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eevv96 Edwar Villagran

Luego de una fatídica entrevista de trabajo, Brandon, decide regresar a su caso donde se topara con un presencia hermosamente siniestra.


Horror Literatura monstro Todo o público.

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Belleza

— Nosotros lo llamaremos— dijo la señorita que se encontraba frente al escritorio, con una sonrisa en su rostro.


Pero, Brandon Reyes, había escuchado esa maldita frase tantas veces y estaba seguro que solo pasarían dos cosas de camino a casa: primero, que lo llamarían para decirle que lamentablemente no cumplía con los requisitos; o segundo, no lo llamarían.


Era la novena entrevista de trabajo ese mes, sin mencionar las siete del anterior. Desde el momento en que se sentó para esperar por su entrevista supo que no conseguiría el trabajo. En la fila de espera había cuatro personas, todas mujeres. Brandon sabía que recursos humanos le daría el trabajo a una de esas cuatro, bellísimas, mujeres, él lo hubiera hecho, aunque no tuvieran la experiencia necesaria.


Todo le había salido mal ese día, el odiaba las entrevistas en la tarde, en especial cuando era lejos de donde vivía. Brandon no tenía carro él llegaba a todos los lugares por medio de transporte público.


Pero dentro de todas las cosas malas había algo bueno o eso pensó él. Mientras esperaba ansiosamente por esa entrevista, aun sabiendo que no lo contratarían, algo llamo su atención. En ese estrecho pasillo donde estaba sentado, junto a las otras cuatro mujeres, algo le cubrió la luz de la bombilla que le pegaba directamente a la cara. Instintivamente, voltio la cabeza para ver ese algo que en realidad era alguien. El olor que percibió, fresco y aromático, fue a fresas y rosas, seguido de cítricos y fundiéndose en lo profundo de su nariz en vainilla y jazmín. Ese era el mejor perfume, por mucho, que había olfateado en toda su vida. El olor pertenecía a una mujer de tez blanca; su cabeza, ovalada, de cabello rojo carmesí que le llegaba arriba de los hombros; los ojos, grisáceos, no eran ni grandes ni pequeños; la frente, alta, pero no demasiado; la nariz, chata y ancha; los labios, carnosos y rojizos. Pero lo que le llamo la atención fue su cuerpo, sus curvas casi perfectas; el pecho, grande y a la medida; su trasero, era grande y eso era lo único que importaba y sus piernas, anchas, la hacían la mujer perfecta. Lo que fueron cinco minutos, en la mente de Brandon, habían sido cinco segundos.


Es la mujer perfecta, pensó Brandon. Sin saber que esa misma belleza acabaría con su vida unas horas más tarde.


El camino a casa no era placentero. Brandon vivía fuera de la ciudad, en una pequeña residencial. La única forma de llegar, del lugar de la entrevista a su casa, era tomar tres buses para luego caminar dos kilómetros hasta su residencial. No tenía trabajo desde hace tanto tiempo, teniendo que vender el auto para cubrir las necesidades de la familia. Brandon vivía con su esposa y sus dos hijos recién nacidos. Ambos habían sido gemelos y por eso necesitaba el trabajo.


Salió de su entrevista, eran las cinco de la tarde, esperando que no hubiera tráfico. Pero ese maldito tráfico iba a estar ahí, él lo sabía, pero quiso darse esa pequeña gota de esperanza. El viaje en bus había sido estresante. Una vieja, borracha, estaba va de pelear con las personas y gritaba, vaya que gritaba. Pero para Brandon era rutina de todos los días. A las nueve de la noche bajo del ultimo bus. La calle estaba desolada, el miedo de cualquier persona esa noche era encontrarse con ese asesino de dos metros de altura, que ocultaba su rostro con una máscara blanca. Aquel que viste un traje de mecánico de color azul. ¿Cómo se llamaba? ¿Michael Myers?


Eso solo pasa en las películas de miedo, pensó Brandon, olvidándose de ese pequeño pensamiento instantáneamente.


Lo único que había podido pensar en ese viaje de regreso era en aquella bellísima mujer. Talvez todo sería diferente esta vez. Lo llamarían, sin duda le darían el trabajo, él era la persona más adecuada para ese puesto. Le preguntaría el nombre a esa mujer y talvez, solo talvez hasta tendrían una aventura. ¿Quién no había soñado con tener una aventura a la espalda de su esposa? Brandon sabía que ese pensamiento estaba mal. Lourdes, su esposa, había sido una buena persona con él. A pesar de todo por lo que pasaba. Él la quería, pero esa noche algo maligno danzaba en el aire, algo tan maligno capaz de nublar los pensamientos de cualquier hombre.


Ese mes había sido el más caluroso de todo el año. Pero esa tarde, mientras Brandon iba en el transporte urbano, cayo un diluvio; terminando con la época de sequía. Cuando bajo del bus la lluvia ya estaba terminando, solo caía una pequeña brisa que iba disolviéndose poco a poco. En el aire un olor a petricor, aquel que produce la lluvia al caer en los suelos secos. Camino por largos minutos, esperando esa llamada. ¿Quién diablos llamaría a las nueve de la noche? Seguramente todas las personas que trabajaban en aquel lugar, ya estaría en su casa; la bellísima mujer estaría dándose un baño, esos hermosos pechos no salían de su cabeza.


Los pensamientos de Brandon se nublaron por un momento al ver a lo lejos un puente por el que pasaba un rio de aguas negras. Solo significaba una cosa, ya faltaba poco para llegar a su casa. La altura del puente hacia abajo era de cinco metros, talvez seis, Brandon no estaba seguro solo se hacía una idea. Se detuvo un momento; las luces delante de él, titilaban tenuemente, el camino se volvía cada vez más oscuro y sombrío.


Siguió caminando, cada vez más lento, las estrellas ya habían salido esa noche. Las admiraba, a él le gustaba verlas brillar en la fría noche. Poco antes de llegar al puente, consulto su reloj. Eran las diez menos cuarto y Brandon estaba por llegar. Conforme fue avanzando, el olor del petricor fue reemplazado por un olor de vainilla y jazmín. Llego al puente, las luces titilaron, apagándose y dejándolo en la oscuridad. Lo poco que lograba distinguir era gracias a la luz de luna y las estrellas.


La noche que Brandon iba a morir no tuvo miedo, no por el momento. Lo único que podía pensar era en aquella mujer. Ella estaba ahí, sin duda alguna, ella estaba ahí. Pero la poca luz de la luna no le dejaba distinguir. Dio un giro de trecientos sesenta grados, moviendo la cabeza de izquierda a derecha buscando a la mujer. Ella no estaba ahí, o no de la forma que pensó. Una risa, burlona y traviesa, le entro por el oído derecho. Brandon camino hacia la orilla del puente, sosteniéndose por la baranda de hierro que evitaba que accidentalmente la gente cayera al rio. Por un momento, sintiendo náuseas y vómitos, la sensación de vértigo lo aterro; alejándose de la orilla dando dos pasos hacia atrás la vio.


La silueta gigantesca de una mujer, desnuda, yacía parada en el rio de aguas negras. Brandon levanto su cabeza hacia arriba viendo como desvanecía sobre la oscuridad.


La noche no le dejaba distinguir más allá de su abdomen; pero no necesitaba que nadie le dijera quien era para saberlo. Brandon estaban bajo un hechizo, o tal vez un embrujo; no estaba aterrado, sino todo lo contrario, de su interior emanaba una felicidad y lujuria. La gigantesca mujer descendía poniéndose en cuclillas. Se quedaron viendo por un momento. Ella extendió su mano izquierda hacia él.


Levantando su mano hacia ella, Brandon comenzó a caminar lentamente hacia ella. Todo su cuerpo sudaba de excitación, el olor de la vainilla había incrementado casi hasta ahogarlo. Su mano reposo sobre ese enorme dedo índice. La gigantesca mujer se levantó y flexionando su cintura, los pechos estaban por encima de su cabeza, se disolvió y cayó sobre el como una viscosidad color blanco, cubriéndole por completo. Las luces se volvieron a encender, titilando. La vainilla fue reemplazada por un fuerte olor, parecido al amoniaco. Su corazón latía demasiado rápido que, por un momento, pensó que se le saldría de su pecho. Toda la lujuria estaba siendo reemplazada por el miedo absoluto. Estaba temblando, el estómago se le retorcía, la viscosidad le quemaba la piel. Intento dar un grito pero este quedo ahogado por el dolor. Corrió lejos limpiándose el cuerpo.


Cuando se alejó lo suficiente cientos de brazos surgieron de la viscosidad, buscando a su presa. Su pierna fue aferrada por uno de ellos, tirándolo al suelo y arrastrándolo de vuelta. Fue ahí cuando grito. Toda las manos lo tomaron por distintas partes del cuerpo, sumergiéndolo. Pataleaba y se retorcía rápidamente presa del terror. Pese a sus múltiples intentos de escapar, la viscosidad, le entro por la boca, la nariz e incluso los oídos, ahogándolo dentro de sí. 

17 de Fevereiro de 2018 às 21:47 1 Denunciar Insira 0
Fim

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Isabel Calvimontes Isabel Calvimontes
habría que dar un vistazo a la redacción, pero tu narración es buena
18 de Fevereiro de 2018 às 15:09
~