erethkhial MariaL Pardos

Un cuento de fantasmas para conmemorar la fecha



Horror Histórias de fantasmas Para maiores de 21 anos apenas (adultos).

#horror #terror #fantasmas
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Lazos familiares

Lazos familiares


I


El ser humano se acostumbra a todo, hasta a lo peor imaginable, si se repite lo suficiente.

El antiguo cementerio de mi pueblo natal, siempre despertó en mí sentimientos encontrados. Curiosidad malsana, en primer lugar. Apenas recuerdo la primera vez que lo visité, siendo muy niña, y con ocasión de algún deceso familiar. Me fascinó el ambiente oscuro y agobiante que desprendía la tierra, los ladrillos, la argamasa de que estaban hechos los nichos. Esa sensación abstracta que se tiene de niño de la muerte. Algo que provoca aversión, con cierto deje de morbo.

Tal vez ese sea el mejor calificativo que tenía para el antiguo cementerio: morbo.

Situado en medio de los campos de trigo, a tres kilómetros del pueblo, una distancia segura para que los más pequeños no se acercaran, una no tan insalvable cuando tenías edad de montar en bicicleta, y capacidad para convencer a tus amigos de que era una idea genial ir a pasar la tarde por los alrededores.

Los más aprensivos terminaban aceptando si no querían convertirse en el blanco de las bromas del resto.

No cruzábamos, sin embargo, la muralla que rodeaba el camposanto, nos conformábamos con asomarnos sobre ella y contemplar los nichos deteriorados, algunos medio derruidos por el paso del tiempo, rotas las lápidas que los cerraban, porque ya nadie acudía a hacer reparaciones ni a visitar a sus muertos. Muchas tan antiguas que sus propios descendientes ya habían fallecido, siendo enterrados en el nuevo cementerio, a la entrada del pueblo.

Aquellas vistas nos horrorizaban y fascinaban a un tiempo. Yo ya era una niña de ciudad, que solo acudía al pueblo los veranos, y no podía faltar a mi cita en el cementerio viejo.

La muralla también cumplía años, al mismo ritmo que yo, y de resultas, ese verano al asomarme, muro y yo nos precipitamos sobre el tejado de un grupo de nichos, ubicado bajo nosotros.

Uno de mis compañeros de aventura tuvo menos suerte que yo, que caí rodando por el tejado. Él traspasó el techo y quedó sentado sobre un viejo féretro.

Creo que nunca oí a nadie aullar y correr de aquella forma. Saltó la tapia desmoronada y se olvidó de coger su bicicleta en su apresuramiento.

El resto del grupo lo observó, entre burlones y aliviados por no haber caído ellos mismos.

Yo, líder natural de aquel grupo de pringados, que nos juntábamos los veranos para asilvestrarnos a gusto después de un invierno aséptico en la ciudad, reprimí el impulso de hacer lo mismo que mi compañero.

Templé nervios, y me paseé por el interior del camposanto ante la mirada incrédula de los demás.

Reconocía los nombres de algunas lápidas, antepasados míos a los que no conocí o a los que no recordaba, excepto a mi bisabuela, protagonista de uno de mis mayores miedos. Hasta que mis ojos tropezaron con mis apellidos en una losa agrietada, grisácea por la intemperie. Algunos regueros de lluvias pasadas formaban líneas sobre la superficie marmórea.

Ana Luz, distinguí entre las letras sencillas, gastadas por el tiempo.

Ese nombre sonaba a dolor, el de mi madre, susurrado en un aparte, a espaldas de los niños, reteniendo las lágrimas, ocultas tras una sonrisa triste. Ana Luz estaba en el cielo, un mantra que espantaba el pesar por la pérdida de una hija, y que ofrecía consuelo.

De vez en cuando, me preguntaba cómo sería tener otra hermana. A base de imaginarla, la había idealizado, y creo que no solo me ocurría a mí. La muerte crea una especie de aura de perfección de la que se careció en vida.

Por supuesto, ella no había vivido tanto como para que la balanza se inclinara de un lado u otro. Murió de una enfermedad infantil con apenas 5 años.

Coloqué la mano en la superficie de la lápida, resiguiendo su nombre labrado en ella con los dedos. De una de las grietas salía un airecillo más fresco que el del exterior y retiré la mano con prontitud. Un escalofrío me recorrió la espalda, y estuve a punto de dar un bote al escuchar a uno de mis amigos gritando:

—¡Se va a hacer de noche! ¡Vámonos!

—El chico de Carmen dice que habéis pasado la tarde en el cementerio viejo… —dejó caer mi abuela, en cuanto llegué a su casa.

No contesté, de sobra sabía que me iba a caer bronca, y no quería empeorarlo. Tampoco podía alegar desconocimiento, ya que la advertencia se repetía cada año.

Una vez pasado el chaparrón y la amenaza de prohibirme salir de casa si se me ocurría saltarme esa regla otra vez, mi abuela encendió el fuego, dispuesta a continuar haciendo unos buñuelos de viento riquísimos. Jamás los he comido mejores en mi vida, y siempre me arrepentiré de no haberle pedido que me enseñara a hacerlos.

—Hay muchos parientes enterrados allí —dije, intentando birlar uno de los buñuelos, y llevándome un raserazo en la mano.

—¡Cenaremos en cuanto llegue tu abuelo! —me riñó, y luego permitió que cogiera uno.

Era uno de esos rituales inamovibles, reñirme por glotona, y después darme lo que quería. Ellos pertenecían a una generación que había pasado hambre, y ver comer a los suyos los colmaba de felicidad.

El buñuelo duro dos mordiscos, y me dispuse a insistir. La abuela adoraba a todos mis primos, pero conmigo era mucho más permisiva. A diferencia de mis tíos, mis padres, mi hermana y yo, vivimos siempre cerca de ellos y, por si fuera poco, su hija, mi madre, había fallecido. Eso, y que yo fuese la pequeña, me confería cierto nivel de invulnerabilidad, por lo que a ella respectaba.

—También he visto la tumba de mi hermana…

Eso la hizo girarse y un relámpago traspasó sus ojos grises.

—Ana Luz no está allí, la trasladamos al cementerio nuevo hace tiempo. Ahora descansa con tu madre.

Era demasiado joven para comprender su congoja, no así para saber que lloraba al volverse y seguir con su tarea de dar la vuelta a los buñuelos que se doraban en el aceite, por lo que no insistí.



II


La casa de mis abuelos era una de las grandes del pueblo. La planta baja era amplia con muchos lugares donde jugar y un corral con conejeras y gallineros de obra, en otro momento llenos de animales, que eran una fuente de diversión para mí.

La planta superior era otro cantar. Disponía de dos dormitorios a la derecha de un largo pasillo y al fondo, el tercero, el de la bisabuela. A la izquierda se abría un solanar y seguidamente una habitación pequeña y polvorienta, con vigas vistas, que en su momento debió servir para guardar el grano. A continuación, el cuarto de baño ¡con bañera!

En aquellos tiempos, no todos tenían cuartos de baño más allá de un retrete en el corral. Por entonces, el cuarto de baño de mis abuelos era el colmo de la modernidad y comodidad.

Con el tiempo, me enteré de que lo habían organizado así para que la bisabuela lo tuviera a mano, ya que quedaba justo al lado de su habitación. Allí había muerto y era la que ocupábamos mi hermana y yo en las vacaciones, puesto que el otro dormitorio tenía una cama individual. Por fortuna, a nadie se le ocurrió que podíamos dormir separadas, si me llegan a dejar sola en aquella habitación, no hubiese pegado ojo en todo el verano.

Tengo vagos recuerdos de ella, ya que falleció cuando yo era bastante pequeña, aunque la recuerdo vistiendo trajes oscuros, de falda hasta los pies, de los que se usaban a principios del siglo pasado. No me acuerdo de su cara, si es que alguna vez la vi, llevaba siempre un velo cubriéndola, y más adelante me enteré que era porque el cáncer se le comía la piel. Además, caminaba penosamente, apoyada en un bastón, que sujetaba con una mano esquelética, cubierta de manchas oscuras.

Siempre me dio malas vibraciones, la verdad, y el dormitorio en el que murió, también. Aún hoy me avergüenza confesar que cada vez que iba al baño, recorriendo el pasillo en penumbra, pues los dormitorios se usaban solo para dormir, y tenían la puerta cerrada, lo hacía a la velocidad de la luz, temiendo que la bisabuela muerta asomara al final del corredor, o sacara una mano de su habitación para cogerme del brazo.

Tampoco me quedaba nunca sola en aquel dormitorio. Esperaba a mi hermana para irnos a dormir juntas, y me levantaba la primera.

Por supuesto, eran las típicas aprensiones de una imaginación muy fértil, aunque he de decir que cuando venían mis tíos, nos trasladábamos a la pequeña habitación donde antaño se guardaba el grano, en el que habían colocado una amplia cama, y yo dormía como un tronco.

La buhardilla, también muy grande, a la que se subía por unas estrechas escaleras, constituía la segunda planta y era mi sitio favorito. Si me hubieran dejado, sería mi dormitorio.

La del medio era la planta problemática, según mi punto de vista de niña de diez años.

El día de mi visita al cementerio, estaba contenta. Esa misma mañana habían llegado mis primos, dos chicas y un chico, y las habitaciones se ocupaban por estricto orden jerárquico. Como una de mis primas era mayor que mi hermana, se quedaban, ella y su hermana, con la cama de la bisabuela, el primo con la individual, y nosotras nos trasladábamos al granero.

Por primera vez ese verano, me acosté temprano y sola, sin que me importara que mi hermana llegara tarde. Se lo permitían porque era bastante más mayor que yo, y más sensata, además, salía con su grupo de amigas de toda la vida.

La pega del granero, era que no tenía ninguna ventana, la única luz la proporcionaba una bombilla pelada sobre la puerta. Al apagarla, la habitación quedaba a oscuras. No me importaba, allí estaba a salvo de la bisabuela.

De otros veranos, sabía que mi hermana no encendía la bombilla para ponerse el pijama, dejaba la puerta entreabierta y se desnudaba con la luz del pasillo, que apagaba antes de meterse en la cama.

Fue por la luz que me desperté esa noche. Iba a gritarle a mi hermana que la apagara, pero me moví en la cama y me di cuenta de que ella estaba dormida.

La habitación seguía a oscuras, excepto por el leve resplandor que producía Ana Luz, a los pies de la cama.



III


He de confesar que no me asusté tanto como si la bisabuela se me hubiera aparecido. Ana Luz me miraba con sus dulces ojos claros, una réplica de los míos, y su pelo rubio desprendía una especie de halo brillante. Nunca vi una foto suya, pero la reconocí al instante.

Creo que me asombré, más que me asusté, y sentí la necesidad de zarandear a mi hermana para que se despertara. Ana Luz negó con la cabeza.

—"Deja que duerma, ella no puede verme"

Ni qué decir tiene que me quedé paralizada. ¿Era un fantasma? Claro, no podía tratarse de nada más.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté en cuanto tragué saliva varias veces, y conseguí que me funcionara la voz.

—"Solo quiero estar con la familia, eres la única que ha venido a buscarme".

—La abuela dice que te trasladaron al otro cementerio.

—"No han sacado a nadie, no les gusta ir a visitarnos, y no quieren saber de nosotros".

Debí poner cara de incredulidad, mi abuela no acostumbraba a mentir, y no lo haría con algo tan serio.

Años después, recopilé más información que nadie le contaría a una niña pequeña y que, sin embargo, corrían por el pueblo y los de los alrededores.

No cuestioné las razones de Ana Luz, había sido mi hermana…, era mi hermana, y necesitaba compañía.

A partir de esa noche, me acompañó siempre, en el colegio, durante mi primer beso, me consolaba de mis desamores, y se alegraba cuando me enamoraba.

Yo crecía, ella, no.

Seguimos acudiendo algunos años más al pueblo de vacaciones, pero, a medida que crecía, cada vez me resistía más. Ya tenía amistades sólidas en la ciudad, y hasta algún chico que me gustaba.

Por supuesto, no le hablé a nadie de Ana Luz, ni siquiera a mi hermana viva. Nos sentíamos a gusto la una con la otra, y charlábamos durante horas.

Le pregunté si los rumores eran ciertos, y me lo confirmó. Solo el muro del cementerio estaba consagrado, y los espíritus inquietos no podían salir a vagar, a no ser que se marcharan con un pariente vivo, como hizo ella.

A veces soñaba con el episodio, y que todos mis parientes enterrados allí salían conmigo. No era un sueño agradable.

Según Ana Luz, aunque algún otro pariente hubiera usado mi presencia para salir, no tenía por qué verlo. Los espíritus se quedaban donde se encontraban a gusto, en sus antiguas casas, en los campos de trigo en que trabajaron, en la iglesia, en las escuelas del pueblo, o en casa de un familiar.

Pretextando estudios, y más tarde trabajo, ya solo volvía a ver a los abuelos ocasionalmente, pasaba el día con ellos, y regresaba a la ciudad de noche.

Ana Luz iba siempre conmigo, a cualquier sitio, en cualquier momento. Me acostumbré a su presencia como si fuera parte de mí. Me acompañó en mi primera borrachera, en mi primera experiencia sexual, incluso estuvo conmigo en el altar el día que me casé.

Solo dejó de acompañarme cuando tuve a mi hija, entonces ya no salía de casa si no la llevaba, se quedaba junto a su cuna, mirándola con fascinación.

A veces, me inquietaba un poco. Pasaba horas y horas contemplándola.



IV


Unos meses después, mi marido insistió en que fuésemos a ver a los abuelos al pueblo, no habían visto a la niña desde que nació, y estaban algo achacosos para viajar. Acepté ir a pasar un fin de semana, con la condición de dormir en el granero, pese a las protestas del abuelo. La abuela, por primera vez, no se opuso a lo que, en otro momento, me hubiera reprochado como capricho.

Después de tantos años, y de tener una mente más racional, seguía usando el baño con aprensión. No había superado el miedo que me producía aquella puerta cerrada, la penumbra del pasillo y su ambiente sofocante, aún en pleno invierno.

Y si ya me apetecía poco usar el baño durante el día, el que me despertara aquella noche necesitando usarlo, se me antojó una ironía de primera.

Intenté aguantarme, miré la hora, y vi que tendría que ir en algún momento, antes de que amaneciera. Incluso pensé en despertar a mi marido, pero no se me ocurría ninguna excusa para hacer que me acompañara, sin parecer estúpida.

¡Qué narices! ¡Ya era una adulta!

Salí de la habitación, sin hacer ruido para no despertar a la pequeña, cerré a mis espaldas y tanteé la pared hasta llegar al principio del pasillo, único lugar desde el que se encendía la luz.

Hubiese querido ignorar la puerta de enfrente, que constituía un imán, y que me trasladaba a mi niñez. Recorrí el pasillo a la velocidad de un coche de carreras en una recta, y me metí en el baño de un salto.

Estaba echando el pestillo cuando escuché la risa de mi hija, un sonido nuevo y jubiloso, que pintaba una sonrisa en todo el que la oía.

La inquietud me hizo abrir y otear el pasillo, sabiendo de antemano que, aunque se hubiera despertado y mi marido la hubiese cogido en brazos, no habían tenido tiempo de salir de la habitación.

De nuevo aquella risa, seguida de uno de sus nuevos gorgoritos de contento que, para mi espanto, salía de la habitación de la bisabuela.

Mi corazón se aceleró, ya no era inquietud lo que sentía, era pánico y, por una vez, tuve la seguridad de que la puerta no se abriría, de que la bisabuela no sacaría su mano muerta para atraparme. Esta vez, entré de forma voluntaria en aquella habitación que conocía tan bien, origen de mis terrores infantiles.

Mi hija se encontraba en brazos de mi bisabuela, que la sujetaba en su regazo con sus manos huesudas y cubiertas de manchas. El velo que le ocultaba el rostro estaba inclinado hacia su cabecita de suave pelusa rubia, y Ana Luz le hacía carantoñas que provocaban su risa.

Sentí que se me aflojaba la vejiga y que se estaba formando un charco a mis pies, aunque fui incapaz de moverme.

Mi hermana se giró con una sonrisa en los labios.

—"La bisabuela se viene con nosotras".

31 de Outubro de 2020 às 19:38 1 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

MariaL Pardos Lectora a tiempo completo, aprendiz de escritora a tiempo parcial. https://www.instagram.com/marial_pardos

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Lucas Aguirre Lucas Aguirre
Escalofriante, y el video tambien. Enhorabuena.
November 10, 2020, 10:44
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