don-godo Amadeu Isanta

¿Quién no ha soñado con un viaje de safari fotográfico? Para Julio, la aventura se convertirá en la pesadilla de su vida, de la que quizá no pueda escapar.


Aventura Todo o público. © copyright

#sabana #áfrica
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Traspié en África

Una luz crepuscular progresaba sigilosamente tiñendo de suave gris azulado la inmensa sabana que se extendía ante sus ojos. Con la noche al caer, sabía que las opciones de supervivencia quedaban reducidas a casi nada. Apretó los dientes y se propuso encontrar un refugio para pasar la noche.

Llegó a sus oídos lo que nunca hubiese querido escuchar. Unos rugidos lejanos de la manada gobernante de aquel territorio, se abrían paso entre la maleza.

Se aferró al palo que a modo de lanza había afilado con una piedra; a sabiendas de la poca defensa que le podría proporcionar lo mantenía consigo como débil consuelo, más valía eso que nada.

Buscaba un árbol grande, a ser posible muy grande y difícil de trepar; confiaba en la dificultad de llegar a lo más alto, pues también sería un obstáculo para un felino grande y pesado como es el león; ciertamente la duda estaba en la eficacia de uno ágil y hábil como el leopardo y eso añadía intranquilidad a su plan.

Las sombras ganaban terreno, dibujaban el perfil de una zona boscosa y dispersa al final de una extensión de hierba alta que lentificaba su avance. Sudoroso y tenso se dirigió hacia ella mientras pensaba como pudo separarse del grupo y perderse. El guía del safari fotográfico, por la mañana antes de salir, había dejado muy claro las normas a cumplir e informado del peligro que suponía no mantener el grupo compacto.

Le parecía más bien una conspiración para abandonarle. Se sentía víctima de un sacrificio reclamado por esas tierras, quizá por los desmanes y saqueos occidentales perpetrados desde tiempos inmemoriales. Había oído hablar de eso en varias ocasiones, de historias sobre expedicionarios perdidos de raza blanca, engullidos por la vasta naturaleza y nunca más devueltos a sus confortables hogares europeos. Había oído hablar de como África cobraba su tributo en forma de vidas humanas. Estando siempre lejos de considerar importantes todas esas historias, las trataba de meras leyendas urbanas. Pero ahora sí. Ahora le invadía por completo un respeto, un miedo atroz al verse él deambulando como protagonista de una posible tragedia que captaba por todos su poros.

Confuso y aturdido veía con horror que por mucho caminar no se acercaba a los árboles.

Por el lado opuesto a los rugidos todavía a distancia, sus oídos interceptaron unos inquietantes gemidos de un grupo de hienas. Eran unos gritos característicos, parecidos a unas risas, emitidos en el frenesí de una carroña encontrada o en el acoso a una presa.

Con el vello de toda su anatomía erizado por completo se dijo: <<son animales carroñeros..., y nocturnos, y aprovechan cualquier oportunidad para cazar lo que sea; ¡o corro hacia los árboles o estoy perdido!>>.

Un fogonazo de suerte decidió asistirle. Entre jadeos y tropiezos, por fin, casi se dio de bruces contra un árbol inmenso. Trepó, y era tal la desesperación de buscar la rama más alta que ni siquiera se daba cuenta de que estaba corriendo en vertical y su cuerpo, habiendo abandonado el plano perpendicular al suelo, ya no lo hacía horizontalmente.

Transcurrieron tres días con sus noches y seguía encaramado en la estupenda atalaya, a salvo de todo peligro. Sobrevivía a base de las hojas carnosas y más tiernas que el árbol le proporcionaba y de unos frutos de color parduzco. Los descubrió como algo comestible después de imitar a unas pandillas de monos de los arboles cercanos. No tenía ni idea de lo que se estaba llevando a la boca, pero a base de probar pequeñas cantidades sin consecuencias negativas para estómago y otros parientes del aparato digestivo, llegó a la conclusión de que la dieta le ayudaría para aguantar hasta que le rescataran. También tenía cubierto el tema de la hidratación gracias al agua que contenía el sustento vegetal. Además, el segundo día le visitó un fugaz chaparrón y le permitió recoger un poco de agua depositada en los nudos viejos de las ramas más gruesas.

No podía pedir más, estaba de maravilla, dadas las circunstancias.

Pasó un par de días más ahí arriba y empezó a desesperarse en ausencia de señales de rescate. Ya solo quedaban los frutos de las ramas más inaccesibles.

Empezó a urdir un plan de fuga para atravesar la sabana por el sitio más corto posible y tener menos probabilidades de cruzarse con las bestias que la habitaban.

A la mañana del sexto día, cuando intentaba coordinar la salida del Sol con el punto cardinal adecuado para emprender la marcha, le visitaron los efectos de tanta fibra ingerida en forma de unos monumentales retortijones. No aguantó ni un minuto y tuvo que evacuar todo ese descontrol sacando el culo por fuera de la rama que le sostenía. Y así, desde las alturas, se precipitaron unas buenas cantidades de heces licuadas, dejando en la base del árbol materia orgánica de incalculable valor nutritivo para las legiones de insectos que poblaban la zona.

Se sintió de tripas aliviadas aunque un poco irritadas y se dispuso a bajar al suelo. Estuvo un rato sin separarse del tronco del árbol, oteando el horizonte, atento a cualquier indicio o movimiento animal merodeando por la zona. Agarró la lanza y echó a andar.

Anduvo buena parte de la mañana bajo un Sol implacable. Renqueante y ya sin apenas fuerzas daba pasos como un autómata, por pura inercia.

Se sentó a la sombra de un arbusto para recuperar el aliento cuando otra vez oyó unos gemidos muy familiares.

Contemplaba y recordaba la silueta recortada de las montañas que divisaba a lo lejos. Tenían unas formas muy características y se había fijado en ellas desde el campamento del safari el mismo día de la llegada. Intentó darse ánimos y quiso creer en una salvación muy cercana.

Llegó hasta el siguiente arbusto y se sentó otra vez. Estaba exhausto. El peligro de una muerte por inanición era una realidad candidata a acabar con él, incluso antes de que lo hiciera cualquier alimaña.

<<Que triste, -pensó- seré el almuerzo de algún animal como simple carroña, ni siquiera moriré con la honra de haber peleado. Pero..., ¡qué tonterías estoy diciendo! ¿En el fondo qué más da?, ¿quién se va a enterar?, ¿a quién le puede interesar si mi muerte ha sido honrosa o no? El rastro tan depauperado que quedará de mi no podrá dar pistas para ser descubierto>>.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrancar y proseguir el penoso trayecto. Al fin recaló en un páramo que le resultó familiar. Le parecía recordar el paisaje visto desde la caravana del safari.

Anochecía y el enfriamiento terrestre levantaba las primeras brisas vespertinas perfumando el aire con aromas de acacias en flor y frutos silvestres. Aquellos efluvios le produjeron un efecto revitalizador y consiguió acelerar el paso.

El aire cambió de dirección y de pronto el festival oloroso se tornó amargo. Empezó a percibir un tufo pestilente que aumentaba por momentos y ya casi era un hedor insoportable.

Gracias a una afición que desde joven profesaba a la zoología asoció aquel mal olor con una de las características de las hienas. Junto al estrés, ahora era el olfato el que sufría. Por enésima vez estaban cerca y no las detectaba con el oído, pero de cualquier modo le esperaban; no las podía ver y entre luces creía hacerlo, simplemente eran esbozos de un mapa mental producto del pánico.

La cautela ahora provocaba un avance lento y estaba muy atento a cualquier percepción de los sentidos. Y precisamente fue el sentido de la vista el que se incorporó a la lista de malos augurios. A un centenar de metros avistó los primeros destellos de unos ojos brillantes y asesinos.

Se quedó paralizado e instintivamente manoseó los bolsillos del pantalón para localizar el mechero que siempre llevaba encima.

Los destellos se multiplicaban y como un escuadrón perfectamente formado avanzaba hacia él. La oscuridad y la hierba alta le dificultaban la visión para poder distinguir las figuras, pero los ojos asomados delataban a una docena de individuos.

Estaba completamente acorralado y tuvo el impulso de gritar <<¡estoy perdido!>>, como acto pseudoheroico, pero calló y se dio cuenta de que su mano sostenía un mechero.

Las hienas lo habían rodeado por completo y entre ellas y él ya tan solo mediaba una franja herbácea de unos veinte pasos. Hizo un análisis rápido de la situación y resolvió: <<la única esperanza de sobrevivir es la de pegarle fuego a esta hierba seca>>. Entre tanto, aquellas fieras se mantenían inmóviles y ahora silenciosas; observaban, esperaban alguna señal, un movimiento de la víctima para justificar el ataque.

Con un movimiento rápido de los pies aplastó el forraje más cercano y dibujando un circulo en el aire con el brazo prendió fuego a su alrededor. Las llamas empezaron a avanzar de forma concéntrica e hicieron retroceder a las hienas. Eso le dio un respiro para decidir el siguiente paso.

Acalorado, sudando, con los ojos desorbitados y el rostro embrutecido; a riesgo de chamuscarse la entrepierna pegó un salto por el sitio que las llamas le parecieron de menor altura. Emprendió una carrera alocada y sin objetivo fijo. El cuello, bloqueado por completo, se resistía a girar hacia los lados; con la vista puesta en un punto fijo imaginario miraba hacia delante, a la oscuridad absoluta. Se desentendió por completo de la jauría, no quería saber si le perseguía o se estaba abrasando en el infierno que había provocado.

La histérica galopada llego a su fin cuando metió el pie en un hoyo y fue a dar de bruces contra un pequeño promontorio aparecido de la nada. Sin dar cabida a lamentaciones y manifestaciones de dolor inútiles subió patinando por una rampa llena de guijarros obstinados en ponérselo difícil.

Recalado ya en la minúscula cumbre de aquel montículo, no mucho más alto que un hombre, pudo aplacar el resuello y observar la suerte de las hienas. No podía ver nada excepto el resplandor en la lejanía de su obra pirómana. << ¿Será verdad que se han achicharrado esas malditas hijas de la gran puta?>>, pensaba.

Pasó un largo rato sin saber qué más hacer, descansaba y miraba y esperaba a no sabía exactamente qué. No sabía si lo que hizo le había acercado más a la salvación o acababa de condenarse por completo.

El brillo de la fogata ya decaía. La Luna había alcanzado el cenit e iluminaba la planicie. Podía ver una extensión negra y humeante hasta los confines. Los acontecimientos pudieron con él y se quedó agazapado al minúsculo peñasco como cuando un niño, agarrado a la teta de su madre, necesita cariño a raudales. Tumbado y encogido, la boca entreabierta se le cerró de golpe cuando vio de nuevo a sus amigas.

Le pareció que la manada de hienas había menguado en número, aun así eran muchas para enfrentarse a ellas. Ya entendió que se les había acabado la paciencia y no estaban dispuestas a prolongar el acecho, iban a atacar. Una parecía la líder del grupo y el resto esperaba su señal.

Se lanzaron en grupos de dos. Una hacia la labor de despiste para centrar la atención y la otra intentaba asestar el mordisco. Era una perfecta coordinación de relevo, un equipo atacaba y rápidamente entraba el siguiente.

Ante aquella táctica de desgaste lo único posible era aguantar y repelerlas como pudiese. Les tiraba piedras con una mano y con la otra daba golpes con el palo, al aire la mayoría de ellos. En un lance consiguieron morderle a la altura de la tibia izquierda y la brecha que se abrió desató la locura, los ataques aumentaron en intensidad y violencia. El buen trozo de carne que le arrancaron le hacía perder mucha sangre y le debilitaba a marchas forzadas. Quedó en cuclillas y casi indefenso, oportunidad que aprovechó otra hiena para morder la otra pierna y no soltarla. El resto de la manada se lanzó en tromba.

<< ¡Que mala suerte! me podían haber atacado los leones, por ejemplo... Al menos tienen la delicadeza de matarte antes de comerte>>. Deliraba. El agotamiento y el dolor tan intenso provocado por las mordeduras y desgarros desembocaron en un estado de catalepsia en el que ya no sentía nada. Simplemente se abandonó al recuerdo de un documental donde explicaban que las hienas, cuando no encontraban carroña y se dedicaban a cazar, tenían la mala costumbre de empezar a comerse la presa viva.

Sintió como se astillaba el fémur con la presión de una potente mandíbula, cuando...

- Julio, ¡despierta, despierta!, ¿qué te pasa?, Julio, estas soñando, ¡despierta!

- ¡Ah!, ¡oh!, ¿qué pasa... pasa?, ¡socorrooo...!

Abrió los ojos y Julio vio a su mujer que le estaba zarandeando la pierna con toda la energía que era capaz, quería sacarlo de esa pesadilla.

- Me has asustado, estaba en la cocina preparando el desayuno y he oído que gritabas como un energúmeno.

- ¡Madre mía!, ha sido terrible, estaba soñando con unas hienas, me atacaban, en África... Me mordían, era tan real...

Desayunando, Julio explicó los detalles de la experiencia onírica con tal pasión que hasta ella se metió en la historia compartiendo la ansiedad aventurera.

- Realmente lo he pasado fatal pero en el fondo ha sido muy intenso y excitante. Desde luego mucho más que cuando fuimos a Zanzíbar, allí metidos, casi sin salir de aquel resort anodino.

- Vaya, ¡uf! si parece que lo has vivido con intensidad, la verdad. - Comentó su mujer.

- Si, si, ha sido muy intenso y muy real. Por cierto, un momento, ahora vuelvo, voy a ver si he dejado algo en la cama que deba limpiarse.

16 de Fevereiro de 2018 às 17:52 1 Denunciar Insira Seguir história
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Francisco Rivera Francisco Rivera
Buen relato y extenso, como el conocimiento del contexto geográfico y la conducta animal en la supervivencia del medio. Entra uno a la angustia narrativa y padece la suerte de lo que ocurre al personaje. Ironía final de este cuento, agradeciendo su lectura.
April 13, 2020, 10:39
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