Violetas Seguir história

nayraginory Nayra Tadeo

En la España devastada tras la guerra civil, un joven es detenido y enviado a un campo de concentración para presos políticos, tan solo por haber cometido el delito de ser un "violeta". Basado en hechos reales. © Copyright Nayra Ginory


LGBT+ Impróprio para crianças com menos de 13 anos. © © Copyright Nayra Ginory Todos los derechos pertenecen a su autora. Este texto no puede ser copiado, reproducido o adaptado de cualquier forma sin la autorización expresa de su autora.

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I


—Agua, dame algo de agua.

El guarda miró primero hacia los lados antes de hablar al chico que le suplicaba.

—Manuel, sabes que no puedo.

—Por favor... —La voz del joven se parecía peligrosamente a un sollozo.

El guarda miró de nuevo a su alrededor, acorralado entre el deber y la piedad.

—Vamos Pablo. —Otro de los presos, uno de los que llevaba allí el tiempo suficiente como para saber que no debía rogar nada, le interpeló—. Es sólo un niño.

Un niño. Cuántos años podía tener Manuel él no lo sabía, pero no parecían ser muchos, la verdad.

—Está bien —musitó más bien para sí mismo. Se arrodilló en mitad del pasillo junto al catre del chico y le dio de beber de su propia cantimplora. Este apuró el agua con gratitud, sin dejar que una sola gota se escapara de sus ansiosos labios—. Pero sólo porque es tu primera noche.

Manuel le devolvió la cantimplora, más consciente ahora de donde estaba, a medida que su sed se iba apaciguando.

—Gracias. —Pero el guarda no le oyó. Siguió caminando para hacer su ronda, vigilando que los hombres durmieran tranquilos en sus catres.

Se arrellanó entre las mantas, dejando que la tela rugosa calentara su dolorida piel y rogando porque sus ateridos músculos se relajaran. Nunca había trabajado tan duro en toda su vida y no creyó que tuviera tanto aguante. Aun así, al final de la jornada apenas se tenía en pie y casi se desmayó en la cola del comedor. Un desconocido le había salvado de desplomarse en el suelo acogiéndole entre unos brazos endurecidos a fuerza de picar piedra. Manuel pensó que pronto él también sería así de fuerte. O bien estaría muerto. Aún le quedaban trescientos sesenta y cuatro días para descubrirlo.

El pensamiento casi le hace desfallecer. Se acurrucó aún más sobre sí mismo y se recordó que había prometido que no lloraría. Y no lo hizo. Ni cuando le arrestaron y lo tuvieron noche tras noche en un calabozo húmedo, pasando hambre y sin saber de qué lo acusaban. Ni cuando aquel policía le dijo que el juicio contra él había acabado y le habían condenado a un año en Tefía. Ni cuando se despidió de su madre y ella le dedicó una mirada cargada de asco y resentimiento. Ni siquiera durante la noche pasada en el barco, durante la cual los guardias civiles se habían aprovechado de su total impunidad y le habían dado una paliza antes de orinarse sobre él y dejarle a oscuras en la bodega, con las ratas como única compañía. Ni lo haría ahora, cuando había suplicado como nunca antes en su vida por un poco de agua. No iba a romper su promesa.

Sacó la nariz de debajo de las mantas para mirar a su alrededor y se topó con la mirada curiosa del hombre que descansaba más cerca de él, aquel que había intercedido en su favor frente al guarda. Era un hombre mayor, quizás de la edad de su madre, pensó Manuel, y no dormía, sino que se esforzaba en limpiarse debajo de las uñas con un tocito de metal.

—Gracias... por lo de antes.

Si Manuel esperaba respuesta, pronto se dio cuenta de que no iba a haberla. El hombre le obsequió con otra de sus largas miradas antes de volver su atención a sus uñas.

—Tienes que aprender, ¿sabes? —dijo cuando ya Manuel había desistido en tener una conversación con él—. A no rogar ni pedir nada. —Un silencio, luego el hombre continuó—. No todos los guardas son tan compasivos. Has tenido suerte de que fuera Pablo quien hiciera la ronda esta noche. Hay otros que te hubieran partido la boca para que pudieras beberte tu propia sangre.

Manuel tragó saliva en silencio, de repente consciente de su buena suerte y su gran estupidez.

—Lo tendré en cuenta.

—Más te vale. —El hombre resopló—. Aquí son muy duros. Especialmente con vosotros.

—¿Con nosotros?

—Sí, ya sabes, con vosotros, los violetas. —Manuel se ruborizó el entender—. No sólo los guardias, entre los presos hay algunos que tampoco os soportan. Pero de eso ya te darás cuenta tú sólo.

—¿Tú estás aquí por rojo?

—Sí señor —respondió el otro—. Ahora parece que los traidores a la patria tenemos un color, nos traen aquí para que nos volvamos todos grises.

El hombre se carcajeó de su propio chiste, con una risita que sonó casi como una tos. Manuel estaba demasiado exhausto como para encontrarle la ironía al asunto.

*

El invierno se acercaba a la isla de Fuerteventura, pero el clima parecía no querer darse cuenta. El sol que abrasaba la espalda de Manuel amenazaba con derretir su piel y evaporar toda el agua de su cuerpo. Al verle resoplando, uno de los presos le había espetado:

—Pues espérate a ver cómo es en agosto.

Varios guardas rondaban a su alrededor mientras los presos levantaban sus picos y los dejaban caer una y otra vez, cada uno a su propio y torturador ritmo. Sólo era su segundo día, pero Manuel creía que se le iban a romper los brazos. Además, sentía la lengua seca como un trozo de cuero pegado a su paladar, y el pensamiento de una cascada, pura y cristalina derramándose fresca sobre su ardiente piel y en su garganta, le hostigaba, aunque esperaba tener el suficiente aguante como para no pedir agua y esperar a que se la ofrecieran. No tenía ganas de descubrir si alguno de los que hoy le observaban trabajar era de esos que te partían la boca por pedirles algo.

El hambre también hacía acto de presencia y se pegaba a él, como un perro que cerraba las fauces en sus tripas. Las exiguas y asquerosas raciones de comida no eran suficientes para alimentarle, ni mucho menos, dejarle satisfecho. Todos los presos eran delgados sacos de hueso y músculo, con la piel curtida por el sol.

—¡Eh tú, Manuela! —El grito le sacó de sus propios pensamientos y vio al Sargento Martínez dirigiéndose a él—. Ven aquí.

El chico soltó el pico, pero no hizo ademán de obedecer.

—Ven Manuelita —insistió el guardia civil, llamándole desde los límites de la cantera.

—Mi nombre es Manuel —le respondió el chaval, alentado por su incorruptible altanería antes de tener tiempo de arrepentirse.

El hombre, un moreno alto de rostro austero, se permitió una sardónica sonrisa antes de avanzar hacia él.

Se hizo el silencio entre el resto de los presos. Incluso los guardas callaron, atentos a la confrontación con la expectación de quien espera a que empiece un espectáculo. Manuel se mantuvo de pie y firme, aunque más por el miedo paralizador que sentía que por valentía. Cuando estuvo frente a él, el Sargento le cruzó la cara con su enorme mano, haciéndole caer al suelo.

—Tú aquí te llamas como yo te diga, y yo digo que te llamas Manuela. —Varios de los guardas rieron la gracia de su superior—. ¿Tiene la nenita algo que objetar?

Manuel elevó su mirada hacia el alto hombre mientras lamía la sangre que corría por su labio partido, pero no le contestó.

—¿No? Pues hala, andando. —Le ayudó a incorporarse tirándole del cabello y le empujó hacia la salida de la cantera—. El capellán quiere conocerte.

—¿El capellán? —inquirió Manuel. El labio le ardía, pero no quería demostrar su dolor ante ese hombre.

—El padre José se encargará de tu reeducación espiritual, como él la llama. —Se dirigían hacia el edificio principal—. Nosotros nos encargamos de tu reeducación corporal —añadió con sarcasmo—, ¿lo entiendes? De aquí o sales como un hombre hecho y derecho, o no sales.

Entraron en el pesado edificio de piedra gris y aunque allí estaban resguardados del furioso sol del mediodía, dentro el calor parecía aún más sofocante que al aire libre. El edificio tenía tan sólo dos plantas y aún así era el más alto del lugar. El resto de las edificaciones eran apenas unos barracones donde dormían los presos, los almacenes, una diminuta capilla y el edificio de la guardia, además de las murallas que rodeaban el complejo para evitar que los presos escaparan. De todas maneras, pensaba Manuel, no había lugar al que escaparse, estaban en medio del puto desierto.

El despacho y las habitaciones del capellán se encontraban en la segunda planta, donde hacía aún más calor. Martínez le empujó escaleras arriba y le guió hasta una puerta que alguna vez había sido verde y cuyo único signo distintivo era una cruz de acero atornillada a ella.

El Sargento dio dos cortos golpes antes de abrir y hacer pasar al joven. Don José estaba sentado tras un escritorio, leyendo unos papeles que tenía ante sí. Sólo se oía en la habitación el aleteo de un ventilador que daba vueltas en el techo, el único lujo que Manuel había visto desde que llegó allí. Lo que más le llamó la atención, sin embargo, fue una jarra de cristal llena de agua y un vaso que estaba junto a ella, sobre la mesa.

—¡Ah! —El capellán se levantó de la mesa y se acercó al chico—. Tú debes de ser Manuel.

El chico asintió. Oyó como a su espalda se cerraba la puerta, pero seguía notando la presencia del Sargento en la habitación. Aun así no se giró.

—Siéntate hijo —le decía el capellán con una familiaridad y un calor inusitados para el lugar. Le indicó la silla que había frente al escritorio antes de volver a su sitio.

Al estar sentado frente a ella, los ojos de Manuel volvieron involuntariamente a la jarra de agua.

—¿Quieres beber? —le preguntó el capellán.

—Sí padre, por favor.

El cura le dedicó una benévola sonrisa mientras vertía agua en el vaso y se lo ofrecía. Manuel bebió con ansiedad mal disimulada.

—Bueno, veo que aunque llegaste ayer, ya estás metido de pleno en el trabajo de la cantera. Bien, muy bien, el trabajo duro no sólo fortalece el cuerpo, sino también el alma. —Volvió a sonreírle y entrelazó sus dedos sobre la mesa—. Bueno, hijo mío, ¿sabes por qué estás aquí?

Manuel se ruborizó.

—Sí, padre.

El capellán asintió.

—La sodomía es pecado, hijo mío. Dios no quiere que los hombres desperdicien su semilla en relaciones impuras. Y ahora, gracias al Generalísimo, también es delito. Este lugar castiga tu cuerpo, aunque sólo durante un corto periodo de tiempo, pero si persistes en tus vicios, lo que te espera es una eternidad en el infierno, ¿es eso lo que quieres para tu alma?

El chico negó con la cabeza.

—Pues da gracias, Manuel, porque aquí no estás sólo para ser castigado, sino también para ser curado y perdonado. Yo hijo mío, puedo ayudarte y guiarte, mostrarte la luz de Dios. Pero abandonar tus repugnantes y pecaminosos actos sólo depende de ti. Dime Manuel, ¿quieres ser salvado?

—Lo que yo quiero es volver a mi casa —musitó el joven.

—¿Y cómo, hijo mío, si tu madre te ha repudiado?

Manuel levanto la mirada con sorpresa, ¿cómo, por todos los cielos, podía el capellán saber eso?

—Pero no te preocupes —continuó el cura—. He escrito a tu madre para decirle que aquí te reformaremos y que cuando vuelvas a casa serás un verdadero soldado de Cristo. —Se levantó y comenzó a caminar por la habitación, fuera del campo de vista de Manuel. Al final, el joven sintió una húmeda mano sobre su hombro y un susurro junto a su oído—. Cuánta pena me da ver a un joven como tú perdido en las llamas de la depravación, pero aún hay salvación para ti. Estoy seguro que no ha sido culpa tuya, sino que han sido otros hombres que te han seducido, bebiendo de tus puras aguas hasta corromperlas. La luz de Dios te mostrará el camino. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu última confesión?

—No lo sé. Mucho tiempo.

—Pues ya es hora de que vuelvas a acercarte a la Iglesia y confieses tus pecados.

El cura se calló, mirándole expectante. Manuel tardó un momento en entender.

—¿Cómo? ¿Ahora? —Esta vez sí que miró para atrás, encontrándose con la mueca burlona de Martínez—. ¿Delante de él?

—Sí, hijo mío. El Sargento es un hombre piadoso y él entiende. Vamos, confiesa tus pecados.

—No. —Manuel se puso en pie, acalorado.

El golpe le llegó por detrás y lo tomó por sorpresa. Al intentar incorporarse vio al Sargento elevando de nuevo su porra para golpearle otra vez, esta vez en pleno rostro. Cayó al suelo, gimiendo de dolor, y sintió cómo le tiraban del cabello, para levantarle y obligarle a mantenerse de rodillas. El cura puso una mano sobre su hombro, en un gesto de fingida compasión.

—La humildad es una virtud, y yo no puedo ayudar a los que carecen de ella. Debes aprender a obedecer y renunciar a tus vicios. Repite conmigo: Perdóneme padre, porque he pecado.

Manuel cerró los labios con obstinación. Esta vez la porra se dirigió a su abdomen. Doblándose de nuevo sobre sí mismo esperó a que el acceso de nauseas acabase antes de incorporarse. El sargento volvió a tirar de él, levantando su cabeza.

—Repite Manuel, no quiero que te muelan a palos en tu segundo día. —Y luego añadió, como un profesor aleccionando a un alumno desaplicado—. Perdóneme padre, porque he pecado.

—Perdóneme padre, porque he pecado.

El cura esbozó una sádica sonrisa.

—Así me gusta.

27 de Outubro de 2017 às 14:22 0 Denunciar Insira 0
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