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wereyes W. E. Reyes

Otro día, otro dólar. Un trabajo de rutina para el sheriff Donovan y un tesoro de naturaleza diferente.


Paranormal Lúcido Todo o público. © (c)2020

#western #lucido #paranormal #cuento #action #accion
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El mapa


©2020 W. E. Reyes


—¡Vamos, aguanta, debemos llegar! —exclamó el sheriff Donovan, mientras trataba de mantener la ruta de su Jeep— Spencer... vamos, vamos, ¿qué te pasa? ¡Con un demonio! ¡Despierta de una puta vez!

La cara del alguacil reposaba contra la ventanilla derecha del vehículo. La saliva colgaba de su boca, tenía las pupilas dilatadas, y abría sus párpados de vez en cuando.

—Lo intento jefe… lo intento, pero se me cierran los ojos… creo… que… —cayó sobre la guantera—, esos malditos de... Algo hicieron a... —dijo con un hilo de voz y se desmayó.

Duncan se tocaba el costado izquierdo, el corte no era muy profundo pero con los resaltos del camino la herida se le abría. También sentía un extraño sopor invadiéndole poco a poco.

«Malditos hijos de puta, espero que valga la pena, ya estamos cerca», pensó. Miró el mapa ensangrentado que indicaba el destino marcado en el papel.

Hace unas horas atrás se lo arrebataron a una facción del cártel de Los Bravos.

Cuando llegaron al cruce, el sheriff, hundió los frenos. El todoterreno policial derrapó y levantó una polvareda. Los policías bajaron del vehículo. Duncan guardó sus gafas oscuras en el bolsillo de la camisa. Un rayo de sol se filtró a través del polvo, que comenzaba a disiparse, e iluminó su insignia de seis puntas. El reflejo encandiló unos momentos a su interlocutor. Este tapó su vista con la mano.

—Órale que hace aquí mi comandante —se rió el obeso Juan, alias el Negro, que se encontraba de pie al medio de la ruta— creo que es mejor que siga su camino, señor. No crees tú también, Pedro.

—Ah pos sí, qué los gringuitos están muy blanquitos pa’ andar por aquí señor —dijo, Pedro, alias el Urdemales, mientras amartillaba la metralleta de pie; que estaba en la parte abierta de la camioneta.

—¡Qué sí, ahuequen el ala!, ¡llanki gou joum!, antes que les lleguen sus tajos —dijo, Francisco, alias Loco Pancho, mientras hacía malabares con sus cuchillos para luego guardarlos en las fundas.

—Te conozco, Juan, eres buscado por el FBI. Y este debe ser parte del grupo escorpión que lideras, ¿no? —dijo Duncan.

—Pos que está bien informado, mi capitán.

—Como información extra, de cortesía para ti, estás fuera de tú país, esto es territorio americano —dijo, ajustándose el cinturón, con la mano en la pistolera de su Colt Anaconda.

Su alguacil se ubicó a unos pasos de él, por detrás del jeep policial.

—Estoy listo, jefe, cuando de la orden… —susurró Spencer.

—Me encargaré del artillero, tú, encárgate del obeso. Después seguimos con el navajero —susurró de vuelta Duncan, girando el cuello.

—¡No!, ¡Ah que no!, paren el comadreo. No le dijeron en el colegio si quiere decir algo dígalo en voz alta mi cuate. A poco que no sabe sheriff... Duncan Donovan, que soy amigo de su jefe... Yo también estoy informado ya ve...

—Yo no tengo jefe —lo interrumpió, el sheriff.

Los bandoleros rieron al unísono.

—¿Y cómo que no si a veces cenan juntos, usté con él?... ¡Pos que ya lo va a conocer patroncito!, ja, ja, ja. ¡Caray!, que por hoy están de suerte wey, y además estoy de requete regüen humor… Le di duro a la vieja anoche.

—Ándale, ándale, arriba, arriba —exclamó el Loco Pancho, zapateando el piso.

Una fina línea parecida a una sonrisa, se dibujó en el rostro de Duncan.

— Solo pa’ que nos entendamos —dijo levantando ambas palmas frente a su pecho con una sonrisa socarrona—, ¿sabe qué?... mi compadre, Pedro, el que está allá arribita —indicó con la cabeza— con la big gun, es de gatillo fácil, trigger happy —dijo, abriendo y cerrando su índice, al mismo tiempo que desplegaba una ancha sonrisa mostrando sus tres dientes de oro—, cuidado gringou —soltó una risotada.

Estaba cayendo la tarde, la anaranjada luz del ocaso invadía la planicie, se levantó una repentina ráfaga de viento. Un matojo rodante corrió entre ellos. Pedro se notaba ansioso, y le arrojó la colilla de su cigarrillo a los pies del sheriff.

—¿Y bien como va a ser, señor...? —preguntó Pedro.

El oficial se tomó su tiempo: apagó la colilla con los tacones de sus botas laredo, escupió al piso la pajilla que estaba mordiendo y subió el ala de su sombrero vaquero. Puso la mirada fija sobre Pedro.

—Están arrestados. Cualquier cosa que digan… —giró la cabeza hacia el alguacil y le guiñó un ojo— podrá ser usada…

—¡Ya te jodiste gringo puñetero!

Pedro comenzaba a presionar el gatillo cuando su cabeza explotó en medio del aire. Había sido atravesado por un proyectil magnum expansivo. Su cara quedó hundida, arrebujada dentro de sí misma, como un puño inverso; y su nuca saltó como la tapa de una olla a presión fallada, pero en vez de salir frijoles lo que salió fueron sus sesos.

—… En su contra.

—¡Maldito cabrón! —exclamó, Juan, que alcanzó a disparar su escopeta, al mismo tiempo que el sheriff saltaba hacia un costado; momento que aprovechó Spencer para vaciarle el cargador de su 9mm.

El negro, cayó de rodillas. De su boca brotó una bocanada de sangre oscura, puso los ojos en blanco y se desplomó, de cara, a la tierra.

—¡Cuidado Spencer! —gritó el sheriff empujándolo, mientras el Loco Pancho alcanzó a darle a él un par de estocadas en un costado, y le pateó la cabeza. Quedó aturdido por unos momentos.

En un par de segundos el alguacil había puesto otro cargador en su glock, ahora trataba de hacer puntería sobre Francisco; pero este se movía demasiado rápido, aún así logró ponerle un par de tiros en sus piernas.

—¡Hijo de puta! —gritó Spencer, al sentir el puñal del Loco Pancho ensartado en su pierna.

Trataba de tirarle, pero tuvo que contener la mano derecha del enemigo, mientras este trataba de enterrar más profundo el cuchillo. Con la mano libre, su atacante, sostenía la mano conque empuñaba su arma el policía. Forcejearon. Rodaron unos instantes. El maleante quedó, a horcajadas, encima del oficial. Este soltó la pistola.

—¡Las armas las carga el diablo, mi cuate! —dijo el navajero, y de una palmada envío la pistola lejos.

Francisco trataba de enterrarle otro puñal, ahora en el corazón, como su víctima se resistía usó las dos manos. El alguacil se las tomó para tratar de evitarlo, pero su oponente era más fuerte por lo que alcanzó a enterrarle la punta unos milímetros.

—¡Ay!, ¡maldito hijo de puta! —gritó el policía, pero se estaba sintiendo extraño, como drogado, se le cerraban los ojos.

—¡Te está haciendo efecto!... sino te mato ahora será más doloroso después puerco cabrón —dijo y le clavó el puñal otro poco más adentro.

Las fuerzas del policía no daban más, podía sentir el aliento, que apestaba a ajo y tabaco del delincuente; resoplando encima de él, con su baba chorreándole la cara.

—¡Arrorró mi niño, arrorró mi sol —cantaba el criminal— ahora verás a tu abuela en vivo, no solo en el día de los muertos, puerco.

La cara del oficial estaba roja por el esfuerzo. Francisco cargó todo su cuerpo sobre el cuchillo, girándolo como la broca de un taladro, para ver si podía penetrar más adentro que el centímetro actual. Spencer aulló de dolor; y en un último esfuerzo empujó al criminal, este se encolerizó aún más. Tomó el cuchillo con las dos manos en alto. Miró a su víctima con ojos vidriosos llenos de locura y odio, y se preparó a dar la estocada mortal.

Arrorró pedazo de mi corazón —alcanzó a cantar.

El alguacil, en un veloz movimiento, se sacó el cuchillo que tenía insertado en su pierna y se lo clavó en el estómago.

—¡Púdrete!

Un cañonazo retumbó cerca de él. La atónita mirada del criminal desapareció, por el hueco del tamaño de un puño que dejó el tiro en su cabeza; y que entonces cayó sobre el pecho de Spencer. Este miró alrededor, y luego vio el humeante cañón del arma del sheriff a través del hueco en la mollera del pandillero. Se quitó el cadáver del maleante de encima y se incorporó.

—¡Mi abuela está viva imbécil! —gritó y se puso a patearlo.

—¡Basta Spencer!, ¿cómo te encuentras?, ¿puedes seguir?

—… Lo siento… sheriff, lo siento. Me da vueltas la cabeza.

Lo llevó a la patrulla y procedió a curar sus heridas y las de él. Dejó descansando al alguacil en el coche. Se fue a investigar la camioneta de los delincuentes. Encontró varios documentos que constituían evidencia incriminatoria, que de ser verdad mostraría la corrupción de su departamento. Registró los cuerpos, en un bolsillo del pantalón de Juan, encontró un mapa con la señal de una calavera. El lugar quedaba a unas pocas millas de allí cerca de la frontera, en un descampado por un camino solitario.

Duncan estaba en una encrucijada —por los dichos de Juan—, llamó a la central diciendo que estaba todo en orden, pero que su investigación le llevaría toda la noche y también parte del día siguiente. Sabía que su cuartel tenía ciertos protocolos, pero usando su jerarquía, insistió en no ser molestado y que si ocurría un problema, él, les llamaría.

«¡Cómo se jodió todo!, en la mañana acudimos acá por una denuncia de robo de ganado, y ahora se convirtió en esto, ¡demonios!»

Sacó su móvil y se contactó con un agente amigo y le explicó la situación. Él le aconsejó esperar, sin embargo su alguacil no tenía heridas graves y él tampoco. Tenía que arriesgarse, corrió hacia su coche, desactivó el GPS de seguimiento y encendió el motor, aceleró derrapando sobre la gravilla, y partió en dirección a la señal del mapa.

Llegó al punto de la marca. Spencer estaba desmayado. Bajó la ventanilla y alcanzó a ver al costado del camino la figura de un cubo alargado «una casa, tal vez», pensó.

No se veía bien y ya caía la noche. Iba a bajar del vehículo, pero se le cerraron los ojos un momento. Los abrió, otra vez, y tuvo que restregárselos. En medio del camino se mostraba una serie de personas, flotando inmóviles, a dos metros de altura; todas quietas como en una fotografía. Hombres y mujeres de diferentes edades.

«¿Qué es esto, no puede ser, me estaré volviendo loco?»

Salió de su patrulla. Un viento gélido se arremolinó en el camino. Las luces de su coche lo iluminaban por la espalda mientras caminaba, de forma cautelosa, hacia las imágenes que se encontraban a unos cincuenta metros de él.

Cada paso que daba se le hacía pesado, como si arrastrara gruesas cadenas. Al llegar, observó minuciosamente a cada sujeto; y los tocó, estaban duros y fríos.

«Verdaderos cadáveres con rigor mortis».

Decidió volver a la patrulla, para ver como seguía su alguacil, tenía que meditar para poder encontrar una respuesta coherente. Giró dándole las espaldas a los “flotantes”, la luz de su coche comenzó a destellar.

«¡Con un demonio lo que faltaba!»

Sintió un sonido grave, como el de un globo relleno con agua, desplomándose sobre el polvoroso camino. Luego otro, otro y luego varios más. Se levantó una nube de tierra detrás de él. Estaba por llegar a su vehículo y miró hacia atrás. El continuo pestañear de las luces de la patrulla, funcionaba como luz estroboscópica. Luz. De la polvareda emergió una figura que caminaba hacía él. Oscuridad. Luz otra vez, dos figuras aparecieron ahora. Oscuridad.

—¡Oficial de policía deténganse, es una orden!

Una piedra pasó rozando su cara y se incrustó en el parabrisas. Desenfundó su revólver. Las ampolletas del coche se estabilizaron. Vio quince figuras que se acercaban, en medio de la nube de polvo del camino. Un ejército, de bocas negras y ojos sangrantes, aceleró hacia él.

«¡Diablos!»

Su mente estaba detenida, fogonazos de recuerdos quemaban su memoria, su letargo ya era evidente. Sintió el agudo dolor provocado por una estaca envuelta en alambre de púas — arrojada por uno de los malditos — que fue a dar sobre su muslo derecho. Despertó tomando una bocanada de conciencia, llenando su instinto de supervivencia con el aire de la furia…

«¡Mierda!, el maldito alambre se me enredó en la pierna». Desenfundó su arma, descargó los tiros sobre los enemigos. Los aciertos sonaban en tonos metálicos, en tintineo continuo, los atacantes apenas sí se detenían.

Aquellos le arrojaban lo que tuviesen a mano: estacas de cercas, piedras, palos, alambres y basura.

Esto no es posible, recargaba el tambor del arma con cargadores rápidos, de seis balas, de una sola postura. Les vació dos cargadores…

«Me quedan otros dos cargadores, en los bolsillos, con munición expansiva. Es hora de usarlos».

Su oreja desapareció en un instante. Un par de dislocadas mandíbulas de una mujer, de negros dientes, se la había arrancado. La mujer le tomó de un brazo y lo arrojó a cinco metros de la patrulla.

«... Una nación indivisible, con libertad y justicia... », recitaba en su mente, mientras volaba por los aires.

Cayó dando varios tumbos en el piso y se incorporó, un poco, con los brazos.

«Y así todo acaba al final... no en un susurro, sino en un bang». Se sentó en el suelo, cargó su arma, y disparó. El misil de la cordura lanzado por el defensor de la ley, que juró proteger y servir, destrozó el cráneo del espectro; que quedó en el piso convertido en un gel negro y maloliente, el cual comenzó a burbujear, para desaparecer luego.

Se tocó su sangrante oído.

—Era mi oreja favorita, perra.

Sintió un gruñido detrás de él, se reincorporó de un salto, corrió y subió al coche patrulla. Un agudo dolor casi le hizo desmayar.

Una de las bestias había cogido el alambre y lo estaba tirando, en cada jalón, las púas se hundían más en su carne. De un tiro le arrancó el brazo, al monstruo, que quedó saltando en medio del camino reptando cual serpiente.

—¡Malditas alimañas, que quieren! —gritó, desesperado, mientras volaba las molleras del atacante anterior y dos más.

Los engendros infernales, pausaron su ataque frenético, y se miraron unos a otros.

—¡Justicia! —dijeron al unísono—, aunque sea solo una parte —rieron, y entre dos tiraron del alambre que rodeaba la pierna del sheriff.

Duncan lanzó un alarido de dolor mientras reventaba otro par de cabezas.

La ventanilla del acompañante explotó. Alcanzó a ver dos flotantes que trataban de meterse al coche, cambió el cargador y les metió un tiro a cada uno, en sus cabezas, que les volaron medio cuerpo.

Vio a otro entre los arbustos, que sacaba la cabeza de repente como un topo y le arrojaba piedras grandes como melones. Una de las rocas golpeó la puerta y la hundió, se asomó.

«Estoy a punto, quédate quieto... »

Tiró otra roca y le pasó cerca de las piernas hundiendo el techo.

Se asomó de nuevo.

—¡Bu! —exclamó el policía y descargó su arma.

La cabeza del monstruo quedó veinte metros más atrás, y la roca cayó sobre su cuello desmochado.

Se había deshecho de casi todos, aprovechó que vio alineadas tres cabezas, y de un balazo las arrancó de cuajo.

«Parece que ya no quedan más... y tampoco me quedan balas».

Bajó de espaldas, a rastras, del techo del vehículo.

—¡Aunque sea un pedazo de la Justicia! —exclamó una mujer de vestido rojo, que saltó encima de él. Le puso un pie en la mandíbula, apretó su torso con las piernas; y lo dejó sin movimiento. Comenzó a mover el alambre de lado a lado, con celeridad, serrando su muslo, hasta cercenarlo en menos de seis segundos.

—¡Aunque sea un pedazo! —se carcajeó la bestia, que huía con la pierna de Duncan en una mano, dándole mordiscos; y saltando hacia los arbustos.

El oficial estaba conmocionado y apunto de desmayarse.

«¡Maldita sea, era mi pierna favorita», pensó delirando.

Tomó su camisa, la desgarró, y formó un torniquete con un trozo de madera, para detener la hemorragia.

—¡Todavía tengo hambre de justicia! —gritaba el animal en medio del camino. Su plañido se escuchó con eco, reverberó por una ciudad sedienta de equidad, hambrienta de probidad y de honradez.

Presintiendo su fin, el guardián de la ley, tomo una decisión. Arrancó del collar que llevaba al cuello un relicario y lo abrió. A pesar de tener la vista nublada, extrajo de él una munición experimental que tenía guardada, una sola bala.

«Betsy, te he llevado conmigo por veinte años, espero que ahora si sea un amor explosivo...»

Introdujo el proyectil e hizo girar el tambor.

«Juguemos ruleta, maldita bestia».

—¡Justicia!, ¡justicia! —reclamaba el engendro espectral golpeando el suelo con el fémur descarnado del sheriff.

La mujer emprendió una furiosa carrera hacia el oficial. Un asustado caballo se atravesó de improviso por el camino. El equino trató de escapar, pero ya era tarde, la bestia lo atravesó, cortándolo en dos. Siguió corriendo embadurnada en sangre y tripas del animal.

Cincuenta metros. ¡Clic!

«Te salvaste».

Treinta metros. ¡Clic!

«Te salvaste nuevamente».

Veinte metros. ¡Clic!

«Eres un demonio afortunado, o era demonia afortunada, en fin».

Un metro.

¡Bang! Un fogonazo de gases de noventa centímetros de diámetro, se prendió frente al rostro de la flotante. Sus negros y sangrantes ojos, imbuidos en el limo de la atrocidad, se inundaron del pánico que provenía de aquella exorbitante flama de destrucción. Su cabeza se desintegró en el acto y el resto del cuerpo quedó disperso a veinte metros a la redonda.

«Bien Betsy, mi amor, lo hiciste».

No podía pararse y observó a su alrededor, vio tirada una de las patas delanteras del caballo. Se arrastró en su dirección y se hizo con ella. Con la parte de la camisa que le quedaba se amarró la pata a su pierna y se puso de pie. Entró a su coche. Examinó a Spencer, dio vuelta su cabeza, pero le faltaba la mitad derecha, tenía marcas de mordidas. Los malditos se la habían comido.

Su mente estaba deshecha.

«Necesito salir de aquí».

Presionó el acelerador con su pierna-pata y salió a la carretera.

«Tengo que ir al hospital». Se quedaba dormido y encendió el radio para escuchar algo de música. Se reproducía la canción de heavy metal: Frenético. Empezó con un solo de batería…

Apenas comenzaba la canción cuando Spencer se incorporó y comenzó a mirar y a cantar la letra a Duncan.

—¡Spen… qué diablos, cómo puedes cantar con la cara destrozada!

¡Mi estilo de vida determina mi estilo de muerte! —le gritó cantando y agarró el volante.

—¡Qué haces estúpido! —Trató de desacelerar, pero el casco de la pata se había trabado en el pedal del acelerador.

¡Una marea creciente que empuja hacia el otro lado! —La negra boca de Spencer creció tratando de engullir al sheriff.

Forcejeó con el esperpento. La lucha les hizo pasar al carril contrario. Las luces de un camión los iluminaron al unísono con el estruendo de su bocina. El coloso con ruedas los estrelló de frente a cien millas por hora.

Duncan se sintió tragado por la boca del engendro a una negra oscuridad.

Abrió los ojos —el sol de la madrugada le cegaba a ratos—, y vio la imagen de un círculo cuyo centro semejaba un tejido de tela de araña, del que pendían tres plumas. Trató de hablar, pero su jaqueca no se lo permitía. Escuchó cánticos en un idioma que no lograba entender. Frente a él un pequeño hombre de tez oscura, con la piel agrietada por el calor y los años, le acercó un cuenco de cerámica pintado de verde.

—Bebe, bebe —decía.

El oficial, bebió unos tragos. El menjunje tenía un desagradable sabor metálico y era amargo, como el corazón de un político.

—¡Puaj!, ¡que mierda es esto!

—¡Esa mierda me salvó la vida! —dijo el alguacil, que lo miró sonriendo.

—¿Spen… estás vivo?, ¿cómo y tu cara?, ¿y los flotantes? y la ¿pata de caballo? —Preguntó, se miró la pierna viendo con asombro que estaba entera.

—¡He, he, he!, pare jefe, le dio duro la droga parece. Según lo que entendí de lo que me dijo el curandero, Jorge —señaló al hombre frente al sheriff Donovan—. Los Bravos estaban probando un nuevo tipo de estupefaciente y ese de los cuchillos, el Loco Pancho, tenía la costumbre de remojar sus hojas en la droga.

—Sí, sí, sí, droga. Poderosos hongos y flores. Y el demonio de serpiente oriental agregaron —dijo el chamán.

—¿Demonio serpiente…? —dijo, Duncan.

—Mire acá.

El alguacil le extendió la copia de un documento del que se había hecho Jorge, cuando curó a uno de Los Bravos.

—¿¡Fentanilo!?

—Así es, esto parece que son las ligas mayores sheriff.

Observó el camino un momento y distinguió claramente la figura difusa de anoche.

—¿Es eso... lo que creo que es?

—Sí, jefe, es un contenedor marítimo.

El sheriff Donovan le dio las gracias al curandero, no solo por el brebaje, sino también por los emplastos de plantas y barro, que había puesto sobre las heridas de él y de su ayudante.

—Eres un hombre duro, Duncan Donovan. Futuro incierto veo en ti —dijo el hombre sabio, mirando al cielo con los ojos en blanco—. El mal huye de tu presencia —se alejó, orando en un idioma ininteligible—, cuídate, los antiguos están de tu lado.

Creyó reconocer la cabalgadura del viejo, le pareció familiar.

—Trae la palanca y la sierra de la patrulla Spencer, vamos al contenedor.

Se acercaron a la puerta sellada con un macizo candado. El alguacil puso la oreja en la entrada, pero no escuchó sonido alguno.

—¿Spencer?

—Estaba verificando.

—Ok, dale entonces con la sierra al candado para abrirlo.

El ayudante estuvo en eso unos cinco minutos, hasta que el candado cedió. Duncan miró a Spencer y le hizo un gesto de stop con la mano, levantándola abierta frente a él.

—Déjame a mí, ponte detrás y dame cobertura —dijo y desenfundó su arma.

Removió el candado arrojándolo al piso después. Giró la varilla de acero fuera de la abrazadera y la deslizó hacia arriba. ¡Clonc! Se destrabó la primera hoja de la puerta del contenedor. Efectuó la misma maniobra con la segunda hoja de la puerta. ¡Clonc! Se destrabó aquella. Agitó el dorso de su mano indicándole al alguacil para que retrocediera unos pasos. Ambos lo hicieron.

—¡Uf!, aún está trabada, dame la palanca. Ya veo, el contenedor tiene unas abolladuras, parece que se cayó o lo dejaron caer de un camión de transporte. Veo huellas de neumáticos en el barro seco.

—Aquí está jefe. Tome. Sí, quizás se detuvo aquí, arrojaron la carga y continuaron, según se ve por las huellas que siguen más adelante y además iban con prisa.

—Bien averiguaremos, porqué estaban tan apurados de deshacerse de la carga.

Introdujo la palanca en la juntura del borde izquierdo inferior, cargó su peso sobre el hierro, un sonido metálico sordo indicaba que se había desatorado. Duncan abrió la puerta, que golpeteaba a saltos por estar desencajada, poco a poco… Por fin cedió por completo.

Un líquido negro y percolado se chorreó de la entrada al suelo, diversos insectos y pequeñas alimañas escaparon al entrar un poco de luz. El aroma fétido de carne podrida les pegó en las narices como si se hubiesen abierto cien tumbas. Ambos retrocedieron.

—¡Ilumina el área, con la linterna, mientras entro! —exclamo el sheriff, que se introducía dentro, tapando su boca con la parte interna de su codo, y apuntando con su revólver— Quédate en la puerta —dijo, a su ayudante, al ver que comenzaba a hacer arcadas— ¡Cúbrete la boca y la nariz con el codo!

Procedió a examinar el interior, los cadáveres de las personas, hirviendo en larvas de moscas, le parecían conocidos. Contó dieciséis. También había dos niños, menores de cinco años, aferrados a su madre que llevaba un peculiar vestido rojo. Parecían dormidos esperando que ella, besara sus pequeñas frentes para despertarlos. El mayor, de pelo oscuro y ensortijado, tenía sus ojos cerrados; y descansaba sobre el regazo de su mamá con la cabeza gacha. Era un poco más moreno que el pequeño de pelo lacio, castaño, que parecía hacer un puchero junto al seno de ella. La cabeza del menor se estremeció.

«Estará vivo, un milagro tal vez», pensó.

Se acercó y giró su carita con la mano, las larvas estaban devorando uno de sus ojos. Llevó su mano al entrecejo y cerró los suyos.

«El dinero, siempre es por dinero, lo justifica todo para estos chacales… ¡Maldita sea!». Pateó el piso. ¡Clonc!

—Salga a tomar aire sheriff, antes que se ahogue ahí dentro.

—Anda al coche y me traes una mascarilla… de las que dicen n95.

Su oficial asistente fue por el encargo y volvió pronto. Siguió revisando cada cuerpo, en el de un hombre mayor encontró una libreta con anotaciones: con un listado, horas, eventos y valores. Salió del contenedor.

Se bajó la mascarilla al cuello, y comenzó a leer.

—Rifa de beneficencia de Rosa Ramos, 14 de abril de 2021, total 3.500 dólares. Venta del rancho de papá, 35.000 dólares. Colecta del pueblo 15.000 dólares... Sigue la cuenta, en total reunieron 250.000 dólares.

—¿Estaban juntando dinero?, ¿para qué…?

—Espera, hay más.

Agitó la libreta. Cayó un sobre con dibujos infantiles de figuras de palotes, rosas, un sol, unas montañas, y una bandera de Estados Unidos. Extrajo la carta y la leyó.

“… Queridos conciudadanos,

Estamos orgullosos de ustedes, son nuestra esperanza, apenas quedamos unos pocos cientos en nuestro queridísimo pueblo de Somora, las sequías nos han golpeado fuerte por años y nuestros animales están cada día más flacos.

Sin embargo sabemos que gracias al sacrificio y esfuerzo, de los somorinos, que somos un pueblo de lucha, que llevamos la sangre mexicana: gruesa, poderosa y valiente, en nuestros corazones; podremos salir de esta y muchas más.

Llevan con ustedes la esperanza de todo un pueblo. Llegarán a Estados Unidos, un país donde podrán progresar, donde crecerán y serán libres del hambre y del dolor.

Gracias, les damos, sabemos que no nos abandonarán y que; cuando estén bien nos tenderán una mano. Creemos firmemente en sus palabras y en la valentía y bravura de doña Rosa Ramos, que organizó todo esto, para darle esperanzas a nuestro pueblo y también un futuro mejor a sus hijos: Pedrito y el pequeño Luchito. Muchas gracias por todo, contamos con ustedes. ¡Viva Somora!, ¡Viva México!

Olivero Fernández, alcalde de Somora.

Los abajo firmantes nos comprometemos a emprender esta aventura y ayudar a nuestros amigos y hermanos de nuestro amado pueblo.

Juana Domínguez, Ernestina González, Juan Soto, Rosa Ramos…”

Repasó en su mente cada uno de los rostros mencionados, que ponían un nombre a esos cuerpos podridos. Cerró la carta.

—Cumplieron con pasarlos por la frontera…

—Pero nunca tuvieron la intención de soltarlos, ¿no es así, sheriff?

—Sí, tienes razón. Dejaron que el problema fuera nuestro, o tal vez no querían que nadie hablara. Por eso encontramos a esos idiotas de Los Bravos por acá.

—¡Llegaré al fondo de esto!, ¿estás conmigo, alguacil Spencer?

—Tengo los cargadores de mi pistola llenos, sheriff Donovan.

—Tomaré eso como un sí.Volvamos a la central. Tenemos que ir a conocer a mi jefe.

***

24 de Julho de 2020 às 01:17 4 Denunciar Insira Seguir história
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Continua…

Conheça o autor

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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Fred Trespalacios Fred Trespalacios
Excelente! Muy bien hecho!

Roberto R. Roberto R.
Muy bueno!
July 24, 2020, 04:03

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