Las desventuras de Gonzalito Seguir história

daniel-tordo Daniel Tordo

¿Gonzalito era paranoico o desconfiado? Su excesiva desconfianza lo sumergió en un mundo donde no abundan los buenos amigos, hasta que un día tuvo una proposición que cambiaría el rumbo de su vida.


Drama Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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¿Paranoico o el chiflado de la cuadra?

En el mes de octubre del 2001 el taller metalúrgico donde trabajaba, tenía problemas serios. Su principal ingreso era la fabricación de aberturas para los barrios de viviendas que construía el estado. La obra pública, desde hacía unos meses, se había detenido y ni señales que tuviera en los venideros meses un nuevo despegue. Por este motivo, decidí comenzar un emprendimiento por mi cuenta. La primera idea era montar un kiosko, tipo polirrubros. Para el cometido, contaba con unos dólares ahorrados, exactamente tres mil. Otra de las opciones que barajé antes, fue la idea de inmigrar a los Estados Unidos, ya que para ese momento, los argentinos, a pesar del atentado del once de setiembre, no debíamos cumplir con el trámite de la visa. En el país del norte, me esperaba una numerosa comunidad de conocidos del pueblo y que ya hacía un tiempo, se habían integrado.
La foto de mi pasaporte decía mucho de mi. No se si les podría haber mentido a los de inmigración que ingresaba solo por turismo. Mi mueca, casi imperceptible, con los dientes apretados, con cara de preocupado, era el fiel reflejo de mis miedos. Ese temor que intuía que de irme, nunca más regresaría. Un día antes de mi partida, en la soledad de un banco de plaza, con los boletos de avión y mi pasaporte en la mano, decidí quedarme.
Fue mi vieja quien me dio el empuje inicial para alquilar un local por calle 28, donde en otros tiempos había otro negocio como el que quería instalar. Unos pocos días después abrí las puertas.
Una mañana que me disponía a comenzar mis actividades comerciales, fue l primera vez que me crucé con Gonzalito. Trataba de disimular de forma denodada su incipiente pelada. Caminaba casi encorvado, enfrascado en un su mundo. Alzó la vista para no llevarme por delante, abrió sus ojos, demasiado para ser poco, como si hubiera visto el diablo. De forma rápida, cruzó la acera para evitarme.
No le dí mucha importancia, solo tenía la vaga idea que vivía por el barrio. Unos días después de este incidente, me dí cuenta que su casa se hallaba exactamente en frente de la puerta de acceso a mi negocio.
Una tarde tranquila, me encontraba en la vereda y lo vi llegar a su casa. En principio, se detuvo frente a su puerta, miró para todos lados, pero no advirtió que lo observaba. Miró en un especie de ante jardín. Husmeó en su garaje. No había nadie. Luego de estos dos procedimientos cuidadosos y medidos, metió su mano en el bolsillo y extrajo la llave de la puerta de su casa. Volvió a mirar para todos lados. Desconfiado y temeroso por la presencia de un imaginario algo o alguien. Transcurrieron unos segundos y de manera vertiginosa, puso la llave, abrió la puerta e ingresó a su domicilio en un movimiento rápido y preciso.
No había pasado un minuto a lo sumo, cuando desde una de las ventanas de la vivienda, casi de forma imperceptible, observó los movimientos en la vereda. Recién en ese momento se percató que estuve presenciando su protocolar ingreso a la casa. De forma visible se estremeció y cerró todas las persianas.
Me causó risa su actitud. -Un personaje florido del barrio-, me dije.
¿Paranoico o el chiflado de la cuadra?
Esta actitud de Gonzalito, llamaba poderosamente mi atención. No pasó mucho tiempo en que me enteré que vivía solo. Los vecinos lo pintaron de cuerpo entero: hijo único, siempre sobre protegido por sus padres. Al partir de este mundo sus progenitores, su vida había cambiado radicalmente. Aunque heredó una modesta fortuna, dejó de ser sociable, mas bien retraído y poco comunicativo. Por ese entonces, no había nadie que le indicara como tenía que seguir. En realidad, su mundo giraba en torno a la desconfianza y el miedo implantado desde tierna edad. Esos miedos que lo hacían mirar con recelo a un desconocido. Lo movilizaba a mirar para todos lados antes de ingresar a su casa y lo hacían observar por la ventana para cerciorarse si alguien lo seguía. Un mundo de miedos. Tenía muy pocos amigos y conocí solo dos `personas que llegaban a su casa. Con el tiempo, también lo hacía una mujer de entre 35 y 40 años de edad, esbelta, morocha, de pelo corto, la que de vez en cuando le ayudaba en las tareas de aseo de la casa y oficiaba, de amante circunstancial. Tenían en común, un niño de dos o tres años, que a veces lo traía a la casa, pero Gonzalito no le había dado el apellido.
Al otro día, a eso de las nueve de la mañana, cuando doblé una esquina cerca del kiosko, nos encontramos frente a frente. En idénticas circunstancias al advertir mi presencia, volvió a poner cara de sorpresa y susto.
Ahora me había fastidiado. Me daban ganas de decirle, ¿Por qué me miràs con esa cara?- Hice silencio. No me detuve y seguí mi camino.
Días después, recuerdo que era domingo a la mañana, volví a encontrármelo en una confitería cercana. Se sentó en una mesa solo, pidió un café y el diario. Se dió cuenta enseguida que lo miraba. Terminó la infusión y llamó nuevamente mi atención que cuando cuando fue a pagar, extrajo de un pañuelo el dinero exacto.
-¡Ha! Además de ser un pelotudo es un pijotero de mierda- Me dije a mi mismo. El mozo del bar me contó que era habitué y que los siete días de la semana mas o menos a la misma hora, concurría a leer el diario y a tomar un café.
La vivienda de Gonzalito, era un hermoso chalet a dos aguas y poseía un garaje abierto, franqueado por una verja pequeña contruída en caños estructurales. En dicho garaje, había un ford falcon color blanco, impecable y por la patente ya tenía sus años. Su padre en 1991, antes de morir, lo había adquirido y solo tenía 1500 kilómetros hechos. Gonzalito no sabía manejar, pero sin embargo uno de sus amigos cercanos, de vez en cuando le sacaba el auto para andarlo. En otra de las oportunidades, él mismo lo encendía en el garaje y le daba un par de aceleradas. Se tomaba el trabajo de lavarlo, lo trataba con un renovador vinílico en las partes plásticas y las cubiertas. Daba la impresión que era un automóvil recién sacado de fábrica.
Faltaba poco para los días fatídicos de diciembre del 2001 donde la economía iba a pegar un tremendo descalabro. Un tipo como de unos cuarenta años, compró un atado de cigarrillos y me preguntó:
-¿Flaco, no sabés si el dueño del falcon que está en frente lo quiere vender?
- La verdad, ni idea, tendrías que preguntarle al dueño- le respondí.
El tipo tocó el timbre dos veces. Nadie salió. Gonzalito pispeaba desde el interior. Me di cuenta porque cuando se fue, las cortinas se movieron. La misma persona volvió a la tarde y obtuvo el mismo resultado.
Al otro día bien temprano, cuando fui a abrir el negocio, noté que alguien había defecado en mi puerta.
Ya tenía un sospechoso.
6 de Setembro de 2017 às 15:47 0 Denunciar Insira 2
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