella tienda de ropa donde la mayoría de las mujeres pasaba el tiempo comprando.

— ¿Cómo me veo? —preguntó la chica al momento que se abría la puerta del vestidor.

Ian Hartman sin prestarle mucha atención le miró de reojo, para toparse con su novia envuelta en un vestido de color rojo que le caía a la perfección en su delineada figura.

—Hermosa… —alagó sin muchas ganas.

— ¿Éste o el otro? —averiguó en referencia al anterior vestido de color celeste que se había probado minutos antes.

—Cualquiera de los dos está bien —afirmó apoyando su barbilla sobre su mano derecha.

—Ian… ¿Qué rayos te ocurre? —Indagó con el ceño fruncido—. Me estás ignorando —dijo cruzándose de brazos.

—Annie lo lamento, es sólo que hoy estoy algo distraído —justificó.

— ¿Qué ha pasado esta vez?

—Nada. No me hagas mucho caso, quizá es la presión por haber regresado a la universidad.

— ¿Seguro?

—Sí —asintió, entonces alargó—. Te ves hermosa.

Una sonrisa se notó en el rostro de la chica, quien lo miró con ternura.

— ¿Éste o el otro? —nuevamente preguntó.

—Ambos —aprobó con una sonrisa.

Ian podía notarse pálido, e incluso más delgado, demasiado estrés estaba acabando con su imagen. Sin embargo trataba de mostrarse fuerte ante Anabella, pues no quería preocuparla; aunque eso no estaba funcionando del todo.

— ¿Hay algo que yo pueda hacer para quitarte el estrés? —preguntó la chica.

Ian sin responder al momento, la miró de arriba hacia abajo, se mordió el labio inferior, y con una sonrisa seductora comentó:

—Yo diría que sí.

—Dime —pidió ella.

Ian se levantó del sillón, caminó hacia Anabella, y miró de reojo hacia todos lados para cerciorarse de que no hubiese nadie cerca. A varios metros se encontraba la encargada de la tienta, quien distraída observaba su teléfono celular con una disimulada sonrisa.

Ian tomó de la mano a Anabella, y rápidamente se introdujo con ella a los probadores. Cerró la puerta y la llevó contra la pared; la espalda de la chica chocó suavemente con el muro, para después recibir los labios de Ian contra los suyos.

La boca de Ian devoró la de Anabella en un beso que pronto se volvió feroz y cargado de pasión; las manos de él se deslizaron a la cintura de ella para levantarla. Pronto las piernas de la chica se enrollaron alrededor de la cadera del chico, quien sin dejar de besarla comenzó a llevar sus manos ágilmente hacia debajo del vestido. Sus dedos de la chica se aferraron a la camisa del chico, aquel que sin dejar de mover las manos, bajó la cremallera de su pantalón para después hacer descender su bóxer, y próximamente introducir su miembro en la joven.

Anabella con las pantaletas aún puestas, simplemente las hizo a un lado con una mano para poder dejar que él entrase en ella. Un gemido se ahogó entre sus labios cuando Ian la besó capturando toda esencia de ella.

Sus movimientos del chico eran cada vez más rápidos, como si no pudiese detenerse; la chica se golpeaba ligeramente contra la pared que se encontraba tras de ella, las manos de Ian se recargaban a los costados de la chica, mientras los brazos de ella se sostenían del cuello de él.

Alrededor todo se volvió intenso, y un calor los abrazó como si quemara. Los labios de Ian continuaban besando los de ella sin soltarlos ningún segundo, las manos de ella cada vez presionaban más la espalda de él en un afán porque no se detuviese y fuese más rápido.

Mas algo pronto cambió; a su mente de Ian aterrizaron los recuerdos de aquellos homicidios que había presenciado en sus sueños. La última mirada de Jennifer se clavó en su mente, el corazón de Quinn se estampó en sus ojos una vez más, la cuerda con la cual Jennifer había sido estrangulada la vio reflejada entre sus dedos, y las manos de Quinn tratando de aferrarse al pasto se vieron una vez más entre sus recuerdos.

Ian aceleró sus movimientos, haciendo que Anabella contuviese un chillido de placer contra el cuello de él. Ian la miró una vez más para toparse con el rostro empañado de sudor de la chica. El cabello humedecido del chico le cayó en el rostro, y sin esperar un minuto más la besó nuevamente; se aferró a ella como si quisiera arrancarle los labios, y después sus dientes se clavaron en el labio inferior de la chica; lo que al momento hizo que ella emitiera un pequeño gritó de dolor, a lo que de inmediato lo empujó; haciendo que el chico se hiciese para atrás enseguida.

— ¿Qué? —preguntó Anabella mientras se llevaba una mano a la boca.

La sangre que salía de la mordida de su labio era intensa, el rojo había manchado los dedos de sus manos, para luego hacerla sentir el sabor a hierro característico de la sangre.

—Lo siento… —habló el chico un poco agitado mientras subía su pantalón.

—Vaya que parecías una bestia —expresó sonriendo la chica.

—Creo que debería salir antes de que alguien nos vea —señaló nervioso.

—Está bien —pausó extrañada ante la situación, aunque la excitación aún no terminaba de irse—. Te veré afuera.

—Bien —asintió.

—Espera —le detuvo ella, a lo que atrayéndolo hacia sí, estampó sus labios una vez más—. Te amo, te veo afuera.

Ian movió la cabeza en señal de asentimiento, y salió del vestidor, para dejar a Anabella extasiada ante la situación. Ni siquiera se explicaba lo que acaba de pasar, mas la adrenalina parecía haber sido protagonista en aquel escenario.


16

Las puertas del rector de University of Houston se abrieron para dar entrada a Katrina Sikorski y Nick Dolan. Quienes sin más se introdujeron a la instalación, donde el Doctor de Ciencias Aaron Kowalski les esperaba tras su escritorio.

—Buenos días doctor Kowalski —habló Katrina.

—Adelante detectives, me han informado previamente de su visita —respondió Kowalski meciéndose en su silla.

Aquel hombre de anteojos; parecía circular entre los sesenta años, vestía bastante formal, y su cabello cano le daba un toque de sabiduría a su persona.

— ¿En qué puedo ayudarles? —preguntó continuamente el rector.

—Dos alumnas de esta escuela han muerto. Necesito hablar con los alumnos, tenemos pruebas para creer que se trata del mismo homicida —explicó Katrina.

—Ya veo… Jennifer Hill y Quinn Alexander, ¿no? —continuó el rector.

—Así es señor, en verdad lo lamentamos mucho. Es por esa razón que estamos aquí, creemos que si hablamos con sus amigos de las chicas, profesores, y demás; quizá podríamos dar con una pista que nos lleve al asesino —comentó Nick con amplia seriedad.

—Desde luego que les ayudaré en lo que me sea posible. Sólo les pido una cosa, mucha discreción, los alumnos ya están algo inquietos con todo esto. Los reporteros no se cansan de este tema, y queremos cuidar la imagen de la universidad, pronto podría comenzar a verse afectada.

—Descuide rector, sólo serán una preguntas rutinarias, trataremos de ser lo más discretos posible —terció Nick.

Katrina y Nick caminaron en dirección al campo de futbol, donde justamente las porristas se encontraban realizando sus prácticas. El detective Dolan tras colocar un pie adelante en dirección de las chicas, fue detenido al momento por Katrina, quien mirándole dijo:

—Yo haré las preguntas a ellas, ¿te parece?

—Claro —asintió el detective mientras humedecía sus labios.

Ambos tomaron rumbo hacia una de las chicas que se encontraba bebiendo agua, a diferencia del resto que se arremolinaba en una aparente platica.

—Buenos días —habló Katrina extendiendo la mano.

—Buenos días —respondió aquella chica de cabello castaño claro con la botella en la mano, y más aun con la ceja arqueada y sin corresponder al saludo de manos.

—Soy la detective Katrina Sikorski. Me gustaría hacerte unas preguntas.

—Adele Watson —mencionó en referencia a su nombre.

—Hola Adele, ¿conocías a Jennifer Hill?

—No realmente… en realidad yo estudió nutrición, y ella… estudiaba psicología.

—Ya veo, ¿y a Quinn Alexander?

—También estudiaba psicología —pausó, pasó saliva, y entonces continuó—. Están muertas, ¿no es así?

—Sí, lamentablemente lo están —afirmó Katrina con cierta reserva.

—Las conocía porque estábamos juntas en el equipo de porristas. Mas no éramos intimas amigas. Es muy difícil tener amigos en la universidad… aquí nunca sabes quien pueda estarte mintiendo, las envidias y las traiciones son muy comunes.

— ¿Por qué lo dices? —preguntó con intriga Sikorski.

—Así sucede, hay carreras que sienten que son mejores que otras, o ideologías diferentes de los estudiantes… nada fuera de este mundo.

— ¿Puedes decirme si alguna vez le conociste algún novio a Jennifer, o a Quinn?

—No. De Jennifer sólo sabía acerca de su padrastro, la acosaba todo el tiempo.

—Él está en prisión. ¿Sabes algo de Quinn?

—No, Quinn siempre salió con muchos chicos, igual Jennifer. Tuvieron demasiados novios, incluso chicos del equipo de futbol.

— ¿Alguno que recuerdes?

—No exactamente. Aunque… si quiere saber, Quinn tenía algo con el profesor Smith, eran muy cercanos. Rumores aseguran que se acostaron —comentó con una sonrisa que parecía maliciosa.

— ¿El profesor Smith? ¿Qué imparte el aquí? —continuó Katrina.

—Psicología, no me sorprendería si se enteraran de que también estuvo con Jennifer. Ese sujeto así es con las alumnas.

—Bien, lo tendremos en cuenta. ¿Algo más que sepas? —nuevamente indagó, a lo que Nick Dolan dio unos pasos más cerca de ellas.

—Pues… —se detuvo Adele, mientras con la simple mirada se comía a Nicholas con los ojos.

— ¿Sí? —nuevamente cuestionó tratando de atraer su atención.

—Disculpe —tomó postura para proseguir—.Quizá también podrían hablar con Steve y James, esos chicos han sido muy cercanos a las porristas. Aunque Steve… bien él es especial.

— ¿A qué te refieres con eso?

—Es gay. Hace unos meses tuvo problemas con una chica, Gabriela, porque les dijo a todas que era gay. Al parecer eso no le gusto —dijo sonriendo para sí, y nuevamente miró con discreción a Nick.

— ¿Por qué? ¿Pasó algo? —.Frunció el ceño.

—Dijo que nos mataría a todas.

—Steve, ¿Cuál es su apellido?

—Lewis, Steve Lewis —afirmó.

—Bien. Gracias por ayudarnos —finalizó.

—Está bien —. Sonrió fingiendo condescendencia.

Katrina se dio vuelta, caminó en dirección a Nick, quien la miró con cierta intriga, para después preguntar.

— ¿Tenemos algo?

—Sí, dos nombres. Aunque posiblemente hubiésemos podido adquirir más información si tú hubieses sido el entrevistador.

Nick la miró con cierto desconcierto, mas sin dar tiempo a que pudiese formular pregunta, terminó caminando tras su compañera.

Un chico de tez blanca, ojos marrones, cabello oscuro y prominente cejas; se aproximó hacia la puerta del aula de psicología, lugar donde Katrina y Nick se encontraban esperando para realizar la entrevista.

—Adelante, toma asiento —indicó Nick al chico, quien le miró con recelo acatando la orden.

—Buenos días —habló el joven.

—Steve Lewis, ¿cierto? —confirmó.

—Sí —acortó.

—Bien Steve. Verás, dos de tus compañeras lamentablemente han fallecido. Quisiera saber si tú las conocías —dijo Nick.

Pronto de una carpeta extrajo dos fotografías, que deslizó por el escritorio llevándolas hacia Steve.

—Jennifer Hill y Quinn Alexander —señaló el detective.

Katrina en una silla del rincón, se quedó observando todo movimiento de Steve, quien nervioso sólo miró de reojo las fotografías.

—No sé nada de ellas —atajó Steve.

— ¿No sabes nada? ¿Seguro? ¿No las conocías?

—No… no realmente, sólo sé que eran porristas, convivimos muy pocas veces.

— ¿Sabes cómo murieron Steve? —prosiguió Nick.

—No, no tengo idea —respondió nervioso mientras pasaba saliva.

—Las sometió un tipo corpulento. Alguien así como tú Steve.

—Yo no las maté —de inmediato contestó.

—Yo no he dicho eso Steve. ¿Qué problemas tenías con tus compañeras?

—Ninguno.

—Pero dijiste que las matarías a todas. ¿Por qué Steve?

— ¡Yo jamás dije eso! —exclamó alterado.

—Sí lo hiciste Steve. Ellas lo dijeron.

— ¡Son unas malditas zorras! —gritó enseguida.

— ¿Entonces las asesinaste por zorras? —cuestionó Nick manteniendo la calma.

—Yo no las asesiné, lo juro.

—Es mejor que hables de una vez y te evites todo esto.

—Yo no las maté… se lo juro —afirmó justamente al momento que su garganta se ataba y unas lágrimas se acumulaban a las orillas de sus ojos.

—Vamos Steve. Entiendo que quizá lo hiciste porque te dolió mucho que te dijeran que no eras como los demás chicos. Sólo tienes que contarme como lo hiciste y terminarás con esto.

—Yo no he sido, por favor entiendan que yo no lo hice —suplicó.

—Pero sabes quien fue.

—No lo sé… lo juro —insistió una vez más.

Katrina se aproximó hacia Nick Dolan, y colocando una mano sobre su hombro dijo:

—Basta Nick. No creo que él lo haya hecho.

Dolan se dio vuelta hacia su compañera, y hablando en voz baja mientras Steve se cubría el rostro, cuestionó:

—Deberíamos arrestarlo, ¿no crees? Mira como se ha puesto.

—No podemos hacer eso, es sólo un muchacho —indicó Katrina, y volteando hacia Steve comentó—. Calma por favor, limpia tu rostro —.Extendió una servilleta.

Steve pasó el papel por toda su cara, para después dejar escapar el aire de su boca.

—Steve, puedes retirarte. Cualquier cosa que sepas necesito que me llames, ¿prometes hacerlo?

—Sí detective —asintió.

—Bien Steve, puedes marcharte —finalizó.

Lewis se levantó de su asiento, y se dirigió hacia la puerta, para después abandonar la habitación. Nick miró a Katrina con seriedad, mas ella prefirió ignorar tal hecho.

— ¿Quién sigue ahora? —preguntó Nick.

—Michael Smith. El profesor de psicología.

Un sujeto alto; de cuarenta años aproximadamente, con cabello rubio, una mandíbula bastante prominente, y una nariz tan grande que bien recordaba a Cyrano de Bergerac, se introdujo al salón con una vestimenta impecable. Un traje color azul marino que detonaba elegancia por donde se le mirase, pero sobre todo algo sobresalía de su solapa; una rosa roja en perfecto estado (tan hermosa y reluciente).

— ¿Querían hablar conmigo detectives? —indagó el sujeto con una amplia sonrisa que adornaba su rostro.

—Profesor Smith, tome asiento por favor —indicó Katrina.

Los pequeños ojos azules del profesor, se clavaron de manera directa sobre Katrina, mirándola de arriba abajo repetidas veces; como si quisiera guardar su imagen. Aquella hermosa pelirroja se sintió incomoda ante tal situación, sin embargo, se necesitaba mucho para inquietar a Katrina Sikorski.

— ¿Desea que me acerque más profesor Smith? —preguntó la detective con un tono aparentemente sugerente.

—Me encantaría —.Sonrió.

—Bonita rosa profesor, ¿le gustan las rosas? —indagó la mujer.

—Desde luego. Me Fascinan.

Smith dirigió su mano hacia la rosa que se encontraba en su solapa, la quitó delicadamente, y entonces aspiró su aroma, para después ofrecerla a Katrina.

—Se la obsequio hermosa dama, si con esto puedo robarme su corazón.

Katrina arqueó una ceja, y Nick miró al hombre fijamente mientras pasaba saliva endureciendo en automático su mandíbula.

— ¿Le gusta robar corazones? —preguntó Katrina con sospecha.

—Algunos.

— ¿Y cómo me lo robaría?

—No sé. De alguna manera me lo llevaría conmigo.

—Bien, creo que está usted de suerte hoy —habló, y con un rápido movimiento Katrina lo jaló de la solapa y lo arrojó al suelo.

Al mismo momento tomándolo de la muñeca, le aplicó una palanca al brazo. Smith emitió un quejido de dolor, y Nick de un salto llegó junto a su compañera.

—Espósalo, este infeliz nos va a explicar cómo es que colecciona corazones —indicó Katrina, y de inmediato Nicholas prosiguió a arrestarlo.

Ambos detectives abandonaron las instalaciones con Smith siendo sujetado por las esposas. Los alumnos enseguida se arremolinaron a ver el espectáculo, algunos incluso habían sacado sus teléfonos celulares para filmar toda escena; aquel show en verdad estaba entreteniéndolos.

—Abran pasó —ordenó firme Nick Dolan a todo el alumnado.

El rector de inmediato apartó al grupo de estudiantes, para llegar hacia los detectives.

— ¿Me pueden explicar que sucede aquí? —exigió Kowalski.

—Necesitamos hablar con el profesor Smith. Con su permiso —concluyó Katrina dejando al rector sin palabras.

— ¡Esto no va a quedarse así! ¡Tengo abogados! ¡Pagarán por esto! —vociferó Smith enfurecido.

—Sí, podrás hablar a quién quieras maldito desgraciado —masculló Nick mientras lo arrojaba dentro el vehículo con brusquedad, de tal forma que Smith golpeó su cabeza con el marcó de la puertezuela.

—Vámonos ya —continuó Katrina al momento que cerraban de un porrón la puerta del asiento trasero, lugar donde Smith se encontraba.

—Creo que en realidad a mí también me encantaría robarme tu corazón Katrina —dijo con una pícara sonrisa Nick mientras se acomodaba el cinturón de seguridad.

—Cállate o te cortaré las pelotas —comentó ella entornando los ojos.


17

— ¿Qué ha pasado? —Curioseó Ian al instante que se acercaba a James.

—Se han llevado al coñazo de Smith —explicó el chico enseguida.

— ¿Por qué ha sido?

—No lo sé, pero seguramente se debe a que es sospechoso de la muerte de Jennifer y Quinn.

— ¿Qué? —soltó sin poder creerse lo que recién había escuchado.

—Supongo que tiene que ver con el hecho de que Smith se follaba a Quinn, todos lo sabemos.

— ¿Quinn está muerta? —murmuró

—Sí, así parece. Todo esto está muy extraño, ¿no crees? —preguntó mientras miraba su teléfono de reojo.

— ¿Y Steve?

—Joder Ian, yo que sé, ese tipo es raro también.

—Tengo que irme.

— ¿Por qué? Aún faltan dos clases más.

—Debo irme —terminó sin más.

James lo miró con extrañeza, e Ian sin más se alejó del plantel, corrió rumbo al estacionamiento y abordó su vehículo.

Una vez dentro del auto, se detuvo unos minutos a mirar al exterior, sus ojos se nublaron de lágrimas, y con un golpe seco estampó la mano en el volante.

— ¡Maldita sea! —gritó.

Cubrió con ambas manos su rostro, y comenzó a sollozar. No se explicaba una sola cosa de las que le estaban ocurriendo, era como un pozo cada vez más profundo, y él estaba cayendo sin detenerse; absorbiéndose en la oscuridad de sus malditas pesadillas.

21 de Março de 2018 às 01:25 4 Denunciar Insira 7
Leia o próximo capítulo SEGUNDA PARTE: Siete rosas y un rosal

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johanna lopez johanna lopez
A mi hasta el momento me va gustando muchísimo. No cambiaría nada, creo que me voy haciendo ciertas especulaciones y me voy guiando en que o Ian tiene trastornos de sueño o se mete en la mente del asesino mientras duerme... Toda el capitulo me parece espléndido, muy cautivador y demasiado entretenido.. Seguiré hasta el final... Gracias por tan cautivador capitulo😁
15 de Junho de 2019 às 08:10

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Muchas gracias, me alegra mucho estés disfrutando de la novela. Te mando un enorme abrazo. Gracias por leer La séptima rosa :D 22 de Junho de 2019 às 23:27
Nova Rosales Nova Rosales
Me gusta mucho la historia.Creo que el salto entre la salida de la fiesta y el crimen es algo abrupta. Pierdo el hilo. Si narras la escena de abandonar la fiesta después de las tres de la madrugada y describes su llegada a casa. No logro integrar el relato del asesinato se supone que Ian duerme. Necesitas un nexo que conecte indirectamente el relato independientemente de la línea de tiempo que has utilizado. Verás que quedará genial.
24 de Abril de 2018 às 07:15

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Hola antes que nada disculpa por leer hasta ahora el comentario, y de verdad muchas gracias por el consejo. Me va a servir mucho pues actualmente estoy editandola, muchas muchas gracias, espero te animes a seguirla hasta el final. Un abrazo enorme. 9 de Julho de 2018 às 01:54
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