irene-adler1610550199 Irene Adler

¿A dónde has ido? Ya no escucho tu voz, susurrando versos de ébano para guiar mi mano y mi pincel. ¿Dónde puedo encontrarte?


Horror Horror gótico Todo o público.

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Pupilas

«Estoy atado a ti desde el día en que me sumergí en la tinta negra de tus pupilas. Tú, mi amada, mi diosa, mi musa. ¿Dónde estás? Ha desaparecido tu rostro de mi lienzo y sin ti mis obras nacen muertas. ¿A dónde has ido? Ya no escucho tu voz, susurrando versos de ébano para guiar mi mano y mi pincel. ¿Te has perdido? Jamás me habías abandonado durante tanto tiempo. Vuelve por favor. Has manchado de silencio cada rincón de mi alma y no sé cómo purgarla, como volver a ser yo mismo. No quiero ser sin ti. ¿Dónde puedo encontrarte? Sabes que saldré en tu búsqueda. Si me quieres, solo dame una señal. Te necesito.»

Pero no hubo una señal, ni un minúsculo indicio de que ella hubiera escuchado sus súplicas.

Decidió buscarla. Escudriñó cada esquina, cada armario, cada rincón de su hogar donde ella pudiera haberse extraviado. Registró el lienzo que durante años había habitado, el único cuadro que no había dibujado él. Pero ahora estaba vacío, blanco, pulcro, como si ni una diminuta gota de pintura hubiera salpicado su inmaculada virginidad. Como si ella jamás hubiera existido.

Intentó pintarla, pero era como dibujar un cadáver. Era ella, estaba ahí, esas eran sus pupilas de tinta negra, su rostro, sus cabellos de azabache… Y al mismo tiempo no era ella. No susurraba, su sonrisa estaba marchita y mirarla a los ojos era como contemplar una fosa sin fondo donde el eco de la muerte le instaba a lanzarse.

Le dio la vuelta al cuadro porque no se atrevía a borrarla ni tampoco a seguir mirándola. No soportaba aquellas pupilas negras tan distintas y al mismo tiempo tan parecidas a las que le habían hechizado una vez.

Cada día se despertaba, caminaba entre sus cuadros, todos a medias, sin terminar, y suplicaba a su musa que regresara. Hasta que una mañana, al entrar en su taller, encontró el lienzo de ella tirado en el suelo. Su superficie estaba de nuevo en blanco, como si lo acabara de comprar, como si nunca la hubiera dibujado. Lo recogió del suelo y lo colocó sobre el atril con el cuidado con que una madre acostaría a su bebé en la cuna.

«Estoy atado a ti desde el día en que me sumergí en la tinta negra de tus pupilas. ¿Por qué me has abandonado? ¿Cómo puedo estar contigo?»

Entonces, mientras miraba al vacío de aquel lienzo en blanco, escuchó la débil voz de su amada como si estuviera muy, muy lejos, perdida en la inmensidad de la nada.

—Usa la tinta, amor.

La tinta. ¿Cómo no se le había ocurrido?

Volvió a pintarla. A pesar de los largos meses sin verla, no había olvidado ni un solo detalle de su figura. La pluma rascaba el papel, perfilando su cuerpo, su rostro, su sonrisa, sus ojos. Esta vez sí. Esta vez sí estaba viva. La miró y el susurro de su risa resonó en su mente. Por fin estaba ahí. La sentía más cerca que nunca, a ella, su musa, su amor, la dueña de su vida.

Se dejó caer al suelo, exhausto, mientras su muñeca, abierta en un feo tajo hecho a prisa con el cutter, derramaba sangre sobre el suelo de su taller. Ahora no solo se sentía atado a ella. Se sentía uno con ella, como siempre había deseado. La notaba en lo más profundo de su ser, riendo.

Miró aquellas pupilas de tinta roja, pintadas con su propia sangre y que pronto serían negras, mientras ella le prometía que no volvería a separarse de él.



5 de Fevereiro de 2021 às 13:46 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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Irene Adler Me gusta el olor a libro, los atardeceres con sabor a mandarina y escribir sin tinta versos en tu piel

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