anaid2007 Diana Novac

Una chica nueva llega al colegio. Mario no espera que le va a cambiar su vida...


Romance Todo o público.

#Michelle
0
10 VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

La nueva

El primer día que la vi fue ese primer día del último curso del instituto. El inicio del fin. Ella era tan tímida, tan callada… No diría la verdad si dijera que me sentí atraído por ella en el primer momento en que la vi. Era la nueva, nadie le hacía caso y ella no le hacía caso a nadie. En el patio, se fue con las chicas “guays” de clase, que le enseñaban las partes del instituto dándose aires de grandeza. El director acudió a clase cuando ya estábamos a punto de irnos a casa preguntando por una tal Michelle. La nueva. La señalamos desganadamente, ya que ella no daba muestras de presentarse al director.

El director la saludó con complicidad, haciéndole un guiño. Ante este gesto, pongo los ojos en blanco. Nunca he comprendido cómo los adultos pueden tratar de la misma manera a niños de 6 años como de 17, que es nuestro caso. El director, sin embargo, detecta con su visión periférica mi gesto y se acerca a mí con largas zancadas.

―¿Algún problema, Mario? ―me pregunta con su famosa expresión de “la has cagado”.

―Mmm… no.

―¡Perfecto! ―aplaude él―. Entonces supongo que no tendrás inconveniente en encargarte tú de que Michelle se adapte mejor y más rápido al instituto.

¿Michelle? Ah, la nueva. Bajo los hombros en señal de abatimiento y acepto con un “vale” resignado. Al menos, pienso, no será por todo el curso.

―Y además ―prosigue el director―. Así podrás hacer otras cosas en vez de hablar de tonterías con tus amigos en el patio.

Levanto las cejas con incredulidad, sintiendo la tentación de levantarme de la silla y largarme. ¿Tonterías? ¿Por qué la gente se empeña en generalizar? Bueno, vale, puede ser que algunos de los de mi edad pues hablen de tonterías, ok, pero no todos. De hecho, yo y mis amigos nos vamos al aula de artes plásticas y dibujamos. Tenemos una cuenta común de instagram en el que subimos nuestros dibujos y algunas veces, nos han comprado alguno. Nos conocimos durante la jornada de puertas abiertas, en un taller de dibujo. Comenzamos a hablar y descubrimos que los cinco teníamos la afición por dibujar, por lo que al final nos apuntamos nuestros respectivos números de teléfono y voilá!, nos hicimos amigos. Y dibujar no es una tontería. Pero me limito a morderme el labio y a asentir con sumisión cuando el director me pregunta si estoy de acuerdo.

La siguiente semana es lo más monótono que me ha pasado en la vida. Cada día iba pegado al lado de Michelle, enseñándole el instituto con mi mejor voz de profesor de historia aburrido. Sin embargo, ella en ningún momento habló. Como mucho, asentía o negaba con la cabeza cada vez que alguien le preguntaba algo. Me llegué a preguntar si era muda o algo así. Me irritaba un poco que me ignorase, tal vez necesitaba algo que me demostrase que no estaba pasando de mí y que yo estaba haciendo el idiota hablandole a un fantasma. Porque lo parecía. Tenía el pelo rubio casi platino, la piel blanca con algunas débiles pecas en las mejillas y en la nariz y los ojos grises. Era como una persona en blanco y negro. O más bien, en blanco, negro y gris. Y también vestía en colores grises o de negro. Jamás la vi ponerse algo de color. Excepto aquella flor. Pero ya saldrá esa parte más adelante.

El día que le terminé de enseñar todo, la observé tan callada y tan encogida sobre sí misma, casi tratando de mimetizarse con la pared contra la que estábamos apoyados, que me dio pena. Pasé de la indiferencia a la pena. No sé qué es lo que había cambiado, pero en ese momento me sentí culpable de no haber intentado ser su amigo en vez de un guía al que no le gusta su trabajo. Así que le pregunté sobre su vida.

―Nací en Sicilia ―dijo con una vocecilla aguda y débil que no había escuchado en ningún momento―, y después vine a Vigo, pero a mis padres les ofrecieron trabajo en Valencia y aquí estoy.

Esperé unos segundos, a la espera de que me contase más, pero se volvió a quedar callada, y después de cinco minutos de absoluta incomodidad, sonó la música de cambio de clase, Cold, de Jorge Mendez. Me despedí con un “chao” y prácticamente huí hacia mi próxima clase. No sabía qué era lo que me ha exaltado tanto. No sabía por qué sentía alivio al separarme de ella. No sabía nada.

El siguiente día,llegó muy alterada al patio. Le pegué un mordisco a mi bocadillo.

―¿Qué pasa?

Ella me miró ignorando mi pregunta y cogió aliento.

―No estoy acostumbrada a contar cosas de mi vida y ayer me pillaste desprevenida, déjame a que me acostumbre a ti y poco a poco te iré contando, no te lo puedo decir todo de golpe, lo siento.

Cuando terminó de hablar, parecía exhausta cuando se sentó en el banco, como si el hecho de hablar fuera un ejercicio agotador. No volvió a hablar el resto del patio. Sin embargo, cuando esa noche me recosté en mi cama, completamente a oscuras, con Ayo Technology, de Milow, sonando en los AirPods, pensé en ella. Y sonreí.

Durante los siguientes días noté sus esfuerzos por hablar cada vez un poco más. El primer día me contó que tenía dos hermanos mayores, que ya se habían ido de casa, y ella a veces iba durante las vacaciones a la casa de uno de los dos hermanos, en Polonia. Otro día, me contó que tenía un gato, que se llamaba Tom. Le pregunté si era por Tom y Jerry, provocando una débil carcajada por su parte. Me explicó que le pusieron el nombre en honor a un tatarabuelo, que falleció por una caída en las escaleras. Inmediatamente me disculpé, pero ella le restó importancia con una mano. Al fin y al cabo, nunca lo conoció.

Michelle era de esas personas que se esfuerzan mucho por pasar desapercibidas, son como un diamante que se cubre con mugre. Pero cuando se descubren ante el mundo, ya nadie le olvida. Y eso es lo que le pasó en la clase de música. La profesora, Celia, siempre había presumido de ser la solista del coro más importante de la ciudad. Después de explicarle eso a Michelle, le pidió que le cantara algo en francés, su lengua materna. Michelle negó con la cabeza, pero ante la insistencia de la profesora, exhaló un “vale”, tan cargado de sufrimiento que me arrancó una sonrisa. Dijo que sólo se sabía una canción en su idioma materno, una canción de cuna. Se puso detrás del piano, obedeciendo a la profesora y tocó las primeras notas de Frere Jacques. Todos estábamos encandilados, observándola, algunos riéndose ante la expectación que se palpaba en el ambiente. Pero enseguida enmudecieron. Normal cuando comenzó a cantar. Compararla con los ángeles o con alguna otra cosa se le quedaría corto. Hasta Celia palideció. Celia, que siempre aprovechaba la oportunidad para jactarse de estar dotada con una voz maravillosa. Pues mira, Celia, aquí tienes a la que será la mejor solista del país.

Durante los dos siguientes días, Michelle no volvió al instituto. Me sorprendí mirando furtivamente su asiento vacío delante de mí. No me esperaba echarla de menos. En el patio me fui con mis amigos y aprovechamos esos dos días para contarnos novedades. Me dieron unas entradas para el próximo concierto de Morat que les regaló un comprador habitual que había acabado haciéndose amigo del grupo porque fueron juntos a la universidad. Me dieron una para mí y otra más para un acompañante. Quedamos con que hablaríamos más tarde por el grupo de Whatsapp y nos volvimos a nuestras respectivas clases cuando suena Cold. Llegué antes de la hora a mi clase y todavía no había nadie. Me senté en la mesa mientras observaba el asiento de Michelle. Todavía seguía sonando Cold. Sentí nostalgia y en mi mente asomó el recuerdo de su risa. Sonreí. Y seguía sonriendo cuando llegaron mis compañeros y la música desapareció por completo. Y sonreía todavía más cuando llegué a mi habitación por la noche y me quedé dormido mirando las estrellas por la ventana.

El día que menos lo esperaba, Michelle apareció y mi corazón dio un brinco cuando la vi. Me acercé a ella casi tropezándome con mis propios pies y sintiéndome ridículo. Pero no desistí. Cuando llegué a su lado, todos los de clase nos miraban. Algunos se rieron. Pero me dio igual. Yo me giré para hablarle a Michelle, pero había desaparecido. Me giré 180º y la encuentré en su mesa, encogida en el asiento. Ya nadie nos prestaba atención. Me fui a mi mesa un poco molesto, me hubiese gustado que no me hubiese dejado plantado de esa manera. No obstante, alguna vez la pillé mirándome de reojo en clase. Cada vez que dirigía mi mirada a sus ojos grises, los suyos cambiaban de dirección. Me sorprendió que me mirara en clase. Yo también solía hacerlo. Pero bueno, a lo mejor lo hacía con todos. Me fijé. No, sus ojos sólo se dirigían al profesor, a objetos o a mí, estaba claro. Me sentí bien, hasta llegué a sonreírle una vez que se quedó mirando más tiempo de la cuenta. Ella apartó la mirada, sobresaltada, con un resoplido. Me reí a carcajadas, llamando la atención del profesor. Después de aclararle al profesor que me reía por una cosa que había recordado, volví a pillar a Michelle mirándome, con lo que le saqué la lengua. Se giró, pero pude ver cómo se abultaba su mejilla, insinuando una sonrisa.

Más tarde me confesó que no fue los dos días siguientes a la escena del aula de música por vergüenza, prefería esperarse antes de volver a clase para que los compañeros la olvidaran y después poder volver a pasar desapercibida. Pero noté que se guardaba algo para sí misma y la presioné un poco para que me lo contara. Conseguí sacarle que algunas del grupo de las chicas populares de clase se habían acercado a su casa y pintado en las paredes palabras como: autista, ridícula y penosa, y que aprovechó el tiempo que no vino a clase para volver a pintar la pared.

Yo me enfurecí y fui corriendo hacia el despacho del director. Michelle, sin embargo, se aferró desesperada a mi manga, rogándome que la escuchara. Me reveló que no quería que el director se enterase porque sólo serviría para que le cogieran más manía. Le dije que vale, pero ya sabía qué hacer. Cuando por la tarde nos teníamos que ir a casa, le dije a Michelle que esa vez no la acompañaría. Ella me miró con una expresión un poco rara, con pena y algo más. Pero en cuanto se fue, fui al despcho del director y le dije que había visto a Paula, a Carla y a las del grupo pintando insultos en la fachada de la casa de Michelle. Al día siguiente, ellas no vinieron a clase, pero me enteré que estaban expulsadas. Michelle ese día estuvo más callada que de normal, pero cuando le comenté que estaban expulsadas, palideció.

―¿Qué has hecho? ¡Te dije que no hicieras nada! Ahora van a ir más todavía a por mí.

―Eso está resuelto ―le dije, animado―. Le dije al director que fui yo quien les pilló. Y creo que también difundiré el rumor. Así, si se enteran, irán a por mí, no a por ti.

Después de decirle esto, empalideció todavía más y se tapó la cara con las manos.

― ¿Por qué lo has hecho?

Me sorprendió la pregunta, tampoco lo pensé mucho cuando lo hice, fue un acto bastante instintivo, casi un arrebato. Se lo dije y ella se volvió a encoger. Recordé que ese día apenas me habló y le pregunté la razón. Ella se ruborizó y se negó a decirme nada. Insistí varias veces hasta que accedió.

―Bueno… es que el día anterior no me acompañaste a casa y pensaba que lo había cagado contándote lo de las pintadas.

La tranquilicé enseguida, diciéndole que no se preocupara, que me podía contar cualquier cosa, que para eso están los amigos. Ante esta última palabra, la cara se le iluminó y me preguntó si éramos amigos.

―Claro, Micky. Somos amigos desde el día en que me dirigiste la palabra por primera vez.

Ella enrojece, pienso que ante ese recuerdo, pero parece medio enfadada cuando habla.

―¿Micky? Es un mote horrible.

―Pues te pega ―respondo, colocándole dos mechones de pelo sobre la cabeza a modo de orejas, como las de Mickey Mouse. Ella aparta mi mano, resoplando y nos reímos.

1 de Maio de 2021 às 18:09 0 Denunciar Insira Seguir história
0
Leia o próximo capítulo Un concierto a la vista

Comente algo

Publique!
Nenhum comentário ainda. Seja o primeiro a dizer alguma coisa!
~

Você está gostando da leitura?

Ei! Ainda faltam 3 capítulos restantes nesta história.
Para continuar lendo, por favor, faça login ou cadastre-se. É grátis!

Histórias relacionadas