azzie1793 Azzie

Una historia dentro de una historia, en la mente de un mendigo y del capitán de un barco pesquero.


Conto Todo o público.

#cuento #343 #cuento-corto #realismo-magico
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Por unas cuantas monedas

La pasión maldita fue concebida hace mucho tiempo y de forma imperativa por el destino, así lo creo todavía, en una tarde hace mucho en la que me encontraba divagando entre las posibilidades que tenía de invertir mi mesada ahorrada el tiempo suficiente para descrestar lustrosa y por su volumen a quién logró verme llevarla a rastras tras de mi ese día. La beatitud de mi rostro llegaba a su límite cuando salí de casa aquella vez, pero a medida que caminaba por las calles observando todo lo que antes de aquel día quería tener a través de las vitrinas, relucientes y con ese aroma a nuevo que en los niños genera un deleite muy parecido al placer del buen sexo en los adultos, mis triviales antojos poco a poco dibujaban en mi rostro una expresión inerte y lúgubre. Exhausto, sentía en el aire una carga exuberante y me detuve frente a una tienda de mascotas. Un joven adulto con un sombrero pesquero lleno de falsos anzuelos y cubierto por una penumbra de motel barato a causa de las luces de neón que iluminaban las peceras atiborradas de hermosas criaturas a su alrededor, aguardó por mí, un tanto contrariado al verme entrar a su oscuro espacio sin responderle a su practicado pero muy formal saludo. Fui directo al lugar en el que se encontraban las bailarinas doradas que hasta ese momento nunca había visto, danzaban conscientes de su belleza natural con lentitud y alarde, ayudadas del el ingrávido efecto del agua que constituía su pequeño mundo. Aquel joven adulto al parecer entendía el efecto hipnótico de mi primera vez y luego de permitirme unos minutos de privacidad con ellas, llegó a mi lado y sin yo notarlo para decirme: «Pensarás que son prisioneros, pero no es así, muchas de las criaturas que viven en el mar tienen la capacidad de olvidar pasados unos minutos o incluso segundos, todo lo que han vivido; Claro no a voluntad, de eso si son prisioneros».

Olvidar quién soy en alta mar se había convertido entonces en un guácharo que aleteaba y hacía estragos en mi cabeza sin descanso, el deseo hecho una inquieta ave queriendo ser libre a cada segundo, se había apoderado de mi cabeza desde aquel día y no me había abandonado nunca, ni siquiera pasados veinticinco años pescando en aguas noruegas dio señal de dar tregua. Veinticinco años que se cumplieron el lunes pasado, las condiciones atmosféricas nos obligaban a esperar unos cuantos días para dirigirnos hacia st a pescar bacalao cerca de sus aguas, pero el Reise iluminado por los fuegos de San Telmo vaticinó fortuna en su capitán, y partieron antes que el resto de nosotros. Luego de su casi surreal despedida del puerto de Henningsvaer, no hubo noticias de ellos y eso nos preocupaba, no obstante, estaríamos obligados a seguirles el paso el viernes según lo estipulado por la empresa contratante, temerosos o no – aunque no era mi caso - ese era nuestro trabajo.

Tenía que levantarme temprano, el clima estaba preparado para contender contra nosotros después de las once de la mañana. El reloj parecía avanzar lento, al ritmo de cada una de mis profundas respiraciones, dándole el tiempo suficiente a mis pesadillas de atormentarme por completo. Tres y cuarenta de la mañana, me levanté de un salto de mi litera, veinte minutos antes, golpeando el candil que colgaba sobre mi cabeza haciéndolo estallar y dejándolo todo iluminado por la tenue luz de las auroras boreales que empezaban a despedirse tras la llegada del día que apenas comenzaba. Caminé hacia el espejo del baño, un poco desorientado pero por primera vez en muchos años con una paz quimérica, era discordante la imagen del hombre al que veía cuando posé mis manos apoyándome con agobio sobre el lavabo, teniendo en cuenta que minutos antes mi inconsciente me había empujado a patadas hacia la aparente realidad. Algo era diferente, no sabía lo que era, escrutaba en mis pensamientos mientras azotaba un par de puñados de agua contra mi rostro.

— ¡El ave!

Abrí mis ojos y miré fríamente al hombre que tenía frente a mí, preguntándole por qué no la sentía revolotear; Aquel hombre entonces pareció llevar sus ojos a través del espejo hacia la bitácora de navegación tras de mí, que brillaba gracias a los restos del candil junto a ella, sin titubear fui a tomarla para anotar sobre ella lo que aún recordaba de mi pesadilla. Luego de incorporarme salí de la caseta de gobierno hacia la escotilla de las recámaras inferiores para despertar a la tripulación que aún dormía, avisando a su vez que habría reunión antes de zarpar.

Una vez reunidos, observe entre la tripulación a un joven que no recordaba haber visto antes, delgado y con ropas algo atosigadas pero limpias, su mirada me recordaba a mi cuando era pequeño, cuando conocí a las bailarinas. Pregunté por él de inmediato, estaba algo molesto, quería una buena razón para traer a alguien nuevo justo antes de zarpar, quería saber quién era el chico y que hacía en el Oneiric. El primer oficial de pesca me respondió, pálido, en un tono que reflejaba desasosiego, diciendo que el chico era el nuevo contramaestre, que lo necesitábamos ya que el que teníamos anteriormente se había ido con el Reise el lunes. Dudé entonces por un segundo de lo que iba a decirles a todos, por desgracia solo fue un segundo. Abrí el mapa sobre la mesa de derrota y apunté sobre él con firmeza y seguridad fingida que ocultaba temor, 71° 04’ N – 8° 09’ E.

—Quienes quieran acompañarme vayan a sus puestos, quienes no lo quieran pueden quedarse aquí en Henningsvaer —dije para todos, sin quitar la vista del mapa—.

Nadie más que Mikal, el hombre que yo sabía que tomaría la palabra, con su característica arrogancia e intermitente insubordinación reprochó vociferando que ir a la isla de Jan Mayen sería suicidio con las provisiones que teníamos y el clima que aguardaba pérfido, tendría que ser muy importante lo que hay allí para arriesgarse. El silencio cómplice entre todos aguardó envolviéndome acompañado de las miradas punzantes de toda la tripulación.

—Volveré en quince minutos y zarparé con quienes estén aquí cuando vuelva.

Me levanté de mi asiento y me dirigí al puerto por una Haandbryggeriet Cap Blanc, pensando que sería mala idea intentarlo pero consciente de que mi reputación de osado capitán debía mantenerse. No paraba de pensar, manipulaba en la mente al igual que una sucia moneda en mis manos, la idea de tener que ir solo, era inminente, conocía la valentía o dicho de mejor forma la cobardía de mis colegas excepto uno.

— ¡Capitán, solo quedan las amarras para zarpar! —Gritó aquel joven cuando me vio acercarme al barco, pasados los quince minutos—.

Levante incrédulo mi cabeza. «Vaya que es ingenuo» —Pensé al verlo—. Luego de abordar el Oneiric me centré en estudiar detenidamente al sibilino contramaestre, se respiraba optimismo cerca de él, el mismo que se disipa a medida que vives la vida. Sentía también una carga inmensa en forma de culpa, por arrastrarlo a una aventura personal que podría cegar su truncada vida, indagaba lo que podía mientras preparábamos las revisiones de rutina juntos, dando un pequeño tour; La escotilla de almacenamiento de pesca, el cuarto de máquinas, los tanques de combustible, las luces de navegación ,el desajuste de la bita. Quería una razón que pagara la estadía del chico en el Oneiric, pero sabía a la vez que lo necesitaba si quería volver.

Árido pese a la lluvia, por el aspecto estéril e inhabitado que tenía, el puerto de Henningsvaer fue el único que nos dio la despedida, la marea desde el preludio de nuestra travesía nos animaba a estar lejos de tierra intimidándonos con breves empujones hacia las pesadas y oscuras nubes que lentas parecían querer descansar sobre el océano. No sentía nada más que miedo, lo veía, lo respiraba, y lo ocultaba en cada cosa que decía por primera vez desde que el guácharo se había hecho con mi cabeza; Tenía miedo. Navegamos durante seis horas, aún estábamos en la ruta programada para la pesca, habíamos llegado a st, estábamos a tiempo de hacer lo que debíamos cuando vi dos gaviotas frente a nosotros acercándose a las luces de navegación a toda velocidad, desvariaban en su trayecto por el inarmónico movimiento de sus alas, parecían turbadas. El tiempo se sentía avanzar en esos instantes parsimonioso, haragán, indolente ante la mirada avizorada que tenía sobre aquellas aves.

— ¡Justo en las Luces, Joder!

El joven contramaestre sin pensarlo fue por los endebles cuerpos de las gaviotas kamikaze para retirar una de ellas que había quedado empalada entre los gruesos vidrios que recubrían las luces e intentar repararlas. Entre tanto yo seguía cavilando, observando a través de la ventana de estribor a los seres que fluían bajo el barco, empezaban a cambiar su rumbo de vuelta a Henningsvaer. Era tiempo de decidir si continuar hacia el cada vez más helado, inhóspito y desconocido destino que tenía en mente, o darle un pujante tirón a la rueda del timón y dirigirme hacia lo indemne.

— ¡Capitán las luces de navegación no tienen arreglo, los cables de alimentación hicieron corto y de ellos solo queda el caucho! —Dijo el joven contramaestre de un grito desde la cubierta—.

— ¡Sube! —Le grité—, ¡ya son casi las once y esto se pondrá peor!

Intempestiva la marea comenzaba a sacudirnos, amenazando dispersarnos como un soplo a una porción de polvo por todo el océano, la oscuridad discordante con la hora del día que transcurría, opacaba el horizonte ondulado, fundiendo el cielo con la tierra. Los relámpagos afluían a la tormenta que afloraba según lo previsto, iluminando de manera transitoria pequeñas áreas apenas visibles a causa del espesor del aire, pero uno de ellos que por fortuna penetró en las aguas dos veces y en el mismo lugar, nos permitió divisar a un hombre agitando lo que parecía una prenda blanca sobre su cabeza, aunque no el lugar sobre el que estaba.

—Capitán, lo conozco, es Leidolf el jefe de pesca del Reise, es él.

El muchacho pese a la situación, en sus palabras no demostraba desasosiego, no gesticulaba tampoco incomodidad, miedo, o alguna otra cosa que no fuera tranquilidad.

—Acerquémonos a él—le dije mientras tomaba un impermeable y salía de la caseta de gobierno—, tú toma el volante y guíanos cuando logres verlo, lo más cerca posible de él.

Quería ser yo quién lo tomara con el salvavidas, pues sabía que en la tormenta el joven y delgado contramaestre lo perdería. Apoyado con ambas manos en el pasamanos de estribor sobre la cubierta, tenía mis ojos firmes escrutando en la espesa mañana y expectante ante cualquier destello guía, pero de pronto llevaron su atención a la caseta de gobierno, sin aviso, helados y encogidos tras oír un relámpago que cayó sobre ella. Impávido mi pensamiento de que aquel joven contramaestre había muerto no duró más de cinco segundos cuando un fuerte y descomunal revés levantó la embarcación desde abajo haciéndola pedazos por el centro, vomitándome inclemente por los aires a la altura suficiente para que al caer me costara volver a la superficie, el mundo paro de girar cuando el agua golpeo mi costado derecho causando al instante un dolor que me atravesó la espina dorsal, era agónico, pero se esfumaba a medida que abría mis ojos y con ágiles parpadeos atisbaba un destello colosal, dorado, que también me robo el aliento. Aunque opacada por el agua un tanto turbia y las burbujas de oxigeno que se escapaba desbocado de mis pulmones, podía observar una inmensa torre dorada que se extendía desde el fondo del océano hacia la superficie, mientras me hundía junto al despedazado Oneiric. Tras la torre una sombra igual de colosal brotaba hostil, pero con una belleza fantástica. Oscureció mi entorno cuando llegó a mí, me resigné a morir como todo capitán lo habría soñado y cerré mis ojos. Desperté al instante en la realidad, estaba babeando sobre la mesa de derrota, en el Oneiric que estaba en medio del océano, a la mano tenía una Haandbryggeriet Cap Blanc goteando sobre la radio y a mi derecha estaba el nada afable Mikal sobre la rueda del timón que divisaba las oscuras nubes tras el cristal de la ventana de babor. Mi primer pensamiento fue el joven contramaestre y exaltado le pregunte a Mikal:

— ¿Dónde está el chico?

— ¿Cuál chico?

—Royd lo contrató, tú estabas ahí cuando lo dijo.

—Royd no ha contratado a nadie —dijo Mikal en un tono de burla y abriendo sus ojos con despectiva a la vez que tomaba la botella de Cap Blanc y la alejaba de mí lentamente—.

— ¿Dónde estamos?, ¿hacia dónde vamos? —Pregunté a Mikal un poco más calmado tomándome la cabeza con las manos—.

—Vamos hacia st, ¿lo olvidó?, a las once empieza la función —respondió Mikal sin abandonar su anonadada mirada mientras lo decía—.

Nunca un sueño había sido tan vivido, tan real, mis ojos estaban completamente abiertos pero no procesaban lo que veían todavía, estaba en mi mente tratando de entender, escrutando en los recuerdos de aquella aventura que poco a poco se iba diluyendo en mi memoria.

— ¡El ave!

Había vuelto a su lugar y el miedo se había ido, me incorporé de un suspiro y levanté la vista hacia el horizonte sobre los controles del Oneiric. Dos gaviotas desvariaban a toda velocidad, hacia las luces de navegación.

Frente a la iglesia de San Francisco en Bogotá, la gente rodeaba a un viejo hombre, sucio, desdeñado y cuyas vistas parecían haberle abandonado violentamente hace mucho. «Para mañana me gustaría saber cuál fue la pesadilla que tuvo el capitán» —dijo una mujer que se encontraba entre los muchos espectadores—. Luego, una pequeña lata resonó, seguidamente el viejo hombre dijo con voz rota: «Mi Dios le pague».

—AZZIE—

18 de Outubro de 2020 às 17:52 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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