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nightmare Night Mare

<<Julie>> <<Te quiero>> <<No estoy loco>> <<¡No estoy loco!>> <<Ella no es real, Luke, está muerta>> <<Está muerta>> <<¡Muerta!>> <<Los fantasmas no existen>>


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Los fantasmas no existen

Luke tragó saliva. Observó el edificio que se erguía ante él, con sus enormes letras de led blancas destacando encima de la puerta:

CENTRO PSICOLÓGICO DE FILADELFIA

Un edificio de color blanco con un montón de ventanas, por las cuales no se podía ver el interior desde fuera. ¿De verdad tenía que entrar ahí? A saber qué demonios le hacían a la gente allí. Había escuchado un montón de historias horribles sobre locos en aquel lugar. Una vez le contaron que un hombre, quien decía poder hablar con los animales, había sido ingresado en la parte superior de aquel edificio. <<El doctor Andrew Collins, uno de los enfermeros del hospital local, fue arrestado y llevado al centro psicológico. Allí, al pobre hombre, quien se negaba a aceptar el hecho de que estaba loco y que lo que decía era algo imposible, le torturaron con lo que se hacía llamar: “Electroshock”. Con eso, fueron destrozándole el cerebro, tratando de hacer que olvide aquel talento que creía tener. Era muy doloroso, ¿sabías?>>, le había dicho Mike aquel día, con tono de cuento de terror. Obviamente, no tenía nada de terrorífico, en la época de Andrew Collins todo aquello era normal. El hecho de que existiera ese tratamiento no podía considerarse algo terrorífico. Sin embargo, a Luke no le hizo ninguna gracia. No pudo dormir la noche siguiente, atormentado por las pesadillas, en las que un hombre se sacudía en una camilla, mientras le electrocutaban la cabeza. En ese momento, no podía pensar en otra cosa. ¿Y si utilizaban ese tratamiento con él también?

- Luke, mi amor… - habló ella. Un suave roce, como una brisa cálida, le hizo saber que le cogía la mano.

- ¿Y si piensan que estoy loco y me fríen la cabeza?

- Cariño, el electroshock está prohibido, lo prohibieron hace años. No pasa nada.

La miró y ella sonrió. Era realmente hermosa. Su cabello castaño claro le caía en pequeñas ondas sobre los hombros. Sus ojos, azul mar, brillaban como siempre, resaltando sobre su pálida piel. Recordó cómo solía entretenerse contando las pecas que se desparramaban sobre sus mejillas como las estrellas en el cielo. Ella era la razón por la que estaba allí. No era normal que aún pudiera seguir viéndola. Su madre aseguraba que no estaba bien, que algo estaba mal en su cabeza. Luke se sentía completamente perdido. Si hasta su propia madre le tachaba de loco, ¿qué demonios debería hacer? No estaba loco, era sólo que podía ver cosas que los demás no, ¿por qué no podían, simplemente, dejarle seguir con su vida?

Inseguro, cruzó la puerta del psicólogo y se adentró en su interior. <<Buenos días, ¿puedo ayudarle?>>, dijo la voz de una muchacha, nada más entrar. Luke giró la cabeza algo rápido, para poder mirar a la chica que le observaba tras el mostrador de recepción. Le había sobresaltado, estaba en tensión. Dudó mucho antes de preguntarle, en un tímido susurro, dónde se encontraba la consulta del doctor Park. La recepcionista, con una clara sonrisa típica de las dependientes de las tiendas de ropa, le señaló un pasillo a su derecha, indicándole que el doctor estaba esperándole en la tercera puerta de la izquierda. Susurró un ligero <<Gracias>> y caminó lentamente hacia la puerta correspondiente, dejando atrás la recepción. Su corazón latía demasiado fuerte, tal vez incluso se le saliera del pecho en cualquier momento. Paró frente a la puerta y la observó, nervioso, dándole vueltas a una nueva idea: dar la vuelta e irse, hacer como si nunca hubiera cruzado la puerta principal.

- No pasa nada, Luke. Está bien - le dijo ella.

- Pero no estoy loco, no necesito un psicólogo - susurró.

- No estas loco, Luke - le tranquilizó, acariciando su mejilla. Él tan solo sintió esa calidez incorpórea de nuevo. Era tan frustrante.

- Estarás conmigo, ¿verdad?

- Siempre.

Luke abrió tímidamente la puerta de la consulta y entró. Un señor de edad avanzada le esperaba sentado en un sillón individual. Le miraba con curiosidad, tan fijamente que parecía que era capaz de ver a través de él. El pelo encanecido le tapaba las patillas de la montura de metal de sus gafas. Arrugas se presentaban sobre su frente a los laterales de los ojos, haciendo que este tuviera un aspecto de abuelito simpático. Fue el brillo de sus ojos lo que incomodó a Luke. Era extraño, no podía identificarlo, pero nunca había visto a nadie así. Luke empezó a temblar ligeramente. No sabía por qué, pero ese hombre le daba mala espina. ¿Era demasiado tarde para volver a la idea anterior?

- Luke...Taylor, ¿cierto? - inquirió el doctor Park - Ven siéntate.

Moviendo ligeramente la cabeza hacia delante, le invitó a sentarse en el sillón situado frente a él. Luke se sentía raro con la presencia de aquel hombre. <<Era muy doloroso, ¿sabías?>>. Dios mío.

- ¿Q-quería verme, doctor Park? - pudo decir.

- ¿Por qué crees que estás aquí?

- No lo sé.

- ¿Estás seguro? ¿Con quién hablas?

- Con usted, señor - respondió el muchacho, obvio, aunque sabía que se refería a otra cosa.

- Sabes de que te hablo, Luke. Tienes que confiar en mí para que pueda ayudarte.

- No estoy loco.

- Claro que no. ¿Con quién hablas, Luke, que tu madre no puede ver? - repitió la pregunta.

- Con Julie - aclaró Luke tragando saliva por segunda vez desde que llegó.

- Tu antigua novia - terminó el hombre, inclinándose hacia adelante y apoyando los brazos sobre sus rodillas, mirándolo a los ojos - ¿Crees que sigue aquí, contigo?

- Los fantasmas no existen.

<<Los fantasmas no existen>>. <<Los fantasmas no existen, Luke>>. Se lo habían dicho tantas veces. Cuando era pequeño solía tener miedo por las noches, pensaba que alguna especie de espíritu vendría a por él, que saldría de entre las sombras como los monstruos en las películas, y le diría: <<Luuukee…¡te encontré!>>. Todas las noches, su imaginación le hacía malas jugadas y le hacía ver como un hombre ensangrentado, con grilletes en las muñecas, avanzaba hacia él cojeando. Tenía parte de la cabeza destrozada y los dientes rotos. El pelo estaba apelmazado y pegajoso, goteaba un líquido espeso de color rojo oscuro. Todas las noches, veía como aquel hombre se abalanzaba sobre él. Su madre no tardaba mucho en despertarse e ir a su habitación, abrazarle y asegurarle: <<No hay de qué preocuparse, mi niño, los fantasmas no existen>>. Sin embargo, lo que en su momento le había hecho sentirse aliviado, ahora le dolía. Le dolía demasiado.

- Pero tú la ves, ¿no es así?

- Sí - susurró, casi inaudible. Sabía que no era posible que pudiera verla, pero sabía que era real. ¿Verdad que sí?

- ¿Dónde está ahora? ¿Está aquí? - le preguntó el señor Park, mirándole con cierta expresión en sus ojos que no pudo descifrar. No pudo evitarlo, levantó la cabeza y dirigió su vista hacia ella, quien le sonreía, de pie apoyada en el respaldo de su sillón. Se veía tan bonita de ese modo. Le recordaba a las tardes que pasaban en su casa, jugando videojuegos. Se apoyaba en el silloncito de color azul de la habitación exactamente como lo estaba haciendo ahora, solo que con un mando en la mano y la vista en la pantalla. Aún así, su sonrisa era la misma. Siempre le ganaba, le era imposible no perder una partida contra ella. Siempre se burlaba de ello. Pero le daba un beso después, para compensarlo.

- Sabes que no es real, ¿verdad? - la voz doctor Park le hizo despertar de aquella especie de trance en la que los recuerdos de aquellas tardes volvían. Cambió bruscamente la dirección de su mirada, hacia el doctor.

- ¿Qué es lo que acaba de decir? - ¿que Julie no era real? ¿Y quién demonios se creía él para decir eso? Él no sabía nada.

- ¿Puede hablarte? ¿Qué te dice?

- Eso no es asunto suyo, señor - cortó, indignado. Él no iba a entender nada, nadie lo haría. Ir a esa consulta había sido un error.

- Luke, estoy aquí para ayudarte.

- No necesito su ayuda - había sido un error muy grande. ¿Cómo pudo pensar siquiera que iba a poder ayudarle? Pensaba que estaba loco, como todo el mundo. Pensaba que sufría alucinaciones. No era así.

Se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta, negándose a escuchar una palabra más proveniente de ese hombre. Estaba cansado. Estaba cansado de que no le creyeran, de que insistieran en que había algo mal en su cabeza. Sí, tenía algo mal ahí arriba. El dolor de cabeza que le estaban produciendo con todas esas charlas estúpidas y teorías variadas.

- Ella no es real, Luke, está muerta.

Paró en seco frente a la puerta. Sus puños se apretaron, conteniendo la impotencia. Sus ojos se cristalizaron y una lágrima corrió por su mejilla. Los brazos de la chica le abrazaron, consolándole. Palabras bonitas sisearon en su oído, trasmitiéndole tranquilidad.

- Parece real - sentenció, con palabras temblorosas.

- Luke, tienes que aceptar que ella ya no está. Su muerte fue trágica, pero tienes que pasar página.

El portazo hizo tambalear las paredes, Luke corrió hacia la salida, huyendo del lugar. Aunque, tal vez no huyera del lugar en sí, como él pudo pensar. Tal vez huía de las palabras que se habían clavado en lo más profundo de su ser. Nunca se lo habían dicho tan directo. <<Ella no es real, Luke, está muerta>>. Por unos momentos, le pareció que su corazón se había detenido. <<Está muerta>>. <<Ella no es real>>. <<No es real, Luke>>. <<¡Está muerta!>>.

Las calles, las tiendas, los edificios. Todos pasaban, uno tras otro. No se detuvo en ninguno. Ni siquiera en el Frankenstein Comics, tienda en la que le gustaba entrar cuando salía del instituto. Estaba repleta de cómics y de mangas, incluidos unos muy viejos sobre samurais a los que Luke siempre echaba un vistazo. Era una de sus tiendas favoritas. Sin embargo, no se paró a ver la nueva figurita de Light Yagami. No se paró, como solía hacer. Ahora mismo, nada le importaba. En su mente solo había sitio para su situación actual. ¿Que ella no era real? Claro que lo era, estaba aquí, con él.

Se detuvo en un parque vacío, cuando empezó a sentir que sus piernas no aguantarían más, había dejado de sentirlas. Se agachó, apoyando sus manos sobre sus rodillas y recuperó el aire. No había corrido tanto en su vida. Julie no se había quedado atrás, sentía el tacto de su mano en su espalda, acariciándola.

Ella era real, ¿verdad? Tenía que serlo.

Aunque su sonrisa siguiera intacta y no demostrara rastro de preocupación, Julie también se sentía bastante inquieta. Intentaban alejarlo de ella. Sabía que pasaría, en algún momento. En cuanto supieran que Luke podía verla incluso después de lo que pasó, no le dejarían tranquilo. En cierto modo, estaba bien. No quería verle marchar, ver cómo la olvidaba, pero quería que él fuera feliz. Si para ello tenía que irse, se iría. Sin embargo, le preocupaba lo que pasaría si hiciera eso. Si ella se iba, ¿quién cuidaría de él?

Luke se sentó en unos columpios no muy lejos, jadeando. Debía haber corrido kilómetros. Se balanceaba ligeramente, no mucho, solo para no quedarse quieto. Le incomodaba estar quieto.

- Miente. Eres real, ¿a que sí? - preguntó, alzando la mirada para mirarla. Ella ocupaba el columpio contiguo, pero no se balanceaba. No podía hacerlo. No podía mover cosas materiales. Cualquiera que hubiera pasado por allí en ese momento, vería solo al muchacho de pelo anaranjado sentado en aquel parque infantil. No contestó a su pregunta - Sé que no estás aquí...corpóreamente - asumió, con dificultad -. Pero eres real.

Una lágrima recorrió la mejilla de la joven, pero cuando ésta cayó al suelo, ni un solo granito de arena se mojó. ¿Que si era real? Tal vez no. Tal vez sí. No tenía la más remota idea. ¿Era real? ¿O solo un producto de la imaginación de Luke? Ojalá pudiera saber la respuesta a esa pregunta. Ojalá pudiera contestarle: <<Sí, Luke, soy real. No estás mal de la cabeza>>. Pero no podía.

- Te quiero - susurró, en su lugar. Por unos segundos, temió que tal vez sus sentimientos no fueran reales tampoco. Si solo era una imaginación de Luke, lo que sentía no era real. Pero su temor pasó pronto. Sabía que, real o no, sus sentimientos eran verdaderos, no tenía duda. Porque cuando Luke le contestó animadamente <<Yo más>>, se había sentido maravillosamente bien y feliz. Eso era real.

...

Pero, como se suele decir, la felicidad no duró mucho. Las cosas fueron yendo a peor. La madre de Luke no paraba de hablar de Julie, de recordarle que estaba muerta. Pensaba que eso le ayudaría a aceptar que la chica a la que estaba viendo no era más que un producto de su imaginación. El doctor Park llamaba a su casa cada vez más seguido, a Luke le estaba empezando a resultar molesto. Llamaba varias veces al día para comprobar su estado. Ambos estaban de un lado para otro, buscando nuevas soluciones, intentando averiguar cosas nuevas, avances tecnológicos y yo que sé más cosas. ¿No se suponía que el loco era él?

Decidió que era mejor pretender que no había pasado nada, pretender que ellos tenían razón. Tal vez así le dejarían en paz. Empezó a mentir, a decir que ya no la veía, que no podía encontrarla ni hablar con ella. Las cosas se calmaron un poco, pero el precio era alto. Sentía que su corazón se iba cayendo a cachos cada vez que decía: <<Mamá, es estúpido, Julie está muerta>>.

- Cariño, ¿cómo te sientes hoy?

- Mamá, ya te dije que estoy perfectamente - contestó, seco, mientras metía otra cucharada llena de cereales en su boca.

- Solo me preocupas, Luke.

- Tenías razón, no era más que lo que yo quería creer, mi imaginación. Julie no va a volver. Estoy bien ahora - un dolor agudo se hizo presente en su pecho, como si alguien lo estuviera estrujando con todas sus fuerzas. Decir que era capaz de ver a Julie hacía que todo el mundo quisiera mandarlo de cabeza a un psiquiátrico, pero fingir que no lo hacía era aún más doloroso.

Terminó su desayuno en silencio, temiendo que, si pronunciaba otra palabra más, su pecho explotaría de angustia. Los momentos con su madre habían empezado a sentirse incómodos. Ambos tenían miedo de no decir la palabra adecuada, de arruinarlo todo. Tal vez de eso trataba, de no buscar cual era la respuesta correcta, sino lo que ambos necesitaban, una charla como las de antes, en esas en las que podían hablar de lo que sea, reírse el uno del otro, burlarse de los políticos que salían en la tele. Luke comprendió que eso ya no pasaría de nuevo, que nada volvería a ser como era.

Caminó hasta su habitación, mirando el suelo. ¿Estaba condenado a seguir así el resto de su vida? ¿Cuánto tiempo más tendría que estar sufriendo? Cerró la puerta con pestillo. ¿Cuánto tiempo más? Su corazón empezaba a latir cada vez más rápido. ¿De verdad que estaba loco? ¿Los demás tenían razón? Su respiración se iba acelerando. ¿Iba a tener que seguir pretendiendo que ella no existía el resto de su vida? Caminaba de un lado a otro por la habitación. ¿Cuándo iba dejar de sufrir? Al escritoria, y a la puerta otra vez. Una y otra vez. ¿Cuando iba a poder ser él mismo, como lo era antes? ¿Cuándo iban a dejarle vivir su vida? ¿Cuándo iba a dejar de sentir ese vacío que parecía que lo iba tragando cada vez más? ¿Cuándo iba…? ¿Cuándo…?

El suave contacto de una brisa contra su cuerpo hizo que este se detuviera por completo. Aquel olor que le era tan familiar le inundó. Aquel olor a coco y vainilla de su perfume, del perfume de Julie. Le abrazaba. Él quiso abrazarla también, quiso rodearla con sus brazos y apretarla contra su cuerpo, besar su frente como solía hacer antes de dejarla en la puerta de su casa, poder estrujarla entre sus brazos y apretar sus carnosas mejillas. Quería sentirla, quería tocarla, quería besarla. Pero sus brazos no encontraron más que aire. Atravesaron el cuerpo de la joven como si de simple niebla se tratara. Y las lágrimas empezaron a salir, una tras otra, en completo descontrol. Cayó al suelo de rodillas, desconsolado.

- ¿Por qué, Jules? ¿Por qué te fuiste de mi lado? ¿Por qué me dejaste? - susurró, pudiendo apenas respirar.

- Lo siento tanto…

- ¿Tenías que ser tú? ¿Ese desgraciado no podía chocar contra otro maldito coche? ¡¿Por qué tú? - la desesperación se apoderaba de su cuerpo, no podía soportarlo más. Ella, arrodillada frente a él, apoyó su mano sobre su hombro, aunque este apenas pudo sentirlo.

- Pasó porque tenía que pasar, Luke. No puedes cambiar el pasado, ni torturarte el resto de tu vida.

- No puedo más, Jules. No puedo más - sollozó Luke.

- ¿Luke? - se escuchó la voz de su madre desde el otro lado de la puerta - ¿Qué está pasando? ¿Puedes abrirme la maldita puerta, Luke?

No, otra vez no. En su mente, Luke solo deseaba que su madre le dejara tranquilo, que se fuera y se pusiera a hacer sus cosas. Lo último que necesitaba era una de esas conversaciones en las que ninguno de ellos sabía qué decir ni qué hacer. <<Vete, déjame tranquilo>>, pensaba, una y otra vez. Pero su madre seguía dándole golpes a la puerta y ordenandole que la abriese.

<<No puedo más, no puedo más>>, su cabeza iba a estallarle, al igual que su corazón, que todo su maldito cuerpo. Todo iba explotar, así era como se sentía. <<Necesito irme de aquí>>. Miró su ventana, no había gran diferencia entre el nivel de la calle y el de la ventana de su habitación. Ni siquiera pensaba lo que estaba haciendo, solo quería escapar de allí. Escapar de todo, escapar de su madre, escapar del doctor Park, escapar de sus propios pensamientos, de su mente. Escapar del lugar donde había pasado demasiados momentos con ella. Se aferró al alféizar de la ventana, preparado para bajar por la pared.

- Luke, no creo que esto sea una buena idea - dijo Julie, tratando de convencerle de que no era la mejor opción.

- ¿Vienes conmigo? - se limitó a contestar él.

- Siempre.

Cuando los bomberos consiguieron desarmar la cerradura, no encontraron a nadie en el interior de la habitación.

Luke pateaba una lata oxidada mientras caminaba por las calles de la ciudad, en un intento de apaciguar su conciencia. Julie caminaba a su lado, observándole con atención, tratando de comprender que pasaba por su mente. Nadie conocía a Luke mejor que ella, algunas veces parecía que hasta se leían la mente el uno al otro, pero le era imposible descifrar su expresión en esos momentos. Nunca lo había visto así, y la aterraba no saber de qué podía llegar a ser capaz. Aquel rostro inexpresivo, ¿qué demonios significaba?

La lata chocó contra algo metálico y Luke paró el ritmo de sus pasos. Miró fijamente aquel objeto que se encontraba a sus pies, a medio metro de la lata. Una navaja oxidada. ¿Qué hacía una navaja en tan mal estado tirada en medio de la calle? Tras unos segundos de observación, Luke se inclinó para cogerla. Julie se alarmó.

- Hey, deberíamos dejar eso ahí donde estaba, a ver si te vas a cortar. Está toda oxidada, podría causarte una infección - dijo, cautelosa. Luke, no la escuchó, ya tenía el cuchillo en sus manos y lo inspeccionaba muy a fondo. A pesar del color naranja negruzco que tenía la hoja, aún era filosa.

- Julie - la llamó, sin usar el cariñoso apodo con el que la solía llamar. Su voz le causó escalofríos - ¿Cómo se sintió?

- ¿A qué te refieres? - tragó saliva. Tenía miedo, ¿que le había pasado a Luke? ¿Qué estaba pasando?

- Morir. ¿Cómo te sentiste cuando aquel borracho se llevó por delante el coche en el que ibas? - la voz de Luke era dura y seca, muy lejos de la alegre y vivaz que solía tener. A Julie, el corazón le dio un vuelco. ¿Que como se sintió cuando…?

- L-luke… - se echó hacia atrás, horrorizada.

Las cosas se le habían ido de control. ¿Cómo habían llegado a esto? Su conciencia le gritó la respuesta. ¿Y si no le estaba ayudando? Había pensado que si se quedaba con él, podría cuidarle, podría asegurarse de que estaba bien, podría hacerle feliz. Pero estaba equivocada. Si ella no hubiera aparecido, Luke habría sido capaz de pasar página. Era ella la que estaba causando su dolor. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo había podido dejar que esto pasara?

De repente, el rostro de piedra de Luke se rompió y el chico se echó a llorar de nuevo. Se sentía demasiado confuso, y la necesidad de tocarla se hacía cada vez más grande. Lo necesitaba, la necesitaba. Aquel vacío en su interior, era el que ella había dejado, era el hueco que ella ocupaba cuando aún estaba viva. Ahora, se había convertido en una especie de agujero negro que le iba tragando poco a poco, cachito a cachito, despojándole de su alma.

Hacía ya tres días desde que bajó por la pared de su edificio, y aún se sentía extraño consigo mismo. ¿Cómo habían cambiado así las cosas, tan radicalmente? A estas horas del mediodía solía estar comiendo animadamente con su madre. A estas horas del mediodía solía estar en casa. A estas horas del mediodía solía ser feliz. Ahora, tan solo era un chico vagabundeando por las calles de la ciudad que le había hecho sentir completo algún día. ¿Cómo es que los recuerdos felices se sentían tan lejos? No había pasado tanto tiempo, ¿verdad? ¿Cómo había terminado así? Él tan solo quería que todo volviera como antes. Pero eso no pasaría, nada volvería a ser como lo era antes, las cosas habían cambiado demasiado.

Alzó la vista y miró a la muchacha a los ojos. Distinguió una pizca de terror y tristeza en sus ojos, lo que le preocupó. Aún así, no mencionó una palabra al respecto, sabía que él debería verse igual o peor de desastroso. Trató de sonreír, para tranquilizarla, como ella hacía con él, pero solo le salió una mueca. Eso lo hizo sentir peor. Bajó la mirada al suelo otra vez y siguió caminando, de vuelta a dar patadas a la ya abollada lata de cerveza sin alcohol. Guardó la navaja en el bolsillo.

La noche se cernía sobre sus cabezas, recordándoles lo solos que estaban. Luke y Julie se arrastraban por las calles desiertas de Filadelfia, ya pasada la medianoche. Un baño público les salió al paso. Una pequeña construcción hecha especialmente para esas personas que se paseaban por ahí cuando los locales ya habían cerrado. Aunque no había nadie a esa hora. De hecho, no había nadie como a un kilómetro a la redonda. Todo estaba desierto. Cansados, se adentraron en su interior, el agua de los grifos era limpia.

Cuando Luke volvió a levantar la cabeza, tras haber dado prolongados sorbos al chorro de agua que se precipitaba por la boquilla del grifo, no pudo evitar observar su imagen ante el espejo. Esta vez la mueca fue a propósito. Se veía realmente horrible. Su pelo, revuelto y enredado, estaba lleno de tierra y pequeñas hojitas que ni siquiera sabía de dónde habían salido. Su cara y sus manos se habían vuelto más grisáceas, debido a la suciedad que las cubría. Su ropa, desgastada y manchada por numerosas sustancias, tenía alguna que otra rotura. Su labio se encontraba partido por el frío, su piel, más pálida de lo normal. Unas grandes ojeras cubrían la parte inferior de sus ojos con un color oscuro. Llevaba sin comer correctamente días y su cuerpo había empezado a quemar proteínas. Echaba de menos la lasaña que compraba su madre en el supermercado, porque no tenía ganas de incendiar la cocina. Echaba de menos los sandwiches vegetales que se comían juntos viendo alguna serie en la televisión. Pero no podía volver. Sabía que, si regresaba, las cosas se pondrían demasiado feas. Ya no podría fingir que estaba bien. Ya no podría evitar al doctor Park. Estaba seguro de que lo mandarían a una especie de psiquiátrico o algo así. Veía a su novia, cuando estaba muerta. Definitivamente sonaba como alguien que debería estar en uno de esos. Había empezado a pensar que tal vez sí que estuviera loco. Al fin y al cabo, veía fantasmas. Al fin y al cabo, todo el mundo estaba convencido de que lo estaba. Al fin y al cabo, sentía que estaba perdiendo la cabeza. Si lo pensaba bien, se parecía bastante a los zombies de todas esas películas de apocalipsis y videojuegos de matar muertos vivientes. Mendigando por las calles con ese aspecto desastroso. Rotos por dentro y por fuera. Vacíos por dentro, ni siquiera les funcionaba el cerebro de manera correcta. Le recordaba tanto a él. Tan solo le faltaba...la herida mortal.

Observó, esta vez, la navaja oxidada que había sacado inconscientemente de su bolsillo derecho. La observó con atención, o eso parecía. En realidad no le estaba prestando la más mínima atención. Estaba ahí, mirándola fijamente, pero con su mente en otra parte. Nuevas ideas pasaban por su cabeza, como estrellas fugaces. La verdad es que no era muy mala idea, ¿verdad?

Una brisa sosteniendo su mano le hizo volver a la realidad. Y, aunque ella no podía moverlo, su brazo se dejó llevar por ella, que lo apoyó sobre el lavabo, alejando el filoso utensilio de él. Lo comprendió al instante. Julie podía aún leerle la mente, como cuando estaba viva. Fijó la vista en el suelo.

- Jules…¿qué hago? - sollozó - No puedo más.

- Luke...encontraremos una solución para todo esto, juntos.

- ¿Y si no la hay? ¿Y si no hay una solución, Jules? Esto no tiene sentido. Tú no tienes sentido, yo no tengo sentido.

- Podemos solucionarlo, lo prometo. Solo hay que buscar un poco más.

- ¡Pero estoy harto de buscar! ¡Estoy harto de este vacío que me está tragando! ¡Estoy harto de esta situación, de estar huyendo de todo cuando ya sé la maldita respuesta! Ese cuchillo es mi respuesta, Jules.

- No - negó Julie, cada vez más desesperada. Se sentía impotente y débil, asustada. Tenía miedo. Tenía más miedo que en toda su vida. Estaba asustada de que Luke estuviera allí, sosteniendo aquella navaja, y ella no pudiera hacer literalmente nada. Quería pedir ayuda, quería gritar que alguien la ayudara, pero nadie iba a escucharla. Quería arrebatarle el objeto de las manos y correr con él, con tal de alejarlo lo más posible de Luke, pero sus manos no podían agarrar objetos. Maldita sea, debería haberse ido cuando ocurrió. Nunca debería haber aparecido de nuevo en su vida. ¡Maldita sea!

- ¿Por qué? ¿Por qué no?

- Luke, escúchame bien, estás vivo. Estás vivo, Luke, ¿entiendes? Vive.

- Dejé de vivir el día que moriste.

El chico la miró por unos segundos. La mano de Julie aún seguía sobre la suya, en un vano intento de mantenerla fija ahí. La sonrió, abiertamente, como solía hacerlo antes. Una sonrisa bonita y clara. Una lágrima recorrió la mejilla de Julie, quien le miraba aterrorizada. Acto seguido, en un rápido movimiento, su mano traspasó la de ella.

Un grito desgarrador que nadie oiría se perdió en la noche, como si nunca hubiera existido.

Luke abrió los ojos, desorientado, y miró a su alrededor. Se encontraba en una habitación gris, casi sin luz. Apenas se podía ver, y la luz que permitía eso no parecía venir de ningún lado. No había ventanas ni rendijas. Las paredes estaban agrietadas y el techo destartalado. Un agudo dolor le recorrió la espalda como una descarga de corriente eléctrica. Era como si hubiera estado horas durmiendo en una mala posición. Estaba sentado en un colchón duro tirado en el suelo, más parecido a un tablón que a un colchón. No había mucho más. Un escritorio de madera carcomida y una pequeña estantería del mismo material. ¿Dónde demonios estaba?

- ¿Estoy muerto? - preguntó en un susurro, inconscientemente.

- Sí, amigo. Aquí todos estamos muertos - habló la voz de un hombre, sobresaltando al muchacho. Había pasado por alto una esquina sumida en la sombra. No había reparado en ella, ni en la esquelética persona que se encontraba allí, sentada sobre un colchón idéntico al suyo. Tuvo que entrecerrar los ojos y agudizar la vista para poder observarle bien. El pelo andrajoso le llegaba hasta más allá de los hombros, cayéndole sobre la camiseta…¿beige?, que estaba rota por los hombros.

- ¿Quién es usted? - inquirió Luke, cauteloso.

- Billy, por supuesto. Billy, el Billy. A su servicio.

- ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estamos?

- Donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.

Honestamente, no parecía que “Billy” estuviera muy bien de la cabeza. ¿“Donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir”? ¿Qué se supone que significaba eso? No entendía una palabra de lo que decía.

- Y… ¿dónde es eso? - volvió a intentar.

- Aquí.

<<No me jodas>>, pensó Luke, <<No me había dado cuenta>>. No ganaría mucho perdiendo el tiempo con el tal Billy. Tenía que encontrar a Julie, ella debería estar en alguna parte. Se levantó y se dirigió a la puerta, gris también, situada en la pared que había frente a él, en la otra esquina, a unos dos metros y medio del hombre.

- De todas formas, me voy - sentenció. Pero cuando tiró de la manija de la puerta, esta no cedió.

- No se puede salir a estas horas, amigo, son las reglas.

- Tengo que salir de aquí, ¿entiendes? ¿No hay ninguna forma de salir?

- Por la puerta - contestó Billy, tranquilo. A Luke estaba empezándole a sacarle de sus casillas.

- ¡Pero está cerrada! - gritó, indignado.

- No se puede salir a estas horas, amigo, son las reglas.

Luke suspiró, tratando de tranquilizar su pulso cardíaco. ¿De todas las personas que le podrían haber tocado, le tenía que tocar el que estaba majareta?

- Mira, Billy - se acercó a él, sentándose enfrente suya -, tengo que encontrar a Julie, ella me está esperando. Así que, si fueras tan amable, te agradecería mucho que me ayudaras.

- Julie.

- Sí, Julie.

- ¿Se suicidó?

- No, murió.

- No la encontrarás aquí entonces.

- ¿Qué quieres decir?

- A los suicidas no se nos permite unirnos al resto.

16 de Março de 2018 às 19:35 0 Denunciar Insira 0
Fim

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Night Mare 내 기억의 구석 한 켠에 자리잡은 갈색 piano 어릴 적 집 안의 구석 한 켠에 자리잡은 갈색 piano

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