angelazuaje22 Angel Azuaje

Clarís y Tim se adentraron en el bosque para llegar al muro que dividía en dos al mundo. Cosas extrañas ocurrió en su alrededor. La terquedad de Clarís la arrastró a ella y a su amigo a un final que no esperaban.


Conto Todo o público.

#cuento #terror #Misterio
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Detrás del muro

Había terminado de leer la historia, se encontraba sentada en la alfombra de una sala deprimente. Su cara hacía un bello contraste con su alrededor, sus facciones, cada una de ellas, evocaba felicidad. Se levantó de un brinco y agarró su mochila. Al llegar a la casa de su amigo, tocó frenéticamente la puerta. Un niño de su misma edad se había asomado en la ventana de un segundo piso, diciendo que entrara porque la puerta estaba abierta. Subió las escaleras.


—Te has vuelto loca ¿verdad? —dijo luego de escuchar el plan de su amiga.


—Quiero saber que hay al otro lado del muro, Tim, así que iremos, sino iré sola.


—Pero, ¿cómo? —dijo Tim resignado—. ¿No sabes que hay patrulleros en el muro? ¿No te lo dijo tu abuelo?


Pensó la respuesta, luego con desdén levantó los hombros.


—Sí, eso pensé —dijo Tim—. ¿Tienes un plan?


—Tú eres el inteligente —exclamó—. Tim inventate uno.


Tim suspiró, luego asintió sin mucho ánimo y con falta de convicción. Había escuchado cierta vez que los guardias por las noches se convertían en demonios celadores del muro, y cualquier persona que se acercaba sus almas eran devoradas después de que sus cuerpos hubieran sido masticados y tragado por los demonios. Las víctimas presenciaban el dolor y terror desgarrándose cada uno de los nervios y órganos de su cuerpo.


—¿Pensando en ese cuento de terror, donde los guardias se comen a los que quieren saltar el muro? —preguntó. Tim por vergüenza lo negó.


Estaban en la entrada del bosque.


—¿Qué vamos hacer, Tim? ¿Cuál es tu plan?


—Pues… —dudó Tim—. Pues… pues vamos caminando y si vemos un guardia salimos corriendo a nuestras casas y no salimos en un millón de años.


Ella se echó a reír.


—Vamos —dijo aún con el eco de su risa—, será divertido, además no me creo esa locura de los guardias demonios y todo eso. Tim reflejó su ánimo irónico de ir a donde estaba el peligro.


—Está bien Clarís —dijo sin convencimiento—. Pero no tengo un plan, solo iremos con cuidado, por este lado he escuchado que no hay guardias y el muro a veces nadie lo cuida.


Clarís asintió con mucho entusiasmo. Llevaba su mochila con lo necesario y sujetaba en su mano una escalera plegable.


Habían recorrido la mitad del camino, atravesaban el bosque, Clarís entusiasmada. Tim asustadizo, un tanto paranoico, de repente escuchó pasos lejanos, se escondió detrás de un árbol tirando del brazo de su amiga. El tronco grueso los ocultaba de un posible guardia, pero no había nadie, ella se rió de la paranoia de su amigo. Siguieron su camino. El día se estaba oscureciendo, pero no por la proximidad del ocaso, sino por culpa de las nubes negras de tormenta que hacían envejecer la tarde.


—Es mejor devolvernos Clarís —dijo con voz temblorosa—. Se hace de noche.


—Tim, por dios —respondió Clarís con voz de burla—. Si apenas son las dos de la tarde. —Le enseñó su muñeca que estaba adornada con un reloj el cual no servía—. ¡Mira! —Tim no miró, estaba atento al camino y a sus temores.


Escucharon murmullos. Tim había percibido algo amenazante, Clarís también lo notó. Se escondieron por separado detrás del tronco de un árbol. Los murmullos aún no eran claros, pero se hicieron cada vez más legibles, sin embargo aún no entendían que exclamaba la voz tétrica quejumbrosa que danzaba con el viento, sonaba como la voz afligida de una anciana al borde de la muerte. Tim cerró los ojos, pero fue un error. Se imaginó una anciana vestida de guardia, esmirriada, con la piel de su rostro colgando de lo flácida y arrugada que estaba. Con dientes putrefactos, pequeños y tan puntiagudos como los de una piraña. Los labios purpúreos, abriendo y esbozando una sonrisa siniestra. Murmurando palabras ininteligible. Un gemido se escapó, luego gritos.


Clarís volteó hacia donde estaba su amigo y se llevó el dedo índice hacia su boca y chitó. Luego la voz tétrica desapareció. Al notar que el peligro había pasado apoyó la escalera en el tronco del árbol y se acercó hacia donde estaba su amigo, quien yacía muerto de miedo sentado con las piernas flexionadas, presionadas hacia su pecho, abrazadas más debajo de las rodillas.


—¿Estás bien? —preguntó Clarís.


—Sí, escuchaste eso ¿verdad?


Clarís quería negarlo, estaba convencida que esas historias de los demonios guardianes no eran más que inventos que narraban los adultos para que niños como ellos no se acercaran al muro.


—Sí, Tim lo he escuchado. Creo… —Estaba a punto de decir algo que nunca creyó que diría—. Creo que esas historias… puede que tengan algo de cierto. —Inmediatamente cambió de tono de voz, dijo—: Pero Tim, puede que los fantasmas existan, pero los fantasmas no hacen daño, mi abuelo me ha dicho que a los únicos que hay que temer es a los vivos.


—Y… ¿si no es un fantasma, Clarís? —dijo Tim. No hubo respuesta.


Clarís estaba empeñada en llegar al muro, y voces que se confundían con el sonido del viento no era motivo suficiente para detenerla. Se pusieron nuevamente en marcha. Luego de dos minutos de caminata en donde había reinado el silencio, solo escuchándose la crispación de las hojas marchitas y algunas ramas muertas que se quebraban con un crujido seco. Tim escuchó un susurro ininteligible. Pensando que había sido su amiga, eleva su voz.


—¿Qué has dicho? —dijo. Clarís se asustó.


—¿Qué? —preguntó aún aturdida.


—Pensé que habías dicho algo —dijo Tim.


Clarís no dijo nada, le lanzó una mirada acusadora, esa que indicaba lo miedoso que era. Tim nuevamente escuchó el susurro, pero no entendía lo que decía, la voz era la misma que había escuchado hace unos minutos. Él se detuvo perplejo, dejando que Clarís se adelantara. Escuchó dentro de su mente un grito que lo aturdió. Se arrodilló en las hojas secas del bosque, se llevó a sus oídos las manos para amortiguar el chillido, pero el alarido tétrico que oía provenía dentro de su cabeza. Comenzó a revolcarse. Clarís acudió a su ayuda, asustada no sabía qué hacer. Estuvo contemplando con terror por unos segundos. Su amigo se revolcaba de dolor, apretándose fuertemente las orejas con las palmas de sus manos. Clarís paralizada, comenzó a temblar, sintió una presencia acercándose, su alrededor comenzó a oscurecerse como si una enorme figura estuviera tapando la poca luz que penetraba en el frondoso bosque, pero no vio nada. Tim quien seguía revolcándose entre las hojas marchitas, miró un reflejo espantoso de una anciana con ojos rojos y desorbitados, la piel arrugada y amarillenta, malograda, con bolsas de ojeras color purpura, los dientes putrefactos, y su boca haciendo muecas como si estuviera masticando algo grande y fuerte de rumiar. El rostro fantasmagórico solo duró un pestañeo.


Tim se había detenido repentinamente. Esto fue aún más aterrador para Clarís. Empezó a sacudirlo, susurraba su nombre. A no recibir respuesta, Clarís llevó su oreja al pecho de su amigo, para saber si aún latía su corazón. Aún latía, siguió sacudiéndolo, dándole pequeñas cachetadas. Tim empezó a reaccionar, soñoliento comenzó a decir el nombre de su amiga. Clarís suspiró aliviada. Se sentó al lado de su amigo, quien comenzó a explicarle lo que le pasó.


—Tenemos que regresar Clarís —dijo mirando fijamente a su amiga para no perder su reacción—, tengo mucho miedo.


—No, Tim, debemos seguir —dijo Clarís con decisión—, tienes mucho miedo y te has imaginado esas cosas, pero nada malo te pasará, lo prometo.


—Bueno, está bien —dijo Tim sin convencimiento, arrastrado por el cariño que le profesaba a su amiga.


Luego de haber caminado otros minutos más, el muro estaba frente a ellos, era decepcionante, no era tan alto como se lo imaginaron, no medía más de tres metros. Clarís pensaba que había jugadores de baloncesto más alto que el muro. Se acercaron para apoyar la escalera. Ella temblaba de entusiasmo. Su amigo temblaba de miedo. Sintieron la presencia de alguien.


—¿Piensan ir a alguna parte, señoritos? —dijeron al unísono dos figuras a las espaldas de los niños. Los dos vestían igual, eran casi idénticos, a excepción que uno tenía un cutis más oscuro, y el otro una cicatriz que nacía desde el medio de la frente saltando el ojo izquierdo y terminando en la vulva de su oreja.


—¿Necesitan ayuda? —preguntó el de la cicatriz.


Voltearon al unísono. Se sorprendieron al ver lo que contemplaban sus ojos. No se trataban de dos guardias, eran dos gemelos que aparentaban la misma edad que Tim y Clarís, imitando voces más gruesas, como la de hombres. Se echaron a reír cuando vieron las caras que pusieron los dos patitiesos.


—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Clarís.


—Los gemelos del muro —respondió con su voz natural de niño el de la cicatriz.


—¿Los gemelos del muro? —preguntó Tim menos asustado.


—Así es, somos los gemelos del muro, vivimos por acá —dijo el que no tenía la cicatriz.


Clarís y Tim voltearon como si fueran ventiladores descompuestos, para ver donde estaba su casa.


—No veo ninguna casa por acá —enfatizó Clarís.

—Tonta —dijo riendo el de piel más tostada—, el muro es nuestra casa.


Clarís miró con incredulidad a Tim, éste le devolvió la misma mirada.


—¿A dónde querían ir? —preguntó el de la cicatriz.


—¿Cómo te llamas? —dijo Clarís, obviando la pregunta.


—Él es Anatole —respondió el de tez más oscura—, y yo soy Céfiro.


—También nos dicen: Este y Oeste —dijo Anatole, añadió—: Pero preferimos Anatole y Céfiro.


—¿A dónde querían ir? —preguntó esta vez Céfiro, que no había olvidado la pregunta de su gemelo.


—Queríamos ver que hay detrás del muro —respondió Clarís. Tim le arrojó una mirada acusadora de cinismo.

—No, no, no, no quieres hacer eso niña —dijo Céfiro moviendo enérgicamente el dedo.


—Claro que quiero y lo haré antes que vengan los guardias.


—¿Estás loca niña? —dijo Anatole haciendo círculos alrededor de su oreja con el dedo índice.


—¿A qué tanto le tienen miedo? —Clarís miró a los tres niños. No hubo respuesta, añadió—: ¿Han visto que hay detrás del muro? —Clarís se dirigió a los dos gemelos.


—¡Definitivamente estás loca! —exclamó Céfiro haciendo círculos con cada índice en cada oreja.


—Dicen que el quien mire en la cima del muro no vuelve más, se pierde… —dijo Anatole.


—Es peor que eso —añadió Céfiro—, no solo se pierde, un espectro, un monstruo, no se sabe que figura es, se come todos los órganos, se bebe toda la sangre de quien mire encima del muro.


—Es mejor irnos Clarís —insistió Tim, mientras los gemelos opinaban lo mismo.


—No, no. ¡Ya estamos aquí! —exclamó Clarís—. Tim sostén la escalera, y ustedes dos, ayuda el que no estorba.


—Como digas —dijeron al unísono los gemelos, y se alejaron—. Adiós —dijeron mientras agitaban la mano en forma de despedida.


Cuando Clarís pisó el sexto escalón, una fuerte brisa sacudió la escalera, se tambaleó pero no cayó. Tim desde el suelo sostenía con mayor fuerza la escalera, los dos sintieron que estaban siendo arrastrados por la fuerza invisible del viento, pero ellos seguían en el mismo lugar, sin embargo su alrededor había cambiado ligeramente. Una voz gruesa se escuchó, pidió que se detuvieran, mandó a la niña que inmediatamente bajara. «Seguro es un guardia», pensaron Tim y Clarís. Al darse vuelta se sorprendieron nuevamente.


Una figura del tamaño de un niño de siete años, robusta, con signos de calvicie y con un bigote abultado el cual no cubría toda la comisura de su labio superior, sino concentrado en el centro, muy parecido al de Hitler, estaba de pie dando órdenes como si de un guardia se tratara, pero su ropaje decía todo lo contario. Vestía una braga holgada de rayas blancas y rojas alternadas como la de un payaso. Y unos zapatos, con estrellas pintadas, muy largos que eran incapaces que le calzaran bien a una figura tan baja.


Clarís y Tim no supieron disimular sus risas, se le inflaron los cachetes y expulsaron las carcajadas producto de la repentina impresión caricaturesca del personaje que tuvieron frente a sus ojos.


—¿Qué le causa tanta gracia? —dijo un poco molesto el que traía atuendo de payaso.


—Nada, bueno… creo que es tu ropa —mintió Clarís por encima de su hombro.


—No le veo nada gracioso a mi ropa señorita, bájese inmediatamente de allí.


La aludida comenzó a bajar, creía no dejarla en paz si no lo hacía, y tampoco quería saber que haría a llevarle la contaría, total era un desconocido y se había acordado nuevamente de su abuelo.


—¿Quién eres? —preguntó Clarís ya pisando el suelo terroso.


—Que pregunta más tonta niña, pues, te entiendo no eres de por acá. Soy Asteíos. El Comediante del Muro, todos me van a ver al teatro.


—Pero… señor «Ateos»… —dijo Tim, pero la voz sonora del El Comediante del Muro lo interrumpió.


—Asteíos, niño, Asteíos con acento en la i, es importante eso.


—Señor Asteíos, con acento en la i. —Asteíos hizo una mueca parecida a una risa, «muy gracioso», dijo en un susurro—. Pero no hay un teatro cerca de aquí.


—Que tontos son ustedes —dijo Asteíos con risa burlona—, todo el muro es mi teatro.


Hubo un momento de silencio, mientras Clarís y Tim intercambiaban nuevamente aquella mira de cómplices.


—¿A dónde ibas niña? —preguntó Asteíos.


—A ver lo que hay detrás del muro.


—No, no, no, ¡no quieres hacer eso niña! —exclamó Asteíos.


—Sí, sí, sí, sí quiero hacerlo. —Asteíos nuevamente hizo la mueca parecida a una risa.


—Otra que se la tira de chistosa. Pero si lo que quieres es ver y sentir como tus órganos son desgarrados y devorados, adelante niña ve y sube la escalera. Si quieres sentir como te deshidratas porque sorben tu sangre, sin tener a nadie que te auxilie y calme la sed, adelante niña ve y sube la escalera. Si quieres estar perdida deambulando en la eternidad, sedienta y hambrienta, adelante niña ve y sube la escalera.


Tim pensaba que se haría pipi como un niño que aún debe usar pañales. Clarís vio a Asteíos con cara de incredulidad.


Un silbido se escuchó a lo lejos, se hizo cada vez más fuerte a la vez que se aproximó una figura larguirucha como si calzara unos zancos, estaba vestido todo de rojo a excepción de sus zapatos que eran amarillos. Sus ojos eran alargados horizontalmente y dejaba una pequeña abertura para mirar, su cara era muy pálida, llevaba un sobrero de paja con punta de cono. Silbaba a la vez que reía burlonamente.


—Así es niña —dijo con acento asiático—, si quieres que te pasen todas esa cosas deberías de subir a esa escalera, o sino yo te puedo ayudar a subir más deprisa.


—¿Quién es usted? —preguntó Tim asombrado.


—Es usted muy alto, estoy segura que si se para de puntillas podrá ver que es lo que hay detrás del muro —dijo Clarís sin esperar la respuesta a la pregunta de Tim.


—Eres loca niña —dijo el larguirucho, luego respondió la pregunta—. Yo soy Tai Zhu, me conocen como el chichimeco del muro, y hago acrobacias y malabares en la plaza del muro.


—Pero no hay ninguna plaza del muro —dijo Tim.


—Tonto niño, el… —dijo Tai Zhu, pero fue interrumpido por Clarís que ya se imaginaba como terminaba la frase.


—Todo el muro es tu plaza.


—¡Qué inteligente eres niña! —exclamó en tono irónico Asteíos.


—Iba a decir: el muro es toda mi plaza, pero está bien niña, supongo que es lo mismo —dijo Tai Zhu.


—Y dime señor Tai Zhu. ¿Por qué usted tampoco ha visto lo que hay detrás del muro? —preguntó Clarís.


—Niña tonta, niña tonta, no te parece suficiente lo que te ha dicho este enano. Tai Zhu lo miró burlonamente desde arriba, el aludido le envió una mueca de rabia.


No hubo respuesta, Tai Zhu siguió hablando.


—Bueno, si no es suficiente, te diré que si miras lo que hay detrás del muro no solo te ocurrirá las cosas horribles que te ha dicho este… —Tai Zhu hizo una pausa miró a Asteíos con una sonrisa burlona y continuó—: …señor tan amablemente te ha advertido. Esas cosa son niñerías con lo que realmente te va a ocurrir.


—¿Qué son esas cosas, señor Tai Zhu? —preguntó impacientemente Tim.


—Calma mi amiguito tembloroso. Cuando estés vagando, desearas comida, pero no cualquier comida, órganos serán tus platos favoritos, órganos humanos, y cuando lo estés comiendo sentirás que te estas comiendo tus propios órganos… —Hizo otra pausa, miró fijamente ahora a Clarís y reanudó—. Qué irónicamente no tienes, porque ya sabes… pero no pararas de comer, y nunca estarás saciada, comerás y sentirás por cada bocado que mastiques tus propios órganos siendo devorados como lo fueron cuando vistes en la cima del muro. La sed que tendrás luego de devorar tu plato único y preferido, nada lo podrá saciar. Tu mente te dice que la sangre humana lo hará. Bebes, bebes y sientes que te estas bebiendo tu propia sangre, que te secas. Tu mente insiste: «la sangre humana te saciará». Y no es así, pero sigues bebiendo porque tu mente cree que será la única forma, y sigues bebiendo, pero nada te calmará la sed. Desearas estar muerta de verdad, pero ni eso será posible.


Una carcajada malévola salió de los labios de Tai Zhu, luego se calmó, añadió.


—Pero eso es una leyenda, ve niña ve y sube la escalera, ve hacia la cima del muro y mira lo que hay detrás de él. —Volvió a aparecer la sonrisa siniestra de Tai Zhu.


El chichimeco apretó el hombro de Asteíos, en señal que lo acompañara. Asteíos se despidió. Tai Zhu reanudó su silbido, se alejaron agitando las manos como lo habían hecho los gemelos del muro.


—Tonterías —dijo Clarís sin mucho convencimiento, sacudió la mano en forma de desprecio y añadió—. No le hagas caso Tim. Veamos qué hay detrás del muro.


—No, Clarís deberíamos de hacerle caso, esa risa del chichimanco me dio mucho miedo. Clarís comenzó a reírse.


—El chichimeco —corrigió Clarís—, el chichimeco del muro, pero no le hagas caso Tim, es un loco igual que todos lo que han venido.


—No te parece aunque sea un poco extraño que todas esas personas hayan aparecido así de la nada —sugirió Tim.


—No, tal vez son locos inofensivos de algún manicomio.


—Claro, Clarís, claro —dijo con tono irónico.


Voltearon hacia dónde provino una voz sonora como la de un tenor de ópera, alguien cantaba una canción, las únicas palabras, además en otro idioma, eran: «toréador, toréador, l’amour, l’amour, t’attend», lo que decía era «torero, torero, el amor, el amor, te espera». Clarís tenía la sensación de haber escuchado aquella melodía, pero no recordaba donde, probablemente de los discos viejos de su abuelo.


Un hombre gordo de mediana estatura vestido como un torero había llegado, seguía cantando, mientras Tim y Clarís sonreían levantando las cejas. El hombre tenía unas patillas como las retratadas en las pinturas de los años 1800, como la de Simón Bolívar. Y un copete, aunque menos alto, como el que lucía Elvis Presley en sus mejores momentos. Dejó de cantar, luego hizo reverencias, pero nadie aplaudía. Y Clarís entendió que tenía que hacerlo, y lo hizo porque le pareció divertido. Tim le siguió la corriente a su amiga.


—Gracias, gracias querido público —dijo en un exagerado acento español, mientras seguía haciendo reverencias. Luego de haber terminado de hacer el ridículo, en opinión de los dos niños, Clarís inmediatamente le preguntó:


—¿Quién es usted?


—Soy tavromáchos. —Clarís pensó que su nombre era tan ridículo como su peinado—. Pero me conocen como el gran torero del muro.


Pero en realidad solo le reconocían como el torero del muro, pero a él le gustaba exagerar un poquito las cosas.


—Me dirijo hacia el coso taurino. —Tavromáchos vio la cara de no entender nada de Tim—. Hacia la plaza de toro, chaval inculto.


Luego vio a Clarís abriendo la boca para decir algo, pero no la dejó.


—Me imagino lo que diríais. —Luego Imitó burlonamente una voz de niña, dijo—: Pero por aquí no hay plaza de toros. —Reanudó su voz natural—. El muro es todo mi coso taurino.


Tavromáchos infló el pecho y continuó su parloteo.


—Sabían que al comienzo de la tauromaquia solo los de la realeza eran dignos de enfrentarse con un toro, claro que no lo sabían, por eso soy el gran torero del muro, porque vengo de la realeza, naturalmente.


Como si no le hiciera falta tomar oxígeno para seguir hablando, preguntó:


—¿Qué pensaban vosotros hacer con esa escalera? —Él mismo respondió—. Pensabais en subir a la cima del muro para ver lo que hay detrás ¿verdad? —Pero no dejó que le respondieran, Tim y Clarís intercambiaron miradas—. Pues le sugiero que no lo hagáis, chavales. Si queréis ver nuevamente a vuestras familias o vuestros amigos, no subiréis a la cima.


—Tonterías —Apuró en decir Clarís, antes que Tavromáchos siguiera con su parloteo—. Son todas tonterías.


—No, no, chiquilla, no son tonterías, como vosotros dices ser. Yo me he enfrentado con esa cosa horrible como si de una bestia negra con cuernos se tratara. —volteó hacía Tim—. Como un toro, chaval. Un toro grande y fuerte, negro, con grandes y afilados cachos, pero un toro en el coso taurino sería un becerrito que apenas sabe caminar contra lo que me enfrenté. Esto era realmente terrorífico, y con mi muleta la toreé. —Hizo el gesto como si estuviera realmente toreando—. Como si me estuviera jugando la vida, claro por nada me dicen el gran torero del muro.


—Entonces usted si ha visto lo que hay de tras del muro ¿verdad? —preguntó emocionada Clarís.


—Chiquilla tonta, como se te ha ocurrir tal estupidez, por supuesto que no, sino sería uno más de ellos. Pero me he enfrentado y como soy el gran torero del muro, me he salvado, chavales. ¿Sois vosotros torero? —Primero miró a Clarís, pero no dejó que hablara—. Naturalmente no eres de la realeza, y claro que no sois una torera, chiquilla tonta. —Luego volteó hacia Tim, tampoco dejó que hablara—. ¿Y, vosotros? Claro que no, tampoco sois torero, te falta valor para ser uno, querido amigo tembloroso.


Infló aún más el pecho.


—Así que, mejor largáis de aquí y vuelvan a vuestras casas, sino no se salvaréis como el gran torero del muro se ha salvado.


Reanudó su camino, cantando la canción que venía cantando. Se despidió agitando su mano que sujetaba una montera negra. La figura de Tavromáchos se perdió mientras se alejaba. Al instante el lugar se oscureció, como si la noche cayera repentinamente. Tim estaba más asustado de costumbre. Clarís le pareció extraño la oscuridad repentina, miró hacia el cielo: había una luna llena color rojizo y muchas estrellas titilando, ya era de noche, pero Clarís no podía creerlo, no había pasado mucho tiempo.


Clarís empezó a subir la escalera. Las suplicas de Tim no la detuvieron, entonces empezó a subir tras de ella, si aparecía lo que fuera que hubiese allá arriba, que tanta veces había escuchado, quería estar allí para defender a su amiga, no le importaba que no fuese un torero y aunque estuviera chorreado de miedo, él la seguiría a donde sea que fuera.


Estaba tan solo a centímetros de la cima del muro, cuando una fuerza la arrastró hacía abajo, llevándose a su amigo por el medio, los dos cayeron estrepitosamente, el golpe fue seco y sus miradas se nublaron. Al poco tiempo los dos cobraban la visión, seguía sus miradas borrosas, alzaron la vista hacia el cielo, la luna roja, más roja que antes. Siluetas negras bordeaban a los dos niños, sin saber quiénes eran. Segundos después la visión tanto de Tim como de Clarís se tornó más nítida. Reconocieron las figuras, se trataban de Anatole y Céfiro (los gemelos del muro); Asteíos (el comediante del muro); Tai Zhu (el chichimeco del muro); y Tavromáchos (el torero del muro). Haciendo una rueda alrededor de los niños que seguían aturdidos. Nadie dijo nada, miraban fijamente.


—¡Hey! Ayúdenos —rompió el silencio Tim.


Ninguno respondió, sus miradas absortas seguían en los rostros de los niños, como si se tratasen de una suculenta comida.


—¿No piensan ayudarnos? —preguntó con desespero Clarís.


Tim y Clarís no podían moverse, era como si una fuerza los atrajera al suelo, como si la gravedad estuviera aumentada y sus piernas y brazos encadenados a la tierra dura.


Las caras de los que formaban el círculo desde Anatole hasta Tavromáchos, dibujaron sonrisas siniestras, sus caras empezaron a cambiar: la piel se hizo cada vez más arrugada, amarillenta, demacrada y delgada. Sus ojos se tornaron cada vez más rojos, como la luna que brillaba encima de ellos. Sus cabellos comenzaron a caerse y colorearse de gris verdoso, aferrándose al cuero del cráneo algunos mechones. Sus dientes comenzaron a pudrirse mientras se hacían pequeños y afilados como los de una piraña. Todos tenían el mismo aspecto. Parecían rostros de ancianas muertas en descomposición.


Al unísono todos gritaron con voz siniestra y estridente. Miraban hacia la luna. Luego se lanzaron como hienas hacia Tim y Clarís, quienes gritaban de terror, trataban de escaparse de la fuerza que los sujetaba, pero estaban siendo devorados como si fuesen gacelas en tierras africanas.


—¡Comer, comer! —repetían sin cesar las voces siniestras.


Los devoradores rasgaban las vestiduras que cubrían la desnudez y masticaban las vestiduras de los huesos de Clarís y Tim, quienes gritaban de dolor sintiendo el desespero de los monstruos que devoraban cada órgano. El hambre era feroz. Al rato acabaron de comer. Tim y Clarís no paraban de gritar. Los devoradores de órganos tenían sed. Y comenzaron a absorber toda la sangre derramada y toda la que aún quedaban dentro de la piel de las víctimas.


Después del festín seguían ávidos de órganos, su hambre no había saciado y su sed tampoco. Clarís y Tim yacían muertos en la superficie. Partes de lo que quedaban de aquellos dos niños. Las horas pasaron, los devoradores de órganos se dispersaron en busca de más alimento.


Los primeros rayos del sol despuntaban en el alba, y los restos de Tim y Clarís se esfumaban. Cuando el sol estaba en lo más alto, todo lo que quedaba de Tim y Clarís se había extinguido.


La desaparición de Clarís y Tim, para sus familiares fue todo un misterio. Pasaron años, décadas, incluso siglos, y el muro seguía allí como cuando lo construyeron, separando el mundo en dos.


Una tarde un niño se adentró en el bosque, era tan curioso como Clarís. Al llegar al muro una niña acompañado de su amigo aparecieron.


—Hola —dijeron al unísono. El resto de la historia… Ya sabrás cómo termina.


Fin

6 de Abril de 2021 às 20:26 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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