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Noches inesperadas

Son las tres de la mañana. Es Sábado. Es Domingo. Quizás un día cualquiera de la semana. Me despierto. Sospecho que algún ruido me ha despertado. Giro mi cabeza y la veo, veo la cara de mi esposa, veo la cara de mi esposa como avisándome lo inminente. Esa es su manera de decirme que el bebé necesita de su padre, de su madre, de sus padres. Si bien el cliché indica que debería molestarme no es el caso. De hecho es un placer. Me levanto, completamente fuera de mí, dormido, me acerco hasta sus aposentos y le pido su mano. Ella acepta. Acepta que la rescate de su cuna y la apoye en mi pecho. Nos abrazamos. Nos abrazamos y bailamos. Como dos locos. Miento. Como un loco. Como un loco y su bebé. Ella disfruta mecerse, yo disfruto nuestro baile. Ella ignora que pienso en las largas noches que no pude bailar con nadie. No por falta de deseo, sino por falta de interés, vale decirlo, falta de interés de mis parejas. Mejor dicho, mis potenciales parejas. Miento otra vez. Una noche tuve una pareja, no viene al caso pero una vez tuve pareja de baile. Espero no lo tome a mal pero los bailes nocturnos saben mejor cuando el objetivo radica en hacer dormir a un angel en mis brazos.

Aquella noche sucedió algo, un capricho inesperado. Me levanté y en la cama de mi bebé veo sangre, no era sangre, era mas bien un polvo rojo, como brillantina, pero de color rojo, opaco, casi triste. Meto las manos en mis bolsillos y saco monedas, monedas de cincuenta centavos, al girarlas entre mis dedos se convierten en plumas. Estaba a punto de perder la razón, nada tenía sentido. Decidí refregarme los ojos, quizás despertaría de aquel sueño. Al abrir los ojos nuevamente veo como dos palomas blancas se escurren de mis manos. En el cuarto solo estaba yo, la cuna de mi bebé con polvo rojo sobre el colchón, dos palomas blancas y un manojo de plumas grises en el piso. Me aterraba pensar que mi esposa entraría por la puerta. Me aterraba que me pidiera explicaciones, explicaciones que evidentemente carecía. Qué debía hacer, por lo pronto respirar, inhalar y exhalar, como me explico el doctor Antonio, inhalar y exhalar lentamente. Con mi última inhalación veo salir de mi boca un puñado de clavos oxidados, los recojo con una mano y se desvanecen como humo. Debo salir de aquí.

En puntas de pie me acerco a la puerta de mi habitación, abro lentamente y cierro con llave. Ya estoy afuera. Seguro. Estoy limpio. Voy al baño, me miro al espejo y mis ojos estaban vacíos, solo dos huecos vacíos, negros, con sombra. Me lavo la cara con mis dos manos. Me vuelvo a ver al espejo y mis ojos estaban nuevamente en su lugar. Me sentí libre. Relajado. Nuevo. Metí las manos en el bolsillo y saqué nuevamente las monedas, estaban allí. Salgo al pasillo y escucho a mi esposa y bebé en la sala de estar. Todo es normal. Me convenzo que sólo tuve una pesadilla. Ingreso. Para mi sorpresa encuentro el piso repleto de plumas, y clavos, y palomas blancas, palomas volando y chocándose contra las paredes y techo. Mi esposa me mira y promete no volver a hacerlo. Yo la miro y le respondo: 'Hazlo otra vez'.

8 de Outubro de 2020 às 13:18 0 Denunciar Insira Seguir história
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