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El Caballero de Metal y la Flor

Cuentan las viejas lenguas que hace mucho tiempo una criatura nacida a partir de los deseos más valerosos de caballeros caídos en belicosas batallas, transfiguró su alma marchita y la sepultó para siempre en una tallada y fuerte armadura que le permitió desplazarse en el mundo de día y noche, que lo había visto nacer, durante muchos siglos.

En todos ellos, se enamoró de la majestad que la vida misma le ofrecía, ésta de carácter decoroso, armonioso, y agraciado, aprendiendo el secreto y el nombre de todas las cosas que se alzaban a sus pies. Sin embargo, existía un problema: el no poseía un nombre. ¿Y a dónde había ido su nombre con tanta urgencia, que incluso se había atrevido a abandonarlo? Ni siquiera el viento, la voz más sabia de ese incomprensible mundo, lo sabía. Quizá, así le habló el sol iluminado que había seguido los pasos del caballero desde lo alto de los cielos, debía encontrar ese nombre en algún rincón, hendidura, corpúsculo, que pudiera devolverle aquello que tanto anhelaba.

Porque, como los viejos caballeros, ansiaba algo que no podía tener. Una flor de ensueño que, según decían, crecía a muchas estrellas distante, y en ella, tan frágil, tan dócil, perduraba el nombre de todas las cosas. Una flor por la que cualquier criatura mataría, pues en ese mundo el nombre era el bien más preciado existente; ni las almas podían igualarlo, pues esa flor era la misma encarnación del amor.

Triste y decidido el caballero inició ese viaje que lo cambiaría para siempre, por ese mundo de desolación, dolor y amargura, con la esperanza de hallar a la flor de sus sueños. Y así, anheló siempre verle con sus ojos de metal, bajo el amparo de luz de la luna. Sin embargo, sin el siquiera pensarlo, sus pasos le guiaron al fin del mundo, donde se hallaba un océano luminiscente cantando solitario.

A partir de ahí el caballero de metal aguardó sin prisa, y con el tiempo deseó ser uno con el océano. En él despertó un sentimiento de deseo, ansiaba muy en lo profundo con el océano despertar todos los días, y en él morar; para así hallar a tan amado ser extraviado en ese universo en miniatura, más allá donde no existe el principio ni el fin. Otro mundo lejano por el cual debía vagar, y tal vez perecer; quizá también donde otros moraban esclavos de sus miserias, sus deseos egoístas, sus amoríos insignificantes; y en el que siempre vivirían aquellos fieles siervos y mortales sin un propósito en especial, soñando siempre terribles pesadillas.

Pasaron así las estaciones, y el caballero de hojalata aguardó cada amanecer y atardecer el poder cruzar esa vasta y humilde llanura líquida, sin darse cuenta de que lentamente sucumbía ante las más hermosas revelaciones, y ante los más dulces susurros que el océano le ofrecía; pues el océano era terrible y hermoso; y el caballero de hojalata siempre escuchaba su solitaria canción.

Un día una pequeña perla brotó desde lo profundo de su ojo de metal, y, cuando aquel inesperado cuerpo tocó la tierra, salió de ésta un brote diminuto, pero lo suficientemente grande como para que cualquiera se diera cuenta de que existía. Era una rosa, la más hermosa que hubiese nacido. El caballero de metal admiró a aquella flor emocionado y esperanzado en aquel milagro, pues si así había sucedido, las cosas serían mucho más hermosas para el mundo. Así, la flor se desperezó, como quien despierta de un largo sueño y se anunció con lo siguiente, ante la mirada atónita del caballero:

"He nacido de tu amor por el océano, pues le has amado sin darte cuenta. Aparecí como una luz en tu interior y quise salir para conocerte, porque, me has permitido estar aquí desde el principio de tus sueños."

El hombre de metal no podía creer que la flor estuviera allí. Ni siquiera que existiera por su amor por el océano a quién largas horas admiraba y en su música se extraviaba. La recibió con afecto, y la cuidó con los cuidados propios de un hombre de metal. Pero cada vez que se entregaba al cuidado de la flor, a lo lejos divisaba que el océano despedía radiantes corpúsculos que ascendían al cielo y estallaban en diminutas estelas de colores. Un fenómeno muy raro para él, que había vislumbrado muchas cosas. Entonces un día, como cualquier otro, e inesperadamente, la flor se afeó; y comenzó a perder su color radiante, como si las esperanzas le abandonaran.

El gigante de metal angustiado buscó una cura, mas la flor ante todo ello respondió, sin perder si quiera la compostura, pues todas las flores son tranquilas y puras de semblante: "El océano quiere abandonar este mundo, pues jamás le has pertenecido, jamás has sido suyo; por ello perece a través de las lágrimas ascendentes que ves cuando el alba se posa en el cielo. Siente una profunda tristeza que no puedo remediar, así como tú, ahora que ya tienes corazón. Él desaparecerá sólo por ti; te buscará para siempre, pero te olvidará si no te derramas sobre él y lo salvas de su congoja. Y si no lo salvas, desapareceré."

Con tan amarga noticia el hombre de metal cerró los ojos, pesaroso, y con abominable serenidad, acarició esa flor que tantas alegrías le había brindado. Una flor nacida del amor que merecía vivir, y mil oportunidades más de las que él le había dado. Sobre todo, pensó, que todos merecían conocer la existencia de aquella flor que llenaría de amor ese mundo cubierto de dolor. Ese mundo que merecía conocerla, aún en medio de las batallas, a las que había estado acostumbrado, la batalla de un corazón decadente, ruin y sin honor.

Sin decir palabra alguna, el hombre dio un solo beso a los pétalos de la bella y frágil flor al despedirse de ella, y sin más, se arrojó al océano que le aguardaba con los brazos abiertos. Y así cayendo en lo profundo, y por siempre, junto a su amado vivió. Mas cuentan que la flor contó su historia a través de muchas más, pues el amor de ambos seres era tan grande, que miles de rosas germinaron ante los ojos rasgados de los hombres que aún quedaban en pie, y que fueron testigos de la historia del caballero de metal y de su océano; pues en todo el mundo se vieron nacer aquellas esos enigmáticos tesoros que trajeron una paz eterna.

20 de Janeiro de 2022 às 03:58 2 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Sinfonia Universal Mi nombre es Vanessa pero prefiero que me conozcan por el nombre de Sinfonía Universal. Tengo mis pocos años en este mundo de escritura, pero más perteneciendo al ritual que significa la vida, soy de Mérida - Venezuela, el lugar que Dios eligió para que naciera. Soy un aprendiz de escritora, autodidacta, que tiene el infinito sueño de crear historias de fantasía que atrapen, y llenen de color las vidas de todos.

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Francis Acker Francis Acker
esto es absolutamente hermoso. ¡buenísimo trabajo!
January 24, 2022, 22:40

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