Augurio de una Condena Seguir história

N
Noah Loran


Tras un año nefasto, Noah Loran decide acabar con su vida y terminar con todo. Pero todo está muy lejos de terminar, su historia no ha hecho más que comenzar.


Suspense/Mistério Todo o público.

#Brujas #Crimen #Venganza #Infierno #Condena #Secta
1
17203 VISUALIZAÇÕES
Em progresso - Novo capítulo Todas as Segundas-feiras
tempo de leitura
AA Compartilhar

5 de Agosto de 2013, Noah Loran.

Llevaba unos quince minutos sentado en el interior de mi coche, abstraído en mis pensamientos y dirigiendo mi mirada hacia cualquier mota de polvo que se zarandeaba a mi alrededor.

Un ascensor cercano emitió un sonido oxidado y tan chirriante que me hizo reaccionar, alguien bajaba. Miré mi reloj, ya iba siendo la hora de ir a trabajar. Un barullo de gente pronto recorrería las calurosas calles de la ciudad de Forlón, hecho que podría causarme problemas, pues no quería involucrar a nadie.

Solo diez metros me separaban de mi propósito, de esa pared mugrienta que esperaba ver por última vez. Había llegado el momento, por lo que, con rostro impasible, arranqué y pisé a fondo el acelerador.

Todo ocurrió muy rápido y, como era de esperar, la cálida luz del verano abandonó el aparcamiento a gran velocidad, arrastrando mis últimos pensamientos hacia un vacío negro de inconsciencia.

•••

Comencé a recobrar el sentido. Casi no pude disfrutar de la oscuridad que me había engullido. Apenas tuve unos segundos para experimentar la nada, la ausencia de mi existencia, de mis sentimientos y emociones.

Inhalé un aire rancio, como olvidado. Sentí el sabor de la arena, el tacto de una tierra seca bajo mi cuerpo. ¿Dónde estaba? Me sentía algo desorientado, pues era obvio que ya no me encontraba en el aparcamiento.

Abrí mis ojos, pero esto no hizo sino aumentar mi confusión. Me encontraba en un terreno arenoso teñido de un color rojizo parecido al de la sangre. El lugar era tan oscuro como el ébano. Sin embargo, por algún extraño motivo, estaba vagamente iluminado en mi ubicación. Gracias a este capricho, al fondo entre la penumbra, se podían intuir las siluetas de paredes dentadas, las cuales descubrían lo que debía ser una cueva circular y abovedada. Todo estaba muy oscuro, por lo que no alcanzaba a ver nada más, a pesar de contar con esta luz que parecía emanar desde mi persona.

Tras terminar de echar un vistazo, me levanté del suelo y usé mis manos, en un reflejo casi involuntario, para palparme la cara y el pecho: Comprobé que no tenía ninguna herida. Lo que estaba experimentando no parecía tratarse de un sueño, pues todo lo sentía muy real. Sin embargo, el choque que provoqué contra la pared debió matarme, por lo que me desconcertaba el hecho de no tener ningún corte o lesión en mi cuerpo.

La cueva despertaba mi curiosidad, ¿cómo habría llegado hasta aquí? ¿Quizás me encontraron y me arrojaron a este lugar? ¿A pesar de que seguía con vida? ¿O es que ya estaba muerto? ¿Era este lugar el más allá? No podía dejar de hacerme preguntas, una tras otra se acumulaban en mi cabeza, pero ninguna obtenía respuesta.

Comencé a moverme, morir de inanición en una cueva siniestra no era mi intención, aunque, en verdad, podría haberlo sido; pues mi fin, en un principio, era morir.

De pronto, antes de que diera más de dos pasos, unas criaturas de aspecto primitivo comenzaron a emerger del suelo, apartando con sus zarpas la tierra que las enterraba. Tenían la piel abrasada, con pellejos de carne colgando, erupciones y ampollas por todo su cuerpo. Me infundían su propio dolor con el simple hecho de contemplarlas. De grandes colmillos y con poca ropa cubriendo sus vergüenzas. Algunas portaban tridentes, otras picas y otras lanzas, y luego había un grupo minoritario que se bastaba de sus enormes garras para mantenerme intimidado.

Me rodearon.

Sus miradas fogosas y llenas de odio me horripilaban. Caí horrorizado al suelo y volví a ponerme en pie lo más rápido que me lo permitieron mis piernas, las cuales apenas podía controlar a causa del miedo.

En frente de mí se alzó una roca de más de dos metros de altura, trayendo consigo sonido que hizo retumbar toda la cueva. Detrás, de entre las sombras, apareció un hombre encapuchado que comenzó a caminar con sosiego en dirección a esta roca. Vestía una túnica ceremonial de color negro que cubría todo su cuerpo y llevaba consigo un bastón en el que se apoyaba para caminar. Su andar era lento y torpe, por lo que le llevó su tiempo postrarse tras la roca, la que pudo usar a modo de atril gracias a unos escalones que aparecieron bajo la misma.

―¿Dónde estoy? ―pregunté con mucho miedo y casi tartamudeando mientras giraba la cabeza con rapidez y miraba, asustado y atónito, hacia todas las direcciones y hacia a ninguna al mismo tiempo.

Ninguna de estas criaturas que me rodeaban me respondió. El tipo encapuchado, por su parte, apoyó sobre el atril un pergamino que guardaba entre su túnica; luego sacó una pluma y comenzó a anotar algo. Mientras, el resto de criaturas vitoreaban y me abucheaban a la vez. Con sus puños cerrados y oscilando en alza, daba la sensación de que estaban pidiendo mi cabeza.

―Bienvenido, portador de desdicha ―dijo el encapuchado de forma pausada a la vez que me señalaba con el dedo índice.

―¿Desdi…? Un momento, ¿dónde estoy? ―pregunté.

―¿Os habéis perdido? ―preguntó con una voz espesa. Una voz caducada que se clavó en mi columna vertebral, distribuyendo el miedo por todo mi cuerpo.

―Eh... Yo... ―El pavor me cohibía.

El encapuchado se llevó el puño a la boca y expulsó una tos gélida que sonó a ultratumba. Nunca, en toda mi vida, había sentido tanto miedo. Era tan intenso que incluso sentía como empezaba a perder el control de mi vejiga, algo que no me pasaba desde que tenía unos seis años.

―Os noto desorientado.

―Obvio… ―murmuré―. Así es como me siento ―conseguí responder.

―Podéis respirar con tranquilidad, joven. El miedo es inútil, aunque reconozco que a veces inevitable. Os aclararé la situación en la que os encontráis. ―Alzó los brazos con simetría, haciendo partícipes de la conversación a aquellos seres que me rodeaban―. Es sencillo, estamos aquí reunidos para decidir el futuro de una pobre alma, de un ser perdido y desdichado que acaba de descender del mundo de los vivos a una edad muy temprana. ―Extendió su mano derecha al frente, señalándome con la yema de sus dedos y con ello indicando que se refería a mi alma.

―¿El futuro... de...? ―Respiré hondo, no llegaría a ninguna parte si no era capaz de articular palabra―. ¿El futuro de mi alma? ―pregunté.

―¿De verdad es tan difícil de asimilar? ―Resopló―. Estáis muerto.

Muerto. Estaba muerto. Este extraño encapuchado acababa de decir que estaba muerto. Un sudor frío recorrió mi cuerpo. Mi corazón, o lo que quedaba de él, dio un vuelco. Si bien una parte de mí quería morir, lo que quería era desaparecer, sin más. No ir a una cueva a conversar con, lo que parecía ser, un anciano decrépito. Me sentía decepcionado, yo solo anhelaba el descanso eterno. ¿Quién esperaba algo así tras la muerte? Yo era más de ciencias, cerebro muerto era igual a la nada más absoluta. Por eso quise acabar con mi vida.

―Y entonces, ¿ahora qué? ―pregunté.

―Bien, lo vais asimilando. Ahora nos encontramos en la antesala del infierno. Haremos un juicio de valor. Según vuestras hazañas en vida, decidiré si debéis continuar más allá o parar aquí. ―Tardaba tanto en pronunciar cada palabra, que sus frases se me hacían eternas. Era tal su lentitud al hablar, que al terminar una oración se me olvidaba el principio de la misma. Había que hacer memoria para recordar todo lo que había dicho.

―Eh... ¿Có...C...? ¿Q...? ―Maldito miedo, ladrón de palabras―. ¿Inf... Infierno?

Otro vuelco dio mi corazón. Estaba viviendo una pesadilla, yo nunca creí en Dios, en el cielo o en el infierno. Todo debía ser producto de mi imaginación. Deseaba poder despertar y dejar este lugar, pues se me habían quitado de golpe las ganas de morir, a pesar de todo lo que me había pasado.

―Esto no puede estar pasando ―dije a la par que zarandeaba mis manos de izquierda a derecha.

Estaba a punto de mearme encima debido al miedo.

―Deberíais abandonar esa actitud. No tenéis nada por lo que temer si habéis sido un buen hombre. Solo habéis de abrazar vuestro destino y dejaros llevar por él. ―Levantó su mano derecha, haciendo un gesto de liberación con ella, como si hubiese soltado una paloma―. Pronto descubriréis lo que os aguarda, es una promesa, no os haré esperar.

―¿Y de qué hay que hablar?

―¿No deseáis contarme? ¿No deseáis redención? Pobre desdichado, puedo enviaros ya al infierno, si es que así lo deseáis.

―¡No! No me refería a eso... Pensaba que aquí lo veían todo, que ya sabrían todo sobre mí. ¿Dios no lo ve todo y lo sabe todo?

―¡Escupo en Dios! Yo no soy Dios, estoy aquí para juzgaros y no sé nada de vuestra vida. Dios no tiene poder aquí. Yo dicto sentencia, yo establezco las normas: Aquí mando yo. ―Pareció haberle sentado muy mal el nombrar a Dios―. Ahora hablad, y no os molestéis en mentir, ninguna mentira es más escurridiza que yo.

―Pues... ―Volví a tragar saliva―. Usted dirá.

Me encontraba en una situación un tanto confusa. ¿Quién iba a esperar algo así tras la muerte? ¿Presenciar un juicio? Tenía que centrarme. Debía sacar lo mejor de mí para evitar una condena, para evitar ir al infierno. Si bien, siempre me había considerado un buen hombre, mi pesimismo innato me hacía creer lo contrario.

―¿Cómo os llamáis? ―preguntó el juez.

―¿Esto va en serio?

Las criaturas que me rodeaban comenzaron a mofarse de mí, o al menos esa era la sensación que me transmitían. Tras sus risas y burlas, algunas de ellas se acercaron y me pincharon con la punta de sus armas, no muy profundo, pero lo suficiente como para hacerme sangrar y aclararme que todo iba en serio.

―¡Vale! Vale... M... ―Me llevé las manos a la cabeza, estaba muy asustado y casi no me salían las palabras. Intenté hacer acopio de todo mi valor y responder. Había que ser fuerte y parecer sensato, me encontraba en un momento crucial y debía dar lo mejor de mí mismo.

Respiré hondo.

―Me llamo Noah Loran.

El juez permaneció inmóvil, impertérrito ante mi respuesta, daba la sensación de que se estaba durmiendo. Esto, unido a su forma de hablar y a su voz, hacía parecer que tras esa túnica se encontraba un anciano en la fase terminal de una terrible enfermedad que deterioraba su cuerpo, poco a poco, hasta consumirlo. Pero, entonces, el juez encapuchado despertó de su momentáneo letargo y volvió a preguntar:

―¿Cuál es vuestro nombre, joven?

―Eh... ¿Otra vez? ―Intenté sonreír e incliné mi cabeza hacia la derecha, con mueca dubitativa―. Lo acabo de decir, es Noah Loran.

Entonces cogió su pluma y esta vez apuntó algo en el pergamino. Parecía que estaba rellenando una ficha, lo cual me desconcertaba todavía más.

―¿Edad?

―Tengo treinta y dos años.

El juez volvió a escribir, con lentitud, algo en el pergamino.

―¿Oficio?

―Fotógrafo, ya sabe... Comuniones, bautizos, renovar el DNI, etc. ―contesté.

El juez intentó proseguir tras anotar mi respuesta en aquel pergamino. Pero antes debía tomar aire. Le costaba hacer uso de su voz, era como si le pesara. Tenía que aspirar antes de hablar y después debía hacer fuerza para que el sonido no se desvaneciese antes de poder ser escuchado.

―Señor Noah Loran, de mediana edad, robador de almas. ―Volvió a toser, esta vez echando todo el esputo encima del atril. Llenó el pergamino de flemas. Era repugnante―. Algo común esta afición en los nuevos tiempos.

―Sí, pero he de remarcar que las fotos no roban el alma, yo diría que las inmortaliza ―remarqué entre susurros, aprovechando una pausa que usó para tragarse las flemas.

El juez permaneció inmóvil.

Se hizo el silencio.

―Es una creencia un tanto estúpida y anticuada eso de que las fotos te roban... ―continué, pero me tapé la boca con mi puño derecho antes de terminar la frase.

El juez dejó escapar un bufido.

―Perdone, no le estaba llamando estúpido a usted ―dije.

―No soy capaz de recordar la última vez que alguien osó desafiarme. ―Aparté mi mirada y la posé en el suelo, arrepentido por lo que acababa de decir.

El juez hizo una pausa y continuó hablando:

―No busquéis contrariarme, nunca más. Os voy a perdonar esta transgresión, pues soy benevolente y habéis pedido disculpas, pero mi paciencia es reducida. ―Tosió―. Hablad sin miedo, pero sin olvidar cuál es vuestra posición y la finalidad de todo esto. Decidme, ¿por qué ese oficio?

―Mi... ―Qué remedio, no quería acabar en el infierno, debía hablar―. Mi padre desapareció cuando yo era un niño y heredé su vieja cámara.

―¿Ahora es cuando empiezo a llorar? ―Escupió en el suelo, hacia su derecha. Le gustaba escupir―. Guardad un poco de dignidad. Lo que intentáis no funcionará conmigo, señor robador de almas.

―No. ―resoplé―. He respondido a la pregunta. No lo he dicho para dar pena, era un objeto muy preciado por mi padre. Supongo que me gustaba darle uso y con ello empezó todo.

―Os hacía sentiros cerca de él ―comentó.

―Eso creo, con el tiempo me volví bastante bueno en el arte de la fotografía. ―El encapuchado me miraba con atención y esperaba que continuase con la historia―. Eh... Mi madre no ganaba mucho dinero así que tuve que contribuir para salir adelante, por lo que empecé a presentarme a diversos concursos para sacar un dinero extra.

―Eso está mejor, joven, mucho mejor. Dice mucho de vuestro compromiso y del sentido del deber. ―Su voz se volvió más cálida y calmada, me reconfortaba―. Ayudando al sustento familiar a una tan corta edad. ―Lo apuntó en el pergamino―. Escucharos me trae recuerdos de mi juventud, de cuando yo también tenía ilusiones e intentaba ganarme el alimento con lo que más me apasionaba, pero hace ya tanto de eso…

―Bueno, me apasionaba al principio. Luego tuve que renunciar a las ambiciones de la juventud y enfocar mi carrera hacia un punto de vista más... Digamos, comercial.

―¿Sois codicioso?

―No. ¡Claro que no! ―aclaré exaltado, pues hacer algo por codicia sonaba muy mal en la situación en la que me encontraba―. Cuando empecé, el trabajo era muy irregular y me hacía viajar mucho. Por lo que abrí un negocio en la ciudad donde residía. Pero lo hice para traerle un sueldo fijo a mi propia familia y para no tener que separarme de ellos por tanto tiempo.

―Oh… Eso es honorable. ―Sonreí al escucharlo, parecía que todo iba bien―. Un hombre que renuncia a sus sueños para dedicarse a la familia.

―Por un hijo siempre se hace lo que haga falta.

―Entonces sois un padre de familia, un hombre que piensa en los demás antes que en sí mismo. El mundo sería mucho mejor con más gente como vos. ―Se me iluminaba el rostro, ya me veía en el paraíso, con mi hijo otra vez entre mis brazos―. Es una pena que hayáis muerto tan joven, una desgracia que hará que vuestra familia os eche en falta.

La sonrisa se borró de mi rostro en escasos segundos. Permanecí cabizbajo e instantes después intenté disimularlo y volví a esbozar otra sonrisa, pero el encapuchado pareció darse cuenta de ello.

―Os traicionan vuestros sentimientos, ¿qué ha sido esa cara? ―preguntó.

―No... No ha sido nada. ¿Qué cara?

―Ya os he dicho que no iba a tolerar esto. ―Aparté mi mirada hacia otro lado―. ¿Queréis que mis lacayos vuelvan a cortaros? Vamos, hablad.

―El asunto es que… ―Me llevé la mano derecha a la nuca y me rasqué el pelo―. Yo mismo me quité la vida ―dije murmurando, con esperanza de que no lo escuchase y cambiase de tema.

―Os quitasteis la vida... ―Lo apuntó en el pergamino―. Cuando llegasteis a este lugar, sin rumbo y desorientado, pensé que habíais tenido una muerte rápida e improvista y que incluso ni os habíais percatado. Pero ahora confesáis haberos quitado la vida. ―Su voz dejó de ser cálida―. Os habéis quitado la vida y aun así os sorprendéis de estar muerto. ¿Qué esperabais tras la muerte? ¿Un presente? ¿Qué tipo de obsequio esperabais?

―No... Solo es que... Me sorprendí por encontrar algo tras la muerte, más que de haber muerto en sí.

La sonrisa volvía a desaparecer de mi rostro.

―Lo que me sorprende es que alguien que dice ser tan devoto a la familia como decís ser vos, sea capaz de abandonarla por voluntad propia.

―Esa no era mi intención ―susurré.

―Importan los hechos, no las intenciones. ¿Por qué abandonasteis a vuestra familia, señor robador de almas? ―insistió.

―No he abandonado a nadie ―insistí.

El juez apoyó sus manos con decisión sobre el atril, dando un fuerte golpe sobre este y alzándose lo más que pudo sobre él. Cogió aire y se dispuso a decir algo:

―¡Señor Noah Loran, robador de almas! ―Elevó su voz de tal forma que retumbaba por toda la caverna―. ¿Por qué abandonó a su familia?

―¡No abandoné a nadie! ―grité entre inapreciables sollozos, pero un segundo después recordé que no estaba en posición de gritar a nadie. Resoplé y aspiré hondo mientras el juez volvía a su posición original―. Mi hijo murió hace un año. No abandoné a mi familia, solo quería reunirme con ella.

―¿Y qué fue de vuestra esposa? ―Su voz se volvía cada vez más áspera y terrorífica―. ¿La abandonasteis con tal pesar?

―No pudimos superarlo. Mi mujer y yo nos separamos. Así que, como puede ver, yo ya no tenía nada que hacer allí. No pude encontrar las ganas de vivir.

―Con eso confirmáis lo que os acabo de preguntar.

―No… Yo… ¡Yo soy una víctima de todo aquello! Hice lo que hice porque ya no aguantaba más, cada día lo pasaba peor, ya no era capaz ni de sentir. No… No se me puede culpar de lo que pasó y tampoco de lo que he hecho.

―Sí que se os puede culpar de quitaros la vida. No tenéis tal derecho.

―Mi vida acabó cuando murió mi hijo, no ha sido una elección mía ―musité.

―¿En verdad esperabais que ignorásemos vuestros pecados y que os dejáramos ir a descansar? Pues estáis muy lejos de poder descansar. ―Sentía como todo el peso del mundo caía sobre mí―. Habéis hablado de suicidio... Me lo habéis puesto muy fácil, ni siquiera he podido divertirme ―murmuró a la vez que hacía un gesto de resignación con su cabeza, moviéndola con brusquedad de izquierda a derecha―. Todos sois iguales. No sabéis aprovechar lo que os dan, os pensáis que la vida es un juego, que todo es pura diversión y que podéis hacer lo que os viene en gana. Pero esa vida trae consecuencias, pues no es más que una prueba y no sois pocos quienes no la superáis ―dijo, en una frase que pareció haber tomado varias horas.

―¿Qué quiere decir?

―Ahora dictaré el castigo que os merecéis.

―¿Se me va a condenar al mismísimo infierno por cometer suicidio?

―Apestáis. Desde aquí puedo oler e incluso llego saborear el hedor del alma pútrida que os acompaña. No seré misericordioso, pues adoro condenar ánimas como la vuestra. Os merecéis un castigo acorde a vuestro pecado, debería enviaros con las Meigas, pero no tenéis la marca.

―¿Las qué? Sabe, si goza condenando a gente inocente al infierno, quizás no debería recaer sobre usted tal responsabilidad ―murmuré.

―Vos no sois inocente en absoluto. Os guste o no, estoy aquí para condenaros. Y eso es lo que pretendo hacer, podéis ahorraros esta burda palabrería. No tenéis nada que hacer.

―¡Espere! ―Debía intentar hacerle entrar en razón, aunque parecía complicado―. Admito que hice mal. Pero el suicidio no es nada en comparación a mis buenas acciones.

―¿Por ejemplo? ―preguntó con curiosidad.

―¿Aparte de lo ya dicho? ―Me detuve un momento para pensar―. Bueno... ¡Nunca he matado a nadie! ―exclamé con desesperación.

―Eso no es una acción en sí misma. Matar a alguien es una mala acción, salvar a alguien es una buena acción. No hacer nada a nadie, eso no es nada, joven robador de almas.

―Pero yo...

―Pero os quitasteis la vida ―me interrumpió.

No pude continuar hablando, pues comenzó a dar golpes con el mazo en señal de que no quería seguir escuchándome.

«Menuda estafa de juicio».

―No hay nada que discutir. Id asimilando que vais a pasar una larga temporada en el infierno. ―Sacó otro pergamino de debajo de su túnica y comenzó a palparlo con su mano. Parecía que estaba leyendo un mapa―. Este castigo es idóneo ―murmuró.

―¿Qué... castigo? ―Mis cuerdas vocales temblaban. Mi cuerpo palidecía ante el miedo.

Me arrojó un saco de lino a la cara, lo recogí con mis manos. No quería ni imaginarme para qué podría ser este saco. Era un saco grande, aproximadamente de un metro de alto y medio de ancho. Estaba impaciente por saber qué hacer con el saco, pero aquel juez volvió a quedarse traspuesto, sin mediar palabra. Intenté acercarme para verle el rostro, pero la capucha de su túnica creaba una sombra impenetrable.

Uno de los seres que me rodeaban subió al atril y le dio un pequeño coscorrón al juez, uno bastante fuerte que lo hizo despertar y cabrearse. Yo crucé mis manos y comencé a rezar por primera vez en mi vida. Mi abuelo no creía en Dios, mi desaparecido padre tampoco y mucho menos mi madre, que era cinturón negro en el ateísmo. Aun así, rezaba por despertar o, al menos, deseaba que al juez le diese un síncope en directo y se quedase traspuesto, imposibilitando la continuidad del juicio. Pero eso no ocurrió, a pesar de que a cada segundo que pasaba su estado mental parecía deteriorarse, el juez volvió en sí para proseguir con su habladuría:

―¡Oh! Sí... ―refunfuñaba―. Mirad en vuestro bolsillo ―me ordenó.

Eso hice, busqué en mis bolsillos y en el derecho encontré una semilla. Parecía una semilla de sésamo.

«Vaya con los castigos modernos».

―Meted la semilla en el saco. ―Acaté su orden―. Ahora tendréis que llenar el saco. Dada la gravedad de vuestros pecados, vagaréis por el infierno, donde seréis capaz de encontrar una semilla cada cien años. Luego vuestro aura se reequilibrará y se os revocará el castigo.

―¿Cada cien años? No... Es decir. ―Intenté insinuar una sonrisa―. Señor juez, no dudo de su buena fe para dirigirme de nuevo por el buen camino, ¿pero, no es un poco, demasiado?

―Ahí tenéis vuestro obsequio. ¡Arrojadlo a lo más profundo! ―ordenó al público que me rodeaba―. Allí tendrá tiempo de arrepentirse por lo que ha hecho. ―Golpeó con el mazo que sacó de debajo de su túnica a la par que emitió un chillido estridente que crujió mis tímpanos.

La sentencia había sido dictada y yo pude sentir como se humedecía mi entrepierna.

―Ni hablar ―murmuré.

No podía creerme todo lo que acababa de pasar. ¿Condenarme al infierno por casi una eternidad? Absurdo. ¿Había hecho algo malo? ¿Culpable de haberme suicidado? Ridículo. ¿Cómo podía haber hecho en treinta y dos años de vida algo tan malo como para ser condenado al tormento por algo así como un millón de veces ese tiempo? Yo fui un buen hombre en vida, no merecía tal castigo. No podía acabar en el infierno.

Aún deseaba que todo fuese una pesadilla, pero, por si acaso, comencé a correr esquivando a los seres endemoniados que me rodeaban. Sin embargo, ninguno me perseguía, pues el suelo comenzó a inclinarse bajo mis pies.

Un viento emanó de los alrededores y me sacudió, tan frío que puso mi piel de gallina. El viento llevaba consigo un susurro, bajo y sibilante, que arremetió contra mis sentidos mientras yo entablaba mi precipitación al vacío:

«Perdonadme por lo que voy a hacer».

Mi consciencia volvía a desvanecerse y la oscuridad se abalanzó sobre mí. Una oscuridad que devoraba mis sentimientos para advertirme de la estupidez que acababa de cometer. Suicidarme: El gran error de mi vida.

Por un segundo pude a volver saborear la nada más absoluta, aquello que tanto anhelaba. Pero fue solo eso, nada más que un segundo.

10 de Março de 2017 às 16:25 0 Denunciar Insira 2
Continua… Novo capítulo Todas as Segundas-feiras.

Conheça o autor

Comentar algo

Publique!
Nenhum comentário ainda. Seja o primeiro a dizer alguma coisa!
~