daviddegiustti David De Giustti

Ethan O'Neill, un hombre apacible y de bajo perfil, se enfrenta a un asesino que azota su ciudad: Coverwall. Su personalidad asesina inmanejable y el juego psicológico al cual se enfrenta parece ser la receta perfecta para su mente desequilibrada. ¿Podrá mantener la cordura?


Suspense/Mistério Para maiores de 18 apenas.

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Dejar de combatir es comenzar a morir(I)

El sol se hizo presente por la rendija de la ventana a medio cerrar; fue como una estocada en mis ojos. Pasé toda la noche trabajando, tenía que terminar los informes. Sin embargo lo que más necesitaba hacer era no pensar en mi enemigo. Mejor dicho, en mis dos enemigos: mi fantasma y el asesino que acecha a Coverwall. Aunque no soy un detective, me apasiona investigar y he armado mi propia investigación guiándome por lo que dicen los medios de comunicación. Tanto es así, que creo que conozco más a este asesino que él mismo.

—Pero ¿tú eres quien lo tiene que atrapar? —es la pregunta que me hizo Jess, mi esposa. La respuesta lógica sería que no. Pero siento que debo hacerlo, quiero demostrarme que puedo hacerlo. Aunque no soy como él, mi fantasma de matar siempre se hace presente y toma posesión de mi mente, de mi ser. Quiere que salga y acuchille a alguien, tiene el gran deseo que un río de sangre moje sus pies, que los gritos de desolación sean un sonido armónico. Quiere que acabe con las personas que más amo. Que me quede solo y solo así él puede ganar.

¿Qué gana?

Nunca lo sabré.

¿Por qué quiere generar daño?

Tampoco lo sé.

Es una maldita sensación que me estruja el alma hasta sentir que se desangra.

—Mejor me dirijo a la oficina —digo en voz alta mientras cierro la puerta detrás de mí.

Las veredas de Coverwall son tranquilas en las primeras horas de la mañana, es una ciudad atestada de automóviles y de peatones que no tienen en consideración los colores de semáforos, en mi vida he presenciado infinidad de accidentes, por ello me gusta caminar en las madrugadas cuando la mayoría de las personas aún no salen de su hogares. La zona central posee grande edificios de veinte pisos o más con sus vidrios polarizados y grandes carteles luminosos, y las afueras, barrios de diferente escala social. Yo vivo en una de las áreas más tranquilas, al este, donde aún el crimen no ha clavado sus garras. La mayoría del tiempo la gente se dedica a trabajar y no todos son buenos vecinos. En obvio que suceda, la desigualdad económica puede generar conflictos y malos humores. Lamentablemente Coverwall no es tan grande como los políticos desean que sea, ni tiene deportistas o científicos que puedan distinguirla. Esta invadida de terror y miedo desde que el asesino llamado Oscuro la colocó en las primeras planas, hace más de tres años que la ciudad esta en los titulares de los grandes noticieros.

Su predilección son las mujeres jóvenes, bellas y solteras. Nadie entiende su accionar, como nació, por qué lo hace, qué lo motiva, si se excita, si es por odio... Los mejores criminólogos no han podido desenmarañar los acertijos que este ser tenebroso deja en cada muerte. Posee un cierto modus operandi pero no ayuda a dar con su identidad. Se creen tantas cosas pero solo se sabe que se ganó ese apodo por su forma de descartar los cuerpos de sus víctimas.

Llego a la oficina y me recibe Richard, un compañero desagradable, de estatura normal y con cara de pocos amigos. Su traje preferido de color marrón desgastado lo usa toda la semana, tal vez nunca lo lavó, tiene olor a tabaco barato, no usa perfume y los dientes amarillentos me producen náuseas cuando los veo. Elige un peinado hacía los costados para esconder su calvicie. Me mira con su rostro serio, se levanta la manga y se señala el reloj porque llegué cinco minutos tarde.

—No estoy de humor para tus reproches —advierto mientras lo esquivo.

—Aquí no se hace lo que uno desea, sino lo que se debe hacer, hay reglas que cumplir. —Coloca su mano derecha en mi hombro.

—Tú no eres mi jefe, y jamás lo serás. —Tengo tantas ganas de quebrarle todos los dedos y, mientras lo veo gritar, cortarle la garganta para que se ahogue con su sangre—. Mejor dedícate a tus tareas. —Le esbozo una sonrisa y sigo mi camino.

—Este asunto no quedará aquí —dice en voz baja.

Me tiene sin cuidado lo que Richard diga o piense, solo me preocupa que mi fantasma me despoje de mi humanidad cuando la situación es intolerable, estresante e insostenible. Cuando eso sucede el mundo, mi mundo, se oscurece y todo gira en torno a la muerte, es por eso que me obligo día a día a contar hasta ciertos números para sostener la cordura, o pensar cosas banales que me retiren de las tinieblas. No es sencillo, nunca lo fue, al enojarme fluye como un torrente incontenible de una lava destructiva. Conseguir un paredón de contención no es tarea fácil, sin embargo nunca dejo de intentarlo.

No deseo convertirme en una persona que se alimente del dolor, que tenga sed de sangre, porque los que realizan esas acciones son los asesinos, ellos matan por placer, para ver a sus víctimas clamar por sus vidas; tener el poder de un Dios, tener en sus manos la posibilidad de quitarle a alguien su más preciada posesión. Desde que era adolescente y por alguno de los tantos traumas que tengo guardados en mi inconsciente, nació el imaginario de hacer daño a mis seres queridos, pero mi consciente es más fuerte, mi amor por ellos es aún más grande. Nadie va a sufrir por mí… sin embargo ahora ese ser sombrío quiere que vaya más allá, quiere que ataque sin distinguir, mientras haya sufrimiento, es su única misión. Siempre me cuestiono si desea que el sufrimiento sea de un tercero o el propio, es como una maquina autodestructiva alimentada del dolor ajeno. Se vuelve difícil detenerlo, no me interesa salvar a las demás personas tanto como a mi familia.

—Ethan O´Neill —dice mi jefe, Jefferson, un ser tan despreciable como Richard. De baja estatura, cara arrugada como un Bulldog, canoso y de lentes cuadrados. Su traje negro, aterciopelado, solo lo utiliza los días lunes porque lo ayuda a imponerse ante sus empleados. Siempre lo dice regocijándose en las reuniones, y su ego es alimentado por nuestro miedo a quedar desempleados—. Quiero que termines el balance del mes pasado y lo quiero ahora. Richard me dijo que llegaste tarde —gruñe cruzándose de brazos.

—Señor —digo con voz calma, aunque sienta lo contrario— no llegué tarde, solo demoré en ingresar al edificio porque mi tarjeta magnética tuvo unos problemas, Owen me ayudó, le pido disculpas, no fue mi intención… En breve va a tener el balance, anoche casi lo terminé, en veinte minutos lo tendrá en sus manos.

—Tus disculpas me tienen sin cuidado, te encuentras en la cuerda floja O’Neill. No deseo escuchar más excusas. Quiero que trabajes —no atina a mirarme, se da media vuelta y se va. Richard a los lejos me señala y se ríe con otro compañero.

Que lindo sería tener una 9 mm y dispararle a Jefferson en el centro de la espalda y ver que se desplome como una hoja en otoño, mientras la gente busca escapar de la muerte, escuchar los gritos al unísono y mi arma humeando. Ese momento en que mi mente se une con la adicción de mis oscuros pensamientos, con las balas restantes disparar al azar, sin que nadie tenga el privilegio de vivir, observándolos caer y dejando la última para que termine en mi sien.

Alejo de mi mente esas imágenes, no me regocijan, sin embargo me calman. La furia que me genera la forma en la que me trata mi jefe me destruye por dentro. Él sembró una semilla desde el día uno y en este momento creció como un árbol enorme, y sus raíces destruyen todo a su paso. Solo necesita maltratarme, humillarme e insultarme para que nunca se seque: es el único nutriente que necesita.

Respiro profundo, muevo mis manos para liberarme de la tensión y término el balance así me preparo un café; no pasa un solo día que no me sienta agobiado y atormentado, aunque el suicidio no es la mejor opción, en estos casos sería la única salida a mis penumbras. Sin embargo mi familia no merece que yo escape de mis problemas sin darle más batalla.

Mientras tipeo, pienso qué fue lo que hizo que Oscuro cruzara el umbral entre lo bueno y lo malo, y se volviera un demonio. Seguro tuvo una infancia con un padre alcohólico o una madre ausente, y él, despojado de amor (lo peor que le puede pasar a un niño), se dedicó a torturar animales. Algo normal en este tipo de sujetos, sin embargo algo no cuadra, algo está fuera del normal desarrollo de un serial. Sí, eso es, Oscuro no es cualquier homicida, es de esos que nacen cada mil años.

—Ethan —me saluda Cristina mientras se sienta a mi lado— ¿Estás bien?, te noto pálido y con la mirada perdida.

Es una mujer tan hermosa y dulce, su cabello rubio enrulado no pasa desapercibido, tampoco sus ojos celeste que a veces se tornan verdes, «ellos cambian según el clima» dice siempre con una sonrisa. Sus labios siempre estan pintados rojo escarlata y sus blusas tienen los dos primeros botones desabrochados. En el lado izquierdo de su frente posee una pequeña cicatriz, sufrió un gran golpe cuando era pequeña. Siempre la intenta esconder pero a la vez le encanta mostrarla, es un juego de seducción. Nunca usa la misma ropa dos veces en el mismo mes, sus perfumes son dulces y su caminar es hipnótico. Ella siempre atenta a mis estados de ánimo. Cuando ingresé a la empresa fue la única que me demostró que se podía entablar una linda relación sin competir. En estos lugares, siempre se compite, siempre se quiere llegar más alto, o dejar lo más bajo posible al resto.

—Sí —miento— estoy bien, solo que dormí mal. Viste que mi nueva cama siempre me trae problemas —deja salir una pequeña sonrisa y continúo—. Estoy necesitando un café con urgencia —envío a imprimir las hojas—. Le dejo estos balances a Jefferson y lo hablamos en la sala de break. —sonríe y se levanta, no deje de mirarla hasta que desapareció.

La sala era un lugar ameno donde cada grupo intercambiaba ideas de negocios o infidelidades. Yo siempre prefiero ir al patio, que es un espacio pequeño comunicado por una puerta corrediza, a fumar mis cigarrillos y pensar. Las macetas con plantas de plástico, alguno que otro pájaro que se acerca a comer migas de pan, me regalan un poco energía para finalizar el día lo más calmado posible. Sin embargo Cristina se merece mi atención aunque admito que no me interesa mucho lo que quiera compartir conmigo.

El piso rojo, las paredes blancas y las mesas a tono con el ambiente invitan a que, por un momento, uno pueda sentirse relajado. Hoy no hay tantas personas, entonces mi ansiedad disminuye. Siempre me gustó la mesa del fondo de la sala, perfecto para que nadie me observe. Ser invisible, dentro de mi vida, es algo normal.

—Perdón la tardanza —me disculpo al notar disgusto en su mirada, odia la impuntualidad—, sabes cómo es Jefferson, me hace la vida imposible los días lunes y algunos martes también. Pero hablemos de ti, cuéntame de tu fin de semana.

—A tono con mis colores —se encuentra vestida de negro, un collar de perlas blancas, unos aros circulares de oro. Su maquillaje es perfecto, hoy tiene una sombra que resaltan sus hermosos ojos—. ¿Recuerdas a Joseph?

—Sí, me acuerdo perfectamente de él —no recuerdo en que momento me hablo de ese hombre, tampoco me interesa.

—Bueno… decidió no abandonar a su mujer e hijos, prefirió vivir una mentira antes que arriesgarse a nuestro amor, una historia que aparentaba ser única e irrepetible, nuestras almas se conectaban siendo una cuando hacíamos el amor. Sus caricias me erizaban la piel. Sin embargo, en un acto desleal, luego de confesarle su infidelidad a sus seres queridos, terminó conmigo por mensaje de texto —sus ojos comenzaron a brillar, las lágrimas buscan salir.

—Te lo dije aquella vez y te lo vuelvo a repetir, él no te amaba, nunca lo hizo y nunca lo hará —me encojo de hombros.

—No hace falta que seas tan brusco —dice con cierta melancolía. Su mirada esquiva la mía, no desea aceptar la verdad. Ella nunca supo manejar la frustración, ni el abandono.

Yo no uso tecnicismos psicológicos, no tengo el don de la palabra reconfortante. Soy más bien directo, frontal e intento que las personas se enfrenten a su realidad, a su destino. Busco en mi mente entrelazar las palabras que ella necesita escuchar, es tan difícil...

—Perdón —coloco mi mano sobre la suya— sabes que te aprecio y eres mi única amiga dentro de esta maldita empresa. Me enoja que no te valores y te lastimes continuamente, eliges a los hombres equivocados, siempre casados.

Cómo decirle realmente que estoy interesado más en mi vida, en mi fantasma, seguro ya mañana se olvida de este hombre y se busca otro amor fugaz. No tengo tiempo que perder en un desamor sin sentido. Desde que nos conocemos a tenido varias parejas, cada una según ella el amor de su vida, sin embargo ninguna perduró en el tiempo, su personalidad es única haciendo que nadie pueda conocerla como yo.

—Tienes razón, estoy trabajando con mi psicóloga de mis malas elecciones amorosas, y pobre de ti que siempre me tienes que escuchar con este tema. Pero dejemos de hablar de mí y cuéntame qué te aqueja. ¿Qué es lo que hace que tengas la mirada tan perdida? —nuestros ojos se encuentran, parece tener una galaxia escondida en sus iris celestes.

—No es fácil tratar este tema —me desconecto, mirando hacia mis costado derecho.

¿Cómo le puedo decir que tengo ganas de matar, que la sangre me llama?

—Soy un hombre fuera de lo común —digo con angustia

—Eso lo sé, por eso te elegí... —Se sonroja y cambia su mirada; se da cuenta de su error. Pero yo estoy tan inmerso en mis pensamientos que no le doy importancia.

—Yo… —titubeo pero continúo— tengo un trauma de niño y estoy buscándole solución. Aparte, esta el tema de Oscuro, este maldito —cierro mis manos.

—¿Puedes dejar de hablar de psicópatas y de muertes? Sé que tus hobbies son poco comunes, sin embargo estar tan cerca de estos temas puede trastornarte.

¿Más aún, más de lo que estoy?

—Creo que estudiarlos y comprenderlos no me va a convertir en uno de ellos, es más, me ayuda a entender en qué sociedad estamos viviendo.

—¿Y en qué sociedad estamos viviendo? —revolea sus ojos demostrando desinterés.

Me enoja cuando las personas quieren ser escuchadas no obstante cuando tienes algo importante para contarles no demuestran interés, es ahí cuando mi fantasma, el señor Frykt aparece y quiere llevarse sangre a su tumba...

—No importa, ya te vas a ir enterando mientras Oscuro siga matando y como la ineptitud de los agentes policiales es palpable en el aire, nunca lo van a atrapar. Es ahí, el día que te levantes y te mires al espejo, te preguntes antes de salir si volverás; es justo en esos segundos que te darás cuenta en qué sociedad estamos viviendo.

—Te estas volviendo un poco melodramático —me mira y esboza una pequeña sonrisa— la gente que compone los grupos sociales siempre busca eliminar los peligros. En el reino animal son alejados de la manada. Nosotros tenemos sistemas penales, leyes y prisiones. Una forma de encerrar con condenas justas a los que destruyen la paz social. En algún momento seremos seres pacíficos, sé que sí. La esperanza es la base de mi vida, la que me permite seguir adelante.

—Nunca lo fuimos, no somos seres pacíficos, siempre buscamos el conflicto, y si no, lo inventamos. Así vivimos, en el caso de Oscuro, estoy seguro que se dio por una infancia sumamente traumática. Y ¿cómo solucionas eso?; no puedes ir de hogar en hogar viendo cómo los padres educan a sus hijos. O uno de esos niños nace con el gen de la muerte, ahí ya no se puede hacer nada.

—¿Gen de la muerte?, estás inventando palabras ahora —sonríe sorprendida y se acomoda el cabello llevándolo detrás de sus orejas.

—No invento nada, los parámetros, las estadísticas así lo indican. Un número de personas nacen asesinas o con sed de sangre. No tienen ningún trauma, no fueron violentados o abandonados. Solo tienen la necesidad de quitar vidas… Hubo un caso en donde Bob, un chico de ocho años, asesinó a su hermano de cuatro porque le rompió un juguete y a los oficiales de policía les narró con lujo de detalles cómo lo realizó y no sintió arrepentimiento, al contrario justificó su acto. «No tenía que tocar mis cosas, le dije que tuviera cuidado» repetia una y otra vez, «él es el culpable de lo que le sucedió» decía mientras rompía una bolsa de papas fritas. Es ahí cuando el gen de la muerte toma posesión de un ser tan inocente. Jamás volverá a ser una persona normal… ¡Bah! Nunca lo fue —niego gesticulando con mi cabeza.

—Puede ser… —dice entre dientes— como siempre me encanta hablar contigo, pero el deber llama— nos despedimos con un beso en las mejillas y cada uno continuó en lo suyo.

5 de Janeiro de 2021 às 18:40 0 Denunciar Insira Seguir história
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