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La devaluación del pene

La devaluación del pene


Tal vez son muchas cosas las que tengo que escribir sobre la devaluación del pene, o muy pocas. Es tan incierta esta leve idea, que inicio muy negativamente. Pero me dejaré ser, porque es que yo positivo, no soy. Generalmente mi vida parte de un dilema. Y cuando reconozco esto, ya empezamos mal, y por ende, negativamente. Me gustan los negativos porque suelen ser realistas. Me gustan los positivos, pero me incomodan las apariencias, y entonces, cuando se es muy positivo, en ocasiones da la impresión de estar actuando una especie de idealismo pragmático, que a mí la verdad, me empalaga. Cuando se es trabajador o pobre, las dos clases que sobreviven a millonario, los problemas son ese toque especial de la vida. Yo cambio eso a estar tirado en una oscuridad, sólo y enfermo, esperando la muerte que cobardemente no me doy yo mismo o penosamente, no puedo darme siquiera. Y pido disculpas por mis ambagues al escribir, que más correctamente sería digresión, pero es que me precede la entropía de mis pensamientos al intentar al menos ordenarse y crear esta vorágine de estupideces que soy, imagínense ahora mis apreciados lectores, al intentar plasmarlo en letras, no siendo ni al menos un diletante de las mismas y estar más cerca de ser lo que soy, un siútico patán y engreído. ¿De qué? No sé. Una vez un antiguo amigo al parecer rebuscó dentro de sí su mayor ofensa posible a una negativa mía a una reunión social, y lo que encontró decirme fue acomplejado. Tengo pendiente desde ese día indagar en la semántica de esa palabra, pero la verdad, me ha dado pereza, que no es pecado, es virtud según Cioran, porque en la pereza se dan las mejores ideas. De cumplirlas es otra cosa. Procastinar. He procastinado evaluar si eso de acomplejado fue un buen insulto o no. Me imagino que sí. Hoy día primero nos ofendemos y después evaluamos las bases de esa ofensa. Me uno a la grey.

Digresión, cierto, me fuí. Me perdí. Por los recovecos de mis ya sinuosos pensamientos. Pene. La devaluación del pene. Ya emulé a Saramango al dirigirme al lector. Lo emularé nuevamente en un breve ensayo a modo de parábola como las del gran maestro portugués. Si el pene pudiese quitarse y ponerse. Como un reloj. O una corbata. Si el pene pudiese cargarse a disposición o no. De seguro hubieran muchísimos tirados por allí. Por las calles sucias de las ciudades. Donde se junta por miles esta especie ominosa que somos los humanos. Esta especie que ensucia y esconde. Y vive encima de su propia porquería, conforme con que no pueda verse ni olerse. Como mascarillas usadas, papeles que ya no importan, botellas de plástico. Así estarían los penes tirados por allí. La gente preferiría recoger un centavo de esos nuevos, que aún brillan, a recoger un pene. Uno siempre piensa que el centavo servirá de algo en algún momento. Así es nuestra miseria. Pero un pene ¿Pa qué? Así de devaluado está ¿O no señor lector? El pene está totalmente devaluado. Las mujeres por ejemplo, al llorar por amor, al sufrir por amor, al mirar la luna y las estrellas preguntándoles por qué, al sentir esa canción no pasar de la garganta y volver a la cabeza y a la garganta y a la cabeza y así, así y así; en esos momentos, esa mujer, esa hermosa criatura, ese hermoso ser en ese instante, en ese preciso instante, no llora por un pene. No sufre por un pene. No añora ni le duele la ausencia de un pene. ¡No! Esa mujer está herida del orgullo. Está defraudada. Está lastimada en lugares que no se pueden tocar. Pero pene, no es. Yo he llorado mujeres. Sobrio y ebrio. Y soy mucho mejor persona ebrio que sobrio. Y pues sí, se llora todo de una mujer. Se llora todo de una mujer, cada parte de esa mujer y se llora la mujer misma. Física y metafísica. Carne y ontología. Ay San Dionisio San Dionisio, tú que caminaste seis kilómetros sin cabeza, cómo no llorar todo de una mujer. Pero un pene. Pff (expresión onomatopéyica). Pura mierda. Nadie llora por un pene sino el propietario. El pene esta totalmente devaluado.

Siguiendo el tributo al maestro Saramango, imaginemos a un hombre que por éstos días de economías tan complicadas se ve en la total necesidad. No tiene un centavo. E imaginemos la mujer que pasa por lo mismo. Ese hombre en la calle dando vueltas, en la desesperación de regresar a casa sin haber conseguido trabajo y mucho menos plata, para poner nada en la mesa. La mujer igual. En la misma situación. En su última jugada el hombre decide gritar desde un alto a toda voz. Perorata a todos los que pasan en ese momento. Sin bajarse los pantalones, sólo anuncia: ¡Un dólar y muestro el pene! La gente en las ciudades siempre de tanto afán, escuchan la arenga y como es costumbre de nuestra ciudad gritar para todo, no presta suficiente atención. Pero el hombre eufórico vuelve y grita ya en paroxismo: ¡Un dólar y muestro el pene! El hombre ha hecho un letrero y lo tiene a la altura del pecho con el directo mensaje. En otro plano la mujer hace lo mismo. Con las correspondientes adecuaciones de los términos al género. En unos segundos este hombre está bajo teléfonos celulares que lo graban, insultos, amenazas, el escándalo total, la sociedad ofendida por este gesto tan vulgar e inapropiado, llaman a la la policía, y el hombre es golpeado, mancillado, insultado, arrestado, de todo lo imaginable para el caso. Un casi linchamiento. Que falta de juicio el de este tipo. Que inmoralidad pública (porque inmoralidad privada tenemos todos). El hombre termina pasando por todo esto, su situación ahora es peor, y no logra recoger ni un dólar. Ni una moneda. Ni un centavo. Ahora debe pagar una multa porque en este país el gobierno gana de lo malo y de lo bueno. Sin plata, golpeado y sin reputación. La mujer hace lo mismo. Le pasa algo parecido pero sin golpes. Pero lleva un par de dólares para la casa. Que pudo recoger antes y hasta después del lamentable evento. El pene está totalmente devaluado. Un pene no vale nada. El pene sufre hace mucho una tremenda depreciación. En este país adoramos a las mujeres. Son lo mejor que puede existir. De niño me decían: el que llora es mujer. ¡Genial! Decía yo. Y aún lo digo. Ser mujer es genial. Y llorar, ayuda a no morir. Las mujeres deberían estar en todos lados. Los hombres estamos en todos lados desde el comienzo y tenemos todo muy jodido. Yo soy un bonobo. Adoro a las mujeres. Los hombres somos ridículos y predecibles. Lo único que queremos es seguridad económica y a ellas. El dilema de la oropéndola. Necesitamos separarnos menos. Ese fué el éxito de nuestra especie. Antes de la involución.

22 de Janeiro de 2021 às 18:05 1 Denunciar Insira Seguir história
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Jonathan Sanchez Jonathan Sanchez
Esto es increíble! No digo más. Me fascinó la idea.
January 22, 2021, 21:27
~

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