kylewhite Kael Restrepo

Los tres amigos de Ian lo arrastran a una noche de locura, en donde "la magia cobra vida". Esa noche en tierras lejanas, se encuentra en los adentros de "La maison enchantée" un bar estilo "burlesque" donde el acto principal es "Petite tentation". Ian esa noche sabrá lo que es quedar flechado por "Eros", cuando los ojos del acto principal del lugar, se fusionan con los suyos.


Erótico Todo o público.

#erotico #tentación #cuento-corto #sensasiones
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PETITE TENTATION (CAPÍTULO ÚNICO)

Con la mirada puesta en ella, él estaba más que hipnotizado.

Había sido toda una travesía la que había vivido aquella noche, pero eso era más que la mejor de las recompensas.


Salió temprano de su hogar. Siete, quizá las ocho de la tarde. Sí, ocho de la tarde, porque a diferencia de cómo se nombraban las horas en su país, en aquellas tierras lejanas, la noche llegaba tardíamente, y los días se alargaban lo que más podían.


El sol aún era palpable, y seguía sin acostumbrarse a aquella loca manera de vivir su día a día. Pero estaba totalmente seguro,que esa había sido la mejor decisión que había tomado.

De lo que no estaba convencido, era de dejarse arrastrar a lo que prometía ser "una noche loca y llena de descontrol", o eso era lo que le había dicho aquel austriaco fiestero que había conocido unos cuantos meses atrás, cuando recién había llegado a ese lugar.


No, no estaba en Austria. A él solo le gusta decir que se encuentra en un sitio lejano de la patria de donde proviene. Es quisquilloso, y quejumbroso. Casi se puede decir que es un amargado, pero las acciones hablan más que las mismas palabras, por eso a pesar de tener una personalidad difícil, se supo ganar el corazón de un trío de tipos llenos de la energía y brillo que él dice faltarle.


—¿Para dónde carajos me llevan? —pregunta Ian.


—Deja de quejarte, hombre. Vamos a donde la magia cobra vida —fue lo único que Nicola le respondió.


Nicola era un italiano que se las tiraba de don Juan, y no era más que un niño queriendo jugar a un adulto. O a lo que él creía que hacía un adulto. Y eso que tenía veintiséis. Cabello castaño con longitud hasta los hombros, delgado y con una altura de casi 190 centímetros. Aunque sus amigos no se lo aceptacen en voz alta, realmente tenía aura para atrapar a cualquier mujer.


Albert era un inglés, que se había dado cuenta desde muy temprana edad que lo suyo eran los números. Aunque contra todo imaginario del típico sabelotodo poco agraciado, el tipo era una especie de modelo que enloquecía a todas las chicas del lugar. Los ojos grises y el cabello rojizo hacían suspirar a más de una.


Adonis, austriaco de padres griegos, fiestero con todo el peso de la palabra y con el atractivo que caracteriza a la deidad con la que fue nombrado, ojos celestes y brillantes, llenos de una picardía que lo ayudaba a conseguir siempre lo que quería. Él era el más allegado a Ian, y el que, desde un principio, lo ha envuelto en las locuras más grandes de las que alguna vez se pudo imaginar ser parte.


Ian, bueno, era un hombre con el atractivo exótico del lugar donde proviene, pero estaba más interesado en su trabajo que en "salir de cacería" como siempre lo llamaba Adonis.


La radio del auto de Albert estaba a todo volumen, mientras los europeos cantaban a todo pulmón Stairway to Heaven de Led Zeppelin. Ian solo los veía, y aunque no lo aceptara, estaba más que feliz de estar con ellos.


Desde que les había conocido, la vida había cambiado. Había sido un giro de 180 grados, y sabía que eso no era ni la cuarta parte de lo que viviría a su lado. Estaba satisfecho, pero eso no se los haría saber.


El auto estuvo en marcha unos treinta minutos, y cuando se detuvo, Ian solo pudo suspirar y cerrar los ojos.


Lo habían hecho. Lo habían llevado a un sitio en donde se iban a "divertir" a costa de la cosificación de las mujeres.


—Yo no voy a entrar en ese lugar —espetó Ian con palpable molestia—. Les he dicho que estos sitios no me gustan.


—Y este lugar es diferente a lo que estás creyendo. Vamos que sé, que no te vas a arrepentir.


Antes de que Ian pudiese negarse nuevamente, Adonis lo arrastró fuera del auto, y lo obligó a seguirle el paso acelerado. No iba a permitir que se regresara.


En la entrada del lugar, había un letrero luminoso en letra elegante que decía "La maison enchantée". No, tampoco se encontraban en Francia, pero el idioma ayudaba a que el lugar fuese más "mágico". Entregaron las identificaciones al portero del lugar. Un tipo corpulento, era tan grande, que Ian llegó a pensar que tenía músculos sobre los músculos. Toda una locura. El ceño siempre fruncido, y la cabeza totalmente rapada. Sí, así siempre eran los tipos malos en las películas de acción.


Una vez adentro del lugar, todo era un encanto. La iluminación era tenue, pero aún se podía divisar todo a su paso, las mesas estaban dirigidas a un gran escenario, y ya quedaban muy pocas vacías. Pero claro, sus amigos no eran unos tontos, por lo menos no en lo que a el funcionamiento de ese sitio respecta. Y había una mesa en la zona exclusiva del lugar, la cual había sido reservada por ellos.


Pronto llegaron a ella, y se sentaron en las sillas las cuales eran bastante cómodas. Las luces bajaron un poco más y entonces un reflector iluminó aquella amplia tarima. De la nada, salió un tipo con traje elegante, el cual tenía una cola saliente de su chaqueta; un pequeño corbatín y un sombrero alto a juego con la vestimenta. Los ojos estaban pintados de negro brillante, lo cual hacía que resaltaran sus iris verdes, y expresivos. Eso estaba siendo muy extraño para Ian, pero no podía evitar pensar que estaba siendo entretenido.


—¡Buenas noches caballeros! —comenzó a salir por los parlantes que tenían en todo el lugar, mientras el locutor hablaba a través de un micrófono plateado y brillante—. Sean todos bienvenidos a La maison enchantée. Donde la magia cobra vida.


Y esas habían sido las palabras de Nicola. Definitivamente esa no era la primera vez de sus amigos allí.


—Esta noche es especial, sé que la vas a disfrutar —le susurró Adonis a Ian en el oído.


—¿Por qué es especial?


—Ya lo verás —fue la única respuesta que recibió.


—Desde tierras exóticas, después de un par de años lejos, ha vuelto a esta, su casa, la inigualable, la inolvidable, ¡Petite tentation!


Los hombres enloquecieron. Gritos, silbidos, aplausos y aquel pseudónimo siendo coreado, fueron la cortina para que se posara una de las mujeres más hermosas que Ian alguna vez había visto jamás.


Cabellos cortos —casi que rapada en la parte baja y a los lados—, de color rojo vibrante. Una piel bronceada que hacía agua la boca de cualquiera. Nariz respingada, ojos cafés bastante profundos, y labios gruesos, pintados con una tintura roja igual de resplandeciente que sus cabellos.


Su cuerpo estaba envuelto en un vestido negro, sencillo, pero bastante elegante. Un escote profundo, pero al mismo tiempo conservador, nada vulgar. Los brazos cubiertos de pequeños tatuajes, que no hacían más que resaltar la incitación a pecar, y unas curvas que eran capaces de provocar infartos. Definitivamente esa mujer era una tentación.


La música comenzó a sonar, y por más que Ian en un principio, cuando recién había llegado al lugar, se había sentido reacio a participar de ese tipo de ambiente; en esos momentos estaba enloqueciendo.


No había nada obsceno, nada vulgar en sus pasos. Lo que podía vislumbrar era una dama elegante, la cual danzaba de tal manera que parecía estar flotando en el aire. Sus caderas se contoneaban de un lado a otro; y la vista estaba llena de poder, de fuerza, de pasión.


Esa mujer era fuego, incitación, deseo, fascinación y seducción. Todo eso junto, era como si algo hubiese colisionado en el pecho de Ian. Como si hubiese estado toda su vida dormido, y ver a esa dama en aquel escenario, hubiese sido su despertar. El despertar más poderoso que alguna vez hubiese podido tener.


Hubo un momento, en el que Ian creyó que estaba a punto de desfallecer. Las miradas de ambos personajes conectaron, y entonces una sonrisa llena de picardía y complicidad brotó de aquellos belfos carnosos de los cuales aquella mujer era dueña. Ian estaba perdido. Y no había vuelta atrás. La flecha de Eros —como era conocido Cupido en la mitología griega—, había sido lanzada directo a su corazón.


La racionalidad estaba enterrada a miles de millas bajo el suelo. Porque para Ian, esa noche, había sido una revelación. Esa mujer era el amor de su vida. Y nunca había estado más seguro de lo que pensaba.


Pronto la música se iba apagando, y los movimientos se iban haciendo más lentos. Una vez la melodía terminó, Petite tentation, hizo una pequeña reverencia, y se adentró al fondo del escenario.


—Eso ha sido... increíble —dijo Ian.


—Sabíamos que te iba a gustar, Petite tentation es el show principal de este lugar. Tenía años haciendo una gira a nivel mundial.


—Wow...


Ian siempre había sido un hombre de pocas palabras, pero después de ese espectáculo, había quedado sin habla. Su mente solo daba vueltas. El único pensamiento que tenía en ese momento era que quería conocer a esa mujer.


La vida definitivamente le tenía una increíble sorpresa. Porque esa noche, los astros se alinearon, para que Ian y aquella dama se conocieran.


A regañadientes se había dejado convencer de ir a una fiesta, sus amigos le juraron y perjuraron que no se iba a arrepentir. Segunda vez en aquella noche que se lo decían. Y decidió creerles, porque la primera, había sido un acierto definitivo.


Veinte minutos más en el auto, y bajaron en una mansión sacada de películas. Autos costosos estaban estacionados a las afueras, y muchas personas entraban y salían del lugar. Costó bastante adentrarse entre ese mar de gentes, y la música estridente que hacía gritar a los presentes. Caminaron y llegaron a un sector donde se había dispuesto una barra-bar, en donde había un bartender preparando exóticas bebidas, y tragos convencionales.


Ian pensó que la persona dueña de ese lugar, era alguien muy importante, quizá algún magnate podrido en dinero, y por eso se daba esos lujos de repartir a diestra y siniestra, alcohol y comida. Pidieron sus bebidas, mientras esperaban, miraron a sus alrededores y entonces, Ian quedó sin aliento por segunda vez.


Ahí estaba Petite tentation.


A tal cercanía pudo divisar un río de pecas en nariz y pómulos, y eso lo había vuelto definitivamente loco. Ella reía, mientras sostenía una copa de vino tinto en su mano derecha.


Bella, realmente era hermosa. Y su sonrisa blanca y perfecta la hacía más que mágica. Cuando el bartender le dio el Whiskey a Ian, este simplemente lo llevó a sus labios y lo bebió de un solo trago. Sus ojos no se despegaron ni un segundo de ella, y tal pareció que su mirada había sido poderosa, porque aquella mujer del cual solo sabía su nombre artístico, volvió a conectar sus luceros profundamente cafés, con los ojos de Ian.


Una sonrisa a medio lado nació nuevamente en aquel rostro femenino, y de nuevo, para Ian había sido la cosa más sólida, robusta, e impetuosa que había sentido en toda su vida. Aquella noche jamás la olvidaría, estaba seguro que ni si perdiese la memoria, su mente iba a ser capaz de perder aquella entrada hacia el mismísimo paraíso, aunque él lo único que quería era quemarse en el averno de la tentación en el que aquella fémina lo podía lanzar.


La música pronto dejó de ser ruido molesto, cuando al compás de las caderas grandes de Petite tentation, se convirtieron en la melodía que esperaba escuchar por el resto de su vida. El segundo Whiskey llegó, y bajo la mirada resplandeciente de aquella mujer, bebió su trago para luego hacer el amague de levantarse del lugar.


Casi podría decir que alcanzó a escuchar aquella risilla baja que salió de su boca, mientras le hacía ver que había estado más que segura que él iba a hacer aquel movimiento. Con la mirada, él trataba de mostrarle cuan hipnotizado lo tenía, y ella se había encargado de hacerle saber que de eso ya se había dado cuenta horas antes, en el lugar donde se habían conocido.


Por un par de segundos, eso se convirtió en una conversación de señales silenciosas. Donde a esas alturas, ya el resto de personas no hacían parte de su escenario, se habían perdido tanto en la mirada del otro, que les había importado una mierda que el lugar estuviese a reventar. Ian solo asentía a sea lo que fuese que Nicola le estaba diciendo. Y entonces, sin dejarlo terminar de hablar, y con un nuevo escocés en mano, a paso lento, se adentró entre el tumulto de personas y cual Quarterback logró esquivar a todo aquel que estaba interpuesto entre ella y él.


No supo de donde salió eso, lo único que sabía era que su mente no era quien tenía el dominio de su cuerpo, él solo actuaba por instinto. Necesitaba acercarse a esa mujer despampanante, y en un movimiento audaz, se posicionó detrás de ella a una distancia no muy lejana, pero tampoco tan cerca, y contra todo mal pronóstico, alcanzó a seguir el movimiento sensual que ella marcaba con su anatomía.


—Por un momento creí que no estaba enviándote los signos y señas correctos —le habló una voz suave, delicada, y dulce. Pero con un deje ronco que la hacía atractiva y seductora.


—Yo temía que las señales que estaba recibiendo fuesen equívocas —respondió Ian, con una voz que jamás se había escuchado. Era rasposa, deseosa, sin una pizca de vergüenza.


La mujer volvió a reír por lo bajo, haciendo que Ian se diese cuenta que la risa de ella, era de otro mundo. Todo era tan irreal, tan surreal, tan utópico, quimérico. Esa experiencia había sido fantasiosa, pero tenía pavor de que fuese engañosa, de que fuese falsa.


Siguieron bailando, y poco a poco se acercaban. Ian no se explicaba cómo era que cada canción calzaba perfectamente con el momento, sin embargo él no se quejaba, muy por el contrario, él deseaba que así siguiese su noche. Perfecta.


Cuando la noche estaba en plenitud, Petite tentation amenazó con despegarse de su lado, a lo que Ian trató de detenerla tomando una de sus muñecas. Ese movimiento terminó haciendo que las manos de ella quedaran en su pecho. Había sido una suerte que hubiese pasado un mesero minutos antes quien se había llevado la copa de ella y el vaso de Ian.


Él era un poco más alto que ella, la diferencia no era mucha, sin embargo, se sentía agradable tener que bajar un poco la mirada para perderse por enésima vez en ese par de ojos profundos que decían mucho, pero que también escondían tanto.


—Creo que deberías soltarme —dijo en voz baja la mujer.


—Lo... lo siento, no sé por qué lo hice —Ian hizo una pausa, para soltarla lentamente—. Sin embargo, me gustaría que no te fueses, no aún.


La mujer lo miró fijamente, mientras las comisuras de sus labios se alzaban en una pequeña sonrisa.


—Sígueme.


Y sin esperar a que él respondiera, se alejó del lugar que hacía poco menos de dos segundos habían ocupado en aquella casa.


Ian hizo lo posible por seguirle el paso, pero se le hacía casi que imposible. Ella caminaba como si conociera a ciegas el lugar. Él la vio subir las escaleras a la segunda planta, y en ese momento no le importó más nada que alcanzarla. Prácticamente subió los escalones corriendo. Y una vez arriba, se dio cuenta que todo estaba oscuro.


Caminó a paso tentativo, con tanto sigilo que no se le escuchaban las pisadas. Trataba de mirar a sus alrededores y lo único que encontraba eran puertas, pero le daba un poco de pudor abrirlas. Él sabía que, en esas fiestas, las personas no se aguantaban y terminaban encerrándose en esos cuartos, para satisfacer las necesidades más carnales.


Sintió como la tercera puerta a mano izquierda se abrió y lo siguiente que pudo distinguir fue estar dentro de un baño gigante, para luego ser atrapado en la puerta mientras su boca era asaltada por los labios más suaves, con un sabor a tabaco y vino.


Ian no tardó en posicionar sus manos en aquellas caderas, mientras tomaba el control de ese beso descontrolado.


Como pudo hizo que ella tomara su lugar, mientras sentía como ella enrollaba sus brazos alrededor de su cuello. Posteriormente, sintió como aquellos dedos finos, se enredaban en sus cabellos alborotados, mientras él afianzaba su agarre en sus curvas.


Primera vez en su vida que hacía eso. Toda su vida fue una persona tranquila, casi que nunca se había interesado en alguien. Nunca había tenido esa necesidad de acercarse y de sentir a una mujer como en ese momento deseaba hacerlo con ella.


Tenía la esperanza de que pudiesen fusionarse. De que por un momento se volviesen uno solo, y de esa misma forma, terminar fundidos por el resto de sus eternidades. Pero él sabía que eso era imposible. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. De donde era, ni hacia donde iba. Realmente solo tenía conocimiento de que ella era la dueña de los mejores besos que había dado hasta ese instante, y se preguntaba si alguna vez alguien iba a ser capaz de superarla.


—¿Cómo te llamas? —preguntó agitado, mientras se viciaba en aquellos ojos oscurecidos por la lujuria.


Petite tentation —respondió, con un perfecto francés que se había calado hasta los huesos de Ian.


—Me refiero al real, no al artístico —dijo Ian entre pequeños besos que se animaba a darle.


—Yo... yo tampoco sé tu nombre.


—Ian, me llamo Ian —declaró el hombre—. ¿Qué hay de ti?


La mujer lo miró y le regaló una de sus famosas sonrisas matadoras.


—Jo, mi nombre es Jo.


Volvieron a tomarse entre besos, los dedos de Ian rozando las piernas desnudas de aquella misteriosa mujer, mientras ella se deshacia en sus caricias y se volvía jadeos y gemidos dignos de recordar, los cuales hicieron dar vueltas a la cabeza de Ian. No supo en qué momento, ni como pasó, pero terminó abriendo sus ojos, encontrándose en la cama de su habitación, dándose cuenta que todo pudo haber sido un sueño. Que Jo, no había sido más que un sueño.

18 de Novembro de 2020 às 22:00 0 Denunciar Insira Seguir história
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