mauricio-rodriguez1612926806 Mauricio Rodriguez

Cuento fantástico y metafórico sobre la tragedia del amor platónico.


Conto Todo o público.

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El roble y los vientos Alisios

En el reino de los vientos las jerarquías destacaban para imponerse y formar parte del universo del clima, esa fuerza imparable de la madre naturaleza que implacable domina la tierra y a los seres humanos. Casi era el fin del invierno cuando los vientos Alisios del Norte fueron llamados a llenar de frío los atardeceres y deshojar los árboles floreados para así desnudar de nostalgia los paisajes decembrinos. Los vientos alisios solían atender su llamado de inmediato con gran entusiasmo pues su alma era romántica y soñadora. Feliz se aparecieron un día en la alborada de un primero de diciembre, soplando sin cesar, abriéndose paso por entre los mares hasta lograr penetrar en las montañas, mesetas y planicies abriéndose camino entre los bosques con su suave brisa. Su danza era la de un dulce lazarillo que apacible le daba la bienvenida a la temporada de fin de año. Su baile se contoneaba entre ventiscas y soplidos con dulces aromas a pinos frescos. Era un verdadero placer recibirlo en las ciudades y poblados lo que despertaba la envidia de otros vientos más violentos como el monzón estacional del Sur que solía provocar tensión entre la gente son sus soplidos congelantes y groseros.

Avanzaban despreocupados y campantes los vientos alisios entre los taludes y despeñaderos para dirigirse hacia la civilización cuando de pronto divisó un imponente Roble de hermosa corteza que se erguía orgulloso al pie de un acantilado. Sus raíces habían crecido tan fuertes que aun estando en la orilla se sostenía cual titán con su tupida cabellera llena de flores rosadas. Su copa era rebosantemente ancha y su cuerpo majestuoso y fuerte como la escultura de un gladiador romano. Los vientos alisios se sintieron tan atraídos por su colosal belleza que no pudieron más que detenerse a revolotear entre sus ramas agitándolas suavemente mientras lo contemplaban y se regocijaban en semejante regalo. De doce metros de altura de su cimiente hasta la cumbre, coronando la montaña más alta de la forma más espectacular, el Roble era el árbol más hermoso a muchos kilómetros de distancia. Había crecido solitario entre aquel pasto silvestre dominando el paisaje urbano que yacía a sus pies, como mirándolo con altivez y proclamando todo su portento. Al sacudir sus ramas entre la erótica brisa del éxtasis que provocaban los vientos alisios, de éstas se desprendían pequeñas bellotas de color café oscuro, produciendo un concierto de susurros y silbidos que engalanaban el ocaso del más romántico día del año.

Cada atardecer durante varios días cuando el sol se iba ocultando, los vientos alisios reaparecían ansiosos para acariciar las gruesas y largas ramas de su amado Roble que parecían torneados y musculosos brazos que se extendían a lo largo como abrazando la inmensidad de la montaña en total magnificencia. También les gustaba acariciar su follaje que parecía una cabellera teñida de colores rosa y dorado por las flores combinadas con hojas color marrón característico del otoño. Pero aún y con todos sus rituales de seducción, el Roble permanecía impávido e indiferente ante el cortejo de los vientos alisos. Su altivez era tal que parecía no notar que se habían enamorado de él, y los vientos terminaban por esfumarse lentamente a los primeros claros del amanecer, sumido en la tristeza más profunda por el despecho.

En la corte de los vientos el rumor no tardó en esparcirse rápidamente, y pronto los vientos Alisios fueron llamado a dar explicaciones de porque seguía retrasando el otoño, pues su misión era deshojar cada árbol y arbusto hasta dejarlos desnudos para decorar de nostalgia la época. Pero los vientos Alisios no quería deshojar a su amado Roble, ni tampoco abandonarlo a lo que preferían callar ante los cuestionamientos. Finalmente el viento huracanado del Este iracundo e irracional lo reprendió fuertemente frente a todos y le pidió cumplir con su propósito climático bajo pena de ser exiliado a vivir soplando en las inmensidades del océano, donde nada ni nadie notaría su existencia, pues ese era el reino de los vientos más fuertes y huracanados de todos. Los vientos alisos asintieron con temor y humildad y en un soplido se esfumaron a esperar el atardecer para despedirse de su amado Roble.

El día siguiente tal y como habían prometido, salieron de los terrenos oceánicos para hacer su recorrido de siempre hasta llegar a la montaña donde se encontraba el Roble. Y entonces no pudieron evitar hacer una silenciosa pausa para contemplarlo por última vez. Lo recorrieron suavemente desde sus raíces, pasando por su enorme y fornido tronco de formas toscas y elegantes hasta deslizarse con suaves caricias por sus hojas y flores. Alrededor todos los árboles se encontraban desojados y desnudas sus ramas, pero el Roble permanecía recio y frondoso en colores de primavera. Los vientos alisios respiraron profundo y en círculos arremolinados empezaron a acelerar la velocidad de sus vientos mientras se iban desprendiendo algunas hojas y flores de la cabellera del Roble, pero eran tantas que no resultaba suficiente. Así que tuvieron que excederse cada vez más y más pero el Roble continuaba soberbio y prepotente sujetando lo que pudiera antes de sacrificar un gramo de su belleza. Se sentía como una traición, todo aquel amor que por días le profesaron incondicionalmente al Roble, pero ahora se había convertido en una mezcla de coraje por un amor no correspondido y el temor de ser exiliado a los vientos interoceánicos. Y pasando casi al estado de enojo por tanta frustración, los vientos alisios hicieron a un lado sus sentimientos para convertirse en un torbellino de gran potencia que sacudió salvajemente las ramas de manera terrorífica hasta que una gran nube de miles de hojas y flores se elevó por los cielos tan alto que pudo ser visto a mucha distancia, para luego descender como nieve primaveral formando una gran alfombra de color sobre el pasto amarillo. Extenuados y sin aliento no quería mirar, solo marcharse para no volver jamás, pero cuando llevaba algunos metros de distancia no pudieron evitarlo y voltearon la mirada atrás para ver estupefactos a su amado Roble desfigurado en una escena que les partió el corazón. Habían soplado tanto y tan fuerte que no solo había quedado desojado y sin flores sino que la mayoría de sus ramas se habían partido y caído al suelo, y algunas otras aún colgaban rotas por la mitad, pero lo peor fue mirar estupefactos como el Roble yacía apenas sosteniéndose de unas pocas raíces al borde del precipicio. Era una escena trágica, la mayor que había experimentado hasta entonces y fue demasiado para soportarlo. Y desafiando la advertencia del Viento huracanado del Este, los vientos alisios se devolvieron para acercarse despacio hasta tocar el Roble y cubrirlo de tibia brisa y brotes húmedos de rocío de la mañana, que ahora se había convertido en lágrimas de arrepentimiento. Y entonces ocurrió el milagro más inesperado cuando las pocas ramas que le quedaban al Roble se movieron tiernamente para acariciar de vuelta a los vientos alisios, dejándoles sentir por primera vez que también se había enamorado.

Pasó el día y entonces cayó la noche cargada de estrellas brillando en millones de constelaciones, que se abrieron paso entre las nubes, destellando un rayo de luna sobre el Roble que empezó a desplomarse lentamente montaña abajo pero sostenido por los vientos alisios quienes poniendo sus últimas fuerzas lo dejaron recostado al pie del risco entre pastos suaves para luego besarlo con ternura y desintegrarse en un suspiro reconfortado porque supo que por fin había sido amado.

10 de Fevereiro de 2021 às 05:09 0 Denunciar Insira Seguir história
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