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u861831214 Edgar Ramírez Zárate

El mundo es un lugar sencillo de entender: Naces, creces y te mantienes vivo hasta que finalmente mueres. Santiago lo entiende así y está agradecido de tener un buen trabajo en la fuerza elite del ejército que protege a las personas de ser infectados por los Mopus: una generación marcada por la desgracia que carga consigo una enfermedad mortal para los humanos. Sin embargo, cuando una cacería sale mal, Santiago descubre que su habilidad para localizar a estos seres en desgracia está intrínsecamente relacionado a su pasado, del que no tiene demasiados recuerdos. Así, tendrá que decidir entre su estilo de vida y la verdadera naturaleza de sus orígenes.


Fantasia Impróprio para crianças menores de 13 anos. © Todos los derechos reservados

#science fiction #aventura #literatura fantastica #fiction
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Prólogo

Prólogo

Todo el pueblo olía a humo de tabaco. No importaba a dónde fuese Elliot, podía sentir el irritante picor subiéndole por las fosas nasales. La gente parecía fumar todo el tiempo en todos lados. No importaba el género o, increíblemente, tampoco la edad; había visto chicos que no rebasaban los quince años, aspirando de una pipa o de un cigarrillo como si la vida les fuese en ello. Era una de tantas características que le llevaban a evitar poblaciones como aquella, pero ciertamente no la de más peso.

Mientras caminaba por los estrechos callejones (empequeñecidos todavía más por el permanente mercado conformado por puestos sumamente precarios de madera y telas percudidas), sucumbía al sopor y la ansiedad. Cada roce con algún desconocido le crispaba los nervios y erizaba de inmediato su piel. El completo estado de alerta, aunado al sofocante calor de verano, le tenían empapada la enorme camisa gris que le cubría tres cuartas partes de su estatura. Odiaba las multitudes, pues siempre, entre los ríos de gente había alguien demasiado alerta o demasiado desocupado como para notarle. Notar su edad, su evidente juventud y el miedo que transpiraba. Tres de cada cinco veces que se sumergía en lugares con alta demografía, debía salir huyendo irremediablemente.

Con el puño de su camisa, limpió la humedecida y tostada frente, alborotando los rubios cabellos que ahí descansaban, pegados a ella por la humedad. Sus ojos, de un gris profundo, se sacudían en busca de la única figura familiar en ese caos de humanidad; la encontró pronto, haciéndole señas en la esquina que dos callejones conformaban, unos metros más adelante. Una chica con apenas un par de centímetros menos de estatura, cabello del mismo tono rubio cenizo y ojos tan grandes como limones.

Sin pensarlo dos veces, apretó el paso hasta casi comenzar a trotar. Sus desgastadas suelas le dificultaban, sin embargo, tan sencilla acción. Las viejas baldosas marrones que conformaban el piso sobre el que se desplazaba, tampoco ofrecían demasiada fricción después de años y años de ser recorridas por mercaderes y compradores.

Decenas de voces, ofreciendo diversos productos como frutas, artesanías y otros necesarios menesteres sumadas a las que preguntaban precios y regateaban casi inevitablemente los mismos, le impedían escuchar las palabras que Linda, su hermana, repetía con ansiedad.

- … del otro lado de esa casa -terminó de decir Linda.

- ¿Qué? -atinó a preguntar Elliot.

- Ven, encontré uno -dijo Linda con impaciencia.

No agregó más y se dio la media vuelta. Elliot, con una creciente ansiedad le siguió tan de cerca como le fue posible. Fueron esquivando brazos y piernas; se sumergieron entre camisones, cubre-todos y otras prendas que la gente de ese lugar solía usar holgadas. Ambos evitaban contactos innecesarios y cuando, con mala fortuna, chocaban con alguien, giraban el rostro para evitar ser identificados. Todo parecía de rutina, pero Elliot no lograba sacudirse la sensación de que algo estaba mal.

Llegaron hasta un puesto particularmente grande. Una cantidad importante de personas esperaba pacientemente su turno para ser atendidos. Elliot no tardó demasiado en identificar que el producto a la venta era pan. En aquellos días, producir algo tan común, pero increíblemente demandado como el pan, era inusual. La mayoría de los alimentos preparados se vendían empaquetados, listos para el consumo, sin embargo, el romanticismo de una hogaza no había perdido encanto entre las personas, desafortunadamente, no quedaban demasiados individuos con el empuje para producir algo que podía considerarse como un arte perdido. Elliot entendía por qué su gemela había elegido tal lugar como objetivo, de cualquier manera, trató de disuadirla.

- ¿No sientes algo raro? -preguntó Elliot.

- ¿Raro, cómo? -fue la respuesta de Linda, que apenas le prestaba atención a su hermano; su concentración se encontraba secuestrada por el delicioso aroma de la cebada caliente.

- No sé ¿y si dejamos pasar esta? -sugirió el chico.

- ¿Te volviste tonto de repente? ¡Es pan! -clarificó Linda.

- No… ya lo sé, pero… -trató de explicarse Elliot.

- Ven, será fácil. Hay mucha gente -encomió, y avanzó con dirección al puesto.

Mientas Linda buscaba el ángulo correcto, le hacía señas a Elliot, que él entendía como la orden de comenzar su rutina. El chico utilizaba siempre el mismo método, cuidándose de bajar el rostro lo suficiente para que resultase difícil de distinguir. Caminaba descaradamente hasta el inicio de la fila y se introducía con poco reparo. Por supuesto, el cliente agraviado reclamaba con evidente enojo y las miradas se volvían hacia ellos. De pronto, todos clamaban al invasor que respetase el orden, y Elliot se desentendía provocando una respuesta más iracunda aún.

Linda, aprovechando esta ventaja, se hacía del producto en cuestión con un ágil movimiento. En esta ocasión extendió el brazo y sus dedos atraparon una pieza de pan del tamaño de un bebé recién nacido y se alejó tan rápido, que casi no podría decirse que estuvo ahí. Todo había salido a la perfección, o eso pensaron.

Elliot, fingiendo sorpresa y vergüenza por la intrusión, se retiró balbuceando una disculpa, doblando en la esquina más próxima y desapareciendo así, de las miradas iracundas que le seguían reclamando sin tregua.

El chico atravesó una solitaria calle que descendía con dirección al oeste; pasó de largo un par de contenedores de basura y un par de cajas húmedas y apestosas que servían de hogar a un perro blanco y flacucho, el cual apenas reaccionó a su presencia.

Al final del callejón, donde las dos paredes encontraban su límite en una calle mucho más iluminada, apareció Linda; no llevaba la hogaza de pan consigo y su rostro, reflejaba el horror en todo su esplendor. Gritaba algo, pero Elliot era incapaz de oírlo.

Antes de que pudiese llegar hasta ella, a sólo unos metros, sus temores se materializaron de repente. Unos poderosos dedos le rodearon el antebrazo y de un violento jalón le hicieron volverse. La sorpresa de Elliot fue mayúscula, cuando, en lugar de encontrar al propietario del puesto de pan o alguno de los enojados clientes, sus ojos descubrieron a un oficial de las infames fuerzas Kerk. Era un hombretón de casi dos metros, ataviado en un traje azul profundo y con la cabeza totalmente cubierta con un casco de color obsidiana. En la mano que no sujetaba al chico, el agente empuñaba una pistola de alto calibre, lo que terminó por detonar el pánico en Elliot.

Gritó y se sacudió tanto como sus fuerzas le permitieron, pero fue inútil. Linda clamaba su nombre y él, en respuesta, se volvió. Quería decirle que huyera, que se fuese lo más lejos de ahí posible y encontró los ojos de ésta, fijos y enloquecidos.

- ¡Corr…! -intentó gritar Elliot, pero sería en vano.

Un arma sostenida por una mano enguantada apareció de la nada, con el cañón apuntando directamente a la sien de Linda. Los chicos compartieron un último vistazo a los ojos del otro, contacto que fue cortado por una sola detonación. Elliot sintió cómo el tiempo se detuvo. La cabeza de Linda se inclinó brutalmente a la derecha, pero sus ojos jamás se cerraron. El cuerpo tardó en darse cuenta de que ya nada le mandaba sostenerse, y sólo se desplomó después de lo que pareció una eternidad.

Elliot clamaba; desde lo más profundo de su ser emergió un rugido de dolor. Mientras su hermana caía muerta al suelo, él perdía todo el ímpetu de lucha. Su propia anatomía se entregó a la gravedad y la única razón por la que no estaba ya en el suelo, era la inclemente mano que le sostenía.

Un segundo agente apareció al lado del cuerpo de Linda. Extrajo un trapo de su solapa y como si de polvo o simple lodo se tratase, comenzó a retirar la sangre que en su uniforme había caído. Su rostro era cuadrado, exageradamente simétrico; no vestía el clásico casco obsidiana, así que su entrecano cabello, perfectamente engomado, era visible. Una cicatriz se extendía desde su ceja derecha, pasaba por el párpado y terminaba a unos centímetros de distancia de la nariz.

El asesino observó con desprecio y cierta repulsión hacia abajo. Se sirvió de ligero puntapié para cerciorarse de que el trabajo estaba hecho, después, con pereza, clavó sus ojos que se sintieron como puñales helados en los de Elliot. El agente hizo una seña y el desvanecido chico supo que todo había terminado. Su atención se enfocó en el rostro inanimado de Linda, que, por su expresión final, podía adivinarse que nunca se dio cuenta de lo que había sucedido. Murió sin saberlo. Elliot la envidiaba.

Escuchó el martillar del arma que pondría fin a su vida; sintió un tirón de su captor que le obligó a ponerse de pie y después, el frío metal de la pistola en su nuca. Tartamudeando el nombre de su hermana, se despidió del mundo.

De pronto, los dedos que antes le apresaban, soltaron su brazo. Se escuchó un disparo que estremeció cada fibra de su ser, pero ninguna bala le impactó. Se volvió casi de forma inconsciente y encontró al agente peleando con el harapo de perro que Elliot había pasado de largo; ese que dormía en las cajas con nada de ímpetu por existir, pero ahí estaba, defendiéndole o quizá actuando por la impresión del primer disparo. Los agentes se gritaban algo que el chico no se quedó a comprender. Aprovechó esa pequeña brisa de fortuna para emprender carrera. Se volvió sólo una vez y sólo por unos segundos para despedirse de Linda. En realidad, sólo corría por ella, por la promesa que se habían hecho tantos años antes de sobrevivir a pesar de lo que fuese; de ser fuertes aunque la vida (o en este caso, la muerte) les separase.

Corrió pues y se introdujo entre la muchedumbre que, alarmada por las detonaciones, no sabía realmente cómo actuar. Algunos emprendían huida, otros, clavados a las baldosas, miraban hacia el callejón que Elliot acababa de abandonar, de donde emergieron dos disparos más y el chillido final de un valiente animal.

El chico escapó, sin embargo; dejó atrás el mercado, las precarias viviendas de adobe y cal, y pronto el pueblo mismo. Se introdujo en el desierto; quince kilómetros hasta su refugio, al que tendría que volver solo. Y lo haría así, por primera vez en toda su vida. 

11 de Fevereiro de 2018 às 16:21 0 Denunciar Insira 0
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