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Planeta tierra B-187, una superficie hostil para habitar. Con el pasar de los años, el deterioro de la capa de ozono ha causado cambios desastrosos: Las plantas lo florecen, el agua se seca, los animales mueren al no tener los recursos disponibles para sustentar su supervivencia. ¿El aire? Un lujo que no todos se pueden costear. Para poder sobrevivir durante el día con aquel calor infernal, las personas deben alojarse en una de las instalaciones que proporciona el gobierno, las cuales deben de pagar constantemente, al igual que una máscara que proporciona oxígeno para cuando exista la necesidad de salir en la noche. De lo contrario las consecuencias podrían ser... Fatales. Lion no tiene dinero para poder costearlo todo. Ha estado alimentándose por el dinero que le había dejado su difunto padre, pero éste ya no le alcanza y desesperado busca empleo. Ciel es hijo de uno de los más poderosos mandatarios. Un niño mimado, algo extrovertido y cautivador. La tiene fácil, siempre hay comida en su mesa, agua caliente en su bañera, efectivo en su bolsillo. Él pensaba que la universidad era el mayor de sus problemas. Sin embargo, no tiene ni idea de lo que el destino tiene preparado para él, poniendo a prueba tanto a su coraje, como a su corazón. ¿Lograrán superar todos los obstáculos? ¿O al final se sumarán a la desdichada multitud de los Esclavos del Oxígeno?


Pós-apocalíptico Para maiores de 18 apenas.

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Capítulo 1 - Tierra B-187

Desde el comienzo de los tiempos, las personas han regido su vida en base al sol. Esa gran estrella luminosa, resplandeciente, centelleante, ardiendo en lo más alto del cielo, sin descanso ni interrupción.

Hace cientos de años atrás, todos pasaban por alto los incontables beneficios que su majestuosidad hacía llover sobre el planeta, ya que siempre estaba allí: imperturbable y perseverante. Por eso fue un choque monstruoso que, aquella misma fuente de vida, de energía, de poder, también sentenciara un curso inevitable, forzoso, hacia el contingente exterminio.

Un doloroso recuerdo constante del comienzo paulatino hacia una destrucción irreparable, irreversible. No era el responsable, por supuesto. Sólo manos humanas podían llevar el peso de tal condena, de tan imperdonables acciones.

Ingeniando armas para guerras huecas que cobraron su cuota de inocentes, arrojando desechos tóxicos al mar, a los bosques e incluso al cielo mismo. Cazando sin cesar hasta que numerosas especies se extinguieron, contaminando, dejando rastros de inmundicia y veneno a su paso. Fueron insensatos, crueles, maliciosos y lo peor de todo: ingenuos.

Por estar inmersos en la fantasía cegadora de que sus pecados no tendrían consecuencias. Por ignorar los gritos suplicantes de la tierra, así como su sufrimiento, sus llamados incesantes de ayuda. Aullando su tormento cada minuto, segundo, llorando su agonía, su creciente delirio.

Sólo cuando el mundo se agitó, retumbó, rugió y por poco falleció, fue que se dieron cuenta de la magnitud de los errores que habían cometido sin compasión. Miles de ideas surgieron para retrasar la calamidad, centenares de propuestas rogadas con voces temblorosas resbalaron en oídos sordos, lágrimas de sangre burbujeaban en el suelo seco y marchito.

Pero el tiempo finalmente jugó en su contra, dejando caer el borde afilado de la hoz carente de piedad, adquiriendo la silueta de la Parca, la muerte en carne viva.

Los cementerios no daban cabida al número de ataúdes que arribaban con cada respiro. Fue un golpe duro para la humanidad, catastrófico. La capa de ozono se deterioró a tal extremo que era imposible estar expuesto al sol por demasiado tiempo sin sufrir las atroces consecuencias, además de que el calor era terrible, sofocante y tortuoso. Irónicamente, sabiendo que la escasez del agua dulce rápidamente escaló a la cima en la pirámide de sus necesidades esenciales, la deshidratación pasó a convertirse en la menor de sus preocupaciones.

Por las noches no era mucho mejor. No había cantidad de madera arrojada en fogatas o chimeneas que pudiera combatir con éxito el frío glacial, ni siquiera esos abrigos ridículamente grandes y abultados diseñados para disfrutar del invierno eran un escudo suficiente.

Fue como estar encerrado en un congelador sin posibilidad de escapar. Los decesos por hipotermia dejaron de ser una rareza, en cambio eran tan comunes que las morgues estaban atestadas, obligados a dejar las camillas con un cuerpo (a veces varios) en descomposición expuesto, esperando su lento turno para poder ser incinerado.

No era sorpresa encontrarse con algún dedo del pie amputado, quemaduras en la piel, dolores permanentes en los músculos, efecto de los cambios drásticos en la temperatura. Sí, todo era un desastre.

Parecía que Dios los hubiese abandonado a todos.

Desesperados, los países decidieron unificarse para encontrar una solución que asegurara la continuidad de la raza, de las plantas, de los pocos animales que aún persistían. Pactos se firmaron, tratados fueron establecidos y por primera vez en lo que pensaron podrían ser milenios, un foco de esperanza nació.

Como una diminuta semilla al principio. No obstante fue germinando, prosperando y floreciendo, impulsando la motivación y el deseo indómito por sobrevivir.

Fue así como la “Estación Para la Conservación de las Razas” se construyó en el núcleo de la tierra. Colosal, magnífica, repleta de toda la tecnología requerida para respaldar el bienestar de los habitantes, cubierta con paneles solares desde el tope hasta sus cimientos, que a la vez que captan la energía de la radiación solar para su aprovechamiento, evitan que los mismos tengan un impacto directo en los ciudadanos.

La llamaban “La Estrella”, debido a que posteriormente fue dividida en cinco puntos:

El Distrito Comercial es el más frecuentado. Allí no sólo es en donde se obtienen los sustentos alimenticios, también se cosechan, se procesan, al igual que se encargan de la defensa, reproducción y amparo de los animales. Un sin fin de tiendas y locales de diversos tamaños y capacidad productiva laboran desde el inicio del día hasta que el manto de la noche cae.

Sin embargo, si se es lo suficientemente inteligente, astuto o valiente, hacerse con “productos” de dudosa procedencia y mal vistos por la sociedad es una alternativa posible, por supuesto teniendo cuidado de no ser pillado por la fuerza policial en el intento.

El Distrito Legal es en donde se establecieron los colegios, las universidades, asimismo como cualquier otra institución que respalde las leyes: oficinas de abogados, cortes, prisiones. No es el más favorito de los criminales, especialmente los contrabandistas de las Mascarillas Conductoras de Aire Superficial, o “MCAS” para abreviar.

La Estrella está equipada para combatir contra inconvenientes como el intenso calor y el frío gélido, pero en contra del aire infectado… Bueno, aún habían mejoras que debían ser implementadas. Es por eso que se crearon las “MCAS”: dispositivos respiratorios fijados a la nariz a través de dos catéteres de silicona, con tubos flexibles y transparentes que se curvan sobre las orejas, como las varillas de unos lentes, en cuyas terminaciones se encuentran unos pequeños filtros con un complejo sistema de filtrado, que limpia y purifica el oxígeno.

Su mantenimiento es costoso, por decir menos. Los atrasos en el pago del servicio, así como con cualquier otro, resultan en el decomiso de la mascarilla y una posterior multa con una cifra escandalosa.

Esconderse o tratar de escapar no sirve de nada. Poseen un avanzado mecanismo de rastreo, aunque no tienen un número de serial, ya que inmediatamente cuando uno es confiscado por una deuda o cedido a otro por el fallecimiento del antiguo portador, pasan a ser la propiedad temporal de alguien más. Es por eso que son robados con bastante frecuencia, los maleantes haciendo uso de elaboradas artimañas para desconectar el rastreador a su conveniencia.

La forma de liquidación es en “créditos”. El dinero como tal ya no existe, las personas ahora acumulan puntos, por medio del rendimiento académico universitario o mediante el ejercicio laboral, que van siendo sumados a una cuenta designada en el Banco General y pueden verse reflejados directamente en una pulsera digital que adquieren a partir de los dieciocho años.

Y sí, también tienen localizadores.

El Distrito Militar es el más apartado y fuertemente resguardado de toda la estación, en donde residen los altos mandatarios, se sitúan los campos de entrenamiento de los soldados, se ordena el calendario de las patrullas, atentos de que no se generen disturbios o violen las fronteras.

Sucesos como estos no han sucedido en décadas… O al menos eso es lo que les dicen al público para no causar pánico o avivar los impulsos “terroristas” de los rebeldes.

El Científico, con la importante labor de inventar nuevos medicamentos para combatir los efectos siniestros del clima catastrófico, implementar mejoras en las MCAS, estudiar la superficie en búsqueda de un suelo en condiciones óptimas para permitir la expansión de La Estrella. Además se sitúan los centros clínicos de última generación y entidades médicas para aquellos de bajos recursos.

Por último y posiblemente el más importante de todos: El Distrito Industrial.

Allí se maneja la distribución de la electricidad, del agua, se controlan los grados de la temperatura, se fabrican los imprescindibles paneles solares. Es el corazón de la estación, la razón de ser de la estructura en su totalidad, el pegamento que une todas las piezas para generar una obra maestra.

Descuidarla es una tarea suicida. Debe estar continuamente en marcha, operando las veinticuatro horas de los siete días de la semana, sus luces jamás estarán apagadas.

Recibió el muy merecido nombre de “La Hoguera”, Lion más que nadie sabe el porqué.

Ser un obrero en la Planta de Regulación Climática es estar bajo el castigo del mismo Lucifer mientras buceas en la lava ardiente del infierno. Forrado de pies a cabeza por un equipo de seguridad: botas, gruesas gafas, tapones de oído, casco y guantes, no hay un atisbo de piel visible de su cuerpo.

El vapor es sofocante, inundando de sudor el uniforme y empapando su cabello, teniendo la molesta tarea de apartarlo de su frente en cada oportunidad disponible. Ha pensado varias veces en cortarlo, los mechones rubios sobrepasan sus orejas y las puntas se entrometen en sus ojos azul oscuro, pero al final siempre decide ahorrarse ese par de créditos y simplemente atarlo en una cola. Economizar es el lema de su vida.

Su labor es agobiante, exigente y agotadora. Entretanto los sabelotodo científicos están detrás de los monitores, en sus cómodas sillas, disfrutando de una humeante taza de café e intercambiando chismes, a él le toca deslizarse por los conductos a rastras para asear los filtros de los enormes ventiladores, destapar los túneles que desvían la suciedad y la basura que ingresa del exterior, reparar cañerías.

Cuando es el turno nocturno el que tiene que cubrir, como hoy, su trabajo es en las calderas, comprobando que no se agote el combustible para que sigan generando el calor que es distribuído a lo largo de toda La Estrella a través de una extensa red de tuberías subterráneas. “Alegría” es un concepto tan lejano para él, su jornada sería un poco más llevadera si al menos la paga fuera adecuada.

Sus piernas tiemblan cuando se deja caer con un suspiro quejumbroso en una de las sillas chirriantes del comedor. Lentamente va retirando cada protector, enjugando el exceso de transpiración de su cuello con el paño que siempre se asegura de cargar en el bolsillo trasero.

—¿Cerveza o agua? — las dos opciones son presentadas frente a él, agitadas para que se apresure en responder.

—¿En serio tienes que preguntar? — resopla, extendiendo la mano para arrebatar la cerveza y beber un largo trago —. ¡Puaj, joder! — gruñe con una mueca de asco —. Está caliente.

—Sabes que el lujo de los refrigeradores no es para pobres diablos como nosotros — el corpulento hombre se sienta a su lado, extendiendo amplias las piernas frente a él —. Deberías agradecer que al menos nos dejan consumir alcohol en horas laborales.

—¿No te parece eso contraproducente? — Lion frunce el ceño, mirando la etiqueta de colores turbios y letras cursivas fijamente —. Es decir, se supone que son superdotados, cerebritos listillos y toda esa mierda, ¿pero nos dejan beber cerveza?

—Su manera de decirnos: “Son unos cabrones, pero apreciamos lo que hacen”, ¿tal vez? — Lion se ríe, acomodando el septum* en su nariz para que quede centrado.

—Sí, bueno — se encoge de hombros —. No creo que estén agradecidos si alguien en estado de embriaguez se amputa accidentalmente un brazo o arruine sus costosas maquinarias.

—El brazo puede ser reemplazado, ya sabes — ah, sí. Aquellas extremidades robóticas que, cabe recalcar, el pobre miserable tendría que vender sus dos piernas y el otro brazo para ser capaz de financiarlo —. Ahora, las maquinarias… Eso sí que sería todo un dilema.

—Presumo que estarían encima del charco de sangre exigiendo que la repare sin haber llamado siquiera a una ambulancia — escupe con desdén, bebiendo otro trago para intentar suavizar el nudo en su garganta —. Sabes bien que somos prescindibles, Sam.

Conocer a Sam hace tres años fue una de las mejores cosas que le pudo suceder a Lion. Él acababa de cumplir los 18 y, aunque el instante y el lugar en el que se encontraban no fueron exactamente los más prometedores: la lluvia ácida salpicando su rocío con furia, presenciando el ataúd conteniendo el cuerpo sin vida de su padre iba siendo lenta y amargamente sepultado, la camaradería fue inmediata.

No lloró, no reclamó, no pidió respuestas a las preguntas que nunca llegarían. Permaneció en un silencio absoluto durante la ceremonia que sólo lo tenía a él allí para presenciarla, sintiendo como su corazón luchaba arduamente por el siguiente palpitar detrás de sus costillas. Fue entonces cuando lo vio, al sujeto de rodillas frente a uno de los epitafios, rezando con los ojos cerrados sin importarle una mierda lo mojado que se encontraba o si sus zapatos se ensuciaban con barro.

Nunca supo qué fue lo que lo llevó a detenerse a su lado, el por qué no tuvo miedo cuando el extraño se levantó y era tan aterradoramente grande, tan intimidante, que podría romper hasta el más diminuto de sus huesos sin pestañear. Ciertamente no comprendió cómo ahí, frente a alguien que lo miró por primera vez sin ninguna expresión, se desmoronó.

Su cerebro procesó estar atrapado en un sólido, musculoso abrazo y arrullado por sonidos relajantes un largo momento después, cuando ya no había más lágrimas para derramar, su lengua reseca, quedando exhausto y vacío.

Fue la soledad la que los unió.

—Accesorios — su amigo asiente en acuerdo —. Pero podemos pagar las cuentas y conservar las MCAS gracias a este trabajo, Lion — ah, realmente él no quería discutir ese tema en particular con Sam ahora mismo.

No entendía cómo es que podía ser tan crédulo, estando a favor de un régimen gubernamental que trataba a sus ciudadanos como jodidas marionetas sin libre albedrío, sin decisión, bramando mentira tras mentira que sólo los imbéciles creían. Ambos vivían bajo el mismo techo, compartían las mismas dificultades, tenían iguales carencias, en la batalla incesable para no quedarse sin oxígeno en sus mascarillas y tener el pan sobre la mesa.

¿Qué motivo tendría Sam para apoyarlos? Lion jamás lo asimilaría y siempre que el asunto salía a la superficie, terminaban peleando. Su ánimo no era particularmente bueno hoy, así que escogió optar por lo sano e ignorar su comentario.

—De todas formas, al amanecer tengo que pasarme por el Distrito Legal — procurando mantener un tono casual.

—¿Tú, en el Distrito Legal? — Sam lo observa, extrañado —. ¿Para qué?

—Estaba pensando en averiguar qué necesitaré para inscribirme en la universidad — para Lion, mentirle a su amigo era como recibir una patada directa en las bolas, cada maldita vez, pero no tenía elección. Debía hacerlo —. O al menos en un curso o algo así.

—¿En serio? ¡Eso es genial, hombre! — él le había insistido por meses a Lion para que retomara sus estudios, pero el testarudo siempre se negaba. Ahora, percatándose de la alegría y el orgullo en la mirada de Sam, la culpa casi lo hizo vomitar —. Te he dicho una y otra vez que tienes potencial. Yo soy los músculos y tú eres el cerebro, así que debes destinar tu inteligencia a algo mejor que pretender morir de desdicha en esta planta.

—Solo no te ilusiones demasiado, ¿de acuerdo? — se rasca la nuca, sintiendo la tensión acumulada con la yema de sus dedos —. Probablemente no tenga los créditos que exigen para ingresar.

—Tus notas en la secundaria fueron impecables, Lion — le da un par de palmadas en la espalda para alentarlo —. Con eso creo que podrías solicitar alguna beca o algo así, ¿no?

—Ya veremos — murmura cortante, contemplando con aire ausente las letras tatuadas en sus nudillos.

La verdad no podría ser más diferente, vergonzosa, pero no tenía el valor de enfrentarse a Sam, no soportaría ver la decepción en sus ojos color miel.

No toleraba ver su reflejo en el espejo luego de regresar de una de las muchas “misiones” con el grupo de delincuentes de poca monta e inexpertos que frecuentaba, contando alguna extravagante excusa para justificar su desaparición, ocultando detrás del tablón de madera flojo en la esquina inferior izquierda de su minúsculo closet su parte del botín.

Normalmente eran MCAS con algunas horas, si tenía suerte días, de aire purificado almacenado. En ocasiones eran joyas de alguna anciana débil, incapacitada para defenderse y, a pesar de que nunca había lastimado físicamente a nadie en el proceso de robarles sus pertenencias, no podía evitar sentir que tenía sangre manchando sus manos.

El perfil de sus víctimas era similar: ropa de buena calidad, peinados a la moda, conduciendo autos lujosos. Si tenía la audacia de acercarse para echar un mejor vistazo, podría distinguir la cantidad de ceros en la pulsera fijada en sus muñecas.

«Un poco más y renuncio», era su mantra. Pero luego una deuda de la que se había olvidado volvía para darle una bofetada en el rostro, o los comerciantes aumentaban el precio de su mercancía o el maldito indicador de su mascarilla empezaba a destilar en rojo. Si al menos los tacaños de mierda de sus jefes lo recompensaran como es justo, como lo merita, él no estaría hundiéndose en ese pozo de engaños y alto riesgo.

Mientras Lion se ahoga con su cargo de consciencia, el sol reaparece, anunciando el alba. A vastos kilómetros de distancia de su posición, un joven estudiante en la maravillosa cúspide de sus 23 años se estira con pereza entre las sedosas sábanas azules envolviendo su piel lechosa. Parpadea para acostumbrar a sus ojos castaños como el chocolate a la luz y con un gemido de protesta, se levanta para cumplir con su rutina matutina.

Tan pronto sus pies tocan el piso, el robot inmóvil con aspecto humanoide en la esquina de su habitación se activa y se apresura a tender la cama con precisión quirúrgica. El chico toma una larga y cálida ducha, cepilla sus dientes y descarga su vejiga, dando unos últimos toques a su cabello gris ceniza antes de salir completamente desnudo, desprovisto de timidez que lo acobarde.

Un cambio de ropa perfectamente doblado espera a por él. Sonríe, satisfecho al comprobar que su asistencia metálica por fin ajustó sus tornillos y acertó con su estilo. Coge su teléfono, la mochila y sigue el delicioso aroma de café colado y panecillos de mantequilla recién horneados.

—Buenos días, papá — se inclina para dejar un beso en la mejilla del hombre sentado cómodamente en uno de los taburetes rodeando la isla de granito de la cocina, leyendo el informe de las noticias desde el holograma proyectado de su pulsera.

—Buen día, cariño — bebe un sorbo de su taza, tratando de no ensuciar su pulcro traje —. ¿Vas a desayunar?

—Steve debe estar por llegar, así que mejor consigo algo en la universidad — suspira, apoyando los codos sobre el lujoso mesón —. Ya sabes como se pone si lo dejo esperando.

—Ciel, te he dicho que no me gusta mucho la idea de que andes por ahí sin nada en el estómago — hace ademán hacia la pila de comida frente a ellos —. Tienes todo un festín aquí.

—Lo sé — rueda los ojos —. Pero no voy a desperdiciar preciadas horas de sueño sólo para despertar más temprano y comer aquí — señala hacia la banda en su muñeca —. No tengo esto de adorno.

—¿Qué acaso en esa universidad no te enseñan a no malgastar? — bufa, negando divertido con la cabeza —. Debes manejar mejor tus créditos.

—La vida es muy corta — se encoge de hombros, sonriendo de lado —. ¿Para qué molestarse? — el sonido de una bocina los alerta a ambos, Ciel deja otro beso en la otra mejilla de su padre antes de salir disparado hacia la puerta —. ¡Nos vemos!

—¡Ciel, tu mascarilla! — el chico casi destroza uno de los jarrones al frenar abruptamente, gruñendo con fastidio por su descuido.

—Ah, joder — susurra, hurgando en su mochila hasta que sus dedos se envuelven en torno al delicado material de su MCA. Rápidamente se la coloca, introduciendo los dos catéteres en sus fosas nasales.

—Escuché eso, jovencito — el hombre replica, su voz distante pero aún así irritada por pillarlo balbuceando una vulgaridad.

—¡Adiós, papá! — alcanza sus llaves colgando del gancho en la pared y abre la puerta —. ¡Te quiero! — grita, huyendo en dirección al auto de su amigo y riendo por su travesura.

—Vaya, vaya. Miren quien no me dejó aquí afuera por veinte minutos el día de hoy — Steve lo recibe con su ironía, cruzando los brazos sobre su pecho —. ¿Tu robot tuvo que pellizcarte o algo así?

—No, sólo que esta vez no hizo un desastre escogiendo mi ropa — hace ademán hacia su delgado cuerpo —. Por fin utilizó su cerebro de hojalata y me vistió apropiadamente, no como un jodido payaso.

—Tratas al pobre tan mal — Steve chasquea la lengua, fingiendo estar indignado —. Sabes, por la insignificante suma de tres mil créditos, yo podría ordenar tu guardarropa.

—¡¿Tres mil?! — chilla boquiabierto —. Gracias, pero no, gracias — le muestra el dedo del medio —. Además, ya es suficiente con que tenga que lidiar contigo cinco días a la semana, no quiero tenerte perturbando el sagrado espacio de mi habitación también.

—Tanta crueldad — coloca una mano sobre su pecho, sollozando —. Me hieres, peque. Tanto amor que tengo para dar y tú me escupes en la cara. —

—Vámonos de una vez — se ríe por su ridícula actuación —. Sabes que los reguladores de temperatura dejan de funcionar al mediodía y no quiero derretirme por el calor.

—Tú estando sudado eres todo un espectáculo sensual, peque — Steve curva los dedos como garras y expone los dientes con un bajo gruñido —. Grr, caliente.

—Sí, pero apesto.

Ciel no tenía ni idea que en el Distrito Legal, en el sitio más impensable e inesperado, y tan repentino como terremoto, su corazón sería conquistado.





*El septum es el cartílago que tenemos entre las fosas nasales. Es interesante el hecho de que, en realidad, el aro para el piercing en esta zona, atraviesa una pequeña porción de piel que comienza justo donde acaba el tabique. Este piercing era utilizado como agradecimiento a los dioses en algunas culturas.

9 de Julho de 2020 às 00:00 3 Denunciar Insira Seguir história
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DK Demi Khalid
Que buena distopia, y creo que huelo yaoi.
KJ Reading KJ Reading
Me ha encantado este inicio! Y me encanta tu forma de describir las cosas, tienes un estilo muy fácil de seguir y muy completo sin ser demasiado cargado. Mi enhorabuena por tan buena narrativa! Seguiré leyendo tu historia! También la voy a compartir en mi página de facebook porque creo que tu historia debería tener mucha más exposición!
August 01, 2020, 12:36

  • BeyondLove Fiction BeyondLove Fiction
    Hola~ Muchísimas gracias. Me alegra que te guste ❣️ August 01, 2020, 21:14
~

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