La Marquesa Seguir história

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Nico Dunn


La marquesa, que narra, el enamoramiento fulminante de una exquisita aristócrata por un actor teatral, sublime en escena, pero ordinario y decepcionante en la vida real.


Ficção científica Todo o público.

#georgesand
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Primera parte

Capítulo 1 

La marquesa de R… no poseía demasiado talento, aunque se dé por sentado en literatura que todas las mujeres mayores deben chispear de ingenio. Su ignorancia era absoluta respecto a los temas que las relaciones sociales no le habían enseñado. Tampoco poseía la excesiva delicadeza de expresión, la penetración exquisita o el maravilloso tacto que distinguen, según dicen, a las mujeres que han vivido mucho. Al contrario, era atolondrada, brusca, franca e incluso a veces cínica. Invalidaba por completo todas las ideas que yo me había forjado respecto a una marquesa de los buenos tiempos. Sin embargo, era marquesa y había frecuentado la corte de Luis XV; pero como, desde entonces, había tenido un carácter excepcional, les ruego que no busquen en su historia un estudio serio de las costumbres de la época. La sociedad me parece tan difícil de conocer bien y de describir en cualquier época, que no quiero intentarlo en absoluto. Me limitaré a contarles los hechos particulares que establecen relaciones de simpatía irrefragable entre los hombres de todas las sociedades y de todos los siglos. Nunca había encontrado gran encanto en relacionarme con esta marquesa. Sólo me parecía interesante por la prodigiosa memoria que había conservado de los tiempos de su juventud, y por la viril lucidez con la que sus recuerdos se expresaban. Por lo demás era, como todos los ancianos, olvidadiza con las cosas que habían sucedido la víspera y despreocupada respecto a los acontecimientos que no tenían una influencia directa sobre su destino. No había tenido una de esas bellezas excitantes que, al carecer de brillo y regularidad, no pueden carecer de inteligencia. Una mujer de este tipo adquiría chispa para resultar más atractiva que las que lo eran de verdad. La marquesa, por el contrario, había tenido la desgracia de ser 3 incuestionablemente bella. Sólo vi de ella un retrato que, como todas las mujeres viejas, tenía la coquetería de exhibir ante todas las miradas en su habitación. Aparecía representada como una ninfa cazadora, con un corpiño de raso estampado imitando la piel de tigre, mangas de encaje, un arco de madera de sándalo y una diadema de perlas que lucía sobre sus cabellos rizados. Era, pese a todo, una admirable pintura y, sobre todo, una admirable mujer; alta, esbelta, morena, de ojos negros, facciones severas y nobles, una boca bermeja que no sonreía y unas manos que, según dicen, habían causado desesperación a la princesa de Lamballe. Sin el encaje, el raso y los polvos, habría sido de verdad una de esas ninfas altivas y ágiles que los mortales vislumbran al fondo de los bosques o sobre las laderas de las montañas para enloquecer de amor y pesar. Sin embargo, la marquesa no había protagonizado muchas aventuras. Según su propia confesión, había pasado por carecer de talento. Los hombres hastiados de entonces apreciaban menos la belleza por sí misma que por sus arrumacos coquetos. Otras mujeres, infinitamente menos admiradas, le habían quitado a todos sus adoradores, y lo más extraño es que ella no había parecido preocuparse demasiado por ello. Lo que me había contado de su vida, a intervalos, me hacía pensar que aquel corazón no había tenido juventud, y que la frialdad del egoísmo había prevalecido sobre cualquier otra facultad. Sin embargo, yo veía a su alrededor amistades bastante vivas para la vejez; sus nietos la adoraban y hacía el bien sin ostentación; pero como ella no presumía de principios y confesaba no haber amado nunca a su amante, el vizconde de Larrieux, yo no podía encontrar otra explicación a su carácter. Una noche la encontré más comunicativa que de costumbre. Había tristeza en sus pensamientos. «Mi querido joven -me dijo-, el vizconde de Larrieux acaba de morir de gota; es un gran dolor para mí, que fui su amiga durante sesenta años. ¡Además es horrible ver cómo se muere uno! No es sorprendente ¡era ya tan viejo! -¿Qué edad tenía? -pregunté. 4 -Ochenta y cuatro años. Yo tengo ochenta, pero no estoy tan impedida como él estaba, y espero vivir más que él. ¡No importa!, muchos de mis amigos se han marchado este año, y de nada sirve decirse a sí misma que es más joven y más robusta, no puede impedir sentir miedo cuando una ve marcharse así a sus contemporáneos. -¿Así que ésos son todos los sentimientos que le dedica a ese pobre Larrieux, que la adoró durante sesenta años, que no dejó de quejarse de su rigor, y que no se desalentó por él jamás? -le dije-. ¡Era un modelo de amantes! ¡Ya no existen hombres semejantes! -No lo crea -dijo la marquesa con una fría sonrisa- ese hombre tenía la manía de lamentarse y de considerarse desgraciado. No lo era en absoluto y todo el mundo la sabía. Al ver a la marquesa con ganas de hablar, le hice varias preguntas acerca de ese vizconde de Larrieux y de ella misma; y ésta es la singular respuesta que obtuve: -Mi querido joven, veo bien que me considera una persona de carácter fastidioso y desigual. Es posible que así sea. Juzgue por sí mismo, voy a contarle toda mi historia y a confesarle defectos que no he desvelado jamás a nadie. Usted que pertenece a una época sin prejuicios, tal vez me encuentre menos culpable de lo que yo misma me considero; pero, sea cual fuere la opinión que se forme de mí, no moriré sin haberme dado a conocer a alguien. Tal vez me ofrezca usted alguna prueba de compasión que mitigue la tristeza de mis recuerdos. Me eduqué en Saint-Cyr. La brillante educación que allí se recibía producía efectivamente muy poca cosa. Salí de allí a los dieciséis años para casarme con el marqués de R… , que tenía cincuenta, y no me atreví a quejarme por ello, pues todo el mundo me felicitaba por aquel hermoso matrimonio, y todas las jóvenes sin fortuna envidiaban mi suerte. Siempre he tenido poca inteligencia, pero en aquellos momentos era completamente boba. Aquella educación claustral había acabado de entumecer mis facultades ya de por sí muy lentas. Salí del colegio 5 con una de esas simples inocencias, que se consideran erróneamente como un mérito y que, con frecuencia, perjudican la felicidad de toda nuestra vida. Efectivamente, la experiencia que adquirí en seis meses de matrimonio encontró una mente tan limitada para recibirla que no me sirvió de nada. Aprendí, no a conocer la vida, sino a dudar de mí misma. Entré en el mundo con ideas completamente erróneas y con prevenciones cuyo efecto no he podido destruir a lo largo de toda mi vida. A los dieciséis años y medio ya era viuda; y mi suegra, que me había tomado afecto por la nulidad de mi carácter, me animó a volver a casarme. Es verdad que estaba embarazada, y que la reducida viudedad que me concedían debería volver a la familia de mi esposo en caso de que yo le diera un padrastro a su heredero. Por lo que, tan pronto como pasó mi duelo, me reintrodujeron en sociedad y me rodearon de admiradores. Yo me encontraba entonces en todo el esplendor de la belleza y, según confesión de todas las mujeres, no había rostro ni figura que se me pudieran comparar. Pero mi esposo, aquel libertino viejo y degenerado que no había sentido jamás por mí sino un desdén irónico, y que se había casado conmigo para obtener un puesto prometido a mi consideración, me había dejado tanta aversión por el matrimonio que jamás quise consentir en contraer nuevos vínculos. En mi ignorancia de la vida, pensaba que todos los hombres eran iguales, que todos tenían la misma sequedad de corazón, la despiadada ironía, las caricias frías e insultantes que tanto me habí- an humillado. Pese a lo torpe que era, había comprendido perfectamente que los escasos arrebatos amorosos de mi marido sólo iban dirigidos a una bella mujer y que no ponía en ellos nada de su alma. Pasados éstos, volvía a ser una tonta de la que se ruborizaba en público, y de la que le habría gustado deshacerse. Esta funesta entrada en la vida me desencantó para siempre. Mi corazón, que no estaba probablemente destinado a esta frialdad, se encogió y se rodeó de desconfianza. Le tomé 6 aversión y repugnancia a los hombres. Sus homenajes me insultaron; no vi en ellos sino a taimados que se hacían esclavos para convertirse en tiranos. Les guardé un resentimiento y un odio eternos. Cuando no se tiene necesidad de virtud, no se tiene virtud; fue por eso por lo que, pese a las costumbres más austeras, no fui en absoluto virtuosa. ¡Oh! ¡Cuánto lamenté no poder serlo! ¡Cuánto envidié la energía moral y religiosa que combate las pasiones y da color a la vida! ¡La mía fue tan fría y tan nula! ¡Qué no habría dado por tener pasiones que reprimir, una lucha que mantener, por poder ponerme de rodillas y rezar como las jóvenes que yo veía, al salir del colegio, mantenerse honestas en sociedad durante años a fuerza de fervor y resistencia! Yo, desgraciada, ¿qué tenía que hacer en la tierra? Nada más que acicalarme, mostrarme y aburrirme. Yo no tenía corazón, ni remordimientos, ni pavor; mi ángel de la guarda en lugar de velar, dormía. La Virgen y sus castos misterios carecían para mí de consuelo y de poesía. No tenía ninguna necesidad de protecciones celestiales; los peligros no estaban hechos para mí, y me despreciaba por aquello de lo que habría debido gloriarme. Pues tengo que decirle que yo me acusaba lo mismo que a los demás cuando encontraba en mí aquella voluntad de no amar que degeneró en impotencia. Le había confiado con frecuencia a las mujeres que me presionaban para que eligiera un marido o un amante, el rechazo que me inspiraban la ingratitud, el egoísmo y la brutalidad de los hombres. Ellas se reían en mi propia cara cuando les hablaba así, asegurándome que todos no eran como mi viejo marido y que tenían secretos para hacerse perdonar sus defectos y vicios. Esta forma de razonar me sublevaba; me sentía humillada de ser mujer al oír a otras mujeres expresar sentimientos tan rastreros, y reír como locas cuando la indignación se me subía a la cara. Imaginaba por un instante valer más que todas ellas. Y luego volvía dolorosamente sobre mí misma; el hastío me consumía. La vida de los demás estaba llena, la mía vacía y ociosa. Entonces me acusaba de locura y de ambición 7 desmesurada; y me ponía a creer en todo lo que me habían dicho aquellas mujeres risueñas y filósofas, que tomaban su tiempo como era. Yo me decía que la ignorancia me había perdido, que me había forjado esperanzas quiméricas, que había soñado con hombres leales y perfectos que no existían en este mundo. En una palabra, que me acusaba de todos los agravios que habían cometido conmigo. Mientras que las mujeres esperaron verme convertida a sus máximas y a lo que ellas llamaban su cordura, me soportaron. Había incluso alguna que había puesto en mí una gran esperanza de justificación para sí misma; más de una, que había pasado de los testimonios exagerados de una virtud esquiva a una conducta disipada, presumía de verme ofrecer al mundo el ejemplo de una ligereza capaz de excusar la suya. Pero cuando vieron que eso no sucedía, que tenía ya veinte años y era incorruptible, sintieron horror de mí; pretendieron que yo era su crítica encarnada y viviente; me pusieron en ridí- culo ante sus amantes y mi conquista fue objeto de los más ultrajantes proyectos y de las más inmorales empresas. Mujeres de alto rango en sociedad no se ruborizaron en absoluto de tramar entre risas infames complots contra mí y, en la libertad de costumbres del campo, fui atacada de todas las maneras con una saña similar al odio. Hubo hombres que prometieron a sus amantes doblegarme, y mujeres que permitieron a sus amantes intentarlo. Hubo amas de casa que se ofrecieron a extraviar mi razón con la ayuda de los vinos de sus cenas. Tuve amigos y parientes que, para tentarme, me presentaron hombres que yo habría convertido en mis cocheros. Como había tenido la ingenuidad de abrirles toda mi alma, sabían muy bien que lo que me preservaba no era ni la piedad, ni el honor, ni un antiguo amor, sino la desconfianza y un sentimiento involuntario de repulsa; no dejaron de divulgar mi carácter y, sin tener en cuenta las incertidumbres y angustias de mi alma, aseguraron descaradamente que yo despreciaba a todos los hombres. Y no hay nada que les hiera más que ese sentimiento; los hombres perdonan antes el libertinaje que el desdén. Por la que compartieron la aversión que las mujeres sentían por mí; no me buscaron ya sino para satisfacer su venganza y criticarme después. Hallé la ironía y la falsedad escritas sobre todas las frentes, y mi 8 misantropía se incrementó cada día. Una mujer inteligente habría sabido cómo actuar; habría perseverado en la resistencia aunque no fuera sino para aumentar la rabia de sus rivales; se habría arrojado abiertamente en la piedad para asociarse a la sociedad de ese reducido número de mujeres virtuosas que, incluso en aquel tiempo, eran motivo de edificación para las personas honestas. Pero yo no tenía la suficiente fuerza de carácter como para hacer frente a la tormenta que se preparaba contra mí. Me veía desamparada, odiada, ignorada; mi reputación estaba sacrificada ya a las más horribles y extrañas imputaciones. Determinadas mujeres, entregadas al más licencioso desenfreno, fingían verse en peligro junto a mí. 9 Capítulo 2 Entre tanto, llegó de provincias un hombre sin talento, sin inteligencia, sin ninguna cualidad enérgica o seductora, pero dotado de gran candor y de una rectitud de sentimientos muy escasa en el mundo en el que me desenvolvía. Empecé a decirme que tenía que elegir a alguien, como decían mis compañeras. No podía casarme por ser madre y por carecer de confianza en la bondad de ningún hombre; no creía tener ese derecho. Por lo tanto, tenía que aceptar un amante para estar al nivel de la compañía en la que me habían arrojado. Me decidí por aquel provinciano, cuyo apellido y situación en el mundo me ofrecían una hermosa protección. Era el vizconde de Larrieux. Él me amaba con la sinceridad de su alma. Pero ¿tenía alma? Era uno de esos hombres fríos y pragmáticos que ni siquiera poseen la elegancia del vicio y el espíritu de la mentira. Habitualmente me amaba como mi marido me había amado. Sólo estaba impresionado por mi belleza y no se molestaba en descubrir mi corazón. Lo que había en él no era desdén, era ineptitud. Si hubiera hallado en mí fuerza para amar, no habría sabido cómo corresponder a ella. No creo que haya existido un hombre más materialista que aquel pobre Larrieux. Comía con voluptuosidad, se dormía en todos los sillones, y el resto del tiempo lo pasaba tomando tabaco rapé. Por lo que siempre se hallaba ocupado en satisfacer algún apetito físico. No creo que tuviera una idea por día. Antes de hacerle entrar en mi intimidad, sentía amistad por él, porque si bien es cierto que no encontraba en él nada elevado, tampoco encontraba nada perverso; y sólo en eso radicaba su superioridad sobre lo que me rodeaba. Pensé pues, escuchando sus galanterías, que él me reconciliaría con la naturaleza humana y confié en su lealtad. Pero, apenas le hube dado sobre mí esos derechos que las mujeres débiles no recuperan jamás, me persiguió con un tipo de 10 obsesión insoportable, y redujo todo su sistema afectivo a los únicos testimonios que él fuera capaz de apreciar. Ya ve, amigo mío, que había pasado de Caribdis a Escila. Aquel hombre, que por su gran apetito y sus costumbres de siesta yo había considerado como de sangre tranquila, no tenía en sí ni siquiera el sentimiento de una fuerte amistad que yo esperaba encontrar. Decía riendo que le resultaba imposible sentir amistad por una bella mujer. ¡Y si supiera a qué llamaba él amor… ! No tengo en absoluto la pretensión de haber sido hecha de un barro distinto al de las demás criaturas humanas. Ahora que ya no soy de ningún sexo, pienso que entonces era tan mujer como cualquier otra, pero al desarrollo de mis facultades le faltó encontrar un hombre que yo hubiera podido amar lo suficiente como para arrojar algo de poesía sobre los hechos de la vida animal. Pero no era el caso, y usted mismo que es hombre y por consiguiente menos delicado sobre esta percepción de sentimiento, debe comprender el hastío que se adueña del corazón cuando uno se somete a las exigencias del amor sin haber comprendido las necesidades. En tres días, el vizconde de Larrieux se me hizo insoportable. ¡Y bien! amigo mío, ¡Jamás tuve energía para deshacerme de él! Durante sesenta años ha sido mi tormento y mi saciedad. Por complacencia, por debilidad o por aburrimiento lo he soportado. Siempre descontento de mis repugnancias, y siempre atraído por los obstáculos que yo ponía a su pasión, sintió por mí el amor más paciente, más animoso, más prolongado y más aburrido que un hombre haya tenido jamás por una mujer. Es cierto que desde el momento en que yo lo había erigido en mi protector mi papel en sociedad fue infinitamente menos desagradable. Los hombres ya no se atrevían a buscarme porque el vizconde era un terrible espadachín y un celoso empedernido. Las mujeres, que habían predicho que yo sería incapaz de retener a un hombre, veían con despecho cómo el vizconde permanecía uncido a mi carro; y en mi paciencia para con él, tal vez hubiera algo de esa vanidad que no permite a una mujer parecer abandonada. No había mucho de qué presumir en la 11 persona de aquel pobre Larrieux, pero era un hombre bastante apuesto, tenía corazón, sabía callarse a tiempo, llevaba un gran tren de vida, y tampoco carecía de esa fatuidad modesta que hace resaltar el mérito de una mujer. En fin, además de que las mujeres no desdeñaban en absoluto la fastidiosa belleza que a mí me parecía el principal defecto del vizconde, estaban sorprendidas de la devoción sincera que él me manifestaba, y lo proponían como modelo a sus amantes. Me encontraba pues en una situación envidiada; pero eso, se lo aseguro, sólo me resarcía a medias de los fastidios de la intimidad. Los soportaba no obstante con resignación y le guardaba a Larrieux una inviolable fidelidad. Vea, mi querido joven, si fui tan culpable para con él como usted cree. -La he comprendido perfectamente -le contesté-, es decir que la compadezco y la estimo. Hizo un verdadero sacrificio a las costumbres de su tiempo y fue perseguida porque valía más que esas costumbres. Con un poco más de fuerza moral, habría encontrado usted en la virtud toda la felicidad que no encontró en la intriga. Pero permítame sorprenderme por un hecho: que no haya encontrado usted a lo largo de su vida un solo hombre capaz de comprenderla y digno de convertirla al verdadero amor. ¿Hay que concluir que los hombres de hoy valen más que los de antaño? -Sería una gran fatuidad por su parte -me contestó riendo-. Tengo muy poco por lo que sentirme satisfecha de los hombres de mi tiempo y sin embargo dudo que hayan hecho ustedes muchos progresos; pero no moralicemos. Que sean lo que son; la culpa de mi infelicidad es sólo mía; no tenía inteligencia para juzgarlo. Con mi huraña altivez, habría tenido que ser una mujer superior y haber elegido, en una ojeada de águila, entre todos aquellos hombres tan vulgares, tal falsos y tan vacíos, a uno de esos seres verdaderos y nobles que son escasos y excepcionales en todos los tiempos. Yo era demasiado ignorante, demasiado limitada para eso. A fuerza de vivir, he adquirido más juicio: me di cuenta de que algunos de ellos que yo había confundido en mi pena, merecían otros sentimientos, pero entonces yo ya era vieja. Ya no era hora de atreverme. 12 -¿Y mientras fue usted joven -proseguí- no estuvo tentada ni una sola vez de hacer un nuevo intento? ¿Su arisca aversión no se suavizó jamás? Es extraño. 

7 de Fevereiro de 2017 às 14:04 0 Denunciar Insira 0
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