luciferbeelze Fernanda Padilla

"-Mi tirano rey, dígame-, la mano de Jimin vagó entre sus piernas con caricias apenas perceptibles en su masculinidad, frustrándolo. Quería acabar. -¿Qué diría su pueblo al verlo así? Al ver como gime como puta de burdel bajo las caricias de un esclavo, al ver como su orgullo es doblegado por mí..." -YOONMIN -Homosexual -Contenido para mayores de 18 Todos los derechos reservados. Prohibida su copia y adaptación.


Fanfiction Bandas/Cantores Para maiores de 18 apenas.

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Min Yoongi, rey de la dinastía Joseon. Quinta generación, ascendido al poder hace poco, causando terror por su forma de gobernar.


Imponente, tenebrosamente atractivo, frío como el hielo y aficionado a las noches en las que reunían a los esclavos en el patio central para su último juicio.


Hoy era esa noche. Las farolas de fuego, estratégicamente ordenadas, iluminaban la silenciosa noche apenas estrellada. Él esperaba en su palco a que el verdugo llegará, observando con sumo interés los cinco cuerpos amarrados contra aquellos palos de madera.


Su ornamentada vestimenta tintineaba al bajar las escaleras, la brisa ondeó sus largos cabellos rubios y el fuego acarició su rostro como quien acaricia la seda. Con una seña, le dijo al verdugo que soltara los cuerpos y los trajera con él. Sin preámbulos ni delicadeza, el hombre fornido bajo a todos y cada uno de los hombres, situándolos frente a su rey. Los quejidos y lloriqueos no se hicieron esperar, enfadando al hombre. Min Yoongi era un hombre de poca paciencia.


—Mi pueblo… Mi gente…—Comenzó a hablar con ironía, observando maravillado como algunos les temblaban las rodillas. Llamando su atención aquel que se encontraba extrañamente sereno. —Hoy es el día de su juicio final, la noche nos bendice con gratas vistas para esta maravillosa fiesta por celebrar… Pero, para suerte de ustedes, solo uno saldrá con vida esta noche.


Los esclavos dejaron de lloriquear. No podían verse, ni hablar pero sus cuerpos interpretaban cada uno de sus pensamientos y Min Yoongi simplemente sonrió con burla. Aquellos ilusos creían que podrían salir con vida aquella noche y, una vez más, su mirada cayó en aquel cuerpo tranquilo, esperando su trágico destino.


—Llévenlos adentro.


Se dio la vuelta para subir de nueva cuenta las escaleras cuando más guardias aparecieron en la escena, haciéndose cargo uno de cada hombre amordazado.


—Mi señor, ¿a dónde los llevamos? — Preguntó el guardia en jefe.


—Al último cuarto del ala este.


Se tocaba los labios, sentado en aquel trono provisional que tenía en aquella habitación. La habitación donde sus más oscuros deseos y bajas pasiones se hacían realidad.


Observó a los hombres amordazados. Había pedido a sus guardias que se deshicieran de la tela negra que cubría sus rostros y ahora analizaba cada uno de sus gestos. Traidores, estafadores, ladrones… La clase más baja de basura que te pudieras encontrar en las calles del pueblo. Ahora todos lo miraban, rogando por su piedad.


Con una sonrisa socarrona, se puso en pie haciendo que saltaran asustados. Comenzó a desprenderse de sus ropas, bajo la atenta mirada reprobatoria de sus hombres.


—Mi señor, no es-.


—Cállate—, exclamó firme.


Se despojó de la última pieza de ropa y empezó a pasearse por la habitación, presumiendo su divina desnudez.


La blanquecina piel brillaba con la luz cálida de las velas. Su cuerpo delgado, marcado por finas líneas de tinta negra en su espalda y los canales de sus venas sobresaliendo por sus brazos. Min Yoongi se estaba exhibiendo con altanería, en toda su hermosa e imponente belleza y los hombres en aquella habitación.


—De rodillas. —Su ronca voz resonó en las cuatro paredes. Los esclavos no tuvieron más opción que obedecer. —Si uno de ustedes lo hace bien, como prometí, le perdonaré todos sus pecados regalándoles la vida. Sí no…


Con su pulgar, dibujó una línea imaginaria en su cuello, alterando los nervios de los hombres que tragaban saliva, nerviosos. Él solo sonreía encantado con la situación.


Se posicionó frente al primer hombre, sin soltar su mirada. Le jalo los cabellos, acomodándolo frente a su masculinidad.


—Abre la boca.


El hombre hizo caso, pero en cuanto sus dientes rozaron la fina piel de su miembro, Min Yoongi lo empujó lejos de él. Vociferó a sus guardias que lo sacaran de ahí y, ante el destino despiadado que le esperaba al hombre, sus plegarias hacia su señor rey se escucharon por los pasillos hasta desaparecer.


Con el segundo hombre no fue diferente. Ni con el tercero, ni con el cuarto. Min Yoongi no estaba dispuesto a perdonar aquella noche. Quería sangre, quería ver cuerpos arder, quería ver su pasado materializarse frente a sus ojos…


Llegó con el último. Este aguardaba paciente a la muerte, sin temblores, sin miedo, con la conciencia limpia y el corazón tranquilo. Unos dedos fuertes y delgados lo tomaron de la barbilla, permitiéndole encontrarse, por primera vez en la noche, con los ojos de su verdugo. “Los ojos de la muerte”, como muchos en el pueblo le decían, unos ojos tan hermosos, enmarcados por esa burda cicatriz que no hacía más que resaltar su abrumadora belleza.


—Tu nombre.


El esclavo se adueñó de su mirada por unos momentos y el rubio trastabilló casi imperceptiblemente. No supo si fueron sus ojos adormilados y brillantes, sus mejillas redondas y ricas o esos generosos labios que se verían más que lindos alrededor de su miembro. Era más joven que él, unos cuantos años y era hermoso. Completamente su tipo.


—Park… Jimin, señor.


Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando sus oídos se llenaron de esa melodiosa voz cantaría. Qué bonito sería escucharla gemir.


Mordió su labio asintiendo.


—Abre la boca.


Uno de los delgados dedos de Min Yoongi delineo la esponjosa piel de uno de los labios del pelinegro, tirando con su pulgar de su labio hacia abajo, abriendo su boca y sacando su lengua para recibirlo dentro.


La sensación fue cálida, divina… Y un sonido gutural salió desde lo más profundo de su garganta. Su cavidad lo tomaba casi por completo y no se había equivocado al observar aquellos bonitos labios alrededor de su longitud. Su lengua jugaba con él, recorriendo en círculos antes de usar su mano para complacerlo.


Las caricias de unas manos sobre sus piernas lo sacaron de su trance. Con fiereza, tomo de los cabellos a Park Jimin, conectando con sus ojos de inmediato.


—Fuera. —Dijo, los guardias un tanto desconcertados y preocupados por dejarlo ahí con un vagabundo. — ¡Todos ustedes fuera!


Los guardias accedieron sin rechistar, dejándolos solos.


— ¿Qué estabas haciendo? — Preguntó, sin soltar la negra melena.


El pelinegro trago saliva sonoramente.


—Complaciéndole, mi señor. — Sus pequeñas manos subieron de nueva cuenta por sus piernas, hasta apresar la piel de sus pálidas nalgas. — ¿No le gusta?


Un siseo se le escapó de los labios cuando el menor apretó con avaricia la carne de sus posaderas. Mentiría si dijera que no estaba disfrutando las demandas de aquel pequeño.


Tomó su miembro con su mano libre, dirigiéndolo de nueva cuenta a su boca. El moreno aceptó con gusto la insistencia, abriendo sus bonitos labios y tragando lo que pudo.


—Continua—, exigió.


Park Jimin sonrió a duras penas, comenzando un rítmico vaivén, metiendo y sacando su falo con constancia, mientras sus manos acariciaban sus caderas blancas, pulcras, divinas. Entre toda la acción, Park Jimin no dejaba de ver a los ojos al rubio, ansiando ver como su tirano rey se deshacía bajo sus manos.


Min Yoongi, en cambio, acariciaba sus cabellos negros, tirando de ellos cuando hacia alun movimiento que se sintiera realmente bien. Le gustaba demostrar a sus amantes lo buenos que eran con suaves palabras como “que buen chico”, “lo estás haciendo muy bien”. Pero Park Jimin no era uno de sus amantes, era un simple esclavo sin embargo ahí estaba, comiéndole el rabo como nunca nadie lo había hecho. Retándolo con sus ojos, retándolo a medir su resistencia.


Sus dientes en su glande lo despertaron de sus cavilaciones. Sus ojos se perdieron bajo sus párpados cuando las vibraciones de la risa de Park Jimin llegaron a él. El muy cabrón estaba disfrutando hacerlo sufrir.


Apretó con más firmeza los cabellos del pelinegro, dispuesto a embestir con soltura y fuerza esa dulce boquita. Para su sorpresa, las pequeñas pero firmes manos de Park Jimin se lo impidieron, sujetando con fuerza sus caderas.


—No, mi asusto rey—, susurró juguetón. Min Yoongi se mostraba desconcertado y un tanto enfadado. —El mando lo llevo yo.


No tuvo tiempo ni de ofenderse, cuando Park Jimin tomó una de sus blancas piernas para subirla a su hombro, acercando más su virilidad a su rostro. Con la mano libre, se peinó su negra melena hacia atrás, evitando que le estorbara para la magnífica vista que estaba a punto de presenciar. Abrió la boca de nuevo, saboreando de nueva cuenta la magnificencia de su rey. Pero esta vez el vaivén era rudo, devastador, arrebatador.


En segundos, Min Yoongi era un manojo de fluidos, jadeos y sudor. Su larga melena rubia se balanceaba al ritmo de la felación de su acompañante. Tironeo los cabellos como lo único que lo mantenía unido a la cordura. Las piernas comenzaban a temblarle y sentía sus fluidos bajar por la extensión de sus piernas. Se sentía desfallecer, estaba a punto de tener el mejor orgasmo de su vida. Por un esclavo.


Bajó la mirada, encontrándose con aquellos ojos brillantes llenos de deseo. Mordió sus labios hasta el punto de hacerse daño. Con una mano, apartó los cabellos que estropeaban la vista al moreno. Le excitaba muchísimo. Le excitaba el empeño con el que aquel joven se lo estaba comiendo.


Un gemido agudo salió de su boca cuando sintió la intromisión de un dedo por su agujero. La intromisión le resultó tan imprevista como a la vez dolorosa. Él estaba dispuesto a dar, más nunca a recibir. No estaba en su naturaleza ser pasivo.


—Basta… Detente…—Gemía, pero el pelinegro no lo hacía. Parecía que su ritmo iba cada vez a mayor velocidad, si es que eso era posible. Min Yoongi se olvidó de su fluido vocabulario y solo se dignaba a gemir, gemir como desquiciado. — ¡Park Jimin!


Se corrió con su nombre en sus labios. La vista se le nubló y trataba por todos los medios de regular su respiración, pero era casi imposible.


Park Jimin no se movió. Espero, pacientemente, que su rey vaciara toda su semilla en su boca. Sin dejar de acariciar la pierna que descansaba sobre su hombro, ayudándolo a viajar por el orgasmo. Cuando sintió que terminó, lo soltó y, mirándolo fijamente como había estado haciendo hasta ahora, abrió la boca, sacó su lengua dejando a la vista el espeso líquido blanco deslizarse por la misma.

Una punzada de deseo vago por el cuerpo del rey, asentándose en las mejillas, cobrando un tono color carmesí. Park Jimin sonrió.


—Hijo de puta…


Lo siguiente que se escuchó fueron los pasos de los guardias, apresando a Park Jimin para sacarlo de la habitación, bajo la custodia de dos de sus hombres.


El jefe en guardia se quedó a su lado, dándole espacio para que se vistiera.


—Mi señor, ¿qué desea que hagamos con él?


Su respiración era fuerte, no se había apaciguado. Miró por el rabillo del ojo hacia la puerta con recelo.


—Lo que prometí. — Abrocho el lazo a su cintura y escondió su cabello en un moño bien hecho. —Denle cuarto y un poco de la sopa de la cena, es todo lo que harán.


Con una reverencia profunda, su jefe de guardia desapareció de la habitación, dejándolo en su fría soledad.


Inhalo profundamente una vez se encontró solo. Habían pasado no más de unos cuantos minutos pero no podía sacar aquellos brillantes ojos de su cabeza.


Ni como su masculinidad fue machacada en dos segundos.


Golpeó todo lo que estaba a su paso, causando un gran revuelo a altas horas de la noche.


Esto tenía que ser una broma.









Park Jimin se había ganado todo. Y a todos.


Min Yoongi había decidido conservarlo, como quien adopta un perro de la calle, para verlo de cerca. Y allí estaba, en su palco, observando al joven reír y disfrutar de sus tareas con la servidumbre.


Park Jimin era encantador por naturaleza. Su alma humilde y bondadosa, sus manos fuertes y trabajadoras, su piel sudorosa, traspasando la humedad por sus ropas finas, dejando ver su firme… Apartó la mirada y decidió concentrarse en lo que sea que estaba diciendo aquel hombre.


Seguía sin saber el porqué de su decisión. Hasta los trabajadores se extrañaban de ello; sus guardias también. Pero, de cierta manera, parecía una buena idea. Park Jimin había traído vida a su apaga y temerosa servidumbre. Escuchaba risas, platicas en todo lado y su nombre resonaba en todos los pasillos a boca de su gente. Mientras tanto, allí estaba él como una sombra vagando tras el pelinegro.


Pero Min Yoongi no era tan discreto como él pensaba. Y Park Jimin lo sabía. Desconocía las verdaderas razones por las cuales decidió mantenerlo en su palacio y esa tonta excusa de darle trabajo para dejar los bajos mundos era muy pobre.


El pelinegro no podía evitar mirar a su palco cada que trabaja fuera; el huerto tenía una excelente vista hacia él. Con miradas cautelosas, lo encontraba trabajando: firmando acuerdos, hablando con gente importante o simplemente dándose un respiro, luciendo orgulloso su larga melena rubia que no se daba el lujo de esconder bajo ese soso moño. Su corazón no podía evitar latir con fuerza cada vez que el suave viento de la tarde lo mecía, pasando por sus hombros hasta su espalda.


Su tirano rey se veía tan inalcanzable, de cerca o de lejos.


Su corazón se estrujó dolorosamente. Debía esconder aquello en las profundidades de su alma.


—Jovencito, —la voz del anciano lo hizo despertar de su trance— vuelva a trabajar.


Hizo una reverencia a modo de disculpa.


—Sí, señor.




La noche llegó. Una de las muchas noches que había pasado en aquel palacio. No quería acostumbrarse pero su vida estaba yendo mejor de lo que pensaba y eso lo asustaba un poco.


Ignorando sus crecientes inseguridades, decidió meterse en la cama. Se adentró en aquella habitación que su rey le había otorgado, exclusivamente a él. Cambió sus ropas de trabajo por el fino ropaje de dormir hecho a su medida: fino, suave, con leve olor a lavanda.


Golpearon la puerta con suavidad y en ella aparecieron los guardias de su rey. Bajo la cabeza a modo de saludo.


—Mi señor desea verte. —Dijo el hombre, desapareciendo de la puerta, esperando que Park Jimin lo siguiera.


Su señor, ¿quería verlo?


La caminata por los pasillos fue silenciosa, como la noche. Aún no se había aprendido los rincones del palacio pero aquel pasillo lo conocía tan bien pues daba a aquella habitación en la que doblegó a su señor.


El guardia abrió la puerta frente a él y al alzar la vista vio a su rey. Sentado con aquel porte tan pulcro, ese aire tan altanero y voraz, de ojos gatunos y afilados como la más filosa navaja que exista. Tomó una gran bocanada de aire antes de adentrarse al espacio.


—Aquí lo tiene, mi señor. —Dijo el guardia. Min Yoongi hizo una seña y el hombre salió de la habitación después de una reverencia.


Park Jimin lo miraba de frente, sin cortar el contacto visual. Se inclinaba despacio para realizar una profunda reverencia.


—Que grato es verlo después de tanto tiempo, mi señor.


Min Yoongi bufó burlesco. Él sí que lo había visto, todos los días. Preguntando por él en todo momento y en cómo estaba llevándolo al palacio. Mordió la cara interna de la mejilla.


—De rodillas.


Park Jimin se sorprendió un poco, pero no lo suficiente como para intimidarse por sus demandantes palabras. Con lentitud cayó al suelo, afianzando sus rodillas al piso.


—Gatea hacia a mí.


El joven no tardó en obedecer, satisfecho por su insistente y directo acompañante. Se detuvo frente a él, su cabeza la altura de su torso mientras sus manos traviesas subían por sus piernas con roces suaves y prometedores. No había notado que solo llevaba una gran bata negra encima, haciendo más fácil la tarea de tocar su piel.


—Dígame, mi adorado rey, ¿cómo puedo complacerlo esta vez? —Preguntó suave, depositando un beso en la cara interna de su muslo.


Min Yoongi no hablaba. Agarró con fuerza la barbilla del joven, alzando su rostro. Lo inspeccionó unos instantes, llamando su atención un leve corte, aun rojizo, en su mejilla.


— ¿Qué te pasó aquí? —Su dedo sin dejar de acariciar la herida.


Park Jimin mojó sus labios con ansia.


—Me corte con una rama mientras trabajaba, nada de lo que deba preocuparse, mi señor.


El moreno se estaba dejando llevar por la suave caricia que transmitía los dedos de su rey, que no se percató de como Min Yoongi se acercaba a su rostro, atrapando sus labios en un casto beso sin dejar ir su barbilla. Park Jimin lo miraba atónito cuando se separó y una punzada se instaló en su vientre bajo cuando su rey saboreo con su lengua sus labios.


—Usted es sumamente encantador, mi rey…


En un ataque arrebatador, el pelinegro se había lanzado a sus brazos, con la intención de despojarlo de sus ropas y adueñarse de él. Min Yoongi lo detuvo, diciéndole con la mano que se alejara unos pasos hasta que pudiera verlo por completo.


—Hoy serás tú…—Park Jimin no entendía la situación, ni el cómo su rey lo miraba con tanto deseo que hacía que sus entrañas se retorcieran. —Desnúdate para mí.


El moreno llenó sus pulmones de aire e intentó por todos los medios esconder sus mejillas coloradas. Bajo la cabeza en señal de vergüenza, desanudando los listones de su pijama.


—Mírame mientras lo haces.


Tragó saliva, nervioso. Se deshizo primero de la camisa, dejando ver sus formados brazos, sus pectorales y sus marcados abdominales. Ahora fue Min Yoongi quien tragó saliva. Continuó con sus pantalones, los cuales se deslizaban solos por aquellas musculosas piernas dejando ver su piel y su masculinidad.


Min Yoongi tuvo que resistir las ganas de lanzarse a él y tomarlo en el piso de la habitación.


—Ven aquí. —Ordenó con la voz entrecortada, el muchacho simplemente obedeció.


Su rey acarició su mejilla con una de sus frías manos, mientras con firmeza hacia lo hacía ceder a quedar en rodillas otra vez. No dejó su rostro en ningún momento, ni sus ojos filosos se movieron de las acciones de sus manos para deshacerse del listón de su bata.


—Ya sabes que hacer.


Park Jimin, como fiel súbdito, obedeció. Su lengua apresaba la longitud del rey, bañándola en su saliva para hacer que la fricción fuera muchísimo más placentera. Min Yoongi le tocaba la nuca, le apartaba el cabello del rostro, acercaba su cabeza con delicadeza cuando quería profundizar más en aquella boquita.


El movimiento se estaba volviendo exquisito; siseaba cada vez que el joven soltaba su miembro con un hilillo de baba saliendo de su boca para después besar su punta rojiza, adorándolo.


Lo separó de sí, comenzando a incorporarse y acoplando al muchacho desnudo a su altura. Era un poco más bajo que el, sólo unos cuantos centímetros. Su cuerpo se veía trabajado, fibroso, como alguien que está acostumbrado a la vida dura. A diferencia de él con su delgadez, su piel pálida que contrastaba armoniosamente con la suya más morena. Sus delgados brazos y piernas parecían escuálidos a comparación de los del joven.


—Desnúdame.


A Park Jimin le brillaron los ojos, encantado ante la orden. Sus pequeñas manos rozaron los pectorales de su rey, guiándose a las solapas de la bata, las cuales apresó con firmeza y deslizó la prenda por sus hombros, exhibiendo su lechosa desnudez. Se detuvo a admirar su belleza pero Min Yoongi negó, aun insatisfecho.


—Por completo.


Min Yoongi tomó las muñecas de su acompañante, dirigiéndolas a su cabeza. El joven, temeroso, se deshizo de la banda que cubría su frente y aflojo la coleta alta en la cual se sostenía su larga melena, dejando los mechones vagar de forma preciosa por sus hombros.


—Eso es. — Los labios de Min Yoongi se apoderaron de los de Park Jimin en una desesperada urgencia.


El joven afianzaba sus manos en la cintura de su rey, dejándole explorar su cuerpo todo lo que quisiera. Su nuca, sus hombros, su pecho, su cintura, su buen dotado trasero… En un arranque, el pelinegro alzó por las caderas al rubio, subiéndolo a las suyas, caminado con él agarrado firmemente de sus caderas con sus piernas hasta sentarse en aquel trono que adornaba tan exótica habitación.


Seguían besándose. Adueñándose de sus labios, amoldándolos a los suyos. Abrazando su generosa carne con sus dientes.


Con besos castos fueron separándose, Park Jimin perdiéndose en la curvatura del cuello de su rey mientras el gemía a su gusto y antojo, tirando de los cabellos de su nuca.


Las manos del joven se atrevieron a tomar posesión de las nalgas de Min Yoongi, amasando, apretando, cacheteando su pálida piel hasta dejar su marca en ella. Min Yoongi soltó un gruñido cuando los dientes de su acompañante apresaron una de sus tetillas, comenzando a magullarla sin piedad.


Park Jimin no podía alejar las manos de sus caderas, se habían convertido en la parte favorita de su cuerpo; más esa “v” apenas perceptible en su palidez.


—Es hermoso, mi señor… Tan divino.


El joven inició un vaivén hipnótico con las caderas de su rey, ayudándole con las manos a moverse de adelante hacia atrás, provocando que sus miembros se rozaran en el acto, llevando a su hendidura más lubricante del necesario.


—Hágalo usted, mi rey…— Ordenó, con toda la firmeza que pudo recobrar.


Min Yoongi chasqueo la lengua. No podía negar que aquel juego de sumisión se estaba volviendo su favorito.


—Cabrón.


El movimiento de un momento a otro se volvió más erótico de lo que pretendía y Park Jimin estaba azorado. Su rey movía sus caderas en círculos por momentos, rozando la cabeza de su miembro con su agujero para luego continuar adelante y atrás como antes.


El pelinegro no podía perderse el espectáculo, de ninguna manera. Excitándolo muchísimo las distintas formas de sus falos, el contraste de color en sus pieles, las distintas matas de bellos rodeando sus intimidades o la mezcla exótica de sus fluidos combinados.


—Mírame a los ojos cuando lo haga—. Tironeo de su cabello con desespero. A Min Yoongi le gustaban mucho los ojos de su acompañante.


—No puedo, mi señor… No sabe el espectáculo tan magnífico que me está dando…—Una de las manos de Park Jimin rodeó ambos miembros y subió por ellos, llenándose las manos de su lubricante natural. Observó interesado su mano antes de llevarla a su hendidura e introducir un dedo sin problema alguno. —¿Qué es esto, mi señor?, ¿acaso estuvo jugando con usted mismo en estos días?


—E-Eso no es de t-tu incumbencia…


Min Yoongi jaló con fuerza su cabeza hacia atrás por las fuertes sensaciones: Park Jimin había introducido otro dedo sin esfuerzo. Sus falanges no eran tan largas como las suyas pero si gruesas y sabían moverse en interior. Entraban y salían con una destreza única; giraban en círculos, separándose y juntándose de nuevo a modo de tijera.


Min Yoongi estaba devastado. Gemía fuerte, peligrosamente fuerte. Llegando a un punto en el que no le importaba si despertaba a todo el palacio y se enteraran de su poderoso rey se doblegaba bajo las manos de un esclavo.


—Diga mi nombre, mi rey.


Min Yoongi se negaba, mordiendo con fuerza sus labios. Park Jimin dejó su juego, las quejas de su rey no se hicieron esperar y soltó un suspiro de frustración cuando posicionó su punta en su agujero.


—Diga mi nombre, mi señor. — Balanceo su punta, tentándolo.


El rey estaba más que frustrado. Sin poder moverse debido a lo bien que se estaba sintiendo.


—P-Park… J-Jimin…


Y de una estocada entró en él, comenzando inmediatamente un ritmo firme, duro. Park Jimin lamió el cuello de su acompañante, sabiéndolo salado por el sudor que su cuerpo desprendía.


—Ah, joder…—Gimió el joven cuando su rey lo apretó dentro de sus entrañas.


—Park Jimin…—Dijo ahora con más firmeza.


El pelinegro aumentó la velocidad de sus embestidas, haciendo a su rey jadear de cansancio y placer.


—MI NOMBRE, mi señor.


Min Yoongi no podía más, recargo su frente en el hombro de su acompañante, botando firmemente por sus embestidas. El pelinegro giro su rostro, besando sus mejillas coloradas y mordiendo sus sensibles orejas.


—Jimin. —Susurraba en el oído del menor, poniéndole la piel de gallina. —Jimin—gimió apropósito, jugando con el autocontrol de su acompañante.


—Yoongi-ah…


—Mocoso insolen-—. Los labios de Jimin callaron sus réplicas mientras se levantaba del trono para dejarlo en el suelo, sin salir ni un momento de él.


Con parsimonia, lo colocó boca abajo, estratégicamente frente a un espejo que había en el aposento. Yoongi observó su rostro preocupado, desconociéndose y a su espalda estaba el responsable del increíble placer que estaba sintiendo.


Entró en su rey, con una fuerza desconocida. Yoongi se sorprendió, por unos segundos asustado de que lo fuera a partir en dos. Su vaivén ahora era descontrolado, lento pero entraba en él con aquella fuerza inimaginable.


—¡AH! —Jadeó, cuando sus largos cabellos fueron jalados, permitiéndole ver su propio reflejo devastado en la superficie cristalina del espejo.


—Mi tirano rey, dígame—, la mano de Jimin vago entre sus piernas con caricias apenas perceptibles en su masculinidad, frustrándolo. Quería acabar. —¿Qué diría su pueblo al verlo así? Al ver como gime como puta de burdel bajo las caricias de un esclavo, al ver como su orgullo es doblegado por mí…


—Cabrón, hijo de puta…


Le impedía apartar el rostro del espejo y eso le dolía en el orgullo. Pero estaba tan abrumado por el placer, la lujuria y las manos de Jimin que no podía concentrarse en eso.


Jimin comenzó a masturbarlo al mismo ritmo que sus embestidas. Su resistencia estaba llevando al límite a su rey que ya era solo un manojo de gemidos, sudor y fluidos. Veía como las piernas de su poderoso rey comenzaban a temblar por el esfuerzo de mantener su bonito trasero alzado.


—Diga mi nombre, mi señor. —Susurraba en su oído, su ritmo tornándose errático.


—Jimin… Jimin-ah. — Apenas se le entendía. Los besos de Jimin en su espalda, el trabajo de sus manos y sus fuertes embestidas lo habían hecho olvidarse de su vocabulario, una vez más. —Jimin-ah… Jimin-ah—. Lloriqueaba de gusto. —¡PARK JIMIN!


Acabó, con la leyenda de su nombre bajo sus labios, tirándose exhausto al frío alfombrado del suelo.


El menor embistió unas veces más antes de vaciarse en su interior, gimiendo con su cantarina voz de una manera tan dulce. Se dejó caer en la espalda de su rey, abrazando su cintura.


—Mí adorado rey…—Murmuraba, besando la tinta que adornaba su espalda. —Solo mío.


Desde ese entonces se sabía quién era en realidad Park Jimin y por qué era el lacayo y protegido de su gran señor. Aquel que peinaba su cabello a plena luz del día, adornándolo de flores de una manera tan infantil. Aquel que paseaba con su señor en las noches cuando el insomnio se adueñaba de él. Aquel que acariciaba su cicatriz sin temor alguno y le era devuelta la suave caricia con adoración. Aquel que tomaba la mano de su señor en las noches de lluvia, en la soledad de aquel cuarto frío.


Todo mundo conocía a Park Jimin. Era el nombre que se escuchaba la mayoría de las noches en el ala este, bajó la voz demandante del poderoso rey Min Yoongi.

4 de Novembro de 2020 às 07:13 10 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Fernanda Padilla La niña ojerosa y despeinada esta en inkspired. Escritora desde los 13; en el fanfiction desde los 20. Te invito a que te des un paseo gratis por este pequeño rinconcito. Tomemos un cafecito: https://ko-fi.com/luciferbeelze Para verme llorar por 7 chinos, Twitter: @/luferpadilla Para verme dibujar cosas de los 7 chinos, Instagram: @/luciferbeelze

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YiYing_♡ Hye YiYing_♡ Hye
Lo amo <3
August 17, 2021, 07:03
killua 111203 killua 111203
Estoy sin palabras, está hermoso, beautiful x100000
July 23, 2021, 05:30
Slippery Butter Slippery Butter
Me encantó <3
May 04, 2021, 23:44
Mafe Mafe
me encanta 🛐 yo- aaashfg es todo!!
April 24, 2021, 05:24
J K J K
Magnific 💫💜
March 22, 2021, 03:29

kim vante kim vante
Me encanto
March 10, 2021, 09:06

Selene Cabrera Selene Cabrera
Muy linda historia.
February 16, 2021, 03:53

  • Fernanda Padilla Fernanda Padilla
    Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado! March 03, 2021, 20:22
~