criseme Cris Eme

Londres 1940. La Luftwaffe bombardea cada noche la capital londinense con el único objetivo de mermar a la población civil y doblegar la voluntad de sus líderes políticos. La enfermera Betty Harris trata de sobrevivir con sus dos hijas pequeñas en medio de la barbarie abandonando cada mañana el refugio que supone el suburbano con un único próposito: salvar todas las vidas posibles.


De Época Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Bajo el cielo del Blitz

Londres, septiembre de 1940

Seis de la mañana. Las paredes habían dejado de sacudirse y el ensordecedor ruido de las bombas cayendo sobre suelo londinense había cesado después de intensas horas de ataque indiscriminado. Otro día más que sobrevivían a los alemanes.

Betty Harris miró a sus dos hijas aferradas a su cuerpo bajo una manta profundamente dormidas y se sintió mal por tener que despertarlas. No habían podido dormir mucho más que dos horas aquella noche.

—Niñas… —susurró sacudiéndolas ligeramente para sacarlas del sueño— Niñas, ya acabó, es hora de levantarse.

Rose, su hija mayor de seis años, abrió los ojos pesadamente para volverlos a cerrar rápidamente con una adorable expresión de disgusto. Amanda, su otra hija de cuatro años, balbuceaba plegarias porque la dejaran dormir cinco minutos más.

A su lado, el resto de refugiados londinenses comenzaban el día también. Pocos habían podido dormir desde hacía varias semanas, pero el instinto de supervivencia era capaz de hacer milagros para mantenerles a todos en aquel estado de alerta permanente y evitar que se desplomaran de puro agotamiento.

—Mamá… me duele la espalda —se quejaba Rose ya incorporada, sobándose la zona dolorida con la mano.

Betty miró a su hija con lástima y su mirada se desplazó en dirección a los raíles donde habían estado tratando de descansar durante horas. El metro de Londres parecía perfecto como refugio antiaéreo, pero para nada sería una opción válida para dormir durante horas. Odiaba que sus hijas tuvieran que enfrentarse tan pequeñas a los horrores de la guerra, pero había que sobrevivir.

De pronto, su vecina se acercó a ellas para recoger a las niñas. Desde que habían comenzado los bombardeos sobre Londres, todos los vecinos se habían organizado para protegerse unos a otros y tratar de hacer la vida más llevadera para todos. Ella era la profesora del colegio al que iba Rose y había decidido encargarse de recoger a todos los niños de su manzana de viviendas para llevarlos al colegio y mantenerlos ocupados mientras sus padres trataban de sacar adelante sus negocios. Si es que quedaba en pie alguno de esos edificios.

Tras despedir a sus hijas, decidió iniciar ella su jornada laboral y se enfundó en su maltrecho traje de enfermera. No era lo más higiénico, pero era el único que había logrado rescatar de su vivienda antes de que las bombas comenzaran a caer sobre el East End.

Abandonó el metro y descubrió ante ella un espectáculo dantesco que le heló el corazón. Pequeños incendios en edificios que trataban los bomberos de sofocar, antiguas viviendas reducidas a escombros y cimientos carbonizados y la carretera frente a ella destrozada con un enorme agujero que una bomba había provocado. Aquella calle para nada se parecía a la que algún día conoció.

En ese momento en el que luchaba por mantener a raya las lágrimas que provocaban su desesperación y miedo, apareció a toda velocidad un vehículo. Era uno de los voluntarios que usaban sus coches para ayudar a trasladar heridos y personal sanitario a los hospitales y que había quedado en recogerla.

Dentro del vehículo ya se encontraban otros médicos que ya conocía y salieron disparados de allí. Todos parecían cansados y muy abatidos, aquello no parecía tener fin y se comportaban como si pudiesen sentir el aliento de la muerte respirándoles en la nuca.

Permanecieron en silencio durante todo el trayecto, sorteando los enormes socavones que los impactos de las bombas habían provocado en el asfalto de las carreteras y las largas manzanas de edificios reducidos a la nada. Betty apartó la mirada de forma abrupta, no quería romper a llorar al contemplarlo que habían hecho con su amada ciudad:

—¿Has sabido algo de tu marido, Betty? —preguntó el doctor Mathews, con quien ya había trabajado incluso antes de la guerra.

—Mandó a un chico con un mensaje a la escuela de Rose —contestó ella tratando de pensar en otra cosa—. Dijo que no podían volver a Londres porque las carreteras estaban cortadas y que dormirían entre las maquinas de la fábrica. También dijo que todos los trabajadores están dispuestos a alistarse como voluntarios.

—¿Pero no combatió también en la guerra española?, ¿no ha tenido suficiente? —preguntó confuso el médico.

Ella sólo se encogió de hombros. Estaba acostumbrada a que su marido se uniera a todas las empresas imposibles siguiendo sus ideales. No sólo se había unido a los Brigadistas en la guerra española, sino que también había participado en los enfrentamientos que, cuatro años atrás, se habían producido en su barrio entre los vecinos y los fascistas de la Unión Fascista Británica junto a la policía. Aquel altercado había sido imprescindible para su decisión irrefutable de unirse a la guerra en España.

Con la imagen de su marido decidiendo marcharse a España, el coche llegó finalmente al hospital. Una bomba había caído a pocos metros de la institución, provocando su fuerza destructora serios daños en la fachada del edificio. Sin embargo, ella sólo pudo respirar aliviada. Aún no lo habían destruido.

Se apresuraron a entrar en el hospital mientras se despedían del conductor voluntario que se marchaba en ese momento a cerciorarse de que su pequeño negocio no hubiese sufrido daños durante la noche.

El interior del hospital era un hervidero de actividad. Habían llegado hacía poco los primeros heridos del último ataque de la aviación alemana y todos los sanitarios que ya se encontraban allí se movían de un lado al otro, atendiéndoles.

El doctor Mathews se estaba colocando su bata blanca ya preparado para comenzar el trabajo y le indicó a Betty que le acompañase. Ese día trabajarían juntos.

Recorrieron los pasillos hasta la sala de quirófanos, la cual había sido rehabilitada para poder albergar el mayor número de heridos a los que debían operar a contrarreloj. Cuando llegaron a la sala, encontraron todas las camillas ya ocupadas y esperando la atención médica.

—Venga doctor, pongámonos manos a la obra —le animó ella al ver el rostro del médico contraerse por la preocupación—. Mientras estemos vivos, este será nuestro trabajo.

Él le devolvió la mirada y ésta por fin había cambiado a otra más determinada a realizar lo que mejor sabía hacer: salvar vidas.

Ambos por fin se pusieron manos a la obra. En la camilla más próxima, se encontraba un bombero que había sufrido importantes quemaduras por todo su cuerpo y sus chillidos de dolor eran capaces de ponerles a los dos los pelos de punta.

—Quemaduras de segundo grado en el lado derecho de su cuerpo y múltiples contusiones —le explicó ella rápidamente tras una breve auscultación.

—Prepárate para suministrarle unos mililitros de morfina, Harris —le indicó Mathews en tono profesional.

Ella asintió corrió en dirección al almacén de medicinas. No tardó en encontrarlo, pero sintió que se quedaba congelada frente a la puerta al mirar en su interior. Había muy poco arsenal y aún no habían llegado los repuestos. Casi suspiró aliviada cuando encontró la morfina al final de la estantería, aunque fuera en pequeñas cantidades.

Tomó todo lo que sabía que necesitarían y echó a correr otra vez en dirección a la sala de quirófanos. De camino, se encontró con alguien sentado en el suelo que le llamó profundamente la atención. Se trataba de una enfermera que se encontraba apoyada contra la pared con las piernas recogidas contra el pecho y la cabeza oculta entre ellas, parecía estar llorando. Betty no pudo evitar chascar la lengua al verla, seguramente era una señorita de Mayfair que se había unido con sus amigas a los voluntarios para ayudar y aquella era la primera vez que se enfrentaba a un escenario tan extremo. Ella no quería ser dura, pero allí no estaban para perder el tiempo llorando cuando había tantas personas que necesitaban ayuda.

Ignorando la escena que tenía delante, entró en el quirófano y se apresuró a suministrar al paciente la dosis de morfina que necesitaba para dejar de sufrir tanto dolor. Cuando vio que aquel hombre comenzaba a relajarse, incluso a respirar aliviado, sintió que ella también comenzaba a calmarse, no soportaba el sufrimiento.

—Creo que va a tener suerte —comentó Mathews con los guantes que le había traído ya puestos—. No ha sufrido demasiadas quemaduras.

—Me ocuparé, Mathews —intervino ella con una pequeña sonrisa—. Usted vaya a atender a otro paciente.

El doctor asintió y la dejó trabajando junto con otra enfermera que acababa de incorporarse para ayudarla. La miró por un momento y vio que se trataba de la misma chica que había estado antes llorando en el pasillo, lo pudo averiguar por su pelo rubio y sus ojos aún enrojecidos por el esfuerzo de llorar:

—Tienes que acostumbrarte a esto —le espetó sin más—. Los heridos no pueden esperar por nosotros, tenemos que ser fuertes.

La vio entonces asentir y sorber la nariz como si con aquel gesto reforzarse su compromiso con ella y no pudo menos que suavizar el rostro. Al fin y al cabo, no parecía más que una cría.

Comenzaron a desprender con cuidado las prendas del uniforme de bombero del paciente despacio, revelando las terribles ampollas y la piel inflamada por todos los brazos. Pudo ver que la chica trataba de mantener el tipo ante la imagen que se le había presentado delante y que limpiaba las quemaduras tratando de mirar lo menos posible.

—No seas remilgada, muchacha —la regañó ligeramente, no queriendo ser demasiado dura.

—Perdóneme señora Harris —se disculpó la chica notando cómo sus ojos azules brillaban por el incipiente llanto—. Es que… sólo pienso en el infierno que tuvo que vivir y lo que tiene que sufrir…

—Está sedado, no siente ningún dolor —le explicó ella—. Ahora lo que nosotras tenemos que hacer es tratarle cuanto antes para que, cuando despierte, sienta el menor dolor posible. ¡Podemos hacerlo!

Esta vez parecía que sus palabras habían hecho efecto en ella porque la miró mucho más firme y se dispuso a su tarea con más competencia que antes.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó curiosa mientras desinfectaba quemaduras.

—Margaret Ashley, puede llamarme Maggie si lo desea —contestó enseguida, pero al momento permaneció unos segundos en silencio antes de añadir—. Siento que me haya visto de esa forma… es que, bueno, a ese niño le había estado cuidando todo este tiempo y… le había cogido mucho cariño, era tan bueno.

Al principio, no había entendido lo que había querido decir, pero al momento la comprensión la golpeó con fuerza y sintió que le invadía la tristeza. Seguramente aquel pequeño que rescataron hacía un par de días no había logrado superar la gravedad de sus heridas.

De forma inconsciente, alcanzó el brazo de la joven y le dio un apretón comprensivo que fue correspondido inmediatamente por la mano de ella acariciando la suya.

Sintiendo que todo estaba dicho entre ellas, continuaron su trabajo sobre la piel del bombero con la sensación de que ambas por fin habían logrado conectar. Terminaron de curar las heridas y Betty contempló orgullosa cómo Maggie parecía haberse repuesto de su anterior ataque de nervios y en ese momento acomodaba en la cama el cuerpo sedado del hombre sin ya temblar. Entonces, la muchacha la encaró y, con una mirada dudosa, le preguntó:

—Señora Harris, me estaba preguntando si podría continuar trabajando con usted. Si le digo la verdad, cuando decidí unirme a los voluntarios, apenas me dieron unas pocas nociones de primeros auxilios para comenzar a ayudar y creo que, con usted, podré aprender mejor y ser de utilidad.

Betty la miró y entonces asintió ante la alegría de la muchacha. Era consciente de que Maggie estaba dispuesta a todo, pero antes quiso dejarle claras algunas cosas:

—De acuerdo, pero con dos condiciones: la primera, quiero que dejes todas tus emociones fuera de esta sala y te centres sólo en trabajar pase lo que pase y la segunda, si vamos a trabajar juntas, queda terminantemente prohibido que me llames señora Harris, sólo Betty.

Vio a Maggie sonreír y asintió resuelta estirando el brazo y estrechando sus manos, cerrando aquel trato antes de volver a trabajar.

A lo largo de la mañana, comenzaron a llegar más heridos de la noche anterior, provocando verdaderos problemas de abastecimiento. A mediodía ya no quedaban camas, apenas medicamentos y el personal cada vez se veía más desbordado.

Tuvieron que colocar a los heridos más leves en sábanas extendidas en los suelos de cada habitación del hospital y habilitar otras salas desocupadas para nuevos quirófanos con el poco material que les quedaba.

Lo peor, sin duda, eran las declaraciones de fallecimiento. Ese día murieron muchas más personas de las previstas y ver las camillas desfilar con una sábana cubriendo el cadáver de algún paciente no era muy alentador para mantener el espíritu de lucha. Odiaba a los alemanes con todas sus fuerzas.

Trató de espantar todos los pensamientos negativos y se centró una vez más en el trabajo que tenía delante. En ese momento, Betty contemplaba cómo su nueva pupila se afanaba en el vendaje de la pierna entablillada de una mujer de mediana edad. Le había mostrado cómo hacerlo cuando tuvo ella misma que vendar a otro paciente y parecía que la chica había aprendido rápido. Durante esa mañana, Maggie había cambiado de actitud y había resultado una alumna espabilada e ilusionada con cada nuevo reto que se le ponía delante.

No pudo evitar, mientras la veía contemplar el vendaje terminado con aquel gesto de orgullo y autosatisfacción, verse a sí misma el primer día en que entró en la escuela de enfermería después de todo el esfuerzo que le supuso pagarse la matrícula. Podía ver en aquella chica la misma emoción y motivación que ella llevó en su día.

—Puede marcharse si gusta, señora Perry —dijo entonces a la mujer una vez terminaron con ella—. Procure guardar reposo, dentro de lo que nos permiten.

Entonces la mujer se marchó con su hijo, a quien sólo tuvieron que tratarle un par de contusiones leves, dejándolas solas por primera vez:

—Señora Ha… Betty, podríamos ir a comer —dijo Maggie señalando con la cabeza la salida—. He oído que los dueños del pub de la esquina han traído comida caliente para todos.

Ella asintió enseguida, dándose cuenta por primera vez del hambre que tenía y ambas salieron de allí en dirección a la entrada del hospital donde, efectivamente, ya se encontraban allí los dueños del pub sirviendo sopa caliente a toda una fila de pacientes y sanitarios.

Cuando llegó su turno, pudo ver cómo el señor Ferguson le guiñaba un ojo y le servía un cuenco hasta casi rebasar. Se conocían desde hacía muchos años y la complicidad era palpable a la vista.

Una vez fueron servidas, ambas decidieron tomarse un descanso para tomar aquella comida tan necesaria. Se sentaron juntas y dieron un sorbo silencioso, sin embargo, poco tiempo duró el silencio:

—¿Cómo has llevado la mañana? —preguntó Betty preocupada por ella.

—Bueno, ha sido ajetreada, pero creo que mucho mejor —contestó dando otro sorbo a la sopa, se quedó mirando el cuenco por un momento y añadió—. Esto está muy bueno, ¿qué es lo que tiene?

—Es especialidad de la señora Ferguson —le explicó con una sonrisa—. Tiene cualquier cosa que puedas imaginar, esta vez creo que sólo ha podido ser de ruibarbo.

—Nunca lo había probado así —repuso la joven dando otro sorbo.

Mientras saboreaban los trozos de ruibarbo, se permitieron un rato para conocerse un poco más. Entonces Betty supo más de su alumna improvisada: era, efectivamente, del barrio de Mayfair. Su padre era un importante abogado que había huido junto con su madre de la ciudad en cuanto comenzaron a caer las bombas mientras ella había decidido esperar a que su prometido, el dueño de una importante empresa de Liverpool, volviese a buscarla.

—Me uní a los voluntarios junto con unas amigas —seguía relatando ella dando pequeños sorbos a su cuenco—, repartíamos comida y ropa a los niños, pero yo quería ayudar más, así que me uní al grupo que preparaba personal sanitario de emergencia. Por eso estoy aquí.

Betty sonrió y entonces comenzó a hablar de ella. De su marido atrapado en las afueras de Londres y de sus hijas que estaban siendo cuidadas por sus vecinos mientras ella trabajaba. Maggie parecía pletórica mientras la escuchaba y no entendía muy bien por qué, sin embargo, no tardó en averiguarlo:

—Eres increíble, Betty —exclamó tomándola de forma sorpresiva de la mano.

—No tengo nada de especial —contestó sintiéndose enrojecer por los halagos—. Seguro que tu vida es mucho más emocionante que la mía, con todas esas fiestas y viajes al extranjero.

—No lo entiendes —repuso la muchacha apretando su mano—. Yo sólo he sido afortunada en el lugar donde nací. Pero tú… tú eres una luchadora y sé que apenas nos conocemos, pero creo que te admiro mucho. Admiro tu profesionalidad y buen hacer en tu trabajo, cómo lo amas tanto como para seguir levantándote cada día a pesar de las bombas y seguir curando a otros y para enseñar con tanta paciencia a una inútil como yo.

No sabía qué decir. Aunque confusa, no podía evitar sentirse también encantada por todo aquello que Maggie decía, nunca nadie le había dicho que la admirase y le provocaba un júbilo que jamás creyó sentir. Sólo pudo apretar la mano de la chica y, sonriendo, susurrarle:

—Gracias, significa mucho para mí que alguien me diga algo así.

—Y más te lo diré —contestó resuelta Maggie—, porque he tomado una decisión sobre mi futuro. Cuando termine esta absurda guerra, voy a volver a estudiar, pero esta vez para convertirme en enfermera. Quiero ser como tú, Betty.

—¿Hablas en serio? —preguntó boquiabierta Betty— pero, ¿qué dirá tu prometido?

—Tendrá que aceptarlo si quiere casarse conmigo —repuso ella convencida—. Siento que habernos cruzado en esta vida no ha sido casualidad y quiero seguir este impulso que siento.

Al escuchar aquellas palabras, se sintió conmovida y temió por un momento que las lágrimas burlasen su estricto control. Sintió un renovado cariño por esa chica y se quedaron en silencio, saboreando el momento tan tierno que se había creado entre ellas y sintiendo que podía aferrarse ella también a aquel sueño que sólo llamaba a la esperanza de un futuro.

Sin embargo, de pronto, las alarmas comenzaron a sonar desquiciadas por toda la ciudad y ambas se miraron aterradas por lo que aquello significaba: la Luftwaffe atacaba de nuevo.

—¡No! —exclamó aterrada Betty— ¡No puede ser!

Vieron a todos los sanitarios entrando con rapidez al edificio y ellas no tardaron en secundarles, dejándose llevar por las oleadas de pánico que asolaban a todos. Tenían que poner a salvo a los heridos y huir, pero apenas tenían tiempo.

—¡Maggie! —llamó a su compañera captando su atención— Corre, todos los demás están huyendo hacia la boca de metro, tienes que ponerte a salvo.

—Eso ni hablar —contestó ella negando con la cabeza—. Tenemos que sacar a los heridos de aquí cuanto antes.

—No seas tonta, es una muerte segura —dijo ella tratando de disuadirla, nerviosa—. Si mueres ahora, nada de lo que hemos hablado tendrá sentido, Maggie. No podrás convertirte en enfermera.

—Y si me voy ahora dejando atrás a mis pacientes, tampoco lo seré en el futuro —replicó muy seria—. Voy a entrar ahí, Betty. Voy a hacer mi trabajo.

Contra la resolución en su mirada, no pudo decir nada, así que sólo pudo asentir y dejarla correr detrás de ella escaleras arriba en busca de las habitaciones superiores. Por el camino, se encontraron con pacientes que corrían en dirección contraria por su propio pie en dirección a la puerta y algunos llevando en brazos a otros más heridos. Pero ellas sabían que debían continuar hasta las salas de quirófanos a por los que debían salir en camilla. Las alarmas seguían sonando y cada vez el ambiente era más desquiciante.

Cuando llegaron, ya salían los primeros pacientes en camilla a manos de otros médicos y enfermeras en dirección al sótano del hospital por falta de tiempo. El doctor Mathews las vio aparecer y las apremiaba a ayudarle a mover otra camilla, ellas sólo asintieron y se apresuraron a tomarla.

Sin embargo, la Luftwaffe fue mucho más rápida. Cuando las bombas comenzaron a caer, no hubo tiempo de reacción, impactaron contra la fuerte estructura del hospital y las llamas se propagaron por todo el lugar enseguida, arrasando todo a su paso.

Minutos antes, mientras trataban de bajar la camilla por las escaleras para ponerse a salvo, Betty había apretado la mano de aquella amiga improvisada y le había sonreído tratando de infundir ánimos en su joven corazón. En su mente, navegaban imágenes nítidas de su marido y sus dos niñas y había cerrado los ojos deseando con todas sus fuerzas que hubieran logrado ponerse a salvo. Después, sólo oscuridad.

17 de Julho de 2020 às 00:00 1 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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Cris Eme Madrileña. Escritora y opositora. A la deriva por la fina línea del mundo real y el mundo de los sueños

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Francisco Rivera Francisco Rivera
Horror, error y virtudes humanas entrecruzadas en esta narración bajo contexto de guerra y auxilio ante la amenaza latente de totalitarismo y esperanza de ser humanos bajo la desgracia interesada de la guerra y de sus promotores históricos. Conflicto continuo y narración bien estructurada; psicología y contexto de movilidad de situaciones y retos expuestos con precisión. Suspenso en la parte final de lo escrito en esta parte, donde todo lector decida continuar con lo creado. Interesante introspección humana e histórica.
March 31, 2021, 18:55
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