Valores y Reinos (Parte I) Seguir história

manuel-revilla Manuel Revilla

Valores y Reinos os llevará a un mundo donde los anhelos de humanos, orcos, trolls, dragones y demás especies que habitan Isi se desatarán sin precedentes. Una sobrecogedora mezcla de culturas, creencias y tradiciones que arrastrarán a sus miembros a situaciones límite. ¿Qué gloriosas hazañas quedarán grabadas en la memoria de los pueblos? ¿Qué derrotas deberán lamentar?


Fantasia Impróprio para crianças menores de 13 anos. © Obra registrada

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Capítulo 1

—¡Padre!... ¡Padre!

Al fondo de la tierra de labranza, un viejo campesino detuvo los bueyes con los que araba, tirándoles del ramal. Pasándose el brazo por la frente, se quitó las gotas de sudor que se escurrían hacia sus ojos enturbiándole la vista. A lo lejos, por el camino, pudo distinguir a un muchacho que venía corriendo hacia él, a la vez que le llamaba. No le costó reconocer al menor de sus cinco hijos, un alto y delgado mozo de diecisiete años. El campesino apoyó sus antebrazos sobre la mancera dejando relajar por un momento su fatigado cuerpo. Aunque contaba ya los cuarenta y cinco, aún conservaba un cuerpo musculoso, desarrollado por haber servido durante toda la vida a su señor en los trabajos del campo. Su espalda comenzaba a encorvarse aunque su altura le permitía todavía asomarse por encima de las cabezas de los habitantes del condado. Sus ojos castaños se posaron en el muchacho, que venía tan alborotado que tropezó con una piedra y rodó por el suelo, volviéndose a levantar enrojecido por la vergüenza y el cansancio. Inquieto por la diligencia de su hijo, el campesino abandonó su apero y se dirigió a él.

—Tranquilízate, Esteban, y cuéntame qué ocurre —le dijo cuando hubo llegado a su lado.

El joven, todavía jadeante, se obligó a tomar aire y comenzó a hablar.

—¡Dos dragones han atacado esta noche la villa! —exclamó, visiblemente conmocionado.

—¿Qué? ¿Estás seguro? —preguntó perplejo su padre.

—Lo he visto con mis propios ojos, desde el bancal que linda con Thelín —explicó mientras se frotaba las raspaduras de las manos.

—¿Algún herido?

—Según me han contado, sí. Los dragones atacaron la torre de vigilancia y las empalizadas. Los soldados apostados en ellas murieron.

La consternación se reflejó en el rostro del campesino.

—¡Los soldados del conde Aelfrico! ¡Pobres muchachos! No entiendo por qué esas bestias nos han atacado, nunca lo habían hecho... —Hiparco bajó la cabeza y murmuró unas palabras, después volvió a mirar a su hijo—. Esos seres son muy peligrosos, espero que nuestro señor prepare una partida de caza para matarlos. Puede que no estén lejos...

El campesino pensó si debería mandar a su familia al castillo para ponerse bajo su protección, pero su casa estaba alejada de Thelín, a unos dos kilómetros, y quedaba oculta entre los árboles de un pequeño bosque, así que pasaría desapercibida si fuese sobrevolada por los dragones. Creyéndola en esta situación más segura que el mismo castillo, apoyó la mano en el hombro de Esteban y le dijo:

—¡Corre, ve a buscar a tu hermano Bénim que está en el pinar y dirigíos a casa!

—¡Así lo haré, padre! —exclamó su hijo mientras comenzaba una nueva carrera hacia el lugar indicado.

Hiparco volvió hasta su arado y azotó ligeramente a sus bueyes para hacerlos caminar, arrastrando tras de sí su tosca herramienta, no sin antes mirar desconfiado varias veces al cielo, que, durante esos calurosos días de verano, permanecía completamente claro. La noticia que le acababa de dar Esteban no significaba nada bueno. Cazar esos dragones no sería fácil y muchos hombres morirían. Lo sabía por experiencia. Un recuerdo le había venido a la mente mientras hablaba con su hijo. Un recuerdo que había intentado olvidar.

Todo ocurrió cuando era joven. En aquel tiempo servía al padre de Aelfrico, el conde Eurico y vivía como esclavo suyo cultivando sus campos. Un día, estos ardieron. Las tierras, que con tanto esfuerzo habían arrancado a los bosques y en las que habían hecho prosperar los cultivos, se convirtieron de pronto en calcinados terrenos. No tardaron en darse cuenta de lo que ocurría. Un enorme dragón rojo escupía fuego a diestro y siniestro arrasando los campos de la aldea. El entonces conde mandó a preparar una tropa para dar muerte a esa bestia, en la que incluyeron a Hiparco. Este nunca había pertenecido a las tropas de caza, ni siquiera había visto un dragón antes, pero el ejército de Eurico estaba en la torre de Aymeric y necesitaban hombres robustos para la inminente partida. No tuvo elección. El lugarteniente en armas del noble lo eligió y servilmente se unió al grupo. Un puñado de campesinos y soldados que el lugarteniente lideraría en esa insólita y arriesgada caza, en la que él mismo dejaría su vida.

Recorrieron durante tres días senderos humeantes hacia el Sur, hasta que los observadores avistaron su pieza en el claro de un bosque. Sus resoplidos se podían oír claramente en la distancia. El animal parecía muy nervioso y perdido, se mordisqueaba el cuerpo sin cesar y no pareció darse cuenta de la proximidad de los humanos. Hiparco estaba muerto de miedo, no hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que una criatura así lo despedazaría antes de que pudiera hacer nada por defenderse. Reprimiendo sus ganas de salir huyendo quedó observándolo desde su escondite y algo le llamó la atención. Notó que sus ojos escrutaban el horizonte sin ver, como si estuvieran perdidos. El dragón estaba absorto, como viviendo en un sueño, parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Percibió que su mirada no expresaba ni un ápice de la inteligencia que tanto exaltaban las leyendas.

En la espesura del bosque los hombres planearon cómo matarlo. Cuatro caballeros atacarían a la criatura por sorpresa, y cuando esta se irguiera otros tres soldados dispararían un gran arpón contra su vientre. El arpón estaría atado a los árboles mediante una gruesa cadena, con el fin de que no escapara y así los restantes soldados dispondrían de tiempo para atravesarle el cuello con sus flechas y darle muerte.

Esperaron a que se durmiera cuidando que el viento no llevara su olor hacia el animal, y cuando este estuvo dormido y su respiración se hizo regular Hiparco y otro siervo comenzaron a trabajar. En silencio, transportaron por piezas una enorme ballesta hasta el lugar indicado y con enorme sigilo montaron su estructura. Después, ataron la cadena del arpón a los árboles, sin poder dejar de sentir mientras tanto un sudor frío y el temblor de sus piernas.

Cuando el artefacto estuvo preparado y los soldados en sus puestos, el lugarteniente dio la señal. Cuatro caballeros armados con largas lanzas, atacaron al galope la testa de la criatura, mas todas las armas se partieron al impactar con los duros huesos de su cabeza. El dragón, sobresaltado, se puso en pie, rugió con furia y descubrió a los jinetes que, dando media vuelta, trataban de alejarse. Dispuesta a no permitírselo, la bestia se encabritó sobre sus patas traseras e inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aire para enviarles una mortal oleada de llamas. El nerviosismo cundió. Era evidente que ninguna de sus armaduras soportaría la temperatura de su llamarada a tan corta distancia, el acero se derretiría junto con su caballero. Temerosos y apresurados, los soldados dispararon el arpón, que no se hincó en el blando vientre del animal, sino entre sus costillas.

Aunque el dolor que sintiera la bestia debió ser insoportable, aprovechó, mientras bajaba las patas delanteras, para soltar una bola de fuego hacia el lugar de donde había provenido el proyectil, abrasando el cuerpo de los soldados que manejaban la ballesta. Los caballos, asustados, corrieron al galope tratando de ocultarse en la espesura, pero cayendo al suelo uno de los caballeros, derribado por su montura, la bestia lo lanzó de un manotazo muchos metros atrás rompiéndole los huesos. Los arqueros no acertaban a dar en el blanco ya que el dragón intentaba arrancarse desesperadamente el arpón mientras escupía fuego en todas direcciones. Fue entonces cuando algunos arqueros quedaron cercados por las llamas y, junto con el líder de la expedición, murieron quemados. Tanta fuerza hizo la bestia en su desesperación por liberarse que arrancó de raíz los dos árboles a los que estaba atada la cadena, la cual aguantó los tirones, a pesar de estar al rojo vivo. El dragón echó a volar y la tropa, con nueve hombres menos, salió tras él con la esperanza de que el arpón, removido por su lastre, acabase por perforar con su punta algún órgano vital. Tardaron dos agónicos días en alcanzarlo tras una frenética persecución hacia el Noreste, hallando en su camino una pequeña aldea destrozada, pues la fuerza de la bestia, a pesar de llevar el arma clavada con la cadena y los dos troncos quemados colgando de su pecho, no parecía extinguirse.

La encontraron al final en la orilla del río Blanco tiñendo con su sangre el agua. Le costaba mucho respirar pues su pulmón se había perforado con el arpón, como vaticinaron los soldados. Los arqueros no tuvieron compasión del animal y una decena de flechas le atravesó el cuello. Hiparco volvió a mirar fijamente los ojos del dragón y creyó ver cómo estos, hasta entonces llenos de odio y maldad, se liberaban de una gran carga y quedaban agradecidos, antes de cerrarse para siempre. El campesino no lo podía explicar, no lo entendía bien, pero siempre creyó que no fueron las flechas las que acabaron con aquel ser, sino la extraña locura que le había poseído y que le había hecho actuar así, matándole por dentro.

Este no fue el único caso que se conoció de la locura de los dragones, por lo que supo después el villano. Tras indagar sobre lo sucedido, el conde Eurico contó a sus gentes que en otros condados había ocurrido lo mismo hacía algunas estaciones. Llegando años después a los oídos de Hiparco, que había vuelto a ocurrir un par de veces más en años sucesivos. Era algo inaudito. Las historias siempre contaban que los dragones eran unas de las criaturas más poderosas del mundo, muy sabias y respetuosas con los demás seres, así que nadie supo explicar por qué habían atacado, no solo a los humanos, sino a muchas especies más que vivían en los condados.

Pensando en estas cosas agotó las horas de luz que quedaban para terminar la jornada. A mediados de verano Harún desprendía una gran energía, ocupando con su luz y calor más horas que su hermano al día. Montó la reja del arado sobre su patín, para que no fuera arrastrando por el camino, y tras unos chasquidos con la boca ordenó a los bueyes que se dirigieran a casa.

Hiparco respiró profundamente recordando cosas que le venían a la memoria. Aelfrico el Bondadoso no era como su padre. Cuando este murió, abolió la esclavitud. Y aunque lo hiciera con la intención de aumentar sus beneficios, generó un cambio radical en la vida de muchos de sus siervos. Aelfrico proporcionó medios para que sus esclavos, una vez fueran libres, pudieran construirse una casa y tener unos pequeños terrenos para su propio cultivo. Con ello el conde consiguió revitalizar el trabajo en sus propios campos y que los libertos mantuvieran a sus familias con lo que obtuvieran de sus terrenos, librándose así él de aquellos costes de manutención. Además, si obtenían buenas cosechas y ahorraban lo suficiente, se les permitía comprar al conde alguna tierra más y así prosperar un poco en la vida.

Desde aquél día en el que Aelfrico tomó la corona como sucesor de su padre y le comunicó su libertad, Hiparco fue otro hombre. Todos sus antepasados habían sido esclavos del conde, así que, que él ya no lo fuera le llenaba de satisfacción. No obstante, seguía siendo su siervo y debía trabajar seis días a la semana las tierras de su señor y cada cierto tiempo cumplir con sus sernas. Las sernas impuestas por el conde obligaban a sus siervos a ofrecer su trabajo en labores que no fueran directamente del campo, como levantar empalizadas nuevas en el castillo, arreglar los caminos o los puentes y tallar nuevas piedras para la construcción. Dos de sus hijos estaban hoy ayudando a construir un molino en el río. Las sernas de su mujer, en cambio, consistían en otros menesteres, como coser y lavar los vestidos de los nobles, cardar la lana o esquilar las ovejas. Su vida estaba llena de sacrificios, pero, como bien había pensado su señor Aelfrico, tener algo propio y cuidarlo, le había dado nuevas energías.

La noche se cerraba cuando llegó a su casa, que no era muy grande, pero no le importaba. Llevó la yunta al cobertizo y con ayuda de su hijo Bénim les quitó a los bueyes el yugo y la collera, que les evitaba las rozaduras de la pesada madera, cosa que los animales agradecieron con un pequeño mugido. El pesebre había sido llenado por su hijo momentos antes de que llegaran, con granos de cebada y una gran pila de piedra es esperaba con agua fresca. Tras mandar Hiparco a su hijo a la mesa, colocó entre sus animales una piedra de sal para que estos la lamieran y recuperaran así los minerales que perdían diariamente tirando del arado. Luego él se lavó la cara y las manos con el agua de un cuenco de madera. Derramó el agua sobrante sobre sus pies descalzos, y se frotó uno con otro. Sus hijos llevaban unas polainas de cuero que les protegían las plantas de los pies pero él siempre había ido descalzo y las durezas que tenía le impedían sentir cualquier pinchazo o corte. Con un suspiro, el viejo campesino pensó que sus hijos habían nacido en tiempos mejores. Al dejar el cuenco en el suelo, vio con el rabillo del ojo el brillo metálico de la reja de su arado. Todavía podía recordar cómo su padre y él labraban con un arado mucho peor que el que tenía ahora, totalmente hecho de madera. Ellos mismos lo tallaron endureciendo la punta de ataque al fuego tras afilarla con esmero; y recordaba con admiración cuando, años después, comenzaron a recubrirla con una fina lámina de metal, aumentando su resistencia. Pero ni aun así era capaz de remover las compactas tierras de los alrededores de Thelín. Eran días de verdadero trabajo y permanente cansancio. Ahora su arado estaba provisto de una reja completa de metal que se hincaba más profundamente y aireaba el terreno, regenerando mucho mejor su fertilidad. Cuando todo en la vida te lo daban los campos, conocer cómo trabajarlos era lo más importante. El conde Aelfrico había acertado al invertir su dinero en traer nuevos aperos, pues fue ahí donde comenzó a incrementar su poder y sus ganancias.

Cuando se acercó a la mesa su familia ya estaba allí sentada. El mueble rectangular ocupaba gran parte de la estancia. Matilde, su mujer, acababa de colocar en el centro del tablero un enorme perol de barro con patatas y trozos de carne del que todos comerían. Su cuerpo delgado y pequeño apenas hacía ruido al andar y ello siempre cautivaba a su marido, así que, aunque ella estaba concentrada en repartir cubiertos y cuencos de madera a toda su familia, pronto se percató de la mirada del hombre y le sonrió, sentándose enfrente de él una vez acabada la labor. Hiparco se había enamorado de ella desde la primera vez que la vio. Su deslumbrante cabellera rubia había llamado su atención mientras bailaban en la celebración de la primavera de Thelín, a la que asistían también los habitantes del resto de aldeas del condado. A sus dieciséis años recién cumplidos, su brillante melena danzaba por el aire al compás de sus giros. Hiparco quedó embelesado con los movimientos de su cuerpo. Era la mujer más bella de todas y cuando sus miradas se cruzaron supo que iba a ser suya. En cuanto tuvo ocasión, se lanzó al círculo de baile y se puso a danzar al ritmo de la música tratando de ponerse a su lado. Ella al principio le rehuía, tan solo para que este continuase persiguiéndola entre la gente, pero al final sus cuerpos se tocaron y ruborizados y sonrientes bailaron y desde ese día se comenzaron a ver. Su carácter le había impresionado. Era impulsiva, trabajadora, alegre y parecía no intimidarse frente a los pesares de la vida. Hiparco fue el hombre más feliz cuando decidieron unirse para formar su propia familia pocos meses después. Cuando su marido la contemplaba tan delgada y tan menuda, no podía creer que de ese cuerpecito hubieran salido cinco hombres altos y fuertes como él, pero con la energía y el nervio de su madre, la cual no les llegaba en altura a los hombros.

Hiparco repartió pedazos de pan a su familia como era costumbre y empezaron a comer. Hoy la cena era copiosa pues no todos los días podían comer carne, pero el cierre del trato con un mercader de Silonia, al que venderían su excedente de uva, era motivo de celebración. Hacer prosperar a su familia era su obsesión y con orgullo miró a sus hijos, todos ellos magníficos trabajadores, que regaban con su sudor las tierras en las labores de roturación o al cuidado de los ganados.

Sentado a su diestra estaba Roque, el mayor de sus hijos. Tenía veintitrés años y era un joven alto, aunque sus hermanos pequeños le habían alcanzado rápido, quedándose él como el más bajo. Llevaba una corta melena castaña que le llegaba hasta la nuca y le gustaba vestir con túnicas largas, escasas entre el vulgo, porque eran símbolo de prosperidad. Siempre estaba pendiente de la familia y ayudaba en todo lo que podía. Llevaba junto con su padre el trato de terrenos y propiedades, porque tenía una pequeña formación y entendía de números. Se enlazaría dentro de unas semanas con su novia Eine, una joven doncella que cuidaba a la mujer de un masovero propietario de varios mansos. Sus padres eran muy humildes y se desvivían por ella, al no haber podido tener más hijos y, con gran pena, habían permitido que se fuera a vivir a casa del masovero para no verla trabajar en el campo.

Al lado de Roque estaba sentado Bénim, de veinte años y tercero por edad. A este no le importaba hacer los trabajos más duros y se pasaba el día sacando piedras de los campos y cortando leña para el conde. Tenía el cuerpo más grande y fuerte de todos sus hermanos y siempre se estaba riendo aunque fuera de las cosas más insignificantes. Tenía un pelo rubio precioso, del mismo color que su madre, pero siempre lo llevaba corto pues sudaba mucho y odiaba todo lo que le diera calor. Siempre que podía, gustaba de quedar con sus amigos en la taberna de la villa para ir a beber unos vasos de vino.

En el otro lado de la mesa, y a la siniestra de Hiparco, cenaba tranquilamente Bertrán. Tenía diecinueve años, un cuerpo delgado y lucía un pelo castaño cuya melena llegaba a los hombros. Era un chico muy soñador, se podía quedar horas y horas escuchando a los juglares en las ferias y aprendiendo de ellos sus rimas. No sabía leer ni escribir pero se memorizaba muchas canciones y con ellas entretenía a las jóvenes de Thelín. Mantenía el ganado de Aelfrico y se pasaba con él largas temporadas en las montañas cercanas. Bénim y él se llevaban muy bien y compartían el mismo grupo de amigos.

Engullendo a toda prisa sus patatas se encontraba Esteban, el más pequeño, que veía que sus hambrientos hermanos no le dejarían nada en el perol si no se daba prisa. Esteban veneraba a sus hermanos, lucía un cabello rubio cortado de la misma manera que Bertrán e imitaba a Bénim en sus actos. Aunque no se lo demostraran, sus hermanos le querían mucho y si un día se metía en un lío, podía estar seguro que todos irían a ayudarle.

Los cinco hermanos formaban un buen grupo y eran respetados en la villa, nunca buscaban problemas y eran amables, pero si alguien osase injuriarlos, acabaría con sus puños en la cara. Hiparco frunció el ceño. Hacía ya tiempo que faltaba uno de sus hijos. Reo, con veintiún años, era el segundo por edad. Había salido, con permiso del mayordomo del señor, a buscar por tierras inexploradas nuevos campos para explotar. Estaba en la sierra del Sur, en parajes inhóspitos, pero Hiparco no se preocupaba. Reo había sido el más intrépido de los hermanos, más atrevido y valiente. Se aburría en el campo y desde pequeño se había ofrecido al conde para iniciarse en algún arte. Allí, en el castillo, aprendió a montar a caballo y su destreza en esa disciplina le valió ser el mensajero de su señor. Llevaba tres años en ese puesto y le habían ocurrido no pocas aventuras. Estar en contacto con los soldados le había permitido adiestrarse en las armas y manejar con destreza la espada corta, muy útil para mantener a raya a los depredadores de los bosques. Hiparco se sentía triste por no poder compartir con él esta cena.

Aunque reinaba una aparente tranquilidad en la casa del campesino, pronto saltó el tema que corría de boca en boca. El ataque de los dos dragones a Thelín había consternado a todos sus habitantes.

—La desgracia vino anoche a la villa —dijo apesadumbrado Bertrán—, mi amigo Anscario y otro soldado, apostados en la puerta Sur, murieron abrasados por las llamas. Otros tres vigilantes de la puerta Norte corrieron el mismo infortunio.

—Nunca antes había oído que los dragones atacaran pueblos humanos. ¿Qué habrá podido ocurrir? —dijo Bénim.

—Oí hablar al viejo Hilberto quien, asombrado, sospechaba de que solo hubieran atacado las defensas. Él cree que volverán esta noche para llevarse a la gente, como hacen los ogros —aseguró Esteban.

—¿Qué tontería es esa? ¡Los dragones son seres inteligentes, no van comiendo personas como los ogros! —le acalló Roque.

—Pues todos están muy asustados, y no quieren volver a sus casas —replicó su hermano pequeño—. Así que el mayordomo abrirá las puertas del castillo para que esta noche duerman en las cuevas de la colina. El conde Aelfrico vendrá esta noche de su viaje y decidirá qué hacer.

—Los hombres de la villa dicen de salir a cazarlos —dijo Bertrán.

—¡Sí!, cojamos las lanzas y vayamos a matarlos —gritó Bénim.

—¡Venguemos las vidas de nuestra gente! —añadió Bertrán exaltado.

—¡Nadie va a ir a matar a nadie! —gritó enfadado Hiparco—. No habéis visto nunca un dragón ni sabéis lo que es ir a la caza de uno. ¡Estáis locos!, no es como salir a cazar a un oso o a un lobo. ¡No estáis preparados! Muchos soldados morirán en el intento. No consentiré que mis hijos mueran por su estupidez.

El campesino miró a sus vástagos con seriedad y rebajó el furor que se había levantado de repente. Cuando la habitación quedó en silencio, Hiparco se levantó.

—Mañana será un día duro, ahora ¡id a dormir! Me acercaré temprano a la villa para tener noticias del castillo.

Una vez dicho esto, fue a una de las tres estancias que componían la casa. En ella dormían él y su mujer y guardaban sus pertenencias más preciosas: unos ropajes buenos y utensilios de metal. En la sala donde habían cenado, la más grande, dormían sus cinco hijos y de ella partían las puertas hacia las otras dos estancias y hacia la salida. La última sala consistía en la cocina, también almacén. El viejo campesino se desató la cuerda que le servía de cinturón y se quitó la ceñida casaca, después, las fundas de cuero de las piernas que le servían a su vez de calzones. Se echó sobre la cubierta que cubría su jergón sin bastas de paja y esparto, se tapó hasta la cintura con una ligera manta y miró al cielo a través de la ventana. Al rato llegó Matilde que se quitó una casaca parecida a la de su marido y unas calzas de tela que le cubrían las piernas hasta la rodilla. Ella también estaba acostumbrada a ir descalza y solo se ponía unas polainas en invierno. Se recogió el pelo con una cinta y se tumbó al lado de él. Aunque habían pasado muchos años desde que se conocieran, y las arrugas hubieran surcado sus ojos y sus manos, Hiparco encontraba a su mujer igual de hermosa que el primer día. Ella le golpeó suavemente el hombro.

—Tengo miedo —le susurró al oído—. Presiento que este hecho nos va a traer muchos sufrimientos.

—Yo también temo, querida, pero lucharemos para que todo siga igual.

Se abrazaron en la oscuridad y dejaron pasar el tiempo. Oyeron cómo sus hijos se acostaban y el silencio se apoderaba de la casa. Sin poder dormir esperaron un nuevo amanecer.

25 de Fevereiro de 2017 às 21:49 0 Denunciar Insira 4
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